Vida cotidiana en Grecia después de Alejandro (y II)
Myriam Sagarribay | Jueves, 26 de Julio 2007
El arte
La sociedad helenística, definida como artística, urbana, refinada y compleja, impuso expresiones artísticas acordes con el pensamiento de su presente y, si bien recoge el testigo del pasado, marca grandes diferencias: es completamente novedosa.
Las nuevas maneras de concebir la vida, la afirmación del individuo y la tendencia a la exageración, harán que la arquitectura sea deslumbrante, la escultura se humanice y la pintura abandone la línea para encontrar la perspectiva. En definitiva, se alejará de la influencia del mundo religioso para asumir un carácter más real y mundano.
En el arte helenístico se distinguen tres periodos: el primero que comprende desde el año 325 al 230 a.C.; el segundo, o tardío, desde esta fecha a la ocupación romana, y el tercero se podría definir como helenismo romano.
En cuanto al urbanismo, es en el primer periodo cuando se desarrollan las ciudades de nueva planta, y el afán de competencia de los nuevos reyes helenísticos harán de ellas un alarde de belleza y grandiosidad. Para su construcción se adoptó una planificación reticular que delimitaba cuadros o rectángulos, comprendiendo cada uno de ellos de cuatro a ocho casas. Los posibles problemas que la orografía del suelo pudo presentar se resolvieron con grandes desmontes, escaleras o terrazas, primando más el afán estético que el urbanístico.
Estas nuevas urbes, contrariamente a las antiguas, poseían un aspecto ordenado. El ágora, con sus pórticos (stoa) a menudo de dos pisos, provista de bellas e importantes puertas de acceso, marcaba el centro de la ciudad. Los edificios públicos y civiles, como gimnasios, salas de reuniones, odeones o teatros, adquirieron gran importancia, se buscaron efectos decorativos, aumentaron su capacidad de antaño y, en el caso de los teatros, se introdujeron innovaciones en el escenario (proscenio) para conseguir nuevos efectos en las representaciones.
La arquitectura religiosa, al igual que en la ciudad, se dispuso de forma ordenada buscando una visión estética en el espacio urbano. El gusto por lo decorativo hizo olvidar el austero estilo dórico para emplear el jónico característico de Asia Menor y el corintio, enriquecido con mayor profusión de hojarasca. Dado el afán de espectacularidad de formas y medidas típicos del helenismo, la construcción de un templo, en el mejor de los casos, se prolongaba largas décadas y, en ocasiones, como sucedió con el dedicado a Zeus Olímpico, en Atenas, nunca se llegó a terminar.
Con anterioridad, estas grandes obras, ya fueran religiosas o civiles, estaban promovidas por la comunidad de ciudadanos, pero durante el helenismo dependerán de la iniciativa personal del rey, y servirán para reafirmar su poder, según su magnificencia y ostentación.
Con relación a la escultura, durante el primer periodo helenístico se siguió la huella del clasicismo. Los artistas más representativos: Escopas, Praxíteles y Lísipo se inclinaron, sobre todo éste último, por anteponer a cualquier regla de estilo la propia individualidad creativa en pos de un mayor realismo, aunque sus raíces profundizasen en la cultura clásica. El escritor Plinio (siglo I a.C.) en su Historia Natural pone en boca de Lísipo una frase que define la personalidad del artista: “Los antiguos representaban a los hombres tal como son, yo, como parecen ser”. Esta forma particular de ver las obras, hace de Lísipo el último gran escultor clásico y el primer artista helenístico.
Los grandes recursos económicos de que dispuso la escultura helenística, provenientes, en un principio, de los propios reyes y, más tarde, de la rica burguesía, diversificaron y ampliaron la temática escultórica. La monarquía deseó exaltar la imagen real hasta tal punto que algunos reyes se representaron, evocando el pasado, bajo la figura de rey–dios desnudo, como signo de divinización. Tal es el caso de Demetrio Poliorcetes. Por el contrario, la sociedad, más partidaria de lo cotidiano que de lo mítico, optó por la figuración de los sentimientos: dolor, angustia, amor, alegría, etc.
Esta diversidad de gusto en la escultura también alcanzó al mundo espiritual. Los dioses dejaron de representarse desnudos; en contrapunto, abundan las diosas desnudas en múltiples posturas para conseguir una mayor estética y sensualidad. Los dioses más serios como Zeus, Hera o Atenea se humanizan o pierden interés escultórico, su espacio lo ocupan otros menos sobrios: Afrodita, Nike (victoria) y Dionisios.
Un siglo antes, en el frontón del templo de Zeus en Olimpia, se podía contemplar a este dios, impertérrito con el rayo en su mano baja; en cambio, en el siglo IV a.C. Praxíteles lo mostraba como un dios abstraído con el juego, repeliendo a una lagartija, con una actitud de distracción humana. También el contacto y proximidad con otras religiones trajo consigo numerosas representaciones de deidades extranjeras con modelado griego.
Los personajes mitológicos llegaron a alcanzar casi la importancia de los dioses. Su presencia junto a diosas, ninfas o musas imprimía a la obra escultórica un resultado ameno y placentero, característico del helenismo.
La escultura helenística, con sus exquisitos refinamientos mundanos y su realismo racional lleno de desenvoltura e imaginación, fue tan grata a la sociedad que pronto se multiplicaron los encargos privados para adorno de las casas importantes. Para cumplir con la demanda surgieron los escultores que efectuaban copias de obras de otros artistas, y los talleres en donde la creatividad individualizada y variada dio paso a una producción artesanal en serie, casi organizada a escala industrial.
Con la ocupación romana el mercado del arte desbordó todas sus previsiones. Para estos nuevos clientes ricos, ávidos e impresionados por el mundo griego, se realizaron grandes y aparatosas obras. En algunos casos un único grupo escultórico era dividido por figuras y encargadas a artistas diferentes que habitaban en lugares distintos; una vez finalizadas se ensamblaban en el sitio definitivo. Hay que destacar que, junto a estas obras grandilocuentes, también se realizaron otras de extrema delicadeza y refinado realismo.
