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Reseñas

La dama del Nilo Canal bibliográfico de T21 , 16/03/2017

La historia de Hatshepsut, reina de reinas


La dama del Nilo

Ficha Técnica
 
Título: La dama del Nilo
Autora: Pauline Gedge
Edita: Pàmies. Madrid, febrero de 2017
Colección: Histórica
Encuadernación: Rústica con solapa
Número de páginas: 448
ISBN: 978-84-16331-23-0
PVP: 19,95€

 
«Así pues, yo, hija de Amón, he sido y seré siempre rey de Egipto. Y en los días venideros, los hombres lo sabrán y se maravillarán, como también yo lo he hecho al contemplar los monumentos y las formidables obras llevadas a cabo por mis antepasados. No estoy sola. Después de todo, viviré eternamente».
 
Así se expresaba la reina egipcia Hatshepsut, en la intimidad de sus aposentos, mientras hacía balance de todos los esfuerzos dedicados a su eterno y hermoso Egipto: “le he brindado mi divino ser; he transpirado y he pasado noches en vela para que mi pueblo pudiera dormir y estar a salvo. Ni siquiera los campesinos hablan en este momento de otra cosa que no sea la guerra. Guerra: no incursiones de saqueo ni escaramuzas de frontera, sino grandes batallas para la conquista de un imperio. Y yo debo quedarme cruzad de brazos, impotente. No hemos nacido para la guerra. Reímos, cantamos, hacemos el amor, construimos, comerciamos y trabajamos, pero la guerra es algo demasiado solemne para nosotros, y terminará por destruirnos”.
 
La dama del Nilo es una novela de Pauline Gedge en la que la autora nos relata la azarosa vida de la primera reina de reinas del antiguo Egipto.

Mil seiscientos años antes que Cleopatra, reinó en Egipto Hatshepsut, una mujer extraordinaria no sólo por su inteligencia y su belleza, sino también por ser la primera mujer en la historia que gobernó con plenos derechos en un mundo dominado por los hombres.

Según la tradición secular, los faraones de Egipto sólo podían gobernar si se casaban con una mujer de sangre real que, mediante el matrimonio, otorgaba al hombre la condición de soberano. Tan arraigada costumbre iba a romperse por primera vez hace treinta y cinco siglos, cuando el faraón reinante dictaminó que su hija Hatshepsut, de quince años, fuera consagrada primera emperatriz de la historia de Egipto.

Hábil en la administración, audaz en la guerra y, sobre todo, entregada a su tierra y a su pueblo, la dama del Nilo supo defenderse de los celos y la insidia de sus enemigos y mantener el poder del imperio en el apogeo de su gloria.


Datos de la autora
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16/03/2017 Comentarios




Reseñas

La exploración de la conciencia Canal bibliográfico de T21 , 02/03/2017

En Oriente y Occidente


La exploración de la conciencia

Ficha Técnica
 
Título: La exploración de la conciencia
Autora: María Teresa Román
Edita: Editorial Kairós . Barcelona, febrero de, 2017
Colección: Sabiduría perenne
Materia: Filosofía
Encuadernación: Rústica con solapas
Número de páginas: 456
ISBN: 978-84-9988-546-9
PVP: 18,00€
 

La exploración de la conciencia de María Teresa Román, nos invita a ir más allá de nuestros esquemas convencionales y nos sumerge en campos tan apasionantes como la conciencia chamánica, el universo de los sueños, la meditación, la propia textura de la realidad… tal y como han sido explorados y desarrollados por las tradiciones de sabiduría de Oriente, pero también por el chamanismo o la ciencia moderna.
 
El principal objetivo de este libro, apunta la autora en la Introducción, es poner en marcha una maquinaria narrativa dentro del marco de un lenguaje lo más abierto posible con el fin de reunir las piezas necesaria para obtener una idea, siquiera vaga, de ciertas formas especiales de imaginar, sentir y percibir el mundo y que tienen su cuartel general en la actividad profunda, oculta, misteriosa, esquiva, maravillosa, aventurera y mágica de la “Conciencia”.
 
Y más adelante añade, esta obra está dirigida a despejar el camino para que los lectores puedan formularse preguntas que suelen transitar por las autopistas convencionales. En algunos casos puede que provoque algún que otro sofoco e incluso  la tentación de “matar al mensajero” a base de descalificaciones u olvido. Los advierto de que no son pocos los que avisan del peligro de una condenación apresurada de las ideas nuevas y fuera del discurso oficial.
Estoy convencida, dice, de que existen patrones insospechados a nuestro alrededor que podrían llegar a manifestarse si supiéramos qué, dónde y cómo mirar
 

Sumario

Agradecimiento
Prólogo. Manuel Almendro
Introducción
 
  1. ¿Qué es la realidad?
  2. El universo de los sueños
  3. Un campo de práctica, experiencia y estudio
  4. La conciencia chamánica
  5. ¿Un viaje de ida y vuelta?
  6. Miscelánea  de lo desconocido
  7. Una nueva visión del mundo 
  Notas

Datos de la autora
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02/03/2017 Comentarios




Reseñas

El ateísmo sagrado. Hacia una espiritualidad laica Juan Antonio Martínez de la Fe , 11/02/2017

El ateísmo sagrado. Hacia una espiritualidad laica
Ficha Técnica

Título: El ateísmo sagrado. Hacia una espiritualidad laica
Autor: Feliciano Mayorga
Edita: Editorial Kairós, Barcelona, 2017
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 250
ISBN: 978-84-9988-543-8
Precio: 15 euros

En el ánimo de encontrar una vía que dé cobijo a las diferentes posturas situadas entre los extremos del materialismo acérrimo y la espiritualidad más desbocada, se puede insertar este interesante libro que señala una senda, razonablemente argumentada, para alcanzar tan difícil meta.

La propia Introducción del texto nos aporta los datos de su objetivo y de las personas a quienes va dirigido.

