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Blog de Tendencias21 con una visión irónica, satírica o desenfadada de la ciencia y la propia vida


¿Divulgación o "vulgarización" científica?: Mr Proper y Mr Popper.



Víctor Maojo

Miércoles, 26 de Diciembre 2012

Einstein, en sus años jóvenes. ¿Simplicidades de unos o simplezas de otros?
Einstein, en sus años jóvenes. ¿Simplicidades de unos o simplezas de otros?
Hace poco escribía un catedrático de Física un artículo en su blog de ciencia (¿de ciencia?) de un periódico nacional. Allí afirmaba esto:

“El proyecto genoma humano ha obtenido la secuencia de ADN de los cromosomas humanos, pero eso no nos ha hecho avanzar un milímetro en saber cómo ese código genera inteligencia o conformismo, o cómo se produce el cáncer.  Desde que hay ciencia, los descubrimientos se han hecho en la mente humana, no en los laboratorios. Estos son imprescindibles, estimulan el pensamiento, pero la ciencia está en la mente. A pesar de las miserias políticas, ante el ataque a la investigación, respondemos con la brillantez de nuestras mentes”. 

Aparte de disquisiciones filosóficas, hay que bajar a pie de obra. Así, el comentario confunde la secuenciación del genoma humano —publicada entre 2001 y 2003— con el código genético, que fue descifrado a finales de los años 50 y primeros 60 (con participación de don Severo Ochoa). Por otra parte, el código genético no tiene nada que ver con la inteligencia o el conformismo. Son cuestiones distintas. Por último, cualquiera puede acudir al Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) o a cualquier hospital, y podrá ver cómo han cambiado los diagnósticos y tratamientos del cáncer en los últimos 15 años gracias, precisamente, a esos avances. ¿Por qué, si no, se llamaría medicina genómica? Si hace un siglo los descubrimientos eran individuales, ahora eso ya no es posible en numerosas ocasiones, debido a la complejidad técnica requerida. Por eso es imprescindible el trabajo conjunto en el laboratorio; pero para comprenderlo hay que pisarlo antes, claro.

Aunque cada columna no queda sin una de éstas, hace menos tiempo volvía el colega a tirar por elevación, nada menos que con don Albert:
 
En primer lugar, el ''genio'' de Einstein se basaba, no en una enorme capacidad intelectual, sino en sencillamente, aceptar lo que veía. No era más listo que los demás, sino que no empleaba en sus razonamientos argumentos ajenos a la materia con la que estaba trabajando. (...) Einstein consiguió exponer esta teoría, más que por una gran inteligencia, por una simplicidad mental que eliminaba lo no necesario del pensamiento.  (...) Einstein fué un enorme físico, un gran científico, pero no un ''genio''. ¿Se puede ver en la superficie de un cerebro la capacidad de no tener en cuenta hipótesis innecesarias? La inteligencia, el genio, no tiene nada que ver con el tamaño de un cerebro, ni con los surcos que aparecen en las autopsias, ni con las convoluciones de la masa neuronal. La inteligencia es la capacidad de las neuronas de establecer conexiones nuevas entre sí.

Vaya. Hace aún menos, extrapolaba el principio de indeterminación de Heisenberg a cuestiones sociales, reduccionismo pseudocibernético ya pura antigualla de charla de café argentino, años 60. Hoy mismo, cuando redacto estas líneas finales (en el medio aquí) afirma: "la mente humana, es decir, el conjunto de memorias y sus combinaciones mediante conexiones neuronales que cambian de manera constante..." 

Pues ahí quedan más de cincuenta años de investigación en psicología cognitiva, resumidos en pocas líneas.  En otra página el colega dispara contra las publicaciones científicas. No falla ¿Por qué será? 
 
Esto es sólo una muestra de lo que se puede leer habitualmente en la prensa nacional sobre ciencia. Como no puede ser menos, los autores de semejantes comentarios se convierten en referencia si aparecen en un periódico. ¡Y luego le preguntan a uno por qué escribe sátiras!

Lo dicho, la prueba del algodón, la de Don Limpio, Mr Proper (no Popper, aunque éste también valdría), son las publicaciones científicas de verdad. Búsquenlas (ISI, Google Académico, Pubmed, etc) y aplíquese esta prueba a algunos de los más conocidos científicos nacionales y se verá en su calamitoso resultado (o, más bien, ausencia) una de las causas por las que los políticos, y la sociedad, consideran la ciencia como algo anecdótico: ¡muchos de los científicos más conocidos no han hecho ciencia relevante jamás! (y, algunos, ni ciencia). Si algunos de ellos se conformasen con ser divulgadores científicos, profesión dignísima, sólo cabría la admiración por los libros bien hechos. El problema llega cuando se presentan como científicos...

PD. Un querido colega me preparará una respuesta contundente acerca del “timo” que suponen hoy las publicaciones científicas. El problema es que ese argumento, incluso sólido en manos de los que no quieren publicar pudiendo hacerlo cuando quisiesen, es el que da munición a los otros también. Los que no podrían, aunque quisiesen.




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Víctor Maojo
Eduardo Martínez de la Fe
Víctor Maojo es doctor en medicina e informática y catedrático de inteligencia artificial desde 2006. Ha sido “Fellow” del programa Health Science and Technology de Harvard-MIT y profesor visitante en Georgia Tech, EE.UU. Desde 1993 dirige el Grupo de Informática Biomédica de la Universidad Politécnica de Madrid. Ha coordinado y trabajado en más de 30 proyectos, nacionales y europeos, en temas de inteligencia artificial, informática biomédica, ciencia cognitiva, nanomedicina, tecnologías para el cáncer y colaboración sanitaria en África, entre otros. Ahora coordina el proyecto europeo Africa Build, para mejorar la asistencia sanitaria en varios países africanos mediante el uso de las tecnologías de la información. Ha publicado artículos y contribuciones en las principales revistas y conferencias científicas de su área. En 2011 fue elegido “Fellow” del American College of Medical Informatics (ACMI), la academia americana de informática médica, por sus contribuciones a esta disciplina científica. Por el camino ha hecho algunas cosas más. Estuvo a punto de cantar Rigoletto en el Metropolitan de Nueva York, hace algunos años, pero los malvados acomodadores acechaban por doquier a los espectadores rezagados al final de la función.




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