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LITERARIA

Dos relatos del libro

EL ABUELO TENÍA RAZÓN

A la sombra feliz del cerezo la siesta cubría de bondad su cuerpo grande y las abejas huían de él como si el verano no poseyera más sentidos, ni más rincones olvidados la memoria. O se posaban mansamente sobre sus manos ya vencidas, al igual que el tiempo, es decir, esa pátina descolorida y atroz a la que llamamos tiempo sin querer, sin precisar su descalabro. Dormido junto a las fresas que alguien le robaba, metódicamente, cada día, aún le guarda la boina que de niño le dio para mejor
asirse al sueño de sus cabellos blancos, de hombre que regresa muy cansado al origen y se ve desnudo, con sangre antigua cortada en las muñecas.

Pero el niño vendría muchísimo después de aquello. Y volvían a casa con puñados de cerezas para decirles que el coche, el único de entonces, se había llevado por delante a Sol, el perro de caza de su padre. O jamás lo dijeron. Volvían de una edad incruenta y cerca de ellos el deber los reclamaba a gritos. Serás boticario, le asegura desde su torpeza, cortándole el pelo que sobraba o leyendo del periódico para él noticias de un país enorme donde vivió con ansiedad de funesto y agredido:
Argentina.

Juntos confiaban en pertenecer a alguien que reparara la vida sin ningún entusiasmo. Y por la tarde el pequeño supo de la frialdad de un rostro que amó y se perdió en la noche. Sobre la cama, al igual que en las siestas, un anciano, con certeza, contaba las veces que el niño de manos muy sucias ensangrentaba sus rodillas...

Miguel era un buen hombre.
Yaiza Martínez
Jueves 26 Mayo 2011

Relatos

Despierta
Por Valeria Chaos

-Cuando cuente hasta tres, te despertarás ¿lo has comprendido?
-Sí -dijo la chica hipnotizada- lo he comprendido. Pero no quiero.
-¿Cómo que no quieres? Si lo has comprendido, cuando cuente hasta tres te despertarás.
-Un momento. ¿De verdad tengo que despertarme?
-Sí, vas a despertarte en cuanto cuente tres. Uno, dos,
-pero disculpe, antes de despertarme me gustaría saber qué ocurriría si no me quiero despertar.

Ahora mismo soy consciente de lo que hablo con usted. Seguro que podría llevar una vida normal y nadie notaría nada.
-Pero esto no es así. Sé un poco razonable, mujer. Tienes que despertarte.
-¿Por qué?
-Porque eso es lo normal. Se hace así, a uno le hiptonizan y le deshipnotizan. Así es como funciona.
-Ya, pero eso es porque la gente quiere despertarse. A mí no me está dando la gana. Y me voy a quedar así. Cuente hasta tres o hasta diez, pero no cuente conmigo. Me quiero quedar aquí.
-Está bien, pero no lo harás. ¿No ves que no es algo malo? No tengas miedo a despertar. Es como despertar de un sueño; estarás relajada y tranquila, y volverás a tu vida normal como si no hubiera pasado nada. Ahora mismo voy a contar hasta tres, y aunque no quieras, repito, aunque no quieras, te despertarás y no recordarás nada de lo que ha ocurrido. ¿Entendido?
-No.
-¿Lo has entendido?
-He dicho que no.
-Da igual. Vas a despertarte. Jamás he hipnotizado a alguien que no se haya despertado. Voy a contar hasta tres y te despertarás. Uno, dos, tres. Despierta.

Silencio.

-A ver, mírame. ¿Cómo te encuentras? ¿Recuerdas algo?
-No...¿qué ha pasado?-fingió.


Relato tomado del blog Mala perra, de Valeria Chaos.
Yaiza Martínez
Domingo 20 Junio 2010

Relatos

La Espera
Por Laia López Manrique

Estación de Sants, un jueves de abril de 2004. Alberto fuma un pitillo en el área de no fumadores, espanta a una mosca que le espía la oreja, se mira en el escaparate limpio de una tienda de souvenirs. Crece, se hace pequeño, silba una canción antigua. La destroza. Esperanza, esperanza, sólo sabe bailar cha cha chá.

(En esa misma estación, hace muchos años, la vio llegar, de la mano de su madre. Llevaba un vestido rojo con una mancha en el cuello, y su madre sostenía una maleta de piel gastada. Avanzaban despacio. Lo recuerda. Ésa es mamá, dijo su padre, y ésa es la hija de mamá. Se llama Marina. Cuando estuvieron cerca, él le tendió la mano. Ella lo abrazó. Sus manos sudaban. Las manos de las mujeres, a veces, sudan. Su madre lo tomó en brazos, le arrugó la cara con sus besos. La distancia muele el amor. Un perro ladraba, seguro, en alguna parte.)