¿Cuál es el objetivo de las reflexiones que nos propone Feliciano Mayorga? Pues poner “el acento en la praxis existencial, en la convicción de que prácticas como la meditación, el respeto compasivo o los rituales aún conservan intacta su capacidad para ponernos en comunicación con lo divino, agudizan nuestro oído para aquello que, en el seno mismo del mundo, confiere valor y significado a la vida”.

En efecto, en un ambiente de declive de la religiosidad e, incluso, de la espiritualidad, como consecuencia de un cientificismo arrogante y exclusivista, ha de surgir el respeto por otras formas de conocimiento y de sabiduría no sujetas a sus reglas. El autor nos propone, pues, una nueva forma de vincularse a la trascendencia, de abrirse a lo Absolutamente Otro; eso sí, mediante la relativización y depuración de los elementos místicos y dogmáticos que contienen las diferentes religiones. Su propuesta es que se abre una opción de espiritualidad laica y universal.

¿Cómo conseguirlo? Parte del supuesto de que hay tres ámbitos bien diferenciados y que, sin embargo, se confunden y entremezclan: lo sagrado, lo divino y Dios. El espacio de lo divino cuenta con tres direcciones: una hacia dentro, o vía de la interiorización, de la que pone como ejemplo a la India; una segunda vía hacia fuera, o vía de la naturalización, cuyo ejemplo sería Grecia; y una tercera vía hacia arriba, la vía de la elevación, con Israel como modelo.

Más aún: ¿qué divinidad es la que radicalmente impugnan el racionalismo y el empirismo? Pues, justamente, aquella de las representaciones, necesariamente parciales, que los hombres hacemos de lo divino; una representación que se diversifica en una multitud de credos, iglesias y confesiones. A aquella creencia incuestionable en Dios, propia de la Edad Media, le ha seguido la realidad de un teísmo que no pasa de ser una opción, no precisamente destacada, entre otras muchas, como el propio ateísmo. Algo que no es negativo en sí mismo, pues permite “el paso de una relación ingenua e inmediata con las instancias que administraban lo divino (normalmente en su provecho), a otra más problemática y reflexiva”. La Modernidad liquidadora de todos los dispositivos de sentido ha dejado al individuo abandonado a su suerte, sin otra estrategia que la distracción compulsiva para superar el horror al vacío. Una situación que exige nuevas vías para que existir no sea un sinsentido.

Y ¿para quién escribe el autor sus reflexiones? Lo deja bien claro en la Introducción: “El presente libro está dirigido a todos aquellos que siguen formulándose, en circunstancias nuevas, las viejas preguntas sobre la condición humana y el sentido de la vida y, de manera especial, a quienes opinan que existe una alternativa entre el ateísmo materialista y la religión tradicional, entre la concepción científico-técnica del mundo y una visión mística preilustrada”.

Así las cosas, Mayorga divide su obra en cuatro partes: la primera, dedicada al ocaso de la religión; la segunda, a la primera dirección de las tres que surgen del encuentro con lo sagrado; las partes tercera y cuarta acogen, respectivamente a las direcciones segunda y tercera. Y termina con unas páginas en forma de poema sobre el dios muerto y un epílogo acerca de la vida religiosa.

Es curiosa, aunque muy didáctica, la manera en que el autor nos plantea sus reflexiones: en forma de diálogo, que bien podría pasar como una serie de entrevistas realizadas por periodistas especializados. Y para ese diálogo escoge a dos contertulios; por un lado, Glaucón, sofista del siglo IV, amable y condescendiente, cuyas objeciones y preguntas ayudan al maestro a aclarar su pensamiento; y, por otro, al también sofista Luciano de Samosata, crítico y mordaz, escéptico integral y feroz antidogmático. ¿Por qué esta elección? Porque a juicio de Mayorga representan los tipos básicos de lector, el empático y el inquisitivo.

Ocaso de la religión

Es Glaucón quien abre la primera parte del libro, dedicada a El ocaso de la religión. Preguntas y respuestas se suceden para irnos exponiendo el pensamiento del autor acerca del sentido de lo espiritual tras la muerte de Dios, el vacío, el problema del mal, la constitución del universo profano o el sentido de la vida.

De todo esto, lo más destacable es, sin duda, “la implantación de un credo materialista a escala global, que excluye como carente de fundamento cualquier forma de trascendencia o espiritualidad”. Su dogma fundamental es que el universo material es la única y última realidad, por lo que carece de creador y de propósito; que el único conocimiento válido es el de las ciencias empíricas; que las religiones son meras supersticiones; que los juicios de valor de cualquier tipo son subjetivos fruto de condicionamientos biológicos o culturales; que la libertad es una ilusión; y que lo mejor que podemos hacer en esta vida es gozarla y disminuir el dolor.

La religión ha pasado a ser algo personal, alejado del sentido de comunidad y de adhesión que se acostumbraba hasta hace pocos años.

Todo esto ha dado lugar al universo profano, que se manifiesta en distintos planos. En el económico, con la entronización del capitalismo como único modelo válido; en el político, con los representantes del pueblo, a través de los mecanismos del Estado, defendiendo los intereses de las élites económicas; en el cognitivo, con la hegemonía del positivismo científico; en el ético, con el utilitarismo; en el filosófico, con el ateísmo materialista; en el medioambiental, concibiendo la Tierra como un yacimiento de recursos y depósito de desperdicios; en el psicológico, entronizando al hedonismo como paradigma de la felicidad; y, por último, en el social, con el individualismo exacerbado.

En un paso más en el desarrollo de su propuesta, aborda el autor el tema del nihilismo, de la falta de sentido. Aquí intervienen sus dos interlocutores, Glaucón, con preguntas dirigidas a conocer, y Luciano de Samosata, con un estilo más agresivo y directo, como intentando hacer caer en contradicciones al entrevistado.

Parte de la afirmación de que no se puede abordar el problema del sentido sin conceder significación espiritual a nuestro tiempo; esa carencia de sentido, tan propugnada hoy en día, es el precio que ha tenido que pagar la modernidad. Nos mantenemos en nuestra frenética actividad, bien organizada, pero nos falta responder a la pregunta del para qué, una pregunta para la que la ciencia no tiene respuesta.

