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Blog de Tendencias21 sobre formación en creatividad y valores

Método tercero

Uno de los problemas más graves que se le plantean al arte sacro actual es, sin duda, el de la estructura de los templos enclavados en las grandes aglomeraciones urbanas. Cuando se tropieza con casos límite de insuficiencia, se hace extremadamente aguda esta problemática y se advierte 1a necesidad de ganar criterios sólidos que permitan aunar los esfuerzos.


LOS TEMPLOS Y LA PEDAGOGÍA RELIGIOSA

Dado que algunos problemas de Arquitectura y de Sociología religiosa sólo pueden ser resueltos a la luz de la reflexión filosófica, estimo conveniente subrayar varios puntos que juzgo en extremo sensibles y, por tanto, propicios a malentendidos.

Hoy se tiende a exigir que los templos sean de dimensiones más bien reducidas, de ornato severo ‒lindante con la austeridad y la pobreza‒, parcos en imágenes, polarizados en torno al altar del sacrificio… Estas exigencias, fundadas a menudo en razones más bien presentidas que debidamente explicitadas, se trasmiten de boca en boca, de libro en libro, y todo parece hacernos sospechar que pronto van a convertirse en algo incontrovertible. Pero la gravedad de tales asertos y, sobre todo, la de las consecuencias que entrañan no nos permite aceptarlos sin el debido discernimiento.

Las notas que siguen no quieren sino advertir que el tema merece un reposado tratamiento. La arquitectura sacra actual ha realizado y sigue realizando una labor de poda en el ornato interior del templo. Suelen aducirse ciertas razones para ello, pero pienso que es hora de preguntarse si son éstas lo suficientemente robustas para justificar tan grave medida. No sea que se las acepte incontrovertidamente como válidas por la menguada razón de que ayudan no poco a los arquitectos a eludir problemas casi insolubles dentro de la marcha de la Estética actual.




Artículo n°103
Pobreza y realismo

Se afirma que el arte sacro debe ser pobre porque el Cristianismo adora a un Crucificado, y se aducen testimonios de artistas como el siguiente de George Roualt:

«La pintura es para mí un medio de olvidar la vida, un grito en la noche, un sollozo contenido, una sonrisa sofocada. Soy el amigo silencioso de quienes sufren en el campo yermo (...). Como cristiano, creo en Jesús crucificado» (1).

Conviene no olvidar a este respecto que Jesús de Nazaret, ajusticiado en la cruz el viernes, resucitó el domingo de entre los muertos, y hoy está sentado a la derecha del Padre. La Iglesia fundada por este Cristo glorioso vive en una era de Resurrección, y los cristianos deben ver en la promesa de la Resurrección un fundamento inquebrantable para la esperanza en medio de las desventuras mundanas. Subrayar, pues, intencionadamente el clima agónico de una muerte en desamparo, con el Cristo de gran tamaño levantado en alto entre cielo y tierra, puede contribuir a amenguar la esencial tensión del cristiano hacia la última fase del viacrucis integral, el que podríamos llamar via salutis, camino de salvación, es decir, de triunfo sobre la muerte y sobre quienes deseen consagrar la muerte como fin de la vida. El cristiano es un hombre de resurrección que vive a impulsos de la energía del Resucitado y se sostiene en la penosa marcha de la vida con la esperanza de la transfiguración definitiva. Por eso los llamados "cristos realistas" son menos objetivos que los cristos que llevan en su faz serena la vertiente del triunfo. Porque, tal como lo vemos hoy tras la luz de Pentecostés, el Hombre-Dios que pende del madero no es un fracasado que expía una culpa, sino el cordero que vence, paradójicamente, la muerte mediante las armas de su misma oblación.

El templo debe ser para el cristiano un ámbito de transfiguración a la luz del Kyrios glorioso. No olvidemos que en el nivel 2 ‒el de la creatividad y el encuentro‒, el nivel 3 ‒el de los grandes valores de la unidad, la bondad, la justicia, la belleza, la verdad‒ y el nivel 4 ‒el religioso‒ ciertas supuestas paradojas aparecen como perfectamente lógicas (2).

