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LITERARIA



Bitácora

María Zambrano.
Conferencia de Yaiza Martínez dictada el 8/3/2017 en el IES Juan de Aréjula de Lucena (Córdoba) en el marco del programa "Conocer a los clásicos" del Ministerio de Educación y Cultura.


En 1957, exiliada en Roma, María Zambrano escribía en una carta al poeta español de la Generación del 27, Jorge Guillén:

“Cuando lo conocí [a Miguel Pizarro] yo era una niña y él un joven brillante y lleno de cualidades que yo admiraba, y él me llevó al mundo de la poesía y de la belleza. Mi Padre me había llevado siempre por el camino de la filosofía. Yo he buscado la unidad, la fuente escondida de donde salen las dos, pues a ninguna he podido renunciar”.

Abro la siguiente conferencia con este párrafo porque me parece clave para ilustrar cómo se conjugan, en el pensamiento filosófico de María Zambrano, poesía y filosofía, diríase que para llegar a la verdad sin agotarla, como siempre abriéndola más, en lugar de cerrarla en rígidos conceptos.

Tiene así Zambrano una actitud de indagación y conocimiento que podríamos describir como “amorosa”, porque se sitúa entre el asombro o devoción, y la cuidadosa atención hacia todo lo que se observa, hacia todo sobre lo que se habla.

En 1950, en el prólogo de su libro Hacia un saber sobre el alma [1], la propia Zambrano dirá que siempre se sintió más encadenada a las “razones de amor” como medio de conocimiento, suponemos que en contraposición a la razón racionalista o a la lógica de la filosofía moderna dentro de las que ella misma se había formado.

Pero en el amor empieza todo para Zambrano, como si el conocimiento no pudiera desligarse de él. Como ella misma explica en su carta a Guillén: por un lado, en la poesía la introduciría el hombre al que la propia Zambrano definió como su “gran amor”, su primo Miguel Pizarro. Y otro de sus seres queridos, su padre, el pedagogo y también filósofo Blas José Zambrano, la acercó a la filosofía, a la que la pensadora dedicaría toda su vida.

Dado que hoy es 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, que por cierto se celebra desde 1911, haré un inciso aquí para decir que Zambrano no es la única mujer brillante de la historia que pudo desarrollar sus aptitudes gracias a un contexto propicio, amoroso, en el que su derecho a saber fue reconocido y cuidado.

Hallamos esta misma circunstancia en otras mujeres que –con el viento en contra, por los usos y costumbres de su época- también lograron estudiar, publicar, investigar, desarrollarse intelectualmente y, en última instancia, brillar por méritos propios en sus campos.

Así, encontramos, por ejemplo, a la francesa medieval Christine de Pizan que, con ayuda de su padre, llegó a convertirse en la primera escritora profesional de la historia (en 1405 publicaría La ciudad de las damas, considerada la primera obra feminista) o a la filósofa, astrónoma y matemática del siglo III, Hipatia, que pudo formarse gracias a que su padre era director de la Biblioteca de Alejandría. Eso por nombrar solo a un par de ellas. Pero volvamos a Zambrano.

¿Quién fue María Zambrano?

El 22 de abril de 1904 nace en Vélez-Málaga la filósofa y ensayista María Zambrano. Fue hija y nieta de maestros. Ya a los cinco años comienza a moverse por la geografía española, allá donde su padre era destinado. Desde esa edad parece que cambiar de lugar de residencia sería uno de sus designios.

En 1908, la familia se traslada a Segovia y, posteriormente, a Madrid, donde Zambrano pasa su adolescencia y donde nace su hermana Araceli, según sus propias palabras, “la alegría más grande de su vida”. A Araceli dedicará Zambrano, muchos años más tarde, el libro Claros del bosque.

En 1913 comienza a estudiar bachillerato en Segovia, donde era, junto a otra compañera, la única chica del instituto (inciso: hace solo unos días ha sido declarada Hija Adoptiva y Predilecta de esta ciudad). En 1921, ya en Madrid, se matricula en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad.

En sus años universitarios, María Zambrano conoce al filósofo y ensayista Ortega y Gasset, profesor, amigo y creador del concepto de “razón vital”, que se contrapone al de la “razón abstracta” del racionalismo clásico.

Entiende Ortega que la razón ha de ser un instrumento al servicio de la vida y no algo ajeno al mundo vital, como propusiera primero Platón –que lleva la razón al mundo de las ideas- y después Descartes, que sitúa el pensamiento, y no la vida, como eje de la existencia con su célebre máxima “pienso luego existo”.

Así que aquí ya vamos viendo varias “razones” como métodos de acercamiento y comprensión de la realidad, y como antecedentes del pensamiento de María Zambrano.

Defensora de la República, cuando los franquistas ganan la guerra, Zambrano tiene que exiliarse. Sale con su familia de España hacia Francia el 28 de enero de 1939 y después, con su marido diplomático, Alfonso Rodríguez Aldave, viaja a París, México, Nueva York y La Habana. Durante este periplo sigue escribiendo, publicando, enseñando y dando conferencias.

