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Blog de Tendencias21 sobre formación en creatividad y valores

"Verdadera ilusión la sentimos cuando realizamos algo que nos perfecciona como personas. Nos consideramos unos ilusos cuando, creyendo vivir plenamente, acabamos destruyéndonos.
Para saber más puede consultar: Cómo formarse en ética a través de la literatura (Rialp, Madrid) y el curso sobre Literatura, creatividad y formación ética ()"
Alfonso López Quintás
19/05/2013

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"La tristeza más honda surge cuando sentimos que dejamos de crecer como personas o incluso retrocedemos. Esto sucede en las experiencias de vértigo o fascinación, provocadas por una actitud de egoísmo.
Para saber más puede consultar: Vértigo y éxtasis (Rialp, Madrid)."
Alfonso López Quintás
15/05/2013

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NIEBLA, DE MIGUEL DE UNAMUNO (2ª parte)


En busca de seguridad

Cuanto acontece en el Diario íntimo con Unamuno en cuanto persona real sucede aquí con su criatura de ficción, Augusto, que vive encapsulado en una posición más bien individualista, poco creativa, pero intuye que la autenticidad humana comienza cuando se desbordan los límites del yo. La relación de Augusto con su madre, ya viuda, fue de atenimiento casi fusional. La madre convertía la relación de tutela en una atención constante y atosigadora, que apenas dejaba huelgo al hijo para el desarro¬llo de su libertad y su capacidad de iniciativa. De esta suerte, al morir su madre, Augusto se sintió indefenso ante la vida. Al encontrarse con las primeras dificultades planteadas por la necesidad de tomar decisiones personales, Augusto se halla carente de recursos y no hace sino añorar la presencia de la madre: “¡Si estuviera aquí ella para hacer florecer en rosa a esta primera espina!” (44).

En su línea de indefensión, Augusto recoge compasiva¬mente a un perro abandonado, no tanto, sin duda, por darle protección cuanto por contar con un confidente sumiso que escuche sus monólogos y acoja sus desahogos. Desde esta posición inestable, lábil, extremadamente quebradiza, Augusto responde con cierta energía a la apelación que significa la mera presencia física de una joven atractiva, y este gesto -siquiera mínimo- de creatividad despierta en su interior un sentimiento de seguridad en sí mismo.

“Y ahora me brillan en el cielo de mi soledad los dos ojos de Eugenia (...). Y me hacen creer que existo. ¡Dulce ilusión! ¡Amo, ergo sum! Este amor, Orfeo, es como lluvia bienhechora en que se deshace y concreta la niebla de la existencia. Gracias al amor, siento al alma de bulto, la toco” (50-51).

El amor es el impulso que insta a los hombres a fundar ámbitos, a entreverarlos entre sí e instaurar otros nuevos de mayor envergadura. Esta trama de ámbitos reales, aunque no “objetivos”, confiere solidez a la existencia del hombre, ser ambital que no limita, se expande a modo de atmósfera y logra su plenitud de sentido por vía de entreveramiento de ámbitos (nivel 2). El hombre es un ser temporal, decurrente, que se ve instado desde el nacimiento a abrirse a los demás y fundar con ellos ámbitos de amor y tutela. ¿Qué es lo que confiere a este ser dinámico e inquieto su definitiva, radical y nuclear consistencia que lo convierte en una realidad firme? “¿Donde está el enjullo a que se arrolla la tela de nuestra existencia, dónde?” (51).

