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Tengo uno de esos pocos amigos del alma con el que hablo por teléfono dos o tres veces por semana. Cada vez que hablamos me cuenta exactamente lo mismo que me había dicho la última vez. Y siempre se toma la precaución de empezar con la misma cantinela: «Esto a lo mejor te lo he contado ya». (¡Vaya si me lo has contado! Doscientas y pico veces). Y después añade un comentario lleno de humor y de filosofía: «¿Ves tú? A mí el Alzheimer no me da miedo. Si me viene el Alzheimer, tanto mejor. Así me olvidaré rápidamente de los malos tragos de cada día. Además, tendré la satisfacción de estar viendo siempre caras nuevas».
A todos nos llega, con los años, la pérdida de memoria. Y a muchos también el miedo a la pavorosa enfermedad de Alzheimer. Dice el Profesor Beaulieu, conocido neurólogo francés (1), que a los 85 años el 50% de las personas padece alguna forma de demencia senil. Si fuera estadísticamente probado, habría razones para tener miedo al envejecimiento.
Pero ahora, una nota positiva. Leí hace unos meses que la aún más conocida bióloga y premio Nobel Rita Levi-Montalcini (2), a sus cien años, andaba por el mundo dando conferencias y diciendo además que su cerebro se conserva como a los veinte años. Tal vez exagere un poco (3).
Supongo que Beaulieu y Rita Levi deben tener cada uno su parte de verdad.
El envejecimiento produce alteraciones en las conexiones entre neuronas, a causa de determinados cambios en la bioquímica del cerebro. Por ejemplo, la disminución de la síntesis de ciertos neurotransmisores como la dopamina.
¿Degradación del cerebro? Sí. Y la Imaginería por Resonancia Magnética muestra claramente las áreas afectadas, de manera notoria en los casos de Alzheimer.
El cerebro necesita mantenimiento. En efecto, el cerebro es como un músculo que sin ejercicio se degrada y que se refuerza con el ejercicio.
¿Qué ejercicio? ¿Los crucigramas y los sudokus? ¿Por qué no? Pero me refiero particularmente a las nuevas terapias cognitivas. ¿En qué consisten? En el mantenimiento de la parte “inteligente” del cerebro. En activar ciertos territorios cerebrales de una determinada manera.
Hablando en términos muy generales, la evolución nos ha dejado una parte encargada de reacciones y respuestas automáticas ante las solicitaciones o agresiones del entorno. (El cerebro que Kessler llamaba reptiliano, y el límbico de Mac Lean y otros).
Pero lo más distintivo de nuestro cerebro humano es su parte “inteligente”, la que crea salidas ante problemas nuevos. Es la parte creativa, particularmente sita en la corteza prefrontal.
¿Cómo realizar esos ejercicios que proponen las nuevas terapias cognitivas?
A causa de su capacidad creativa, única entre las especies, el cerebro humano es como la escena de un gran teatro en el que cabe inventar representaciones de lo real altamente subjetivas, y fabricar escenarios futuros imaginados. Y de esa manera encontrar nuevos caminos de salida para situaciones inéditas, complejas e innovadoras, que desbordan los esquemas automáticos y repetitivos.
Es más que sabido que en las estructuras “hard” nucleares del cerebro, además de la herencia genética, vamos almacenando desde la primera infancia un capital de esquemas cognitivos primitivos y de respuestas automáticas.
Lo que añaden las áreas neocorticales, especialmente la corteza prefrontal, es la elasticidad (resilience), la capacidad de adaptarse, flexibilizarse, encontrando escapes imaginativos a situaciones taponadas para las respuestas automáticas, de alguna manera ya preconfeccionadas.
Evitar el envejecimiento cerebral
¿Es posible regenerar el cerebro destruido? Cuando al entrenador de un equipo de fútbol le expulsan a un jugador, no hay manera de remplazarlo, pero sí de remodelar la estrategia global sobre el campo para recuperar las funciones de ataque o de defensa. Lo mismo sucede con el cerebro. Puede que no existan aún posibilidades de reparación de un territorio cerebral destruido. (Por ahora. Veremos qué sorpresas nos reservan las células madre).