Debido a la II guerra mundial, Zambrano no puede reunirse con su madre enferma y su hermana Araceli (el padre ya había muerto), en un París ocupado por los nazis. Cuando por fin lo consigue, llega tarde, su madre ya ha fallecido y su hermana Araceli está al borde de la locura.

A partir de 1947, las hermanas Zambrano vivirán juntas, hasta la muerte de Araceli, en 1972. Lo harán en diversos lugares del mundo: París, Cuba, México, Roma, etc. Finalmente, tras más de 50 años de exilio, María Zambrano regresará a España, ya sola. Corría el año 1984.

En los años ochenta llegan los reconocimientos oficiales: Zambrano fue Premio Príncipe de Asturias en 1981, fue nombrada Hija Predilecta de Andalucía en 1985; en 1987 se constituye en Vélez-Málaga la fundación que lleva su nombre y, en 1988, recibe el Premio Cervantes. Muere en Madrid el 6 de febrero de 1991.

Según los expertos, esta trayectoria vital se correspondería con tres periodos en la obra de Zambrano: una primera etapa de formación, en la que se gesta su “razón poética’, de la que voy a hablar a continuación; el tiempo del exilio, donde desarrolla un pensamiento vinculado a la problemática histórica del momento; y la última etapa, tras el regreso a España, caracterizada por una actividad intelectual “incansable” [2].

Razón poética para todas las zonas de la vida

Como hemos dicho, en el siglo XX la filosofía europea –en la que Zambrano se forma- está impregnada del racionalismo de origen cartesiano que, grosso modo, acentúa el papel de la razón en la adquisición del conocimiento, en contra del papel de la experiencia y de los sentidos. Descartes aseguraba que solo por medio de la razón se podían descubrir ciertas verdades universales.

En este contexto, Zambrano busca otro tipo de razón. Lo hace porque se da cuenta de que, como escribe en Claros del bosque, “la vida del hombre, por muy consciente que (este) sea y por muy amante del conocer, no está empleada continuamente en la lógica” [3].

Para Zambrano, el ser humano no es un “sujeto cartesiano” sino un “hombre-organismo”, que se construye a partir de “la ruina del anhelo, de la avidez, de la esperanza originaria” [4], esto es, a partir de las emociones que nos unen a la vida y hacen que en ella perduremos, resistamos, busquemos la supervivencia.

Por tanto, este hombre-organismo, que es mucho más que únicamente lógica o razón, podrá alcanzar conocimiento solo con un método distinto al de la razón racionalista; con un método que se haga cargo “de esta vida, al fin desamparada de la lógica (…)”; un método que abarque, en definitiva, “todas las zonas de la vida”.

¿Cómo sería ese método? ¿Con qué medio cuenta el ser humano para acercarse a la vida, a su complejidad? ¿Cómo se puede nombrar la vida para conocerla (puesto que el lenguaje es conceptualizar para conocer) y, al mismo tiempo, no traicionarla reduciéndola a conceptos?
Cree Zambrano que nombrar sin reducir es posible gracias a la palabra poética, modo del lenguaje más cercano a la revelación de las verdades que a la conceptualización de las verdades, por lo tanto, más capaz de mostrar las verdades sin someterlas a la rigidez o a la congelación ideológicas.

Así, para Zambrano, el poeta o la poeta es aquella que “ama la verdad no excluyente” [5], es decir, que nombra lo que observa, lo que se aparece, sin la propensión a limitarlo “violentamente”, de manera definitoria, sino más bien abierta, polisémica; mostrando verdades mientras las menciona.

A continuación, como si bebiera de ese venero, de ese contenido simbólico que el lenguaje poético despliega, la razón podría desentrañar esas verdades para mostrarlas sin cerrarlas, y así seguir fiel a la vida y su “discontinuidad” [6]; esa discontinuidad que Zambrano describe en Claros del bosque como:

“(…) imagen fiel del vivir mismo, del propio pensamiento, de la discontinua atención, de lo inconcluso de todo sentir y apercibirse, y aún más de toda acción”.

De esta forma, trata Zambrano de crear una metodología de aproximación a las cosas para conocerlas –el método de la razón poética-, que describirá –breve y poéticamente- en Claros del bosque [7]. Dicha metodología de la razón poética exigiría lo siguiente:

“Hay que dormirse arriba en la luz. Hay que estar despierto abajo en la oscuridad intraterrestre, intracorporal, de los diversos campos que el hombre terrestre habita: el de la tierra, el del universo, el suyo propio”.

Sería este un método que, por tanto, incluiría la claridad (razón) en la que debemos dormir, puesto que pareciera que la luz tiene dos caras. Una de ellas, ciertamente, puede generar conocimiento sobre un objeto específico, sobre el cual se enfoca. Pero la otra cara dejaría en la sombra al resto de las cosas. Por tanto, es importante conocer con la razón, sin olvidar que el resto de lo conocido también espera, existe y, sobre todo, convive con eso que estamos conociendo.

Asimismo, sería necesario dormirse arriba en la luz para dejar que la revelación se produzca, no solo ir en busca del saber haciendo un esfuerzo racional, sino ser capaces de esperar a que ese saber venga de abajo, de los “ínferos del alma”, de la discontinuidad, de lo vivo.

