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NEGOCIACIÓN

Continuamos hablando del relativismo, pero esta vez será cuestión del relativismo moral desde una perspectiva biológica.
Hay que decir dos cosas sobre las explicaciones causales de los comportamientos humanos en términos de actividad cerebral y de evolución biológica, tan de moda desde hace unas décadas: 1) Que esas explicaciones son siempre incompletas e imperfectas y se quedan a medio camino. 2) Pero que al mismo tiempo vierten una apreciable claridad sobre los fenómenos que intentan explicar.
Biólogos y neurólogos han invadido el territorio de filósofos (y por supuesto de los teólogos). Con razón a veces y también sin ella. Están en la mente de todos los nombres de autores como Antonio Damasio o Jean-Pierre Changeux. Aportan muchas e innegables clarificaciones , disipan seguramente frecuentes zonas de sombra y confusión en el lenguaje de filósofos y psicólogos; pero también es demasiada su audacia y son demasiado elementales cuando salen fuera de sus áreas de competencia. Los profesionales de la Filosofía no suelen poseer bases científicas muy profundas, pero han hecho algo más que leer superficialmente a Hume o a Spinoza, como sucede a algunos “neurosqué”.
Mi opinión personal es que no hay que confundir las proteínas con el espíritu, o para ser más claro, no me resigno a reducir el espíritu a proteínas. Lo explico de manera sencilla. No reduzco un poema a la tinta con la que están escritas las palabras que lo componen. Manchas de tinta y letras es también un anuario de teléfonos. En algo muy real difieren, y eso es la forma. La forma no es reductible a la materia.
Dicho esto, también es verdad que no hay edificio sin ladrillos, ni poema sin manchas de tinta; aunque edificio y poema sean algo más que ladrillos y tinta. No hay pensamiento, ni ideas, ni emociones, ni respuestas sin neuronas, ni sin electroquímica del cerebro.
Hablaremos pues de esta biología indispensable para ilustrar la actitud de espíritu que llamamos relativismo moral.

Actividades del cerebro para la formación de los juicios morales.

Vamos a comentar a la manera de la filosofía analítica, pero sin aparato lógico-formal, los procesos mentales que dan lugar a un juicio moral.
Distingamos primero entre enunciados universales o normas morales tales como
“abortar es condenable”, y por otra parte enunciados morales singulares que se refieren a un hecho particular como sería: “el conocido aborto de la niña brasileña de nueve años merece la excomunión”.
Examinemos diferentes tipos de enunciados que emitimos en la vida ordinaria, por ejemplo delante de una pantalla de televisión.
1. “La pantalla del televisor que tengo ante mis ojos es rectangular”
Comentario: Este no es un juicio moral. Este enunciado corresponde a la percepción sensorial de la pantalla que tengo ante los ojos. A ella mi cerebro asocia o conecta una categoría, “la rectangularidad”, que es una memoria declarativa, que a su vez corresponde a una estructura de subred neuronal.
2. “El atentado terrorista que veo en la pantalla es espantoso”
Comentario: Tampoco he formado aún un verdadero juicio moral. Es como si dijera “la serpiente que veo entre las hojas de los árboles es aterradora”. Falta la calificación moral. A la percepciones de la serpiente y del atentado se le asocian estados emocionales y después los vocablos o memorias emocionales correspondientes. La percepción de estas situaciones no es emocionalmente neutra como la recepción de fotones por una máquina fotográfica. La cámara no se conmueve por los inputs que recibe. El cerebro humano puede estremecerse ante la percepción de un objeto estético, ante una serpiente o ante los hornos de Auschwitz. El cerebro colorea sus percepciones con emociones más o menos intensas, de polaridad positiva o negativa. (Esa es la función del sistema límbico, y particularmente del complejo amigdaliano). ¿Y cómo lo hace? La percepción es internalizada. Es decir, referida al Yo, como no lo es la percepción de una pantalla rectangular ni la de la fórmula del teorema de Pitágoras escrita en un papel. Referirla al Yo significa excitar la parte más profunda y arcaica del cerebro, el sistema límbico y, por vía descendente, gran parte del soma mismo, movilizando la hipófisis, el corazón, el estómago, el aparato respiratorio, las suprarrenales, etc.
3. “El atentado terrorista que veo en la pantalla es un crimen execrable”.
Comentario: Aquí tenemos ya un juicio moral.
Habrá alguien que diga, al contrario, que es un acto heroico. “Crimen execrable” o “acto heroico” son dos categorías que ponen de manifiesto otras nuevas asociaciones, las de configuraciones neocorticales donde se alojan las normas sociales de comportamiento. Las reglas morales interceptan el camino que parte de las emociones al comportamiento.
En efecto, el enunciado “el atentado terrorista que veo en la pantalla es un crimen execrable” supone en todo caso la pre-existencia de una premisa moral, un estándar ético o norma moral -por ejemplo “no matarás”- que desaprueba (o aprueba) el acto de terrorismo. Para dos sujetos, el que enuncia “crimen”, y el que enuncia “acto heroico” se trata originariamente de la misma escena en la televisión. Las categorías morales asociadas serán diferentes porque son diferentes las programaciones almacenadas en los dos cerebros.