Siglos más tarde, el Renacimiento recogería para sí lo mejor de la escultura helenística, de tal modo que, si contemplásemos el David de Miguel Angel con los ojos de un arqueólogo o de un historiador, lo clasificaríamos como una obra al gusto helenístico. Todavía hoy en muchos museos, al revisar la catalogación de las esculturas renacentistas o helenísticas, se da la circunstancia de que alguna de ellas, reseñada como obra helenística, corresponde al Renacimiento y viceversa. Sucede lo mismo en arquitectura con las llamadas molduras clásicas o formas renacentistas en uso hasta nuestros días: cornisas de los portales, ménsulas, arquitrabes, etc., no son otra cosa que elementos arquitectónicos helenísticos.
Sobre la evolución de la pintura en el mundo griego hasta el periodo helenístico tardío poseemos poca documentación. Lo más cercano para comprender la realidad pictórica de la época son las reproducciones efectuadas, sobre todo romanas, de originales helenísticos, pero lógicamente carecen del espíritu o genio creativo del artista.
Al igual que los historiadores para enmarcar periodos nuevos suelen recurrir a fechas, personas o acontecimientos, la Historia del Arte adjudica al pintor Apeles (siglo IV/III a.C.) el honor de inaugurar la pintura helenística con la conquista de la tercera dimensión, utilizando solamente cuatro colores: blanco, rojo, amarillo y negro. Se cuenta que Alejandro Magno solamente permitía ser pintado por él.
Con relación a los logros conseguidos por la pintura helenística sabemos que conquistó el espacio pictórico con fondos infinitos, conseguidos mediante la perspectiva y la gama cromática. El dibujo lineal desaparece, el uso de la “mancha” es habitual, resultando una pintura rica no sólo en claroscuros, sino de reflejos y tornasolados.
En cuanto a la elección de temas también existen diferencias con el pasado. El mundo clásico queda relegado a retazos marginales sin formar nunca parte integrante del cuadro. Los ambientes preferidos son escenas al aire libre, bucólicas, paisajes con edificios y nubes de fondo, todas ellas propias de una refinada civilización urbana. Conjuntamente con estos temas coexistían las representaciones mitológicas, y las solicitadas por encargo, normalmente relacionadas con la familia o la casa de la persona que encargaba el cuadro o mural.
El arte por encargo y el desarrollo del estilo realista condujeron al retrato, y es en la época helenística tardía, y sobre todo durante el helenismo romano, cuando alcanza su mayor auge. No solamente se reproducen los rasgos físicos del retratado, sino que también se busca plasmar el carácter psicológico del individuo. Solamente en las reproducciones de filósofos, poetas o personajes importantes del pasado, se torna a la serenidad clásica. No obstante, los retratos más significativos del periodo helenístico romano, llamados funerarios, se efectuarán fuera de Grecia, sobre todo en Egipto.
La carencia de fuentes literarias que hayan llegado hasta nuestros días, dificulta profundizar en el estudio de la pintura helenística. Se sabe que el rey Juva II de Mauritania, gran coleccionista de obras de arte y coetáneo del emperador Augusto, escribió un tratado en cinco volúmenes y, aunque se haya perdido en su totalidad, denota la importancia que la pintura llegó a alcanzar en el helenismo romano.
Esta falta de literatura hace de los mosaicos ornamentales los principales protagonistas para el estudio de la pintura helenística. Es en la transición del siglo IV al III a.C. cuando el mosaico comienza a desarrollar su futura belleza. Hasta entonces, salvo pocas excepciones, el uso del mosaico era pavimental, bicromático (piedras blancas y negras) y de dibujo geométrico.
A comienzos de la época helenística se introduce el rojo, poco después otros colores y la figura, enmarcando el contorno de ésta con piedras más pequeñas; para separar los detalles del interior de la silueta se recurrió a láminas o tiras de plomo. El refinamiento propio de la época hará que estas piedras sean cada vez más pequeñas, y es hacia el año 250 a.C., en la Magna Grecia (Sicilia), donde aparece un mosaico elaborado con teselas (piedras alrededor de 1 cm2). Siguiendo el espíritu de superación o investigación artística, redujeron todavía más el tamaño de las teselas hasta llegar a una medida tan minúscula que no supera los 5 mm. por lado.
El mosaico elaborado con este tipo de piedra recibe el nombre de vermiculato que, traducido libremente, se podría definir como agusanado. Esta medida tan pequeña permitió la reproducción de las obras pictóricas copiando pinceladas, gama cromática, sombras y perspectivas. Normalmente estos mosaicos-cuadros eran de pequeñas proporciones y se trabajaban sobre una base de terracota colocada sobre un caballete como si fuera una pintura. Una vez finalizados se insertaban dentro de otro realizado con teselas, por lo que recibían el nombre de emblema.
Para el estudio de la evolución del mosaico helenístico se suelen comparar los hallados en Pella (Macedonia) Caza del león y del ciervo, realizados hacia el 300 a.C. de artista conocido, y el llamado Batalla de Alejandro contra Darío, encontrado en una casa de Pompeya (Italia), reproducción de otro hecho 150 años antes.
Los primeros, aunque trabajados con guijarros pequeños claros y oscuros, no pueden ser considerados como una expresión pictórica ya que, al carecer de gama cromática, la ausencia de sombras da como resultado grandes aéreas planas de color. En cambio, el segundo confeccionado con pequeñas teselas multicolores, combinadas en perfecta escala cromática para lograr las sombras, perspectiva y movimiento, sí consigue aspecto de pintura.
El gusto de la época por la ostentación favoreció el desarrollo de las artes menores y una profusión de objetos de lujo, tanto decorativos como utilitarios, se puso al alcance de la gran población. En la cerámica se observa, al igual que en las artes mayores, que las representaciones heroicas ya no están de moda.
Si se reproduce la Guerra de Troya, el lugar que antaño ocuparan las batallas se sustituye con escenas amorosas de Helena y Paris; donde una vez se representaran austeros fundadores de ciudades su lugar lo ocupa el ciclo de Afrodita y Dionisios, con su alegre séquito de ninfas o pequeños Eros (amorcillos) juguetones y alados.
