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Después de Cristo Juan Antonio Martínez de la Fe , 05/09/2012

Después de Cristo
Ficha Técnica

Título: Después de Cristo
Autor: Alfredo Fierro
Edita: Editorial Trotta
Colección: Estructuras y Procesos
Serie: Religión
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 560
ISBN: 978-84-9879-328-4
Precio: 28 euros

Cuando se discute la inserción del influjo del cristianismo en el proyecto de constitución europea es que se trata de algo vivo, a simple vista, no superado. Es entonces cuando cobra sentido la aparición de un libro como éste. La lectura de su prólogo no aparece como prescindible, pues, en él, el autor estable el marco en el que se desarrolla su planteamiento de las más de quinientas páginas de apretada lectura. Se trata de un ensayo, con todas las ventajas e inconvenientes que el género plantea.

Como tema de arranque, necesario, figura la existencia o no del propio Jesús, tema en el que no entra el autor, para detenerse, eso sí, en la huella que la figura de Cristo ha dejado; huella indudable, pues hay pruebas evidentes de su vestigio, como es, por ejemplo, el cómputo del tiempo, que divide a la historia en antes y después de Cristo. Los siglos, desde la desaparición de Jesús de Nazaret, han ido elaborando sesudas disquisiciones sobre su figura, su naturaleza, su doctrina, que han configurado lo que se ha entendido por cristianismo.

¿Cuál es la salud de ese cristianismo? Siendo fenómeno principalmente occidental, en la actualidad se vive una época de poscristianismo. Y, en este libro, Alfredo Fierro pretende examinar cómo llegó a constituirse una cristología (o teología del Cristo) y una cristiandad europea y su posterior lento e inexorable declive, hasta alcanzar hoy un proceso de descristianización. No parece tratarse de una caída temporal; al contrario: Occidente ya no es lo que era, no es cristiandad; y ha empezado a desistir del cristianismo y de la religión en general, pese a que es lo que es justamente por haber sido una cultura, una sociedad cristiana.

El autor pretende con esta obra saldar una deuda personal, que no desvela pero que se intuye, contraponiendo su pensamiento actual al que sostuvo con anterioridad. Y ese ajuste de cuentas lo formaliza a través de esta historia del cristianismo, de sus hechos, “pero, más que eso y sobre todo, de las ideas y creencias acerca del Cristo y, a través de él, también acerca del Dios del que dio testimonio”. En el libro interesan, por supuesto, los sucesos, pero más aún los procesos de los que emergen y que, a largo plazo, los sustentan.

Eso sí: Fierro tiene muy claro que la historia se escribe desde el presente, de ahí que su obra se haya de considerar como un examen del presente, aunque buscando sus raíces en el pasado. ¿Es, pues, un libro de historia? Como él dice, es “una historia de autor, ensayo narrativo desde posiciones críticas, con intención confesada de desmontar tópicos eclesiásticos y teológicos (…) Pertenece la obra al dominio de la historia, pero, a medida que avanza, se inclina más y más al género del ensayo y la discusión ideológica”. Y, ¿qué objetivo persigue? Pues “buscar no tanto una reconstrucción positiva del cristianismo cuanto una deconstrucción crítica de la invención eclesiástica”.

Se estructura el libro en cuatro partes: edad antigua, Medievo, tiempos modernos y postrimerías; y cada una de ellas se subdivide en capítulos, encabezados por un año determinado, lo que no implica que se circunscriba a él, sino que en torno suyo se desarrolla el proceso que el autor pretende analizar.

Comienza con una aproximación a la figura histórica de Jesús y las dudas que plantea y considera que su huella no es nada portentosa, sino que se debe, más bien, a lo acontecido dos siglos después de su muerte y el posterior desarrollo en Europa, dando, eso sí, un papel más destacado al que califica como egocéntrico Pablo de Tarso. Fue él quien transformó al Jesús de la historia en el excelso Cristo de la fe y en un tiempo muy corto. Para Fierro, “de no haber sido por Pablo, Jesús probablemente ni siquiera hubiera pasado a la historia”; cree que Pablo se inventa a Cristo como figura conceptual, como una idea que supo vender muy bien. Y concluye: “Jesús de Nazaret murió crucificado. Quien resucitó no fue ya Jesús: fue, nada más y nada menos, el Cristo, el mito”.