Pobreza y unidad

Se afirma que lo que une a los hombres es la pobreza y lo que los desune es la riqueza, compartida por muy pocos. A mi entender, más que la pobreza en sí, lo que une es la generosidad, la entrega al Padre común. Tengo la sospecha de que hoy se subraya en exceso el papel de los hombres en el templo, olvidando que éste es, como solía decirse en otros tiempos, la casa de Dios, la casa propia del Señor, no sólo el edificio en que se reúnen los hombres para tratar de Dios y con Dios. Cuando se edifica un templo, se lo consagra y ofrece al Señor, como se inmolaba en el Antiguo Testamento la mejor res del rebaño, que pasaba a pertenecer a1 creador de todas las cosas. Cierto que, en los actos más sagrados, podemos ser afectados por la pasión humana de la vanagloria, pero el sentido profundo de toda edificación sacra es la de ofrecer al Señor un hogar en propiedad, al que acudirán los creyentes en actitud de reverencia como corresponde a huéspedes que son benévolamente admitidos a compartir el pan de la intimidad familiar.

En ciertas épocas, las torres de las iglesias sobrepasaban la altura de los edificios civiles y daban al paisaje urbano un claro sentido ascendente de innegable fuerza simbólica. A medida que los municipios cobraron poder, sus edificios representativos se alzaron con la primacía. Y, en la era de la democracia moderna, son las entidades bancarias, las viviendas privadas y los departamentos comerciales quienes dominan el horizonte. Sin necesidad de recaer en vanas nostalgias de un pasado definitivamente ido, es sin duda legítimo ver aquí un patente indicio de un cambio espiritual de actitud. Puede, naturalmente, argüirse que, en los tiempos modernos, la religiosidad se ha ido replegando a la interioridad a medida que los hombres ganaron una idea más exacta de la esencia de la religión. Sin embargo, nada nos autoriza a valorar sin más este repliegue como un progreso. Sin poder entrar aquí en el tema, sólo quisiera hacer constar que prescindir en religión de cuanto significa sentimiento espontáneo, sentido de lo simbólico, expresión sensible-espiritual de ideas y sentimientos mal llamados "internos"… es una concesión a la moda racionalista que ‒como todo despojo injustificado de las posibilidades humanas‒ no puede llevarnos sino al depauperamiento espiritual.

A este propósito conviene destacar una idea del mayor interés. Desde antiguo se consideró que todo honor tributado al representante de un pueblo es, en rigor, a éste a quien se tributa. En la actualidad, estos honores y distinciones no parecen suscitar sino cierto resentimiento. Si quisiéramos averiguar las causas de este desazonante fenómeno, tal vez habría que buscarlas en el cambio de actitud antes aludido, que ‒además de todas las justificaciones de tipo histórico y político que pueda tener‒ responde en el fondo a un predominio del individuo sobre la persona, a un mayor afán por salvaguardar los intereses privados que por enaltecer los valores representativos de la comunidad. Esta visión individualista de la vida se proyecta sobre la persona que representa a la comunidad y se malinterpretan los honores de que es objeto como un injustificado culto personal (en el sentido peyorativo de individual). En todo empeño nivelador hay un movimiento de rebelión contra el orden natural de las cosas, que es esencialmente jerárquico, y entre los hombres ‒seres encarnados en la materia‒ la elevación jerárquica ha tenido siempre una representación visible: en la habitación, el vestido, el tratamiento…

De ahí que épocas más sensibles para lo religioso que la nuestra vieran la magnitud de los templos como representación viva del Dios todopoderoso, no como dosel para destacar la figura humana de los creyentes que en él se congregan.


Artículo n°103
Monumentalidad y presencialidad

Con esto se anuda el problema relativo a la mala prensa de que goza hoy día la monumentalidad. Lo mismo que se celebra como un logro definitivo que se haya cortado el cuello a la retórica, sin discernir si esto significa un avance o un retroceso en el arte del buen decir, se impugna lo llamado monumental como una excrecencia sensible, una floración cancerosa de lo espectacular. Pero una teoría lúcida de la expresión nos advierte que lo sensorial sólo puede ser excesivo cuando hay desproporción entre el fondo y la forma, lo sensible y lo metasensible que en él se expresa y encarna. Y en la actualidad todo nos hace presentir que se teme lo monumental por falta de espíritu para llenarlo y de una concepción lo suficientemente sólida y robusta del sentimiento, muy a menudo ahogado por un falso intelectualismo alicorto.

