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Blog sobre pensamiento social de Tendencias21

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Viernes, 5 de Diciembre 2014
Somos lo que emerge de la relación. Fuente: flickr.com
Somos lo que emerge de la relación. Fuente: flickr.com
En todas las ciencias, en todos los estudios, en la formación de las nuevas generaciones, se tiende a usar modelos, modelos que, lejos de inspirar, -entendiendo por inspirar la capacidad de éstos para provocar un despertar- se cristalizan y se convierten en estructuras rígidas y dogmáticas, cuando se estimula su memorización y su repetición como un fin del aprendizaje, como un recurso para la especialización.
 
Esta acción pedagógica está impregnada por dos pensamientos: el primero considera que toda obra viene avalada por la fama que su creador ha alcanzado, por lo tanto, es garantía de la culminación de un proceso que pasa de ser una expresión individual a considerarse un objetivo universal, adoptándose, por lo tanto, como una necesidad a perseguir por todos.
 
El segundo pensamiento considera que no todos los seres humanos son potencialmente extraordinarios. Por lo tanto, la inmensa mayoría de ellos han de caminar por el sendero dibujado, en su trayectoria, por aquellos que han sido reconocidos socialmente como únicos. Esto implica que la cultura y la visión que se impone es  la de minorías privilegiadas, o la de seres con una extraordinaria capacidad para superar dificultades. La influencia de este pensamiento puede llegar a condicionar a los individuos en los aspectos más cotidianos e íntimos de sus vidas.

Consecuentemente, el modelo de vida que se adopta, que podría servir de estímulo, es, por el contrario, el asesino de las posibilidades nuevas que pudieran surgir. Así se afirma: no alcanza a ser extraordinario como tal personaje, no puedes superar lo que ya ha sido elegido como modelo u objetivo, luego, “mejor silencias esa inquietud, esa idea que te bulle, esa posibilidad que intuyes que está en ti, descártalas porque no sirven para el objetivo que tienes que perseguir, mira el modelo y síguelo, por ahí es por donde hay que caminar”.
 
De esa condena parece que no se salva nadie, si por salvarse se entiende estar en paz y contento consigo mismo. Por ello, los que llegan a ser creadores reconocidos, suelen ser, en mayor parte  de las veces, personalidades aisladas, enfrentadas a una lucha en solitario y a un esfuerzo contra las carencias y las resistencias del entorno para lograr concretar y materializar su obra, para aceptarse a sí mismo como distinto.
 
De ese modelo se saldrá cuando aceptemos que en cualquier ser humano, en todos los individuos, existe una potencialidad y dar con ella es uno de los objetos de la vida. Pues,  cualesquiera que sean las circunstancias en las que se haya nacido, las historias de vida personales son  las historias del encuentro con esa potencia genuina, una potencia que ha de ser el objetivo principal a apoyar y favorecer por todas las instituciones sociales. Lograr encontrarse como individuos transcendentes es lograr dar, también, con  el sentido de lo social.
 
La armonía, la solidaridad, el respeto a la diversidad, la responsabilidad con la naturaleza, etc., quizás sólo lo puede lograr una sociedad que entendiera la razón de ser de la existencia humana, de la existencia de lo orgánico y de lo inerte. Una sociedad que viese más allá de lo que toca, de las leyes que descubre. Una sociedad con un sentido trascendente.
 
Si lográramos captar en un instante lo absolutamente complejo de cualquier materialización, podríamos entender el por qué la necesidad de que se combinen tantos elementos para que se exprese una mañana de primavera, para que se dé un encuentro agradable con unos amigos, para que estalle  un acto bélico, o para que un ser humano sea consumido por la enfermedad y el dolor en su lecho. El olor, la luz, la voluntad de ser, los sonidos, la renuncia a la vida, los pensamientos, los ideales, los ciclos, la química, ... todos a la vez interactuando, todos en la misma dirección y sentido, aunque, aparentemente y en ocasiones trabajen en oposición. Todos respondiendo a una orientación precisa, todos responsables de los resultados: el aire y el sol; los pájaros y los humanos; las piedras y el mar; los astros y las leyes de la gravedad; el movimiento y las estaciones; lo concreto y lo universal; lo particular y lo global; lo sutil y lo denso; lo aparentemente evidente y lo misterioso; la creencia en Dios o la negación de su existencia. Entonces entenderíamos los límites de la mente humana y la felicidad que supone el haber logrado, intuitivamente, un instante de esa conciencia que nos lleva a entender la importancia de la relación y la razón de la dependencia.
 
