No parece haber ahora tema de más actualidad y más probable rápida extinción que el del famoso video de la concejala de Los Yébenes (aunque eso mismo parecía el asunto del Ecce Homo, otro exquisito fenómeno patrio, y es posible que también se hagan viajes organizados a este otro pueblo, una vez localizado en el mapa). Pese a su presumible volatilidad, Rubalcaba, Valenciano y el resto de su partido deben estar temblando ante la posibilidad de que la señora dé el salto y, en vez de escoger las varias opciones que tiene: a) encerrarse a su casa, b) quedarse como concejal en el Ayuntamiento, c) aparecer en la portada de una revista, o d) todo ello), decida optar a cotas más altas en el partido. Otra cuestión es pensar que, si un político es lo suficientemente imprudente para hacer estas cosas que uno creería que sólo un joven inexperto puede realizar, qué otros deslices no podría cometer.
Éste es el tema: la confianza, la fe casi ciega del españolito medio en los operadores de telefonía, buscadores de Internet, servicios de transmisión de datos, amigos manitas en temas de ordenadores, amigos manitas en general, destinatarios múltiples, etc, ante los que deja toda la información personal o profesional que posee, poniéndola a su merced y libre albedrío. Me contaban mis colegas americanos que, cuando tuvieron por vez primera email, a principios de los años 70, no enviaban nada confidencial porque sabían que los emails pasarían por sistemas de Defensa. No se atrevían a enviar ni un comentario chistoso sobre un tema actual, no sea que pudiese quedar registrado en un archivo, que todo un batallón se enterase de sus chismes o que un coronel pudiese hacerles una visita cualquier noche. Wikileaks, al revés. Ahora el número de las personas que pueden intentar fisgar lo que uno hace se ha disparado y, sin embargo, esa prevención ha casi desaparecido en algunos casos. Ahí está el caso de Google. Si usamos sus servicios, pueden saber lo que buscamos, lo que nos gusta, si tenemos servicio de mensajes con ellos los podrían leer (y de hecho parece que lo hacen, aunque se diga que sea con minería de datos al azar, de forma automática y anónima), dónde vivimos, qué películas vemos y si pagamos por ellas, adonde vamos de vacaciones, por qué carreteras, conocen las claves no seguras de las redes WiFi de unas cuantas casas de España, qué idioma hablamos, si somos semianalfabetos o tenemos una idea genial, nuestro curriculum, nuestros amigos, nuestras fotos, qué leemos, etc. No sólo eso sino que también han trabajado en sistemas sanitarios y, en otros países, uno podía almacenar sus datos médicos personales en un sistema de Google y podía enviar una muestra corporal a una compañía relacionada con Google para obtener su propio genoma. Además, como ya se han introducido también en los móviles, están cerca de lo que decimos y hablamos. Sabrían mucho más de nosotros que nosotros mismos, desde nuestros genes hasta quienes nos persiguen o hablan sobre nosotros. Pese a eso, ¿cuántos son los que ponen información de alto riesgo personal o profesional, que podría ser su ruina, a merced de un destinatario en el que no tienen una confianza absoluta y, de paso, en intermediarios a los que ni siquiera nunca conocerá? O más allá. Recuerdo aquí las fotos que se dejaron hacer varios colaboradores de Obama, burlándose de Hillary Clinton, y que aparecieron en Facebook y luego en toda la prensa, después de que aquel tuviese ya el camino expedito en las primarias para la elección presidencial, hace cuatro años. ¿Dónde acabarían estos poco después, cuándo Hillary fue elegida Secretaria de Estado? Ahora al diablo le basta con cargar Facebook, no las escopetas...
Hasta no hace mucho, poco se alertaba acerca de los peligros de intercambiar información en la red. Muchos de mis propios colegas informáticos confiaban y confían, sin dobles pensamientos, en la bondad de las compañías (y sus empleados, ya que no son sólo máquinas las que manejan la información; los trabajadores pueden traicionar a los clientes y a sus jefes). Increíble muestra de fe ciega que, trasladada a donde estuvo siempre, llenaría de nuevo los seminarios nacionales. Si éstos llevasen el logotipo de Google, Facebook o Apple, habría otra vez colas para entrar en ellos.
Éste es el tema: la confianza, la fe casi ciega del españolito medio en los operadores de telefonía, buscadores de Internet, servicios de transmisión de datos, amigos manitas en temas de ordenadores, amigos manitas en general, destinatarios múltiples, etc, ante los que deja toda la información personal o profesional que posee, poniéndola a su merced y libre albedrío. Me contaban mis colegas americanos que, cuando tuvieron por vez primera email, a principios de los años 70, no enviaban nada confidencial porque sabían que los emails pasarían por sistemas de Defensa. No se atrevían a enviar ni un comentario chistoso sobre un tema actual, no sea que pudiese quedar registrado en un archivo, que todo un batallón se enterase de sus chismes o que un coronel pudiese hacerles una visita cualquier noche. Wikileaks, al revés. Ahora el número de las personas que pueden intentar fisgar lo que uno hace se ha disparado y, sin embargo, esa prevención ha casi desaparecido en algunos casos. Ahí está el caso de Google. Si usamos sus servicios, pueden saber lo que buscamos, lo que nos gusta, si tenemos servicio de mensajes con ellos los podrían leer (y de hecho parece que lo hacen, aunque se diga que sea con minería de datos al azar, de forma automática y anónima), dónde vivimos, qué películas vemos y si pagamos por ellas, adonde vamos de vacaciones, por qué carreteras, conocen las claves no seguras de las redes WiFi de unas cuantas casas de España, qué idioma hablamos, si somos semianalfabetos o tenemos una idea genial, nuestro curriculum, nuestros amigos, nuestras fotos, qué leemos, etc. No sólo eso sino que también han trabajado en sistemas sanitarios y, en otros países, uno podía almacenar sus datos médicos personales en un sistema de Google y podía enviar una muestra corporal a una compañía relacionada con Google para obtener su propio genoma. Además, como ya se han introducido también en los móviles, están cerca de lo que decimos y hablamos. Sabrían mucho más de nosotros que nosotros mismos, desde nuestros genes hasta quienes nos persiguen o hablan sobre nosotros. Pese a eso, ¿cuántos son los que ponen información de alto riesgo personal o profesional, que podría ser su ruina, a merced de un destinatario en el que no tienen una confianza absoluta y, de paso, en intermediarios a los que ni siquiera nunca conocerá? O más allá. Recuerdo aquí las fotos que se dejaron hacer varios colaboradores de Obama, burlándose de Hillary Clinton, y que aparecieron en Facebook y luego en toda la prensa, después de que aquel tuviese ya el camino expedito en las primarias para la elección presidencial, hace cuatro años. ¿Dónde acabarían estos poco después, cuándo Hillary fue elegida Secretaria de Estado? Ahora al diablo le basta con cargar Facebook, no las escopetas...
Hasta no hace mucho, poco se alertaba acerca de los peligros de intercambiar información en la red. Muchos de mis propios colegas informáticos confiaban y confían, sin dobles pensamientos, en la bondad de las compañías (y sus empleados, ya que no son sólo máquinas las que manejan la información; los trabajadores pueden traicionar a los clientes y a sus jefes). Increíble muestra de fe ciega que, trasladada a donde estuvo siempre, llenaría de nuevo los seminarios nacionales. Si éstos llevasen el logotipo de Google, Facebook o Apple, habría otra vez colas para entrar en ellos.

La concejala de Los Yébenes y la fe ciega