Por no disponer de criterios metodológicos clarividentes, suelen estudiarse estos problemas con categorías inadecuadas, de tal modo que, al considerar, por ejemplo, la necesidad de fundar una atmósfera de comunidad y convivencia (nivel 2), se piensa en ámbitos físicamente muy reducidos (nivel 1). Parece olvidarse que lo que verdaderamente une a seres espirituales es la atención común a algo muy valioso que envuelve a cada uno y lo llena internamente de sentido. Atención es tensión personal hacia aquello que interesa porque plenifica. En el plano religioso, es tensión hacia algo que funda comunidad por ser fuente de vida personal al serlo de lenguaje y de amor. Hay, pues, un clima de comunidad cuando lo hay de atención. Pero ésta no viene condicionada totalmente, ni siquiera primariamente, por las dimensiones de un local. De nuevo vuelve a estar aquí operante el concepto vulgar de masa ‒equivalente a un número elevado de individuos‒, malentendido contra el que urge reaccionar diciendo que la masa puede estar constituida por un número muy reducido de seres cuando éstos se hallan faltos de la debida energía configuradora. Por masa se entiende cierto número ‒mayor o menor‒ de personas que, por no tender hacia ideales fecundos y unirse fuertemente entre sí, se desestructuran y convierten en meros individuos, recluidos en sí mismos.

Pocas impresiones de vida comunitaria conservo tan fuertes como una misa oída en la catedral de Colonia. Era el día de la Asunción de Nuestra Señora, fiesta patronal de esta iglesia, y a la misa solemne asistía un público numerosísimo y heterogéneo que iba del joven al anciano, del campesino adornado con su traje típico al turista desaliñado. El pueblo oyó devotamente la misa ‒cantada a voces por el coro‒ y la palabra del arzobispo. Al final, el órgano entonó majestuosamente el "Wunderschön prächtige", himno a María que une la recia estructura del coral germano y la flexibilidad melódica del motete latino. Como una sola alma, con voz robusta, intensa, impresionantemente dinámica ‒conforme al gusto alemán‒, miles de personas dieron al esbelto y grandioso templo un acordado contrapunto sonoro. ¿Quién podría pensar en este momento de transfiguración que lo monumental banaliza? La multitud de fieles salió del amplio templo en silencio, y uno, frente al viejo Rin, ancho y pacífico, pensaba en el poder que tiene el espíritu de aunar a través de un ideal a multitudes variopintas, y en la capacidad temible de banalización y, por tanto, de escisión y masificación que posee la carencia de ideales fuertes.

A quienes propendan a impugnar la amplitud en los templos les invito a dar razón de por qué las iglesias catedrales de ciertos países producen una impresión leve, acogedora, dinámicamente flexible, y las de otros abruman el espíritu con una sensación de desoladora y pétrea rigidez. El problema de la monumentalidad de los templos es más dinámico que estático, más espiritual que sensible, porque el templo, en definitiva, es el lugar de un diálogo: fenómeno vibrante, poderoso, capaz de dar vida y estructura ‒y, por tanto, flexibilidad y levedad‒ a las más ingentes construcciones materiales cuando verdaderamente alienta en él la fuerza del espíritu.

Esto nos indica que lo decisivo no son las dimensiones, sino la posibilidad de instaurar relaciones de presencia. Se habla mucho actualmente de que el templo debe permitirnos acceder al "misterio", pero se utiliza este término en sentido poco preciso, como si se tratase de la mera función de desbordar lo sensible, al modo de Karl Jaspers, que se queda a medio camino entre lo objetivo-sensible y lo trascendente hacia el que está en perpetuo tránsito. El misterio para el cristiano es el misterio de Cristo, en que se revela el Padre y nos tiende la mano de la amistad. ¿Es lo sensible, acaso, una valla que se opone a esta revelación? Difícilmente podrá sostener esta arriesgada idea quien conozca de cerca la "historia sagrada" y la pedagogía divina de la salvación.

