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Blog de Tendencias21 sobre el papel de la sociedad civil en el cambio global



La conjetura esencial de mi obra Hacia un Nuevo Mundo, comentada en este blog, es sin duda que el “proyecto universal de desarrollo solidario” que responde a la nueva sensibilidad ético-utópica de la sociedad de nuestro tiempo (el nuevo orden internacional que haría “otro mundo posible”), debería ser promovido por un movimiento de acción civil que denominamos Nuevo Mundo. ¿En qué debería consistir? Nuevo Mundo sería una novedad que asume y hace entrar en un nivel cualitativo superior los numerosos movimientos civiles hoy existentes. Pero, ¿es viable el nacimiento y organización de Nuevo Mundo? Nuestros argumentos y conjeturas teóricas nos dicen que sí. Es claro que, si Nuevo Mundo llegara a nacer y prosperar, su éxito dependería de los líderes civiles que hubieran afrontado el compromiso de promoverlo. Estos líderes deberían haber considerado fríamente la empresa, calculando las dificultades y los desafíos, pero asumiendo racionalmente que la magnitud inmensa de los resultados en beneficio de la humanidad merecen la decisión de comprometerse en la gestión social de Nuevo Mundo. La verdad es que, si se entiende qué podría significar Nuevo Mundo como movimiento de acción civil, no creo que pudieran hallarse otros proyectos que tuvieran una mayor grandeza moral.


Es obvio que el movimiento de acción civil Nuevo Mundo es, en este momento, una pura propuesta teórica formulada en el marco de un discurso en Filosofía Política. No tiene, pues, existencia real alguna. Por esto he encabezado este artículo apuntando a “qué debería ser”. Nuevo Mundo es, en efecto, un movimiento civil diseñado como conjetura cuya posibilidad se argumenta al considerar que existen numerosos indicios y señales de que la lógica de la historia pudiera estar llevándonos a la organización de un movimiento civil de las características de Nuevo Mundo, tal como he estudiado en mi obra Hacia un Nuevo Mundo.

¿Es esto así? ¿Qué debería ser Nuevo Mundo? ¿Qué papel debería jugar en la historia? Sólo si estas preguntas se responden correctamente se puede estar en condiciones de distinguir claramente que Nuevo Mundo no es lo mismo que otras organizaciones civiles ya existentes, o que otras propuestas hechas en los últimos años para intentar mejorar la situación del mundo, luchando solidariamente contra la pobreza (así los movimientos civiles, las ONGs, la propuesta del 0.7 destinado a combatir la pobreza, o la aplicación de la tasa Tobin encaminada a los mismos fines). Estas iniciativas son obviamente excelentes, pero no son lo mismo que Nuevo Mundo, aunque sí pueden ser consideradas muestras evidentes del nuevo protagonismo histórico creciente de la sociedad civil que se está abriendo camino. Su culminación histórica debería ser la organización de Nuevo Mundo, donde el movimiento civil naciente acabaría hallando el verdadero protagonismo que la lógica de la historia está promoviendo. Sería entonces cuando la sociedad civil estaría en condiciones de imponer al poder político el rumbo de la historia.

