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Blog sobre pensamiento social de Tendencias21

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Sábado, 28 de Febrero 2015
¿Vamos a alguna parte?. Fuente: acnur.org
¿Vamos a alguna parte?. Fuente: acnur.org
 
Hoy, quizás más que en cualquier otro momento de la historia humana, hombres y mujeres, niños y niñas, se ven empujados a salir del entorno en el que la vida los depositó al nacer. Las causas que explican este fenómeno proceden de fuera de sí mismos o habitan en algún lugar del interior humano.
 
Nadie parece sentenciado a permanecer en el mismo ámbito del origen. Los pueblos ya no son aquellos lugares amables en los que se encuentran las cosas que se necesitan y las respuestas a las preguntas que el despliegue de la realidad va generando. Por el contrario, el mundo está lleno de estímulos que invitan u obligan –por las buenas o por las malas- al desplazamiento. Siempre existe un horizonte lejano en el que se prometen las soluciones a las necesidades, las respuestas a las incógnitas, el encuentro con lo que se anhela, la materialización de las ideas y de los proyectos, las mejores oportunidades para vivir y para alcanzar el imaginado paraíso donde todo está al alcance de las manos.
 
El empujón a salir del seno materno es una fuerza que obliga, sí o sí; que te lleva a lo desconocido y que te coloca en otros medios, sin más preparación que la que tiene la propia naturaleza: el instinto de supervivencia.
 
Así, desplazándose en masa va la humanidad de un lado para otro, buscando lo que necesita y no encuentra en el sitio en el que le depositó la vida, sin más recurso que la capacidad de respirar. Unas veces son las guerras, las epidemias, las fuerzas incontroladas de la naturaleza, las cuáles parecen padecer el mismo síndrome humano; otras veces son las condiciones políticas y económicas que obligan a huir del terruño porque el hambre o la represión ponen en peligro la propia existencia; en otras ocasiones, son las necesidades de acudir a aquellos centros de conocimiento que permiten, o pueden permitir, seguir avanzando en los retos que tiene planteados este siglo, y de los que dependen la supervivencia de la propia vida, tal y como hoy la conocemos; también entra dentro, de este interminable proceso, los viajes a mundos y culturas desconocidas o en peligro de desaparecer. El ser humano del siglo XXI quizás sepa dónde nació pero no puede prever en qué lugar ni en qué circunstancias va a morir.
 
 
Alicia Montesdeoca

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Jueves, 8 de Enero 2015
Los protagonistas han de ser ellos y ellas Fuente:elhijomenor.blogspost.com
Los protagonistas han de ser ellos y ellas Fuente:elhijomenor.blogspost.com
Los nuevos patrones que portan las nuevas generaciones, hijos y nietos de los nacidos en el siglo XX, toman el testigo para dibujar el futuro que les corresponden colorear.
 
Gran parte de la resistencia a lo nuevo procede de aquellos que en su tiempo juvenil propusieron alternativas a las formas caducas que les venían dadas, las cuales lograron transformar porque era su responsabilidad histórica. Hicimos lo que nos tocaba hacer: dar el paso a formas democráticas de funcionamiento social y político. Esa fue la misión y, a partir de los recursos heredados, la llevamos a cabo.
 
Pero la evolución social no acaba mientras exista mundo, y cada generación ha de perfeccionar lo hecho por la anterior y proponer nuevos horizontes. Ahora nos toca colocarnos detrás de la nueva -nuestros hijos y nuestros nietos- para que apoyen sus espaldas sobre nuestra experiencia, miren con decisión el futuro y den los pasos hacia el horizonte al que les corresponde aspirar.
 
Para lograr que ellos desarrollen la responsabilidad que les corresponde  llevar a cabo, hemos de aceptar que, en su momento, nosotros ocupamos el lugar que a ellos y a ellas les corresponden hoy ocupar: es el protagonismo de las energías renovadoras de la nueva generación. Nuestra función es, mientras la vida siga alentando vida en nosotros, apoyarles con nuestra experiencia y nunca sustituirles.
 