Si Adelita se fuera con otro. Alberto se rasca la pierna. Quiere verla otra vez envuelta en un vestido rojo, como la primera vez. Parecía una muñeca, pero tan viva, flotando en celofán. La mosca vuelve. Ya no es una niña. El tren llegaba a las cinco, y ya ha pasado media hora. No le ha comprado bombones. Recuerda que le gustan los bombones de licor, se lo dijo una noche, la última, en la habitación, tumbada en la litera de arriba. Cómo ha podido olvidarlo. No se lo perdona.

(Con los ojos prietos, el cuerpo tenso sobre la almohada, la espera. Ella se acerca. No quiere mirarla. Cree que va a morir si la mira. Cree que está enfermo. Ella se tiende sobre él. Las manos le sudan, las pasa despacio por el torso, los brazos, el vientre, las piernas. Siente su cuerpo hostigado por la densidad del otro cuerpo. Tan graciosa pero no eres buena. Encima de él, ella levita. Es mi sudario, piensa Alberto. Debería vestirse. El rojo siempre le sentó tan bien.)

Un tren de mercancías. Un tren de pasajeros, sin pasajeros. Una mujer que pasa del brazo de un tipo con corbata le saluda. Todas las miradas le parecen un plagio de la suya. Le gustaría tocar el piano, le gustaría llevarla al mar. Marina, tú me conduces, nos ahogamos juntos, como dos peces traidores. La seguiría por tierra y por mar. Lo haría. Empachado de deseo, los relojes no existen. Ya es tarde. El tren llegaba a las cinco. Al menos podría haber avisado.

(La noche de la cena de fin de curso, hundido en una butaca, la espera. La televisión emite anuncios de televenta. Son las tres. Sus padres duermen, el gato ronca en la cama. Por primera vez, siente miedo. Su padre suele decir que son las mujeres las que esperan a los hombres, y no al revés. Pero con ella, él ha dejado de ser un hombre. Ahora es otra cosa. Es un loco. Un animal obsceno, mordido por un pánico atroz. Tiene que inventar un nombre falso, ocultarse en las faldas del sofá, pactar con algún diablo que le facilite las cosas. Está envenenado. A las cuatro y diez, ella abre la puerta, tambaleándose. Tiene los ojos rojos. Está borracha. Le pone un dedo en la boca para que no proteste. Se acompañan al cuarto, tomados de la mano como dos amantes. El gato huye.)

Si es por tierra en un tren militar. No le gusta la canción. A ella no le gustaría. Quiere que la vida sea simple, que no haya gritos, que no haya mendigos por las aceras. Quiere apartarse, como ahora le aparta un hombre con prisas, le quita de en medio. Son las seis de la tarde. El tren llega con retraso. Es costumbre en ella retrasarse, retraerse, recapitular. Se dirige al mostrador de un café, pide un cortado. Entonces dan el aviso. Tren con destino a Barcelona-Sants, procedente de Asturias, estacionado en vía 3. Sale del café sin pagarlo. La camarera le llama, pero él ya no escucha. Baja las escaleras de dos en dos. La garganta le hierve. Vía 3. En el andén localiza su cintura erguida, fina, bajo una americana beige. Hay una mano rodeándola. Se detiene en seco. Esa mano. No la conoce.

El corazón bombea sangre descreída. Qué sed de esos labios, y es otro quien la besa. Otro, el dueño de esa mano. Ella tiene los ojos cerrados. Olvidé los bombones. Todos los perros lloran.

Laia López Manrique (Barcelona, 1982). Es licenciada en Filosofía y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona. Ha publicado textos críticos, poemas, relatos y microrrelatos en diversos medios y soportes. En 2005 obtuvo el segundo premio del concurso de microcuentos “El Basar” por su relato Tres, publicado en el volumen colectivo Microvisions (Montcada Comunicació, Ajuntament de Montcada i Reixach, 2005). En 2009 obtuvo el Premio Voces Nuevas de poesía de Ediciones Torremozas y participó en las antologías poéticas Voces Nuevas XXII Selección de Ediciones Torremozas y Aldea Poética IV SXO-Poesía Lúbrica de Ediciones Opera Prima. Se puede encontrar más información sobre la autora en su blog Pálido Fuego.
Yaiza Martínez
Lunes 7 Diciembre 2009