Sobre Nuevo Mundo hacemos algunas observaciones muy precisas. 1) Que responde a la lógica de la historia. 2) Que esta lógica histórica ha hecho emerger una nueva sensibilidad de la gente, una forma intuitiva de sentir cómo deberíamos combatir la indignidad humana apoyándonos en la libertad y en la solidaridad. 3) Que la lógica de esta nueva sensibilidad popular, propia del tiempo nuevo que vivimos, conduce por sí misma a delimitar finalmente con precisión (más allá de los primeros movimientos civiles premonitorios antes aludidos) qué debería hacerse para combatir la indignidad humana por la libertad y por la solidaridad: debería promoverse el proyecto universal de desarrollo solidario (proyecto UDS) que responde a características precisas. 4) Que Nuevo Mundo, como movimiento de acción civil, sería la forma más eficaz para promover el proyecto UDS. 5) Que para poder hacerlo Nuevo Mundo debería tener un conjunto de propiedades y características de diseño, digamos retóricamente “de ingeniería civil”, que le permitieran con pragmatismo, urgencia y eficacia real, llevar a la consecución de sus fines. 6) Que Nuevo Mundo no se identifica con ninguno de los movimientos civiles hoy existentes, aunque en todo caso los asume por elevación y los sitúa en un plano cualitativo superior: representa algo nuevo no ensayado hasta el momento, pero por otra parte exigido por la lógica misma de la historia. 7) Que Nuevo Mundo responde a un diseño perfectamente viable y posible, con toda precisión, tal como he mostrado en Hacia un Nuevo Mundo. 8) Que, si Nuevo Mundo llegara a existir, los resultados naturales de su actuación podrían suponer para la humanidad unos beneficios no comparables a los de ningún otro proyecto, ya que haría posible un nuevo orden internacional socio-político-económico, libre y solidario, comprometido finalmente en la lucha contra el sufrimiento y la indignidad humana. 10) Que, desde el momento en que se contempla la viabilidad intelectual del proyecto Nuevo Mundo (propuesto por los intelectuales), se convierte en un reto moral que pesa sobre aquellos que pudieran contribuir a su nacimiento, bien sea a partir de los líderes civiles o de organizaciones existentes que iniciaran el patronazgo del proyecto.

Por tanto, Nuevo Mundo debería ser un movimiento civil orientado exclusivamente a promover el proyecto UDS. Tendría, pues, una finalidad precisa y definida que excluiría cualquier otro objetivo camuflado. Sería por ello mismo universal, es decir, posible objeto de consenso de parte de hombres de toda condición –cultura, religión, o categoría social– y, por ello, extendible internacionalmente y universal. Debería, además, tener un diseño y una dirección que lo hiciera formalmente fiable. De todo ello, y otras muchas cosas, hemos hablado en Hacia un Nuevo Mundo.

Comentamos brevemente algunos aspectos de la enumeración anterior.

La lógica de la historia y la emergencia de un nuevo ideal ético-utópico

¿Por qué pienso que la lógica de la historia lleva a la emergencia de un nuevo ideal ético-utópico? La respuesta es esta: porque los dos movimientos ético-utópicos que hasta ahora han movido a las grandes sociedades occidentales (extendiéndose a todo el mundo) han tocado fondo, han entrado en crisis y ya no dan más de sí. La modernidad que, desde los siglos XVI y XVII, promovió el humanismo, la libertad, la creatividad, los derechos humanos y de los pueblos, la soberanía popular, el constitucionalismo y la democracia, aliándose desde el XVIII con el liberalismo, es, al comenzar el siglo XXI, lo único que tenemos, pero ha tocado fondo después de siglos sin resolver los problemas humanos. Hoy en día impera una gran decepción sobre la modernidad-liberal que, ciertamente, ha producido inmensa riqueza, pero concentrada en islas de bienestar frente a un mundo sumido en una pobreza inmensa y creciente. Una modernidad-liberal que no parece tener en la actualidad planes tangibles para crear justicia y solidaridad universal. Por otra parte, los movimientos ético-utópicos que en mi libro Hacia un Nuevo Mundo he llamado comunitarismos, aparecidos en el siglo XIX –como son el socialismo-marxista, el historicismo y el anarquismo– han llegado también a tocar fondo a fines del XX. Se han hundido, principalmente el mundo marxista, sin que nadie se atreva a confiar en que estas ideologías fracasadas, puedan considerarse el eje para una transformación de la realidad.