Si nos resistimos en exceso a que vivan y maduren con las nuevas experiencias, dificultamos sus pasos. No defendamos, pues, hasta el ahogo, aquello que fueron los frutos de nuestras luchas. Esos frutos ya han generado nuevas semillas: son las nuevas perspectivas de los recién llegados –las nuevas generaciones- que portan, además, una nueva consciencia. Su inexperiencia no es un hándicap, es la cualidad mejor que tienen para innovar y madurar, mientras experimentan nuevas formas de materializar sus ideales. Ideales que fueron los nuestros y que serán los de sus hijos y nietos también, porque son los anhelos de felicidad, igualdad, fraternidad, libertad y justicia para todos, que motivan el andar por la vida de nuestra especie humana. Unos ideales y unos anhelos que hasta ahora no han podido ser alcanzado plenamente para que puedan ser gozados por todos y cada uno de los hombres, las mujeres, las niñas y los niños de este planeta.
 
 
 
Alicia Montesdeoca

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Jueves, 8 de Enero 2015
El ser no es, se construye
 
Se dice que ser social es la expresión concreta que resulta de la interacción entre el individuo, su entorno natural, la cultura en la que nace y las instituciones que le vienen dadas, en las cuales se desarrolla a lo largo de un ciclo temporal. Este construirse parece ser el sentido de la experiencia humana: pasar de la abstracción a la concreción; de sentirse etéreo a materializarse físicamente; de lo innombrable, de lo incomprensible, de lo misterioso, a la forma.

El individuo es, así, un proyecto social. Se hace por una voluntad y una intención de la sociedad que lo impulsa. El fundamento de la sociedad está en permitirse expresarse, en definirse, en configurarse, y esto lo hace a través de la construcción o formación de las individualidades.
 
Siempre adoptamos la misma perspectiva para definir lo que es sociedad: el efecto que resulta de la acumulación de los individuos, de sus voluntades, de sus acciones, pero, lo que se pretende aquí es alcanzar la perspectiva de que la realidad social humana es un concepto abstracto que proviene del mismo origen que el concepto de realidad: lo que es ya existe, su expresión es lo que parece estar continuamente adquiriendo forma; sus formas pueden variar pero esencialmente lo social es un principio de lo que llamamos realidad; lo social se encuentra formando parte sustancial de ésta; es una cualidad propia de la realidad, un principio de la vida.  Por eso se concreta, por eso se busca, por eso adquiere una forma. La vida para manifestarse hace uso de la fórmula social. Por eso decimos que la persona es cuando vive en sociedad, y ella nace cuando la vida se manifiesta. La vida es, también, un principio de la realidad, como es, desde la perspectiva de la inteligencia, lo que llamamos lo inerte.
 
Así resulta que la sociedad construye a sus individuos. En este construir expresa su potencia, su capacidad de expresión múltiple, sus dones creadores. Si lo social es un principio de la realidad, un patrón que no se discute porque se manifiesta indiscutiblemente en todo espacio-tiempo ¿por qué  su permanente inestabilidad?

La realidad social, vista históricamente, parece adquirir la forma que en un determinado espacio temporal se requiere para servir a un devenir determinado. Lo que quiero decir es que si bien existen patrones por donde se expresa “lo que es ”, “lo que existe”, la concreción, la materialización de la realidad puede adquirir múltiples y diferentes expresiones: la realidad se comporta como una masa arcillosa, en movimiento permanente, que adquiere cualidades según sean “las manos” que la toquen; los “factores” que se conjuguen; las “intenciones” que predominen; la conciencia que se tenga de su trascendencia; la voluntad creadora consciente y la responsabilidad que se asuma.

Porque, si bien hablamos de lo social como un principio de realidad, como un patrón, no decimos que lo social sea el único patrón de lo real. Descubrir o redescubrir los patrones, las leyes que están permanentemente en juego en la existencia es  presentir, intuir, que ninguna acción u omisión, ninguna, es intrascendente, todas, absolutamente todas, construyen una expresión de realidad, y cuánto más complejas estas acciones sean, más densa será la expresión que la realidad adquiera.

También hablamos de que la realidad social construye al individuo, pero falta cerrar esta frase. Esa realidad social es, asimismo, construida por ese ser que ella ha hecho social, como consecuencia de haberle transmitido las cualidades que ella aporta; cualidades que han condicionado, también, su forma de expresión y sus aportaciones.
 
Luego, la voluntad de construcción social, aparentemente y como realidad, será expresada por la criatura humana, puesto que ella es parte del principio de realidad, y parece que su expresión más acabada en esta realidad de tres dimensiones, con capacidad creadora suficiente como para ser un creador con intención y voluntad para propiciar que ésta se manifieste en esas múltiples y diversas formas que es capaz de ser.
 
