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En defensa del ateísmo Juan Antonio Martínez de la Fe , 30/01/2013

Creer o no creer en Dios es una de las decisiones más importantes que puede tomar un ser humano


En defensa del ateísmo
Ficha Técnica

Título: En defensa del ateísmo
Autor: Roberto Augusto
Edita: Editorial Laetoli, S.L., Pamplona, 2012
Colección: Libros Abiertos
Encuadernación: Rústica con solapas
Número de páginas: 144
ISBN: 978-84-92422-50-0
Precio: 18 euros

La “letra escarlata”, la “A” que simboliza el ateísmo, creada por la compañía de Richard Dawkins, preside la cubierta, escueta y atractiva, de este libro de Roberto Augusto. Y su propio título ya nos permite atisbar bastante de su contenido. En primer lugar, habla de una defensa, lo que supone, bien una prevención contra un posible peligro, bien el realizar acciones para repeler un ataque; en este caso, un ataque que él percibe de las huestes que militan bajo la bandera de la creencia en Dios. Y, en segundo lugar, nos habla del ateísmo, la otra bandera objeto de la ofensiva creyente.

De lo que no cabe duda es de que se trata de una obra que no pasa desapercibida, como lo prueban los diferentes comentarios que ha suscitado. Entre ellos, merece especial mención el del profesor de la Universidad del Zulia, en Venezuela, Gabriel Andrade .

Como deja claro Roberto Augusto, creer o no es una decisión. Y, siendo así, supone una elección que solo se da cuando no existe la evidencia de cuál es la postura correcta. Cada uno adopta su postura, basándose en los argumentos, fruto de la razón, que le inclinan a uno u otro lado de la balanza.

Creer o no creer es una de las decisiones más importantes que puede tomar un ser humano. Con esta frase, comienza Roberto Augusto su obra. Con ella, con su libro, pretende demostrar que las razones dadas por los teístas para justificar sus creencias no tienen la suficiente fuerza probatoria y sostiene que las críticas vertidas tradicionalmente contra los ateos son falsas. Ya Antony Flew, en las prolongadas décadas en que sostuvo con firmeza el ateísmo, afirmaba que la carga de la prueba de la existencia de Dios recaía en quienes la sostenían.
Por tanto, este libro tiene una doble finalidad: 1) Desbaratar los argumentos de los creyentes en un Ser superior, y 2) Defenderse de los ataques que, según Roberto Augusto, reciben de ellos los ateos.

Hay que comenzar definiendo qué entiende el autor por ateísmo; para él, “el ateísmo es un posicionamiento filosófico que consiste en la negación de la existencia de Dios, dioses o deidades de cualquier otro tipo”. Y añade que el ateísmo que propone es racionalista, deteniéndose ampliamente en explicar su concepción de tal atributo, “racionalista”. Lo hace junto al apartado que dedica a la crítica de la postura del teólogo Karl Rahner. No admite algunos de los apoyos esgrimidos por los creyentes para justificar su creencia, tales como alegar que se tiene fe o que encuentran su base en libros sagrados, como la Biblia, a la que considera carente de rigor y fundamento. Pretende apoyar su tesis en la razón y en el conocimiento científico.

A partir de ahí, rechaza el dualismo, incluido el mito de la caverna de Platón, para, seguidamente rebatir el argumento ontológico y las cinco vías de Santo Tomás como justificaciones del creer: la vía del movimiento, la de la causa eficiente, la de la contingencia, la de los grados de perfección y, finalmente, la del orden del mundo o argumento teleológico.

Si sus planteamientos son exactos, entonces, ¿por qué el ser humano cree en Dios? A esta pregunta, el autor da hasta veinte respuestas, explicadas detalladamente cada una y luego expuestas en un cuadro esquemático. Entre estas respuestas podemos encontrar: porque se trata de una creencia socialmente aceptada, por la experiencia recibida de otros creyentes, por los milagros, por la necesidad de ser amado, por no desear la soledad, porque buscamos el perdón o, finalmente, porque tememos a la muerte.

