Poemas
Por Olga Muñoz
EL TIEMPO SE detuvo en la montaña los enfermos lo rodean con cuidado sólo a veces tropieza alguno con el ídolo inmóvil. En la llanura mientras tanto cada día fija el instante sagrado: la ofrenda de alimento la purificación del agua la palabra cadenciosa repetida sin sentido. También queda engarzado suavemente el gesto torpe y lo imperfecto. Todo parece hermético en cambio sin aire que oxide estos recuerdos. Olga Muñoz, (Madrid, 1973) es Doctora en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Dedicó su tesis doctoral a la poesía peruana del siglo XX, en concreto a la escritora Blanca Varela. Ha publicado diversos artículos de crítica literaria en revistas de España e Hispanoamérica, donde también han aparecido poemas y series de poemas suyos. El poema publicado pertenece a su libro inédito La caja de música. Relatos
Por Juan Novoa
Carlitos era el chico especial de mamá. Tenía quince años, pero eso a él no le importaba. Para los niños del barrio era “el tonto”, para los compañeros de clase era Carlitos, para el resto del mundo sólo era un chaval algo retrasado. Estaba justo en la frontera entre un niño y un hombre; y en el límite entre los que saben que son y que no son; y aquellos que con mucho esfuerzo, alcanzan a comprender que no son como los demás. Pero en el mundo de prodigios inexplicables en el que Carlitos vivía, las sombras de las dudas eran cortas, como las del mediodía. Las preguntas ¿por qué yo? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí y no a los demás?, le producían un desasosiego tan profundo como efímero en los fugaces momentos de lucidez. Carlos era de los que luchaban a brazo partido con los botones de la camisa. Su puzzle de mil piezas eran un cuchillo y un tenedor; su trabalenguas, sus apellidos; y saber que hora era después de estudiar el reloj de su padre, era cantar la tabla de multiplicar. Que hiciera sol o estuviera nublado era la única diferencia entre un lunes y un jueves. Cada mañana Carlos iba al colegio. Su madre le acompañaba a la parada del autobús y él subía orgulloso con su mochila verde y el abono de transportes firmemente agarrado con la mano derecha para enseñárselo al conductor, que le saludaba con un “Buenos días Carlitos” lleno de un cariño que él nunca tuvo en cuenta. Y allí, en el primer asiento, como siempre, estaba Javier, Javi. Tan especial como él: Su amigo y compañero. Mientras él se acomodaba, Javier sonreía. Tenía unas grandes gafas, unos grandes dientes y unos pulmones en mal estado que le provocaban frecuentes ataques de tos y asma. A veces tenía arrebatos de ira, y llevaba una chapita colgando de su cuello que advertía que era diabético y epiléptico. La madre de Javier sabía que su hijo un día moriría tan simplemente como había vivido: porque sí, porque su organismo minado de defectos quedaría exhausto después del último de sus días contados. Ella soñaba con ese día que le inspiraba terror, pena infinita, alivio y paz, y descanso… Ese día desafiaría al Dios Justo de los Seres Normales y le pediría cuentas por todo aquello: por acabar con aquel despropósito con otro mayor, por tener que llorar el fin de una vida injusta que iba a dejar su corazón triste para siempre y su cabeza cubierta de canas prematuras. Javier y Carlos descubrían cada mañana el mundo que ya habían olvidado del día anterior. Veían a la gente agobiada por las prisas y a los conductores maldecir el tráfico. Miraban a las niñas que nunca les mirarían y a los niños que se reirían de ellos por el simple placer de sentirse superiores. ¿Pero cómo pensar en justicias y jerarquías con un cerebro arruinado? Cuando los niños querían pegarles, tocaba correr, cuando no se conseguían las cosas, había que desistir y si se acababan los dibujos animados, a llorar hasta encontrar otra cosa en que perder el tiempo que tenían, que era todo. Y juntos en el autobús admiraban las hormigoneras