Nota: Para algún detalle más pueden consultarse en este mismo website, apoyando Control+click:
www.tendencias21.net/El-cerebro -es-una-maquina-imperfecta_a1814.html
www.tendencias21.net/negociacion/Como-es-que-nos-dejamos-seducir-1_a18.html

Una situación del entorno puede provocar en un cerebro emociones encontradas y conflictivas que sólo se resolverán en la posterior etapa neocortical de dicho proceso.
Se sabe desde hace tiempo que si se rompe la conexión del límbico con la zona prefrontal, se rompen también las inhibiciones morales. Lo evidencian ciertos comportamientos aparentemente amorales observados por neurocirujanos en sus pacientes tras ciertas intervenciones en el cerebro.
Suele citarse la experiencia realizada en el hospital universitario de Iowa. Varios pacientes con una lesión cerebral en la corteza prefrontal fueron confrontados con la pregunta-test: ¿Arrojarías al mar a una persona gravemente herida para que pueda mantenerse a flote tu canoa salvavidas al aligerarse el peso? La respuesta de cada uno de ellos, sin dudas ni inhibiciones morales, fue “lo arrojaría al mar”. Basta, por consiguiente, una disfunción cerebral bien identificada para que desaparezca el sentido de lo moral. El problema queda planteado.
Son también significativas unas experiencias realizadas en la universidad de Zürich en 2006. Al someter la corteza prefrontal a un campo magnético intenso, perdieron los sujetos todo sentido de justicia y corrección ética.
Las experiencias de Iowa y Zürich ponen de manifiesto hasta qué punto el funcionamiento de la mente depende de la materia . Hay por consiguiente razones biológicas para sostener la idea de la fragilidad de nuestros juicios morales, a causa de la influencia de las emociones e intereses en la fase límbica del proceso. La dependencia de la biología fragiliza el proceso, sin duda, de la misma manera que un fuerte dolor de cabeza no nos deja pensar. Pero que se implique el concurso de la materia, no legitima la extrapolación. Razonando en pura Lógica Formal, implicación no significa equivalencia.
Concluimos:
1. El juicio moral tiene un origen emocional. Por tanto es volátil como las emociones y constituye una mala base para fundar dogmatismos de cualquier especie. Desde un punto de vista biológico no se justifican los juicios absolutos de moralidad.
2. El juicio moral lleva implícita la aplicación de un estándar de moralidad como premisa mayor de un silogismo implícito. Es únicamente en esos estándares y premisas donde habría que buscar los fundamentos de objetividad y universalidad en caso de que existiesen.

ESTANDARES MORALES

Según Kant, Dios ha grabado el imperativo categórico, la forma a priori de todas las leyes morales, en lo más recóndito de cada ser humano. Kant escribió en su Crítica de la Razón Práctica:
“Dos cosas me llenan el alma de una admiración cada día mayor: la contemplación de un cielo estrellado por encima de mi cabeza y la ley moral en el interior de mí mismo. El espectáculo del espacio inmenso lleno de mundos, aniquila mi propia importancia y me hace comprender que soy una criatura animal, un soplo efímero de vida en este grano de polvo que es nuestro planeta en la inmensidad de los mundos. Por el contrario, la existencia de una ley moral en el fondo de mi mismo, eleva infinitamente mi valor, lo libera de la animalidad, y me lanza a una vida más allá de las estrellas, abierta al infinito”.