Fuente: everystockphoto.
Por María José Cano Guitarte

La única vez que Pedro la invitó al cine vieron una horrorosa película protagonizada por el que entonces era el ídolo de Elena, un cantante británico cuya fotografía empapelaba las paredes de su habitación. Pedro ignoraba incluso la existencia de tal individuo pero amaba perdidamente a aquella chica, tanto como para mentir a sus amigos o dilapidar en unas horas los ahorros de un mes, todo a cambio de compartir con ella un pedazo de tarde a solas. Elena, por su parte, no dudó un segundo en aceptar la oferta de Pedro, convencida de que cualquier sacrificio, incluso soportar una tarde entera al chico más feo y pesado del instituto, sería minúsculo si con ello podía admirar a su amado sin interrupciones.

Ninguno de los dos habría imaginado entonces que, muchos años después de aquella cita, al ver la misma película en televisión, Pedro sólo la recordaría por haberle servido para conocer al que, con el tiempo, se convirtió en uno de sus intérpretes favoritos y tendría que esforzarse para sacar del olvido la imagen difusa de cierta muchacha que entonces le acompañó. A Elena, por su parte, le sorprendería reconocer que, durante años, ni siquiera había recordado el nombre de aquel individuo de pelo verdoso que ocupó sus sueños y su corazón y se sentiría arrebatada por una tristísima nostalgia al comprobar que, en cambio, era capaz de reconstruir las facciones, los gestos y hasta el timbre de voz del único hombre que, alguna vez, habría estado dispuesto a darlo todo por ella.

María José Cano Guitarte (Madrid, 1964) es autora del libro de relatos "Apuntes de Antropología", que acaba de ser publicado en la colección Tid, de Ediciones Idea. El texto reproducido con autorización de su autora pertenece a esta misma obra, que se presenta mañana, día cinco de noviembre, a las 19.30, en el Ateneo de La Laguna (Tenerife).
Yaiza Martínez
Miércoles 4 Noviembre 2009

Relatos

Carlitos
Por Juan Novoa
Carlitos era el chico especial de mamá. Tenía quince años, pero eso a él no le importaba. Para los niños del barrio era “el tonto”, para los compañeros de clase era Carlitos, para el resto del mundo sólo era un chaval algo retrasado. Estaba justo en la frontera entre un niño y un hombre; y en el límite entre los que saben que son y que no son; y aquellos que con mucho esfuerzo, alcanzan a comprender que no son como los demás.
Pero en el mundo de prodigios inexplicables en el que Carlitos vivía, las sombras de las dudas eran cortas, como las del mediodía. Las preguntas ¿por qué yo? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí y no a los demás?, le producían un desasosiego tan profundo como efímero en los fugaces momentos de lucidez.
Carlos era de los que luchaban a brazo partido con los botones de la camisa. Su puzzle de mil piezas eran un cuchillo y un tenedor; su trabalenguas, sus apellidos; y saber que hora era después de estudiar el reloj de su padre, era cantar la tabla de multiplicar. Que hiciera sol o estuviera nublado era la única diferencia entre un lunes y un jueves.
Cada mañana Carlos iba al colegio. Su madre le acompañaba a la parada del autobús y él subía orgulloso con su mochila verde y el abono de transportes firmemente agarrado con la mano derecha para enseñárselo al conductor, que le saludaba con un “Buenos días Carlitos” lleno de un cariño que él nunca tuvo en cuenta.
Y allí, en el primer asiento, como siempre, estaba Javier, Javi. Tan especial como él: Su amigo y compañero.

