Relatos
Por Elisa Merlo
La tarde del domingo resultó cálida por vez primera. En el horizonte, las nubes dibujaban hacia arriba rizos anaranjados. Era aquella intensa época en que el ritmo finalmente cambió. En el interior de la casa, él leía uno de sus libros. Las historias de los hombres del sur de Ummel, cuyas risotadas estaban repletas del polvo del desierto del Gabo. Afuera, frente al cielo del atardecer, yo miraba al fondo de mis manos y veía cómo un río gigantesco se encaminaba hacia mí. Recuperaba la noción de destino. Había en mi interior un cambio de rumbo que parecía inherente a todo. Por última vez, le oí toser en el interior. Giré mi rostro hacia la puerta: la luz de la tarde me llenó uno de los lados de la cara. Así fue como tomé la fuerza para hacerlo, como si hubiese enganchado con el brazo una gran bolsa antes de salir corriendo. Cogí la fuerza de aquella luz, y me marché. La puerta del jardín gimió una vez tras otra, abriéndose y cerrándose hasta detenerse del todo. Mis pies golpearon la tierra levantando polvo hasta que alcancé el río y, allí, me subí en la barca del señor M. En mitad del viaje hacia la oscuridad, hacia la noción de las cosas perdidas, me abracé como una niña a la línea de mi mano. Elisa Merlo es profesora de teoría de la literatura y creación poética en la Universidad de Merilon. Autora de varias novelas y relatos, actualmente es considerada la máxima autoridad de Ummel acerca del llamado Círculo Bradisla de Merilon. Por Ángel García Galiano
Esto ya nos ha pasado antes, recuerden los lectores a principios del siglo XIII cuando se comenzó a extender por Europa el uso (y abuso, según los recalcitrantes) del papel: ese soporte feble y efímero que pretendía competir (figúrense) con la tablilla de cera (¡ah!, ese delicioso olor tan sensual, ¡y su tacto!, ¿cómo renunciar al tacto de la cera sobre la superficie mórbida y sus dulces anfractuosidades?) y el punzante stilus, hasta ahí podíamos llegar.
Recuerden cómo nos pusieron (como no digan dueñas) a los que osamos defender los nuevos soportes: no para la entrega, uso y disfrute final, faltaría más, dónde esté un buen (y caro) pergamino..., pero sí como medio útil, barato y eficaz de trabajo en las tareas de borrador: frente al laborioso empeño de las pizarras de cera, el papel es dúctil, económico, se pueden acumular sus páginas sin problema de espacio, es fácil corregir sobre él, volver sobre lo escrito, rescribir una y otra vez, algo casi imposible en la pesadez de la cera. Hasta inventamos, gracias a los nuevos soportes modernos, nuevos géneros literarios: el ciclo artúrico del maravilloso Lancelot prosificado, los libros de caballerías en general (que es como decir el inmediato antecedente de la novela moderna) hubiera sido literalmente imposible sin la aparición de este nuevo, eficaz y controvertido instrumento de escritura. Está más que demostrado (ahí tienen al el maestro Martín de Riquer, que no me dejará mentir) que fueron las nuevas tecnologías las que propiciaron el paso de los lineales y breves poemas tipo Chretien de Troyes a las complejas organizaciones arquitectónicas de los libros de caballerías: sólo un proceso de redacción en papel, que permite al escritor leer y releer, volver atrás con suma facilidad para enhebrar profecías, sueños, venganzas, paralelismos de toda laya, es capaz de generar esas nuevas estructuras que a la postre “inventaron” la modernidad. Recuerdo luego cómo renegaron (siempre los mismos, los defensores de la tradición y la costumbre) de la imprenta, ese invento de Satanás (Dios lo bendiga), que hasta obligaron durante muchos lustros (al menos hasta Aldino, ese sedicente veneciano posmoderno) a los pobres cajistas a reproducir en sus plomos la forma y el estilo de los manuscritos. Y los monjes, los peores de todos, según ellos una Biblia impresa no era una Biblia, y preferían copiarla a mano, ¡como siempre se ha hecho!, antes que entregarse a tamañas veleidades punto menos que heréticas. Ahora arremeten con el soporte digital y añoran el olor de la tinta: son los mismos que luego defenderán los bits a capa y espada cuando la imaginación humana nos provea con nuevas posibilidades técnicas para propiciar eso que (no se olvide) realmente importa: el anhelo de belleza encarnado en palabras, la Literatura. Se me ocurre que ese nuevo y más sutil y mágico soporte vuelva a ser la memoria, la oralidad: ya verán, arremeterán contra ella y defenderán la sensualidad táctil del disquete y su resplandor fosfórico en la pantalla de plasma... y entonces todo volverá a comenzar. Otra vez. Angel García Galiano es escritor, autor de la novela El mapa de las aguas (Editorial Mondadori). Profesor de Teoría de la Literatura en la Universidad Complutense de Madrid. En Tendencias21 ha publicado el artículo El fin de la sospecha sobre narrativa española del siglo XX. Muy recomendable. Poemas
Por Yaiza Martínez
La fortaleza del jardín columnas leñosas me hace prometer un albergue en el poema al que mira digo no tengo más que la luz del hueso Es cierto que hay un enjambre de cadáveres alrededor del río estampados en la voz hablan los muertos no sabemos si seguirlos o vivir satisfaciendo a la forma Sólo la luz entrelaza los dedos de ambas manos El poema es la expiación de la carne que aparece Los escucho asentir en el rumor del viento entre las hojas (Del libro El hogar de los animales Ada, en prensa, Editorial Devenir 2006, Yaiza Martínez) Poemas
Por Yaiza Martínez
Rodeamos las palmeras por tu luz con fe la isla es negra y nos muestra coordenadas para estos cuerpos Pero llegamos del fondo del mar y el espacio es nuestro corazón Hechos con tu lenguaje, como el sol, como la ameba Ballenatos que se erigen de la orilla a la boca eternamente guardan el secreto Pero cada noche descansamos sobre el océano sin mostrarlo a tus ojos (Del libro El hogar de los animales Ada, en prensa, Yaiza Martínez, editorial Devenir, 2006) Bitácora
Por Yaiza Martínez
La creación poética es la creación de un mapa del mundo que nada tiene que ver con la linealidad de nuestra antigua cultura occidental, que estuvo atrapada en el concepto del progreso. Como ocurre en el poema, en la realidad también sucede que todo está en todo. El lenguaje poético lo sabe, el poeta se sorprende al descubrirlo en su proceso de escritura, y el lector regresará a esa concepción de lo que le rodea al acercarse a la poesía. La metáfora del lenguaje poético es la figura literaria que nos permite un conocimiento mayor de las paradojas que otorgan sentido, ante nuestras propias conciencias, al mundo que nos rodea. Leer artículo |
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Yaiza Martínez
Poeta y narradora, Yaiza Martínez es Licenciada en Filología Hispánica (UCM). Libros de poesía: Rumia Lilith (2001), El hogar de los animales Ada (Editorial Devenir, 2007) y Agua (Ediciones Idea, 2008). Es también autora de la novelas Las mujeres solubles (Lulu.com, 2008). Poemas suyos han aparecido en diversas publicaciones como El signo del gorrión, Vera, Los noveles o ABC Cultural. Ha traducido El Señor de Ballantrae de R. L. Stevenson (2005) para la editorial Marenostrum. Ha ejercido la crítica literaria en la revista Reseña. En la actualidad es traductora y redactora-jefe de la revista de Ciencia y Humanidades Tendencias21.
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