Moralidad y evolución

¿Es realmente necesario ir más allá de las estrellas para buscar los fundamentos de la moralidad? ¿No pudieran ser los estándares morales el resultado de mecanismos de la evolución de las especies, concretamente de la selección natural?
Darwin , cuyo centenario celebramos este año, intentó explicar el comportamiento humano de sacrificio propio desde el punto de vista biológico, en un libro menos conocido, The Descent of Man. Darwin fue el primero en postular que el altruismo puede ser explicado en términos de evolución mediante la ley de selección natural aplicada al grupo.

¿Existe el altruismo en los animales inferiores?

Entre seres humanos ser altruista significa actuar conscientemente con la intención de ayudar a otro. Para los biólogos son comportamientos altruistas los que benefician a otros organismos aún a costa propia. (El coste lo miden en términos de fitness reproductiva y esperanza de reproducción).
Hay múltiples ejemplos de ese “altruismo biológico” sui generis en particular entre las especies animales dotadas de estructuras sociales como las colonias de insectos, los murciélagos, los monos, etc.
El mismo Darwin se dio cuenta de que esta forma de altruismo parece ir contra el principio mismo de la selección natural, puesto que el altruista reduce su propia supervivencia - o más precisamente su capacidad adaptativa - frente al que se comporta egoístamente en función de su propio interés. Por esta razón hubo controversia en la década de los sesenta.
Hoy se ha impuesto la variante teórica llamada “ kin selection” que predice que los animales tienden a comportarse de manera más altruista a favor de aquellos otros que son genéticamente más próximos y en grado proporcional a esa relación de proximidad.

Normas morales negativas: las prohibiciones

Hume apunta que a partir de “is statements”, es decir, de enunciados de hechos empíricos, base de la ciencia, no es posible construir otros enunciados, de factura muy distinta, que son los enunciados de deber, los “ought statements”, del tipo “ hay o no hay que hacer así”. Por eso, cualquier tentativa de fundar científicamente la moralidad en nuestras experiencias sensibles, está llamada al fracaso.
Para muchos la moralidad no resulta de la adquisición de un mayor saber social. Los principios morales son un constructo biológico que ha ido evolucionando de forma que los grupos humanos puedan vivir y trabajar colectivamente para su supervivencia y para mejorar las condiciones de vida.
La razón de base es que todo lo que es necesario para la vida es últimamente biológico. Por consiguiente, tiene que haber alelos que se combinen y se refuercen a lo largo de las generaciones para ir acrecentando la consistencia social de los grupos humanos, por más que haya persistan individuos y grupos sociopatológicos que serían como las ramas fallidas en el despliegue evolutivo, según una idea de E. Wilson. Este autor que añade que la religión viene a reforzar la biología y juega el importante rol de imponerse en individuos que no son aún naturalmente inclinados a las conductas morales.

Conclusiones provisionales

o El enunciado moral singular y concreto a propósito de un hecho o persona tiene generalmente raíces emocionales.
o Por consiguiente estos enunciados de base emocional son frágiles e inestables. El sistema límibico no es precisamente la sede de la lógica y la coherencia. Decía Matte Blanco de forma gráfica que el límbico es una caldera de emociones pronta a explotar sin el control neocortical.
o Las emociones (del latín “ex movere”) son el motor que aprovisionan con energía para la acción.
o El impulso para la acción es interceptado por la racionalidad, bajo forma de obligaciones.
o Frecuentemente la percepción de una situación da lugar a obligaciones y pulsiones que entran en conflicto unas con otras. Un conflicto que sólo se dirime en función de prioridades o jerarquías , establecidas por la razón (programada) o por las emociones o intereses.
o Una pista interesante: En el cerebro de ciertos predadores la pulsión hacia la captura de la presa puede ser interceptada por un cálculo, por ejemplo, cuando el gasto de energía necesaria para alcanzar la presa es superior al futuro aporte energético de la presa capturada. ¿Se podría pensar en reducir la moralidad a una forma superior y más sofisticada de cálculo? Reservamos este tema para un capítulo futuro, en el que hablaremos de Etica y Estrategias.