Los evangelios son también sometidos a análisis. La religión, apunta el autor, convierte en leyenda o en mito todo lo que toca. Así, el Cristo salvador de Pablo es diferente al de los evangelios; sus autores han debido traducir el abstracto mito paulino a relatos concretos a la altura del héroe mesiánico y, pese a su aparente ingenuidad, son narraciones muy trabajadas; dadas sus diferencias, solo cabría fijar media docena de sucesos, actos y rasgos de Jesús, plausibles, probables o en el borde de la certeza. Es, pues, el análisis de estos evangelios el núcleo de este capítulo.

Un paso más: el evangelio de Juan difiere del de los otros tres sinópticos. Estos tratan de hacer próximo el Cristo que tanto ha elevado Pablo; pero Juan va aún más lejos al introducir el concepto de Logos, que da origen a la divinización de Jesús y las consecuencias que ello ha traído. Y llega el momento en que el cristianismo irrumpe en la sociedad helenorromana y se confronta con ella.

Inicialmente, los cristianos forman un grupo perfectamente identificable, pero detestado por la sociedad; se les confunde con los judíos, ya que como tales se consideraban ellos mismos. Defiende Fierro que se extiende, no entre los pobres y desheredados, sino, más bien, entre las clases media y alta. Y no superó su condición de grupito marginal hasta bien entrado el siglo III. Tuvo que enfrentarse a múltiples dioses, religiones, ritos, creencias, etc. de muy variadas procedencias; tuvo, incluso, serias confrontaciones internas. Y, al adquirir una presencia tangible, dotada de influencia, comienza a ser percibido como una amenaza que da pie a las persecuciones y martirios. El autor concluye que la iglesia católica, “de la ideología martirial y el victimismo ha hecho su propia seña de identidad, descriptor útil para su autoimagen y lavado de cara que contribuya a hacer olvidar sus propias actuaciones sangrientas”. En el plano de las ideas, surgen los apologistas que cumplieron con éxito la función de crearle un espacio cultural e ideológico al cristianismo.

La principal controversia interna llega con la necesidad de definir la divinidad de Jesús, negada por Arrio y defendida por Atanasio de Alejandría. Cuestión que resuelve Constantino convocando el concilio de Nicea, que afirma la igualdad Jesús=Dios, con lo que se abre la era de los dogmas y se cierra la de controversias y dudas. El concilio de Calcedonia constituye otro punto culminante para aclarar la naturaleza divina y/o humana de Jesús.

Para concluir esta primera parte de la obra, analiza el autor la ascensión del cristianismo dentro del imperio, desde Constantino a Teodosio, pasando por el parvo reinado de Juliano, personaje bien novelado por Gore Vidal, un cristianismo que comienza a copiar sistemas administrativos del imperio.

La segunda parte de este libro se dedica al Medievo y arranca con el capítulo titulado Ciudades de Dios, con el año 534 como punto de partida. Dos conceptos puntualiza Fierro: la invasión de los bárbaros (que no fue tan bárbara) y la caída del Imperio Romano. Se apunta él, más bien, a la tesis de una transición social y cultural de la civilización clásica helenorromana, absorbida y gradualmente eclipsada por el cristianismo, a la europea medieval. Ante un mundo que se hundía, San Agustín propone La ciudad de Dios, que se plantea en el ámbito celestial y en el terrenal, en este caso, como la comunidad de los creyentes. Pero la ciudad como tal comienza a decaer sociopolíticamente y, como alternativa, surgen los monasterios, lugar de refugio de la cultura; otro tipo de ciudad se establece en Latinoamérica, las repúblicas de indios o reducciones, mientras que, en la actualidad, la idea de ciudad de Dios solo tiene cabida como un colectivo microsocial. Es este un interesantísimo capítulo, con un bien planteado análisis de de este concepto, ciudad de Dios, a través de los siglos, con especial detenimiento en el monacato.