¿Cómo esquivar el envejecimiento cerebral? La plasticidad neuronal hace muchas veces posible la reorganización de las estructuras y la sustitución funcional de la parte destruida, reordenando y densificando las redes existentes.
Reactivando el cerebro inteligente se suplen las funciones deterioradas. Lo que las nuevas terapias cognitivas subrayan es que eso se puede y se debe hacer «de manera intencional y consciente». Hay que quererlo. Con opciones deliberadas.
De manera general, uno de los factores más destructivos es el estrés subsiguiente a la pérdida de integración social. La sociedad arrincona lentamente a los que van envejeciendo.
Pues bien. Se trata de hacer lo contrario. Decretar que el día de hoy va a ser lo más feliz posible. El de hoy, porque el futuro no existe. Mañana será otro día.
Poner la imaginación y el deseo para construir contactos sociales. Reactivar con intensidad los deseos y de ninguna manera ceder al aburrimiento. Poner en marcha la originalidad, buscando vías nuevas. Por ejemplo, las llamadas terapias mediante el arte. (Hacer lo que se pueda: bailar, pintar, componer, escribir). La vida está ahí para ayudarnos. La vida reconstruirá la vida en nosotros. A ver si somos capaces de morirnos vivos. Sí señor.
Un ejemplo entre otros miles y una sugerencia que me permito hacer al lector es la de asomarse al vasto mundo a través de internet y colaborar en sitios web como este mismo que está leyendo. ¿Por qué no crear y participar en foros activos, que nos abran al mundo? El mundo es grande y cada vez más abierto. No vamos a replegarnos ahora que el reloj de la vida nos está dejando cada vez menos tiempo para aprovecharlo.
NOTAS
(1) Inventor de DHEA, el famoso producto farmacéutico para el rejuvenecimiento.
(2) Rita Levi-Montalcini es entre otras cosas, la descubridora de la apoaptosis o programa de la muerte celular y también del factor de crecimiento (NGF) que determina el crecimiento y la diferenciación de fibras y neuronas del sistema periférico. Le valió su Nobel. Ver pássim en internet para más detalles.
(3) El año pasado dio una conferencia en un congreso internacional Edgar Morin, conocido sociólogo y autor francés de 89 años. Habló dos horas sin mirar un papel, cosa que yo, algo más joven, no pude hacer como siguiente conferenciante. Los conferenciantes fuimos después a un restaurante y el profesor Morin comió y bebió como si tuviese treinta años.
A todos nos llega, con los años, la pérdida de memoria. Y a muchos también el miedo a la pavorosa enfermedad de Alzheimer. Dice el Profesor Beaulieu, conocido neurólogo francés (1), que a los 85 años el 50% de las personas padece alguna forma de demencia senil. Si fuera estadísticamente probado, habría razones para tener miedo al envejecimiento.
Pero ahora, una nota positiva. Leí hace unos meses que la aún más conocida bióloga y premio Nobel Rita Levi-Montalcini (2), a sus cien años, andaba por el mundo dando conferencias y diciendo además que su cerebro se conserva como a los veinte años. Tal vez exagere un poco (3).
Supongo que Beaulieu y Rita Levi deben tener cada uno su parte de verdad.
El envejecimiento produce alteraciones en las conexiones entre neuronas, a causa de determinados cambios en la bioquímica del cerebro. Por ejemplo, la disminución de la síntesis de ciertos neurotransmisores como la dopamina.
¿Degradación del cerebro? Sí. Y la Imaginería por Resonancia Magnética muestra claramente las áreas afectadas, de manera notoria en los casos de Alzheimer.
El cerebro necesita mantenimiento. En efecto, el cerebro es como un músculo que sin ejercicio se degrada y que se refuerza con el ejercicio.
¿Qué ejercicio? ¿Los crucigramas y los sudokus? ¿Por qué no? Pero me refiero particularmente a las nuevas terapias cognitivas. ¿En qué consisten? En el mantenimiento de la parte “inteligente” del cerebro. En activar ciertos territorios cerebrales de una determinada manera.
