Francisco José Rubia és un dels més destacats investigadors europeus en el camp de la neurociència. Amb ell buscarem respostes a preguntes com: per què somiem? Com aprenem? Què són les emocions? Com sorgeix la consciència? Hi ha diferències entre el cervell de l'home i el de la dona? L'agressivitat és innata? Parlarem d'aquestes i altres qüestions, com la memòria, la llibertat individual i els límits del coneixement humà. El professor Rubia ens diu que el cervell no es refia de la consciència, que els codis morals són innats i són fruit de l'evolució i que la memòria és limitada. (Entrevista en la televisión catalana TV3)
Conferencia impartida por el autor en el 43º Congreso de la European Brain and Behaviour Society en Sevilla, el 10 de septiembre.
Se ha dicho que la humanidad ha pasado por tres revoluciones sociales que han supuesto un avance considerable. La primera, la revolución agrícola hace unos 10.000 años, cuando el hombre se asienta y comienza a labrar la tierra produciendo alimentos y creando las ciudades.
La segunda, la revolución industrial hace unos 250 años, con la invención de la máquina de vapor y la producción de mercancías y la extensión de los mercados.
Y en nuestro tiempo, la tercera revolución debida a la creación del microchip que dio lugar a la sociedad de la información con un intercambio de conocimientos antes desconocido.
Algunos autores consideran que la cuarta revolución será la revolución neurocientífica que ya está invadiendo numerosas disciplinas y creando nuevas, colocando el prefijo “neuro” ante disciplinas tradicionales.
Así hoy se habla de neuroeconomía, neuromarketing, neurofilosofía, neuroética, neuroeducación, neuropolítica y un largo etcétera. Todas estas nuevas disciplinas pretenden aplicar los nuevos conocimientos de la neurociencia a sus materias, esperando que esta aportación sirva para darles un nuevo impulso y desarrollo.
Es un hecho que la declaración de la década del cerebro por el Congreso de los Estados Unidos, alentada por la Library of the Congress y por el NIH en los años noventa del siglo pasado supuso una fuerte inyección, sobre todo económica, para las investigaciones neurocientíficas. Desde la neurobiología molecular hasta las técnicas modernas de imagen cerebral, los estudios tanto básicos como clínicos se multiplicaron y se han acumulado muchos conocimientos que ahora esas nuevas disciplinas pretenden aplicar.
Pero a mi entender cuando se habla de revolución neurocientífica habría que diferenciar entre una revolución objetiva que se traduce en esos nuevos conocimientos y sus aplicaciones, y una revolución subjetiva de la que hablaremos luego y que a mi juicio es mucho más trascendente que la revolución objetiva.
Dentro de la revolución objetiva habría que mencionar la utilización cada vez más frecuente de las técnicas de imagen cerebral, o técnicas de neuroimagen, no sólo en el estudio de enfermedades, sino del hombre normal y sano, ya que son técnicas no invasivas que pueden aplicarse sin intervención cruenta alguna.
En el sistema judicial, por ejemplo, se están aplicando cada vez más esas técnicas que van a sustituir pronto a los polígrafos detectores de mentiras del pasado, ya que la exactitud de sus resultados supera a los detectores tradicionales, con la esperanza de que pronto será imposible engañar a los jueces y fiscales.
El presidente de la Fundación MacArthur en Estados Unidos, Jonathan Fanton, dice que la neurociencia puede tener un impacto sobre el sistema legal tan dramático como los test de ADN. Esta fundación invirtió 10 millones de dólares en el año 2007 en varias universidades para entender cómo la neurotecnología tenía un impacto sobre los sistemas legales en todo el mundo.
Y el neurocientífico Michael Gazzaniga, de la Universidad de California en Santa Barbara, decía que pruebas neurocientíficas ya se han utilizado para persuadir a jurados a decidir sentencias, y los tribunales han admitido los resultados del uso de técnicas de imagen cerebral durante juicios para apoyar peticiones que justificaban actos criminales basándose en la demencia de los implicados.
Recientemente en Estados Unidos se han invertido millones de dólares en universidades para investigaciones neurotecnológicas. El MIT, por ejemplo, recibió 350 millones de dólares para un Instituto McGovern de investigación cerebral. Y en la última década, el National Institute of Health dobló su presupuesto, alcanzando los 7 mil millones de dólares para el estudio de enfermedades del sistema nervioso.
Por otro lado, tanto empresas privadas como agencias de inteligencia están invirtiendo mucho dinero en ese intento de aplicación de los conocimientos generados en neurociencia para utilizarlos en su beneficio. El estudio, por ejemplo, de la base neurobiológica de la toma de decisiones es de suma importancia para los ejecutivos de las empresas. Y en la elaboración de los anuncios de productos y mercancías, la utilización de esos conocimientos también está adquiriendo una gran importancia.
El posible uso de los conocimientos neurocientíficos en el campo de batalla es más preocupante. Los ejércitos modernos están desarrollando ‘neuroarmas’ que pueden ir desde la eliminación de contenidos de la memoria hasta las armas neurotóxicas que pueden transformar los estados de ánimo, producir cambios psicológicos e incluso eliminar al enemigo. Recordemos lo sucedido en Chechenia el 26 de octubre del 2002 cuando las fuerzas rusas OSNAZ introdujeron un gas que mató tanto a terroristas como a rehenes en un teatro de Moscú.
Aparte de sus aplicaciones médicas, la neurotecnología está invadiendo otros terrenos, como las finanzas, la mercadotecnia, la religión, la guerra o el arte. Estamos entrando en lo que Zack Lynch ha llamado ‘la neurosociedad’.
La segunda, la revolución industrial hace unos 250 años, con la invención de la máquina de vapor y la producción de mercancías y la extensión de los mercados.
Y en nuestro tiempo, la tercera revolución debida a la creación del microchip que dio lugar a la sociedad de la información con un intercambio de conocimientos antes desconocido.
Algunos autores consideran que la cuarta revolución será la revolución neurocientífica que ya está invadiendo numerosas disciplinas y creando nuevas, colocando el prefijo “neuro” ante disciplinas tradicionales.
Así hoy se habla de neuroeconomía, neuromarketing, neurofilosofía, neuroética, neuroeducación, neuropolítica y un largo etcétera. Todas estas nuevas disciplinas pretenden aplicar los nuevos conocimientos de la neurociencia a sus materias, esperando que esta aportación sirva para darles un nuevo impulso y desarrollo.
Es un hecho que la declaración de la década del cerebro por el Congreso de los Estados Unidos, alentada por la Library of the Congress y por el NIH en los años noventa del siglo pasado supuso una fuerte inyección, sobre todo económica, para las investigaciones neurocientíficas. Desde la neurobiología molecular hasta las técnicas modernas de imagen cerebral, los estudios tanto básicos como clínicos se multiplicaron y se han acumulado muchos conocimientos que ahora esas nuevas disciplinas pretenden aplicar.
Pero a mi entender cuando se habla de revolución neurocientífica habría que diferenciar entre una revolución objetiva que se traduce en esos nuevos conocimientos y sus aplicaciones, y una revolución subjetiva de la que hablaremos luego y que a mi juicio es mucho más trascendente que la revolución objetiva.
Dentro de la revolución objetiva habría que mencionar la utilización cada vez más frecuente de las técnicas de imagen cerebral, o técnicas de neuroimagen, no sólo en el estudio de enfermedades, sino del hombre normal y sano, ya que son técnicas no invasivas que pueden aplicarse sin intervención cruenta alguna.
En el sistema judicial, por ejemplo, se están aplicando cada vez más esas técnicas que van a sustituir pronto a los polígrafos detectores de mentiras del pasado, ya que la exactitud de sus resultados supera a los detectores tradicionales, con la esperanza de que pronto será imposible engañar a los jueces y fiscales.
El presidente de la Fundación MacArthur en Estados Unidos, Jonathan Fanton, dice que la neurociencia puede tener un impacto sobre el sistema legal tan dramático como los test de ADN. Esta fundación invirtió 10 millones de dólares en el año 2007 en varias universidades para entender cómo la neurotecnología tenía un impacto sobre los sistemas legales en todo el mundo.