Los límites de la explicación biológica.

Las emociones no son reductibles a una secreción de neurotransmisores. Eso es como la tinta del poema de que hablamos al principio de este artículo. Hay alguna diferencia entre la acción de los neurotransmisores sobre el sistema nervioso y la acción química de un ácido sobre una placa de zinc. Si reducimos el placer y el dolor a una reacción química creo que nos quedamos con una explicación a medio camino. A la ciencia le queda aún un larguísimo trecho por recorrer. Queda por saber si algún día llegará a término.

Blas Lara Viernes 27 Marzo 2009 - 11:22

Un lector de este blog, Dr. A.G. de Madrid, me pregunta via e-mail:
“ …el relativismo de que hablas, pienso que es lo mismo que el escepticismo de Descartes y la duda de los filósofos sobre la existencia del mundo, que estudiábamos en el bachillerato… Pero, ¿de qué nos sirven hoy prácticamente todas esas especulaciones? …”

Respondo:
Efectivamente, lo que llamamos relativismo gnoseológico es una formulación más moderna de esa corriente de pensamiento que es muy anterior a Descartes. Ya Protágoras había sentado las premisas del criticismo que habían de ser tan fecundas para el pensamiento occidental y en particular para el futuro desarrollo de las ciencias experimentales.
Socialmente la difusión del espíritu crítico en un pueblo es tan importante que, a lo que pienso , constituye una especie de termómetro para medir su nivel cultural. El fruto primero del espíritu crítico es el cuestionamiento antidogmático de las verdades recibidas o administradas por las diferentes formas de stablishement religioso, político o social.
He sostenido en anteriores artículos de este blog lo difícil que es llegar a verdades absolutas en todos los campos, aún en el científico, pero mucho más cuando se trata formular proposiciones absolutas sobre hechos sociales y sobre la conducta humana. Nuestro cerebro no da para más que para enunciados condicionados. Esas son las bases del relativismo gnoseológico .
A este propósito valga el siguiente comentario.

Relativismo contra credulidad

Ya Tocqueville nos alertó en el XIX sobre el gran peligro que supone para la democracia la maleabilidad de la opinión pública. Hoy, en el XXI, se necesita un gran vigor intelectual para formarse ideas propias a la hora de interpretar los acontecimientos políticos y sociales de nuestro tiempo. Es tremendamente difícil sustraerse a la cómoda tentación de enjuiciar cada suceso importante siguiendo las interpretaciones que nos sirven como un plato precocinado los medios de comunicación. Fabricar etiquetas digestibles parece ser la función de la propaganda política, retransmitida por las distintas variantes del periodismo.(Se nos fabrica de todo: versiones del 11 M, cacerías, sastres, espionajes, crispaciones, etiquetas de fascistas, de idiotas. De todo. Y la gente parece tragar).
La manipulación cínica y sistemática de la opinión pública son una vergüenza para sus autores y una desgracia para nuestra sociedad. Los manipuladores demuestran tan poco respeto a la verdad y a los hechos que no tienen reparo en travestir incluso las evidentes realidades económicas del momento. Hasta ese grado de cinismo y mistificación se ha llegado. Al mismo tiempo constatamos con tristeza lo fácil que es corromper la opinión de masas acríticas e indiferentes .Por eso es tan importante mantener una independencia crítica que tanto tiene que ver con la actitud relativista.
Me indigno contra la deriva totalitaria que supone la manipulación . Me rebelo contra la corrupción del sistema de ideas de nuestra sociedad. Y me rebelo igualmente contra la pereza, pasividad y cómoda credulidad de muchos, que favorece este estado se cosas. Paradójicamente, eso lo saben muy bien los manipuladores de la opinión que de esa fragilidad se sirven.

A la pregunta ¿de qué nos sirven hoy prácticamente todas esas especulaciones?

Respondo:
Me hago la ilusión de que con estas líneas ayudo a alentar el relativismo, el escepticismo y el espíritu crítico, que van de par con la elevación del nivel cultural de un pueblo. Porque la democracia no la heredamos, sino que hay que ganársela a costa de reflexión, esfuerzo y vigilancia permanentes.