Hablando en términos muy generales, la evolución nos ha dejado una parte encargada de reacciones y respuestas automáticas ante las solicitaciones o agresiones del entorno. (El cerebro que Kessler llamaba reptiliano, y el límbico de Mac Lean y otros).
Pero lo más distintivo de nuestro cerebro humano es su parte “inteligente”, la que crea salidas ante problemas nuevos. Es la parte creativa, particularmente sita en la corteza prefrontal.
¿Cómo realizar esos ejercicios que proponen las nuevas terapias cognitivas?
A causa de su capacidad creativa, única entre las especies, el cerebro humano es como la escena de un gran teatro en el que cabe inventar representaciones de lo real altamente subjetivas, y fabricar escenarios futuros imaginados. Y de esa manera encontrar nuevos caminos de salida para situaciones inéditas, complejas e innovadoras, que desbordan los esquemas automáticos y repetitivos.
Es más que sabido que en las estructuras “hard” nucleares del cerebro, además de la herencia genética, vamos almacenando desde la primera infancia un capital de esquemas cognitivos primitivos y de respuestas automáticas.
Lo que añaden las áreas neocorticales, especialmente la corteza prefrontal, es la elasticidad (resilience), la capacidad de adaptarse, flexibilizarse, encontrando escapes imaginativos a situaciones taponadas para las respuestas automáticas, de alguna manera ya preconfeccionadas.
Evitar el envejecimiento cerebral
¿Es posible regenerar el cerebro destruido? Cuando al entrenador de un equipo de fútbol le expulsan a un jugador, no hay manera de remplazarlo, pero sí de remodelar la estrategia global sobre el campo para recuperar las funciones de ataque o de defensa. Lo mismo sucede con el cerebro. Puede que no existan aún posibilidades de reparación de un territorio cerebral destruido. (Por ahora. Veremos qué sorpresas nos reservan las células madre).
¿Cómo esquivar el envejecimiento cerebral? La plasticidad neuronal hace muchas veces posible la reorganización de las estructuras y la sustitución funcional de la parte destruida, reordenando y densificando las redes existentes.
Reactivando el cerebro inteligente se suplen las funciones deterioradas. Lo que las nuevas terapias cognitivas subrayan es que eso se puede y se debe hacer «de manera intencional y consciente». Hay que quererlo. Con opciones deliberadas.
De manera general, uno de los factores más destructivos es el estrés subsiguiente a la pérdida de integración social. La sociedad arrincona lentamente a los que van envejeciendo.
Pues bien. Se trata de hacer lo contrario. Decretar que el día de hoy va a ser lo más feliz posible. El de hoy, porque el futuro no existe. Mañana será otro día.
Poner la imaginación y el deseo para construir contactos sociales. Reactivar con intensidad los deseos y de ninguna manera ceder al aburrimiento. Poner en marcha la originalidad, buscando vías nuevas. Por ejemplo, las llamadas terapias mediante el arte. (Hacer lo que se pueda: bailar, pintar, componer, escribir). La vida está ahí para ayudarnos. La vida reconstruirá la vida en nosotros. A ver si somos capaces de morirnos vivos. Sí señor.
Un ejemplo entre otros miles y una sugerencia que me permito hacer al lector es la de asomarse al vasto mundo a través de internet y colaborar en sitios web como este mismo que está leyendo. ¿Por qué no crear y participar en foros activos, que nos abran al mundo? El mundo es grande y cada vez más abierto. No vamos a replegarnos ahora que el reloj de la vida nos está dejando cada vez menos tiempo para aprovecharlo.
NOTAS
(1) Inventor de DHEA, el famoso producto farmacéutico para el rejuvenecimiento.
(2) Rita Levi-Montalcini es entre otras cosas, la descubridora de la apoaptosis o programa de la muerte celular y también del factor de crecimiento (NGF) que determina el crecimiento y la diferenciación de fibras y neuronas del sistema periférico. Le valió su Nobel. Ver pássim en internet para más detalles.
