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NEUROCIENCIAS

Conferencias

Jueves, 19 de Noviembre 2009

Conferencia del Prof. F. J. Rubia en la Real Academia Nacional de Medicina – 29 de mayo del 2001


De los cuatro lóbulos cerebrales, frontal, parietal, temporal y occipital, el temporal es el que, al parecer, tiene mayores conexiones con el sistema límbico, aparte de albergar en él estructuras subcorticales que, como la amígdala y el hipocampo, pertenecen por sí mismas al sistema límbico. El polo anterior del lóbulo temporal está considerado como el área de asociación del sistema límbico y, a excepción del área órbito-frontal del lóbulo frontal, que posee fuertes conexiones con este sistema, son los trastornos de la función del lóbulo temporal los que producen más síntomas relacionados con emociones, estados de ánimos y conductas emocionales.

Probablemente, una de las experiencias que nos hace más humanos es la sensación de la propia personalidad, del yo, de la mismidad o como quiera llamársele a ese sentimiento de la identidad personal que, para muchos, yo mismo incluido, sigue siendo un misterio. Nada en la naturaleza parece permanente, panta rei, todo fluye, que decía Heráclito, incluidos los tejidos de nuestro propio cuerpo. Y sin embargo, tenemos la sensación subjetiva de que somos los mismos en cuerpo y mente desde la niñez hasta la senectud, a pesar de saber que el cuerpo se renueva constantemente y que en el terreno mental, nuestro conocimiento del entorno, nuestra memoria, nuestras creencias y actitudes ante el mundo van cambiando a lo largo de la vida.


Cierto es que genética e inmunológicamente somos singulares, pero no existe ninguna prueba que establezca una relación entre la sensación subjetiva del yo con los factores genéticos o inmunológicos. Más bien parece que esta sensación subjetiva depende de las funciones cognitivas del cerebro, como veremos enseguida. Y, dentro del cerebro, parece fuera de duda que en esta sensación de la propia individualidad el lóbulo temporal juega un papel predominante.


Pero antes de pasar a explicar los trastornos que implican una modificación de esta sensación subjetiva de la propia personalidad, empecemos por describir lo que ocurre en animales cercanos a nosotros cuando se extirpan ambos lóbulos temporales, incluidos la amígdala y el hipocampo y las áreas corticales adyacentes. En monos, esto fue realizado en 1939 por Klüver y Bucy, y los resultados de esta ablación han pasado a la literatura científica bajo el nombre de síndrome de Klüver-Bucy.


Tras la lesión, los animales desarrollaron lo que se llamó una “ceguera psíquica”, consistente en la aproximación sin vacilaciones a objetos tanto animados como inanimados y explorarlos con la boca en vez de con las manos, no importando si los objetos eran alimentos, heces, una serpiente (que normalmente produce pavor en estos animales) o una bombilla eléctrica.

Otros síntomas típicos son la compulsiva atención a cualquier estímulo visual que se les presentase, y la falta de respuestas normalmente asociadas a estímulos que producen miedo o cólera.

Por otro lado, estos monos mostraban igualmente una desinhibición de conductas hetero y homosexuales, tratando de copular incluso con animales de otras especies, como gatos o gallinas.

En la conducta social, estos animales, tras la lesión del lóbulo temporal, descienden rápidamente en la jerarquía de dominancia que se establece en las colonias de monos, pero también son capaces de luchar con los monos más fuertes y dominantes de la colonia, lo que conduce a ser lesionados gravemente por ellos. En resumen: toda una mina para la psicopatología.


Las estructuras responsables de estas conductas son las estructuras profundas de los lóbulos temporales, especialmente la amígdala. Precisamente por estos datos y muchos otros se ha llegado a la conclusión que la amígdala es la estructura por la que los estímulos sensoriales adquieren una significación afectiva y motivacional.