“Tres siglos tras su muerte, Jesús, el Cristo, es todo o casi todo lo que un hombre o superhombre puede llegar a ser en la historia y en la fantasía”, escribe Alfredo Fierro; y continúa: “En el siglo IV lo único que a Jesús le falta todavía es convertirse en imagen. La plasmación icónica del Cristo tarda más tiempo en producirse que su ensalzamiento a un rango divino”. Seguidamente, dedica un capítulo, muy interesante por lo demás, a recorrer el tema de la iconografía de Jesús a lo largo de los siglos.

Llega el turno al concepto de cristiandad. Cristiandad no es lo mismo que cristianismo. Aquella no es sino una de las posibles formas por las que éste, el cristianismo, manifiesta su presencia en los ámbitos político y social. “El dosel político de la cristiandad lo constituye la adopción del cristianismo como culto oficial impuesto desde el poder y que confiere unidad, primero, al Imperio romano, al bizantino y, después, ya en la Alta Edad Media, y de manera progresiva, a toda Europa”. Este es el ámbito en que se mueve el capítulo titulado Cristiandad: un recorrido a través de los siglos de esa simbiosis entre poder y cristianismo hasta llegar a la actual separación entre Iglesia y estado.

Alfredo Fierro coloca en el año 1078 el arranque para su análisis del devenir de la teología a lo largo de los siglos. Y lo hace a partir del Proslogion de Anselmo de Canterbury, que se aplica a razonar la existencia de Dios frente a insensatos que la niegan, una cuestión que, hasta ese momento, nadie se planteaba, pues se daba por descontada. Y este empeño se sitúa en la línea que ya se había iniciado en el islam, buscando la relación entre fe (el texto sagrado) y la razón. La teología formó parte de las disciplinas académicas, más que como ideario o doctrina de la religión, como su discurso razonado y sistematizado, hasta su ocaso en el significado social y cultural que tuvo. El autor finaliza este capítulo con las siguientes palabras: “Las teologías son interpretaciones del mito de Cristo y de las leyendas de un Jesús, que desde siempre ondea como banderín al viento, al aire que más sopla y al acomodo de quien se envuelva en tal bandera. Caen ellas del mismo lado que las distintas recreaciones del Ulises, del don Juan o de Fausto, no más verdaderas, por tanto, unas que otras”.

¿Y qué ocurre con el evangelio de los pobres? Sin poder constatar que Jesús pronunciara las bienaventuranzas y sin conocer el sentido exacto del concepto “pobre”, el autor sí afirma que Jesús fue lo que socialmente se conoce como pobre, tal y como lo era la mayor parte de la población entre la que vivió; pero hay un gran trecho entre ser una persona sin caudales y el considerar la pobreza como un valor apreciable. Es ahí, en lo absoluto, donde lo que pudiera haber de real en la condición social de Jesús se muda en mito, en pretensión cristológica infundada, que, una vez más, Fierro considera necesario desarticular. Y, en la tónica de toda la obra, hace un recorrido por los cristianos pobres, en sentido evangélico, a lo largo de los siglos, con especial detenimiento en la figura de Francisco de Asís.

1274, año de la muerte de Tomás de Aquino y de Buenaventura, es como un mojón de una época en la que una generación sobresale por haber explorado la entera gama de posibilidades del legado cristiano. Con Joaquín de Fiore, nace la llamada era del espíritu y, con ella, la manifestación de las corrientes místicas, no siempre aceptadas por la autoridad eclesiástica que actúa con brutalidad contra muchas de ellas. Siendo un fenómeno no exclusivo del cristianismo, es transversal a las religiones y los credos, contribuyendo a la internacionalización de la religiosidad y favoreciendo la tolerancia y el entendimiento entre las religiones. La siguiente cita de Rumi, cierra este capítulo, bien titulado Itinerario de la mente a Dios: “El hombre de Dios está más allá de la impiedad y la religión”.