Uno de los grandes vehículos de difusión del helenismo fueron las pequeñas figuras de terracota. Su principal centro de producción fue en Beocia, en el taller de Tanagra. Estas estatuillas son policromadas y representan mujeres en pie, en las que el refinado juego de los pliegues de sus ropas las reviste de un gran donaire y esbeltez.
Se fabricaban con moldes, pero antes de la cocción se retocaban a mano, lo que confería alguna particularidad que las hacía casi originales. Estas figuras de Tanagra alcanzaron un gran éxito en el mundo helenístico. Para satisfacer la demanda popular surgieron productos inferiores hechos de barro y repetidos por miles, lógicamente mucho más asequibles.
La cultura
Las amplias conquistas de Alejandro y el posterior reparto de su Imperio, facilitaron la expansión de la cultura griega prácticamente por todo el mundo conocido (ecúmene). En las ciudades de Asia Menor su introducción comenzó con anterioridad a las campañas alejandrinas, dado que estos territorios eran geográfica e históricamente el área natural de influencia helena y, además, muchos de sus ciudadanos eran griegos. Sin embargo, en Egipto y en las regiones asiáticas más alejadas, cuna de espléndidas civilizaciones, sería la primera vez que penetrara.
El vehículo que posibilitó la rápida propagación y unión de la cultura entre griegos y orientales fue sin duda la lengua. A partir el siglo V a.C. un dialecto del griego ático comenzó su expansión ganando terreno al griego clásico. Su origen popular facilitaba la comunicación cotidiana y el comercio, no sólo dentro de los perímetros griegos, sino también en el Mediterráneo oriental. Con la genaralización de su uso, este dialecto encontró su nombre propio: Koiné, que en griego significa “común”. A partir de Alejandro, con los nuevos reyes helenísticos, se convirtió en lengua oficial y diplomática.
Cuando se trata la cultura de esta época, difícilmente puede sustraerse a Grecia del mosaico de países que configuran el mundo helenístico. Este conjunto de reinos de marcado ambiente cosmopolita, abierto a nuevos horizontes espaciales y culturales, constituye una inusitada manifestación intelectual.
La rivalidad entre estos nuevos reyes helenísticos y su pasión por el esplendor, el boato e importancia, condujeron a crear un clima grato para los estudiosos, facilitándoles, sin limitaciones económicas, todos los medios al alcance de la época. Tal es el caso de la ciudad de Alejandría con su Museo y Biblioteca, y el de su competidora Pérgamo.
En literatura se continuó con la Comedia Nueva. Este género surgió en Atenas a finales del siglo IV a.C., y aunque inspirada en la tragedia, nunca llegó a alcanzar el prestigio de las obras de los grandes trágicos: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Su principal representante, Menandro, siguiendo las nuevas tendencias, abandonó la temática heroica en pos de personajes de la vida cotidiana, y por primera vez se escribió sobre grupos de gentes socialmente marginadas: campesinos, heteras, esclavos, etc., ahondando, con notable acierto, en la psicología de estos individuos.
La sátira popular amplió su campo de acción con la introducción de la sátira política en donde no solamente se ridiculizaba a las nuevas clases dirigentes, sino también, sutilmente, a la propia monarquía.
En medio de esta nueva literatura reflejo de la vida real y cotidiana, Apolonio de Rodas escribió, emulando a Homero, sus Argonáuticas dentro del más puro estilo de poesía épica. Esta obra, dirigida a las clases cultivadas, las únicas capaces de valorar el gran esfuerzo de erudición que representaba, no obtuvo el éxito esperado por su falta de naturalidad.
La poesía cortesana está representada por Calímaco, que trabajó en Alejandría y llegó a ser director de la Gran Biblioteca. Sin embargo, aunque más exitoso que Apolonio, sus poemas no consiguieron traspasar los umbrales de la Corte y las grandes ciudades.
El auténtico conquistador de lectores fue Teócrito de Siracusa. Su refinada poesía pastoril, su sagacidad para reflejar los diferentes modos de vida y ambientes, unidas a una poesía llena de veracidad y realismo, le otorgaron un auténtico protagonismo en el mundo de las letras.
Un género teatral que gozó de gran aceptación fue el Mimo. Eran cortas historias en donde se reflejaba la realidad más cercana. De lenguaje vulgar, y normalmente grosero, se acompañaba de cantos, juegos de magia y bailes, los cuales agradaban sumamente a las clases más populares.
En esta época se tradujo al griego una amplia gama de libros judíos correspondientes a diversos géneros literarios, aunque el apocalíptico era el más común. En Alejandría se realizó la versión del Antiguo Testamento conocida como la de los Setenta, por haber intervenido 70 sabios, pero también otras clasificadas genéricamente como Apócrifos del Antiguo Testamento (Libro de Henoc, Testamento de los Doce Patriarcas, Oráculos Sibilinos judíos, etc.). Toda esta serie de escritos no sólo fue importante por su contenido literario, sino que actuó como ideario o puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento
Los nuevos descubrimientos de mares, tierras y costumbres diversas de las propias, fortalecieron el antiguo interés por los libros de geografía en donde se enumeraban, además, los aspectos etnográficos, climáticos y las peculiaridades de los pueblos. Se detallaron las costas mediterráneas, el Mar Rojo, la India, etc. Estrabón, aprovechando datos de otros autores, describió ciertas partes del mar Báltico e Inglaterra, y por el este, el océano Índico y diversas regiones orientales.
Unido al interés geográfico estaba el deseo por conocer la historia de pueblos extranjeros. En el género de literatura histórica el escritor más importante es Polibio, autor de una historia de Roma en 40 libros. Seguramente su famosa aseveración de que “El comienzo es la mitad del todo” le fue útil para escribir tal ingente obra. También hay que destacar a Manetón, con su Historia de Egipto (Aegyptiaca), a Plutarco, Josefo, etc.
Las disciplinas de carácter científico, al igual que la música, continuaron englobadas dentro del marco de la filosofía, y será en el Museo (templo dedicado a las Musas) de Alejandría donde encuentren su verdadero desarrollo.