Por eso, propone la filósofa, estar despiertos en la oscuridad del cuerpo propio, del de la Tierra, del cosmos, porque es en ellos donde habitamos, de donde verdaderamente podemos aprender, tal vez porque el verdadero aprendizaje radique solo en la vivencia.

Así, este “método de la razón poética” reuniría razón y experiencia, y sería una fuente fidedigna de sabiduría y de conocimiento. El lenguaje poético cobraría en él una especial relevancia porque permitiría exceder la “lógica”; expresar la manera en que la “inteligencia y el corazón unidos forman un solo ser que late” [8], y conoce. No olvidemos que, etimológicamente, el término griego poiesis, origen del término “poesía”, significaba a un tiempo intuición reveladora y creación a través de la palabra.

En definitiva, la “razón poética” sería un modo de acercamiento racional a la realidad para conocerla, no excluyente de las zonas “no lógicas” de la vida; que tendría el lenguaje poético como medio de expresión y de comprensión, pues este lenguaje permite acercarse al fluido propio de la vida, y conservarlo además en el discurso.

Según Zambrano, el ser humano podría recuperar, gracias a esta razón poética, “otros medios de visibilidad que su mente y sus sentidos mismos reclaman por haberlos poseído alguna vez poéticamente” [9]; podría retomar formas de conocimiento que ya existían antes de que Platón señalase en La República que la poesía va en contra de la verdad [10].

En coherencia con estas ideas, en la investigación y expresión de María Zambrano, en sus libros –especialmente, en Claros del bosque y De la aurora-, a menudo encontramos un lenguaje metafórico para expresar la indagación filosófica. También encontramos la musicalidad y el ritmo propios de la imaginación “poética”.

De esta forma, en la obra de Zambrano: “la palabra se encarna en la imagen y la razón fertiliza en el símbolo para lograr la finalidad anhelada: engendrar los ínferos y dar luz en la conciencia”, advierte la también filósofa Chantal Maillard [11].
Yaiza Martínez
Jueves, 8 de Junio 2017



Bitácora

El jardín hambriento, Isel Rivero
Para sumergirnos y acceder a otros mundos, debemos cambiar los cristales ópticos. Esta es la propuesta implícita en El Jardín hambriento, de Isel Rivero. Para ello, se parte de la memoria humana y de la conciencia de la propia muerte.

Pero se afinan como nunca el oído y la atención hacia el pasado, el futuro, el cielo estrellado y el jardín lleno de vida susurrante, susceptible de ser transcrita como en runa; aunque no pueda ser del todo reducida a concepto, a través del lenguaje. Y, sin embargo, siempre ese hambre del transitar y del nombrar en tránsito (que debe hacerse, el tránsito, con algún sentido).

Digo que se afinan como nunca el oído y la atención porque el impulso de El jardín hambriento es primigenio y creacional; una búsqueda de construcción de base, de lectura del mundo, del tiempo, de la memoria, para generar un “documento” que, aun siendo del todo inaprensible como aquello que nombra, en parte se comprenda.

Diría que ese documento es una partitura, dada la musicalidad del texto. Pero no solo. En la palabra de Isel Rivero continúa la revelación inabarcable de lo que nos rodea, de lo que nos conforma.

Sigamos con el afinamiento de la percepción que convierte a la naturaleza en fuente de significado. Por un impulso creacional, por una necesidad de crear sentido, este jardín hambriento combina elementos distantes para generar imágenes plenas de significación (el cosmos se desplaza/compitiendo con el polvo y la hojarasca; o el zumbido del abejorro reposa en el pecho).

De este modo, Rivero logra hacernos oír cómo todo susurra la espera del que consulta las estrellas (siempre somos quien observa y lo observado); cómo los olmos suspiran a veces… y nos hace partícipes de algunas verdades que nunca sabremos con certeza si conforman o no la realidad (porque, como he dicho, su lenguaje es runa y silencio y música, no conceptualiza).

Hace pensar este libro que, quizá, la única seguridad que tengamos es nuestra perpetua necesidad de transitar así, significativamente, por el camino rojo de la memoria sobre el que al final nos tumbaremos, hasta que nuestros sentidos se apaguen.

El jardín hambriento nos muestra un medio para esa forma de caminar: la escucha humillada del “idioma” de las cosas, entes vivos que “hablan” para quien se aproxime a su esencia, a su vibración o musicalidad significativa. Nos recuerda, asimismo, que es igual de imposible acercarse del todo a lo vivo que sustraerse a ello porque lo somos.

También cumple su propuesta inicial: transforma los cristales ópticos; nos permite conocer por vivenciar de nuevo, acceder así a otros mundos (que están en este). Tal es la destreza de Rivero. Fuera-dentro de nosotros se encuentran la naturaleza, el camino rojo, la muerte, la historia de la humanidad; y el mismo jardín hambriento de canto, un canto que emerja de todo y para todos; y que también a nosotros nos meza y acompañe, de principio a fin.
Yaiza Martínez
Lunes, 5 de Junio 2017


Editado por
Yaiza Martínez
Yaiza Martínez
© Mamis & Mimos
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