El libro La imitación de Cristo, escrito hacia 1418 por Tomás de Kempis, centra otro capítulo de esta interesante obra. No se trata de un libro de mística, que no son abundantes, sino de un devocionario perfectamente adaptado a la religiosidad de la época en que hizo su aparición y no solo destinado a almas consagradas, sino también de laicos; aunque hay que tener presente que la idea de la imitación de Cristo es anterior, con el nacimiento de patrones de conducta, como el ascetismo y la pobreza voluntaria, encaminados, precisamente a imitar al Señor. Aunque aquí se hace especial hincapié en la devoción a la cruz, que lleva hasta la aparición de los estigmas de la pasión en algunos místicos. Hay que especificar, además, que esta idea de imitación no es exclusiva del cristianismo, sino que otras religiones buscan, igualmente, el imitar el ejemplo de sus fundadores.

Hereje y mártir es el título del último capítulo de la segunda parte de la obra. Aborda el lado más negro de la historia de la Iglesia en particular y del cristianismo en general. Si la muerte de Jesús en la cruz fue cruel e injusta, no lo es menos la de tantos cristianos que, como consecuencia de sus ideas sobre ese mismo Jesús, fueron conducidos a la hoguera. Fierro toma como punto de arranque un ejemplo muy ilustrativo de lo que pretende demostrar, la muerte de Juana de Arco, en la hoguera, en 1431. Y es llamativo que, precisamente, una cruz esté delante de los ajusticiados por orden de la Iglesia, en el momento de arder pasto de las llamas “purificadoras”; son ellos, igualmente, mártires. Y tras la Doncella de Orleans, vinieron los cátaros, Jan Huss, Savonarola, la Inquisición.

Se llega así a la tercera parte de la obra, Tiempos modernos, que se abre con el capítulo La dignidad del hombre. Como se sabe, es este el título de un libro de Pico della Mirandola, aparecido en 1487. Es esta la fecha que el autor propone como arranque de la Modernidad, aun reconociendo la existencia de precursores de ella, como Nicolás de Cusa, o posteriores, como Maquiavelo, con su obra El Príncipe. Es el momento del Renacimiento, que no es solo una recuperación de los clásicos, sino que supone la introducción de elementos ideológicos y culturales paganos que ponen fin al monopolio de la teología en la definición de la realidad; se trata del nacimiento de una Europa poscristiana, en la que el hombre comienza a ocupar el centro del pensamiento y de la cultura y en la que humanismo significa colocar lo humano y la humanidad como noble medida de todas las cosas. Partiendo de aquí, Alfredo Fierro recorre los siglos a través de la Ilustración, el Romanticismo para culminar, en la época contemporánea, con el humanismo cristiano y la declaración Dignitatis humanae del Concilio Vaticano II. A estos últimos, el autor les reprocha su idealismo y falta de realidad.

El siguiente movimiento que analiza Fierro es el catolicismo. Constata cómo, en torno a 1500, surgen diversas tensiones que permiten hablar de un cambio de era, que llega no de forma precipitada, sino lentamente. Y, en esas proximidades a 1500, figura como emblemático el año 1492, cuando los Reyes Católicas conquistan el reino moro de Granada y expulsan a los judíos, a la par que acometen la expansión católica en América. Se trata de un catolicismo expansivo y excluyente, que da origen a las misiones evangelizadoras y a un repliegue acentuador de exclusión de cuanto no se doblegue a sus planteamientos. Tras recorrer la historia, llega el autor a la contemporaneidad, donde católico y moderno son términos que se repelen mutuamente.