Ya en sus meditaciones anteriores había observado Augusto que “hay que vivir para amar” y “hay que amar para vivir” (41). Estas contraposiciones, tan caras a Unamuno, no son meros juegos de palabras; son formas de tensar el lenguaje para expresar la dialéctica fundamental de la existencia humana: la que vincula el buscar y el hallar, el configurar ciertas realidades y el ser configurado por ellas. Tales realidades son, entre otras, el lenguaje, los estilos, las instituciones, las relaciones de amistad, las diferentes formas de juego: el deportivo, el estético, el amoroso, el litúrgico... Augusto entrevé que el ser humano busca con inquietud las realidades que, por ley natural, están llamadas a colaborar con él en el proceso de desarrollo de la personalidad. En un plano de pensamiento objetivista -atenido a la relación del hombre con meros objetos, realidades delimitables, asibles, manejables…-, la existencia del fenómeno de la sed no prueba la existencia de la realidad llamada “fuente”. Pero en el plano del pensamiento relacional –basado en un análisis aquilatado del juego y de los ámbitos o realidades abiertas-, la experiencia diaria revela que los procesos creadores no serían posibles si el hombre no estuviera desde el principio instalado en un entorno de realidades que lo apelan a una tarea creadora y, al apelarlo, le confieren el dinamismo necesario para responder eficazmente.

Esta fecunda idea late, siquiera sólo barruntada, en las consideraciones de Augusto acerca de su primer encuentro con Eugenia: “(...) Es la que yo buscaba hace años, aun sin saberlo; es la que me buscaba. Estábamos destinados uno a otro en armonía preestablecida; somos dos mónadas complementaria una de otra” (41). El lugar viviente donde acontece por primera vez el encuentro que supera el ser individual y lo instala en su auténtico entorno nutricio, fecundante, es el hogar. “La familia es la verdadera célula social. Y yo no soy más que una molécula. ¡Qué poética es la ciencia, Dios mío” (41).

El amor, aunque sea incipiente e inmaduro, por no haberse creado todavía un auténtico encuentro, abre un espacio de comunicación, de entreveramiento de ámbitos, al menos en la imaginación creadora, que no es facultad de lo irreal, sino de lo ambital. Este campo de juego esponja el ánimo del que participa en su instauración y produce una peculiar iluminación del sentido de todas las realidades del entorno. Tras la primera entrevista con Eugenia, a Augusto “el mundo le parecía más grande, el aire más puro y más azul el cielo. Era como si respirase por vez primera. En lo más íntimo de sus oídos cantaba aquella palabra de su madre: cásate” (55).

Eugenia, la joven que ha suscitado este movimiento de apertura hacia el otro iniciado por Augusto, aparece desde el principio al margen de toda creatividad. A pesar de haber sido introducida en el mundo de la música, manifiesta abiertamente que la utiliza solamente como medio de subsistencia, y la odia (58). Unamuno deja entrever que este sentimiento aversivo se basa en la sumisión de la música al tiempo, en su poder sugestivo que no acaba de concretarse en nada definitivo, contante y sonante. Esta explicación es, por fortuna, insatisfactoria. La música nos sumerge en un mundo de armonía, que sugiere modos de plenitud personal. Tal plenitud sólo la alcanza realmente quien orienta su existencia por una vía creadora de ámbitos armónicos. Si Eugenia “estaba harta de música”, no era porque ésta fuera una “preparación a un advenimiento que nunca llega”, sino porque la invitaba al ejercicio de una actividad creadora que la obligaba a elevarse a un nivel distinto de aquel en que se movía (nivel 1).

Esta actitud de Eugenia hará inviable el encuentro con Augusto, que, si no había llevado una vida creadora en sentido cabal, tampoco se mostraba hostil hacia ella, o cerrado, o indiferente. Cuando las personas que empiezan a tratarse, aunque sea de modo fortuito y poco profundo, cumplen las condiciones del encuentro -disponibilidad, apertura, sinceridad, voluntad de compromiso, respeto, renuncia al afán de manipulación...-, suelen ir afinando su sensibilidad a medida que se relacionan, pues la instauración de un campo de juego común alumbra luz para penetrar en el secreto de las realidades y acontecimientos, y acrecienta el interés por asumirlos activamente en la propia vida.