Y el neurocientífico Michael Gazzaniga, de la Universidad de California en Santa Barbara, decía que pruebas neurocientíficas ya se han utilizado para persuadir a jurados a decidir sentencias, y los tribunales han admitido los resultados del uso de técnicas de imagen cerebral durante juicios para apoyar peticiones que justificaban actos criminales basándose en la demencia de los implicados.
Recientemente en Estados Unidos se han invertido millones de dólares en universidades para investigaciones neurotecnológicas. El MIT, por ejemplo, recibió 350 millones de dólares para un Instituto McGovern de investigación cerebral. Y en la última década, el National Institute of Health dobló su presupuesto, alcanzando los 7 mil millones de dólares para el estudio de enfermedades del sistema nervioso.
Por otro lado, tanto empresas privadas como agencias de inteligencia están invirtiendo mucho dinero en ese intento de aplicación de los conocimientos generados en neurociencia para utilizarlos en su beneficio. El estudio, por ejemplo, de la base neurobiológica de la toma de decisiones es de suma importancia para los ejecutivos de las empresas. Y en la elaboración de los anuncios de productos y mercancías, la utilización de esos conocimientos también está adquiriendo una gran importancia.
El posible uso de los conocimientos neurocientíficos en el campo de batalla es más preocupante. Los ejércitos modernos están desarrollando ‘neuroarmas’ que pueden ir desde la eliminación de contenidos de la memoria hasta las armas neurotóxicas que pueden transformar los estados de ánimo, producir cambios psicológicos e incluso eliminar al enemigo. Recordemos lo sucedido en Chechenia el 26 de octubre del 2002 cuando las fuerzas rusas OSNAZ introdujeron un gas que mató tanto a terroristas como a rehenes en un teatro de Moscú.
Aparte de sus aplicaciones médicas, la neurotecnología está invadiendo otros terrenos, como las finanzas, la mercadotecnia, la religión, la guerra o el arte. Estamos entrando en lo que Zack Lynch ha llamado ‘la neurosociedad’.
Bitácora
Martes 5 Julio 2011
Entrevista a Francisco José Rubia Vila, publicada por el Colegio Libre de Eméritos.
Francisco J. Rubia Vila es actualmente Catedrático Emérito de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. También fue Catedrático de la Universidad Ludwig Maximillian de Munich, así como Consejero Científico de dicha Universidad. Estudió Medicina en las Universidades Complutense y Düsseldorf de Alemania. Ha sido Subdirector del Hospital Ramón y Cajal y Director de su Departamento de Investigación, Vicerrector de Investigación de la Universidad Complutense de Madrid y Director General de Investigación de la Comunidad de Madrid. Durante varios años fue miembro del Comité Ejecutivo del European Medical Research Council. Su especialidad es la Fisiología del Sistema Nervioso, campo en el que ha trabajado durante más de 40 años, y en el que tiene más de doscientas publicaciones. Fue Director del Instituto Pluridisciplinar de la Universidad Complutense de Madrid y es Director de la Unidad de Cartografía Cerebral de dicho Instituto. Es miembro numerario de la Real Academia Nacional de Medicina (sillón nº 2), Vicepresidente de la Academia Europea de Ciencias y Artes con Sede en Salzburgo, así como de su Delegación Española y Tesorero de la Federación Europea de Academias de Medicina (FEAM).Ha participado en numerosas ponencias y comunicaciones científicas, y es autor de los libros: “Manual de Neurociencia”, “El Cerebro nos Engaña”, “Percepción Social de la Ciencia”, “La Conexión Divina”, “¿Qué sabes de tu cerebro? 60 respuestas a 60 preguntas” “El sexo del cerebro. La diferencia fundamental entre hombres y mujeres”, “El cerebro: avances recientes en neurociencia” y “El fantasma de la libertad”. Francisco José Rubia Vila acaba de dirigir el curso Temas actuales en neurociencia, organizado por el Colegio Libre de Eméritos, que ha tenido gran afluencia de público.
¿En qué se diferencian mente y cerebro?
La mente no es otra cosa que la actividad consciente e inconsciente del cerebro.
¿Cuál es la relación entre emoción y razón? ¿Cómo intervienen las emociones en los procesos cognoscitivos?
La relación entre emoción y razón no es antinómica. Se ha mostrado en pacientes con lesiones en estructuras del sistema límbico, o cerebro emocional, que tienen dificultades con los razonamientos. Por tanto, la relación entre emoción y razón es estrecha y bidireccional.
¿En qué medida influye el medioambiente para el desarrollo de facultades mentales?
Cualquier facultad mental para la que tenemos una predisposición genética necesita del entorno para poder desarrollarse. Los genes se expresan si el entorno es apropiado. Eso ocurre, por ejemplo, con el lenguaje, pero también con otras facultades mentales
¿Cuál es el papel de las emociones en la memoria?
Fundamental. Todos sabemos que el almacenamiento de sus contenidos es más rápido e intenso cuanto mayor sea la carga emocional. En este proceso, el yo consciente no juega ningún papel.
¿Es verdad que “El cerebro nos engaña”, tal y como reza el título de uno de sus libros?
La frase “El cerebro nos engaña” es coloquial. En la palabra “nos” se encierran también cerebros. Lo que quiere dar a entender es que al cerebro no le interesa “la verdad”, sino la supervivencia del organismo que lo alberga. Si le falta información, la suple con historias plausibles, aunque sean falsas. El ejemplo que suelo utilizar es el del cazador en la India que ve tras un arbusto una especie de maroma anaranjada con tiras negras. El cazador sale corriendo porque su cerebro ha reconstruido todo un tigre, pero puede ser una maroma, en cuyo caso el cerebro ha engañado, pero esa “creación cerebral” es útil para la supervivencia. Es muy útil recomponer una imagen con pocos datos, pero tiene también sus inconvenientes porque puede ser engañosa.
Recientemente, en Estados Unidos, un ordenador diseñado por IBM ha derrotado en un concurso de televisión a dos cerebros humanos privilegiados. Todo un triunfo de la inteligencia artificial, porque además de tener memoria, Watson, que así se llama el robot, puede pensar. Parece una película de neurociencia-ficción... ¿qué le parece a usted?
Que veremos aún cosas más sorprendentes. No obstante, la comparación del ordenador con el cerebro es incorrecta. En el ordenador la “hardware” y la “software” están separadas; en el cerebro, no. Además, en el ordenador aún falta las emociones que son importantes en el cerebro para razonar como hace la especie humana.
¿Es cierto que el cerebro tiene sexo, tal y como afirma en su libro “El sexo del cerebro”? ¿En qué consisten, básicamente, esas diferencias?
En el hipotálamo se encuentran estructuras que difieren del hombre a la mujer. Pero no son las únicas. Aparte de la morfología, en las funciones también se han detectados diferencias. Ante un mismo problema, los cerebros masculino y femenino se activan de forma diferente, lo que ha llevado a pensar que utilizan estrategias diferentes para la solución de ese mismo problema.
Para el neurocientífico Ramachandran las neuronas espejo, las responsables de la empatía y la imitación, serían para la psicología como el ADN ha sido para la biología... ¿qué opina usted?
Que es un tanto exagerado. No obstante, hay que admitir que la capacidad de imitación y la empatía han sido esenciales en nuestro desarrollo como especie, tanto en la fabricación de utensilios como en el lenguaje gestual, precursor del hablado, y en la llamada “teoría de la mente”, o sea la capacidad de poder adivinar y predecir lo que piensan o sienten los demás, algo enormemente importante para la supervivencia.
Howard Gardner ha sido recientemente galardonado con el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por su labor en el terreno de la educación. Considera que la inteligencia humana no es única y que cada individuo posee, al menos, ocho habilidades cognoscitivas, lo que él llama inteligencias múltiples. ¿Qué opinión le merecen sus conclusiones?