En una situación en que la intuición popular ya no confía en las ideologías doctrinarias del pasado ha ido naciendo en el pueblo (o mejor, está naciendo), sin embargo, un intenso sentimiento de que gran parte de la humanidad sufre por la indignidad humana, al mismo tiempo en que nace un sentimiento solidario que impulsa al compromiso por remediar esta situación de forma urgente y pragmática. La intuición de la gente no es ya doctrinaria: no pretende comprometerse en la defensa de ideologías, sino resolver con urgencia y pragmatismo el hiriente, inmenso y creciente, sufrimiento de la humanidad. Este sentimiento profundo hace entender intuitivamente qué deberíamos hacer éticamente para responder a nuestra conciencia moral y hacia qué horizonte utópico deberíamos caminar juntos. Es el nacimiento de un nuevo ideal ético-utópico, el nuevo ideal que sustituye a la pura modernidad liberal y a los comunitarismos del pasado, aunque asuma integralmente algunos de sus valores: la libertad creativa de una sociedad libre (que nació de la modernidad-liberal) y la solidaridad que justifica la intervención de los gobiernos para regular la libertad en orden a su real contribución a la resolución de los problemas humanos (la regulación fue el gran principio de los comunitarismos).

El proyecto UDS, respuesta al ideal ético-utópico de nuestro tiempo

La lógica del nuevo ideal ético-utópico naciente en el siglo XXI es, pues, una síntesis de los valores fundamentales de la modernidad y del comunitarismo. Todos intuimos hoy que el nuevo orden que funde una sociedad mejor debe instalarse sobre el mundo de libertad, creatividad y democracia promovido por la modernidad. Pero también intuimos que los poderes públicos deben regular el marco de la libertad para que todo redunde en políticas humanistas que hagan posible la lucha real contra el sufrimiento tal como intentó promover el comunitarismo. Por consiguiente, de acuerdo con lo que la gente intuye actualmente, ¿qué debería hacerse para promover una sociedad mejor? ¿A qué “proyecto de acción en común” tiende por su propia naturaleza el nuevo ideal ético-utópico de la gente en el siglo XXI? La respuesta es también precisa: tiende a lo que en mi libro he llamado el “proyecto universal de desarrollo solidario” (proyecto UDS).

La quintaesencia de este proyecto es muy simple, tal como es intuido por la gente: la sociedad debe ser libre pero los estados (no uno sólo) deberían consensuar acuerdos internacionales que hicieran posible la libertad creativa con la solidaridad que regule el desarrollo, la lucha contra la pobreza y el sufrimiento humano. La gente intuye que el extraordinario desarrollo industrial, agrícola, tecnológico económico y financiero, de que hoy disfrutamos justifica la expectativa social de que las cosas “podrían hacerse bien”. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo responder al mantenimiento de la libertad y, al mismo tiempo, a la instauración de políticas humanistas promovidas racionalmente por el consenso ordenado entre las naciones? ¿Cómo debería ser el “nuevo orden” de libertad y solidaridad exigido por la sensibilidad ético-utópica emergente? ¿Cómo darle forma urgente y pragmática, ya que la inmensidad del sufrimiento humano no admite demora? A esto he respondido en mi obra Hacia un Nuevo Mundo (capítulo IV), exponiendo en qué debería consistir lo que he llamado el proyecto universal de desarrollo solidario (proyecto UDS). Este proyecto supondría la interpretación, en términos de filosofía política, social y económica, de la aspiración del proyecto ético-utópico del siglo XXI que es sentido intuitivamente por la sociedad de nuestro tiempo. Sería la formulación ordenada y sistemática de aquello que ya es sentido en la nueva sensibilidad de la gente. A ello nos referiremos más adelante con más detalle en otros artículos de este blog.

El diseño de Nuevo Mundo como movimiento civil

Desde el momento en que la realización de la aspiración ético-utópica emergente en nuestro tiempo se cifra en un proyecto socio-político-económico concreto, preciso y definido, a saber, el proyecto UDS, la pregunta es inmediata: ¿cómo podría entonces promoverse la realización del proyecto UDS? ¿Cómo podría pasar de ser una simple conjetura en filosofía política a ser una realidad tangible que orientara realmente la constitución de un nuevo orden internacional socio-político-económico? La respuesta que proponemos es también concreta y definida: el proyecto UDS podría ser forzado por un movimiento de acción civil, que denominamos Nuevo Mundo. Pero, ¿por qué un movimiento civil y no, simplemente, los partidos políticos? En Hacia un Nuevo Mundo he argumentado por qué el protagonismo que promoviera el cambio hacia el proyecto UDS debería nacer de la misma sociedad civil, sobre todo por criterios de urgencia y pragmatismo. Pero el objetivo de Nuevo Mundo no sería “mandar” ni conseguir el poder, sino influir sobre los partidos políticos hasta forzar la organización de los pactos internacionales para el diseño del nuevo orden socio-político-económico del proyecto UDS. Por ello, el poder político debería seguir en manos de los partidos políticos en el marco de un orden democrático que no tiene alternativa.