Al inicio de la fundación del Museo encontramos a Euclides quien nos legó su famoso tratado de geometría (Elementos) en trece libros, en donde se describe la geometría plana, la teoría de los números y la geometría del espacio. Su texto, afortunadamente, nos ha llegado casi íntegro y es la obra más editada en el mundo, después de la Biblia. También hay que destacar entre los sabios del Museo a Eratóstenes, su célebre Criba para encontrar los números primos aún lleva su nombre.
En el campo de la geografía, este científico midió de un modo casi exacto, con un error de apenas 4.000 metros, la longitud de la circunferencia de la Tierra. Para ello determinó la amplitud del arco del meridiano entre Siene (Egipto) y Alejandría durante el solsticio de verano, con un resultado aproximado de 40.000 kilómetros equivalentes a 252 estadios. Elaboró un esquema cartográfico del mundo habitado, y es digna de reseñar su afirmación en la cual aseguraba que desde la Península Ibérica se podía alcanzar la India siguiendo la dirección oeste.
Todos estos avances científicos fueron llevados a la práctica inventando numerosos mecanismos y artefactos. Ctesibio (siglo III a.C.), basándose en la neumática y la hidráulica realizó el reloj de agua, la bomba neumática y la bomba hidráulica; esta última sería adaptada por Herón (siglo I a.C.) para la extinción de fuegos.
En este mundo de sabios no hay que olvidar a Arquímedes de Siracusa que, si bien se desplazó hasta Alejandría atraído por la fama de Euclides, desarrolló su trabajo en Sicilia (Magna Grecia). Sentó las bases de la hidrostática con su famoso Principio, el cual dedujo al comprobar el agua que desplazaba su cuerpo durante el baño.
Según cuenta la tradición, este descubrimiento le hizo exclamar: !!Ëureka!! ( lo encontré ). Entre sus aportaciones indiscutibles se encuentra el teorema sobre el área y volumen de la esfera, y el cálculo más preciso del valor del número . También es el inventor, entre otros artilugios, del tornillo “sin fin” todavía vigente en los taladros, y de la polea compuesta que permitía elevar grandes pesos. El prestigio que siempre ha gozado Arquímedes en el campo científico, hace que la historia le adjudique algunas frases más o menos solemnes. En el caso de la polea compuesta, se dice que al comprobar su éxito dijo: dadme un punto de apoyo y moveré el mundo.
A otro físico más moderno, llamado Herón de Alejandría (siglo I d.C.), se le atribuyen fabulosos inventos en el campo de la técnica; entre los más importantes están la grúa y la turbina a vapor.
En cuanto a los conocimientos de astronomía, durante el helenismo se consiguieron grandes avances. Desde siglos atrás, los griegos habían profundizado en los estudios de la astronomía egipcia y babilonia. Racionalizaron sus teorías separándolas de toda connotación religiosa o simplemente supersticiosa, a las que habitualmente iba unida esta ciencia. Se geometrizó la esfera celeste y se establecieron las primeras hipótesis sobre el orden de los astros. En el siglo VI a.C. Tales de Mileto descubrió las estrellas fijas y los solsticios y equinoccios que marcan las estaciones del año.
En nuestro periodo histórico encontramos que a finales del siglo III a.C. Heraclides del Ponto descubrió que los planetas Venus y Mercurio giraban alrededor del Sol. Un siglo más tarde, Aristarco de Samos se esforzó en medir el tamaño del Sol, de la Luna y su distancia a la Tierra.
Pero, sobre todo, su mayor logro fue proclamar el heliocentrismo, con los movimientos de la Tierra sobre su eje y alrededor del Sol. El desarrollo de la teoría heliocéntrica (Sol centro del Universo) en contraposición a la geocéntrica (Tierra centro del Universo), no tuvo mucho éxito en su tiempo y habrá que esperar a Copérnico para sentar las bases del heliocentrismo.
Esta breve reseña de algunos de los astrónomos del periodo helenístico no debe olvidar a Hiparco de Nicea (siglo II a.C.). Introdujo la división del círculo en 360 grados, utilizada hasta hoy, y estableció las primeras tablas astronómicas. Midió con gran precisión la duración del mes lunar y el tiempo que tarda el Sol en regresar a un mismo punto, es decir, el año solar. Elaboró un catálogo de 850 estrellas, clasificándolas según su luminosidad y descubrió la precisión de los equinoccios. En cambio, fue en contra de las teorías de Aristarco fundamentando científicamente el geocentrismo.
Pero todos estos progresos técnicos y avances en el campo de la astronomía, en realidad no fueron suficientemente aprovechados para una producción en serie o semi en serie, simplemente sirvieron para el mantenimiento de la competencia entre los reinos helenísticos.
Tanto el Imperio Ptolomáico (Egipto) como el Seléucida (Siria), no tenían base suficiente para producir todas estas novedades. Solamente los estados griegos, por su propia trayectoria histórica, hubieran sido más propicios, pero sus crisis sociales y económicas imposibilitaron su desarrollo industrial. Del olvido en que acabaron estos inventos, excepcionalmente se salvaron las máquinas de asedio y la catapulta de Ctsibio.
La isla de Cos (en el mar Egeo) con su santuario dedicado a Asclepio era, tradicionalmente, el centro más representativo de la medicina griega, aunque éste no era el único. Existían numerosos templos situados en sitios salubres, cerca de fuentes y rodeados de bosques; estos santuarios eran, al mismo tiempo, hospitales. Los sacerdotes se transmitían sus conocimientos médicos de padres a hijos o de maestro a discípulo. El renombre de esta isla alcanzó a todo el mundo antiguo, siendo el lugar en donde Hipócrates ejerció la medicina.
A partir del siglo IV a.C. varias escuelas de medicina rivalizaron con la de Cos. En Alejandría el médico Herófilo practicó, por primera vez, la disección de un cadáver para el estudio de la anatomía y distinguió, por su grosor, las venas de las arterias. Constató la sincronía del pulso con los latidos del corazón.