La palabra ‘inteligencia’ pertenece a lo que se ha llamado ‘psicología popular’ y tiene poco sentido desde el punto de vista neurobiológico. El cerebro ha ido desarrollando a lo largo de la evolución capacidades para solucionar problemas del entorno y cada una de ellas puede tener un desarrollo diferente, tanto en un individuo como entre ellos. De ahí la expresión “múltiples inteligencias”, algo que ya había sospechado Juan Huarte de San Juan en su “Examen de ingenios”.
¿Es igual de “maleable” el cerebro de un adulto que el de un niño pequeño?
No es igual de maleable, pues el cerebro del niño aún no está totalmente maduro. Algunas regiones terminan ese proceso de maduración al final de la adolescencia. Lo que es cierto es que podemos aprender hasta el fin de la vida.
En una de sus conferencias, “Cerebro y música”, habla del lenguaje y la música. Ambas están presentes en todas las sociedades humanas que hoy existen ¿El lenguaje se deriva de la música o ambos, lenguaje y música, se desarrollaron en paralelo?
No está claro. Algunos autores hablan de “musilenguaje” como si fuese un sistema único. Sin embargo, la localización de algunos aspectos tanto del lenguaje como de la música es diferente.
Si algunas enfermedades mentales tienen un alto componente genético, como por ejemplo, la depresión, ¿quiere decir esto que son “incurables”? ¿se puede reeducar al cerebro, en este sentido?
Enfermedades poligénicas, es decir que dependen de varios genes, son difíciles de curar. Es de suponer que en el futuro la terapia génica podrá acometer la eliminación de los genes defectuosos sustituyéndolos por sanos.
¿Qué relación hay entre las creencias políticas o religiosas o los valores sociales y la estructura cerebral? ¿Condiciona la estructura cerebral las creencias políticas o son los valores los que influyen en el desarrollo de esta estructura? ¿Cómo se explican los fanatismos o, por ejemplo, el surgimiento de movimientos como el nazismo, desde el punto de vista del desarrollo de las ideologías en el cerebro?
Estamos aún lejos de responder a estas preguntas. Ahora bien, en las ideologías aparece un pensamiento fuertemente dualista unido a una gran carga emocional que las hace extremadamente peligrosas. El pensamiento dualista, sin embargo, es útil para analizar la realidad, ya que el cerebro funciona por contrastes. Con otras palabras: cualquier herramienta cerebral tiene, como todo, sus ventajas y sus inconvenientes.
¿Estamos totalmente determinados al nacer por nuestra estructura cerebral o podemos decir que cerebro humano goza de libre albedrío?
Experimentos repetidos en varios laboratorios parecen indicar que el libre albedrío es una ficción. Si en el futuro otros experimentos indicasen su existencia tendríamos que revisar esta opinión. Es difícil aceptarlo, ya que todos tenemos la impresión subjetiva de ser libres. Pero durante veinte siglos hemos tenido la impresión subjetiva de que el sol se movía alrededor de la tierra y ha resultado ser falsa. Mi consejo: hay que ser muy cautos con las impresiones subjetivas.
Publicado por el Colegio Libre de Eméritos
¿En qué se diferencian mente y cerebro?
La mente no es otra cosa que la actividad consciente e inconsciente del cerebro.
¿Cuál es la relación entre emoción y razón? ¿Cómo intervienen las emociones en los procesos cognoscitivos?
La relación entre emoción y razón no es antinómica. Se ha mostrado en pacientes con lesiones en estructuras del sistema límbico, o cerebro emocional, que tienen dificultades con los razonamientos. Por tanto, la relación entre emoción y razón es estrecha y bidireccional.
¿En qué medida influye el medioambiente para el desarrollo de facultades mentales?
Cualquier facultad mental para la que tenemos una predisposición genética necesita del entorno para poder desarrollarse. Los genes se expresan si el entorno es apropiado. Eso ocurre, por ejemplo, con el lenguaje, pero también con otras facultades mentales
¿Cuál es el papel de las emociones en la memoria?
Fundamental. Todos sabemos que el almacenamiento de sus contenidos es más rápido e intenso cuanto mayor sea la carga emocional. En este proceso, el yo consciente no juega ningún papel.
¿Es verdad que “El cerebro nos engaña”, tal y como reza el título de uno de sus libros?
La frase “El cerebro nos engaña” es coloquial. En la palabra “nos” se encierran también cerebros. Lo que quiere dar a entender es que al cerebro no le interesa “la verdad”, sino la supervivencia del organismo que lo alberga. Si le falta información, la suple con historias plausibles, aunque sean falsas. El ejemplo que suelo utilizar es el del cazador en la India que ve tras un arbusto una especie de maroma anaranjada con tiras negras. El cazador sale corriendo porque su cerebro ha reconstruido todo un tigre, pero puede ser una maroma, en cuyo caso el cerebro ha engañado, pero esa “creación cerebral” es útil para la supervivencia. Es muy útil recomponer una imagen con pocos datos, pero tiene también sus inconvenientes porque puede ser engañosa.
Recientemente, en Estados Unidos, un ordenador diseñado por IBM ha derrotado en un concurso de televisión a dos cerebros humanos privilegiados. Todo un triunfo de la inteligencia artificial, porque además de tener memoria, Watson, que así se llama el robot, puede pensar. Parece una película de neurociencia-ficción... ¿qué le parece a usted?
Que veremos aún cosas más sorprendentes. No obstante, la comparación del ordenador con el cerebro es incorrecta. En el ordenador la “hardware” y la “software” están separadas; en el cerebro, no. Además, en el ordenador aún falta las emociones que son importantes en el cerebro para razonar como hace la especie humana.
¿Es cierto que el cerebro tiene sexo, tal y como afirma en su libro “El sexo del cerebro”? ¿En qué consisten, básicamente, esas diferencias?
En el hipotálamo se encuentran estructuras que difieren del hombre a la mujer. Pero no son las únicas. Aparte de la morfología, en las funciones también se han detectados diferencias. Ante un mismo problema, los cerebros masculino y femenino se activan de forma diferente, lo que ha llevado a pensar que utilizan estrategias diferentes para la solución de ese mismo problema.
Para el neurocientífico Ramachandran las neuronas espejo, las responsables de la empatía y la imitación, serían para la psicología como el ADN ha sido para la biología... ¿qué opina usted?
Que es un tanto exagerado. No obstante, hay que admitir que la capacidad de imitación y la empatía han sido esenciales en nuestro desarrollo como especie, tanto en la fabricación de utensilios como en el lenguaje gestual, precursor del hablado, y en la llamada “teoría de la mente”, o sea la capacidad de poder adivinar y predecir lo que piensan o sienten los demás, algo enormemente importante para la supervivencia.
Howard Gardner ha sido recientemente galardonado con el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por su labor en el terreno de la educación. Considera que la inteligencia humana no es única y que cada individuo posee, al menos, ocho habilidades cognoscitivas, lo que él llama inteligencias múltiples. ¿Qué opinión le merecen sus conclusiones?
La palabra ‘inteligencia’ pertenece a lo que se ha llamado ‘psicología popular’ y tiene poco sentido desde el punto de vista neurobiológico. El cerebro ha ido desarrollando a lo largo de la evolución capacidades para solucionar problemas del entorno y cada una de ellas puede tener un desarrollo diferente, tanto en un individuo como entre ellos. De ahí la expresión “múltiples inteligencias”, algo que ya había sospechado Juan Huarte de San Juan en su “Examen de ingenios”.
¿Es igual de “maleable” el cerebro de un adulto que el de un niño pequeño?
No es igual de maleable, pues el cerebro del niño aún no está totalmente maduro. Algunas regiones terminan ese proceso de maduración al final de la adolescencia. Lo que es cierto es que podemos aprender hasta el fin de la vida.
En una de sus conferencias, “Cerebro y música”, habla del lenguaje y la música. Ambas están presentes en todas las sociedades humanas que hoy existen ¿El lenguaje se deriva de la música o ambos, lenguaje y música, se desarrollaron en paralelo?
No está claro. Algunos autores hablan de “musilenguaje” como si fuese un sistema único. Sin embargo, la localización de algunos aspectos tanto del lenguaje como de la música es diferente.