En seres humanos este síndrome nunca se da completo. Marlowe y cols. Describieron por vez primera el síndrome de Klüver-Bucy en un paciente humano con meningoencefalitis. Su paciente examinaba los objetos, incluidas sus manos, colocándolos en su boca y chupándolos o masticándolos. Tenía un apetito insaciable y comía casi cualquier cosa que estaba a su alcance, incluidas envolturas de plástico, materiales de limpieza, comida para perros y heces. La extensión de su hiperoralidad podía ser grave y peligrosa para la vida. Mendez y Foti describieron dos pacientes con el síndrome de Klüver-Bucy, uno se asfixió tras rellenar la boca con gasa quirúrgica, servilletas, papel higiénico y tazas de plástico, y el otro por aspiración de una gran cantidad de alimentos que había ingerido.


Existe, sin embargo, un caso, referido por Terzian y dalle Ore en 1955, de un joven paciente que sufrió una lobectomía temporal bilateral para controlar sus ataques epilépticos. Este joven reprodujo prácticamente el síndrome de Klüver-Bucy que hemos mencionado antes. Su agnosia visual fue muy grave, el paciente era incapaz de reconocer a las personas, incluida su madre a la que tenía gran afecto y a la que se dirigía con la palabra “Madam” cada vez que la veía. También sufría de una amnesia retrógrada profunda, pareciendo carecer de memoria de todo su pasado.

Otro caso de destrucción bilateral del lóbulo temporal ha sido descrito por Antonio Damasio y colaboradores en el año 1985, esta vez debido a una encefalitis por herpes. El paciente tenía también una amnesia retrógrada y anterógrada que afectaba solamente la memoria episódica, pero no a la semántica. Tampoco reconocía las caras de personajes muy conocidos e incluso describió una foto de su mujer como si fuera la de su suegra. Curiosamente, este paciente no desarrolló el síndrome completo de Klüver-Bucy.


Las lesiones de las partes inferiores del lóbulo temporal conducen a agnosia visual, ya que estas regiones son áreas asociativas del sistema visual; en algunos de estos pacientes se desarrolla una agnosia específica para determinados objetos, pero no para otros. Por ejemplo, algunos pacientes tienen enormes dificultades en reconocer animales, como mamíferos, aves o insectos, pero ningún problema en reconocer objetos hechos por el hombre, como herramientas, objetos caseros, muebles o vestidos. Al parecer el denominador común de estos pacientes es la lesión de la corteza temporal ínferobasal.

En lesiones unilaterales lo que se pone de manifiesto es la especialización funcional de los hemisferios, siendo el hemisferio izquierdo en la mayoría de las personas el que es dominante por lo que respecta al lenguaje y a la elaboración de material verbal, incluidas las regiones que no son esenciales para el lenguaje, mientras que el hemisferio derecho o no dominante por lo que respecta al lenguaje, está especializado en la elaboración de material no verbal. Esto significa en la práctica que el hemisferio derecho tiene una ventaja sobre el izquierdo para la percepción visual, sobre todo para el reconocimiento de caras y de las expresiones faciales emocionales. Precisamente por esta especialización funcional hemisférica, sólo las lesiones de la corteza temporal derecha afectan a las funciones visuales superiores.


Pero también es cierto que la lesión de la amígdala conduce a un embotamiento de las respuestas emocionales, lo que no hace más que corroborar el papel que esta estructura juega en nuestra vida emocional. La enfermedad de Urbach-Wiethe en humanos que implica una calcificación de ambas amígdalas hace que los pacientes afectados no puedan, por ejemplo, identificar las emociones de miedo que transmiten caras humanas, o que no puedan dibujar una cara miedosa. Otros pacientes afectados por esta rara enfermedad no muestran el aumento normal de la memoria cuando se trata de almacenar material emocional, lo que se sabe depende de los receptores beta-adrenérgicos en la amígdala.

