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NEGOCIACIÓN
Continuamos hablando del relativismo, pero esta vez será cuestión del relativismo moral desde una perspectiva biológica.
Hay que decir dos cosas sobre las explicaciones causales de los comportamientos humanos en términos de actividad cerebral y de evolución biológica, tan de moda desde hace unas décadas: 1) Que esas explicaciones son siempre incompletas e imperfectas y se quedan a medio camino. 2) Pero que al mismo tiempo vierten una apreciable claridad sobre los fenómenos que intentan explicar.
Biólogos y neurólogos han invadido el territorio de filósofos (y por supuesto de los teólogos). Con razón a veces y también sin ella. Están en la mente de todos los nombres de autores como Antonio Damasio o Jean-Pierre Changeux. Aportan muchas e innegables clarificaciones , disipan seguramente frecuentes zonas de sombra y confusión en el lenguaje de filósofos y psicólogos; pero también es demasiada su audacia y son demasiado elementales cuando salen fuera de sus áreas de competencia. Los profesionales de la Filosofía no suelen poseer bases científicas muy profundas, pero han hecho algo más que leer superficialmente a Hume o a Spinoza, como sucede a algunos “neurosqué”.
Mi opinión personal es que no hay que confundir las proteínas con el espíritu, o para ser más claro, no me resigno a reducir el espíritu a proteínas. Lo explico de manera sencilla. No reduzco un poema a la tinta con la que están escritas las palabras que lo componen. Manchas de tinta y letras es también un anuario de teléfonos. En algo muy real difieren, y eso es la forma. La forma no es reductible a la materia.
Dicho esto, también es verdad que no hay edificio sin ladrillos, ni poema sin manchas de tinta; aunque edificio y poema sean algo más que ladrillos y tinta. No hay pensamiento, ni ideas, ni emociones, ni respuestas sin neuronas, ni sin electroquímica del cerebro.
Hablaremos pues de esta biología indispensable para ilustrar la actitud de espíritu que llamamos relativismo moral.

Actividades del cerebro para la formación de los juicios morales.

Vamos a comentar a la manera de la filosofía analítica, pero sin aparato lógico-formal, los procesos mentales que dan lugar a un juicio moral.
Distingamos primero entre enunciados universales o normas morales tales como
“abortar es condenable”, y por otra parte enunciados morales singulares que se refieren a un hecho particular como sería: “el conocido aborto de la niña brasileña de nueve años merece la excomunión”.
Examinemos diferentes tipos de enunciados que emitimos en la vida ordinaria, por ejemplo delante de una pantalla de televisión.
1. “La pantalla del televisor que tengo ante mis ojos es rectangular”
Comentario: Este no es un juicio moral. Este enunciado corresponde a la percepción sensorial de la pantalla que tengo ante los ojos. A ella mi cerebro asocia o conecta una categoría, “la rectangularidad”, que es una memoria declarativa, que a su vez corresponde a una estructura de subred neuronal.
2. “El atentado terrorista que veo en la pantalla es espantoso”
Comentario: Tampoco he formado aún un verdadero juicio moral. Es como si dijera “la serpiente que veo entre las hojas de los árboles es aterradora”. Falta la calificación moral. A la percepciones de la serpiente y del atentado se le asocian estados emocionales y después los vocablos o memorias emocionales correspondientes. La percepción de estas situaciones no es emocionalmente neutra como la recepción de fotones por una máquina fotográfica. La cámara no se conmueve por los inputs que recibe. El cerebro humano puede estremecerse ante la percepción de un objeto estético, ante una serpiente o ante los hornos de Auschwitz. El cerebro colorea sus percepciones con emociones más o menos intensas, de polaridad positiva o negativa. (Esa es la función del sistema límbico, y particularmente del complejo amigdaliano). ¿Y cómo lo hace? La percepción es internalizada. Es decir, referida al Yo, como no lo es la percepción de una pantalla rectangular ni la de la fórmula del teorema de Pitágoras escrita en un papel. Referirla al Yo significa excitar la parte más profunda y arcaica del cerebro, el sistema límbico y, por vía descendente, gran parte del soma mismo, movilizando la hipófisis, el corazón, el estómago, el aparato respiratorio, las suprarrenales, etc.
3. “El atentado terrorista que veo en la pantalla es un crimen execrable”.
Comentario: Aquí tenemos ya un juicio moral.
Habrá alguien que diga, al contrario, que es un acto heroico. “Crimen execrable” o “acto heroico” son dos categorías que ponen de manifiesto otras nuevas asociaciones, las de configuraciones neocorticales donde se alojan las normas sociales de comportamiento. Las reglas morales interceptan el camino que parte de las emociones al comportamiento.
En efecto, el enunciado “el atentado terrorista que veo en la pantalla es un crimen execrable” supone en todo caso la pre-existencia de una premisa moral, un estándar ético o norma moral -por ejemplo “no matarás”- que desaprueba (o aprueba) el acto de terrorismo. Para dos sujetos, el que enuncia “crimen”, y el que enuncia “acto heroico” se trata originariamente de la misma escena en la televisión. Las categorías morales asociadas serán diferentes porque son diferentes las programaciones almacenadas en los dos cerebros.