Sin embargo, en los sistemas democráticos es el pueblo quien decide lo que se hace. Es el pueblo quien vota y pone el poder en manos de unos u otros. Si la sociedad civil está manipulada, desintegrada, desvertebrada, desunida, sin criterio ni participación real en las decisiones políticas, alienada, condicionada por los fantasmas de un pasado todavía presente (modernidad o comunitarismo) pero que ya no tiene futuro, arrastrada por las “estrategias de dominación” urdidas en el orden democrático de la modernidad liberal, entonces la sociedad civil no existe, no tiene posibilidad real de influir.

Pero hagamos el esfuerzo de imaginar que la sociedad civil –apoyándose en un proyecto intelectual serio y bien diseñado– se hace consciente de la situación y se organiza al margen de los partidos políticos que ya están “atrapados” en el orden establecido y no tienen capacidad de maniobra. Si de ellos dependiera podríamos estar cien años más en lo mismo que ahora. Imaginemos que una organización civil internacional, Nuevo Mundo, bien gestionada, influyendo de forma decisiva sobre la mayor parte de la población, obrando internacionalmente y haciéndose expresión de los deseos e ideales ético-utópicos de la “buena gente” (que son la mayoría), podría condicionar y dirigir el voto de los ciudadanos. Los partidos políticos se verían obligados entonces a negociar con los dirigentes de la sociedad civil y estos podrían llegar a imponer que la sociedad se encaminara decisivamente hacia el proyecto UDS. ¿Acaso no es esto posible? No es factible argumentar que, en principio, no lo sea. ¿Por qué la sociedad civil no podría fundar una organización internacional de opinión pública que, obrando al unísono con sus simpatizantes, llegara a condicionar el voto en las grandes democracias, al tiempo en que impusiera unas directrices políticas hacia la promoción de unos objetivos definidos, que en este caso serían la promoción del proyecto UDS? ¿Qué lo impide como posibilidad en principio abierta?

Es evidente que podría decirse: sería muy difícil llegar a este tipo de organización y lograr que tuviera el grado de influencia social necesario para que pudiera cumplir sus fines (condicionar a los partidos políticos negociando el voto en las sociedades democráticas). De acuerdo. Somos conscientes de que sería difícil. No cualquier tipo de organización tendría el diseño apropiado para poder llegar a cumplir el papel histórico que nosotros atribuimos a Nuevo Mundo. Por ello, en mi obra Hacia un Nuevo Mundo, he estudiado (capítulo VI) detenidamente cuál debería ser el diseño social, socio-político, de Nuevo Mundo. He estudiado su nacimiento, quiénes podrían ser los líderes que lo promovieran inicialmente, su internacionalismo, su nitidez unilateral de objetivos (sólo tendría por objetivo el proyecto UDS), su fiabilidad ética, su forma de promoción pública, su gestión organizativa, su liderazgo, etc. Nuevo Mundo no podría ser una organización “para promoverlo todo”: al contrario debería restringirse al fin delimitado estrictamente por la promoción del proyecto UDS. Podría haber, sin duda, legítimamente otro tipo de inquietudes que pudieran dar lugar a organizaciones civiles sectoriales y limitadas por naturaleza: nacionales orientadas a situaciones concretas, religiosas, morales, de promoción social específica, etc. Pero para que el proyecto de acción civil Nuevo Mundo pudiera ser internacionalista debería tener objetivos estrictamente delimitados y universalmente abiertos a diferentes ideologías y religiones, susceptibles de promover un consenso internacional. Debería ser un proyecto laico (aunque en él pudiera hacer acto de presencia el mundo de las religiones, como he argumentado). No debería ser un proyecto “casero”, sino universal e internacional. Pero esto le impondría constricciones organizativas y de diseño que deberían tenerse muy en cuenta a la hora de organizar el movimiento civil Nuevo Mundo. A todo ello, insisto, me he referido ya en Hacia un Nuevo Mundo, y será objeto de comentario en otros artículos de este blog.