Al sentir la necesidad de la apertura y el encuentro -acontecimiento que se da entre una persona y otra que, siendo en principio distinta y distante, externa y extraña, acaba convirtiéndose en “íntima”-, Augusto se ve enfrentado abruptamente con el grave tema planteado por “el otro”. Si el ser distinto y distante no se torna íntimo, se mantiene en la distancia propia de lo que es “otro”. Los delicados matices que separan al “tú” del “otro” confieren un doloroso dramatismo a la experiencia que va realizando Augusto de la relación que su adorada Eugenia mantiene con él y con su novio, Mauricio. “(...) El otro no es el novio de Eugenia, no es aquel a quien ella quiere; el otro soy yo. ¡Sí, soy yo el otro; yo soy otro!” (59). Otro no significa uno más, sino el que está fuera del campo de juego, de intimidad y mutua comprensión. Por eso no sirve a Augusto de consuelo pensar que hay muchas otras jóvenes hermosas, porque todas ellas “no son sino remedos de ella, de la una, de la única, ¡de mi dulce Eugenia!” (60).

El carácter de único lo adquiere para nosotros una persona o una realidad a medida que pacientemente vamos haciendo juego con ella, como le advirtió el zorro al “principito” en el conocido relato de Saint-Exupéry. Sin embargo, puede ocurrir que desde el principio tengamos el presentimiento de que la persona a quien acabamos de conocer está como llamada a ser para nosotros única en el mundo. Augusto, desde que conoció a Eugenia e inició el camino de la apertura y el amor, tiene la sensibilidad a flor de piel y repara, como nunca lo había hecho, en la belleza de cuantas mujeres se mueven a su lado. Siente preocupación por lo que parece un enamoramiento múltiple, universal. Sin embargo, su atención sigue fija en una mujer singular: Eugenia.
En este estado de delicuescencia amorosa, en el que Augusto carece de ideas claras acerca de su enamoramiento, todo se torna nebuloso. Augusto solicita el consejo de su amigo Víctor, que acrecienta su zozobra al sugerirle que su enamoramiento es sólo cerebral, y que todo él, Augusto, no es sino una pura idea, un ente de ficción (62). Al oír los pasos de Eugenia, Augusto “sintió un puñal de hierro atravesarle el pecho y como una bruma invadirle la cabeza” (63). “Los ojos de Eugenia se le borraron de la vista y no vio ya nada sino una niebla, una niebla roja” (64).

Niebla equivale en este contexto a confusión, mareo, vértigo. Algo más adelante, significará un estado de obcecamiento espiritual (68). Se lo dice Augusto a Rosario, la planchadora, una joven de humilde condición que se encandila cuando se ve acariciada súbitamente por su “señorito”, aunque teme que éste la utilice para experimentar las sensaciones que desearía compartir con Eugenia (67). “Tú dirás que el señorito Augusto se ha vuelto loco. (...) Es que lo ha estado hasta ahora, o mejor dicho, es que ha estado hasta ahora tonto, tonto del todo, perdido en una niebla, ciego...” (68).

Pero tampoco logra Augusto ver con claridad los acontecimientos que tejen su vida. Se siente a medio camino hacia la plenitud, suspendido en una situación desgarrada, preso de la fascinación -que es vértigo-, pero ansioso de realizar una auténtica experiencia de amor -que es éxtasis-.

“¡Ay, Rosario, Rosario, yo no sé lo que me pasa, yo no sé lo que es de mí! Esa mujer que tú dices que es mala, sin conocerla, me ha vuelto ciego al darme la vista. Yo no vivía, y ahora vivo; pero ahora que vivo es cuando siento lo que es morir. Tengo que defenderme de esa mujer, tengo que defenderme de su mirada” (69).

Estas aparentes “paradojas” muestran una perfecta lógica cuando son vistas en nivel creador (nivel 2). Augusto vive ahora en cuanto está abierto al amor, pero no vive por no ser correspondido y no poder fundar una relación de riguroso encuentro. Desde que murió su madre, había vivido “dormido”, ocluído en sí mismo (nivel 1). La visión de Eugenia provocó en él una actitud de apertura hacia modos de comunicación fundadores de campos de juego comunes (nivel 2). A esta labor creadora alude la expresión “dormir juntos el mismo sueño” (69-70). “El sueño de uno solo es la ilusión, la apariencia; el sueño de dos es ya la verdad, la realidad. ¿Qué es el mundo real sino el sueño que soñamos todos, el sueño común?”.