y se tapaban la nariz cuando pasaban cerca de la fábrica de cerveza, y se morían de risa cuando el conductor soltaba una palabrota de esas que ellos no podían decir. Cada “joder” era un codazo de cómplices ignorantes, y cada “coño” una carcajada contenida y un motivo para seguir riendo cada vez que se miraban. Carlitos con sus ojos negros y juntos, Javier con los suyos, pequeños y traviesos escondidos detrás de las gafas. Cuando estaban cerca de su parada se ponían tensos, nerviosos. Pulsar el timbre rojo antes de tiempo era tener que andar mucho rato hasta el colegio, pero pasarse significaba perderse en el horror de las calles llenas de gente hasta encontrar un policía que les acompañara y les dejara en manos de la profesora. Un día Carlitos se subió al autobús y Javier no estaba. Él no lo sabía, pero su amigo había muerto: Algo empezó a faltar, de repente en el mundo de Carlos. Los días pasaron pero Javi nunca estaba en su sitio y él se sentía solo y triste, muy triste. Su madre, una mañana, le contó que su amigo se había ido a un lugar muy lejano, pero Carlos supo que no era verdad, porque se fue a buscarlo y no lo encontró. Se bajó del autobús cuando el conductor le dijo que era la última parada y lo buscó todo el día, y allí no estaba Javier. Su madre le habló del Cielo y él asintió en silencio sin comprender cómo podía haber un lugar en el que Javi estuviera muy contento si no estaba con él. No le convencía. Pero Javier nunca estaba en el autobús. Todo se volvió distinto: él solo en el autobús, solo por el camino del colegio, solo en el patio, solo al volver, él solo. Estaban sus padres y sus hermanos, y los demás chicos del colegio, sí, pero no era lo mismo. Y un día Javier volvió. El primer día Carlitos no supo que era él, porque había cambiado mucho, pero estaba allí, sentado, en su sitio de siempre. Se bajaron en la misma parada y fueron juntos hasta el colegio. Hablaron poco porque Carlos no sabía que era Javier, pero al día siguiente, cuando le vio otra vez allí sentado y le sonrió, no hubo ninguna duda. Ahora era más pequeño que cuando se fue y tenía pecas. Se le habían caído todos los dientes y tenía el pelo rubio y largo peinado con dos trenzas. Tenía la voz tan aguda que le hacía reír y además decía que se llamaba Anita. Pero todo eso no importaba mucho. Era Javier, seguro. Nadie en el mundo que no fuera Javier, admiraría las hormigoneras, se taparía la nariz al pasar junto a la fábrica de cerveza y le daría codazos si el conductor decía “joder”. Juan Novoa (Madrid, 1969) es licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como documentalista, productor y guionista. Ha escrito los guiones de las series documentales “El tercer Planeta” y “Herederos de la Tierra”. En los últimos años, ha recorrido más de veinte países de todo el mundo y en la actualidad alterna la literatura con la producción y realización de cine y televisión. En 2004 publicó la novela Reflejos en un cristal con la editorial Sial. Poemas
Por Enrique Falcón
A decir verdad, el aire rebasa la boca de los muertos y un fragmento más de vida lleva el turno de mi boca. A decir verdad, el aire. Panza arriba, cada muerto. (Habla nadie tras mis dientes una lengua malherida) … A decir verdad el día cangrenó con luz el viento y las canciones : no hay nadie tras mi boca que no traiga un niño muerto, un hombre se ha parado a tres metros de mi sangre y tiemblan, boca arriba, los álamos del mundo. Enrique Falcón (Valencia, 1968) es profesor de Formación Profesional y licenciado en literatura española por la Universitat de València. Además, es autor de varios libros de poesía, como El día que me llamé Pushkin (Ediciones del Ayuntamiento de Sevilla, 1992) y Amonal y otros poemas (Ediciones Idea, Tenerife, 2005). Ha sido galardonado, en 1992, con el premio Antonio Machado de poesía y, en 1993, con un accésit del premio Adonais. Teatro
Por Laura Crespillo