(3) El año pasado dio una conferencia en un congreso internacional Edgar Morin, conocido sociólogo y autor francés de 89 años. Habló dos horas sin mirar un papel, cosa que yo, algo más joven, no pude hacer como siguiente conferenciante. Los conferenciantes fuimos después a un restaurante y el profesor Morin comió y bebió como si tuviese treinta años.
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Meditación indolente sobre el “todo fluye” de Heráclito, para calmar el espíritu
Mirando a través de la ventana hacia el lago y la montaña, hago mi ejercicio físico. Pongo un minutero de cocina en marcha. Porque me he prometido una media hora diaria de gimnasia. ¡Lo que me aburre esta gimnasia! Se hace infinito el tiempo, una sucesión de instantes sin sentido. Pensando ya en lo que voy a hacer después.
¡Error! Hay que vivir el instante, y buscarle plenitud y sentido. Gozarlo. El instante es un tiempo para sentir “la casa del ser” (Heidegger). Tiempo para sentirse cuerpo, mi cuerpo. Respirar, ir sintiendo poco a poco los músculos desde la punta de los pies, la cavidad abdominal, la cavidad torácica… Un yoga a mi manera, para llenarse de conciencia de corporeidad y para habitar de lleno en ella.
Borrar todo deseo, todo pensamiento que lleve una referencia al futuro. Llenarse del presente. Por eso, pongo ahora el minutero de cocina para que él se encargue de señalarme el después de los treinta minutos de gimnasia. Por ahora el tiempo presente está vallado por el minutero.
b[El tiempo hecho añicos ]b
El minutero. Oír cómo avanza, inexorablemente, sin repetirse, machacando los segundos, sin piedad por el tiempo, mi tiempo de vida, lo único que realmente poseo. No vuelve nunca atrás. Golpe que da, golpe dado. No se repite, no admite recuperación. Y sigue martilleando mis oídos y mi cerebro sin aportar un gramo de sentido.
No se detiene el minutero. Como el tiempo gobernado por la inexorable carrera de la bola de tierra, a cuyo borde navegamos, y que rueda sobre su órbita a 300 kilómetros por segundo. (Sin contar la rotación, ni los movimientos del sistema solar, ni de la galaxia, ni de la expansión del universo. Pero de nada de eso nos damos cuenta. ¿Movimientos hacia dónde? Tampoco nos importa mucho. Sí que sabemos, y eso nos importa mucho, que mientras la bola avanza sin fin y sin fin, nuestro tiempo biológico se despliega hacia el término inexorable e indeterminado de nuestra carrera).
Nada vuelve atrás. En lo que ahora pienso es en este tiempo. El que el artificio chirriante del minutero rompe en pedazos como un vaso de cristal precioso. Las horas de nuestro tiempo biológico se van desmenuzando en fragmentos vacíos, sin por qué ni sentido.
Ideas parásitas
Sólo las ideas que me fabrica el cerebro llenan de sentido al átomo temporal que es el instante. Mi placer personal, el crear ideas. El mayor. Crear ideas para qué, si no es para compartirlas. Para hacerse la ilusión de ofrecerlas a otros, que leyéndote u oyéndote te regalarán a su vez un fragmento de su vida, de su tiempo, movilizando su cerebro para poner sus ideas en sincronía con las tuyas. (¡Pero mi cerebro no puede aceptar sino sensaciones!¡Tengo que aprender a desterrar todas las ideas durante esta media hora de ejercicio!).
Ritmar el tiempo
Espacio vacío que voy modulando con la aritmética del ritmo. Sólo los ritmos pegan los pedazos del tiempo roto en añicos. Sin pensar en nada, el ritmo militar, con su aritmética, uno-dos-tres, polariza y reorienta las limaduras del tiempo. Da sentido al ir viviendo. Curiosa manera de recomponer el tiempo en una aparente estulticia. De ello se dieron cuenta los militares para descerebrar los soldados en los desfiles. Imponerle ritmos al cerebro. Es una curiosa manera, pero útil, para desviar la atención de la fatiga y el dolor físico. Y para vencer el insomnio. Imponer ritmos a la vida, y a sus días, sirve para amueblar el vacío de nuestras existencias. Que se lo pregunten a los empleados de una empresa. O a Kant. Ritmar los días es buen consejo para jubilados en lucha con el ectoplasma del tiempo.