Soñar, en este contexto, no se contrapone tanto a actividad en vigilia cuanto a actividad objetivista (nivel 1). Soñar entre todos significa instaurar modos nuevos de realidad mediante el entreveramiento de ámbitos (nivel 2). Esta interpretación encierra la mayor importancia para comprender a dónde apunta Unamuno cuando subraya la singular autonomía de los entes de ficción y la influencia que los mismos ejercen sobre el autor que los ha configurado en su imaginación creadora.

La realidad “objetiva” -manipulable, mensurable, localizable- es considerada por Unamuno, a través del conturbado Don Avito Carrascal, como la realidad que se da en el presente y la ciencia estudia y analiza. Pero hay otro modo de realidad, la que existe en el recuerdo o en la esperanza. Un lugar apropiado para dar cuerpo a este género de realidad es el templo, lugar alejado del bullicio producido por la manipulación de objetos y orientado hacia las realidades que sólo existen cuando el hombre siente la caducidad de lo objetivo y se abre a realidades superiores (niveles 2, 3 y 4). En este sentido, la iglesia, el templo, es el hogar de “todas las ilusiones y todos los desengaños” (74).

Esa apertura a realidades cuya existencia se presiente y se necesita, aunque no sean susceptibles de un conocimiento exacto al modo de las realidades “objetivas”, cobra forma expresiva en la plegaria, sobre todo la plegaria comunitaria que funda un clima de solidaridad y de apertura a la trascendencia. En la misma línea que el Unamuno confidente del Diario íntimo, don Avito le confiesa a Augusto: “No sé si creo o no creo; sé que rezo” (74).

Esta actitud de súplica está iluminada por una luz muy honda, enigmática, porque no procede de una fuente constatable empíricamente por el hombre, como sucede con las realidades objetivas, localizadas en el espacio y el tiempo. Es la luz que brota al hilo de experiencias conmovedoras que quiebran la confianza del hombre en las realidades manejables (nivel 1) y afinan su sensibilidad para las realidades superiores (niveles 2, 3 y 4), que no se dejan localizar en el tiempo y el espacio pero son eminentemente reales.

Dicha luz permite adivinar la existencia de una realidad trascendente, a la que cabe dirigir una súplica, y la condición “maternal” de la propia esposa, que en casos de gran desvalimiento sabe acoger al esposo y fundar con él un ámbito tutelar (74). Sin embargo, casarse con el fin más o menos inexplícito de volver a tener una madre (79) delata un espíritu infantilmente desvalido, menesteroso -por falta de creatividad- de un ser maternalmente acogedor.



Alfonso López Quintás
14/05/2013

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"Toda adicción patológica nos arrastra. Podemos entregarnos a ella libremente, con libertad de maniobra, pero, al arrastrarnos, nos priva de libertad interior o libertad creativa, indispensable para vivir como personas.
Para saber más puede consultar: Vértigo y éxtasis (Rialp, Madrid)."
Alfonso López Quintás
13/05/2013

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"Lo que nos da fuerza para superar situaciones difíciles es tener seguridad de que nuestra vida tiene sentido. Lo tiene cuando la orientamos a crear modos elevados de unidad, es decir, de amor y convivencia.
Para saber más puede consultar: Descubrir la grandeza de la vida (Desclée de Brouwer, Bilbao)."
Alfonso López Quintás
11/05/2013

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"Además de ser una noble diversión, la música de calidad se convierte ‒si la oímos de modo creativo‒ en una excelente escuela de formación humana.
Para saber más puede consultar: Poder formativo de la música (Rivera Editores, Valencia) y “Poder formativo de la música”, en ."
Alfonso López Quintás
09/05/2013

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"La libertad y las normas se oponen en el nivel 1; en el nivel 2, el de la creatividad y el encuentro, se enriquecen mutuamente. Aquí se halla el secreto de nuestro crecimiento como personas.
Para saber más puede consultar: Descubrir la grandeza de la vida (Desclée de Brouwer, Bilbao)."
Alfonso López Quintás
07/05/2013