Si, debido a sus múltiples derivaciones prácticas, hubiera que precisar algo más la relación que suele establecerse entre los ámbitos comunitarios y los espacios reducidos, no haría sino insistir en que lo decisivo es lograr un clima de unidad, y la unidad entre los hombres no procede primariamente de la cercanía física, sino de la vinculación a algo valioso que, desbordando a todos, sea más íntimo a cada uno que su propia intimidad. Para que un grupo numeroso de personas se aúnen en un acto comunitario basta que vibren con aquello que las conmueve en lo íntimo de su ser. Merced a los modernos medios de ampliación y propagación del sonido y a la amplia visibilidad que suele concederse a los grandes espacios, esta conciencia de solidaridad puede conseguirse tanto en iglesias reducidas como voluminosas.

En síntesis, podemos decir que los espacios amplios se abaten sobre nosotros cuando nos falta espíritu para llenarlos de vida espiritual. Nos parecen acogedores, en cambio, cuando llenamos las amplias naves con el fervor de los cánticos, la expresividad del órgano, el espíritu de comunidad que se expande por el espacio articulándolo todo.

Lo importante es que cada asistente se sienta en comunidad de vibración espiritual con el núcleo de personas que forman su entorno más inmediato, porque esta vibración se sentirá incrementada de modo claro, pero en bloque, por la de todo el número de fieles que integran la comunidad orante, aunque no se oiga a cada uno en particular, ni sea posible entrar en relación de cercanía física con cada uno de ellos. Esta proximidad física apenas cuenta y, en casos, puede incluso resultar nociva, ya que la posibilidad de observar de cerca a los circunstantes e, incluso, al sacerdote puede ser causa de múltiples distracciones.

Por otra parte, los inconvenientes de todo género que se derivan de la incomodidad inherente a las iglesias reducidas darían lugar a todo un capítulo. De ello pueden dar testimonio los que ejercen su ministerio sacerdotal en estos medios. La iglesia de grandes dimensiones puede lograr –respecto al templo más reducido‒ una atmósfera de mayor impersonalidad (en el sentido positivo de no-individualidad) que favorece el clima de oración común al Padre. Tampoco el sacerdote oficiante puede distinguir netamente desde el presbiterio la figura de cada uno de los fieles. Pero, si la mesa del altar se halla lo suficientemente cerca de los primeros grupos de asistentes, éstos confieren, en la mente del oficiante, una figura viviente a la multitud de fieles que permanecen detrás en una especie de humilde y comunitario anonimato.

Mayor importancia que el espacio tiene, a mi entender, el tiempo en la acción litúrgica. Tanto la excesiva prisa ‒el ansia de reducir al máximo la duración de los actos‒ como la lentitud exasperante ‒que supera la capacidad de atención de los fieles‒ comprometen la eficacia de esas formas de oración comunitaria.

Vida comunitaria

Se subraya, a menudo, que lo decisivo en la arquitectura religiosa es lograr un ámbito comunitario. Nada más exacto, pero conviene mantener en sus justos límites la importancia de lo comunitario, pues la comunidad es constituida por personas, y, éstas, a la par que su vida comunitaria, deben cultivar una forma de soledad que, sin suponer alejamiento, deje de momento en suspenso la relación con los demás. Jesús, al caer la tarde, solía alejarse como un tiro de piedra de los discípulos para entrar en oración con el Padre. Descuidar esta entrada personal en sí mismo al amparo del sosiego que confiere la soledad es arriesgarse a perder autenticidad personal y convertir la comunidad en mera colectividad.

Lo advirtió enérgicamente el gran mentor del Movimiento Litúrgico alemán, Romano Guardini. Los templos deben ofrecer a los fieles la posibilidad de retirarse a orar en privado y lograr un clima de sosiego. Contra la pasividad latina en la participación cultual se está imponiendo la actividad germana. Pero frente al riesgo nórdico del activismo debemos promover el sentido latino de la contemplación silenciosa y serena. Al fin y al cabo, en la vida religiosa la iniciativa primera la tiene el Señor. El profeta Samuel se sintió llamado, y a la tercera llamada respondió: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Ámbitos propicios a la llamada y a la actitud de serena escucha son absolutamente necesarios al creyente que acude al templo.