Si algunas enfermedades mentales tienen un alto componente genético, como por ejemplo, la depresión, ¿quiere decir esto que son “incurables”? ¿se puede reeducar al cerebro, en este sentido?
Enfermedades poligénicas, es decir que dependen de varios genes, son difíciles de curar. Es de suponer que en el futuro la terapia génica podrá acometer la eliminación de los genes defectuosos sustituyéndolos por sanos.
¿Qué relación hay entre las creencias políticas o religiosas o los valores sociales y la estructura cerebral? ¿Condiciona la estructura cerebral las creencias políticas o son los valores los que influyen en el desarrollo de esta estructura? ¿Cómo se explican los fanatismos o, por ejemplo, el surgimiento de movimientos como el nazismo, desde el punto de vista del desarrollo de las ideologías en el cerebro?
Estamos aún lejos de responder a estas preguntas. Ahora bien, en las ideologías aparece un pensamiento fuertemente dualista unido a una gran carga emocional que las hace extremadamente peligrosas. El pensamiento dualista, sin embargo, es útil para analizar la realidad, ya que el cerebro funciona por contrastes. Con otras palabras: cualquier herramienta cerebral tiene, como todo, sus ventajas y sus inconvenientes.
¿Estamos totalmente determinados al nacer por nuestra estructura cerebral o podemos decir que cerebro humano goza de libre albedrío?
Experimentos repetidos en varios laboratorios parecen indicar que el libre albedrío es una ficción. Si en el futuro otros experimentos indicasen su existencia tendríamos que revisar esta opinión. Es difícil aceptarlo, ya que todos tenemos la impresión subjetiva de ser libres. Pero durante veinte siglos hemos tenido la impresión subjetiva de que el sol se movía alrededor de la tierra y ha resultado ser falsa. Mi consejo: hay que ser muy cautos con las impresiones subjetivas.
Publicado por el Colegio Libre de Eméritos
La ingesta de sustancias alucinógenas, también llamadas ‘enteógenas’, que etimológicamente significa ‘dios dentro de mí’, no es exclusiva del ser humano. Otros animales también ingieren hongos y plantas que contienen sustancias psicotrópicas.
Si nos remontamos a la Prehistoria, es muy posible que en esas épocas los chamanes utilizasen ya drogas enteógenas en sus rituales, sobre todo para alcanzar el trance o éxtasis.
El historiador de las religiones Mircea Eliade dice que cuando el chamán, una figura que se le ha llamado el sacerdote de las culturas de cazadores-recolectores ya presente en el Paleolítico, no puede llegar al éxtasis o trance por otros medios, utiliza sustancias enteógenas para alcanzarlo. No me parece a mí correcta la comparación con el sacerdote, ya que el chamanismo no es una religión en sentido estricto. El chamán es más bien una especie de hechicero o curandero, pero su principal importancia se deriva de la capacidad de ser un intermediario entre la realidad cotidiana y una segunda realidad a la que se accede por trance o éxtasis.
Por ser intermediario, puede comparársele con el sacerdote de religiones tradicionales, pero el sacerdote pertenece a una jerarquía eclesiástica que siempre estuvo en contra de los místicos, es decir, de aquellas personas que entraban supuestamente en contacto con la divinidad sin necesidad de ningún intermediario. En este sentido, el chamán es comparable más bien con los místicos de las religiones tradicionales.
Por tanto, ya en el Paleolítico el ser humano utilizaba drogas enteógenas para acceder a esa segunda realidad, en la que supuestamente podía entrevistarse con antepasados fallecidos, divinidades, espíritus y seres sobrenaturales en general.
¿Fuimos los primeros?
Pero la cuestión es si han sido los seres humanos los primeros en utilizar estas sustancias alucinógenas, sustancias que siguen usándose por chamanes en nuestros días. El etnobotánico y etnomicólogo italiano, Giorgio Samorini, ha estudiado este tema durante varias décadas llegando a la conclusión que muchas otras especies animales también buscan las sustancias enteógenas para drogarse.
Llama la atención, por ejemplo, que los renos de Siberia busquen el hongo alucinógeno llamado hongo matamoscas o falsa oronja (Amanita muscaria) para ingerirlo, práctica que también se ha dado en Europa y América. Este hongo crece sobre todo bajo coníferas, hayas y abedules y es buscado asimismo por ardillas y moscas. Los caribúes de Canadá lo ingieren asimismo. Es muy probable que los chamanes siberianos copiasen a los renos y de esta manera descubriesen la posibilidad de acceder a lo que hemos llamado antes ‘segunda realidad’.
La sustancia activa de este hongo es la muscarina, que en dosis alta puede producir la muerte y que estimula los receptores de acetilcolina, un neurotransmisor muy extendido en el sistema nervioso. Sus efectos pueden ser dolores abdominales, náuseas, vómitos, diarreas y dificultad para respirar.
Se supone que los componentes de este hongo figuraban en el llamado ‘soma’, un elixir que se menciona en Los Vedas y del que se habla ya en el año 1.500 a.C. en la India.
Otro hongo muy apreciado por algunos animales, entre ellos el hombre, es el hongo Psilocybe, muy conocido en la cultura azteca que le llamaba ‘hongo de dios’, aunque también se le ha denominado ‘carne de los dioses’. Pues bien, este hongo es ingerido asimismo por animales como el perro y la cabra, aunque también se ha encontrado en el estómago de primates no humanos. Estos hongos suelen crecer sobre excrementos de mamíferos.
Se ha planteado la cuestión de si el maná del que se habla en la Biblia (Éxodo, 16:14) no serían también drogas enteógenas. Por la descripción que del maná se hace en la Biblia algunos autores han sugerido similitudes con el hongo psilocybe.
Samorini también nos dice que la cabra ingiere las bayas de la planta del café para conseguir un estado de excitación. Y en Etiopía y Yemen las cabras se vuelven locas con la ingesta de khat, una planta con propiedades eufóricas que también es consumida por seres humanos. Se supone en este caso que las propiedades de este arbusto que se denomina ‘flor del paraíso’ fueron descubiertas por el hombre observando el comportamiento de los rebaños de cabras.
La ‘judía roja’ o ‘judía del mezclal’ es la semilla de una planta leguminosa conocida desde la Antigüedad por los indios de las llanuras de América del Norte y que utilizan en ceremonias religiosas. Parece ser que su uso se remonta a los 9.000 años a.C., y los indios descubrieron sus efectos observando las extrañas conductas de los animales que las consumían.
Samorini habla de muchos otros animales que se drogan como abejas, moscas, gatos, vacas, elefantes, koalas, mandriles, caballos, etc.
Posible espiritualidad animal
Habría que preguntarse: ¿entran también los animales en esa segunda realidad en la que se encuentran con antepasados fallecidos y todo tipo de seres sobrenaturales? La pregunta no es baladí, porque el cerebro emocional o sistema límbico lo compartimos los humanos, aunque con diferencias, con muchos otros mamíferos. Esta pregunta lo que quiere indicar es la posibilidad de una espiritualidad animal que haya precedido a la nuestra.
Hoy sabemos que estas experiencias pueden ser provocadas experimentalmente y no sólo por la ingesta de sustancias enteógenas, sino por la estimulación de determinadas estructuras del cerebro emocional. La experiencia espiritual, trascendente o religiosa, que tantos místicos han referido, es un producto cerebral. Por tanto, no puede extrañarnos que planteemos la existencia de precursores de la espiritualidad en los animales que nos han precedido en la evolución, sobre todo los que tienen un cerebro más parecido al nuestro.
Desgraciadamente, hoy por hoy no tenemos técnicamente la posibilidad de saber si este planteamiento tiene una base.
Si nos remontamos a la Prehistoria, es muy posible que en esas épocas los chamanes utilizasen ya drogas enteógenas en sus rituales, sobre todo para alcanzar el trance o éxtasis.
El historiador de las religiones Mircea Eliade dice que cuando el chamán, una figura que se le ha llamado el sacerdote de las culturas de cazadores-recolectores ya presente en el Paleolítico, no puede llegar al éxtasis o trance por otros medios, utiliza sustancias enteógenas para alcanzarlo. No me parece a mí correcta la comparación con el sacerdote, ya que el chamanismo no es una religión en sentido estricto. El chamán es más bien una especie de hechicero o curandero, pero su principal importancia se deriva de la capacidad de ser un intermediario entre la realidad cotidiana y una segunda realidad a la que se accede por trance o éxtasis.