Blas Lara Jueves 26 Marzo 2009 - 19:25


Me interesa el relativismo moral porque su contrario, el dogmatismo moral es un serio obstáculo en Negociación. El absolutismo que lo subtiende es refutable desde las perspectivas histórica, filosófica y biológica.
El relativismo es retención antes de formular un juicio definitivo. La ligereza y la precipitación conducen a posicionarse cómodamente en función de estándares morales absolutos y genéricos. En definitiva las normas abstractas generales son un refugio fácil para el que no se molesta en ir al fondo de los problemas.
La actitud relativista frena las condenas morales precipitadas. Facilita la apertura al Otro. Y es indispensable para poder sintonizar con empatía. Por todo ello, el buen negociador necesita además de un espíritu crítico liberado de prejuicios, una fuerte dosis de relativismo moral. Que no es lo mismo que nihilismo. Ni conlleva necesariamente la parálisis para la acción.

Preámbulo
La moral, la virtud, la ética, la honradez,…, todo el mundo parece saber de qué se trata sin necesidad de más explicaciones. Sobre los aspectos positivos del comportamiento, el consenso y la aprobación son unánimes, eso es “justo”, es “bueno”. Las cosas no parecen estar tan claras cuando se trata de apreciaciones negativas, es decir, qué es lo que es real y últimamente malo e injusto. Me explicaré.

Se puede uno preguntar también de dónde vienen esos criterios de conducta y quién nos ha fabricado esas reglas. Algunos opinan que es la propia sociedad - incluyendo en ella a la familia - la que impone las normas de conducta para su estabilidad y propia regulación. Como si fuera una forma del contrato social a la que han de ajustarse los individuos para el buen funcionamiento de los grupos humanos.

Pero no vayamos a imaginar que esas reglas, -las fundamentales, las básicas- han sido siempre las mismas en todas las sociedades y en todas las épocas. Las reglas morales por las que se regían los griegos y los romanos eran en efecto bastante diferentes de las nuestras, como distintas eran las de los pueblos incas o mayas, como lo son las de los judíos y las de los musulmanes, los chinos y los esquimales. Se pueden naturalmente multiplicar los ejemplos de las grandísimas diferencias que ha habido en la moral económica, en la moral cívica, en la de las relaciones intrafamiliares, y mucho más aún en la moral sexual.

BASE EMPIRICA DE PARTIDA

Hechos atroces, los ha habido a lo largo de la historia humana.
El hombre mata sin razón ni corazón y más fácilmente de lo que pensamos las personas que vivimos en un mundo bien ordenado. Decirlo es un tópico. Pero hay que decirlo. No hay excusa para no recordar esos hechos tan enraizados en nuestra manera de ser, y menos aún si son atroces. Aunque afirmo que mi propósito no es directamente moral, sino el de estudiar y comprender algo tan repleto de significación.

Los relatos históricos de la antigüedad griega y romana están plagados de atrocidades. Herodoto cuenta que los medopersas hacían desollar vivos a los enemigos, y cortar nariz y orejas de las mujeres. Tucídides en sus Guerras del Peloponeso cuenta matanzas en Corfú, en Milos, masacres de decenas de miles de prisioneros al filo de la espada en Sicilia.
En la Edad Media y después en las guerras de religión europeas de la Edad Moderna, se mató sin misericordia en nombre de Dios o de Alá.

Muchos de nosotros hemos vivido los años de la increíble barbarie soviética en supuesta defensa de los ideales más altos de la solidaridad humana. Hemos vivido las atrocidades nazis en nombre de la ciencia y de unos conceptos antropológicos. La guerra civil de España y las sucesivas guerras balcánicas han demostrado hasta dónde puede llegar el hombre. Después han venido los genocidios del Sudeste Asiático, las matanzas en Africa, y no han cesado aún en Oriente Medio. Para qué continuar. Materia hay para ser muy escépticos sobre la altura ética del ser humano.

Estándares morales
Los hechos que acabamos de recordar hablan por sí mismos. Son la vergüenza de la humanidad. Pero decir que son una vergüenza es ya un juicio moral. Precisamente de eso queremos hablar, de los juicios, enunciados y estándares morales, y de su evolución a lo largo de los tiempos.
La moralidad se puede definir como un sistema de reglas que sirven para juzgar el comportamiento de los individuos en una sociedad.
¿Qué es un juicio moral? Es un simple enunciado de la forma: “X es Y”, donde X es una acción, por ejemplo, “un robo”, e Y una calificación,”injusto, malo”.