DRAMATIS PERSONAE Actor en el papel de Benavente, que es un galán. Actriz 1 en el papel de María. Actriz 2 en el papel de Dulce. Actriz 3 en el papel de Encarnación. El director, que va con traje de arqueólogo y sombrero. El manitas con su mono de trabajo. ACTO ÚNICO El espacio es un gran camerino lleno de trastos, gorros extravagantes, plumas, un par de grandes espejos rodeados de luces, unas funcionan y otras no, unos percheros, ropa variada, sobre todo de mujer… y todo lo que el director crea oportuno para dar cuenta del desorden y el polvo que está allí acumulado. Se abre la puerta y entra el DIRECTOR con una silla de director de cine que pone en letras grandes YO SOY EL DIRECTOR, la muestra al público porque no sabe muy bien cómo abrirla, da varias vueltas, se consigue sentar, se levanta, apaga las luces, las vuelve a encender, estalla una de la bombillas y en ese momento entra el resto de la compañía, que al ver la cara de terror del DIRECTOR no pueden evitar las carcajadas. DIRECTOR.- ¡Vamos, dentro todo el mundo! Dejaros ya de reír y entrar. Colocaros por aquí y por allá. Así que os vea. Tú insulsa (a la Actriz 3) te he dicho que dejes de reírte de mí, a todo el mundo puede pasarle esto. ¿Tenéis todos la obra? RESTO DE LA COMPAÑÍA.- ¡Síiiiiiiiii! ACTOR .- Pero sólo el primer acto. DIRECTOR.- ¿Cómo que solo el primer acto? (Se ríe como un cerdito.) ¡Qué inocente eres! Claro que tienes sólo el primer acto. Mi padre me dejó sólo el primer acto en su testamento. El resto de actos los tienen mis familiares. Fue un reparto justo. Tía Martirio el segundo o fue el tercero, no sé. Da igual. ¡A callar todo el mundo! ACTRIZ 2.- Si no estábamos hablando. Sólo hablaba usted, señor Director. ACTRIZ 1.- Di mejor que hablaba solo. Yo, por lo menos no le escuchaba. DIRECTOR.- ¿Qué dices? ACTRIZ 1.- (Con recochineo.) Nada, señor director. (Aparte.) Si no fuera porque no tengo un duro y me hace más falta que a un perrillo chico tirao en la calle. Me cago en la mar salá. DIRECTOR.- Vamos a ensayar. ACTOR .- Señor Director, y cómo vamos a ensayar si tan sólo contamos con un acto. Una obra con un solo acto queda un pelín escasa. ¿No cree el señor director general? DIRECTOR.- No te falta razón, hijo mío. Por algo eres el actor principal. ACTRIZ 1.- Y porque no hay más papeles masculinos en TODO EL PRIMER ACTO. DIRECTOR.- Eso también es cierto. Atenderme bien, para que luego no digáis que no me habéis entendido: es tan bueno el primer acto, por ser el que da comienzo a la obra que estoy seguro que con un acto único llenamos el día del estreno. ACTRIZ 2.- Pero… ¿cobraremos los ensayos? DIRECTOR.- (Hinchándosele la vena del cuello.) ¿No tenéis bastante con un diez por ciento de los beneficios de taquilla? Esto me pasa por no contar desde el principio con actores profesionales. ACTRIZ 1.- Eh… echa el freno, Madaleno. Que llevo de actriz siete veces más que tú de director. Que no quería faltarle al respecto pero me ha quemao. Yo cobro los ensayos y punto, y en lugar de ser un diez que sea un cinco, (aparte) total, pa la gente que va a venir. DIRECTOR.- No voy a discutir más. Lo habláis con el administrador. RESTO DE LA COMPAÑÍA.- Vale. ACTRIZ 3.- ¿Quién es el administrador? DIRECTOR.- Yo mismo, (se alborota la compañía) pero de 16 y 22 a las cinco en punto. ¡Vamos a ensayar! ACTRIZ 1.- Venga, rapidito. A ensayar to el mundo. DIRECTOR.- (Con una sonrisa en su boca y retorciéndose el bigote.) Así me gusta, con ilusión, (se levanta, se quita el sombrero de arqueólogo) con ganas, con ímpetu, con alegría… ya oigo los aplausos del público… Ahhhhh, bis, bis, bis….bravo, bravisimo… Viva el director don Ceferino Santos Fernández, viva su estreno como director… CEFE, CEFE,… (Risitas por parte de la compañía, se tapan la boca unos a otros. El director se sienta, abre su libreto de un par de páginas.) Venga a ensayar. ACTRIZ 2.