Estudió el sistema nervioso diferenciando los nervios sensores de los motores y descubrió la disposición de los vasos del cerebro. En la actualidad, los estudiantes de medicina denominan al confluente venoso posterior del cerebro la Prensa de Herófilo. Además, demostró que la inteligencia no radica en el corazón como aseguraba Aristóteles, sino en el cerebro.
Un discípulo suyo fundó una escuela de medicina basada en el historial médico, en donde el tratamiento de las enfermedades se basaba en los antecedentes de salud. Otras escuelas elaboraron tratados de farmacia y dietética cuyos textos han llegado hasta nosotros gracias a su traducción al árabe, ya que de la versión griega solamente se conservan fragmentos aislados.
La característica más sobresaliente del Helenismo, el reconocimiento de la autonomía de la persona humana, marcará las nuevas pautas en filosofía y se intentará adaptar las antiguas teorías de los grandes maestros del pasado a las circunstancias del momento. La participación de la filosofía en la formación del espíritu helenístico fue de suma importancia.
Se impuso la búsqueda de la unidad del universo en todas sus manifestaciones, búsqueda que conducía al descubrimiento de los principios que regían el mundo. Las grandes escuelas filosóficas del pasado pasaron a ser “unas más” entre la pluralidad de orientaciones, ajenas a la política y marcadamente centradas en la intimidad del individuo.
La Academia, la que fundara Platón en el siglo IV a.C., con el correr de los tiempos había perdido influencia. Solamente la doctrina de la demonología, ya expuesta por su fundador, alcanzó relevancia. En ella se aseguraba que los démones tenían la potestad de contactar con los hombres y se dividían en buenos o positivos, y malos o negativos.
Pero aparte de este dominio, el verdadero desarrollo de los platónicos fue la dialéctica combativa contra todas las otras corrientes filosóficas, en especial contra los estoicos. Abogaban por imponer la abstención de juicio sobre cualquier argumento, ya que éste siempre podía rebatirse con otro contrario. En el siglo I a.C., con la llegada del filósofo Filón, maestro de Cicerón, y con el resurgir de las ideas de Platón sobre la dualidad del mundo en bien y mal, así como la división entre el alma y el cuerpo, la Academia y sus neoplatónicos retomaron el protagonismo de siglos atrás.
En cuanto al legado filosófico de Aristóteles, sus seguidores (peripatéticos) no consiguieron atraer el interés de antaño. Sus escritos políticos no tenían cabida en un mundo ajeno a la problemática de la pólis, y sus tratados sobre ética chocaban con las nuevas tendencias orientadas hacia el individuo.
Sin embargo, hay que señalar la figura de Teofrasto, alumno de Aristóteles, quien destacó por sus estudios en diferentes campos científicos, desde un tratado de botánica, Historia de las plantas, a otro de psicología, Caracteres. No obstante, siglos más tarde volvería su protagonismo al asentar sus teorías en torno a la lógica de su fundador. El renacimiento de estas teorías tuvo gran influencia en la filosofía árabe de la Edad Media, a la que se debe el mérito de haber conservado gran parte de los escritos de Aristóteles.
En contrapunto a las antiguas escuelas filosóficas, surgió en Atenas, en torno al filósofo Zenón (335/261 a.C), una nueva corriente que al impartir sus enseñanzas en la Stoa (pórtico) del ágora de la ciudad, sus seguidores recibieron el nombre de estoicos. En los pocos fragmentos de su obra atribuidos directamente al pensamiento del fundador, encontramos conceptos en los cuales se atribuye a la personalidad del individuo la interpretación, a través de los sentidos, de todas las manifestaciones que nos llegan del mundo exterior.
Interpretación calificada hegemónica por parte del alma y se representa así: El alma es como una cabeza de pulpo con ocho tentáculos sensitivos y en ella se encuentra la fuerza unificante y coordinativa.
Más tarde este concepto se convertirá en sinónimo de mente (nous) o de razón (logos). EL logos (razón) será para Zenón el principio rector del universo, y el único responsable de la existencia del mundo y su orden; así mismo es quien hace del hombre lo que es.
Esta afirmación sustraía a los dioses el mérito del orden del universo y, por tanto, no se consideraba al orden un factor superior, ajeno e inaccesible al hombre.
La realidad del cosmos se percibía a través de los sentidos, una vez que el alma hubiera interpretado todos los estímulos provenientes del exterior. Esta percepción por parte del alma, dotaba al individuo de las nociones concretas y abstractas, entre ellas las morales, necesarias para su desarrollo ya que le permitía ser más racional y espiritual. El objetivo de los estoicos, educador y moralizante, era poner a disposición del hombre los conocimientos necesarios para alcanzar la sabiduría y la rectitud.
Las teorías de Zenón tuvieron un desarrollo muy diverso entre sus sucesores, si bien siempre giraron en torno al concepto del razonamiento, implicando para su desarrollo cuatro partes de la filosofía: lógica, ética, física y metafísica.
La segunda gran corriente filosófica del helenismo se debe a Epicuro (341-271 a.C.) Sus enseñanzas las impartía en un Jardín de Atenas y permitía la participación de mujeres y esclavos.
Sus teorías se enmarcan en tres ramas de la filosofía:
a) Lógica: la percepción del universo a través de los sentidos (empirismo).
b) Ética: el concepto del placer (hedonismo).
c) Física: la teoría de los átomos (atomismo).
De estos tres pensamientos, el que más interesó a la ciudadanía helenística fue la teoría sobre la verdadera felicidad. Ésta aseguraba que el bienestar y la felicidad se lograban con la templanza del alma y la salud, con la cual se conseguía la imperturbabilidad (ataraxía). El hedonismo epicúreo sostenía la supremacía del placer sobre todas las cosas, entendiendo como placer la ausencia de dolor, y recomendaba sentirlo racionalmente y sin caer en excesos.
A pesar de que la teoría de la felicidad fuera la más grata al ciudadano, el aporte más famoso a la historia de la filosofía fue el atomismo. Epicúreo, siguiendo viejas directrices de anteriores filósofos (Demócrito) llegó a la conclusión de que la naturaleza de las cosas se compone de materia y vacío.