Por ser intermediario, puede comparársele con el sacerdote de religiones tradicionales, pero el sacerdote pertenece a una jerarquía eclesiástica que siempre estuvo en contra de los místicos, es decir, de aquellas personas que entraban supuestamente en contacto con la divinidad sin necesidad de ningún intermediario. En este sentido, el chamán es comparable más bien con los místicos de las religiones tradicionales.
Por tanto, ya en el Paleolítico el ser humano utilizaba drogas enteógenas para acceder a esa segunda realidad, en la que supuestamente podía entrevistarse con antepasados fallecidos, divinidades, espíritus y seres sobrenaturales en general.
¿Fuimos los primeros?
Pero la cuestión es si han sido los seres humanos los primeros en utilizar estas sustancias alucinógenas, sustancias que siguen usándose por chamanes en nuestros días. El etnobotánico y etnomicólogo italiano, Giorgio Samorini, ha estudiado este tema durante varias décadas llegando a la conclusión que muchas otras especies animales también buscan las sustancias enteógenas para drogarse.
Llama la atención, por ejemplo, que los renos de Siberia busquen el hongo alucinógeno llamado hongo matamoscas o falsa oronja (Amanita muscaria) para ingerirlo, práctica que también se ha dado en Europa y América. Este hongo crece sobre todo bajo coníferas, hayas y abedules y es buscado asimismo por ardillas y moscas. Los caribúes de Canadá lo ingieren asimismo. Es muy probable que los chamanes siberianos copiasen a los renos y de esta manera descubriesen la posibilidad de acceder a lo que hemos llamado antes ‘segunda realidad’.
La sustancia activa de este hongo es la muscarina, que en dosis alta puede producir la muerte y que estimula los receptores de acetilcolina, un neurotransmisor muy extendido en el sistema nervioso. Sus efectos pueden ser dolores abdominales, náuseas, vómitos, diarreas y dificultad para respirar.
Se supone que los componentes de este hongo figuraban en el llamado ‘soma’, un elixir que se menciona en Los Vedas y del que se habla ya en el año 1.500 a.C. en la India.
Otro hongo muy apreciado por algunos animales, entre ellos el hombre, es el hongo Psilocybe, muy conocido en la cultura azteca que le llamaba ‘hongo de dios’, aunque también se le ha denominado ‘carne de los dioses’. Pues bien, este hongo es ingerido asimismo por animales como el perro y la cabra, aunque también se ha encontrado en el estómago de primates no humanos. Estos hongos suelen crecer sobre excrementos de mamíferos.
Se ha planteado la cuestión de si el maná del que se habla en la Biblia (Éxodo, 16:14) no serían también drogas enteógenas. Por la descripción que del maná se hace en la Biblia algunos autores han sugerido similitudes con el hongo psilocybe.
Samorini también nos dice que la cabra ingiere las bayas de la planta del café para conseguir un estado de excitación. Y en Etiopía y Yemen las cabras se vuelven locas con la ingesta de khat, una planta con propiedades eufóricas que también es consumida por seres humanos. Se supone en este caso que las propiedades de este arbusto que se denomina ‘flor del paraíso’ fueron descubiertas por el hombre observando el comportamiento de los rebaños de cabras.
La ‘judía roja’ o ‘judía del mezclal’ es la semilla de una planta leguminosa conocida desde la Antigüedad por los indios de las llanuras de América del Norte y que utilizan en ceremonias religiosas. Parece ser que su uso se remonta a los 9.000 años a.C., y los indios descubrieron sus efectos observando las extrañas conductas de los animales que las consumían.
Samorini habla de muchos otros animales que se drogan como abejas, moscas, gatos, vacas, elefantes, koalas, mandriles, caballos, etc.
Posible espiritualidad animal
Habría que preguntarse: ¿entran también los animales en esa segunda realidad en la que se encuentran con antepasados fallecidos y todo tipo de seres sobrenaturales? La pregunta no es baladí, porque el cerebro emocional o sistema límbico lo compartimos los humanos, aunque con diferencias, con muchos otros mamíferos. Esta pregunta lo que quiere indicar es la posibilidad de una espiritualidad animal que haya precedido a la nuestra.
Hoy sabemos que estas experiencias pueden ser provocadas experimentalmente y no sólo por la ingesta de sustancias enteógenas, sino por la estimulación de determinadas estructuras del cerebro emocional. La experiencia espiritual, trascendente o religiosa, que tantos místicos han referido, es un producto cerebral. Por tanto, no puede extrañarnos que planteemos la existencia de precursores de la espiritualidad en los animales que nos han precedido en la evolución, sobre todo los que tienen un cerebro más parecido al nuestro.
Desgraciadamente, hoy por hoy no tenemos técnicamente la posibilidad de saber si este planteamiento tiene una base.
Bitácora
Miércoles 5 Mayo 2010
Mario Beauregard es un joven investigador de los departamentos de radiología y psicología de la universidad de Montreal que ha publicado un libro titulado “The Spiritual Brain: A neuroscientist’s case for the Existence of the Soul”. El libro, que poseo, lo ha escrito con una apologeta del ‘diseño inteligente’ que es periodista “freelance”. La revista ‘The Global Spiral’ ha publicado una reseña de ese libro, tal y como reza en Tendencias de las Religiones de Tendencias 21.
El título del artículo en Tendencias 21: “La neurociencia cuestiona el materialismo imperante” es un título, a mi juicio, tendencioso. En primer lugar porque la neurociencia no es Mario Beauregard, sino también muchos otros neurocientíficos que no pensamos de la misma manera. Y en segundo lugar porque, como he manifestado en otro lugar, si el cerebro genera espiritualidad, como algunos experimentos muestran, llamar ‘materia’ al cerebro no sería correcto, por lo que he propuesto la palabra ‘espiriteria’ para nuestro órgano maestro.
La mayoría de neurocientíficos acepta que la mente no es otra cosa que el producto de la actividad cerebral, por lo que decir: “Si se puede demostrar que la mente gobierna al cerebro, es que existe una realidad no material” resulta ser una petición de principio, porque se asume de entrada que mente y cerebro son cosas diferentes para afirmar que existe una realidad no material, volviendo a un dualismo cartesiano que entiendo superado en neurociencia, e incluso por muchos filósofos.
He sostenido que, gracias a esa superación del dualismo, la neurociencia está tratando temas como la realidad exterior, la consciencia, la libertad o la espiritualidad desde el punto de vista neurocientífico, cosa que antes se consideraba inútil, dado el carácter inmaterial de las facultades mentales, antes llamadas ‘anímicas’.
El problema del dualismo radica en que desde Descartes hasta la fecha ha sido incapaz de mostrar cómo un ente inmaterial, que carece de energía, es capaz de interaccionar con la materia, lo que violaría las leyes de la termodinámica. Además, tanto lo que se llama ‘postura materialista’ como ‘postura no-materialista’ adolecen de un ‘dualismo cojo’, según el cual de la, a mi juicio, falsa antinomia materia-espíritu escogen sólo una parte.
Se dice que los experimentos de Beauregard “demuestran empíricamente que la mente puede gobernar y transformar el cerebro”, como si eso no se supiese ya, pero es que de esa manera se insiste en partir de algo que se quiere demostrar, a saber que la mente y el cerebro son dos cosas distintas.
Que Dios no puede convertirse en objeto de estudio es afirmado sin más. Yo añadiría que, si seguimos a Karl Popper, Dios, como el alma, no son hipótesis científicas porque no son ni demostrables ni falsables. También podría decirse, desde otra perspectiva, que la ciencia no es una creencia religiosa.