Mayorga aborda en estas páginas muchas de las cuestiones que forman parte de cualquier conversación que podemos escuchar. Por ejemplo, cuando se afirma que todos los sentimientos morales o religiosos se reducen a mera actividad biológica o neuronal; a esto responde el autor con una pregunta: ¿cómo se puede determinar cuáles de nuestros contenidos mentales son verdaderos y cuáles falsos?; haría falta, dice, un observador externo. Otro planteamiento habitual es el que, pasando de un reduccionismo biológico o neurológico a otro de carácter social, por el que el valor de, por ejemplo, un ideal se agota en la aprobación de una comunidad determinada, a lo que Mayorga contrapone varias razones.

Tras analizar algunas cuestiones del posmodernismo, Mayor nos expone aquellos criterios que debe reunir cualquier propuesta de sentido. Es el primero el de compatibilidad científica, es decir, que no esté en contradicción con los conocimientos científicos; le sigue el criterio de certeza, por el que se minimiza el número de supuestos no demostrables o que exijan fe para ser admitidos; criterio de trascendencia, por el que se facilita la apertura al misterio, a lo Absolutamente Otro; criterio de alegría, es decir, que incremente la vitalidad del sujeto, su capacidad para el gozo y la felicidad; criterio de accesibilidad, lo que quiere decir que aquello que designemos como sentido o fundamento ha de estar disponible en todo momento y circunstancia; criterio de solidez, que tenga suficiente solvencia moral y afectiva para afrontar las adversidades; criterio de dignidad, que garantiza la autonomía de la persona; criterio de no complicidad con el mal: no negar, absolver o justificar la crueldad o sufrimiento innecesario; criterio de afirmación, es decir, que no se sustente en el desprecio o resentimiento contra la vida; criterio de responsabilidad, no eludir nuestra responsabilidad en la mejora de la sociedad; y, por último, criterio de universalidad, que tiene en cuenta a todos los seres sintientes y sus vicisitudes.

En esta primera parte, en que describe el panorama que percibe, no podía faltar la cuestión que tanto ha atormentado y provocado planteamientos muy diferentes: el problema del mal y, en consecuencia, de la debilidad del bien. Muchos son los autores que lo han tratado en la búsqueda de una respuesta; citar, como ejemplos recientes, las tesis de Manuel Fraijó o las de Torres Queiruga. Mayorga parte de la base de que este problema es la piedra de escándalo sobre la que se erige cualquier sistema de creencias. Responde reflexivamente a las preguntas que le plantean Glaucón y Luciano de Samosata; y aporta una respuesta que desgrana a lo largo de una serie de páginas que merecen una lectura reposada y que podemos resumir en sus propias palabras: “no afirmo que existe un Dios providente, doy por zanjada su muerte. Lo que digo es que se da lo sagrado, que es una cosa bien distinta”.Y lo hace consciente de que el teísmo, que plantea la personalidad y trascendencia de lo absoluto; o el ateísmo materialista, que lo niega; o el panteísmo, que afirma su impersonalidad e inmanencia, se muestran incapaces de dar una respuesta adecuada a este eterno problema. ¿Debemos, pues, aceptar el mal tal y como es? Si lo hiciéramos, no podríamos soslayar la acusación de complicidad y colaboración con él. Desde luego, merecen una reposada lectura estos planteamientos que, aunque pueden no ser aceptados como apodícticos, sí suponen una postura razonable y bien estructurada.

Tema fundamental también hoy es el del sentimiento de vacío, sobre el que reflexiona el autor relacionándolo con el tema de lo sagrado, lo divino y Dios. Es este un bloque fundamental para entender el contenido de la obra. Hay una tendencia íntima hacia la trascendencia que es el símbolo de un vacío; un vacío que, como sucede con Heidegger, lleva a la angustia y la desesperación o, como ocurre con Kierkegaard o Agustín de Hipona, ofrece una senda, aunque sea muy estrecha, hacia la plenitud. Y se nos plantea una disyuntiva para la que carecemos de respuesta definitiva, aun gozando ambas posibilidades de suficiente racionalidad: “¿Es el deseo de plenitud un sueño del vacío, o es el vacío la nostalgia de una plenitud que de algún modo intuimos como cierta?”

Se analiza también cómo la pérdida de sentido de lo sagrado supone una disolución del mundo, exponiendo las distintas concepciones del espacio y el tiempo, adjetivados según por las que se decante el lector, como profano o religioso. Se ve obligado el autor a definir lo sagrado como lo absolutamente Otro, siguiendo la línea de Rudolf Otto. Eso sí, con la advertencia expresa de que “en ningún caso habría que confundir lo sagrado con lo divino, que es el ámbito en el que lo sagrado se manifiesta, ni con los dioses, que son la expresión antropomórfica, eterna y diversa en que se revela la divinidad”.

A pregunta de Glaucón, que solicita una clara explicación de la diferencia entre Dios, lo divino y lo sagrado, Mayorga recurre a una analogía geométrica, en la que el punto representaría lo sagrado, ya que, en su calidad de tal punto, carece de dimensiones, es indivisible, por lo que puede producir todas las líneas y volúmenes. Pues bien, la irradiación de ese punto en tres direcciones, equivalentes a nuestras tres dimensiones, crea el espacio sagrado, que equivale a lo divino; por último, las tradiciones espirituales habrían actuado como receptores que captan la irradiación sagrada y la proyectan en un imaginario que articula una visión de la divinidad, dando lugar al nacimiento de los dioses y de Dios.

Finalmente, se detiene en la explicación del ateísmo profano y del ateísmo sagrado, que da título al libro, ya que, partiendo del hecho de que la filosofía es atea, concluye que justamente lo sagrado adviene en el seno mismo del ateísmo: “mi convicción es que ello no tiene por qué cerrar un espacio a la religión cuando es entendida como reverencia ante el misterio del ser, que supera y excede toda comprensión por conceptos”.