La materia, compuesta de cuerpos diminutos o átomos, se mueve en el vacío. La unión de estos átomos es la que da forma y estructura a los seres vivos, al alma y a los objetos. Cuando esta unión se rompe, el alma se diluye y desaparece, por lo tanto la muerte no supone nada para el hombre ya que con la disolución del alma termina la percepción del universo.
Por último, en cuanto al empirismo, existe un cierto paralelismo con las enseñanzas de los estoicos. Epicuro no rechazó el papel del Estado, al contrario, creía que todas las corrientes espirituales y culturales sólo podían desarrollarse en el marco de la legalidad estatal. En cuanto a los dioses, los consideraba como figuras lejanas que habitaban en un mundo de felicidad ajeno al hombre, y no les perturbaba ni su existencia, ni su gratitud.
La vida religiosa
Mientras que en el estudio de otras antiguas civilizaciones como la egipcia, babilónica, fenicia, etc. existe siempre un capítulo denominado “religión”, llama la atención que, para los no duchos en la materia, llegados a dicho apartado en la historia de Grecia y Roma, a éste se clasifique como Mitología, dando más la impresión de una ficción religiosa que de una religión propiamente dicha.
Lo que llamamos o consideramos religión está formado por dos elementos esenciales: dogma y culto. El dogma es el conjunto de creencias establecidas inmutables e innegables, y el culto es la acción de practicar el dogma por medio de ritos instituidos. Tanto la conservación del dogma como la práctica del rito, recaen sobre personas dedicadas a ello, conocidas como ministros o sacerdotes.
La antigua Grecia carecía de dogma y de culto oficiales, por lo tanto, de religión de Estado. No existía una casta sacerdotal, salvo dos excepciones: los descendientes del médico Asclepio y los dedicados a los misterios de Eleusis.
Los sacerdotes se elegían como todos los cargos públicos entre la ciudadanía y por tiempo limitado, aunque los nombramientos podían ser renovados. Esta condición de sacerdote no les eximía de sus deberes civiles y militares. El concepto sacro que se tiene del sacerdocio en religión, difiere mucho en la elección de los sacerdotes dedicados al sacrificio en la antigua Grecia. Por ejemplo, en Atenas, los sacerdotes dedicados al sacrificio se solían elegir entre los cocineros por ser los más idóneos para trocear las víctimas ofrecidas a los dioses.
En la Hélade el mundo de las creencias debió derivar de antiguos ritos semíticos o de los aportados por los primeros pobladores de la península Balcánica (pelasgos). Los griegos creían que sus dioses no existían desde el principio de los tiempos. Para comprenderlos y explicarlos la tradición creó, desde la más remota antigüedad, toda una serie de fábulas y cuentos. Con la sublimación y embellecimiento de éstos por parte de artistas y poetas, surgió el Mito.
La inherente racionalidad griega marcó la característica de su Mitología: el antropomorfismo, es decir, la representación de los dioses con forma humana, atribuyéndoles las mismas pasiones de los mortales. Lo que esencialmente distinguía a los dioses de los hombres era la inmortalidad.
Tampoco eran todopoderosos, aunque cada uno ejerciera el dominio o patronazgo sobre los distintos estratos del mundo creado, sobre las fuerzas de la naturaleza, y sobre los diferentes oficios artesanales de los humanos. Estos dioses, agrupados en tres dinastías, habitaban en el monte Olimpo, el más alto de Grecia (2.965 m), situado entre Tesalia y Macedonia.
Las principales vicisitudes de su mundo religioso fueron narradas por varios autores, pero sin duda, es Hesiodo (s. VIII a.C.) con su obra Teogonía quien más destaca:
PRIMERA DINASTÍA:
En el principio fue el Caos, es decir, el espacio que contenía el germen del universo. Después, Gea, la Tierra, madre universal, y Eros el más bello de los inmortales. Seguidamente el Erebo, o la región subterránea, y la Noche; ambos engendraron a Eter, el aire celeste que envuelve la tierra, y al Día.. De la unión de Gea y Eros nació Urano que con su bóveda estrellada servía de mansión a los inmortales. Gea decide hacer de su hijo Urano su esposo, y engendran un gran número de hijos: 12 Titanes, 3 Cíclopes y 3 Gigantes. Urano, para evitar ser destronado por sus hijos, los arrojaba al seno de la Tierra nada más nacer. Esto disgustó tanto a Gea que decidió castrar al incesante procreador. Al buscar apoyo en sus hijos, solamente Cronos, el más joven de todos ellos, acepta colaborar. Con una hoz cortó el órgano viril de Urano, de las gotas de sangre vertidas por la herida nacerán las Erinias, otros Gigantes y las Ninfas. Las partes mutiladas las arrojó al mar y de ellas surgiría, en medio de una blanca espuma, Afrodita, diosa del amor. A pesar de las lesiones Urano sobrevivió y, aunque su protagonismo se redujo considerablemente, conservó el privilegio de prever el futuro, tanto es así que predijo a Cronos que también él sería destituido por un hijo.
SEGUNDA DINASTÍA:
Cronos desposa a su hermana Rea pero no olvida el presagio de su padre Urano; para impedirlo, devora a sus hijos nada más nacer: Hestia, diosa del hogar; Demeter, diosa de la tierra cultivada y del trigo; Hera, protectora de las mujeres casadas; Hades también llamado Plutón, el que domina el mundo de los muertos y Poseidón, los mares. Rea, al verse desposeída de sus hijos y embarazada de nuevo, huyó a Creta para dar a luz y dejar allí al último de ellos, Zeus. A su regreso, para que Cronos no sospechara, le dio a tragar una piedra envuelta en pañales y una droga disuelta en una bebida. Cuando Zeus regresa de Creta, expulsa a Cronos y ocupa su lugar no sin antes sacar de su vientre a sus hermanos.