Pero, además, están ahí los ritmos musicales, que también agregan los pedacitos de tiempo. El ritmo musical acapara nuestra biología entera, aborda los arcanos del sistema límbico y lo enciende con los sentimientos. Y de ahí se derrama el ritmo en catarata por el soma entero, del corazón a los riñones.
La música es esa pretensión, probablemente, seguramente, pretensión ilusoria de orden total y de belleza y de armonía. Una de nuestras búsquedas fundamentales. Tanto es así que en los ritmos musicales ahogamos muchos pesares profundos y ansiedades del alma.
El tiempo, nuestra sustancia, se desgrana sin conmiseración. Por momentos, el fogonazo de una idea moviliza grupos de neuronas, los sentimientos se encienden y los ritmos recomponen nuestros relojes biológicos, dando sentidos instantáneos y fragmentarios a la ciega y rápida carrera del vivir.
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En la teoría y en la vida, todo juego social es injusto desde el momento en que se constata un exagerado desequilibrio de poder entre los jugadores o actores. ¿Cómo podría ser justo obligar un niño de cinco años a enfrentarse con una persona mayor? En muchas ocasiones, un enfermo grave entra en un hospital tan indefenso como un niño de cinco años, y tiene que confrontarse a ciegas contra una burocracia incomprensible, y contra los abusos y faltas de profesionalismo del personal
El hospital: la entrada de un enfermo en una mecánica fatal
Para algunos enfermos que sufren de una enfermedad grave, y quizás de diagnóstico difícil, entrar en un hospital es entrar en un dédalo kafkiano en el que se pierden, porque nada comprenden de él. Tienen que declinar en la puerta de entrada del hospital sus capacidades de análisis lógico y, lo que es peor, su autonomía.
El enfermo se va a encontrar con personal de diferentes categorías, y con servicios cuyas competencias no son claras ni evidentes para el recién llegado. Además, se le requiere confianza ciega y absoluta tal como no se pide en ninguna otra institución de la sociedad, si no es quizás en el ejército, y supongo que en los monasterios de monjas de corte decimonónico.
Gigantescos hospitales donde además te invade una terrible impresión de taylorismo deshumanizado e irresponsable de gran fábrica. "Una macchina infernale". Soledad, desatención, faltas de coordinación, improvisaciones,… (Y ¡qué precios!, aunque los pague el seguro).
Los hospitales modernos tienden a ser una empresa como cualquier otra. Pero con dos diferencias mayores. La empresa está organizada no para la gloria y el confort de la dirección, sino para ofrecer al cliente los productos y servicios de la mejor calidad. Si así fuera también en los hospitales, habría que organizar la “producción” en torno a los enfermos y para su mejor servicio. Y no en torno a la mayor comodidad del personal médico y paramédico. Prueba de ello son las intolerables esperas de los enfermos, frecuentemente fútiles e injustificadas, como es tan fácil de comprobar en el funcionamiento diario de la máquina hospitalaria.
La segunda gran diferencia del hospital con la empresa es el enorme despilfarro del dinero público y la falta del sentido de la gestión económica de los recursos materiales y humanos que se constata en los hospitales.
Abusos y desviaciones en la relación con el personal
Indefenso se encuentra también ante el personal. Ante los descuidos, las faltas profesionales de personas, las evidentes faltas de coordinación entre ellas. Puede haber errores y los hay, pero de una cierta manera son más comprensibles que las improvisaciones, las contradicciones, la sensación de arbitrariedad sin inhibición ninguna.
Permítaseme, en honor a la verdad, recordar la extraordinaria dedicación, sensibilidad y competencia de algún personal. Pero eso no nos puede hace olvidar los abusos del poder y el tan extendido contagio del autoritarismo.
