Muchas veces aceptamos una afirmación y la contraria, como si las dos fuesen buenas y válidas. Lo que en lógica se llama inconsistencia, en lenguaje de la calle contradicción y en el político flexibilidad. Podemos aceptar aún más, que alguien diga una cosa cuando sabemos que es la contraria, y nada pase más allá del simple rubor del mentiroso. A veces ni eso. Se puede mentir a voluntad, sin que al final nada ocurra. Todo está bien. Tranquilamente puede mentir un profesor en un consejo de departamento o un alumno en el despacho del profesor, el acusado ante el juez (con el amparo mismo de la ley), el banquero y el tendero al cliente, el cliente ante el vendedor, el cura ante Dios y el obispo, el creyente ante el cura, el ministro ante el Parlamento, el periodista ante sus lectores, etc. Escuchaba a una secretaria de juzgado hace años contar, en la más absoluta comprensión, que, como son tantos los acusados y testigos que mienten en un juzgado, muchos jueces no hacen caso más que de las pruebas y evidencias más obvias. Tal vez en la memoria colectiva esté algún inquisidor buscando la verdad (o la que le interesaba) con la tortura; pero de ello han pasado muchos siglos.
En las universidades americanas (las mejores del mundo, aunque los consumidores de cerveza Guinness de los pubs de Londres hayan dicho otra cosa en sus rankings), si un profesor o alumno miente en una cuestión académica, lo pagará caro. Si copia un trabajo, le echan sus colegas (es decir los alumnos a los alumnos y los profesores a los profesores). Si plagia o falsea resultados de investigación o, si miente para conseguir un objetivo, el fin de su vida académica puede estar cerca. ¿Cuántas veces hemos visto a estudiantes y profesores engañando en su curriculum vitae? Una jugada sin apenas riesgo. Si no mienten, no tienen nada que esperar, y si son pillados, el resultado será el mismo que les correspondería en buena lid. El fracaso, pero sin pena (ni una ni otra).
En aquellos debates por la presidencia, hace cinco años, donde y cuando comenzó (o se asentó, más bien) todo lo que padecemos, Rajoy tildó de mentiroso quince, o veinte veces, al entonces presidente Zapatero. Como es lógico, uno de ellos mentía. O los dos. En algunos otros países, los que tienen los fundamentos democráticos más asentados (y no por casualidad), uno de los dos habría pagado caro el hecho (o los dos). O por mentir al decirlo o porque lo dicho era verdad. Dio igual, los dos han sido presidentes. En el caso del debate Solbes-Pizarro, donde el primero faltó a la verdad del modo que hoy sólo podemos lamentarnos. Pizarro dijo la verdad sobre la crisis que se avecinaba, o eso parece hoy. Ya sabemos quién ganó el debate según las encuestas. Al final el primero siguió en la política (a regañadientes) y la abandonó en cuanto vio que todo se volvería irremediablemente contra él mismo, ya sin posible escapatoria de trilero. El segundo fue arrinconado justamente por eso, por decir la verdad. Incluso a su jefe. Hace poco pude ver a Pizarro en un restaurante, dos personas en una mesa aislada, sin nadie más en las mesas de alrededor. ¡Qué imagen metafórica de la realidad nacional!
Se ha dicho que nuestro pecado principal es la envidia. Buñuel, Unamuno y tantos otros se extendían en la afirmación. Ortega y Gasset, al que uno lee y relee con deleite y asombro, afirmaba que era la soberbia. Otros, que la pereza. No lo creo. Tal vez todos ellos sean pecados que afligen al individuo patrio como ente aislado, pero no tanto en lo colectivo.
La mentira, ¿pecado capital de España? No, es aún peor, es aceptarla como si fuese algo normal y justificable.
En las universidades americanas (las mejores del mundo, aunque los consumidores de cerveza Guinness de los pubs de Londres hayan dicho otra cosa en sus rankings), si un profesor o alumno miente en una cuestión académica, lo pagará caro. Si copia un trabajo, le echan sus colegas (es decir los alumnos a los alumnos y los profesores a los profesores). Si plagia o falsea resultados de investigación o, si miente para conseguir un objetivo, el fin de su vida académica puede estar cerca. ¿Cuántas veces hemos visto a estudiantes y profesores engañando en su curriculum vitae? Una jugada sin apenas riesgo. Si no mienten, no tienen nada que esperar, y si son pillados, el resultado será el mismo que les correspondería en buena lid. El fracaso, pero sin pena (ni una ni otra).
En aquellos debates por la presidencia, hace cinco años, donde y cuando comenzó (o se asentó, más bien) todo lo que padecemos, Rajoy tildó de mentiroso quince, o veinte veces, al entonces presidente Zapatero. Como es lógico, uno de ellos mentía. O los dos. En algunos otros países, los que tienen los fundamentos democráticos más asentados (y no por casualidad), uno de los dos habría pagado caro el hecho (o los dos). O por mentir al decirlo o porque lo dicho era verdad. Dio igual, los dos han sido presidentes. En el caso del debate Solbes-Pizarro, donde el primero faltó a la verdad del modo que hoy sólo podemos lamentarnos. Pizarro dijo la verdad sobre la crisis que se avecinaba, o eso parece hoy. Ya sabemos quién ganó el debate según las encuestas. Al final el primero siguió en la política (a regañadientes) y la abandonó en cuanto vio que todo se volvería irremediablemente contra él mismo, ya sin posible escapatoria de trilero. El segundo fue arrinconado justamente por eso, por decir la verdad. Incluso a su jefe. Hace poco pude ver a Pizarro en un restaurante, dos personas en una mesa aislada, sin nadie más en las mesas de alrededor. ¡Qué imagen metafórica de la realidad nacional!
Se ha dicho que nuestro pecado principal es la envidia. Buñuel, Unamuno y tantos otros se extendían en la afirmación. Ortega y Gasset, al que uno lee y relee con deleite y asombro, afirmaba que era la soberbia. Otros, que la pereza. No lo creo. Tal vez todos ellos sean pecados que afligen al individuo patrio como ente aislado, pero no tanto en lo colectivo.
La mentira, ¿pecado capital de España? No, es aún peor, es aceptarla como si fuese algo normal y justificable.

La mentira, ¿pecado capital de España?

