Han cesado a Anna Tarrés, entrenadora del equipo de natación sincronizada de España que ya no tenía sitio en el cuello para ponerse todas las medallas que ha ganado con el equipo en campeonatos y olimpiadas. Ipso-facto, ha salido un grupo de ex-nadadoras (parece que, sobre todo, las menos distinguidas) poniéndola como chupa de dómine e intentando tirarla a ella a la piscina. Inevitable proceso nacional, acudir en auxilio del vencedor en vida de éste o escupir en la tumba del perdedor, minutos después del entierro.¿Quién tiene razón? Pues una, las otras, o todos, o ninguno. Tal vez añoren pronto los mismos periodistas que echan leña al fuego las medallas, sin mencionar el ahora denunciado látigo.
Aunque llevamos décadas esperando uno, no se comenta casi nunca cuánto cuesta un Premio Nobel y a que hay que renunciar. No es difícil dar un apunte. Para conseguirlo hace falta un candidato de genio, talento, trabajo continuado en un mismo tema durante largos años, fondos suficientes para la investigación y para su equipo, laboratorio sólido, personal entusiasta, apoyo institucional, paciencia, perseverancia, formación completada con éxito y, sobre todo, esfuerzo denodado. No sólo él, sino de su grupo entero. Y un poco de suerte no viene mal, aunque las musas suelan llegar cuando uno trabaja, que diría Picasso. Casi nada. Los Premios Nobel se consiguen también los sábados y domingos, días en que cualquier laboratorio americano, por ejemplo, está abierto y con personas trabajando. También por las noches es posible acudir al laboratorio. Aquí no sólo es difícil acceder al laboratorio un sábado sino que además uno puede ser fumigado una vez dentro (¡y lo sé por propia experiencia!).
Dos anécdotas. En plena carrera investigadora en los años 50, don Severo Ochoa se despedía cada tarde, al dejar el laboratorio que dirigía, con la expresión "See you later". Todos los días, salvo los viernes, que pronunciaba "See you tomorrow". Por si los colaboradores tenían otros planes. En la universidad de Emory, en Atlanta, alguien me comentó que un médico colega nuestro había hecho el doctorado con un famosísimo Premio Nobel (llámese X, no sea que algún juez español acabe en el medio, con abogados en los extremos). Se lo pregunté y me confirmó, con voz entrecortada, que había estado cuatro años con él, haciendo la tesis doctoral bajo su dirección. Cuando le expresé mi sana envidia, me miró con cara de enorme tristeza y me dijo: "¿suerte? ¡fueron los cuatro peores años de mi vida! Mi único pesar es que no tuve el valor de otro doctorando, que no pudo más y le atacó con un cuchillo...".
Medallas de oro, o premios Nobel, a veces tienen efectos secundarios.
Aunque llevamos décadas esperando uno, no se comenta casi nunca cuánto cuesta un Premio Nobel y a que hay que renunciar. No es difícil dar un apunte. Para conseguirlo hace falta un candidato de genio, talento, trabajo continuado en un mismo tema durante largos años, fondos suficientes para la investigación y para su equipo, laboratorio sólido, personal entusiasta, apoyo institucional, paciencia, perseverancia, formación completada con éxito y, sobre todo, esfuerzo denodado. No sólo él, sino de su grupo entero. Y un poco de suerte no viene mal, aunque las musas suelan llegar cuando uno trabaja, que diría Picasso. Casi nada. Los Premios Nobel se consiguen también los sábados y domingos, días en que cualquier laboratorio americano, por ejemplo, está abierto y con personas trabajando. También por las noches es posible acudir al laboratorio. Aquí no sólo es difícil acceder al laboratorio un sábado sino que además uno puede ser fumigado una vez dentro (¡y lo sé por propia experiencia!).
Dos anécdotas. En plena carrera investigadora en los años 50, don Severo Ochoa se despedía cada tarde, al dejar el laboratorio que dirigía, con la expresión "See you later". Todos los días, salvo los viernes, que pronunciaba "See you tomorrow". Por si los colaboradores tenían otros planes. En la universidad de Emory, en Atlanta, alguien me comentó que un médico colega nuestro había hecho el doctorado con un famosísimo Premio Nobel (llámese X, no sea que algún juez español acabe en el medio, con abogados en los extremos). Se lo pregunté y me confirmó, con voz entrecortada, que había estado cuatro años con él, haciendo la tesis doctoral bajo su dirección. Cuando le expresé mi sana envidia, me miró con cara de enorme tristeza y me dijo: "¿suerte? ¡fueron los cuatro peores años de mi vida! Mi único pesar es que no tuve el valor de otro doctorando, que no pudo más y le atacó con un cuchillo...".
Medallas de oro, o premios Nobel, a veces tienen efectos secundarios.

Natación sincronizada y Premios Nobel

