Una jornada celebrada en el Instituto de la Ingeniería de España el pasado diciembre puso de manifiesto que los modelos históricos de ingeniería han desembocado en la Declaración de Bolonia, que supone la importación en Europa no sólo de la división tripartita de grado, máster y doctorado, sino de estructuras de programas y técnicas de evaluación de estudios que se han conformado en los Estados Unidos por influencia europea.
El pasado 14 de diciembre de 2007 se celebró en el Instituto de Ingeniería de España la Jornada de Estudios “Modelos históricos de la ingeniería. Los ingenieros españoles en perspectiva internacional”.
En un denso programa de intervenciones y coloquios, el Instituto reunió a ocho profesores extranjeros y tres españoles, bajo la coordinación de Juan Pan-Montojo, de la Universidad Autónoma de Madrid y el patrocinio del Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Entre todos los participantes trazaron algunas de las grandes líneas del desarrollo de las ingenierías desde el siglo XIX hasta nuestros días, suscitando en sus intervenciones temas de gran actualidad.
Dos tipos de ingenierías
Abrió la Jornada el Profesor Jonathan Harwood, de la Universidad de Manchester, quien puso de manifiesto cómo en su estudio de las escuelas de agronomía alemanas antes de la Segunda Guerra Mundial había descubierto la existencia de dos tipos diferenciados de centros: los que se podrían denominar centros “cientifistas”, preocupados por ofrecer a sus alumnos una amplia base teórica para su posterior aplicación a la agricultura, y los que cabría llamar centros “prácticos”, orientados a la resolución de problemas agronómicos –tanto desde el punto de vista económico como desde el punto de vista técnico-, que otorgaban un papel menor a las disciplinas teóricas.
En segundo lugar, Harwood observó que la mayoría de los centros “prácticos” tendieron con el paso del tiempo a acercarse a los “cientifistas”, en un proceso no universal y tampoco irreversible, que la historiografía ha detectado en otras ingenierías en diferentes países y bautizado como “academización” de la ingeniería.
Para explicar esa tendencia, Harwood presentó un modelo sencillo en el que hace depender la evolución de las escuelas de ingeniería de dos factores: la aspiración de los profesores y las direcciones de los centros de aumentar su prestigio y su autonomía a través del desarrollo de materias y enfoques teóricos, de menor aplicabilidad directa, y las presiones de los grupos empresariales y de los políticos, deseosos de contar con una oferta abundante de técnicos capaces de resolver problemas cotidianos.
En las relaciones entre ambas fuerzas, y en la naturaleza de los “problemas” de la industria, la agricultura y las obras públicas (y por lo tanto en el tipo de formación más adecuado para su resolución), cabe encontrar, según Harwood, la clave de una evolución en la que la “academización” –la creciente importancia de la formación matemática o de la física teórica o de la bioquímica avanzada- se ha visto a menudo contrarrestada e incluso invertida, a causa de la insatisfacción de empresarios y políticos con los ingenieros de formación académica superior.
Europa imita a EE.UU., Bolonia a EE.UU.
La segunda conferencia fue dictada por el Profesor Seely, de la Universidad Tecnológica de Michigan, quien efectuó una aproximación diferente a la cuestión de la formación de los ingenieros, centrándose en las influencias internacionales. Seely explicó cómo a lo largo del siglo XIX coexistió una formación vinculada al aprendizaje en el tajo, con una mínima o nula formación teórica, con la persistente influencia de los modelos europeos de cursos teóricos, con un fuerte énfasis en la adquisición de conocimientos matemáticos.
West Point, la conocida academia militar estadounidense, y otras universidades y colegios menores, trataron de emular los programas impartidos en centros como la École Polytechnique de París, poniendo de manifiesto sus graduados la importancia de contar con técnicos con una formación avanzada, capaz de resolver tareas para las que los ingenieros más numerosos en los Estados Unidos, los que habían pasado por el aprendizaje práctico en la tradición británica, no podían acometer. No obstante, hasta las primeras tres décadas del siglo XX, la influencia de la ciencia ingenieril europea y el prestigio de sus aportaciones tecnológicas en todos los campos no llegaron a constituir el punto de referencia de la mayoría de los centros superiores estadounidenses.
Sobre la base de la red de centros creada en esas fechas, y con los abundantes recursos públicos aportados por el Pentágono en el curso de la Guerra Fría, las universidades técnicas estadounidenses dieron un salto cuantitativo y cualitativo, acercándose a pasos agigantados hacia una ingeniería de gran contenido teórico y capaz de competir con los científicos en todos los ámbitos de la ciencia aplicada e incluso de la investigación científica básica.
En los últimos veinte años, esa formación estadounidense europeizada se ha convertido en el modelo de las ingenierías mundiales, no sólo a través de la multiplicación de los estudiantes extranjeros en los másteres y doctorados de ingeniería (niveles en los que desde la década de 1990 superan a los norteamericanos), sino a través de la creación de campus en el extranjero por parte de las universidades estadounidenses.