- Y el trabajo de mesa, ¿cuándo lo hacemos? ACTOR.- Sí, sin trabajo de mesa no se puede ensayar, no sabemos ni de qué va la obra. DIRECTOR.- (Muy sorprendido.) Ah, sí… el trabajo de mesa. ACTOR.- El estudio previo de la obra. ACTRIZ 2.- Y el calentamiento vocal. ACTRIZ 3.- Y el calentamiento corporal. DIRECTOR.- Basta ya. Aquí no se hace calentamientos ni ningún tipo de guarrerías. Con respecto a lo de trabajar la mesa os diré, dos puntos: que la obra ACTRIZ 1.- El primer acto. DIRECTOR.- Repito, dos puntos: o punto y coma; ja, ja, qué gracioso soy. (Mira al resto. Estos se percatan de que el jefe ha hecho una gracia y se ríen forzosamente.) Como iba diciendo, dos puntos: el primer acto, me lo legó mi padre, que a su vez se lo legó su padre, que a su vez se lo legó su abuelo,… y así sucesivamente hasta llegar un par de siglos después del Medievo. La obra en sí, es… puntos suspensivos, una parodia de Benavente escrita por mi ilustre antepasado don Leandro Fernández de Moratín y otras yerbas. ¿Conocéis a mi tatatatatatatatatarabuelo no? RESTO DE LA COMPAÑÍA.- Síiiiiii. DIRECTOR.- Todo el mundo de la crítica y la escritura teatrales odian bastante a don Jacinto Benavente, entonces, mi antepasado Leandro Fernández decidió, basándose en una obra suya que lleva por título El sí de las niñas hacer una parodia en donde se burlase de Benavente, como venganza personal y pública. De aquí que el galán estropeado de la obra se llame así. ACTRIZ 3.- ¿Así, cómo? DIRECTOR.- Benavente, hija mía, qué cortita eres. (En ese momento entra sin llamar el manitas del teatro, se queda escuchando al director, que se ha puesto en pose de director interesante y hace como que no le ha visto.) Ya está todo dicho, a ensayar ahora mismo. Venga, abrid el libreto y a ensayar. Tú eres Benavente, tú María Encarnación Magdalena, tú Dulce Nombre de María del Sagrario y tú María a Secas. ¿Queda claro? Usted, ¿quién es? EL MANITAS.- El chapuzas de iluminación, electrónicas y otras artes de la ingeniería del teatrillo y por lo que veo ustedes son esos que tienen que ensayar en el camerino supletorio por falta de presupuesto. ¿Cómo van los ensayos? (Se rompe otra bombilla. Todos dan un gritito y el DIRECTOR se sube encima de su silla.) No se asusten, ven. (Quita la bombilla rota y pone otra que lleva en el bolsillo.) Arreglado. Me marcho. Si vuelven a tener otro incidente avísenme. ACTRIZ 1.- Podrías quedarte… con nosotros, estamos tan solitos aquí. Con esas bombillas tan peligrosas. Tengo el cuerpo encogío de tanto miedo. Anda, quédate, pichón. EL MANITAS.- Un cuerpo serrano como ese no puede pasar miedo. Además, si me lo pides tan cariñosamente, yo por mí, me quedo de guardián del castillo si hace falta. ACTOR.- Será descocada. ACTRIZ 2.- Un poco guarrilla sí que es. ACTRIZ 3.- Es un mujer liberal, como se lleva ahora en estos tiempos. ACTRIZ 1.- Sin faltar. Que como se me pongan los nervios agarraos al estómago estoy dando guantazos a todo er mundo hasta en el carné de identidá. DIRECTOR.- Aquí no se falta a nadie. Si quiere sacarse de novio al ilustre ingeniero de iluminación a mí me parece correcto, siempre que no se hagan arrumacos en el ensayo. La muchacha ha de pescar a algún buen mozo para que la retire de los escenarios. ACTRIZ 2.- Antes tendrá que pisarlos. ACTRIZ 1.- Maldita sea tu sangre. EL MANITAS.- Por que eres una mujer, que si no, nos salíamos a la calle y arreglábamos esto a... ACTOR.- Paz, tranquilidad y armonía. EL MANITAS.- Tú a callar, que eres un hombre y a ti sí te doy de guantazos. (Estalla otra bombilla. La actriz uno se sube en los brazos del Manitas, el director en la silla y los demás dan un salto para atrás.) DIRECTOR.- Déjelo estar. Con esta iluminación está bien. Además la escena comienza al atardecer, así que no es necesaria mucha luz. Usted se va a quedar aquí para protegernos a todos de las bombillas asesinas y de paso me lee las acotaciones que no tengo quien lo haga. EL MANITAS.