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"La acumulación egoísta de goces individuales nos mantiene en el nivel 1; no nos procura felicidad. La creación generosa de modos de encuentro nos sube al nivel 2 y nos otorga la forma de gozo que llamamos felicidad.
Para saber más puede consultar: Descubrir la grandeza de la vida (Desclée de Brouwer, Bilbao)."
Alfonso López Quintás
02/05/2013

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"La mejor garantía es que el amor sea auténtico. Es auténtico cuando no se reduce a mera apetencia o atracción (nivel 1), sino que constituye una auténtica forma de encuentro (nivel 2).
Para saber más puede consultar: El secreto de una vida lograda (Palabra, Madrid), El descubrimiento del amor auténtico (BAC, Madrid)."
Alfonso López Quintás
28/04/2013

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NIEBLA
de MIGUEL DE UNAMUNO (1864-1936)

A fin de penetrar en el mundo ambiguo y sugerente que nos describe Unamuno en esta obra, expresivamente denominada Niebla, dediquemos unos minutos de reflexión a plantearnos las siguientes preguntas:

1. ¿En qué nivel de realidad nos desarrollamos las personas: en el del dominio y manejo (nivel 1), o en el del respeto, la estima y la colaboración (nivel 2)?
2. ¿Por qué al movernos en el nivel 1 sentimos desconcierto y vacilación, como si camináramos entre la niebla?
3. ¿Cuál es la actitud que nos otorga autoestima, conciencia de vivir una vida responsable, segura, de contornos precisos?
4. ¿En qué sentido podemos afirmar que los personajes de las obras literarias se independizan del autor?


METODO LÚDICO-AMBITAL DE ANÁLISIS LITERARIO
I. Contextualización

Niebla fue publicada en 1914. (Citaré, indicando las páginas en el texto, por la edición de Espasa-Calpe, de 1982). Su elaboración fue posterior a las conmovedoras experiencias espirituales que vivió Unamuno en 1897. El ambiente de la castellana y universitaria Salamanca y la preocupación por las cuestiones últimas de la existencia humana, que centran la atención del Unamuno del Diario íntimo (Alianza Editorial, Madrid 1970), constituyen los elementos básicos que estructuran esta densa novela.

Unamuno realizó esfuerzos denodados durante este período de su existencia por elevarse al nivel de la realidad que confiere sentido pleno a la vida del hombre (nivel 4). Debido, entre otras razones, a la falta de una metodología filosófica adecuada a dicho nivel, Unamuno adivinó la existencia del mismo pero no llegó a configurar una concepción precisa de su modo peculiar de realidad y sus características fundamentales. Tal modo de visión en claroscuro lo interpretó como una especie de caminar inquieto a través de la niebla.

Esta situación personal nebulosa adquirió un singular dramatismo al verse inmerso Unamuno, hacia 1931, en la “niebla histórica de nuestra España, de nuestra Europa y hasta de nuestro universo humano”. El trauma espiritual del exilio -en Fuerteventura, París y Hendaya- confinó a Unamuno -tan arraigado en el hogar adoptivo de Castilla- en una especie de tierra de nadie en la que apenas lograba realizar un verdadero juego creador y, consiguientemente, alumbrar la luz necesaria para clarificar el sentido de las cosas y los acontecimientos. Esta situación oscilante, propia del exiliado político, creó en el ánimo de Unamuno un clima de confusión.

Tal sentimiento de vacilación e inseguridad se acrecentó al abordar un complejo tema estético que le hacía vibrar hondamente y que había ocupado su atención al recrear en 1905 la vida de Don Quijote y Sancho: la relación entre el autor y su obra, la independencia de ésta respecto a aquél, la realidad propia de los entes de ficción, la capacidad de iniciativa que éstos albergan en el proceso de gestación de la obra.