No desearía caer en la generalización injusta y simplista. Es difícil hablar con ponderación sobre este tema, y es penoso, porque entre el personal de salud, vuelvo a decirlo, hay profesionales excelentes y hasta heroicos, que son un ejemplo para la humanidad. Aunque, por otra parte, son raros los médicos, aún los excelentes, que no ceden a la tentación de defensa corporativista cuando advierten comportamientos menos encomiables de un compañero. Pero lo que de verdad me importa son los silencios de los enfermos, y sus miedos a la inatención y al desinterés como represalias. Miedos que en muchas ocasiones son probablemente infundados.
Se viene al hospital para recuperar la salud. Y cuando de él se sale con la salud, agradecido y contento, se olvidan las muchas trasgresiones a las reglas más elementales del respeto a la persona que se han sufrido como si fuera un mal necesario. Que no lo es. El médico no debe ocuparse del enfermo como si fuera un mecánico que tiene entre sus manos un coche, un “objeto técnico” sin sensibilidad, ni inteligencia, ni capacidad crítica, ni dignidad personal. El paciente tiene derecho a que se respete su capacidad lógica.
No hablamos aquí de la curación, que se conseguirá o no, y que es, bien entendido, el objetivo primero y evidente de la consulta.
Hablamos del juego social de interacción entre dos personas de dignidad comparable e igualmente respetables.
Y hablaré de tres amenazas para el ejercicio de la profesión médica: el abuso del Poder, el abuso del Tiempo, la atracción del Dinero.
Los abusos de poder
En la interrelación médico-enfermo se da un desequilibrio de poder cuyas razones principales son:
1. El inmenso poder del médico, casi de vida y muerte, agrandado seguramente por la imaginación del enfermo, que además extiende ese poder al personal hospitalario sin claras distinciones. Un poder que, en situaciones graves, es reforzado intensamente por el miedo al dolor y a la muerte, la emoción más intensa que el cerebro humano puede experimentar.
2. El desequilibrio normal de conocimientos teóricos en el campo de la medicina entre médico y paciente. El médico padece la casi irresistible tentación de arrogancia, de una manera como se ve en muy pocas otras profesiones. Alguno que otro llega a confundir su superioridad en el campo preciso de su competencia, con una superioridad personal en todos los dominios. La impenetrable alambrada del vocabulario técnico y el misterio de que está rodeado el saber médico, agrandan la distancia entre paciente y médico, desequilibrando tremendamente la relación de poder. En esas condiciones, el juego es desequilibrado ya de principio.
Manifestaciones del abuso de poder
1. El desequilibrio de poder se manifiesta de manera muy común en las técnicas y maneras del uso y abuso del control de la comunicación en la interacción médico paciente, en particular en la consulta. (Recordar al respecto, por ejemplo, la Teoría de la comunicación de la Escuela de Palo Alto). No es raro que el médico viole las reglas más elementales de ética que gobiernan los procesos de comunicación con el Otro (1). Ejemplos: cortar la palabra, no escuchar, no admitir la puesta en duda de sus posiciones, etc. Con tales prácticas abusivas, el juego de por sí desequilibrado tiende ya a ser injusto.
2. La dificultad de admitir por parte del médico el concepto más moderno de partnership con el enfermo para la resolución conjunta del problema que es la enfermedad. No todos aceptan con agrado que su paciente se haya informado antes en internet o en la literatura médica sobre sus problemas. (2)
3. Las dificultades de algunos médicos para admitir sus propias limitaciones y fallos, especialmente para canalizar prontamente al enfermo hacia otros profesionales más especializados. (Con el falso pretexto de la confianza del paciente se favorece su curación).
Los abusos del Tiempo
Otra de las manifestaciones más corrientes del carácter sesgado de la interacción médico-enfermo es el abuso del tiempo del paciente. Que lo admitan o no los médicos, el paciente es un cliente con el que se ha cerrado un contrato económico, según el cual, el médico le vende tiempo, - ya que no siempre está a su alcance venderle la salud. Por el contrario, el tiempo del paciente ni se valora ni se respeta. En algún momento hay que denunciar esta asimetría inaceptable.
La atracción por el Dinero corrompe la vocación humanitaria
Hay mucha hipocresía en lo que toca al dinero.
