Víctor Infantes
Biblioteca LITTERAE, nº 10, Calambur. Madrid. 2006 El libro, artefacto complejo. Desde luego, pero quizá no sospechamos hasta qué punto lo es, y lo ha sido. Para averiguar el grado de complejidad de su maquinaria y para saber (mucho) más acerca de la oficina de su ser mismo, híbrido de tecnologías y de ideologías –producto, al cabo, de artes mecánicas cuanto liberales también-, es preciso ahora consultar este gran meta-libro de quien es uno de sus más consumados maestroarmeros, Víctor Infantes, quien ha reunido en un volumen compacto el resultado de sus trabajos y de sus días en el mundo del papel, en la grafosfera. Arquitectura impresa EL trabajo de este superespecialista corona, desde luego, el cada vez más sólido edificio de la bibliografía material española, pues arranca de sus cimientos mismos, es decir: de la producción impresa peninsular en el cenit – Siglo de Oro- de su poder político-imperial. No cabe simplificar, y menos resumir este esfuerzo de la minerva particular de un entendido sobre una época esplendente. La verdad es que la erudición aquí mostrada rebasa con mucho los límites acostumbrados y deviene por momentos total, enciclopédica, debido sobre todo a que debe acercarse al continente de todos los contenidos conocidos. La misma profundidad de los abismos técnicos que envuelven la producción de este sumo fetiche cultural al que obstinadamente seguimos llamando libro, nos daría vértigo, si no fuera que nos asomamos a ella de la mano de un, a veces irónico, siempre cáustico e inteligente, en todo caso: moderno Virgilio. La lógica (y la logística) del impreso áureo es particular; lo que parece aleatorio y caprichoso en esos viejos volúmenes cuando se consultan al acaso, es reducido por el trabajo comparatista a una orden, casi a una estructura, que se parece en mucho a aquellas que Lévi-Strauss pudo definir en los conglomerados primitivos de vida social humana. Del libro áureo introduce sistema donde parecía albergarse el caos universal profetizado por Borges. Hay orden después de todo en este universo, que es menos un laberinto que un edificio inteligente. Los libros, al cabo, no se reivindican de una Babel (o Babelia), sino que más bien son los productos más legítimos de aquella otra república armoniosa que diseñó Platón. Este metágrafo o meta libro del libro áureo da cuenta de los títulos, como también lo hace de las letras capitulares, de los formatos y de las ilustraciones y los inventarios, además de contener fuentes apologéticas del alcance del imprimir y de la imprenta en su edad de oro hispana. Las variantes infinitas de tales productos estrella en las industrias de la cultura se pliegan en este universo de las letras a las invariantes, ellas mismas también infinitas e inflexibles, y de unas y de otras se da razón razón gráfica suficiente, lo cual ayudará a serenar los ánimos de quienes se dispongan en estos momentos a entregar sus horas a los estudios arqueológicos, que encontraran aquí un vademécum fiel para su particular tour por el pasado. FERNANDO R. DE LA FLOR. Reseña aparecida en ABC de Las Artes y las Letras de la semana del 25 de noviembre al 1 de diciembre de 2006. Bitácora
Por Jean Gabriel Cosculluela
Esto recuerda difícilmente la luz. Son palabras ya descalzas en lo vivo y lo vacío. ¿Cómo no cojear ya un poco tanto en la tierra como en el cielo, fugitivo en lo vivo? “el infernaculo del país desconocido” (Patrick Wateau) Recurrir a lo negro sobre la nieve que ya está en el infernaculo. Es el bandazo en la simplicidad y el polvo acre de la desaparición. Nada, simple. Una palabra cae, otra no. El color en vivo el color a punto de arder a punto de prender en la garganta del polvo levantado en la luz. La tierra el cielo, nada de huella, no queda más que lo acre, lo ronco. No queda más que lo desconocido en la voz de pecho. En lo vivo, en el vacío, lo oscuro se disipa en el pecho tan desnudo, tan profundo como si fuéramos a tropezar con la luz. (Agosto de 2001) Jean Gabriel Cosculluela (Rieux-Minervois, 1950). Poeta, traductor y editor francés de origen español, Cosculluela ha publicado los libros de poesía L’Affouillé (Éditions Jacques Brémond, 1980), L’Eau, (L'Atelier des Grames, 1989), Là-bas là-bas (À Demeure, 2000), Buée (Éditions Jacques Brémond, 2003), D'un retrait (L'Atelier des Grames, 2003) o L'Envers de l'eau (Fata Morgana, 2005), entre otros. La traducción del texto que presentamos fue realizada por José Luis Reina Palazón.