Capítulo destacable es el que dedica al Libre examen, sola fe, o lo que es lo mismo, a la Reforma. La Reforma no es un hecho aislado y cerrado, sino que engloba el conjunto de disidencias religiosas frente al catolicismo. Por supuesto que hay que situarla en Lutero, pero aún se discute sobre los factores determinantes de los hechos que la provocaron. Lutero no surge de la nada, ya antes que él ha habido movimientos que claman por una profunda renovación de la Iglesia. Y, si bien se considera su detonante las tesis de Lutero, una vez sobrepasados los temas iniciales de la protesta, el genio creador de este monje introduce elementos innovadores y modernos, tales como la reducción de cristianismo a la pura fe y el libre examen individual en la lectura de la Biblia. La propia Reforma tiene, interiormente, escisiones diversas. Mientras que la generalización de la lectura del texto bíblico, con la traducción de Lutero y su multiplicación mediante el uso de la imprenta, lleva a una lectura crítica, a la investigación para el conocimiento del Libro Sagrado y, a la postre, a la ciencia de la Biblia; una ciencia que es deudora, eso sí, no solo de Lutero, sino también del racionalismo y de la Ilustración. Dice Fierro en las postreras líneas de este capítulo: “En la actualidad, parece difícil inventar algo en el cristianismo que no esté ya ahí, en la tradición reformada, en su extraordinaria capacidad de innovación. Cualquier alternativa imaginable al catolicismo existe ya: es el protestantismo en alguna de sus tendencias”.

Aun a falta de Dios es el título del capítulo para el que autor coloca el año 1625 como punto de arranque. Aborda el tema de la violencia religiosa, la lucha de religiones dentro del cristianismo, la falta de paz y la intolerancia. Y plantea el problema de Dios como respaldo y sostén de la moral y la ética. Es un capítulo con abundancia de datos y consideración de diferentes pensadores, que cierra con las siguientes palabras: “Innecesarios para la paz, Dios y Cristo lo son también para la moral, para la vida. No les necesitan las naciones para convivir, ni los hombres para ser buenos, decentes. Por ahora, lo políticamente correcto es ver el ateísmo todavía como negador de principios morales y la religión como sola instancia capaz de sustentar la moral de las clases populares. Pero, de momento, al menos, están sentadas las ideas; y se dan por firmes los principios de tolerancia y de separación de lo moral respecto de lo religioso. Solo queda pendiente la cuestión de si Dios o Jesús es necesario para el corazón, para la vida privada y el consuelo moral”. Palabras que resumen la conclusión del examen al que somete a las turbulencias de religión a lo largo de los siglos.

Y, justamente, sobre esa cuestión pendiente, es el análisis que realiza el autor en el capítulo Razones del corazón. Parte de la afirmación de que Europa ha aprendido con sangre que Dios o, más bien, la religión no hace falta para ordenar la vida pública, sino que, todo lo contrario, la perturba. Y se detiene en su posible papel en la sabiduría, la filosofía y en la vida personal de cada cual. Arrancando de los escépticos, llega a los intelectuales del siglo XVII que se plantean la pregunta clave: ¿y si no hubiera Dios? Se detiene, fundamentalmente, en Pascal y en su apuesta, resumida así: Dios es o no es, ¿hacia qué lado nos inclinaremos? Él se inclina por la existencia de Dios, pues se trata de una apuesta en la que hay todo por ganar y nada por perder. Es el corazón el que toma decisiones ante los límites de la razón.

Abundando en el tema, La religión de la razón es el título del siguiente capítulo. Aunque los procesos históricos de larga duración no son monocausados ni unilineales, sí se pueden señalar algunas causas destacadas; en el caso de la decadencia de la religión, Fierro apunta a la razón, a la ciencia y a la tecnología. Dedica especialmente su atención a la primera, a la razón, deteniéndose en autores como Spinoza, Kant, Hegel, etc. Y aporta como aspecto emergente la aparición de una religión y teología naturales y racionales, que prospera en el siglo XVIII, con la Ilustración. Tal proceso, apunta Fierro, cuando llega el momento de las revoluciones, busca la emancipación del poder, del monárquico y del eclesiástico, pero apunta, en última instancia, a la autoridad que los respalda, que es la que reside en Dios.