Un libro, aún hoy entretenido de leer, porque no ha envejecido a pesar de sus 2500 años, son las Historias de Herodoto. Este fantástico viajero, geógrafo y narrador, fino observador de las sociedades humanas, nos hace notar que cada pueblo de los que él recorrió considera sus propias creencias y costumbres como mejores que las de todos los demás. Un aire de relativismo moral.
Hablemos de la esclavitud en nombre de creencias y principios morales. Hoy nos escandaliza la permisividad de aquellos dos grandes monumentos del pensamiento y de la moralidad que fueron Platón y Aristóteles. Aristóteles justificaba la institución de la esclavitud porque según él
“responde a una necesidad de la condición humana. Hay trabajos inferiores que envilecen y demandan obreros de condición inferior. La naturaleza los depara, son los esclavos. El esclavo está casi desprovisto de inteligencia; se le reconoce gracias a ciertas marcas físicas, su vigor animal, su cuerpo curvado hacia la tierra. Se le recluta ante todo entre los prisioneros bárbaros. Y sería injusto reducir a la esclavitud a personas nacidas libres”.
Han tenido que transcurrir siglos desde el nacimiento del cristianismo para que la esclavitud haya sido abolida, a pesar de ser tan contraria a la doctrina del amor cristiano. Hoy nos parece increíble que durante miles de años se haya sido lícito poseer otros seres humanos como se poseía un rebaño.

Otro estándar moral de primera línea es “No matarás”. Un mandamiento del decálogo de Moisés que así enunciado parece indiscutible. Pero, ¿cómo justificar entonces la defensa propia, la pena de muerte o la guerra? Habría que retocar el mandamiento y decir algo así como “no matarás injustamente”. Lo que no deja de ser paradójico. Porque qué es justo y qué es injusto. La guerra no es una licencia general para matar con impunidad. Las acciones que una guerra justifica es algo que es y ha sido percibido diferentemente. El bombardeo de la población civil de Guernica por la aviación alemana, fue considerado como un horror y sigue siendo condenado. Sin embargo, muy pocos años después Churchill ordenó que Dresde fuera arrasada y Truman ordenó el lanzamiento de bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. En ambos casos, los dirigentes contaron con la aprobación explícita de la mayoría de la población de sus países. (John M. Chrisman).

Otro estándar: “No robar”. ¿Y robar para poder comer y sobrevivir?
En nuestros días, las prácticas del aborto son aceptadas por muchos, así como la libertad de suicidarse para acabar con una enfermedad terminal. Pero aborto y eutanasia siguen siendo inaceptables para otros.

Hay por consiguiente abiertos varios frentes de interrogaciones fundamentales, las verdaderamente importantes para el razonamiento moral:
• Si existen normas absolutas y si pueden quedar abiertas a acomodación en caso de circunstancias excepcionales. Ejemplo: “no matarás versus guerra, aborto,…”
• Si hay jerarquía entre las obligaciones y entre los derechos.
• Cuándo los estándares morales deben traducirse en leyes y preceptos.
• De dónde emana la obligatoriedad de obligaciones y preceptos.
Tomás de Aquino: En moral, los principios generales no sirven a gran cosa porque la moral se sitúa siempre al nivel del caso particular.
Anna Arendt: A las cuestiones particulares, les son necesarias respuestas particulares… No existen normas generales para determinar nuestros juicios (morales) de manera infalible.