TERCERA DINASTÍA
Antes de ser definitivamente señor del Olimpo, Zeus tuvo que superar terribles dificultades. Venció a los Titanes y a los Gigantes y liberó a los Cíclopes, que agradecidos le donaron los tres elementos de su dignidad divina: el trueno, el relámpago y el rayo. Vencidas las resistencias familiares, Zeus contrajo matrimonio con su hermana Hera de la que tuvo solamente dos hijos, y a quien amará por encima de todas sus veleidades e innumerables adulterios. Producto de sus amoríos con diosas y mortales nacerían infinidad de hijos. Antes de contraer matrimonio, Zeus tuvo amores con la diosa Metis a quien dejó embarazada. Temeroso que este futuro hijo se apoderara de su autoridad, siguió los consejos de su abuela Gea y de su tío Urano y engulló a Metis. Llegado el momento del parto, Atenea salió de la cabeza de Zeus completamente armada con el casco, la lanza y la égida (coraza de piel de cabra). Por ello se la considera la diosa de la guerra, pero también de la razón, las artes, la literatura y la filosofía. Se le atribuye la invención del carro de guerra y la donación del olivo al Ática, recibiendo a cambio su soberanía. De todos los hijos de Zeus, fue la más querida.
Este breve recorrido por la Mitología griega se resume en doce dioses principales: Zeus, Hera, Poseidón, Demeter, Atenea, Ares, Hermes, Afrodita, Hestia, Apolo, Hefestos y Artemisa.
En el siglo IV a. C., cuando comienza el periodo helenístico, el mundo religioso llevaba casi dos siglos cuestionado por diferentes filósofos que criticaban ciertas tradiciones religiosas. El mismo Sócrates en el año 399 a. C., fue condenado a muerte por ... no creer en los dioses que reconoce la ciudad, tratar de introducir nuevas divinidades y corromper por ello a los jóvenes. En el caso de Atenas no se era un buen ciudadano si no se creía, al menos, en Atenea y en su padre Zeus.
El ateísmo estaba perseguido, se consideraba que agredía al pacto social de la ciudad y por tanto era irrespetuoso con las leyes. A partir del s. III a.C., con la escuela del filósofo Epicuro, se aceptó el pensamiento agnóstico. En realidad estos filósofos no eran esencialmente ateos, simplemente sus dioses estaban excluidos del mundo de los hombres y no se ocupaban de los asuntos humanos.
Pero el análisis de las creencias por parte de las esferas cultas no inmutaba al pueblo llano, en donde el sentimiento de lo sagrado y sobrenatural estaba arraigado desde la antigüedad, con una piedad que rayaba en la superstición. De sus innumerables divinidades dependía la felicidad o la desgracia de los mortales sobre esta tierra y en el más allá, después de la muerte.
La falta de dogma y de un libro sagrado que recogiera los cultos necesarios para la consolidación de las creencias, hizo del rito un auto de fe. Los ritos más antiguos y los que más tiempo persistieron fueron los relacionados con las necesidades primordiales: la fertilidad de los campos y la fecundidad de los rebaños. Incluso en el lenguaje coloquial nunca se decía “llueve” o “truena”, sino “Zeus llueve”, “Zeus truena”.
Los principales componentes de sus ritos eran las purificaciones, oraciones y sacrificios. Los actos piadosos siempre se dirigían al logro de un fin. Primeramente se enumeraban las buenas acciones que habían realizado y seguidamente se solicitaban los deseos: ayuda contra los enemigos, protección de los campos, bienestar para la familia, etc.
En la época que nos ocupa, el sacrificio humano hacía siglos que había desaparecido, solamente era de uso la inmolación de animales: machos si se ofrendaban a los dioses, y hembras en el supuesto de diosas. Sacrificados los animales, ya fueran carneros, ovejas, pollos, gallinas o cualquier otro, únicamente una pequeña porción de carne era ofrecida a los dioses; el resto se repartía entre las gentes que lo comían en el lugar o lo llevaban a casa.
El mayor sacrificio en número de animales era la hecatombe, palabra que hoy usamos para referirnos a una gran desgracia o catástrofe; traducida literalmente significa “sacrificio de cien bueyes”.
En cambio, en los sacrificios ofrecidos a los muertos, la víctima (normalmente un cerdo) se consumía totalmente y se conocía como holocausto. Este sacrificio también se usaba para la purificación individual o colectiva. En todos los casos era habitual el examen de las vísceras del animal para adivinar el deseo de los dioses.
El año civil y religioso no era homogéneo en Grecia. El número de días oscilaba entre 354 y 384; consecuentemente, las fiestas religiosas también diferían según el lugar. Las más conocidas son las de Atenas: la ciudad contaba con unos 50 días festivos de carácter religioso excluyendo los dedicados a los ritos mistéricos.
Las fiestas religiosas iban unidas a las civiles. Conjuntamente al fervor religioso se organizaban concursos líricos y musicales, gimnásticos y atléticos, e incluso de belleza, en donde se valoraban la estatura y la prestancia de hombres y mujeres.
Las fiestas Dionisiacas duraban siete días e inauguraban la temporada de teatro, dado que el dios Dionisios era su protector. El primer día se consagraba al fervor religioso con una gran procesión. En el segundo se iniciaban los concursos líricos, para dar paso al día siguiente a las representaciones de comedias; las tres últimas jornadas se dedicaban a la tragedia.
Las actuaciones comenzaban al amanecer y finalizaban ya entrada la noche, de tal forma que el feliz ciudadano que asistiera a todas las representaciones, podía llegar a ver hasta 18. Todos los gastos derivados de estos festejos eran sufragados bien por la administración pública, o por ricos ciudadanos que a su vez competían entre sí, haciendo alarde de sus fortunas.
La propia grandiosidad de estos cultos y ceremonias públicas entrañaba grandes dosis de frialdad religiosa. El creyente, necesitado de una religión individual que le asegurara la felicidad en esta vida y en la otra, dirigió sus creencias hacia las religiones mistéricas que prometían a sus fieles la salvación y una inmortalidad dichosa.
Estos rituales mistéricos siempre precisaban de una iniciación o preparación por parte de las personas que deseaban formar parte del culto. Las pruebas para acceder debían de ser difíciles, y sobre todo, físicamente penosas, ocasionando que no todos los aspirantes fueran aceptados.
