Cuando llegue a Harvard, en 1991, necesitaba unos libros de la bilioteca. Me contó un colega que podía conectarme en línea con la bilioteca central y buscar entre los varios millones de libros que tenía la biblioteca Widener . Así lo hice y encontre cinco libros que me interesaban. Llamé a la biblioteca y le conté a una señorita que me atendió que había visto cinco libros en el catálogo y quería saber cómo podría sacar dos. Pregunté, también, si necesitaba pedir un carnet para el préstamo. Ella me informó que no necesitaba un carnet especial, sólo el de la universidad y me resaltó, extrañada: ¿si ha visto cinco, por qué sólo saca dos? Más quedé yo, pues nunca se me había ocurrido que de las bibliotecas se pudiesen sacar más de dos libros. "Hasta cuarenta", me dijo. Sorprendido, le contesté que perfecto, y que iria al dia siguiente a por ellos (yo estaba en la zona médica en Boston y la biblioteca central en Cambridge). Ella me preguntó, de nuevo, cuál era mi situación en Harvard y yo le contesté: "Research Fellow". Por último, me pidió que rellenase los datos en la aplicacion informática y alguien me los llevaría. Aquí falla algo, me dije, pero seguí sus intrucciones.
No falló nada, pues al dia siguiente, a las 8,30 alli estaban los cinco libros, en la mesa del despacho. Salí ipso-facto, incrédulo, y le conté al único secretario del grupo (mi añorado Ron Rouse, que, aparte de hacer todas las tareas propias de las secretarias/os, completaba bases de datos, redactaba propuestas de investigación, era experto multimedia y editor de estilo para los artículos de los miembros del laboratorio y para el New England Journal of Medicine, la revista médica de mayor impacto) lo que me había pasado. "Mira --me dijo--, aquí el rector hace las tareas que le corresponden. Por ellas cada hora suya vale X, que es más que la hora del decano, y la de éste más que la de un catedratico, y luego así otros profesores, y luego los Fellows, y luego otros más hasta llegar a los repartidores de la bilioteca, cuya hora vale menos que la de todos los anteriores. ¿Para qué van a perder todos ellos su tiempo si su hora vale menos que la de un repartidor?"
De una tacada, dos de los que yo pensaba eran principios fundamentales de la naturaleza (tal vez incluso alguna vez descritos por Newton), sólo lo eran nacionales, o al menos de los sitios donde yo había vivido: 1º, "de las bibliotecas se sacan dos libros" y 2º, "en el trabajo cada uno se arregla la vida como puede, incluso haciendo lo que a simple vista no es suyo, sobre todo si otro se niega o desaparece". Los dos caidos por el suelo, como la manzana aquella de don Isaac...
Recordaba, sobre esto mismo, Ortega y Gasset aquella admonición de Platón sobre el gobierno de la República: no pueden andar bien las cosas mientras cada cual no haga lo suyo. Y él mismo se pronunciaba de similar manera sobre el funcionamiento del Estado español, que requería "un complicado y exacto reparto del trabajo".
El que no lo tiene, desea el trabajo de otro, y el que lo tiene, también. Mientras tanto, el que no haga su trabajo también hará que otro no pueda hacer bien el suyo.

Los Principia (nacionales) de la naturaleza