ENFRENTAMIENTOS DOCTRINALES
La querella sobre la inmutabilidad de los principios del derecho, su obligatoriedad y origen atraviesa los siglos. Lo que nos interesa a nosotros, que enjuiciamos a los demás en contexto de interacción y de negociación, es saber si hay unas reglas absolutas a las que podamos referirnos en nuestros juicios morales. O si por contrario, los principios son discrecionales y adaptativos a los tiempos y las culturas.
Cicerón se preguntaba sobre la legitimidad de la esclavitud, una práctica tan extendida como natural en las sociedades griega y romana. Cicerón era fiel a la tradición estoica y al pensamiento de Platón, admite el carácter superior - y divino - de la ley natural.
Los jurisconsultos romanos han dejado una marca indubitable en la Historia y en la práctica del Derecho. Uno de ellos, Gayo, admite la práctica de la esclavitud. Sin embargo Ulpiano, otro jurisconsulto del siglo III p.C pone de manifiesto cómo el ius naturale se opone al ius gentium, al derecho positivo, que decimos hoy. Para Ulpiano queda claro que puede haber contradicción entre un derecho y otro, entre las leyes y las necesidades vitales.

En la historia del pensamiento hay que distinguir dos grandes corrientes. Por un lado están los que llamamos, - simplificando forzosamente -, defensores del absolutismo moral: Sócrates, Platón, Aristóteles, los estoicos, San Agustín, Tomás de Aquino, etc… hasta Kant. Para Kant en su Crítica de la Razón Práctica. Dios ha grabado el imperativo categórico, la forma a priori de todas las leyes morales, en lo más recóndito de cada ser humano.
Por otro lado están los que rehusan el absolutismo moral y son partidarios de alguna forma de relativismo. Entre ellos los sofistas, la espléndida filosofía epicúrea y sobre todo la corriente “emotivista”. Los emotivistas parten, no de la lógica, sino de las emociones. Empezando por Spinoza - a pesar del título de su obra De Ethica more geometrico demonstrata- , localiza en las emociones el origen de la norma moral. Continuando por Hume, que afirmaba que los fundamentos de la moralidad son algo innato que se encuentra profundamente inscrito en sentimientos de la persona. Y tras Hume, Bentham, John Stewart Mill y los utilitaristas. Recordemos en el mismo XIX, Nietzsche niega la existencia de una ley moral universal. Dostoievski pone en boca de Ivan Karamazov las ideas nihilistas que representan una de las corrientes de pensamiento prevalentes en la Rusia del XIX.

Planteamientos de la filosofía analítica
Para Hume, la norma moral, contrariamente a los enunciados cognitivos, se refiere no a un “es así” (la mesa es redonda), sino a un “debe ser así”(matar es una mala acción). Las normas morales carecen por consiguiente de base empírica.
La filosofía analítica del siglo XX fragiliza aún más el pretendido carácter absoluto de los juicios de valor moral, decorticando su estructura. Wittgenstein afirma que un enunciado sólo tiene sentido si se le puede validar mediante la lógica o la experimentación científica. Por eso las proposiciones de carácter metafísico, al no poder ser validadas, no son ni incorrectas ni correctas; simplemente carecen de sentido.
Los positivistas lógicos como Carnap o Ayer van más allá que Hume. Los enunciados morales (“el robar es malo”) son ante todo la expresión de unas preferencias morales, vacías de contenido cognitivo, y por consiguiente imposibles de validar en cuanto tales. Las proposiciones morales no son juicios de carácter científico, y por tanto no pueden tener valor universal. Sería falso pretender que la ciencia puede determinar lo que es moral y lo que no lo es. Verdad moral y verdad científica no son de la misma naturaleza.

Conclusión provisional
Hay que ser muy cautelosos antes de enjuiciar moralmente a una persona, en nombre de principios absolutos de moralidad. Aunque hay casos tan claros (p. e. los hornos crematorios) que no permiten la abstención. De ello hablaremos.

Nota
En el próximo capítulo expondré cómo en los últimos decenios se ha convocado a la ciencia biológica, la neuropsicología y la antropología para que aporten nuevos enfoques que esclarezcan la emergencia y evolución, vida y desarrollo de las normas morales. En el debate sobre el relativismo la Biología tendrá la palabra. Quizás no la última. Pero sí una palabra importante y digna de ser escuchada.

Blas Lara Jueves 5 Marzo 2009 - 13:04



Editado por
Blas Lara
Blas Lara
Actividades profesionales ejercidas: Catedrático de la universidad de Lausanne, Jefe del departamento de Informática, Investigación Operativa y Estadística de Nestlé (Vevey). Libros principales: The boundaries of Machine Intelligence; La decisión, un problema contemporáneo; Negociar y gestionar conflictos.




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