Llega el final de esta primera parte abordando el encuentro con lo sagrado y la propuesta de las tres direcciones divinas, cada una de las cuales será tratada en siguientes divisiones de la obra. Lo sagrado se ha manifestado en tres ámbitos; en el primero, la naturaleza y su actividad son las que representan lo sagrado, hasta que el hombre se libera de ese dominio con su conciencia, hacia dentro, o hacia la historia, hacia fuera. La cita es larga, pero refleja la esencia de la propuesta de Mayorga: “tenemos tres direcciones que el hombre recorrió en la búsqueda de sentido, en su afán de superar el trauma de la emergencia animal: hacia dentro, hacia fuera y hacia arriba. Lo que significa una triple apertura: al mundo que está en torno a mí, al que está dentro de mí y al que está sobre mí. Tres lugares para encontrarse a sí mismo: la naturaleza, la conciencia y la historia. Cada uno de los cuales se corresponde con los tres movimientos esenciales de nuestro ser: extroversión, introversión y sublimación. Que apuntan a tres vértices sagrados: la Energía, el Vacío y el Bien. De los que se espera la salvación en forma de éxtasis, serenidad y entusiasmo. Y a los que se accede con tres prácticas sagradas: los rituales, la meditación y el respeto compasivo”.

Tras exponer cómo su planteamiento no está en contradicción con lo exigido por la modernidad, a la que, por otro lado, niega su pretensión de clausurar el presente, lo real, en el seno de la inmanencia, el autor nos ofrece un somero planteamiento de las tres direcciones que desarrolla en los capítulos siguientes de manera pormenorizada.

El mandamiento del amor

Y a la primera dirección, La divina bondad: el mandamiento del amor, dedica Mayorga la segunda parte de la obra, que nos presenta en cinco subapartados. En el primero de ellos, aborda el problema del fundamento de la ética, ofreciendo ejemplos de lo escrito sobre este particular por filósofos como Kierkegaard, Horkheimer o Kant. Intenta dar respuesta, su respuesta, a la posibilidad de fundamentar una moral universal, planteando la relación entre moral y religión. Un interesante apartado finamente urgido por los planteamientos que resume Luciano de Samosata, su interrogador perspicaz.

De aquí pasa a las implicaciones que conlleva entender la conexión entre religión y moralidad para la dignidad del ser humano. El valor de un ser humano es el título que ampara esta cuestión y que reviste especial relevancia en la actualidad, cuando la persona es discriminada por circunstancias personales, como nacionalidad, religión o ideología, prescindiendo de su realidad básica, el hecho de tratarse de un ser humano. Resume así Mayorga su propuesta: “Lo que afirmo es que el valor del ser humano, lo que entendemos por dignidad, de la que deriva su estatus inviolable a nivel ético y jurídico, no puede ser concebido si no existe en él algo tan digno de estima que hasta un Dios tuviera que respetarlo, en el hipotético caso de que existiera. Ese algo es su moralidad”.

Un nuevo apartado, Punto Omega y fin de la historia, podría inducirnos a pensar que la propuesta de Mayorga se desvía hacia los postulados de Teilhard de Chardin y su Punto Omega. Aquí, el autor mantiene su línea argumental sobre un principio moral de carácter universal. Un principio que se resumiría en preservar e incrementar el autogobierno de los individuos hasta donde ello sea posible y eliminar el sufrimiento innecesario, algo que deberían de defender todas las iglesias si quieren ser acreedoras del calificativo de santas; de no hacerlo, serían blasfemas. Es un principio que se encuentra en evidente contradicción con la actual globalización, que conduce a desigualdades de todo tipo en la sociedad y frente a la que es necesario mantener una actitud crítica. Se trata, como se ve, de un planteamiento utópico, pero para el autor es la meta a alcanzar. ¿Por qué? “Una sociedad así, basada en el universal reconocimiento de todos los agentes como libres e iguales, o si se quiere, una república global cosmopolita, representaría la consumación del espíritu en el tiempo, la divinización del hombre o humanización de Dios y, en consecuencia, el fin de la historia entendida como el proceso de búsqueda de un absoluto perdido y al fin reencontrado”.

Un paso más: con rotundidad, afirma Mayorga que la moralidad y su agente, la persona, son el fin final de la creación. Dedica, así, unas páginas para ofrecernos su respuesta, muy bien razonada y argumentada, a la cuestión del propósito de la vida humana en el cosmos. Para él, la emergencia de un sujeto capaz de determinarse por un principio que el Supremo legislador del mundo prescribiría necesariamente en el supuesto de que existiera, debe ser considerada como el fin final del universo y eso, pese a excluir el concepto de propósito. Un muy interesante apartado que requiere una pausada y reflexionada lectura, al que le sigue otro dedicado a las virtudes como figuras del amor.

La meditación

Nuestra lectura alcanza, así, la tercera parte de la obra, dedicada a la Segunda dirección. La divina conciencia: la meditación. Es decir, la vía hacia el interior, que ya nos anunciara el autor desde el comienzo del libro: la búsqueda de lo sagrado en el fondo de la psique, en el divino silencio.

En este bloque se aborda el tema de la meditación como sendero hacia el interior. Nos ofrece el autor algunas reflexiones sobre la dificultad que entraña el meditar, siendo la primera la incapacidad de detener el flujo de imágenes y pensamientos que fluye de manera continua e incontrolada por nuestro cerebro. Nos enfrentamos, así, a la cuestión del ego como sujeto y como sufrido paciente de todo ese devenir, y a la de la forma de concentrar nuestra atención, bien dentro de nosotros o bien sobre ese flujo de ideas y sentimientos que nos arrastra, situándonos entre el pasado, el presente y el futuro: la memoria y los recuerdos de lo que fue y la inquietud de lo que esperamos que vendrá, confluyendo ambos en el instantáneo presente. Llega, pues, a la conciencia, que no hay que confundir con el pensamiento, y la que se alcanza tras un constante y concienzudo entrenamiento en la meditación.