«Los Don Quijotes y Sanchos vivos en la eternidad -que está dentro del tiempo y no fuera de él; toda la eternidad en todo el tiempo y toda ella en cada momento de éste- no son exclusivamente de Cervantes ni míos, ni de ningún soñador que los sueñe, sino que cada uno les hace revivir. Y creo por mi parte que Don Quijote me ha revelado íntimos secretos suyos que no reveló a Cervantes, especialmente de su amor a Aldonza» (21).

Unamuno se inclina a pensar que la obra literaria no es una realidad opaca, hecha de una vez para siempre, sino más bien el fruto de la instauración de un campo de juego creador entre una persona y una vertiente especialmente valiosa de la realidad, vertiente que no se halla incrustada de modo rígido en un momento determinado del espacio y del tiempo. Ello le permite adoptar frente a su obra Niebla una actitud creadora en el momento de la reedición (1935) y rehacerla íntimamente, revivirla.

«Que el pasado revive; revive el recuerdo y se rehace. Es una obra nueva para mí, como lo será de seguro para aquellos de mis lectores que la hayan leído y la vuelvan a leer de nuevo»(19).

Para captar todo el alcance de Niebla será útil al lector leer el capítulo « Génesis del agonismo religioso de Unamuno» , en mi obra Cuatro filósofos en busca de Dios, Rialp, Madrid 2003, 4ª ed., págs.61-139.


II. Argumento

Augusto Pérez es un hombre lúcido, pero indeciso y poco creativo en sus actitudes. Se deja fascinar por una joven atractiva, Eugenia, que se convierte en una especie de faro, merced al cual logra entrever, a través de la “niebla espiritual”, una meta que dé sentido a su vida. Augusto, demasiado atenido a la tutela materna, carece de una personalidad definida y se siente indefenso al faltarle el apoyo de su madre. Desea encontrar seguridad. La busca en el amor a Eugenia, pero ésta no es una persona creativa: considera la práctica del arte musical como un mero medio de subsistencia. Tampoco es creativo, en principio, Víctor, el amigo a quien Augusto adopta como consejero en cuestiones de amor. Augusto adopta una actitud manipuladora en su trato con la planchadora, Rosarito, a la que toma como medio para desahogar su afectividad represada. Siente nostalgia por una vida auténticamente espiritual, pero no accede de hecho a ella. Intenta reducir a Eugenia a objeto de experimentación psicológica, y acaba viéndose burlado por ella y su verdadero novio, Mauricio. Esta prueba significa para Augusto un renacimiento. Víctor toma distancia y opina que nuestra vida es una comedia que representamos ante nosotros mismos. El autor de la obra, Unamuno, entra en juego para plantear de modo dramático el gran tema de la realidad propia de los entes de ficción. Para mostrar el tipo singular de autonomía que adquieren los personajes, vive la experiencia sorprendente de que una de sus criaturas, Augusto, se rebela contra él.


III. Tema

¿Qué tipo de realidad tenemos las personas? El ser que recibimos de nuestros padres no se desarrolla plenamente mediante principios internos de regulación, como sucede con el vegetal y el animal. En buena medida, debemos nosotros configurarlo. ¿Nos realizamos debidamente al dominar y manipular a las demás personas, o, más bien, al respetarlas y comprometernos con ellas en tareas valiosas? Solemos entrever que es lo segundo, pero la tendencia al egoísmo nos lleva a querer dominar a los demás como si fueran meros objetos.

La frustración que se deriva de esta actitud nos insta a reflexionar sobre nuestro modo de realidad. Tenemos la capacidad de ser libres -en la doble vertiente de “libertad de maniobra” y “libertad creativa”-, pero no somos dueños de nuestro ser. Si pensamos lo contrario, nos desorientamos, andamos a tientas en la oscuridad, y nuestra persona parece difuminarse y perder consistencia. Los hombres estamos llamados a tener iniciativa, pero no albergamos en nosotros el fundamento último de nuestro ser. Éste nos viene dado, y hemos de ajustar nuestra conducta a las leyes de su desarrollo. Al hacerlo, todo queda ajustado y bien ordenado, se pone en verdad, alcanza su máxima dignidad. Y se llena de luz, de una luz que disipa toda niebla de confusión y nos permite volver del exilio a nuestro verdadero hogar. El hogar verdadero del hombre es el encuentro.