Nota: Para algún detalle más pueden consultarse en este mismo website, apoyando Control+click:
www.tendencias21.net/El-cerebro -es-una-maquina-imperfecta_a1814.html
www.tendencias21.net/negociacion/Como-es-que-nos-dejamos-seducir-1_a18.html

Una situación del entorno puede provocar en un cerebro emociones encontradas y conflictivas que sólo se resolverán en la posterior etapa neocortical de dicho proceso.
Se sabe desde hace tiempo que si se rompe la conexión del límbico con la zona prefrontal, se rompen también las inhibiciones morales. Lo evidencian ciertos comportamientos aparentemente amorales observados por neurocirujanos en sus pacientes tras ciertas intervenciones en el cerebro.
Suele citarse la experiencia realizada en el hospital universitario de Iowa. Varios pacientes con una lesión cerebral en la corteza prefrontal fueron confrontados con la pregunta-test: ¿Arrojarías al mar a una persona gravemente herida para que pueda mantenerse a flote tu canoa salvavidas al aligerarse el peso? La respuesta de cada uno de ellos, sin dudas ni inhibiciones morales, fue “lo arrojaría al mar”. Basta, por consiguiente, una disfunción cerebral bien identificada para que desaparezca el sentido de lo moral. El problema queda planteado.
Son también significativas unas experiencias realizadas en la universidad de Zürich en 2006. Al someter la corteza prefrontal a un campo magnético intenso, perdieron los sujetos todo sentido de justicia y corrección ética.
Las experiencias de Iowa y Zürich ponen de manifiesto hasta qué punto el funcionamiento de la mente depende de la materia . Hay por consiguiente razones biológicas para sostener la idea de la fragilidad de nuestros juicios morales, a causa de la influencia de las emociones e intereses en la fase límbica del proceso. La dependencia de la biología fragiliza el proceso, sin duda, de la misma manera que un fuerte dolor de cabeza no nos deja pensar. Pero que se implique el concurso de la materia, no legitima la extrapolación. Razonando en pura Lógica Formal, implicación no significa equivalencia.
Concluimos:
1. El juicio moral tiene un origen emocional. Por tanto es volátil como las emociones y constituye una mala base para fundar dogmatismos de cualquier especie. Desde un punto de vista biológico no se justifican los juicios absolutos de moralidad.
2. El juicio moral lleva implícita la aplicación de un estándar de moralidad como premisa mayor de un silogismo implícito. Es únicamente en esos estándares y premisas donde habría que buscar los fundamentos de objetividad y universalidad en caso de que existiesen.

ESTANDARES MORALES

Según Kant, Dios ha grabado el imperativo categórico, la forma a priori de todas las leyes morales, en lo más recóndito de cada ser humano. Kant escribió en su Crítica de la Razón Práctica:
“Dos cosas me llenan el alma de una admiración cada día mayor: la contemplación de un cielo estrellado por encima de mi cabeza y la ley moral en el interior de mí mismo. El espectáculo del espacio inmenso lleno de mundos, aniquila mi propia importancia y me hace comprender que soy una criatura animal, un soplo efímero de vida en este grano de polvo que es nuestro planeta en la inmensidad de los mundos. Por el contrario, la existencia de una ley moral en el fondo de mi mismo, eleva infinitamente mi valor, lo libera de la animalidad, y me lanza a una vida más allá de las estrellas, abierta al infinito”.

Moralidad y evolución

¿Es realmente necesario ir más allá de las estrellas para buscar los fundamentos de la moralidad? ¿No pudieran ser los estándares morales el resultado de mecanismos de la evolución de las especies, concretamente de la selección natural?
Darwin , cuyo centenario celebramos este año, intentó explicar el comportamiento humano de sacrificio propio desde el punto de vista biológico, en un libro menos conocido, The Descent of Man. Darwin fue el primero en postular que el altruismo puede ser explicado en términos de evolución mediante la ley de selección natural aplicada al grupo.