Ahora bien, hay que hablar de la conciencia no dual, del nirvana. ¿Qué es el nirvana? Así lo describe Mayorga: “Es un estado de suprema lucidez y ecuanimidad, que escapa al orden de las causas y los efectos, que trasciende el placer y el dolor, y se resiste a toda descripción por conceptos. Es designado como algo no compuesto, no creado ni producido. Es por ello inmortal y anatman, no yo, por lo que no puede identificarse con un Dios, tampoco con la aniquilación del yo o la nada, pues si el yo no existe no puede aniquilarse”. Es un producto de la meditación; en ella, en la meditación, la atención, la conciencia, se puede focalizar en lo real, en los fenómenos que aparecen en el espacio-tiempo; o se puede focalizar en la esencia, el cómo de las cosas; o, finalmente, se puede focalizar en el valor de los entes, en el esplendor del ser. Y la iluminación se alcanza en el instante en que nuestra atención logra captar en el aquí y ahora, mediante un acto indivisible, la totalidad de lo que hay, el conglomerado infinito de conciencia y presencia, significado y valor del que formamos parte, con el que somos uno. A partir de aquí, el autor aborda nuevamente el problema del mal desde el enfoque budista, al que dedica varias páginas, incluyendo algunos apartados a analizar la postura de Schopenhauer ante el dolor, comparándola con la del budismo.

Cierra Mayorga esta tercera parte de su estudio con una referencia, sumamente interesante, a la percepción adánica, entendiendo por tal lo que debió de sentir Adán al contemplar por vez primera su realidad y la de su entorno. Nos invita a perpetuar esa sensación, despojando a las cosas de la falsa familiaridad con la que las observamos, intentando entrar en contacto directo con ellas y no con la representación que nos hacemos de ellas. Esto entronca con el ansia del existir tras esta vida, que el autor invita a vivir el momento presente en toda su amplitud, no solo a lo largo de una existencia, sino a lo ancho de toda su magnificencia.

Los rituales

La cuarta parte de la obra se dedica a la Tercera dirección. La divina energía: los rituales. Tal energía es la que se denomina fisis, conocida con diferentes nombres en otras culturas; se trata de una fuerza de carácter fluido que engendra y anima la naturaleza y, aun siendo indefinible, sí puede, sin embargo, ser percibida. Así, el paso de una actitud egocéntrica a otra mística, que captaría la unidad de todas las cosas, se produce al entender que cuando pienso en el universo es el universo el que a través de mí se piensa a sí mismo. Se podría sostener, pues, que la propia biosfera estaría despertando a la conciencia a través de nuestro conocimiento, generando una nueva fase de la evolución, la que Teilhard de Chardin denomina noosfera. Tal fuerza evolutiva de la naturaleza, esa fisis, se puede percibir a partir de fenómenos fundamentales de la existencia, como la muerte o el amor. Y si logramos acumular suficiente energía existencial, seremos capaces de elevarnos a la energía espiritual. Para el autor, en esto consiste el propósito de la vida humana, en lo que llama tercera dirección: incrementar la cantidad, altura y riqueza de la energía que fluye en nosotros, haciendo cuanto esté en nuestra mano para vincularnos a todo aquello que conviene a nuestra naturaleza y aumenta su potencia; y, por otro lado, evitar aquellas relaciones que debilitan o disminuyen nuestra energía.

¿Cómo se nombra la fisis? Es lo que se aborda en el texto a través de los mitos como revelación de lo divino. Siguiendo a Walter Otto, Mayorga define al mito como el modo en que lo divino se ha revelado a las diferentes especies del género humano y ha dado forma a su existencia. La función del mito, pues, es fijar modelos de todas las actividades humanas significativas: sustento, sexualidad, autoridad, etc. Estas actividades aparecen simbólicamente representadas, por ejemplo, en las divinidades del mundo clásico; pero es a través de las figuras de la divinidad como hace su aparición, en el mito, el inconmensurable e inefable Ser del mundo. Aquí es preciso notar la diferencia entre lo sagrado y lo divino, es decir, lo radicalmente Otro de lo sagrado, y el mundo mismo como plenitud de formas divinas.

Es cierto que los dioses han desaparecido, ya no están. El autor nos invita a superar la fase infantil de una relación con la divinidad considerada exclusivamente como fuente de salud y protección; y que tiene que aceptar su responsabilidad para con lo sagrado; es decir: no se trata de proponer un método que encuentre una salida para el hombre vacío y desesperado, ávido de sentido; hay que tener muy presente que un Dios ya muerto solo tiene nuestros brazos, nuestros gestos, nuestras acciones para llegar a ser. “Sin nosotros -concluye- la belleza no podría ser cantada, ni la bondad realizada, ni la claridad percibida”.

Culmina esta cuarta parte de la obra con un capítulo dedicado al rito como juego sagrado. Es un apartado complejo, en el que se reclama volver a dotar de sentido a los ritos, actualmente vaciados de contenido. No solo los rituales tradicionales, sino con la posibilidad de escoger nuevas fórmulas que estén cargadas de simbolismo real; el propio Mayorga expone el ejemplo de un rito celebrado por él y su pareja, que describe como de muy potente, pero que a quienes estén alejados de sus propuestas dejaría cuando menos perplejos. Luego, partiendo de la base de que las celebraciones sagradas forman parte del juego, dedica una seria reflexión sobre esta actividad lúdica que pone en relación algo tan grave y solemne como los ritos y algo tan liviano aparentemente como el juego, llegando a describir hasta diez características de este al considerarlo como la matriz de los rituales. Y, relacionado con este juego, se da el arte, al que concibe como una manifestación de lo sagrado, algo concebido como manifestación de la energía primordial, el cosmos vivo, representado en la belleza. Y define como singular y propio del arte, desde el punto de vista del receptor, el maravillarse, realizando un intento de explicación, partiendo de este prisma, de la situación del arte actual.