En mi libro La conexión divina he sostenido que las experiencias místicas o religiosas no son fruto de una actividad cerebral anómala, aunque puedan producirse en casos patológicos, como en la epilepsia del lóbulo temporal. Pero que el sujeto que experimenta esa vivencia se sienta unido a Dios, la Naturaleza, el Vacío o el Nirvana, no significa necesariamente que se demuestre la existencia de estos conceptos. La cuestión que en estas experiencias místicas queda sin responder es por qué cuando en estas experiencias los sujetos ven o hablan con seres espirituales estos son siempre de la religión que profesan los propios sujetos, lo que hace pensar que la ‘religión verdadera’ es siempre aquella en la que creen los que tienen estas experiencias.
El contexto racionalista y científico, se afirma en el artículo, pretende cuestionar las ideas religiosas y exiliar a Dios de la cultura humana y las posturas ‘materialistas’ trivializan los valores morales. Nada de esto lo considero cierto. Las creencias en seres sobrenaturales son algo perteneciente a la intimidad de las personas y es una opción personal como cualquier otra, en la que la ciencia no creo que pretenda entrar. Más bien ocurre lo contrario: que algunos religiosos sí que pretenden mostrar que la ciencia está equivocada cuando no considera entes espirituales como hipótesis científicas. Respecto a la moral tengo entendido que ahora se está incluso planteando la existencia de una predisposición genética para ella, independiente de las reglas morales que en cada sociedad existan y que son asumidas mediante el aprendizaje en la respectiva cultura.
Beauregard y O’Leary defienden que nuestro cerebro está estructurado para la religión. Aquí se confunde religión con espiritualidad, lo que ocurre muy a menudo. La espiritualidad parece ser algo inherente al ser humano desde que se pueden provocar experiencias espirituales o místicas estimulando determinadas regiones cerebrales. Pero la religión es una construcción social frente a esa experiencia individual. Si es cierto que no existe religión sin espiritualidad, sí existe, por lo contrario, espiritualidad sin religión.
Asistimos de nuevo a algo ya conocido, a saber que todo aquello que la ciencia aún no puede explicar se envuelve en una nube de sobrenaturalidad. Por eso se menciona la intuición, el efecto placebo, la ‘voluntad’, (algo que hoy se considera que puede ser una ilusión), o las experiencias cercanas a la muerte, sin duda también fruto de la actividad cerebral. Como la actividad científica es la única actividad humana que acumula conocimiento, estoy convencido que todos estos ‘reductos’ se irán reduciendo con el tiempo.
Como en el artículo al que me refiero habla de otro publicado en la página del Instituto Metanexus titulada “The Global Spiral”, la he consultado para comprobar lo que en el artículo en cuestión se dice. El artículo que reseña el libro de Beauregard y O’Leary lo escribe un tal Ryan McIlhenny, hijo de un sacerdote de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa. En él critica a los autores del libro por su resistencia a relacionar la actividad cerebral con los estados místicos o trascendentes. McIlhenny denuncia asimismo que los autores están más interesados en desmontar la visión materialista que dicta los parámetros de la neurociencia, preguntándose por qué los procesos naturales tienen que excluir lo sobrenatural.
McIlhenny cita al filósofo cristiano Alvin Plantinga, profesor de la Universidad de Notre Dame en Michigan, que no critica la posibilidad de que el cerebro produzca experiencias espirituales, argumentando que es posible que gracias a esos procesos podamos llegar a conocer la divinidad, argumento que en La conexión divina yo he propuesto como explicación posible desde el punto de vista de los creyentes. Plantinga considera que el aspecto más controvertido del libro de Beauregard y O’Leary es el argumento que separa el cerebro de la mente.
Finalmente, Plantinga echa de menos que Beauregard y O’Leary no cumplan la promesa implícita en el título del último capítulo del libro titulado: “¿Creó Dios el cerebro, o creó el cerebro Dios?”, pregunta que queda sin respuesta. Si los autores no confundiesen los argumentos religiosos con los científicos, seguramente no se hubiesen planteado esa cuestión.
El título del artículo en Tendencias 21: “La neurociencia cuestiona el materialismo imperante” es un título, a mi juicio, tendencioso. En primer lugar porque la neurociencia no es Mario Beauregard, sino también muchos otros neurocientíficos que no pensamos de la misma manera. Y en segundo lugar porque, como he manifestado en otro lugar, si el cerebro genera espiritualidad, como algunos experimentos muestran, llamar ‘materia’ al cerebro no sería correcto, por lo que he propuesto la palabra ‘espiriteria’ para nuestro órgano maestro.
La mayoría de neurocientíficos acepta que la mente no es otra cosa que el producto de la actividad cerebral, por lo que decir: “Si se puede demostrar que la mente gobierna al cerebro, es que existe una realidad no material” resulta ser una petición de principio, porque se asume de entrada que mente y cerebro son cosas diferentes para afirmar que existe una realidad no material, volviendo a un dualismo cartesiano que entiendo superado en neurociencia, e incluso por muchos filósofos.
He sostenido que, gracias a esa superación del dualismo, la neurociencia está tratando temas como la realidad exterior, la consciencia, la libertad o la espiritualidad desde el punto de vista neurocientífico, cosa que antes se consideraba inútil, dado el carácter inmaterial de las facultades mentales, antes llamadas ‘anímicas’.
El problema del dualismo radica en que desde Descartes hasta la fecha ha sido incapaz de mostrar cómo un ente inmaterial, que carece de energía, es capaz de interaccionar con la materia, lo que violaría las leyes de la termodinámica. Además, tanto lo que se llama ‘postura materialista’ como ‘postura no-materialista’ adolecen de un ‘dualismo cojo’, según el cual de la, a mi juicio, falsa antinomia materia-espíritu escogen sólo una parte.
Se dice que los experimentos de Beauregard “demuestran empíricamente que la mente puede gobernar y transformar el cerebro”, como si eso no se supiese ya, pero es que de esa manera se insiste en partir de algo que se quiere demostrar, a saber que la mente y el cerebro son dos cosas distintas.
Que Dios no puede convertirse en objeto de estudio es afirmado sin más. Yo añadiría que, si seguimos a Karl Popper, Dios, como el alma, no son hipótesis científicas porque no son ni demostrables ni falsables. También podría decirse, desde otra perspectiva, que la ciencia no es una creencia religiosa.
En mi libro La conexión divina he sostenido que las experiencias místicas o religiosas no son fruto de una actividad cerebral anómala, aunque puedan producirse en casos patológicos, como en la epilepsia del lóbulo temporal. Pero que el sujeto que experimenta esa vivencia se sienta unido a Dios, la Naturaleza, el Vacío o el Nirvana, no significa necesariamente que se demuestre la existencia de estos conceptos. La cuestión que en estas experiencias místicas queda sin responder es por qué cuando en estas experiencias los sujetos ven o hablan con seres espirituales estos son siempre de la religión que profesan los propios sujetos, lo que hace pensar que la ‘religión verdadera’ es siempre aquella en la que creen los que tienen estas experiencias.
El contexto racionalista y científico, se afirma en el artículo, pretende cuestionar las ideas religiosas y exiliar a Dios de la cultura humana y las posturas ‘materialistas’ trivializan los valores morales. Nada de esto lo considero cierto. Las creencias en seres sobrenaturales son algo perteneciente a la intimidad de las personas y es una opción personal como cualquier otra, en la que la ciencia no creo que pretenda entrar. Más bien ocurre lo contrario: que algunos religiosos sí que pretenden mostrar que la ciencia está equivocada cuando no considera entes espirituales como hipótesis científicas. Respecto a la moral tengo entendido que ahora se está incluso planteando la existencia de una predisposición genética para ella, independiente de las reglas morales que en cada sociedad existan y que son asumidas mediante el aprendizaje en la respectiva cultura.
Beauregard y O’Leary defienden que nuestro cerebro está estructurado para la religión. Aquí se confunde religión con espiritualidad, lo que ocurre muy a menudo. La espiritualidad parece ser algo inherente al ser humano desde que se pueden provocar experiencias espirituales o místicas estimulando determinadas regiones cerebrales. Pero la religión es una construcción social frente a esa experiencia individual. Si es cierto que no existe religión sin espiritualidad, sí existe, por lo contrario, espiritualidad sin religión.
