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El arte de la vida. De la vida como obra de arte Juan Antonio Martínez de la Fe , 04/01/2013

El arte de la vida. De la vida como obra de arte
Ficha Técnica

Título: El arte de la vida. De la vida como obra de arte
Autor: Zygmunt Bauman
Edita: Paidós, 2012
Colección: Contextos
Traducción: Dolors Udina Abelló
Encuadernación: Tapa dura, sobrecubierta con solapas
Número de páginas: 173
ISBN: 974-84-493-2767-4
Precio: 19 euros

Zygmunt Bauman es un autor prolífico. Y profundo, a la vez que, con frecuencia, desconcertante por la intuición de sus propuestas y su claridad expositiva, aunque no todos compartan este dictamen. Es, también, un autor muy comentado, cómo no, en cualquier medio de comunicación, escrito o virtual; y lo es con razón, pues sus obras no dejan indiferente a quien se aproxime a ellas. Aquí van dos ejemplos, tomados de las redes sociales, de blogs que comentan este título que ahora reseñamos; quien se presenta como Julen, dice: Uno no sabe si quedarse con la esperanza o con la desazón, con la posibilidad o con la depresión, con la ironía o con la cruda realidad. Por su parte, La Lectora Voraz, en su blog, comenta: la lectura de este libro no es nada fácil ni complaciente en la medida que no da pautas sino que se limita a describir el comportamiento del ciudadano posmoderno, tan "líquido", tan deslavazado diría yo, que el autor se contagia de esa liquidez y no ejecuta un texto rotundo ni categórico sino un tanto disperso, o por decir algo abierto, demasiado abierto para mi gusto, sin unas conclusiones claras más allá de las ya descritas en otros textos.

Como se puede apreciar, ambos comentarios coinciden en su percepción de lo líquido en los planteamientos que nos hace Bauman. Nuestra vida es un arte, porque está abierta a lo que hagamos con ella; si entendemos que nuestro decurso vital es fundamentalmente una permanente tendencia hacia la felicidad, que podremos encontrar no en su posesión, sino en el camino, en su búsqueda, ese sería nuestro objetivo vital. Y esa felicidad la hallaremos centrándonos en nosotros mismos o en el otro, sin entrar en la moralidad o no de la postura que elijamos. Es nuestra elección, es nuestra labor de artista en la confección de esa obra de arte que es nuestra vida.

Ya la Introducción lleva un título que resulta, cuando menos, paradójico: ¿Qué hay de malo en la felicidad? Lógicamente, salta la pregunta: pero, ¿puede haber algo malo en la felicidad? ¿No es la felicidad la negación de cualquier mal? Bauman arranca su obra con este planteamiento. Hay quienes opinan que los países con un mayor PIB son los que muestran mayores sentimientos de felicidad entre sus ciudadanos; pese a ello, los datos empíricos vienen a demostrar lo contrario: “si bien los índices de satisfacción vital suelen crecer en paralelo con el producto interior bruto, solo lo hacen hasta el punto en que la necesidad y la pobreza dan paso a la satisfacción de las necesidades esenciales de supervivencia”; a partir de ahí, una vez cubiertas las necesidades básicas, lo que se nos presenta como una verdad de Perogrullo resulta ser una estimación equivocada. La posesión de un gran número de bienes de consumo no es un equivalente de mayor grado de felicidad, pues la mitad de los bienes cruciales para alcanzarla no tienen precio de mercado y no se venden en las tiendas. Pese a ellos, las empresas, la publicidad e, incluso, los gobiernos pretenden convencernos de que la necesidad de acumular bienes, de alcanzar una satisfacción inmediata a nuestros deseos (reales o creados) constituyen la felicidad. Llegamos así al punto de que, con la adquisición de obsequios caros, pretendemos compensar a nuestros seres queridos por el poco tiempo que les dedicamos. Parece que el crecimiento del PIB es un índice muy pobre para medir el crecimiento de la felicidad, aunque muchas de las rutas seguidas por quienes la persiguen se han rediseñado y pasan por las tiendas en una búsqueda interminable, ya que, una vez logrado un objetivo, necesitamos alcanzar otro para calmar esa sed insaciable de poseer bienes de consumo. Y, “al no ser alcanzable el estado de felicidad estable, solo la persecución de ese objetivo porfiadamente huidizo puede mantener felices (por moderadamente que sea) a los corredores que la persiguen”. En una sociedad de compradores y una vida de compras, somos felices mientras no perdamos la esperanza de llegar a ser felices; sin embargo, solo puede mantenerse viva esa esperanza si se cumple la condición de una rápida sucesión de nuevas oportunidades y nuevos comienzos.