También dedica un apartado a las causas de la secularización de Europa. Encuentra varias, entre las que destaca, sobre todo, el papel desempeñado por la razón y la ciencia; aunque hay otras que no carecen de interés: la moral defendida por el cristianismo, el papel poco relevante de la mujer en la Iglesia católica, la corrupción interna de la Iglesia, la labor de los medios de comunicación social, etc.

Capítulo aparte merece para el autor la encíclica Fides et ratio, de Juan Pablo II, un documento del que ideológicamente se halla totalmente alejado, pero al que le reconoce los tres valores que requiere cualquier texto filosófico: 1) Brevedad; 2) Claridad; y 3) Profundidad. Fundamentalmente, Roberto Augusto rechaza el planteamiento papal de volver a unir la fe y la razón.

Un segundo capítulo de la obra lo dedica a la Refutación de las críticas teístas al ateísmo. Y lo hace seleccionando una pequeña lista de autores, que bien podría ser más amplia o más reducida, pero sirve a Roberto Augusto para el objetivo de su libro, expuesto, además, de manera asequible. Y abre este apartado con la obra La religión demostrada o los fundamentos de la fe católica ante la razón y la ciencia, del padre Albert Hillaire, publicada en 1900; ya el propio Augusto reconoce que, tras el Concilio Vaticano II y la constitución pastoral Gaudium et spes, “la Iglesia [a la que identifica como representante del teísmo] juzga que los motivos del ateísmo deben ser objeto de más profundo examen”, invitando a un prudente y sincero diálogo entre creyentes y no creyentes. El trabajo del P. Hillaire intenta combatir cuatro sistemas, el materialismo, el panteísmo (¿), el positivismo y el evolucionismo o darwinismo, ataques que Roberto Augusto procura desmontar argumentadamente, destacando las despectivas palabras del autor que examina: “el ateo es en realidad digno de lástima, por los absurdos que está obligado a admitir”. Interesantes páginas las que cubren este apartado, que finaliza exponiendo las dos causas que, según el P. Hillaire, se encuentran en la base del ateísmo: el orgullo que oscurece la razón y la corrupción del corazón, al que molesta y espanta la existencia de Dios. Roberto Augusto reconoce que, en la actualidad, no se dan las descalificaciones a los ateos que recoge la obra que comenta, pero encuentra sus hipótesis presentes en el arsenal dialéctico de los teístas.

Xavier Zubiri y su libro Naturaleza, Historia, Dios constituyen el siguiente objeto de análisis del autor, del que critica su idea de la soberbia de la vida que atribuye a los ateos. Dice Zubiri: “La teología cristiana ha visto siempre en la soberbia el pecado capital entre los capitales, y la forma capital de la soberbia es el ateísmo”. A lo que Augusto contrapone su postura: todo ateísmo racionalista, como el que él defiende, debe ser, por definición, humilde.

Y pasamos al filósofo francés Jacques Maritain, quien, en su artículo Ateos y seudoateos critica el ateísmo desde un punto de vista moral. Dice Maritain: “Si existe esta exigencia de hacer el bien, hemos de afirmar que hay un Bien total que fundamenta ese mundo moral, un Bien absoluto del que brota tal exigencia absoluta de hacer el bien”. A lo que Augusto responde afirmando que la exigencia moral de hacer el bien no brota de ningún ser sobrenatural ajeno a la persona, sino de la persona misma, de su voluntad, es decir, de su libertad. Para él, el silogismo del filósofo francés sería: Dios es el bien moral auténtico; el ateo niega a Dios; luego, el ateo niega el bien moral auténtico. Evidentemente, Augusto niega la premisa mayor y dedica esta parte de su obra a desmontar el desarrollo de tales ideas por parte de Maritain.