Algunas de estas religiones mistéricas no eran gratas al Estado. La mejor vista era los Misterios de Eleusis que desde la antigüedad gozaron de un tratamiento de favor. Se celebraban en la ciudad del mismo nombre a 20 km. de Atenas en honor de la diosa Demeter y de su hija Coré, encargadas de velar sobre los cereales y los muertos. Estos misterios constaban de tres partes: iniciación, consagración y consagración superior.
En sus ceremonias había una serie de demostraciones, acciones y palabras dirigidas a garantizar la salvación después de la muerte. Tras un día de ayuno comenzaban dos noches de iniciación; cuanto sucedía en el ámbito de los iniciados era alto secreto y su difusión se castigaba con la pena de muerte.
Mientras transcurría la celebración de los misterios se bebía un brebaje cuyo principal componente era la cebada. A finales del siglo IV de nuestra era, los Misterios de Eleusis, al igual que todos los ritos mistéricos, comenzaron a encontrar graves dificultades para su representación, cien años más tarde con el auge del cristianismo desaparecerían.
Pero la teología mistérica que más auge alcanzó durante el periodo helenístico fue el orfismo, basada en el mito de Dionisios y Zagreo, cantado por Orfeo. Este antiguo mito sostenía que a consecuencia de una falta del pasado remoto, semejante al pecado original, el alma humana era prisionera del cuerpo y estaba obligada a recorrer una serie de existencias y reencarnaciones para su salvación.
A partir del siglo IV a.C. en la sociedad helena se reafirma la creencia de la existencia del alma después de la muerte y la condena de los malvados después de ésta; asimismo el principio monoteísta cobra más auge, aunque perduran algunos segmentos politeístas del pasado. Los órficos aseguraban que el lugar de castigo se encontraba en las profundidades de la tierra, y encontramos descripciones del infierno de época helenística trasladadas más tarde al mundo religioso romano, judío y cristiano.
Con las conquistas de Alejandro y el conocimiento de otras culturas, se incorporan nuevas creencias, más próximas al mundo de la superstición y de la magia que al religioso.
Todos los dioses conocidos eran venerados y adorados en Atenas. Se cree que en la ciudad había unos 3.000 templos e imágenes, donde los atenienses podían manifestar su especial espíritu religioso. Cuenta San Pablo en los Hechos de los Apóstoles que, por haber, también había un altar dedicado al Dios Desconocido.
Entre estas nuevas creencias se incluyó una novedad: el culto al soberano en vida. Este tipo de manifestación hacia los reyes, cuyo origen procede del ámbito oriental, no era completamente ajeno a los griegos. Existía la divinización de los héroes y de las personas que se distinguían por sus grandes cualidades morales o intelectuales, pero siempre después de muertos.
Con Alejandro, tras su visita en Egipto al santuario del dios Amón, se inicia para él y sus generales el culto en vida. Estos sucesores, una vez reyes, para reforzar su posición se revistieron de dones divinos, y sumaron a su profana ascendencia unos supuestos ancestros sobrenaturales para mejor legitimar su poder.
Del mundo de la magia, lo más característico de este periodo son unas tablillas de imprecación para perjudicar a los enemigos. En estas tablillas se inscribía el nombre del individuo contra quien iban dirigidas y se detallaban las partes del cuerpo que se deseaba dañar, así como sus facultades espirituales y su actividad laboral para castigarlo en todos los aspectos.
Después de someter a la víctima a la advocación de la muerte por medio de imprecaciones mágicas, se grababan éstas en una lámina de plomo que se unía a la tablilla mediante un clavo; este conjunto maléfico se rodeaba de una red de hilos y por último se enterraba en el suelo, restando solamente que surgiera efecto.
En ese mundo pletórico de misterios, supersticiones y dioses pero, a su vez, vacío de poder e influencia política, hizo su aparición en Atenas (año 50) el apóstol San Pablo. Aprovechando la piedad del pueblo y la apertura de criterio del que siempre hicieron gala los atenienses, se dirigió a ellos para presentarles una nueva doctrina: el cristianismo.
Les habló de la resurrección de los muertos, concepto inadmisible dentro de sus categorías intelectuales y religiosas, provocando la risa por parte de su auditorio. Por el simple hecho de que la doctrina cristiana no se dirigiera a los justos, sino a los pecadores y oprimidos, pero esencialmente por su fe en un Dios personal, se situó en oposición a todas las otras religiones, incluso a las divinidades de las póleis griegas.
El cristianismo chocó con una enconada oposición en los círculos griegos y romanos cultos. Se conserva del académico Celso (año 180) un escrito en el que asegura que ... los cristianos son una nueva raza de hombres sin patria y completa indiferencia política, que de hecho tiene que llenar de profunda inquietud a todos los verdaderos patriotas.
Sin embargo, hay una explicación para el crecimiento y expansión del cristianismo: la comunión de sus ideas con el espíritu del helenismo.
A finales del s. II se encuentra ya un vasto espacio geográfico, desde Palestina hasta España y norte de África, en donde el cristianismo se ha asentado. Su predicación en griego, en koiné, así como la celebración del culto en esta misma lengua, sin duda estimuló la difusión del cristianismo.
El 8 de noviembre del año 392, el emperador Teodosio prohibió en todo el Imperio el culto a los dioses paganos y sus sacrificios. Dos años más tarde se celebraría la Olimpiada número 291 y última de la época helenística.
A finales del siglo IV una profunda transformación se opera en el mundo griego: los poetas se convierten en teólogos; los hombres públicos en obispos y patriarcas, y los filósofos recorren el camino del monacato.
En Grecia, con el emperador Justiniano finaliza toda una época, más de un milenio de sabiduría. En el año 529 se clausura la enseñanza impartida por maestros paganos y se confisca todo el patrimonio cultural de Atenas. Entonces será Constantinopla y su Universidad, el Capitolio, quienes continúen la erudición griega. Su celo consiguió mantener vivo para la historia el gran ejemplo del pasado heleno.