Y concluye el autor: “Nuestra vida, tanto si lo sabemos como si no, y tanto si nos gusta esta noticia como si la lamentamos, es una obra de arte. Para vivir nuestra vida como lo que requiere el arte de vivir, como los artistas de cualquier arte, debemos plantearnos retos que sean (al menos en el momento de establecerlos) difíciles de conseguir a bocajarro, debemos escoger objetivos que estén (al menos en el momento de su elección) mucho más allá de nuestro alcance y unos niveles de excelencia que parezcan estar tozuda e insultantemente muy por encima de nuestra capacidad (al menos de la que ya poseemos) en todo lo que hacemos o podemos hacer”.

Es una larga introducción, pero de una claridad aplastante, didácticamente presentada, en la línea que acostumbra Zygmunt Bauman.

El primer capítulo lleva por título Las miserias de la felicidad. Parte de la premisa de que la felicidad requiere la individualización; al menos, es esa la teoría dominante. En la sociedad actual, parece exigirse que, para ser feliz, se ha de alcanzar un estatus lo más exclusivo posible al que el menor número posible de personas pueda acceder, de forma que, en la comparación, pueda rebajar o humillar al otro. Y esto ocurre en una sociedad en la que todo el mundo tiene el derecho de considerarse a sí mismo igual a cualquier otro, cuando en realidad es incapaz de ser igual que ellos porque es un nivel que nunca podrá alcanzarlo. Seguidamente, nos ofrece Bauman las reflexiones sobre la felicidad de destacados filósofos a través de los siglos: Epicteto, Séneca, Marco Aurelio, Pascal, Scheler, Heidegger, Kant, … Y llega a la conclusión de que “para sacar satisfacción de su vida, los humanos necesitan dar, amar y compartir tanto como necesitan tomar, defender su privacidad y proteger lo suyo”. Y, considerándose incapaz de aportar una solución indiscutible, deja “a los lectores la decisión de si la coerción para buscar la felicidad, en la forma practicada en nuestra sociedad líquida de consumidores, hace felices a los coaccionados”. Se trata de un capítulo que invita a la reflexión ante los diferentes puntos de vista que, sobre la felicidad, se han dado en la historia.

Nosotros, los artistas de la vida. Así se titula el segundo capítulo de la obra, el más largo. En él, se parte de la base de que el mundo no nos viene dado e inmutable, sino que puede ser diferente; y nosotros somos como artistas capaces de dar forma a las cosas, a la vez que somos producto de esa capacidad creadora. Nos trazamos una visión de lo que ha de ser una buena vida y, como artistas, vamos moldeando la nuestra para adecuarnos a ese ideal. En este camino, se puede ganar o perder, por lo que la vida se vive en compañía de la incertidumbre. El autor hace un excurso para tratar la idea de las generaciones y alude a Sartre y su planteamiento de un proyecto de vida; ese tal proyecto, en aquellos años del siglo XX, era algo fijo, estable; pero, en la actualidad, ya no existe un proyecto sólido, como hacían los jóvenes de aquella generación, sino que nuestra modernidad es líquida. Por ello, hemos de plantearnos, antes que nada, adquirir la flexibilidad necesaria para olvidar pronto los valores del pasado y para cambiar todo lo que haga falta con rapidez y sin pensar. Ahora bien: ese arte de ir moldeando nuestra vida tiene escaso interés si no existe una cierta esperanza de que los objetos que producimos van a ser admirados, lo que se puede observar en internet y las redes sociales, donde todos exponen sus perfiles, exponiéndolos a la admiración de los internautas. Aunque esos perfiles están sujetos, como en muchas tendencias del arte actual, a rápidos montajes y desmontajes. Muy bien lo expone Bauman: “Practicar el arte de la vida, hacer de la propia vida una ‘obra de arte’, equivale en nuestro mundo moderno líquido a permanecer en un estado de transformación permanente, a redefinirse perpetuamente transformándose (o al menos intentándolo) en alguien distinto del que ha sido hasta ahora”. Ahora los absolutos no existen, se hacen, solo existen en la modalidad de ‘en proceso’. ¿Y qué supone esto? “Se mire por donde se mire, la reflexión sobre el arte de la vida lleva en última instancia a la idea de autodeterminación y autoafirmación, y a la fuerte voluntad que afrontar una tarea tan ímproba necesariamente requiere”. Un paso más: la autocreación necesita una afirmación que le viene de la sociedad que la rodea, que, en definitiva, la admite o rechaza, permitiendo o no su pertenencia a ese colectivo. La cuestión es que no tenemos una sola pertenencia, sino múltiples pertenencias. Y, en ese camino, hay escasez de puntos de orientación firmes y fiables y de guías fidedignas.