Toca ahora el turno a la liberación revolucionaria. Y, por supuesto, el año que escoge Fierro como eje y principio de su análisis es el de 1789, con la Revolución cuasi por antonomasia, la francesa. Con ella, el hombre sale de su minoría de edad conquistando una libertad que arrebata por la fuerza a quienes le oprimían hasta ese momento. Se trata de liberación política, civil, ideológica y religiosa: libertad de ideas, derecho al pensamiento libre, liberación de las cadenas de la religión, de sus administradores, emancipación respecto a Dios y, sobre todo, a sus delegados terrenales. Profundiza el autor en la Revolución francesa, para considerar, a continuación, cómo se produce ese fenómeno al otro lado del Atlántico, que ha seguido diferentes vías en el Norte y en la América latina; y se detiene incidentalmente en la teología de la liberación, a la que reprocha haber construido un Jesús o Cristo a su medida, a las de sus necesidades, negando que el cristianismo comenzara como movimiento hacia la libertad. Y con este capítulo se cierra la tercera parte de la obra, dando paso a la cuarta y última que denomina Postrimerías.

El primer capítulo de este apartado se titula Sin vestigios de Dios. Uno de sus primeros párrafos dice así: “en la exploración del universo y del planeta en que vivimos, o del organismo humano y del cerebro, a Dios no se le encuentra por ninguna parte. Que no se le encuentre no equivale, desde luego, a que no exista; pero, caso de existir, se hurta no solo a la percepción, también a la inteligencia humana. No hay indicios de Dios, no hay rastro suyo”. Admite que la filosofía se ha llevado más o menos bien con la religión y la teología, pero no sucede así con la ciencia. Analiza este proceso por el que la ciencia ha ido conquistando terreno a la religión, con especial detenimiento en la evolución y el evolucionismo y del Cristo Omega de Teilhard de Chardin, dice que en él “el Jesús de los evangelios y sus leyendas se han desvanecido por completo. Ese omega es simplemente un nuevo mito”. Admite que hay científicos teístas, aunque queda por determinar cómo es ese Dios en el que creen, al que llegan, dice, más por una intuición que por un razonamiento: “pero ellas [las actitudes] no les vienen de la ciencia, sino, más bien, de una intuición o sentimiento, un blik se ha dicho en inglés –una perspectiva significativa-, de un golpe de vista o, más bien del corazón, de una corazonada, subsiguiente tal vez a una experiencia”, con lo que deja la puerta abierta al siguiente capítulo, La religión del sentimiento y la experiencia.

Afirma que dos almas han animado al siglo XX: una, la de la ciencia positivista y empirista; otra, romántica, recelosa respecto a la razón, alternativa al cientificismo; y es en esta última donde se ha refugiado la religión. A partir de aquí, hace un recorrido por personalidades que han arrojado luz sobre el tema: Kant, Novalis, Chateaubriand, Schleiermacher, Le Roy, Wittgenstein, Bergson y muchos más hasta los de fechas más recientes. Y afirma Fierro: “El refugio de la fe en el sentimiento la deja a buen recaudo, envuelta en coraza protectora frente al acoso de la ciencia”.

Y, en el siguiente capítulo, En agonía, escribe: “Lo que (…) ciertamente se halla en agonía, y desde el siglo de Pascal, es el cristianismo, la fe de los cristianos. Jesús se está extinguiendo en los corazones”. Y va más lejos, afirmando que es Dios mismo quien se halla en agonía. Evidentemente, habla de Heine y de Nietzsche y alude también a los sacerdotes que aparecen en la literatura como ejemplos de quien quiere transmitir a la grey a su cargo una fe de la que ellos carecen o que viven angustiosamente.

No podía faltar el problema del mal. No de cualquier mal, que también, sino del mal originado por las fuerzas de la naturaleza o por el propio hombre. Aquí, el autor escoge el año 1945. Simplemente porque recoge la mayor barbarie gestada por los humanos; pero cuentan, también, otros genocidios, como el armenio, el ocurrido en el Congo, Camboya, Vietnam, … ; y, por descontado, las catástrofes naturales, como el terremoto de Lisboa, el tsunami, tifones, … Ante tal panorama desolador, Dios guarda silencio, especialmente, el Dios cristiano. Y llega la pregunta definitiva: ¿Queda lugar para algún otro Dios? “Cabe decir con confianza suficiente que ninguno de los dioses que se han descrito o intentado describir hasta la fecha, en Occidente o en Oriente, tiene trazas de existir”, escribe Fierro. Ni siquiera ese Dios que finalmente haga justicia para compensar a los perjudicados de este mundo.