Paradójicamente –habida cuenta del papel jugado por Francia y Alemania en la conformación del modelo educativo de las ingenierías en los EE.UU.- el proceso de Bolonia supone la importación en Europa no sólo de la división tripartita de grado, máster y doctorado, sino de estructuras de programas y técnicas de evaluación de estudios que se han conformado en los Estados Unidos.
El modelo alemán
La tercera conferencia fue la impartida por el Profesor Wolfgang König, de la Universidad Técnica de Berlín, quien trazó una amplia visión de las ingenierías alemanas, subrayando como característica básica la existencia de varios niveles formativos correspondientes a la profesión de ingeniero, de amplias diferencias en lo relativo a la longitud, programa y status de los estudios, y a la exigencia o no de aprendizaje práctico de la profesión.
La pirámide de los ingenieros alemanes mantuvo desde comienzos del siglo XX en su cúspide a los titulados por las universidades y escuelas especiales universitarias, conocidos como Diplomingenieure, a los que progresivamente se les fue exigiendo una formación teórica más sistemática.
Los estudios universitarios de ingeniería sirvieron de referencia a los restantes niveles de enseñanza y contribuyeron a la academización gradual de buena parte de las ingenierías, aunque se mantuvo la diversidad a lo largo del tiempo. Por el contrario, la diferenciación educativa ni se ha proyectado en una diferenciación profesional en estricta correspondencia con las credenciales educativas ni ha conducido a un cierre cuantitativo del número de ingenieros.
Mesas redondas
Tras estas conferencias, se sucedieron dos mesas redondas con intervenciones más breves. En la primera mesa, moderada por Juan Pan-Montojo de la Universidad Autónoma de Madrid, Irina Gouzevitch de EHESS de París, Michela Minesso de la Universidad de Milán y Conceição Andrade Martins del ICS de la Universidad de Lisboa, presentaron de forma sumaria los rasgos de la ingeniería y el ejercicio profesional en Francia, Italia y Portugal, en unas ponencias que vinieron a poner de manifiesto la variedad de los significados del término ingeniero en los tres países.
Mientras que Portugal ha seguido pautas de desarrollo muy semejantes a las españolas, con la existencia de dos niveles de ingeniería con atribuciones profesionales reguladas legalmente por medio de una corporación oficial, en Italia y Francia, los modelos formativos son mucho más heterogéneos, lo que a su vez ha redundado en regulaciones más flexibles aunque no menos conflictivas del ejercicio profesional.
En la segunda mesa redonda, moderada por Leoncio López-Ocón del CSIC, los profesores Guillermo Lusa, de la Universidad Politécnica de Cataluña, Manuel Silva de la Universidad de Zaragoza y Horacio Capel, de la Universidad de Barcelona, reflexionaron sobre las relaciones entre la ingeniería y la industria, sobre el papel central de los ingenieros en el desarrollo científico español y sobre las relaciones históricas entre la ingeniería civil y la militar.
En todas sus intervenciones se puso de manifiesto la relevancia de las identidades de cuerpo o de rama y de sus conflictos a la hora de explicar los cambios profesionales y sociales de los ingenieros y el amplio protagonismo del Estado, frente al sector privado, en la definición de los estudios y la profesión de ingeniero en España.
Todas las intervenciones de la Jornada abundaron en la necesidad de tratar con una perspectiva de largo plazo las posibilidades abiertas por la construcción del Espacio Europeo de Educación Superior, que no debe ser un proceso lineal de cambio definido desde arriba.
La convergencia europea permite afrontar retos como los identificados por los intervinientes como propios de la compleja historia de las ingenierías (adaptación a las demandas sociales cambiantes, interacción entre modelos diversos y cuyo prestigio no es estático, apertura del abanico de ingenieros para cubrir diferentes niveles profesionales, combinación adecuada de la formación para la incorporación inmediata al mercado laboral y de la formación para potenciar el I+D...) pero no da las soluciones sino el marco mínimo para emprender una reflexión.
En esa reflexión, más allá de los intereses de los diversos grupos implicados, resultan necesarias comparaciones en el tiempo y en el espacio, que permitan prever las consecuencias tecnológicas, económicas y sociales de las diversas reformas posibles y el carácter contingente de las instituciones existentes. Pero también el elevado grado de persistencia de las diversas tradiciones ingenieriles, que obliga a tenerlas en cuenta en cualquier proyecto de cambio que se quiera viable.
La Federación de Asociaciones de Ingenieros de España
El Instituto de la Ingeniería de España es la Federación de Asociaciones de ingenieros, que agrupa las siguientes ramas de la Ingeniería española: Aeronáuticos, Agrónomos, Caminos, Canales y Puertos, Defensa, I.C.A.I., Industriales, Montes, Minas, Navales y Oceánicos, Telecomunicación. A través de estas diez Asociaciones, el Instituto de la Ingeniería de España integra a más de 100.000 ingenieros de las diversas especialidades, que desarrollan su actividad en las diversas Comunidades Autónomas del Estado, tanto en el ámbito privado como el público. El Instituto de la Ingeniería de España, creado en 1905 bajo la presidencia de honor del Jefe del Estado español, está oficialmente declarado Entidad de Utilidad Pública. Desde 1975, ostenta la Presidencia de Honor del Instituto Su Majestad el Rey Juan Carlos I.
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