El tablero que sigue corresponde a un sondeo realizado entre estudiantes de los últimos años de carrera de diferentes Facultades, en una Universidad centroeuropea. A partir de una encuesta, se ha realizado un Análisis Factorial en Componentes Principales. Dada la talla y la escasa representatividad de la muestra, estos resultados tienen un valor científico muy limitado. Hechas esta salvedad, es curioso notar, entre otras cosas, que el interés de los estudiantes de Medicina por el dinero es casi tan alto como el de los estudiantes de Ciencias Empresariales.
Pesos medios de las motivaciones (sobre los ejes principales).
Para algunos enfermos que sufren de una enfermedad grave, y quizás de diagnóstico difícil, entrar en un hospital es entrar en un dédalo kafkiano en el que se pierden, porque nada comprenden de él. Tienen que declinar en la puerta de entrada del hospital sus capacidades de análisis lógico y, lo que es peor, su autonomía.
El enfermo se va a encontrar con personal de diferentes categorías, y con servicios cuyas competencias no son claras ni evidentes para el recién llegado. Además, se le requiere confianza ciega y absoluta tal como no se pide en ninguna otra institución de la sociedad, si no es quizás en el ejército, y supongo que en los monasterios de monjas de corte decimonónico.
Gigantescos hospitales donde además te invade una terrible impresión de taylorismo deshumanizado e irresponsable de gran fábrica. "Una macchina infernale". Soledad, desatención, faltas de coordinación, improvisaciones,… (Y ¡qué precios!, aunque los pague el seguro).
Los hospitales modernos tienden a ser una empresa como cualquier otra. Pero con dos diferencias mayores. La empresa está organizada no para la gloria y el confort de la dirección, sino para ofrecer al cliente los productos y servicios de la mejor calidad. Si así fuera también en los hospitales, habría que organizar la “producción” en torno a los enfermos y para su mejor servicio. Y no en torno a la mayor comodidad del personal médico y paramédico. Prueba de ello son las intolerables esperas de los enfermos, frecuentemente fútiles e injustificadas, como es tan fácil de comprobar en el funcionamiento diario de la máquina hospitalaria.
La segunda gran diferencia del hospital con la empresa es el enorme despilfarro del dinero público y la falta del sentido de la gestión económica de los recursos materiales y humanos que se constata en los hospitales.
Abusos y desviaciones en la relación con el personal
Indefenso se encuentra también ante el personal. Ante los descuidos, las faltas profesionales de personas, las evidentes faltas de coordinación entre ellas. Puede haber errores y los hay, pero de una cierta manera son más comprensibles que las improvisaciones, las contradicciones, la sensación de arbitrariedad sin inhibición ninguna.
Permítaseme, en honor a la verdad, recordar la extraordinaria dedicación, sensibilidad y competencia de algún personal. Pero eso no nos puede hace olvidar los abusos del poder y el tan extendido contagio del autoritarismo.
No desearía caer en la generalización injusta y simplista. Es difícil hablar con ponderación sobre este tema, y es penoso, porque entre el personal de salud, vuelvo a decirlo, hay profesionales excelentes y hasta heroicos, que son un ejemplo para la humanidad. Aunque, por otra parte, son raros los médicos, aún los excelentes, que no ceden a la tentación de defensa corporativista cuando advierten comportamientos menos encomiables de un compañero. Pero lo que de verdad me importa son los silencios de los enfermos, y sus miedos a la inatención y al desinterés como represalias. Miedos que en muchas ocasiones son probablemente infundados.
Se viene al hospital para recuperar la salud. Y cuando de él se sale con la salud, agradecido y contento, se olvidan las muchas trasgresiones a las reglas más elementales del respeto a la persona que se han sufrido como si fuera un mal necesario. Que no lo es. El médico no debe ocuparse del enfermo como si fuera un mecánico que tiene entre sus manos un coche, un “objeto técnico” sin sensibilidad, ni inteligencia, ni capacidad crítica, ni dignidad personal. El paciente tiene derecho a que se respete su capacidad lógica.