Por María Ángeles Maeso
Voy a escribir sobre un recuerdo de una hora. El recuerdo se titula Blues Castellano y la hora corresponde a 1988, año en el que compré Edad. A Gamoneda le habían concedido el Premio Nacional de Poesía en 1987, pero tuve que esperar a leerlo, ya que, sorprendentemente, la primera edición se había agotado en un par de meses. Comencé a leerlo en la misma puerta de la librería; seguí sin levantar la vista mientras andaba por la calle, con Edad esperé en la parada del autobús y con él seguí imantada por un modo de decir que no podía abandonar. Quiero tener para siempre ese recuerdo, ese modo de atravesar una ciudad con un libro en la mano; embebida y feliz, hipnotizada por palabras que me traían un aire lorquiano y de Cesar Vallejo y, sobre todo, un inconfundible sabor de casa: en Edad, estaban los serios conflictos existenciales que tenían que ver con algunas dificultades para conjugar lo público y lo íntimo; alguien nombraba todo eso de un modo tan elusivo y al mismo tiempo tan enérgicamente que atrapaba. Admiré a ese autor que me pareció valiente, un gigante con una visión del mundo extraordinariamente singular, poderosamente hermosa. Al fin tenía un poeta a quien venerar. Como los caballeros medievales buscaban una dama que orientara su actos yo llevaba años buscando a mi poeta. Y estaba ahí. Traía imágenes de tierra muy pisada por la infancia y mucho invierno en la mirada. Era bastante más de lo que yo podía esperar. Blues Castellano sonó desesperado haciendo el silencio que conoce toda la meseta castellana y cuando leí la palabra ‘sartén’ me dio, en efecto, un sonido a madre. Y lei ‘legumbres’ como quien comprende la vida a través de su sabor. Tenía entre las manos un puñado de miradas lentas y calladas que sobrevolaban mi memoria y se quedaban sobre mí. No lo olvidaré. Años atrás (1985) su autor había recibido el Premio de Castilla y León de las Letras y yo aún no sabía nada de aquel poeta. Luego supe que no era la única, que había atravesado su tiempo sin apenas ser oído. Su condición de periférico le había hecho invisible hasta esos años ochenta casi para todos. Recientemente, pude comprobar cómo aquella hora de 1988 revivía dentro de Esta luz, que es su poesía recopilada (1947-2004) donde Blues castellano sigue sonando recio con sus innegociables verdades. Lo injusto es nombrado tal y como se descubre: mezclado con la belleza de una mañana, con la ternura de una madre; el saberse escarnecido y olvidado no impide la certeza de algo más grande y más real, que pervive dentro de uno mismo; el amor y el pensamiento de resistencia conllevan, ineludiblemente, dolor; bolsas de pena inseparables de quienes tienen la vida por oficio; ciertas verdades del pasado que llegan envueltas de vergüenza: otra forma de dolor que el poeta encara con el rigor de una luz que no negocia. Aquí no hay dolor de mala conciencia, sino ese sufrimiento que corta la respiración y nos encoge y nos hace enrojecer y que se llama vergüenza. Blues castellano es el libro que le hace un sitio a la vergüenza. La dignidad y la justicia son sus hermanos. Pero la vergüenza habla de algo que está en la médula del humano, tener vergüenza es revolucionario (sicut Marx) y emerge desde una raíz común en voces graves de vigorosa humanidad. Con ese sentimiento, dirá Gamoneda, hacemos lo que debemos: fraternidades sin grandes pretensiones, sin señuelos de libertad y hasta sin esperanza. Durante el siglo pasado se promocionó una especie de veneración hacia el grupo poético catalán del medio siglo. Los señoritos de la mala conciencia (Gil de Biedma et alter) habían contribuido a dignificar el sentimiento de la derrota de los abatidos por un guerra. Las voces de la izquierda divina y periférica daban más juego que los graves expresiones de los poetas del interior que tocan sólos. En Blues castellano el dolor del perdedor conmueve por su inquebrantable dureza. Antonio Gamoneda nos mueve