¿Existe el altruismo en los animales inferiores?

Entre seres humanos ser altruista significa actuar conscientemente con la intención de ayudar a otro. Para los biólogos son comportamientos altruistas los que benefician a otros organismos aún a costa propia. (El coste lo miden en términos de fitness reproductiva y esperanza de reproducción).
Hay múltiples ejemplos de ese “altruismo biológico” sui generis en particular entre las especies animales dotadas de estructuras sociales como las colonias de insectos, los murciélagos, los monos, etc.
El mismo Darwin se dio cuenta de que esta forma de altruismo parece ir contra el principio mismo de la selección natural, puesto que el altruista reduce su propia supervivencia - o más precisamente su capacidad adaptativa - frente al que se comporta egoístamente en función de su propio interés. Por esta razón hubo controversia en la década de los sesenta.
Hoy se ha impuesto la variante teórica llamada “ kin selection” que predice que los animales tienden a comportarse de manera más altruista a favor de aquellos otros que son genéticamente más próximos y en grado proporcional a esa relación de proximidad.

Normas morales negativas: las prohibiciones

Hume apunta que a partir de “is statements”, es decir, de enunciados de hechos empíricos, base de la ciencia, no es posible construir otros enunciados, de factura muy distinta, que son los enunciados de deber, los “ought statements”, del tipo “ hay o no hay que hacer así”. Por eso, cualquier tentativa de fundar científicamente la moralidad en nuestras experiencias sensibles, está llamada al fracaso.
Para muchos la moralidad no resulta de la adquisición de un mayor saber social. Los principios morales son un constructo biológico que ha ido evolucionando de forma que los grupos humanos puedan vivir y trabajar colectivamente para su supervivencia y para mejorar las condiciones de vida.
La razón de base es que todo lo que es necesario para la vida es últimamente biológico. Por consiguiente, tiene que haber alelos que se combinen y se refuercen a lo largo de las generaciones para ir acrecentando la consistencia social de los grupos humanos, por más que haya persistan individuos y grupos sociopatológicos que serían como las ramas fallidas en el despliegue evolutivo, según una idea de E. Wilson. Este autor que añade que la religión viene a reforzar la biología y juega el importante rol de imponerse en individuos que no son aún naturalmente inclinados a las conductas morales.

Conclusiones provisionales

o El enunciado moral singular y concreto a propósito de un hecho o persona tiene generalmente raíces emocionales.
o Por consiguiente estos enunciados de base emocional son frágiles e inestables. El sistema límibico no es precisamente la sede de la lógica y la coherencia. Decía Matte Blanco de forma gráfica que el límbico es una caldera de emociones pronta a explotar sin el control neocortical.
o Las emociones (del latín “ex movere”) son el motor que aprovisionan con energía para la acción.
o El impulso para la acción es interceptado por la racionalidad, bajo forma de obligaciones.
o Frecuentemente la percepción de una situación da lugar a obligaciones y pulsiones que entran en conflicto unas con otras. Un conflicto que sólo se dirime en función de prioridades o jerarquías , establecidas por la razón (programada) o por las emociones o intereses.
o Una pista interesante: En el cerebro de ciertos predadores la pulsión hacia la captura de la presa puede ser interceptada por un cálculo, por ejemplo, cuando el gasto de energía necesaria para alcanzar la presa es superior al futuro aporte energético de la presa capturada. ¿Se podría pensar en reducir la moralidad a una forma superior y más sofisticada de cálculo? Reservamos este tema para un capítulo futuro, en el que hablaremos de Etica y Estrategias.

Los límites de la explicación biológica.

Las emociones no son reductibles a una secreción de neurotransmisores. Eso es como la tinta del poema de que hablamos al principio de este artículo. Hay alguna diferencia entre la acción de los neurotransmisores sobre el sistema nervioso y la acción química de un ácido sobre una placa de zinc. Si reducimos el placer y el dolor a una reacción química creo que nos quedamos con una explicación a medio camino. A la ciencia le queda aún un larguísimo trecho por recorrer. Queda por saber si algún día llegará a término.


Blas Lara Viernes, 27 de Marzo 2009 - 11:22



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Blas Lara
Blas Lara
Actividades profesionales ejercidas: Catedrático de la universidad de Lausanne, Jefe del departamento de Informática, Investigación Operativa y Estadística de Nestlé (Vevey). Libros principales: The boundaries of Machine Intelligence; La decisión, un problema contemporáneo; Negociar y gestionar conflictos.





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