Se llega, así, al capítulo tercero: La elección. Cada uno de nosotros somos sujetos que deseamos la felicidad, siempre que consideremos que la búsqueda de esta felicidad es nuestro desafío y nuestra tarea y hagamos de esta búsqueda nuestra estrategia vital. La energía que libera tal deseo de felicidad puede ser centrípeta o centrífuga, según se oriente hacia el propio sujeto o hacia los demás. ¿Cuál sería una actitud moral ante esta disyuntiva? ¿Hay una respuesta? Sí es claro que, aunque uno pueda negarse a escuchar la voz de la conciencia, es imposible hacerla callar y, a su requerimiento, respondemos de diferentes maneras. ¿Por qué reaccionamos de modo distinto ante situaciones idénticas? No se sabe. Bauman analiza las posturas de Logstrup y de Lévinas; ambos coinciden en que el comportamiento iniciado con vistas al bien de otra persona no es moral si no es desinteresado: “un acto es moral siempre que sea una manifestación de humanidad no calculada, natural, espontánea y sobre la que esencialmente no se ha reflexionado”. ¿Debemos actuar mirando al bien del otro o el bien propio? “Es la elección de la respuesta la que nos hace llevar una vida ordenada a elecciones sin fin, que obligan al artista de la vida a navegar entre valores incompatibles e impulsos contradictorios”. Seguidamente, el autor analiza dos posturas: la de Nietzsche, totalmente centrípeta, orientada al superhombre, para quien la moralidad es una farsa, una debilidad ante el poderoso; y la de Lévinas, quien afirmaba que “soy porque soy para otros”. ¿Cuál de las dos opciones es mejor y cuál sería nuestra responsabilidad por la actitud que adoptemos? Para la respuesta, se recurre a Séneca: “cuando se trata de averiguar qué es lo que hace feliz una vida, andamos a ciegas”. Y concluye Bauman: “Seguimos andando a ciegas. Esto es, en definitiva, aquello de lo que trata el arte de la vida”.

Cierra la obra un Epílogo. Dice en él Bauman: “Somos, pues, artistas de nuestras vidas, tanto si lo sabemos como si no, si queremos como si no y si nos gusta como si no. Ser artista significa dar forma a lo que de otro modo no la tendría”. Y, en ese tener la vista puesta en el otro, habla del amor y de lealtades, que hoy, en un entorno moderno líquido, parecen no ser para toda la vida. Aunque, advierte, sin esfuerzo, la vida no ofrecería nada para hacerla digna de ser vivida.

En definitiva, no se trata de un libro que dé soluciones. Coherente con su planteamiento sobre la modernidad líquida, aquí no hay nada sólido, pero ofrece, qué duda cabe, una serie de puntos para la reflexión; una reflexión que nos guíe en la manera de dar forma a nuestra vida en busca de la felicidad, en otras palabras, de actuar como artistas de nuestra propia vida.

Índice

Introducción: ¿Qué hay de malo en la felicidad?
1. Las miserias de la felicidad
2. Nosotros, los artistas de la vida
3. La elección

Epílogo: De la organización y de organizarse
Notas


El arte de la vida. De la vida como obra de arte
Notas sobre el autor

Zygmunt Bauman nació en Polonia en 1925 y en la actualidad es catedrático emérito de Sociología de la Universidad de Varsovia. Su carrera académica lo ha llevado a ejercer la docencia en las universidades de Leeds, Tel Aviv, The London School of Economics, entre otras. Desde sus inicios en la década de 1970, su visión de la sociología ha reivindicado para esta disciplina un papel menos descriptivo y más reflexivo. Sus aportaciones a la conceptualización de la posmodernidad, a la que él denomina “modernidad líquida”, han sido plasmadas en diversos ensayos que le han valido el reconocimiento internacional. Bauman ha sido galardonado con el European Amalfi Prize for Sociology and Social Science en 1992 y el Theodor W. Adorno Award en 1998. En 2010 le fue concedido, junto con Alain Touraine, el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Es autor, entre otras, de las siguientes obras: La sociedad individualizada , La cultura como praxis, Comunidad : en busca de seguridad en un mundo hostil, La posmodernidad y sus descontentos , Identidad , Vidas desperdiciadas : la modernidad y sus parias, Amor líquido : acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, Modernidad y ambivalencia, Europa : una aventura inacabada, Modernidad y holocausto, Confianza y temor en la ciudad, Vida líquida, Miedo líquido : la sociedad contemporánea y sus temores, Vida de consumo, Arte, ¿líquido?, [os retos de la educación en la modernidad líquida, Tiempos líquidos : vivir en una época de incertidumbre, Fundamentos de sociología marxista, Libertad, Ética posmoderna, Mundo consumo : ética del individuo en la aldea global, 44 cartas desde el mundo líquido, Daños colaterales : desigualdades sociales en la era global, Esto no es un diario, y, finalmente, Trabajo, consumismo y nuevos pobres.

Juan Antonio Martínez de la Fe
04/01/2013
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Editado por
Alicia Montesdeoca
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