Por tanto, si el ser humano asume ese papel, asume la responsabilidad de todo creador: aceptar lo que ha creado; vivir las consecuencias de su creación; ser identificado a través de su criatura y confundirse en ella. Lo creado y su creador son expresiones idénticas en un instante de la vida en permanente evolución.
 
 
Alicia Montesdeoca

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Viernes, 5 de Diciembre 2014
Somos lo que emerge de la relación. Fuente: flickr.com
Somos lo que emerge de la relación. Fuente: flickr.com
En todas las ciencias, en todos los estudios, en la formación de las nuevas generaciones, se tiende a usar modelos, modelos que, lejos de inspirar, -entendiendo por inspirar la capacidad de éstos para provocar un despertar- se cristalizan y se convierten en estructuras rígidas y dogmáticas, cuando se estimula su memorización y su repetición como un fin del aprendizaje, como un recurso para la especialización.
 
Esta acción pedagógica está impregnada por dos pensamientos: el primero considera que toda obra viene avalada por la fama que su creador ha alcanzado, por lo tanto, es garantía de la culminación de un proceso que pasa de ser una expresión individual a considerarse un objetivo universal, adoptándose, por lo tanto, como una necesidad a perseguir por todos.
 
El segundo pensamiento considera que no todos los seres humanos son potencialmente extraordinarios. Por lo tanto, la inmensa mayoría de ellos han de caminar por el sendero dibujado, en su trayectoria, por aquellos que han sido reconocidos socialmente como únicos. Esto implica que la cultura y la visión que se impone es  la de minorías privilegiadas, o la de seres con una extraordinaria capacidad para superar dificultades. La influencia de este pensamiento puede llegar a condicionar a los individuos en los aspectos más cotidianos e íntimos de sus vidas.

Consecuentemente, el modelo de vida que se adopta, que podría servir de estímulo, es, por el contrario, el asesino de las posibilidades nuevas que pudieran surgir. Así se afirma: no alcanza a ser extraordinario como tal personaje, no puedes superar lo que ya ha sido elegido como modelo u objetivo, luego, “mejor silencias esa inquietud, esa idea que te bulle, esa posibilidad que intuyes que está en ti, descártalas porque no sirven para el objetivo que tienes que perseguir, mira el modelo y síguelo, por ahí es por donde hay que caminar”.
 
De esa condena parece que no se salva nadie, si por salvarse se entiende estar en paz y contento consigo mismo. Por ello, los que llegan a ser creadores reconocidos, suelen ser, en mayor parte  de las veces, personalidades aisladas, enfrentadas a una lucha en solitario y a un esfuerzo contra las carencias y las resistencias del entorno para lograr concretar y materializar su obra, para aceptarse a sí mismo como distinto.
 
De ese modelo se saldrá cuando aceptemos que en cualquier ser humano, en todos los individuos, existe una potencialidad y dar con ella es uno de los objetos de la vida. Pues,  cualesquiera que sean las circunstancias en las que se haya nacido, las historias de vida personales son  las historias del encuentro con esa potencia genuina, una potencia que ha de ser el objetivo principal a apoyar y favorecer por todas las instituciones sociales. Lograr encontrarse como individuos transcendentes es lograr dar, también, con  el sentido de lo social.
 
La armonía, la solidaridad, el respeto a la diversidad, la responsabilidad con la naturaleza, etc., quizás sólo lo puede lograr una sociedad que entendiera la razón de ser de la existencia humana, de la existencia de lo orgánico y de lo inerte. Una sociedad que viese más allá de lo que toca, de las leyes que descubre. Una sociedad con un sentido trascendente.
 