No podía faltar aquí el problema del mal, que el autor trae de la mano de dos posturas contrapuestas, la de Anton Hilckman y la de Jaume Lores; según el primero, “si los valores morales más altos están ligados a Dios, el abandono de la creencia en Él puede llevarnos hacia una bestialidad moralmente infrahumana, aunque intelectualizada”. Profundiza Augusto en esta postura, exponiendo las líneas maestras de Hilckman. Pero para él, como para Jaume Lores, el mal para el ateo es una realidad consustancial con la vida misma, no ligado a una deidad. Lores reflexiona sobre este extremo en su artículo Los cristianos y ateos ante el mal, concluyendo que “el mal desempeña, al parecer, un papel fundamental en el teísmo y es necesario para que se cumpla el plan divino. Esto no sucede en el discurso ateo, donde se percibe simplemente como algo que debe ser combatido y derrotado”. Siendo el tema de la existencia del mal un asunto muy ampliamente debatido, las líneas que le dedica Augusto en este trabajo son suficientes, sin embargo, para dejar clara su postura.

La crítica teísta al ateísmo es el título de un ensayo de William Lane Craig, en el que tacha de presuntuosos a los ateos, exigiendo que la carga de la prueba de que Dios no existe ha de recaer en ellos, los ateos, en contra de lo que defendiera en su momento Antony Flew. Augusto trata de dar respuesta a este argumentario, señalando que las afirmaciones sobre la existencia de algo son de dos tipos: las razonables y las extravagantes. Caen dentro del ámbito de las primeras las hipótesis en la investigación científica, que son presupuestos de los que se parte como explicación razonable de algo que se desconoce; y, dentro de las segundas, se encontrarían aquellas que, según él, son creaciones sin fundamento, como ocurre con muchas de las verdades de la religión.

Roberto Augusto estima que, cuando Benedicto XVI hizo determinadas declaraciones en septiembre de 2010, en Londres, lo hizo vinculando el ateísmo con el nazismo. Estas fueron las palabras del Pontífice: “al reflexionar sobre las lecciones del extremismo ateo del siglo XX, no olvidemos que la exclusión de Dios, la religión y la virtud en la vida pública llevan al final a una visión truncada del hombre y de la sociedad”. Basándose en esta interpretación suya del texto, el autor demuestra que se intenta vincular el ateísmo con posturas consideradas radicales, de izquierdas o progresistas, cuando, en realidad, no es así, pues nada impide a alguien de derechas ser ateo.

Para acabar este capítulo, el autor enfrenta dos posturas de ateos ante la vida, a fin de convencer de que no necesariamente el ateo ha de ser una persona triste. Y elige a Pío Baroja y su protagonista de El árbol de la ciencia, como representante de la concepción pesimista del existir y a Pablo Neruda y su Oda a la vida como paradigma del amor a la vida, recalcando que ambos autores son ateos.

El tercero y último capítulo del libro se dedica a la Refutación de los argumentos de Richard Swinburne a favor de la existencia de Dios, expuestos en su obra La existencia de Dios. ¿Por qué este autor y no otro? Pues porque, para Augusto, esta obra reúne, expuestos de manera clara, la mayoría de los argumentos que se han utilizado a lo largo de la historia para demostrar la existencia de Dios, exceptuando la prueba ontológica y las cinco vías tomistas, aparte de que constituye un auténtico trabajo de filosofía de la religión al no limitarse a repetir tales argumentos, sino que los somete a una seria reelaboración. Hay afirmaciones que analista y analizado comparten; por ejemplo, que las conclusiones a las que pueden llegar teístas y ateos no son absolutas, es decir, indudables, sino que son solo probables a partir del actual estado de cosas del mundo; lo que equivale a afirmar que la existencia o inexistencia de Dios, desde un punto de vista racional, únicamente puede conducirnos a una hipótesis probabilística. También coinciden ambos en que los argumentos que prueban la existencia de Dios deben considerarse en conjunto y no de manera separada; igualmente, Augusto coincide con Swinburne cuando este afirma que “la acción de Dios no puede explicarse científicamente ni siquiera en parte (…). Ni son científicamente explicables las intenciones de Dios”.