Asistimos de nuevo a algo ya conocido, a saber que todo aquello que la ciencia aún no puede explicar se envuelve en una nube de sobrenaturalidad. Por eso se menciona la intuición, el efecto placebo, la ‘voluntad’, (algo que hoy se considera que puede ser una ilusión), o las experiencias cercanas a la muerte, sin duda también fruto de la actividad cerebral. Como la actividad científica es la única actividad humana que acumula conocimiento, estoy convencido que todos estos ‘reductos’ se irán reduciendo con el tiempo.
Como en el artículo al que me refiero habla de otro publicado en la página del Instituto Metanexus titulada “The Global Spiral”, la he consultado para comprobar lo que en el artículo en cuestión se dice. El artículo que reseña el libro de Beauregard y O’Leary lo escribe un tal Ryan McIlhenny, hijo de un sacerdote de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa. En él critica a los autores del libro por su resistencia a relacionar la actividad cerebral con los estados místicos o trascendentes. McIlhenny denuncia asimismo que los autores están más interesados en desmontar la visión materialista que dicta los parámetros de la neurociencia, preguntándose por qué los procesos naturales tienen que excluir lo sobrenatural.
McIlhenny cita al filósofo cristiano Alvin Plantinga, profesor de la Universidad de Notre Dame en Michigan, que no critica la posibilidad de que el cerebro produzca experiencias espirituales, argumentando que es posible que gracias a esos procesos podamos llegar a conocer la divinidad, argumento que en La conexión divina yo he propuesto como explicación posible desde el punto de vista de los creyentes. Plantinga considera que el aspecto más controvertido del libro de Beauregard y O’Leary es el argumento que separa el cerebro de la mente.
Finalmente, Plantinga echa de menos que Beauregard y O’Leary no cumplan la promesa implícita en el título del último capítulo del libro titulado: “¿Creó Dios el cerebro, o creó el cerebro Dios?”, pregunta que queda sin respuesta. Si los autores no confundiesen los argumentos religiosos con los científicos, seguramente no se hubiesen planteado esa cuestión.
Con un título afirmativo La ilusión del libre albedrío ha aparecido en el periódico El País, con fecha de 7 de febrero de 2007, un artículo que gira sobre este controvertido tema que ha preocupado a generaciones de filósofos. Finalmente se hace eco algún medio en España de una cuestión que hace correr ríos de tinta en otros países como Alemania o Estados Unidos.
Este artículo me ha recordado mi conferencia en la Real Academia Nacional de Medicina en el año 2003 con el mismo título que encabeza este artículo. Como entonces dije, la expresión ‘libre albedrío’ proviene del latín ‘liberum arbitrium’, concepto muy usado por teólogos y filósofos cristianos y se diferencia de la palabra ‘libertas’ que se refería más al estado de bienaventuranza eterna. El libre albedrío se empleaba para designar la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, como en De corruptione et gratia I, 2, dice San Agustín: “Debe confesarse que hay en nosotros libre albedrío para hacer el mal y para hacer el bien”.
Esta idea del libre albedrío procede, sin duda, de la impresión subjetiva que todos tenemos de ser libres cuando tomamos una decisión. Negar esta posibilidad iría en contra de esa impresión, lo que los anglosajones dicen que sería ‘contraintuitiva’.
Pero ¿son nuestras impresiones subjetivas de fiar? ¿Acaso no era intuitivamente correcto asumir que el sol giraba alrededor de la tierra, como Aristóteles, Ptolomeo y tantos otros sostuvieron hasta nada menos que el siglo XVI, y que por contradecir esta ‘impresión subjetiva’ tuvo que morir en la hoguera Giordano Bruno en el Campo dei Fiori de Roma?
Causa y consecuencia
Pues bien, como bien se informa en el artículo de El País, los experimentos realizados por un neurocientífico californiano, Benjamín Libet, le hicieron concluir que la impresión subjetiva de la libertad de acción no era la causa de esta acción, sino su consecuencia. En otras palabras: que en sus experimentos se mostraba claramente que el cerebro se ponía en movimiento, cuando el sujeto de experimentación realizaba el movimiento voluntario de un dedo, nada menos que 500 milisegundos (medio segundo) antes de que el sujeto informase de su decisión de mover el dedo y 700 milisegundos antes del movimiento. En consecuencia: tanto el movimiento como la impresión subjetiva dependían de una actividad cerebral que es muy anterior en el tiempo y completamente inconsciente. Estos experimentos se han repetido una y otra vez en otros laboratorios arrojando siempre los mismos resultados.
Estos experimentos se han vuelto a confirmar en Leipzig, pero ahora la actividad cerebral en los lóbulos frontales se remontaba incluso a 10 segundos antes de que el movimiento tuviera lugar. En el futuro estaremos ante el hecho de que nuestra impresión subjetiva de que somos libres es una ilusión. Lo cual no es nada nuevo. Recordemos lo que decía al respecto el filósofo inglés David Hume: “La voluntad no es otra cosa que la impresión interna que sentimos y de la que somos conscientes, cuando a sabiendas damos lugar a un nuevo movimiento de nuestro cuerpo o a una nueva percepción de nuestra mente”. Lo que viene a decir que la voluntad no es ninguna causa o motor en la persona, sino más bien la sensación consciente, personal, subjetiva, de esta causa, fuerza o motor.
Mucho más claro que David Hume fue el filósofo holandés Baruch Spinoza, quien en su Etica dice lo siguiente: “Los hombres se equivocan si se creen libres; su opinión está hecha de la consciencia de sus propias acciones y de la ignorancia de las causas que las determinan”.
Y Thomas Henry Huxley, célebre zoólogo inglés, abuelo de Julian y Aldous Huxley, decía: “La sensación que llamamos volición no es la causa del acto voluntario, sino simplemente el símbolo de la consciencia de aquel estado del cerebro que es la causa inmediata del acto”.
Marvin Minsky, uno de los pioneros de la inteligencia artificial opina: “Ninguno de nosotros piensa que lo que hacemos depende de procesos que no conocemos; preferimos atribuir nuestras elecciones a la voluntad, volición o autocontrol… Quizá sería más honesto decir: mi decisión estuvo determinada por fuerzas internas que no comprendo”.
¿Por qué hemos estado engañados tanto tiempo?
Si realmente el libre albedrío es una de las ilusiones que el cerebro es capaz de crear, ¿por qué hemos estado engañados tanto tiempo?
A esta pregunta se puede responder diciendo que también es cierto que desde el orfismo, que consideraba al alma prisionera del soma (cuerpo) o de la sema (tumba), pasando por Platón y muchos otros filósofos, hasta llegar al planteamiento radical de Descartes, el dualismo metafísico, que considera que el hombre se compone de dos entidades distintas, el cuerpo, material, y el alma, inmaterial, ha impedido que las ciencias naturales se ocupen de las ‘funciones anímicas’ o mentales por considerarlas, como el nombre indica, fruto de ese ente inmaterial que hemos llamado alma.
Pero la neurociencia moderna ha superado, podríamos decir, ese obstáculo y desde ese momento ha comenzado a aplicar los métodos científico-naturales a temas que tradicionalmente correspondían a la teología o a la filosofía. La consciencia, el yo, la realidad exterior, el libre albedrío, la espiritualidad incluso, son temas que hoy se estudian desde posiciones neurocientíficas y con métodos neurocientíficos.
Por eso estoy convencido que estos resultados de la neurociencia moderna van a cambiar la idea que tenemos no sólo del mundo, sino de nosotros mismos en muchos aspectos. Y este es uno de ellos. Desde el punto de vista dualista no surgiría ningún problema: la voluntad es una facultad del alma y por tanto es independiente del cuerpo, o sea, del cerebro, al que controla. Ahora bien, ningún dualista ha podido hasta ahora explicar satisfactoriamente cómo es posible que un ente inmaterial, que por definición no posee energía, pueda mover, activar, accionar, las células de nuestro cerebro, que es materia. Estaríamos violando las leyes de la termodinámica.