No hablamos aquí de la curación, que se conseguirá o no, y que es, bien entendido, el objetivo primero y evidente de la consulta.
Hablamos del juego social de interacción entre dos personas de dignidad comparable e igualmente respetables.
Y hablaré de tres amenazas para el ejercicio de la profesión médica: el abuso del Poder, el abuso del Tiempo, la atracción del Dinero.
Los abusos de poder
En la interrelación médico-enfermo se da un desequilibrio de poder cuyas razones principales son:
1. El inmenso poder del médico, casi de vida y muerte, agrandado seguramente por la imaginación del enfermo, que además extiende ese poder al personal hospitalario sin claras distinciones. Un poder que, en situaciones graves, es reforzado intensamente por el miedo al dolor y a la muerte, la emoción más intensa que el cerebro humano puede experimentar.
2. El desequilibrio normal de conocimientos teóricos en el campo de la medicina entre médico y paciente. El médico padece la casi irresistible tentación de arrogancia, de una manera como se ve en muy pocas otras profesiones. Alguno que otro llega a confundir su superioridad en el campo preciso de su competencia, con una superioridad personal en todos los dominios. La impenetrable alambrada del vocabulario técnico y el misterio de que está rodeado el saber médico, agrandan la distancia entre paciente y médico, desequilibrando tremendamente la relación de poder. En esas condiciones, el juego es desequilibrado ya de principio.
Manifestaciones del abuso de poder
1. El desequilibrio de poder se manifiesta de manera muy común en las técnicas y maneras del uso y abuso del control de la comunicación en la interacción médico paciente, en particular en la consulta. (Recordar al respecto, por ejemplo, la Teoría de la comunicación de la Escuela de Palo Alto). No es raro que el médico viole las reglas más elementales de ética que gobiernan los procesos de comunicación con el Otro (1). Ejemplos: cortar la palabra, no escuchar, no admitir la puesta en duda de sus posiciones, etc. Con tales prácticas abusivas, el juego de por sí desequilibrado tiende ya a ser injusto.
2. La dificultad de admitir por parte del médico el concepto más moderno de partnership con el enfermo para la resolución conjunta del problema que es la enfermedad. No todos aceptan con agrado que su paciente se haya informado antes en internet o en la literatura médica sobre sus problemas. (2)
3. Las dificultades de algunos médicos para admitir sus propias limitaciones y fallos, especialmente para canalizar prontamente al enfermo hacia otros profesionales más especializados. (Con el falso pretexto de la confianza del paciente se favorece su curación).
Los abusos del Tiempo
Otra de las manifestaciones más corrientes del carácter sesgado de la interacción médico-enfermo es el abuso del tiempo del paciente. Que lo admitan o no los médicos, el paciente es un cliente con el que se ha cerrado un contrato económico, según el cual, el médico le vende tiempo, - ya que no siempre está a su alcance venderle la salud. Por el contrario, el tiempo del paciente ni se valora ni se respeta. En algún momento hay que denunciar esta asimetría inaceptable.
La atracción por el Dinero corrompe la vocación humanitaria
Hay mucha hipocresía en lo que toca al dinero.
El tablero que sigue corresponde a un sondeo realizado entre estudiantes de los últimos años de carrera de diferentes Facultades, en una Universidad centroeuropea. A partir de una encuesta, se ha realizado un Análisis Factorial en Componentes Principales. Dada la talla y la escasa representatividad de la muestra, estos resultados tienen un valor científico muy limitado. Hechas esta salvedad, es curioso notar, entre otras cosas, que el interés de los estudiantes de Medicina por el dinero es casi tan alto como el de los estudiantes de Ciencias Empresariales.
Pesos medios de las motivaciones (sobre los ejes principales).
Editado por
Blas Lara
Actividades profesionales ejercidas: Catedrático de la universidad de Lausanne, Jefe del departamento de Informática, Investigación Operativa y Estadística de Nestlé (Vevey). Libros principales: The boundaries of Machine Intelligence; La decisión, un problema contemporáneo; Negociar y gestionar conflictos.
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Tendencias 21 (Madrid). ISSN 2174-6850
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