- Me parece bien. Pero...¿voy a cobrar algo? DIRECTOR.- Eso se lo pregunta luego al administrador. (Pausa.) Empecemos a ensayar. (El actor saca una botella de agua y comienza a hacer gárgaras, el director le quita la botella.) DIRECTOR.- No haga esas guarradas en público. Que poco respeto. A ensayar he dicho. (Se sienta en su silla de director.) Primer acto: En el convento “ Nuestra Señora de las Alcantarillas de Almendralejo de Enmedio “ están recluidas tres encantadoras hermanitas: María Encarnación Magdalena, Dulce Nombre de María del Sagrario y María a Secas. Reciben una cuidadosa y esmerada educación con el fin de ser buenas esposas. Hace un día soleado, los pájaros cantan. Por un ventanuco se asoma María... María: Acercaos hermanas, que llega mi amado en su corcel montado. Encarnación: ¿Estará hoy también resfriado? Dulce: Tanto si lo está como si no, siempre viene atolondrado. ¡Vaya caballero que te has echado!. ( Se callan las tres al ver que Benavente baja del caballo) Benavente: Querida. ¡ Cuánto tiempo ha pasado!,¿ Vos de mí os habéis acordado?. María: Qué preguntas tenéis, ¿es que acaso no me veis?. Estaba impaciente, no podía dormir. Parecía un penitente. Era un sinvivir. Benavente: Estad tranquila, yo sólo pienso en vos. Y como veis he venido aunque me entre la tos. ( Y tose de forma forzada). Y ahora escuchad, que os he escrito un poema, lo hice anoche con la sangre de mis venas: Vos bella flor de jazmín, Que entre los campos de rosas, Vos sois la más hermosa, De las flores en abril. Zurcida de blanca seda Vuestros pétalos delicados, Ardiente mi corazón, Del amor que me habéis dado. Vos bella flor de jazmín, Que entre los campos de rosas, Vos sois la más hermosa De todo Almendralejo de Enmedio. (Interrumpe Dulce Nombre de María del Sagrario y dice riendo) Dulce: Me parece, galán entumecido, que ese último verso os ha salido torcido. Encarnación: Si estuviese torcido se podría arreglar, lo que ocurre es que el poeta ya no sabe rimar. Benavente: Creo que tenéis ambas razón, pero la causa de mi error es que tengo cascadas en los ojos. Dulce: Lo que estáis es algo flojo. María: Serán cataratas amado, otra vez os habéis equivocado. Benavente: ¿Me lo podéis repetir? Sabéis que estoy algo sordo. Dulce: No hombre. No estáis gordo. Benavente: Sí lo estoy, como una tapia. María: Callaos, que me hacéis gracia. (De repente se pone muy seria y cambia el tono de voz). Os tengo que decir algo, algo que lamentaré. Antes del mes de marzo con un viejo me casaré. Él es rico, calvo y honesto, a París iré de luna de miel. Yo no me conformo con esto, pero tendré que serle fiel. A pesar de que yo os quiero, mis padres me van a casar y como a ellos venero su decisión no la puedo derogar. Benavente: No puedo oír tales palabras, casi me echo a llorar (dice mirando al público y haciendo pucheros). El corazón se me amarga, ¿Me lo volvéis a explicar?. María (a modo de pregón de pueblo):Que por orden de mis padres en primavera me van a casar, con un hombre respetable por dinero y algo más. A pesar de que yo os quiera, no me puedo negar. Aunque el corazón os partiera , luego os lo podéis pegar. (Y le tira una flor que lleva en el pelo ) Benavente: A Dios pongo por testigo que con vos me he de liar, disfrazado de mendigo a ese viejo he de matar. Y me marcho con dolor, y me voy enamorado. Esta flor que me habéis dado ha reavivado mi amor. Nos veremos dulce dama, nos veremos mon amour. Ahora me voy a la cama , que ya me ha entrado el ardor. Llevando la flor en la boca se marcha, se oye trotar al caballo. María entra a coser, deja abierta la ventana. Y empieza a llorar... María: Yo, ¿qué he hecho?. Decidme hermanas. ¿ Es que acaso soy una marrana? Dulce: No hija, pero a lo hecho pecho. ( Dice mirándola de arriba a bajo con desprecio). Nos marchamos de jarana o esperamos a mañana. María: Prefiero tumbarme en el