IV. Trama de ámbitos que tejen la obra

Fascinación y niebla

Augusto Pérez, el protagonista, se nos muestra desde el primer momento como un hombre lúcido, que gusta de entregarse a frecuentes y largas cavilaciones, y logra intuir en alguna medida la necesidad de superar la actitud objetivista, manipuladora, interesada (nivel 1), pero carece de una meta en la vida que oriente su actividad y la impulse (nivel 3).

«Abrió el paraguas por fin y se quedó un momento en suspenso y pensando: y ahora, ¿hacia dónde voy?, ¿tiro a la derecha o a la izquierda?» (27).

Porque Augusto no era un caminante, sino un paseante de la vida.

«Esperaré a que pase un perro -se dijo- y tomaré la dirección inicial que él tome» (27).

Augusto prefiere la contemplación incomprometida (nivel 1) a la creación de juego, que es fuente de luz y de belleza (nivel 2). La forma de belleza que Augusto admiraba era la de las formas estáticas. Molesto por tener que abrir el paraguas para guarecerse de la lluvia, exclama:

«Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas (...), tener que usarlas. El uso estropea y hasta destruye toda belleza. La función más noble de los objetos es la de ser contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de ser comida! Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro oficio se reduzca, o más bien se ensanche, a contemplar a Dios y todas las cosas en Él. Aquí, en esta pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios; pretendemos abrirlo como a un paraguas, para que nos proteja de toda suerte de males» (27).

Esta falta de creatividad explica que Augusto se deje fascinar por la vista de una “garrida moza” que cruza ante él por la calle. «Tras de sus ojos se fue, como imantado y sin darse cuenta, Augusto» (27). La fascinación es una forma de vértigo que suele tener lugar cuando una persona adopta ante la vida una actitud poco creativa, afanosa de ganancias inmediatas, propia del nivel 1. A su vez, la experiencia de vértigo amengua peligrosamente la creatividad y, consiguientemente, la sensibilidad para los valores y la capacidad para captar el sentido de cosas y acontecimientos.

Nada ilógico que, para Augusto, la vida sea una nebulosa, “una inmensa niebla de pequeños incidentes” (31), trama de acontecimientos entrelazados cuyo sentido, cuando existe, no sale a plena luz y no organiza ni estructura la multitud de hechos que pueblan la existencia. Todo parece constituir un capricho del azar, impenetrable a una visión lógica, racionalizadora. Y de este océano de ambigüedad y azarosidad surge la figura de Eugenia.

Augusto, sensible a los fenómenos lúdicos y a los modos de realidad que se fundan en el juego de la vida, advierte enseguida que la figura de la joven que acaba de conocer no es algo que se halle del todo hecho; se irá fraguando a medida que se incremente el trato mutuo. Por falta de creatividad, Augusto expresa esta idea desde una perspectiva individualista:

«¡Mi Eugenia, sí, la mía -iba diciéndose-, ésta que me estoy forjando a solas, no la otra, no la de carne y hueso, no la que vi cruzar por la puerta de mi casa, aparición fortuita, no la de la portera!» (31).

Constantemente observamos en esta obra la oscilación de Unamuno entre diversos niveles de realidad y, por tanto, entre diversas actitudes humanas no conciliables. Esta imprecisión responde a la falta de una teoría precisa de las realidades ambitales o ámbitos, realidades abiertas que no se reducen a meros objetos.

Tal pendulación permite comprender que un hombre para quien la vida es una niebla tenga, sin embargo, lucidez suficiente para adivinar el profundo enigma del buscar y el hallar, enigma que late bajo la corriente transcendental, desde Platón, Plotino, San Agustín y Fichte hasta los pensadores contemporáneos preocupados por el tema del “preguntar” (M. Heidegger, K. Jaspers, G. Marcel, E. Coreth...).