Da un paso más Alfredo Fierro en el capítulo Ateísmo en fe jesuádica. Su planteamiento se puede resumir en estas líneas: “la última osadía del teólogo cristiano, que lo fía todo a Pablo, se apalanca en pretender que Cristo ofrece respuesta suficiente al problema no ya solo del mal y de la muerte, sino también del horror, de lo más siniestro de la naturaleza y la historia”. Es decir: callar acerca de Dios y hablar solo de Cristo, inocente Él mismo de cualquier mal. Y lo hace arrancando de las afirmaciones de Dostoievski en Los hermanos Karamazov. Analiza más detalladamente a Dietrich Bonhoeffer y al obispo anglicano John Robinson (cuya obra tilda de mosaico sincretista), entre otros pensadores que han dado paso a esta postura de fe jesuádica y a otras ideologías poscristianas o poscristológicas, ateas, aconfesionales y no teológicas.

Y llega el fin de un milenio y el arranque de otro nuevo. El cristianismo llega, según Alfredo Fierro, a esta cumbre temporal, de manera muy diferente a como lo hiciera en los dos primeros milenios de su historia, cuando inició y consolidó su expansión; hoy está en declive. Aunque no igual en todas partes, ya que es un proceso que se da más rápido en Europa que en América; y tampoco igual desde todas las perspectivas. Así, por ejemplo, desde la sociología, el cristianismo no pasa de ser un fenómeno social más; desde la antropología, se constata que las fiestas cristianas se asientan en festividades anteriores, en ocasiones, ancestrales; la descristianización afecta al pensamiento y a la cultura, produciéndose fenómenos más o menos potentes en diferentes partes, como, por ejemplo, la reaparición popular de prácticas religiosas en países donde estuvieron prohibidas, o la inclinación hacia el fundamentalismo en América. Ante este panorama, Fierro advierte de que teólogos y clérigos recurren a apaños léxicos y un completo arsenal de metáforas y argucias para hacer frente a la situación. Finalmente, aun reconociendo la deuda occidental al cristianismo, afirma que ésta no existe en temas como la libertad, igualdad, justicia o derechos humanos.

Y se alcanza así el último capítulo de la obra, Últimas noticias de Cristo. Un capítulo que merece una lectura pausada y reflexiva, ya que en él el autor vuelca los planteamientos que, a lo largo de más de quinientas páginas, ha venido exponiendo. Prácticamente, relativiza el concepto de Dios y la figura de Cristo, situándolos a la altura de otros conceptos y otras figuras sobresalientes de la humanidad. Un par de párrafos nos señalarán las vías a las conclusiones de Alfredo Fierro: “Queda en pie Jesús como icono con duradera vigencia, merecedor de atención y de respeto, pero un icono entre otros iconos, una imagen entre las incontables imágenes que pueblan la sociedad de la imagen”. O este otro, contundente, con el que cierra su exposición: “Pero a fecha de hoy, para quien haya revisado con mente cuidadosa y crítica su historia, decir Dios y Cristo es, en sustancia, aproximadamente igual que decir ‘¡om!’”.

De todo lo expuesto, cabe deducir que nos encontramos ante un libro inteligente, metodológicamente muy bien planteado y desarrollado, con un lenguaje muy claro y accesible y que alcanza ese objetivo que se planteó el autor al concebirlo como un ensayo para la discusión ideológica. Evidentemente, no todos estarán de acuerdo con él ni en las premisas desde las que parte ni, más ampliamente, en las conclusiones, no siempre nuevas, que de ellas extrae. Pero no cabe duda de que su análisis de los hechos, de su influencia en la historia y de la realidad actual que propone, obedecen a un impecable análisis, perfectamente resumido y sólidamente construido, para poder enfrentarse con seriedad y rigor a quienes, con idénticas virtudes, sostienen tesis diferentes y contrarias a las aquí expuestas.