Otro de los síndromes típicos del lóbulo temporal es el síndrome de Gastaut-Geschwind, que se da en un subgrupo de pacientes afectados por epilepsia del lóbulo temporal. Este tipo de epilepsia puede transcurrir sin convulsiones y sin pérdida de consciencia, siempre y cuando quede delimitado a las estructuras subcorticales del sistema límbico. En cuanto sobrepasa estas estructuras y se extiende a la corteza cerebral, el ataque se generaliza y el paciente pierde la consciencia. La epilepsia del lóbulo temporal también se ha denominado epilepsia psicomotora o epilepsia parcial compleja. El síndrome de Gastaut-Geschwind es un síndrome interictal, con síntomas que aparecen entre ataque y ataque, y su nombre se debe a que estos dos autores, uno francés y el otro norteamericano, llamaron la atención sobre estos síntomas que son fundamentalmente trastornos de la función sexual, hiperreligiosidad, hipergrafia, preocupaciones filosóficas exageradas e irritabilidad. Aparte de los trastornos de los instintos fisiológicos, como la sexualidad, la agresividad y el miedo, en estos pacientes aparecen «intereses intelectuales nuevos» con una preocupación por los temas religiosos, morales y filosóficos.


Algunos pacientes epilépticos con un foco témporo-límbico tienen la impresión de que las cosas adquieren un significado especial, generalmente exagerado. Estos pacientes son serios, sin humor, y tienen un interés intenso en temas filosóficos, morales o religiosos. Ocasionalmente, los pacientes epilépticos experimentan conversiones o experiencias religiosas múltiples. Algunos muestran relaciones interpersonales alteradas, incluida una preocupación excesiva (obsesiva) por el detalle, circunstancialidad en el lenguaje, y una tendencia a prolongar los encuentros interpersonales («viscosidad»). Los pacientes epilépticos pueden emplear mucho tiempo en llegar a lo esencial, dan informaciones de fondo detalladas con múltiples citas, o escriben copiosamente sobre sus pensamientos y sentimientos (hipergrafía).


La viscosidad puede ser la característica más importante del síndrome de Gastaut-Geschwind. Significa una «viscosidad» de procesos de pensamiento o una adherencia a una idea y una viscosidad en las relaciones interpersonales o adhesión social aumentada. Los pacientes muestran una circunstancialidad, tienen dificultades en terminar las conversaciones, y tienen a prolongar los encuentros interpersonales (por ejemplo, interviús con médicos) más allá del tiempo indicado por las normas sociales.

Otro síndrome fruto de la disfunción del lóbulo temporal es el síndrome de Capgras, descrito en 1923 por el psiquiatra francés Jean Marie Joseph Capgras como «illusion de sosies». La palabra francesa «sosies», que significa «doble», proviene de la comedia de Plauto Anfitrión, en la que Mercurio se persona en la forma del siervo Sosia. Este síndrome se caracteriza porque el enfermo posee la falsa creencia en dobles. Generalmente, el fondo de esta falsa creencia es la negación de la identidad de otra persona. Por ejemplo, el enfermo puede idealizar a su mujer de tal manera que la crea perfecta; cuando algo contradice esa creencia, el paciente percibe a su mujer como una impostora, como un doble. En casos más raros, el doble es el mismo paciente, por lo que el caso se convierte en el de doble personalidad, tan bien descrito en la novela de Dostoievsky El doble.


Otra condición rara y parecida al síndrome de Capgras es la autoscopia o ilusión o alucinación del yo. La diferencia fundamental con el síndrome de Capgras es la identidad psicológica entre el yo real y el doble, que en la autoscopia no es impostor, sino otro yo al que se le suelen proyectar todas las características no queridas por el yo real. En la literatura dicen haberlo experimentado Goethe, Shelley, Guy de Maupssant y Edgar Allan Poe.

También asociados a la disfunción del lóbulo temporal se encuentran fenómenos de despersonalización y desrealización; en el primer caso, el paciente se extraña a sí mismo, su propio cuerpo o el entorno; en el segundo caso, aunque el sentido del yo se mantiene, el paciente tiene la sensación de que todo lo que ocurre es irreal. A veces, estas experiencias ocurren en personas normales, especialmente en condiciones de gran fatiga, de gran pena o aflicción, cuando se recibe un diagnóstico de una enfermedad terminal o al sobrevivir a un accidente grave; también cuando la persona se ha librado de un gran peligro, p.ej., de ser devorado por una fiera, o de ser salvado de un incendio.