Otro argumento a favor de considerar que las facultades mentales, como hoy acepta la inmensa mayoría de neurocientíficos, son producto del cerebro, es decir, de la materia. Y a nadie se le escapa que sería curioso que sólo el cerebro, como tal materia, no estuviese sometido a las leyes deterministas de la naturaleza.
Este artículo me ha recordado mi conferencia en la Real Academia Nacional de Medicina en el año 2003 con el mismo título que encabeza este artículo. Como entonces dije, la expresión ‘libre albedrío’ proviene del latín ‘liberum arbitrium’, concepto muy usado por teólogos y filósofos cristianos y se diferencia de la palabra ‘libertas’ que se refería más al estado de bienaventuranza eterna. El libre albedrío se empleaba para designar la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, como en De corruptione et gratia I, 2, dice San Agustín: “Debe confesarse que hay en nosotros libre albedrío para hacer el mal y para hacer el bien”.
Esta idea del libre albedrío procede, sin duda, de la impresión subjetiva que todos tenemos de ser libres cuando tomamos una decisión. Negar esta posibilidad iría en contra de esa impresión, lo que los anglosajones dicen que sería ‘contraintuitiva’.
Pero ¿son nuestras impresiones subjetivas de fiar? ¿Acaso no era intuitivamente correcto asumir que el sol giraba alrededor de la tierra, como Aristóteles, Ptolomeo y tantos otros sostuvieron hasta nada menos que el siglo XVI, y que por contradecir esta ‘impresión subjetiva’ tuvo que morir en la hoguera Giordano Bruno en el Campo dei Fiori de Roma?
Causa y consecuencia
Pues bien, como bien se informa en el artículo de El País, los experimentos realizados por un neurocientífico californiano, Benjamín Libet, le hicieron concluir que la impresión subjetiva de la libertad de acción no era la causa de esta acción, sino su consecuencia. En otras palabras: que en sus experimentos se mostraba claramente que el cerebro se ponía en movimiento, cuando el sujeto de experimentación realizaba el movimiento voluntario de un dedo, nada menos que 500 milisegundos (medio segundo) antes de que el sujeto informase de su decisión de mover el dedo y 700 milisegundos antes del movimiento. En consecuencia: tanto el movimiento como la impresión subjetiva dependían de una actividad cerebral que es muy anterior en el tiempo y completamente inconsciente. Estos experimentos se han repetido una y otra vez en otros laboratorios arrojando siempre los mismos resultados.
Estos experimentos se han vuelto a confirmar en Leipzig, pero ahora la actividad cerebral en los lóbulos frontales se remontaba incluso a 10 segundos antes de que el movimiento tuviera lugar. En el futuro estaremos ante el hecho de que nuestra impresión subjetiva de que somos libres es una ilusión. Lo cual no es nada nuevo. Recordemos lo que decía al respecto el filósofo inglés David Hume: “La voluntad no es otra cosa que la impresión interna que sentimos y de la que somos conscientes, cuando a sabiendas damos lugar a un nuevo movimiento de nuestro cuerpo o a una nueva percepción de nuestra mente”. Lo que viene a decir que la voluntad no es ninguna causa o motor en la persona, sino más bien la sensación consciente, personal, subjetiva, de esta causa, fuerza o motor.
Mucho más claro que David Hume fue el filósofo holandés Baruch Spinoza, quien en su Etica dice lo siguiente: “Los hombres se equivocan si se creen libres; su opinión está hecha de la consciencia de sus propias acciones y de la ignorancia de las causas que las determinan”.
Y Thomas Henry Huxley, célebre zoólogo inglés, abuelo de Julian y Aldous Huxley, decía: “La sensación que llamamos volición no es la causa del acto voluntario, sino simplemente el símbolo de la consciencia de aquel estado del cerebro que es la causa inmediata del acto”.
Marvin Minsky, uno de los pioneros de la inteligencia artificial opina: “Ninguno de nosotros piensa que lo que hacemos depende de procesos que no conocemos; preferimos atribuir nuestras elecciones a la voluntad, volición o autocontrol… Quizá sería más honesto decir: mi decisión estuvo determinada por fuerzas internas que no comprendo”.
¿Por qué hemos estado engañados tanto tiempo?
Si realmente el libre albedrío es una de las ilusiones que el cerebro es capaz de crear, ¿por qué hemos estado engañados tanto tiempo?
A esta pregunta se puede responder diciendo que también es cierto que desde el orfismo, que consideraba al alma prisionera del soma (cuerpo) o de la sema (tumba), pasando por Platón y muchos otros filósofos, hasta llegar al planteamiento radical de Descartes, el dualismo metafísico, que considera que el hombre se compone de dos entidades distintas, el cuerpo, material, y el alma, inmaterial, ha impedido que las ciencias naturales se ocupen de las ‘funciones anímicas’ o mentales por considerarlas, como el nombre indica, fruto de ese ente inmaterial que hemos llamado alma.
Pero la neurociencia moderna ha superado, podríamos decir, ese obstáculo y desde ese momento ha comenzado a aplicar los métodos científico-naturales a temas que tradicionalmente correspondían a la teología o a la filosofía. La consciencia, el yo, la realidad exterior, el libre albedrío, la espiritualidad incluso, son temas que hoy se estudian desde posiciones neurocientíficas y con métodos neurocientíficos.
Por eso estoy convencido que estos resultados de la neurociencia moderna van a cambiar la idea que tenemos no sólo del mundo, sino de nosotros mismos en muchos aspectos. Y este es uno de ellos. Desde el punto de vista dualista no surgiría ningún problema: la voluntad es una facultad del alma y por tanto es independiente del cuerpo, o sea, del cerebro, al que controla. Ahora bien, ningún dualista ha podido hasta ahora explicar satisfactoriamente cómo es posible que un ente inmaterial, que por definición no posee energía, pueda mover, activar, accionar, las células de nuestro cerebro, que es materia. Estaríamos violando las leyes de la termodinámica.
Otro argumento a favor de considerar que las facultades mentales, como hoy acepta la inmensa mayoría de neurocientíficos, son producto del cerebro, es decir, de la materia. Y a nadie se le escapa que sería curioso que sólo el cerebro, como tal materia, no estuviese sometido a las leyes deterministas de la naturaleza.
Editado por
Francisco J. Rubia
Francisco J. Rubia Vila es Catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y también lo fue de la Universidad Ludwig Maximillian de Munich, así como Consejero Científico de dicha Universidad. Estudió Medicina en las Universidades Complutense y Düsseldorf de Alemania. Ha sido Subdirector del Hospital Ramón y Cajal y Director de su Departamento de Investigación, Vicerrector de Investigación de la Universidad Complutense de Madrid y Director General de Investigación de la Comunidad de Madrid. Durante varios años fue miembro del Comité Ejecutivo del European Medical Research Council. Su especialidad es la Fisiología del Sistema Nervioso, campo en el que ha trabajado durante más de 40 años, y en el que tiene más de doscientas publicaciones. Es Director del Instituto Pluridisciplinar de la Universidad Complutense de Madrid. Es miembro numerario de la Real Academia Nacional de Medicina (sillón nº 2), Vicepresidente de la Academia Europea de Ciencias y Artes con Sede en Salzburgo, así como de su Delegación Española. Ha participado en numerosas ponencias y comunicaciones científicas, y es autor de los libros: “Manual de Neurociencia”, “El Cerebro nos Engaña”, “Percepción Social de la Ciencia”, “La Conexión Divina”, “¿Qué sabes de tu cerebro? 60 respuestas a 60 preguntas” y “El sexo del cerebro. La diferencia fundamental entre hombres y mujeres”.
Libros de Francisco J. Rubia
Temas actuales en neurociencia. Conferencias del profesor Rubia pronunciadas en el Colegio Libre de Eméritos (2011)
Cerebro, mente y conciencia: nuevas orientaciones en neurociencia. Conferencias del profesor Rubia pronunciadas en el Colegio Libre de Eméritos (2010)
Número especial de la Revista de Occidente sobre Libertad y Cerebro. Artículos coordinados por Francisco J. Rubia. Enero 2011.
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Tendencias 21 (Madrid). ISSN 2174-6850
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