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LITERARIA


Reseñas

Yaiza Martínez y Juana Castro en la presentación de "La nada que parpadea" en Córdoba
El primer enigma que nos plantea Yaiza Martínez en su libro La nada que parpadea (Ediciones La Palma, 2016) aparece ya en el título. Conforme avancemos en su lectura los poemas irán desvelando la naturaleza de esa imagen.

Entendemos la nada como el vacío, la ausencia de cualquier elemento, la insignificancia. El parpadeo es un instante, un movimiento rápido de los ojos, de una pantalla de televisión, de una estrella. Pero, como el aleteo de la mariposa, un ligero movimiento puede cambiar el curso del relato.

Dos símbolos centrales vertebran el libro: el mercurio –en su doble acepción de dios o metal–, y el laberinto. ¿Queremos llegar al centro o salir del laberinto? La mente y el universo son también laberintos; la palabra crea el laberinto y a la vez la salida: “lo que se dice hay”.

Como señala Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de Símbolos, en Occidente, el mito del laberinto surge en Grecia, llega hasta la simbología cristiana y sigue presente en nuestra cultura y nuestra conciencia. Adentrarse en él supone perderse. Salir o llegar a su centro es el final de una prueba para la que es necesario tener fortaleza y fe. Para Eliade “la misión esencial del laberinto era defender el centro, es decir el acceso iniciático a la sacralidad, la inmortalidad y la realidad absoluta”. Y cómo olvidar los laberintos borgianos construidos en nuestra propia mente.

Por otro lado está Mercurio: “Representa el poder de la palabra, el emblema del verbo, para los gnósticos el logos spermatikos esparcido en todo el universo, sentido éste que recoge la alquimia que identifica a Mercurio con la misma idea de la fluencia y la transformación”, escribe Juan Eduardo Cirlot.

En cuanto a la estructura, el libro aparece dividido en doce partes, once de ellas señaladas con números romanos; la última lleva un título, “Jenabe”, y está compuesta por doce poemas, hasta llegar al final, el poema no numerado, el origen o el centro, la semilla y la molécula. La estructura se asemeja a los once círculos del laberinto de Chartres, círculos que hay que atravesar; y el doce representa el orden cósmico, la salvación.

La sección “Jenabe” es el centro del laberinto; todo se dirige a él. Como en el mito de Teseo y el Minotauro hay un héroe que debe superar unas pruebas, es este caso una heroína, la vocera. El monstruo es Mercurio, el progreso con todo lo negativo de alejamiento de la tierra, de los valores auténticos. La vocera profetiza y advierte al pueblo; el mercurio es el aranero, el mentiroso, el que tergiversa la verdad de las palabras con argumentos falsos.


Reseña completa en el blog De nada puedo ver el todo

Carmen Anisa
Miércoles, 22 de Junio 2016


Editado por
Yaiza Martínez
Yaiza Martínez
© Mamis & Mimos
www.mamisymimos.es

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