Todos estos ejemplos nos indican que, muy probablemente, el sentido del yo sea el resultado de la función de una de estas estructuras profundas del lóbulo temporal, posiblemente el hipocampo, que recibe tanto aferencias internas a través del septo, como externas, de la corteza entorrinal, aferencias que convergen en las células piramidales de esta estructura, que, como ustedes saben, está relacionada con la memoria. La memoria, lógicamente, es un factor determinante en esta sensación de continuidad de nuestro sentido del yo. De ahí que no sea extraño que este sentido sufra cuando se lesionan las estructuras límbicas del lóbulo temporal.

La importancia de estas estructuras para nuestras vidas cotidianas nos lo indica asimismo la función de la amígdala. Sus neuronas son multimodales, es decir, reciben aferencias de todas las áreas asociativas, y sus células, al igual que en la región ínfero-temporal, reaccionan a estímulos geométricos, como cruces, triángulas y círculos, así como manos y ojos. De ahí que probablemente el hombre de Cro-Magnon haya pintado en las paredes de las cuevas prehistóricas todos estos símbolos, que estarían asociados con los sentimientos de temor y reverencia.


Su activación anormal produce alucinaciones aterradoras, así como estados disociativos de sensaciones de estar fuera del cuerpo, de despersonalización y de presencia de seres espirituales que infunden temor y miedo.

Tanto el hipotálamo como la amígdala contienen numerosos receptores para las sustancias opiáceas, lo que explica que en respuestas al dolor, al estrés, al miedo o al terror, se segreguen grandes cantidades de opiáceos, que explican por qué los animales, una vez presos por los predadores, se dejan tranquilamente despedazar sin una protesta o por qué los mártires en el circo romano morían cantando.

Lejos estamos aún de entender el funcionamiento de todas estas estructuras límbicas, pero es evidente que encierran toda una gama de síntomas, una vez activadas, que explican muchas conductas humanas hasta ahora inexplicables.


Es de esperar que esta ignorancia dé pronto paso a conocimientos que contribuyan a que podamos entendernos mejor a nosotros mismos.


Gracias por su atención.



Francisco J. Rubia | Comentarios

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Editado por
Francisco J. Rubia
Ardiel Martinez
Francisco J. Rubia Vila es Catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y también lo fue de la Universidad Ludwig Maximillian de Munich, así como Consejero Científico de dicha Universidad. Estudió Medicina en las Universidades Complutense y Düsseldorf de Alemania. Ha sido Subdirector del Hospital Ramón y Cajal y Director de su Departamento de Investigación, Vicerrector de Investigación de la Universidad Complutense de Madrid y Director General de Investigación de la Comunidad de Madrid. Durante varios años fue miembro del Comité Ejecutivo del European Medical Research Council. Su especialidad es la Fisiología del Sistema Nervioso, campo en el que ha trabajado durante más de 40 años, y en el que tiene más de doscientas publicaciones. Es Director del Instituto Pluridisciplinar de la Universidad Complutense de Madrid. Es miembro numerario de la Real Academia Nacional de Medicina (sillón nº 2), Vicepresidente de la Academia Europea de Ciencias y Artes con Sede en Salzburgo, así como de su Delegación Española. Ha participado en numerosas ponencias y comunicaciones científicas, y es autor de los libros: “Manual de Neurociencia”, “El Cerebro nos Engaña”, “Percepción Social de la Ciencia”, “La Conexión Divina”, “¿Qué sabes de tu cerebro? 60 respuestas a 60 preguntas” y “El sexo del cerebro. La diferencia fundamental entre hombres y mujeres”.



El impacto de la neurociencia. Curso del profesor Francisco J. Rubia. Octubre noviembre 2013.

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