Índice

Prólogo
Nota preliminar bibliográfica

I. Edad Antigua

1. En aquel tiempo (año 30)
2. El mito del Cristo (50)
3. Leyendas de evangelios (70)
4. “Logos” (100)
5. Confrontaciones (250)
6. Dios es Cristo (325)
7. La religión del príncipe (391)

II. Medievo

8. Ciudades de Dios (534)
9. Iconos (787)
10. Cristiandad (1000)
11. Teología (1078)
12. El evangelio de los pobres (1206)
13. Itinerarios de la mente a Dios (1274)
14. Imitación de Cristo (1418)
15. Hereje y mártir (1431)

III. Tiempos modernos

16. La dignidad del hombre (1487)
17. Catolicismo (1492)
18. Libre examen, sola fe (1521)
19. Aun a falta de Dios (1625)
20. Razones del corazón (1670)
21. La religión de la razón (1751)
22. Ciudadanía y emancipación (1789)

IV. Postrimerías

23. Sin vestigios de Dios (1859)
24. La religión del sentimiento y la experiencia (1907)
25. En agonía (1931)
26. Después del horror (1945)
27. Ateísmo en fe jesuádica (1968)
28. Fin de milenio (2000)
29. Últimas noticias del Cristo (d.C.)

Índice de nombres


Después de Cristo
Notas sobre el autor

Alfredo Fierro es licenciado en Derecho por la Universidad de Zaragoza, doctor en Filosofía y Letras, Psicología, por la Universidad Complutense de Madrid, y doctor en Teología por Universidad Gregoriana de Roma.

Profesor y director de estudios en el Seminario de Zaragoza (1964-1967), luego director de publicaciones de la Federación Española de Asociaciones Protectoras de Subnormales (1968-1978), desarrolla docencia universitaria en Psicología, específicamente en Psicología de la Personalidad, en la Universidad de Salamanca de 1978 a 1984.

Incorporado a la Universidad de Málaga en octubre de 1984, es el primer Director del Departamento de Psicología, creado en 1985 en esa Universidad. Pertence al cuerpo de Catedráticos de Universidad en el área de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos.

De 1987 a 1993, trabaja en el Ministerio de Educación y Ciencia en tareas de innovación y reforma educativa. En octubre de 1993 se reincorpora a la Universidad de Málaga, donde de enero de 1994 a octubre de 2000, es Director del Departamento de Psicología Social y de la Personalidad, y desde marzo de 2001 hasta abril de 2006, Decano de la Facultad de Psicología. Llegada la edad de la jubilación en octubre de 2007, es nombrado profesor emérito.

En el capítulo de reconocimientos extraacadémicos recibidos está que: (1) la revista Anthropos dedicó un monográfico (nº 161, octubre 1994) a su obra bajo el título: “Desde un pensamiento crítico a una ciencia objetiva de la persona”; (2) el Gobierno de Aragón le concedió en 2002 la Medalla de Oro de Aragón a los Valores Humanos; (3) la Junta de Castilla y León le otorgó el Premio Fray Luis de León, modalidad Ensayo, convocatoria de 2005, por su obra Heterodoxia; (4) se halla en posesión de la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio (Consejo de Ministros y Real Decreto de 22 de junio de 2007).

Es autor, entre otras, de las siguientes publicaciones: Sobre la religión, Lecturas de Psicología de la Personalidad, Técnicas de investigación de la personalidad, Conocerse a uno mismo, Personalidad, persona, acción, Sociedad, cultura y religión, Manual de Psicología de la personalidad, El hecho religioso, Sobre la vida feliz. Heterodoxia y Humana ciencia: del ensayo a la investigación en la Edad Moderna. Igualmente, es autor de numerosos artículos en diferentes revistas científicas.

Juan Antonio Martínez de la Fe
05/09/2012
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Editado por
Alicia Montesdeoca
Este blog ofrece comentarios de libros seleccionados, que nuestra Redacción considera de interés para la sociedad de nuestro tiempo. Los comentarios están abiertos a la participación de los lectores de nuestra revista, que pueden enviar sus reseñas a la dirección de correo adjunta. La coordinación la realiza Alicia Montesdeoca. (Enviar un mail)



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