la mirada hacia la pobreza de los campos labrados y esa agricultura violenta del secano se transforma en valor, la rotunda realidad de la tristeza en una lírica expresión cortante como el frío. Blues castellano crea un mundo de miradas que se alzan, se cruzan o se bajan movidas por el amor, la camaradería y la amistad, en pos de verdades extraídas laboriosamente; a ritmo de madrugadas, de necesidades y humillaciones; en una dialéctica de amo y trabajador, que no da ninguna paz, pero sí un tipo de placer inseparable de una moral primaria, inserta en leyes de naturales: “Hoy, domingo, la tierra es semejante a la belleza y la necesidad de lo que yo más amo.” El único poema que el poeta ha añadido a Blues castellano, (escrito entre1961 y 1966) es uno muy breve. En él, la belleza prevalece sobre la muerte. En el paisaje existencial y geográfico de Gamoneda, siempre hierve gozosamente la luz sobre el espino. No se me olvide. Mª Ángeles Maeso (Valdanzo, Soria, 1955) es profesora de Creación literaria y de castellano para inmigrantes en el I.E.S. Alarnes de Getafe (Madrid). Ha publicado los libros de poesía Sin Regreso (1991), Trazado de la Periferia (Vitruvio 1996), El bebedor de los arroyos (Huerga y Fierro 2000) y el libro Vamos, Vemos, al que pertenece el poema que reproducimos (Premio de Poesía Homenaje León Felipe, Editorial Celya, 2003). También es autora de las novelas La voz de la Sirena (1987), Los condes del No y No (infantil, Marenostrum, 2005) y Perro (Huerga y Fierro, 2004). Bitácora
Por Juan Antonio Mora
Creo que Antonio Gamoneda es un poeta verdadero, auténtico, lleno de verdad y de tristeza, grávido de lucidez humana, de honda y humilde sabiduria, un poeta del pueblo y como persona es muy buena gente, nada creido ni vanidoso, un ser humano maravilloso y sencillo. Juan Antonio Mora (Andújar, Jaén, 1950) es autor de varios libros de poesía, como El poeta no duerme (Madrid, 1985), Fantasías de mendigo (1990), La ciudad es un desierto (1992), o Abril en el espejo (1998).
Por Jonathan Mayhew
No cabe duda de que la obra de Antonio Gamoneda define lo mejor de la poesía española contemporánea. Por su poder rítmico, por el desarrollo—también rítmico-- de esta obra poética a través de las últimas décadas. Entre sus obras, se podría destacar tres de valor indudable: Descripción de la mentira, Libro del frío y Libro de los venenos. Ahora en España se reconoce plenamente el magisterio de Gamoneda, una figura que apenas se leía en los años 50 y 60. En el mundo del hispanismo internacional, este reconocimiento ha sido bastante tardío, pero con el Premio Cervantes creo que el prestigio de este gran poeta se difundirá por todo el mundo. Jonathan Mayhew es investigador de teoría literaria y poesía española de la universidad de Kansas (EEUU). Ha publicado artículos especializados en estas áreas en diversas revistas, como PMLA, Hispania, Hispanic Review, MLN, Revista de Estudios Hispánicos, Revista Hispánica Moderna o ALEC. Ha publicado Claudio Rodríguez and the Language of Poetic Vision (1990), y The Poetics of Self-Consciousness (1994), con Bucknell University Press. En la actualidad, trabaja en un libro titulado Spanish Poetry, 1980-2000: the Twilight of Modernity. |
Editado por
Yaiza Martínez
Poeta y narradora, Yaiza Martínez es Licenciada en Filología Hispánica (UCM). Libros de poesía: Rumia Lilith (2001), El hogar de los animales Ada (Editorial Devenir, 2007) y Agua (Ediciones Idea, 2008). Es también autora de la novela Las mujeres solubles (Lulu.com, 2008). Poemas suyos han aparecido en diversas publicaciones como El signo del gorrión, Vera, Los noveles o ABC Cultural. Ha traducido El Señor de Ballantrae de R. L. Stevenson (2005) para la editorial Marenostrum. Ha ejercido la crítica literaria en la revista Reseña. En la actualidad es traductora y redactora-jefe de la revista de Ciencia y Humanidades Tendencias21.
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