lecho. Se tumba, se queda medio traspuesta pero con la oreja puesta. Dulce Nombre de María del Sagrario y María Encarnación Magdalena se sientan en unas sillas que están situadas cerca de la ventana. Dulce: Esta hermana que tenemos no hace más que protestar, tiene amante, marido y casa , y aún se echa a llorar. Encarnación: No la entiendo. ¡Ojalá estuviese en su lugar! Dulce: Tú que sabes, inocente, mira que eres vulgar. Una dama como ella siempre debe protestar, si no finge que la duele se podría molestar. Encarnación: ¿Quién se molesta?, ¿a quién le puede importar? Dulce: A nosotras buena imagen tiene que dar. Así que en un futuro amante y marido tendrás. Encarnación: Qué alivio, qué alegría, solterona no me voy a quedar. Y para colmo de todo a dos voy a disfrutar. El viejo me dará dinero, viviré como una reina, y por la noche impaciente esperaré a que mi amante venga. Dulce: Eso es hermanita, lo has comprendido. Vete ya a la cama que hasta el búho se ha dormido. Encarnación: Buenas noches Dulce Nombre de María del Sagrario, gracias por tu consejo, y ten en cuenta que le sacaré buen provecho. Fin del primer acto. Laura Crespillo (Málaga, 1976) es Licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la UCM y en Dramaturgia por la RESAD. Asimismo, es la directora de la Compañía Teatral La Buena Letra, para la que ha realizado montajes teatrales de obras adaptadas por ella misma para niños (Hamlet, el príncipe de Dinamarca, El avaro, La vida es sueño, el nuevo patito feo, Ulises y Penélope… ). Poemas
Por Rafael-José Díaz
Empiezan a caer algunas gotas. Creo que es la tercera vez que estoy aquí. Hay una casa abandonada entre montañas, una atarjea intacta, rocas junto a un precipicio. Cae también la noche. Abajo, en una cancha de tenis, juega un niño con su padre. No soy yo; lo sería si alguien dijera este poema veinte años atrás: ahí, en esa misma cancha, llegamos a jugar mi padre y yo algunos sábados: hastío o seducción de horas extraviadas. Debemos empezar ya a bajar el sendero hasta el aparcamiento: no somos búhos para abalanzarnos a través de la noche sin tropezar con nada. Al subir, hace una hora, parecíamos Carlos y yo dos seres legendarios ascendiendo a la luz desde el infierno: ya la luz se ha marchado y ahora somos dos sombras. Hace más de veinte años subí aquí: vi la casa, no sentí vértigo alguno al mirar hacia abajo, no sabía: era un niño. Y aquel niño miró hacia otra montaña que, escondida detrás de la primera ya ganada daría paso a otras más, ¿y así hasta dónde?, y deseó seguir aquel sendero en compañía de un niño aún sin rostro y correr sin parar y descorrer las cortinas que todo lo ocultaban: la luz, la tierra, el aire, el fuego, el agua. Siguen cayendo gotas sin mucha convicción, y ya es noche cerrada. Rafael-José Díaz (Santa Cruz de Tenerife, 1971) es poeta y traductor. Ha publicado tres libros de poesía: El canto en el umbral(1997), Llamada en la primera nieve (2000) y Los párpados cautivos (2003). El poema que reproducimos es inédito. |
Editado por
Yaiza Martínez
Poeta y narradora, Yaiza Martínez es Licenciada en Filología Hispánica (UCM). Libros de poesía: Rumia Lilith (2001), El hogar de los animales Ada (Editorial Devenir, 2007) y Agua (Ediciones Idea, 2008). Es también autora de la novela Las mujeres solubles (Lulu.com, 2008). Poemas suyos han aparecido en diversas publicaciones como El signo del gorrión, Vera, Los noveles o ABC Cultural. Ha traducido El Señor de Ballantrae de R. L. Stevenson (2005) para la editorial Marenostrum. Ha ejercido la crítica literaria en la revista Reseña. En la actualidad es traductora y redactora-jefe de la revista de Ciencia y Humanidades Tendencias21.
Programa de radio “Un surco de tinta"
Libros de Yaiza Martínez
Archivo
Últimos apuntes
Enlaces
Artículos recomendados
![]() Crea tu insignia |
|
Blog literario de Tendencias21
Tendencias 21 (Madrid). ISSN 2174-6850 |
|