Pero, a partir de ahí, Augusto intenta desmontar los argumentos del autor de La existencia de Dios, comenzando por el que llama en su apoyo la simplicidad de la hipótesis teísta, según la cual, el grado de simplicidad y su alcance determinan la probabilidad intrínseca de una teoría. A lo que contrapone el autor que no cree que el criterio de simplicidad desempeñe ningún papel en la probabilidad de que una teoría científica sea correcta, justificando ampliamente su punto de vista.

Otro argumento a rebatir es el cosmológico, basado en la complejidad del universo físico, que desencadena la guerra a muerte entre ciencia y religión. Que sea difícil de hallar una explicación científica de tal complejidad no significa que no se pueda alcanzar, arguye Augusto, para quien la ciencia y la religión no son aliadas, sino enemigas irreconciliables.

Siguen los argumentos teleológico y estético, el primero de los cuales recuerda la quinta vía de santo Tomás, basado en un patrón general de orden en el universo, lo que supone una finalidad. Piensa Roberto Augusto que el orden del mundo no es una creación humana, una proyección nuestra sobre la realidad, sino que está ahí; pero lo que sí es una invención nuestra son las teorías mediante las cuales se pretende explicar ese orden, así como el aplicarle un concepto de finalidad. Y encuentra muy endeble la argumentación de Swinburne que afirma que Dios tiene todas las razones para producir el proceso de desarrollo desde el Big-Bang por su belleza, aunque Él fuese la única persona que lo observase.

También rebate el autor los argumentos basados en el alma, la moralidad y la providencia. Contra la idea de Swinburne de que la conciencia humana no puede surgir de la materia, incapaz de producir pensamiento, afirma Augusto que el hecho de tener una conciencia no prueba que exista ni el alma ni Dios, lo que razona ampliamente. Tampoco la existencia de un sentido moral en el hombre, que lleva a creer en Dios, causante de que seamos capaces de distinguir el bien del mal, convence al autor, que se basa en la propia afirmación de Swinburne sobre la endeblez de tal planteamiento. Por último, también arguye contra el argumento de la providencia, afirmando que por vivir en un mundo donde podemos tomar decisiones significativas no se deduce una prueba de la existencia de Dios.

No podía faltar el problema del mal y todos los intentos de justificar lo que para el autor es injustificable. Swinburne trata de convencer de que el mal, en el fondo, no es tan malo, ya que es una oportunidad para hacer el bien, tanto se trate de males atribuidos al hombre como el producido por causas fortuitas de la naturaleza. A lo que responde Augusto que el ser humano sabe cómo hacer el mal, sin necesidad de que enfermedades o catástrofes naturales se lo enseñen.

Y si esto es así, mucho menos convencen al autor los posibles milagros que se aportan como prueba de la divinidad. Para él, nunca en la historia de la humanidad, en ningún lugar del mundo, se han tenido pruebas de una persona que resucitara después de muerta, lo que se atribuye a Jesús. Finaliza haciéndose eco de las objeciones que David Hume plantea a los milagros en su Investigación sobre el conocimiento humano.

Tampoco acepta Roberto Augusto el argumento de la experiencia religiosa personal o pública; se pregunta qué credibilidad podemos dar a este tipo de experiencias, que reclaman una credulidad sin base alguna. Y concluye afirmando que un escepticismo moderado es una actitud intelectualmente recomendable, tanto en la ciencia como en la vida cotidiana.