«¿Y quién es Eugenia? Ah, caigo en la cuenta de que hace tiempo la andaba buscando. Y mientras yo la buscaba, ella me ha salido al paso. ¿No es esto acaso encontrar algo? Cuando uno descubre una aparición que buscaba, ¿no es que la aparición, compadecida de su busca, se le viene al encuentro?” (31-32).

Recuérdese la relación que se da entre el buscar y el encontrar en todas las experiencias humanas: la estética, la ética, la metafísica, la religiosa (1).

A pesar de que la relación de Augusto y Eugenia todavía no presentaba el menor carácter creador, el mero hecho de tener a alguien a quien seguir y buscar confería a la vida del joven una dirección, un norte, un esbozo, siquiera mínimo, de sentido.

«... ¡Gracias a Dios que sé a dónde voy y que tengo a dónde ir! Esta Eugenia es una bendición de Dios» (33).

Esta especie de imantación de la atención no significa todavía una auténtica “ambitalización”, la configuración de la personalidad de Augusto, desleída en la trama de actos inconexos, no polarizados en torno a una realidad personal vista y tratada como tal. Esa desvinculación convierte la vida bullente en una “niebla espiritual”, que no permite a Augusto advertir que Eugenia está pasando ante sus ojos.

«Y siguieron los dos, Augusto y Eugenia, en direcciones contrarias, cortando con sus almas la enmarañada telaraña espiritual de la calle. Porque la calle forma un tejido en que se entrecruzan miradas de deseo, de envidia, de desdén, de amor, de odio, viejas palabras cuyo espíritu quedó cristalizado, pensamientos, anhelos, toda una tela misteriosa que envuelve las almas de los que pasan»(33).

La multitud de ámbitos que se entrecruzan y potencian o anulan forman una tela confusa si falta ese principio organizador que es la voluntad creadora de juego. Esta circunstancia confiere al término “niebla” su sentido dramático. Augusto entrevé todo el poder creativo del hombre en su vida cotidiana, pero apenas adopta una actitud creadora y se mueve en una zona intermedia de duermevela, de atención difractada, a medio camino entre lo personal y lo infrapersonal. La red de ámbitos que el hombre va colaborando en su vida a fundar y en los cuales se ve inmerso constituyen un campo de juego y de iluminación para el que adopta una actitud creativa, y forman una maraña casi impenetrable, confusa y desconcertante para el que camina sin rumbo por falta de ímpetu creador.

Alfonso López Quintás
04/04/2013

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Editado por
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás realizó estudios de filología, filosofía y música en Salamanca, Madrid, Múnich y Viena. Es doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático emérito de filosofía de dicho centro; miembro de número de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas –desde 1986-, de L´Académie Internationale de l´art (Suiza) y la International Society of Philosophie (Armenia); cofundador del Seminario Xavier Zubiri (Madrid); desde 1970 a 1975, profesor extraordinario de Filosofía en la Universidad Comillas (Madrid). De 1983 a 1993 fue miembro del Comité Director de la FISP (Fédération Internationale des Societés de Philosophie), organizadora de los congresos mundiales de Filosofía. Impartió numerosos cursos y conferencias en centros culturales de España, Francia, Italia, Portugal, México, Argentina, Brasil, Perú, Chile y Puerto Rico. Ha difundido en el mundo hispánico la obra de su maestro Romano Guardini, a través de cuatro obras y numerosos estudios críticos. Es promotor del proyecto formativo internacional Escuela de Pensamiento y Creatividad (Madrid), orientado a convertir la literatura y el arte –sobre todo la música- en una fuente de formación humana; destacar la grandeza de la vida ética bien orientada; convertir a los profesores en formadores; preparar auténticos líderes culturales; liberar a las mentes de las falacias de la manipulación. Para difundir este método formativo, 1) se fundó en la universidad Anáhuac (México) la “Cátedra de creatividad y valores Alfonso López Quintás”, y, en la universidad de Sao Paulo (Brasil), el “Núcleo de pensamento e criatividade”; se organizaron centros de difusión y grupos de trabajo en España e Iberoamérica, y se están impartiendo –desde 2006- tres cursos on line que otorgan el título de “Experto universitario en creatividad y valores”.




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