Llegados a este punto, Glaucón pregunta al autor cómo se puede llevar a la práctica cotidiana esta tercera dirección. En primer lugar, responde Mayorga, tratando de realizar el máximo de actividades autotélicas, es decir, las efectuadas por su propio valor intrínseco y no como un medio para un fin distinto; en segundo lugar, incorporando una serie de rituales a la vida diaria, con el fin de celebrar las expresiones significativas de la energía sagrada: la noche y el día, las estaciones, …; y, en tercer lugar, desarrollando la capacidad de focalizar toda la atención en la energía que irradia cada ente del universo, captando en su irrepetible presencia la profundidad infinita del mundo.

Pregunta nuevamente Glaucón si hay relación entre las tres prácticas a las que se ha referido en la obra o si pueden ejercitarse de forma independiente. He aquí la respuesta del autor: “Formalmente son distintas, se han practicado de forma autónoma a lo largo de la historia y apelan a atributos diversos de la divinidad en los que se expresa el fondo sagrado del mundo. Pero el respeto compasivo, la meditación y los rituales conforman una unidad en cierto modo indisoluble y se potencian mutuamente cuando interactúan. Me atrevería a decir que el valor espiritual de una determinada religión puede medirse por la presencia en ella de estos tres tipos de prácticas”. Para Mayorga, un número reducido de estas tres prácticas ayuda al hombre del siglo XXI a seguir encontrado dirección y sentido a su existencia. “Siempre que renuncie a su condición de dueño y señor de lo real y se convierta en canal vivo de la Bondad, la Claridad y la Belleza eternas, que siguen manando, hoy como siempre, del fondo sagrado del mundo”.

A un dios muerto. Y un epílogo

Un profundo poema dedicado al Dios muerto cierra la intervención del autor en este muy interesante estudio, junto a un epílogo dedicado a la vida religiosa. En él, define a la religión como una acción total e ininterrumpida que nos vincula al misterio del ser; ¿cómo se realiza esta vinculación? Nos ofrece tres propuestas: 1. Actuar de un modo excelente, lo divino en la voluntad; 2. Mantener atención plena, lo divino en la atención; y 3. Vivir en armonía, lo divino en el corazón. Y concluye, tras una detallada explicación de cada una de tales propuestas: “Estas formas de temporalidad bien pueden considerarse igualmente formas de experimentar la eternidad en el instante. Pues de eso se trata, de entender cada instante como un momento propicio -kairós- donde lo sagrado espera nuestra colaboración para acontecer”.

Para concluir

Nos encontramos ante un libro que no es para leer de corrido. Merece una lectura serena, reposada y reflexiva. A lo que hay que añadir que libre de prejuicios, a fin de poder llegar lo más adentro posible de las propuestas de Feliciano Mayorga. Justamente por algo que le empujó a plantearlas, la forma en que el mundo actual alejado de la reflexión o muy encerrado en los límites del cientifismo, el lector medio puede encontrar cierta dificultad en aceptarlas, pese a lo magníficamente argumentadas que se presentan. Una mente abierta es la mejor disposición para acometer su lectura. Y sirvan como invitación estas líneas que, ciertamente, no abarcan el amplio panorama del libro, sino que se ofrecen como pistas y llamadas a adentrarse en sus páginas.

La obra no discurre por un discurso continuado, con una ilación ininterrumpida de la exposición. De manera muy didáctica, Mayorga optó por desentrañarla en forma de diálogo. Esta fórmula puede, en algún momento, dificultar el acceso a una concatenación lógica de la exposición, pero tiene la ventaja de una mayor simplificación, dando, a la vez, la oportunidad de plantear los razonamientos que objetan sus propuestas, tarea muy lograda, pues el autor recoge las principales argumentaciones que se le oponen, ofreciendo su respuesta cumplida satisfacción; y ello, basándose en citas y argumentos de autores destacados sobre todo en el campo de la filosofía.

En definitiva, se trata de un libro de muy recomendable lectura para quienes busquen encontrar una reflexión sobre el vacío interior que puedan sentir y la manera de entenderlo para intentar llenarlo.

Índice

Introducción

Parte I. El ocaso de la religión
1. Modernidad, muerte de dios, desencantamiento del mundo
2. Nihilismo y sentido
3. Existencia del mal, fragilidad del bien
4. La experiencia del vacío, lo sagrado, lo divino y dios
5. El encuentro con lo sagrado, las tres direcciones divinas

Parte II. Primera dirección. La divina bondad: el mandamiento del amor
6. Religión y moralidad
7. El valor de un ser humano
8. Punto omega y fin de la historia
9. El propósito de la vida humana en el cosmos
10. Las virtudes como figuras del amor

Parte III. Segunda dirección. La divina conciencia: la meditación
11. Liberar la atención
12. El nirvana, la conciencia no dual
13. El deseo y el sufrimiento
14. La percepción adánica

Parte IV. Terecera dirección. La divina energía: los rituales
15. Naturaleza y tiempo de la fisis. El eterno retorno del serenidad
16. Nombrar la fisis, los mitos como revelación de lo divino
17. El tiempo de los dioses ausentes
18. El rito como juego sagrado

Al dios muerto
Epílogo: la vida religiosa
Notas













Juan Antonio Martínez de la Fe
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11/02/2017 Comentarios




Reseñas

Elogio de la lucidez Canal bibliográfico de T21 , 26/01/2017

Liberarse de las falsas ilusiones que nos impide ser felices


Elogio de la lucidez
Ficha Técnica
 
Título: Elogio de la lucidez
Autor: Ilioa Kofsou
Edita: Editorial Kairós. Barcelona, 2017
Traducción: Miguel Portillo Díez
Colección: Psicología
Encuadernación: Rústica con solapas
Número de páginas: 216
ISBN: 978-84-9988-542-1
PVP: 15€
 


La felicidad parece el nuevo Grial de nuestra época. Cuanto más la buscamos, más difícil de alcanzar parece. Y es que la mayoría de nosotros buscamos una felicidad idealizada, imposible de conseguir, una vida sin sufrimiento, emociones siempre positivas, una autoestima firme y un desarrollo personal constante; espejismos que nos vuelven tristemente egocentrados y nos hacen perder de vista lo esencial: la posibilidad de ser felices a pesar de las vicisitudes de la vida.