El libro termina con unas líneas dedicadas a conclusiones, que resumen sintéticamente lo expuesto en toda la obra. He aquí alguno de sus párrafos más significativos: “Dios no ha creado al ser humano, sino que el ser humano ha creado a Dios. Y lo ha hecho para satisfacer sus propias necesidades”. “Los libros de teología que hay en las bibliotecas del mundo no han aportado nada al progreso humano. No pienso, sin embargo, como David Hume, que deban ser arrojados al fuego, porque nos proporcionan un conocimiento importante de nuestra naturaleza, pues solo podemos conocernos a nosotros mismos si comprendemos nuestros errores. Lo que debemos hacer es llevarlos de la sección de teología o religión, donde están ahora, a la de mitología, que es donde deberían estar”. “Nuestro principal objetivo debería ser lograr un desarrollo científico y tecnológico compatible con el medio ambiente y el reparto de la riqueza, y ser capaces de permitir que todos los seres humanos tengan una vida digna y puedan luchar por desarrollar su proyecto vital”. Palabras estas últimas que, con toda seguridad, también firmaría la mayor parte de los teístas.

El libro, pues, cumple su objetivo de defender el ateísmo, aunque pueda parecer en su lectura que se olvide las líneas en las que el autor alude a la imposibilidad de demostrar, sin duda posible, la veracidad de la postura atea como la de su contraria, la teísta. Y el desarrollo de la obra se supedita a este objetivo; su exposición, clara, sencilla, con abundancia de prácticos ejemplos, se organiza a tal finalidad: la defensa, y no a una exposición orientada a una finalidad más didáctica de sus razonamientos. Ya lo advertía el autor.

Es cierto que la obra es un compendio de las ideas centrales que explicita cada uno de los dos bandos supuestamente enfrentados, lo que supone resumir mucho un tema que ha llenado cientos de miles de páginas y que aún sigue levantando vivos debates allí donde se suscita. Un ejemplo de ello lo tenemos en la propia revista Tendencias 21, en la que un artículo del profesor Leandro Sequeiros, profundo conocedor de la controversia ciencia-religión, sobre el libro de Stephen Hawking El gran diseño, generó un altísimo número de aportaciones que han dado lugar a la edición, en varios volúmenes, de tales intervenciones (Leandro Sequeiros. ¿La ciencia contra Dios? El debate sobre Stephen Hawking en Tendencias 21. Edit. Bubok, 2012). Esta es la aportación de Roberto Augusto que merece una lectura reposada, aunque no se participe de sus planteamientos.


Índice

Introducción

1. Un ateísmo racionalista

Definición general: crítica a Karl Rahner
Un ateísmo racionalista
La falsedad del dualismo
El argumento ontológico y las cinco vías tomistas
¿Por qué el ser humano cree en Dios?
Causas de la secularización de Europa
La relación entre fe y razón: Fides et ratio de Juan Pablo II

2. Refutación de las críticas teístas al ateísmo

La locura criminal del ateísmo: Albert Hillaire
El ateísmo como soberbia de la vida: Xavier Zubiri
La muerte del bien moral: Jacques Maritain
El irresoluble problema del mal: Anton Hilckman y Jaume Lores
La crítica teísta al ateísmo: William Lane Craig
El extremismo político ateo: Benedicto XVI
La tristeza del ateo: Pío Baroja y Pablo Neruda

3. Refutación de los argumentos de Richard Swinburne a favor de la existencia de Dios

Lo científicamente inexplicable
La falsa simplicidad del teísmo
El argumento cosmológico: la guerra a muerte entre ciencia y religión
Argumentos teleológicos y estéticos
Argumentos basados en el alma, la moralidad y la providencia
El problema del mal: la justificación de lo injustificable
La prueba de los milagros
El argumento de la experiencia religiosa: crítica al principio de credulidad

Conclusiones

Notas


En defensa del ateísmo
Notas acerca del autor

Roberto Augusto Míguez (Gastrar, La Coruña, 1978) es licenciado y doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Ha realizado estancias de investigación en la Universidad Libre de Berlín y en la Academia de Ciencias de Baviera, en Múnich. Colabora con la revista El Emotional Magazine. Escribe artículos de opinión en los periódicos digitales La Voz de Barcelona y La Voz Libre. Es autor de numerosos trabajos publicados en revistas especializadas y del libro El nacionalismo ¡vaya timo! (2012).


Juan Antonio Martínez de la Fe
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30/01/2013 Comentarios






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