La novedad de Nuevo Mundo y su transcendencia histórica

La tesis que defendemos (a saber, que está naciendo una nueva sensibilidad ético-utópica que mueve al protagonismo creciente de la sociedad civil en la resolución de los problemas humanos y en la lucha contra el sufrimiento) puede comprobarse por una simple observación de lo que está pasando en nuestras sociedades desde hace treinta años. Una gran cantidad de movimientos civiles y organizaciones ciudadanas de todo tipo han ido naciendo. Muchísimas ONGs han tomado la responsabilidad civil de resolver problemas concretos de sufrimiento (en salud, pobreza, educación…). El desarrollo creciente de las vías de intercomunicación social –internet, webs, blogs, redes sociales…– han creado vías de diálogo entre los ciudadanos que les permiten ponerse en alerta frente a las manipulaciones y sentirse responsables colectivamente, como sociedad, de lo que ocurre a nuestro alrededor. Por doquier va naciendo una enorme inquietud hacia el protagonismo civil y social.

Nuevo Mundo está, sin duda, en línea con ese inmenso movimiento civil hacia la conciencia responsable y el protagonismo histórico. Es un movimiento emergente consciente de que la responsabilidad por hacer, con urgencia y pragmatismo, un mundo mejor debe ser afrontada directamente por los ciudadanos. Se ha perdido la confianza de que las cosas puedan resolverse si seguimos en dependencia de los políticos. Han tenido siglos para resolver las cosas y no lo han hecho. Podrían seguir igual, durante otro siglo sin resolverlas, mientras la sociedad civil seguiría atada de pies y manos, incapaz de maniobrar y promover su verdadera sensibilidad ético-utópica. Pues bien, Nuevo Mundo asume esta inquietud civil emergente y es fruto de ella. Pero representa un paso más allá de cuanto se ha hecho hasta ahora. Es una novedad que significa un paso cualitativo más allá de cuanto la sociedad civil ha hecho hasta el momento. Nuevo Mundo nace cuando la sociedad civil –primero a través de la obra de los intelectuales– cae en la cuenta de que es posible organizarse internacionalmente y de que, si lo hace, está en condiciones de imponer a los políticos la realización de ese mundo mejor que la sociedad está intuyendo hoy en su nueva sensibilidad ético-utópica. Con Nuevo Mundo los movimientos civiles ya iniciados entrarían en una nueva época cualitativamente superior, a la que conduce la misma lógica de la historia: el verdadero control civil de los partidos políticos, que no es otra cosa que la realización del ideal del mundo moderno, todavía no alcanzado, a saber, el ejercicio de la verdadera soberanía popular (que ha sido pervertida por las estrategias de dominación urdidas por las oligarquías dominantes en la modernidad).

Mucha gente se ha dado cuenta de que la sociedad civil está viva y de que esta vitalidad debe ser aprovechada. Por ello hay organizaciones civiles de todo tipo. Unas son neutras ideológicamente, así muchas ONGs que resuelven microproblemas sociales; aunque su evolución en los últimos años las ha hecho depender más y más de la burocracia y del poder civil que las subvenciona, y también las ata y las somete. Hay organizaciones en que se observa que sólo les interesa un país o un problema moral determinado. También es claro que muchas otras organizaciones tienen una manifiesta ideología de fondo, bien sea de derechas o de izquierdas; esto se percibe y limita su universalismo, haciéndolas cadena de transmisión de ideologías políticas e intereses personales. Existen incluso movimientos civiles en apoyo descarado de tal o cual partido político. Todo movimiento civil está justificado y tiene sentido, claro está; pero ciertos diseños nos permiten anticipar su estrecho campo de maniobra y su previsible limitación de resultados.