Si lográramos captar en un instante lo absolutamente complejo de cualquier materialización, podríamos entender el por qué la necesidad de que se combinen tantos elementos para que se exprese una mañana de primavera, para que se dé un encuentro agradable con unos amigos, para que estalle  un acto bélico, o para que un ser humano sea consumido por la enfermedad y el dolor en su lecho. El olor, la luz, la voluntad de ser, los sonidos, la renuncia a la vida, los pensamientos, los ideales, los ciclos, la química, ... todos a la vez interactuando, todos en la misma dirección y sentido, aunque, aparentemente y en ocasiones trabajen en oposición. Todos respondiendo a una orientación precisa, todos responsables de los resultados: el aire y el sol; los pájaros y los humanos; las piedras y el mar; los astros y las leyes de la gravedad; el movimiento y las estaciones; lo concreto y lo universal; lo particular y lo global; lo sutil y lo denso; lo aparentemente evidente y lo misterioso; la creencia en Dios o la negación de su existencia. Entonces entenderíamos los límites de la mente humana y la felicidad que supone el haber logrado, intuitivamente, un instante de esa conciencia que nos lleva a entender la importancia de la relación y la razón de la dependencia.
 
 
Alicia Montesdeoca

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Lunes, 24 de Noviembre 2014
Rituales de cosecha. Fuente: pulqueando.com
Rituales de cosecha. Fuente: pulqueando.com
 
A lo largo de toda la historia, las sociedades, especialmente las sociedades agrícolas,  han configurado su identidad y su cultura a través de aquellos hitos clave que acontecían a lo largo de sus vidas (nacimiento, imposición del nombre, pubertad, matrimonio, muerte, etc.); en la naturaleza que les envolvía (cambios de estaciones, por ejemplo) y a partir de las actividades y las relaciones que establecían con el entorno (asentamientos, trashumancia, recolección, caza, pesca…) y de las que dependían su supervivencia. 

Tras observar el comportamiento cíclico de las fuerzas naturales, aquellos primeros núcleos humanos muestran la voluntad de que aquellos fenómenos se produzcan en su beneficio, para lo cual era preciso que las intenciones, los valores y comportamientos del grupo se alinearan también con las fuerzas de la vida. Éstas pueden ser algunas de las razones que propiciaron el surgimiento, a nivel colectivo, de ritos dirigidos a conectar con las fuerzas que producían dichos fenómenos, pretendiendo, con ellos, que la voluntad creadora, transformadora o destructiva de dichas fuerzas (asignando valores humanos a las leyes cósmicas) se confabularan en beneficio de los individuos y de los colectivos inteligentes.
 
Así, las ceremonias se convirtieron en la expresión simbólica de los objetivos, las intenciones y los valores de las colectividades. Para lograr éstos, los ritos se celebraban en los momentos cumbres de la vida privada o colectiva, pretendiendo armonizar los ciclos naturales con las necesidades cotidianas. Los rituales fijaban las formas en que lo simbólico se tenía que representar -ofrendas, rezos, danzas, sacrificios, etcétera-, promoviendo, a través de ellas, la integración social, la solidaridad, la trasmisión, renovación y revitalización de las creencias y de los valores que sostenían la cultura y que les cohesionaba como grupo.
 
Con el rito se acepta, también, la pertenencia a alguna realidad superior respetada y de la que se desconoce su naturaleza absoluta; se identificaba el poder de las leyes del universo, atrayendo sus cualidades para potenciar las capacidades propias y las del entorno a través de los rituales elegidos. Las vivencias y la identificación e interpretación de los frutos que las experiencias rituales producían en nuestros antepasados, garantizaban la permanencia de los mismos.
 
 
En el largo proceso civilizatorio,  poco a poco, los seres humanos establecieron categorías para expresar sus pensamientos, sus sentimientos, para delimitar el conocimiento que acumulaban, parcelando la naturaleza por reinos independientes y sus manifestaciones como fenómenos previsibles que no dependían de voluntades suprahumanas. La búsqueda de la satisfacción de sus necesidades físicas y espirituales quedó determinada por los logros alcanzados, gracias al progreso y al desarrollo económico, capaces de acabar con la incertidumbre.
 
El precio de la parcelación del conocimiento, de la individualización de los problemas, de la creación de fronteras, para explicar la realidad y explicarse, a sí mismo, el ser humano fue la pérdida de la conciencia de ser uno con toda la realidad: la “desplegada”, ante su capacidad de observación y compresión, y la “implicada”, que aún hoy tiene que descubrir y reconocer.

 
Alicia Montesdeoca


Editado por
Alicia Montesdeoca
Montesdeoca Alicia
Licenciada en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, Alicia Montesdeoca es consultora e investigadora, así como periodista científico. Coeditora de Tendencias21, es responsable asimismo de la sección "La Razón Sensible" de Tendencias21.



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