Bien está, no obstante, ante los excesos del individualismo, destacar la importancia de la actitud comunitaria. Pero, ¿cómo se establece un ámbito comunitario? Se subraya con razón la importancia del altar del sacrificio, y los arquitectos actuales se esfuerzan por extremar los recursos en orden a mantener las miradas de los fieles dirigidas hacia él. Pero apenas se subraya el papel que desempeña a este respecto la presencia de los santos en las imágenes. ¿Qué sentido tenían las largas teorías de imágenes en las fachadas de las iglesias antiguas? Pienso que no sin grave riesgo se lo puede reducir a mero afán espectacular. Es posible que en la orientación arquitectónica actual sea difícil buscar sitio adecuado a esta profusión de imágenes. Pero, en caso de colisión entre la Estética y la Pedagogía religiosa, sin duda debe la primera ceder sus intereses en beneficio del bien de los creyentes, al menos como compás de espera mientras el progreso de las técnicas y los medios expresivos no permitan resolver ese problema.

En este y otros temas análogos deben tenerse en cuenta las exigencias de una equilibrada Pedagogía religiosa. Hay reformas y movimientos artísticos que, aun estando a veces justificados en el campo incomprometido de la pura teoría, no pueden ser llevados a la práctica sino despacio y a su debido tiempo. E1 tiempo oportuno, el kairós, no es algo accidental, una concesión pusilánime a la costumbre y a la debilidad mental o sentimental de las gentes. Es una atención reverente a la condición humana. El hombre es esencialmente histórico, y todo el que ejerce una función directiva ha de tener en cuenta los dictados del tiempo, que es algo más que un mero pasar. Resulta paradójico que, en nombre de la pastoral ‒que debe inspirarse en una lúcida y experimentada Pedagogía religiosa‒ se quieran imponer drásticamente ciertas reformas que, aun estando justificadas en sí mismas, necesitan, para ser impuestas, un largo periodo de adaptación.

Por otra parte, no se olvide que la Iglesia debe tomar en consideración la lenta capacidad de reacción de las gentes menos preparadas cultural y sentimentalmente. Y los mejor formados bien harán en ser comprensivos con quienes disponen de recursos más modestos. Orientar la arquitectura religiosa con vistas sólo a una élite ‒real o imaginada‒ es una imprudencia que puede causar desconcierto en los fieles en un primer momento y, más tarde, indiferencia o abierta hostilidad.


NOTAS

(1) Apud F. Pérez Gutiérrez: La indignidad en el arte sacro o.c., 178.
(2) Lo expongo con amplitud en el libro La ética o es transfiguración o no es nada (BAC, Madrid 2014).]bb[

Alfonso López Quintás
03/09/2017

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Editado por
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás
Alfonso López Quintás realizó estudios de filología, filosofía y música en Salamanca, Madrid, Múnich y Viena. Es doctor en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático emérito de filosofía de dicho centro; miembro de número de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas –desde 1986-, de L´Académie Internationale de l´art (Suiza) y la International Society of Philosophie (Armenia); cofundador del Seminario Xavier Zubiri (Madrid); desde 1970 a 1975, profesor extraordinario de Filosofía en la Universidad Comillas (Madrid). De 1983 a 1993 fue miembro del Comité Director de la FISP (Fédération Internationale des Societés de Philosophie), organizadora de los congresos mundiales de Filosofía. Impartió numerosos cursos y conferencias en centros culturales de España, Francia, Italia, Portugal, México, Argentina, Brasil, Perú, Chile y Puerto Rico. Ha difundido en el mundo hispánico la obra de su maestro Romano Guardini, a través de cuatro obras y numerosos estudios críticos. Es promotor del proyecto formativo internacional Escuela de Pensamiento y Creatividad (Madrid), orientado a convertir la literatura y el arte –sobre todo la música- en una fuente de formación humana; destacar la grandeza de la vida ética bien orientada; convertir a los profesores en formadores; preparar auténticos líderes culturales; liberar a las mentes de las falacias de la manipulación. Para difundir este método formativo, 1) se fundó en la universidad Anáhuac (México) la “Cátedra de creatividad y valores Alfonso López Quintás”, y, en la universidad de Sao Paulo (Brasil), el “Núcleo de pensamento e criatividade”; se organizaron centros de difusión y grupos de trabajo en España e Iberoamérica, y se están impartiendo –desde 2006- tres cursos on line que otorgan el título de “Experto universitario en creatividad y valores”.



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