Ilios Kotsou nos invita a compartir la lucidez capaz de desbaratar esas ideas ingenuas y descubrir las condiciones de una verdadera felicidad. Con inteligencia y humor nos explica cómo una consciencia clarividente nos abre a la tolerancia, a la dulzura y a una comprensión más profunda de nuestras emociones. Se trata de aceptar nuestra vulnerabilidad como un tesoro, y descubrir en uno mismo una alegría perdurable, sostenida por la belleza y el valor real de nuestras vidas.
 
Sumario
 
Prefacio de Christophe André
Introducción
  1. La trampa de la idealización
 
Parte I: Las trampas de la felicidad
  1. Los peligros de la lucha contra el malestar
  2. El mito del pensamiento positivo
  3. Los espejismos de la búsqueda de autoestima
  4. El punto muerto del ombliguismo
Parte II. Los caminos de la lucidez
  1. La tolerancia
  2. El desapego
  3. La dulzura para con uno mismo
  4. La liberación de uno mismo
 
Conclusión: La lucidez
Nota del autor
Epílogo de Matthieu Ricard
Bibliografía
 




 
Datos del autor
Canal bibliográfico de T21
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26/01/2017 Comentarios




Reseñas

Biografía del silencio. Breve ensayo sobre meditación Juan Antonio Martínez de la Fe , 01/01/2017

Biografía del silencio. Breve ensayo sobre meditación
Ficha Técnica

Título: Biografía del silencio. Breve ensayo sobre meditación
Autor: Pablo d’Ors
Edita: Siruela, Madrid, 2016, 21ª edición
Colección: Biblioteca de Ensayo (Serie Menor)
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 112
ISBN: 978-84-9841-838-5
Precio: 11,95 euros

Nos encontramos ante un libro pequeño, pero un gran libro. Un texto que no es nuevo, puesto que lleva ya veintiuna ediciones con más de cien mil ejemplares vendidos. Y porque su autor, Pablo d’Ors, llena las salas en las que habla del silencio y de la meditación, con personas que añoran su interioridad inmersas como están en un mundo que tiene horror al silencio.

También nos hallamos ante una obra de difícil clasificación. No se trata de un sistema de autoayuda, tampoco de un manual sistematizado para aprender a meditar, ni de un tratado filosófico lleno de conceptos abstractos. La cuestión es que participa de todos ellos y de algunos más. Por lo que comentarlo con detalles se presenta como una tarea cuasi imposible.

Lo que sí es acertado es su título, ya que se trata de la biografía de alguien que nos invita a seguir su senda, si nos place y consideramos adecuada, en su relación con la meditación, que, en la obra, es prácticamente un sinónimo del silencio. Silencio exterior y silencio interior también.

Meditar

La primera aproximación al libro se nos aparece como una encrucijada de caminos de los que desconocemos por qué derroteros nos llevará. Porque la primera dificultad es saber qué entendemos por meditación. En efecto: basta con echar un vistazo al panorama meditativo para que nos surjan muy diversos tipos: la budista o completa de la mente, la zazen, la trascendental, la vipassana o penetrante, la kabbalah, la mantra, la sufí, la dzoghen, la dinámica de Osho o kundalini, la metta bhavana, o la que puede acompañar al yoga en sus variantes, sin olvidar otras como la que proponía Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales.

Pablo d’Ors no se refiere a ninguna de ellas en concreto. Por el contrario, nos narra cómo, de manera autodidacta, comenzó a meditar y, a raíz de algunas citas de su texto, nos expresa su inclinación por la meditación budista zen; nos cuenta sus experiencias, sus dificultades y cómo vive en la actualidad su meditación, su “sentada”, como él la llama, un camino espiritual que ha sido configurado por él y que intenta explicar en su obra. Para concluir en que, para meditar, no hay que detenerse en tanta teoría, sino, por el contrario, dedicarse a practicarla.

Es cierto que nos da una serie de consejos para llevar a cabo una buena meditación: tiempo diario que hay que dedicarle, la preparación del escenario donde llevarla a cabo, la postura corporal que es conveniente adoptar. Y nos advierte de las dificultades que encontraremos, para que no nos lleven a abandonar la meditación sino a insistir en ella: las molestias físicas de la postura adoptada, los embates del pensamiento que tienden a distraernos, lo que Santa Teresa llamaba “la loca de la casa”, el peligro de la rutina, etc.

Así, por ejemplo, nos dice: “En la meditación silenciosa y en quietud no hay adornos ni florituras: basta una habitación que no esté demasiado caldeada ni demasiado fría; basta un banquito o un cojín para sentarse y una esterilla; acaso incienso muy suave, o incluso un pequeño altar con una vela encendida … Todo está al servicio del recogimiento, todo invita a la interiorización”. Y evita instrumentos válidos en otros tipos de meditación, como recurrir a la imaginación, tal y como ocurre en la meditación ignaciana, o a la música.

Y, a la hora de emprender la lectura de este valioso libro, hemos de pensar que, si bien sus pequeños capítulos mantienen una ilación expositiva, sin embargo, permite por lo general que se puedan leer separadamente, constituyendo cada uno de ellos un mensaje sobre el que reflexionar.

Ejemplos útiles

Espigamos del texto algunas definiciones de meditar. Nos dice d’Ors: “Solo hay que pararse, callar, escuchar y mirar; aunque pararse, callar, escuchar y mirar -y eso es meditar- se nos haga hoy tan difícil y hayamos tenido que inventar un método para algo tan elemental”. O, en otro capítulo: “La meditación es una iniciación a la vida adulta: un despertar a lo que somos”. “Meditar es, fundamentalmente, sentarse en silencio, y sentarse en silencio es, fundamentalmente, observar los movimientos de la propia mente”. “La práctica de la meditación a la que me estoy refiriendo puede seguramente resumirse en saber estar aquí y ahora. No otro lugar, no otro tiempo”.