Mientras él se acomodaba, Javier sonreía. Tenía unas grandes gafas, unos grandes dientes y unos pulmones en mal estado que le provocaban frecuentes ataques de tos y asma. A veces tenía arrebatos de ira, y llevaba una chapita colgando de su cuello que advertía que era diabético y epiléptico.
La madre de Javier sabía que su hijo un día moriría tan simplemente como había vivido: porque sí, porque su organismo minado de defectos quedaría exhausto después del último de sus días contados. Ella soñaba con ese día que le inspiraba terror, pena infinita, alivio y paz, y descanso… Ese día desafiaría al Dios Justo de los Seres Normales y le pediría cuentas por todo aquello: por acabar con aquel despropósito con otro mayor, por tener que llorar el fin de una vida injusta que iba a dejar su corazón triste para siempre y su cabeza cubierta de canas prematuras.
Javier y Carlos descubrían cada mañana el mundo que ya habían olvidado del día anterior. Veían a la gente agobiada por las prisas y a los conductores maldecir el tráfico. Miraban a las niñas que nunca les mirarían y a los niños que se reirían de ellos por el simple placer de sentirse superiores. ¿Pero cómo pensar en justicias y jerarquías con un cerebro arruinado? Cuando los niños querían pegarles, tocaba correr, cuando no se conseguían las cosas, había que desistir y si se acababan los dibujos animados, a llorar hasta encontrar otra cosa en que perder el tiempo que tenían, que era todo.
Y juntos en el autobús admiraban las hormigoneras y se tapaban la nariz cuando pasaban cerca de la fábrica de cerveza, y se morían de risa cuando el conductor soltaba una palabrota de esas que ellos no podían decir. Cada “joder” era un codazo de cómplices ignorantes, y cada “coño” una carcajada contenida y un motivo para seguir riendo cada vez que se miraban. Carlitos con sus ojos negros y juntos, Javier con los suyos, pequeños y traviesos escondidos detrás de las gafas.
Cuando estaban cerca de su parada se ponían tensos, nerviosos. Pulsar el timbre rojo antes de tiempo era tener que andar mucho rato hasta el colegio, pero pasarse significaba perderse en el horror de las calles llenas de gente hasta encontrar un policía que les acompañara y les dejara en manos de la profesora.

Un día Carlitos se subió al autobús y Javier no estaba. Él no lo sabía, pero su amigo había muerto: Algo empezó a faltar, de repente en el mundo de Carlos. Los días pasaron pero Javi nunca estaba en su sitio y él se sentía solo y triste, muy triste. Su madre, una mañana, le contó que su amigo se había ido a un lugar muy lejano, pero Carlos supo que no era verdad, porque se fue a buscarlo y no lo encontró. Se bajó del autobús cuando el conductor le dijo que era la última parada y lo buscó todo el día, y allí no estaba Javier.
Su madre le habló del Cielo y él asintió en silencio sin comprender cómo podía haber un lugar en el que Javi estuviera muy contento si no estaba con él. No le convencía. Pero Javier nunca estaba en el autobús.
Todo se volvió distinto: él solo en el autobús, solo por el camino del colegio, solo en el patio, solo al volver, él solo. Estaban sus padres y sus hermanos, y los demás chicos del colegio, sí, pero no era lo mismo.
Y un día Javier volvió. El primer día Carlitos no supo que era él, porque había cambiado mucho, pero estaba allí, sentado, en su sitio de siempre. Se bajaron en la misma parada y fueron juntos hasta el colegio. Hablaron poco porque Carlos no sabía que era Javier, pero al día siguiente, cuando le vio otra vez allí sentado y le sonrió, no hubo ninguna duda. Ahora era más pequeño que cuando se fue y tenía pecas. Se le habían caído todos los dientes y tenía el pelo rubio y largo peinado con dos trenzas. Tenía la voz tan aguda que le hacía reír y además decía que se llamaba Anita. Pero todo eso no importaba mucho. Era Javier, seguro. Nadie en el mundo que no fuera Javier, admiraría las hormigoneras, se taparía la nariz al pasar junto a la fábrica de cerveza y le daría codazos si el conductor decía “joder”.


Juan Novoa (Madrid, 1969) es licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como documentalista, productor y guionista. Ha escrito los guiones de las series documentales “El tercer Planeta” y “Herederos de la Tierra”. En los últimos años, ha recorrido más de veinte países de todo el mundo y en la actualidad alterna la literatura con la producción y realización de cine y televisión. En 2004 publicó la novela Reflejos en un cristal con la editorial Sial.
Yaiza Martínez
Jueves 18 Mayo 2006


Editado por
Yaiza Martínez
Yaiza Martínez
Poeta y narradora, Yaiza Martínez es Licenciada en Filología Hispánica (UCM). Libros de poesía: Rumia Lilith (2001), El hogar de los animales Ada (Editorial Devenir, 2007) y Agua (Ediciones Idea, 2008). Es también autora de la novela Las mujeres solubles (Lulu.com, 2008). Poemas suyos han aparecido en diversas publicaciones como El signo del gorrión, Vera, Los noveles o ABC Cultural. Ha traducido El Señor de Ballantrae de R. L. Stevenson (2005) para la editorial Marenostrum. Ha ejercido la crítica literaria en la revista Reseña. En la actualidad es traductora y redactora-jefe de la revista de Ciencia y Humanidades Tendencias21.

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