Frente a esto Nuevo Mundo es una novedad evidente. Es universal en su diseño y en sus objetivos, teniendo por su propia naturaleza la posibilidad de que, si triunfara, la transformación que podría podría producir sería inmensa. La sociedad cambiaría de una forma sustancial y aparecería un nuevo orden internacional socio-político-económico. Se trataría de un cambio preciso, bien formulado, que constituiría el objetivo diáfano, lógico y tangible de Nuevo Mundo. La lucha contra el sufrimiento y la violencia, la búsqueda de la justicia y la paz, nunca habrían sido promovidas tan intensamente como en una eventual situación futura en que Nuevo Mundo hubiera podido cumplir sus objetivos. Si Nuevo Mundo llegara a prosperar su actuación podría tener, en efecto, una inmensa transcendencia para la historia de la humanidad. Nuevo Mundo sería una novedad que marcaría el límite final, el más eficaz, al que podría llegar la moderna organización de la sociedad civil.

Los líderes civiles de Nuevo Mundo

Es claro que, si Nuevo Mundo llegara a nacer y prosperar, su éxito dependería de los líderes civiles que hubieran afrontado el compromiso de promoverlo. Estos líderes deberían haber considerado fríamente la empresa, calculando las dificultades y los desafíos, pero asumiendo racionalmente que la magnitud inmensa de los resultados en beneficio de la humanidad merecen la decisión de comprometerse en la gestión social de Nuevo Mundo. La verdad es que, si se entiende qué podría significar Nuevo Mundo como movimiento de acción civil, no creo que pudieran hallarse otros proyectos que tuvieran una mayor grandeza moral. Ahora bien, ¿quiénes deberían ser estos líderes civiles? ¿Dónde podrían encontrarse? ¿En qué nichos sociales podrían nacer? Es evidente que estas y otras preguntas me las he planteado en la trilogía y, por descontado en Hacia un Nuevo Mundo. La verdad es que mi pensamiento ha ido evolucionando en parte. Pero a todo ello me referiré en el próximo artículo de este blog.

Javier Monserrat
09/03/2011

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Editado por
Javier Monserrat
Eduardo Martínez de la Fe
Javier Monserrat es jesuita y profesor en la Universidad Autónoma de Madrid. Estudia psicología y filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, donde se doctora con una tesis sobre Hegel. Estudia también teología en la Philosophische-Theologische Hochschule Sank Georgen, Frankfurt am Main. Entre otras estancias en universidades extranjeras, en 1992-1993 permanece un año como visiting researcher en la University of California, Berkeley, en el Institute of Cognitive Studies estudiando ciencia de la visión. Es miembro del Seminario X. Zubiri y Director de la revista PENSAMIENTO. Es también asesor de la Cátedra Ciencia, Tecnología y Religión, en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de la Universidad Comillas. Es también editor de los primeros cuatro volúmenes de la serie especial Ciencia, Filosofía y Religión (2007-2010) de la revista PENSAMIENTO y editor de Tendencias de las Religiones en Tendencias21. Su docencia e investigación en la UAM, y en las facultades eclesiásticas de la Universidad Pontificia Comillas, ha versado sobre percepción, ciencia de la visión, epistemología, filosofía y psicología de la cultura, filosofía política, filosofía de la religión y teología. En los dos blogs de TENDENCIAS21 se limita al comentario de tres de sus últimas obras: Dédalo. La revolución americana del siglo XXI, Biblioteca Nueva, Madrid 2002; Hacia un Nuevo Mundo. Filosofía Política del protagonismo histórico emergente de la sociedad civil, Publicaciones UPComillas, Madrid 2005; Hacia el Nuevo Concilio, El paradigma de la modernidad en la Era de la Ciencia, San Pablo, Madrid 2010. El blog titulado Hacia un Nuevo Mundo se centra en filosofía política de la sociedad civil; el blog titulado Hacia el Nuevo Concilio aborda los temas filosóficos y teológicos.


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