Detengámonos ahora en algunos de los resultados de la meditación. Hablándonos del silencio, nos dice d’Ors que no tiene nada de particular, sino que es el marco o el contexto que posibilita todo lo demás. ¿Y qué es todo lo demás? Nada, nada en absoluto, simplemente la vida misma que discurre; aunque puntualiza que, lo mismo que dice nada, puede decir todo. Por supuesto, no se detiene en el concepto filosófico de la nada, que afirma que la nada no existe. Se refiere, más bien, a un vaciamiento interior; nos explica: “fue un gran logro comprender, y empezar a vivir, que yo podía estar sin pensar, sin proyectar, sin imaginar, estar sin aprovechar, sin rendir: un estar en el mundo, un con-fundirme con él, un ser del mundo y el mundo mismo sin las cartesianas divisiones o distinciones”. Y, más adelante: “Gracias a la meditación he ido descubriendo que no hay yo y mundo, sino que mundo y yo son una misma y única cosa. La consecuencia natural de semejante hallazgo […] es la compasión hacia todo ser viviente”, una convicción que aleja cualquier suspicacia de egoísmo por parte de quien medita, por tener la apariencia de querer separarse de los demás para dedicarse a uno mismo. De hecho, aunque de manera tangencial, propone como buena opción el procurar meditar junto a otras personas.

A lo largo de su relato, el autor nos apunta orientaciones sobre aspectos concretos que surgen o pueden surgir en quien medita. Por ejemplo, es habitual que seamos nostálgicos de la felicidad pasada; sin embargo, d’Ors lo considera un intento absurdo, pues es imposible rastrearla; para él, la felicidad es percepción del momento, y si nos limitamos a ese percibir llegaríamos, por fin, a lo que somos, una meta perseguida en el meditar. Gracias a la meditación, se aprende a no querer ir a ningún lugar distinto del que se está: se quiere estar en el que está, pero plenamente.

Otro ejemplo: cómo actuar ante el dolor. Son estas sus palabras: “conectar con el propio dolor y con el dolor del mundo es la única forma, demostrable, para derrocar al principal de los ídolos, que no es otro que el bienestar. Para lograr tal conexión con el dolor es preciso hacer exactamente lo contrario a lo que nos han enseñado: no correr, sino parar; no esforzarse, sino abandonarse; no proponerse metas, sino simplemente estar ahí”. Sí, estar ahí con esa realidad, ya que los ideales, como el sueño de una vida sin dolor, son perniciosos, mientras que la realidad, sea la que sea, es liberadora.

Asunción de las propias responsabilidades es otro producto de la meditación. Llega el momento de no culpar a nada, a las circunstancias, ni a nadie de lo que nos acontece. Se logra evitar eso a lo que tan acostumbrados estamos, buscando responsables, cuando la dirección de la flecha indicadora, como si imantada estuviera, apunta hacia nosotros mismos.

Si alguna cita podría resumir el contenido de este bello libro, sería la del propio autor: “El camino de la meditación es por ello el del desapego, el de la ruptura de los esquemas mentales o prejuicios: es un irse desnudando hasta que se termina por comprobar que se está mucho mejor desnudo”. Es ahí donde nos encontramos a nosotros mismos, donde nos hacemos conscientes de la vida que pasa y nos limitamos a percibirla, sentirla y gozarla, libres de toda traba. Porque, según el autor, “la vida es un viaje espléndido, y para vivirla solo hay una cosa que debe evitarse: el miedo”.

Se podría seguir aportando aspectos concretos que d’Ors aborda en el libro. Pero eso sería casi reproducirlo por completo, pues no son extensas sus reflexiones, aunque sí profundas. Sirvan como invitación a sumergirnos en su lectura los ejemplos expuestos.

Concluyendo

Este es un libro para ser leído con detenimiento. Pero, sobre todo, para ser releído, para ser gustado y paladeado. A muchos de sus lectores les ha llevado a sumarse a los Amigos del Desierto, grupo creado por d’Ors y que cuenta con sedes en algunas ciudades españolas; un grupo que es más una congregación de solitarios que una comunidad. Pero que, a no dudar, servirá a cuantos sienten una inquietud interior que les lleva a desear algo más que ver pasar la vida como un simple observador, sin vivirla con plenitud. El autor nos invita a ese adentrarnos en nuestro interior, a vaciarnos para, desde la desnudez absoluta, encontrarnos y llenarnos de la plenitud de saber que soy yo.

D’Ors no propone un listado de capítulos, pero sí, al final de la obra incluye una guía que nos oriente en la lectura de la obra y que figura con los siguientes títulos:

Guía para la Biografía del silencio

1. Espíritu de principiante
2. Revolver el lodo
3. Las olas de las distracciones
4. Resistencias y perseverancia
5. Demasiadas búsquedas
6. El arte de la espera
7. El asombro de estar presente
8. La felicidad es percepción
9. Todo cambia
10. Yo soy el universo
11. Rutina y creatividad
12. La conciencia es la unidad consigo mismo
13. Matar los sueños
14. Me gusta o no me gusta
15. Calidad de las sentadas
16. Vislumbres de lo Real
17. Postraciones rituales y existenciales
18. Pensar menos
19. La sonrisa del maestro interioridad
20. La propia porción de dolor
21. El iceberg es solo agua
22. La puerta sin puerta
23. Falsos problemas
24. Oportunidades del destino
25. El silencio en quietud
26. El poder del ahora
27. Enamorados del drama
28. Observar la mente es el camino
29. Responsables de nuestro estar bien o mal
30. El escenario vacío
31. La única gran pregunta
32. Un largo proceso de decepción
33. Muerte de las ideas
34. Una llamada misteriosa
35. Ratas de biblioteca
36. Congregación de solitarios
37. El maestro de meditación
38. La mirada lateral
39. Frutos de la meditación
40. El pequeño yo
41. Preferencia por el no-hacer
42. Todo depende de nosotros
43. El dilema de la vida
44. Nacer dos veces
45. La vía purgativa
46. El país de la conciencia
47. El testigo del testigo
48. Ética de la atención del cuidado
49. La motivación inicial y las posteriores







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