 
Alicia Montesdeoca

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Lunes, 24 de Noviembre 2014
Rituales de cosecha. Fuente: pulqueando.com
Rituales de cosecha. Fuente: pulqueando.com
 
A lo largo de toda la historia, las sociedades, especialmente las sociedades agrícolas,  han configurado su identidad y su cultura a través de aquellos hitos clave que acontecían a lo largo de sus vidas (nacimiento, imposición del nombre, pubertad, matrimonio, muerte, etc.); en la naturaleza que les envolvía (cambios de estaciones, por ejemplo) y a partir de las actividades y las relaciones que establecían con el entorno (asentamientos, trashumancia, recolección, caza, pesca…) y de las que dependían su supervivencia. 

Tras observar el comportamiento cíclico de las fuerzas naturales, aquellos primeros núcleos humanos muestran la voluntad de que aquellos fenómenos se produzcan en su beneficio, para lo cual era preciso que las intenciones, los valores y comportamientos del grupo se alinearan también con las fuerzas de la vida. Éstas pueden ser algunas de las razones que propiciaron el surgimiento, a nivel colectivo, de ritos dirigidos a conectar con las fuerzas que producían dichos fenómenos, pretendiendo, con ellos, que la voluntad creadora, transformadora o destructiva de dichas fuerzas (asignando valores humanos a las leyes cósmicas) se confabularan en beneficio de los individuos y de los colectivos inteligentes.
 
Así, las ceremonias se convirtieron en la expresión simbólica de los objetivos, las intenciones y los valores de las colectividades. Para lograr éstos, los ritos se celebraban en los momentos cumbres de la vida privada o colectiva, pretendiendo armonizar los ciclos naturales con las necesidades cotidianas. Los rituales fijaban las formas en que lo simbólico se tenía que representar -ofrendas, rezos, danzas, sacrificios, etcétera-, promoviendo, a través de ellas, la integración social, la solidaridad, la trasmisión, renovación y revitalización de las creencias y de los valores que sostenían la cultura y que les cohesionaba como grupo.
 
Con el rito se acepta, también, la pertenencia a alguna realidad superior respetada y de la que se desconoce su naturaleza absoluta; se identificaba el poder de las leyes del universo, atrayendo sus cualidades para potenciar las capacidades propias y las del entorno a través de los rituales elegidos. Las vivencias y la identificación e interpretación de los frutos que las experiencias rituales producían en nuestros antepasados, garantizaban la permanencia de los mismos.
 
 
En el largo proceso civilizatorio,  poco a poco, los seres humanos establecieron categorías para expresar sus pensamientos, sus sentimientos, para delimitar el conocimiento que acumulaban, parcelando la naturaleza por reinos independientes y sus manifestaciones como fenómenos previsibles que no dependían de voluntades suprahumanas. La búsqueda de la satisfacción de sus necesidades físicas y espirituales quedó determinada por los logros alcanzados, gracias al progreso y al desarrollo económico, capaces de acabar con la incertidumbre.
 
El precio de la parcelación del conocimiento, de la individualización de los problemas, de la creación de fronteras, para explicar la realidad y explicarse, a sí mismo, el ser humano fue la pérdida de la conciencia de ser uno con toda la realidad: la “desplegada”, ante su capacidad de observación y compresión, y la “implicada”, que aún hoy tiene que descubrir y reconocer.

 
Alicia Montesdeoca

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Lunes, 27 de Octubre 2014
Fuente: es.wikipedia.org
Fuente: es.wikipedia.org
 
“Todos somos iguales, hacemos lo mismo, cada uno a su nivel, y según las posibilidades o circunstancias que se den en nuestra vida”. Fue la conclusión a la que llegó una persona que comentaba, con otras, las razones de la corrupción económica y las razones del comportamiento de  los corruptos. Otra, reforzando esta opinión decía, “en la tesitura de necesitar algo para un hijo, se llega a hacer lo que fuere, hasta corromperse si es necesario”.
 
La cultura, si bien es una muestra de lo que el ser humano va acumulando (en saberes, en materializaciones, en ética, en moral, en maneras de actuar, etc.), también llega a ser una forma de domesticar al espíritu.
 
Esta domesticación puede -o consigue- enmarcar una serie de comportamientos que aparentemente son los deseables, los lógicos, los recomendables, pero que, también, son los límites que han alcanzado los valores en una época determinada, convirtiéndose en patrones de comportamiento que no se cuestionan.
 
A nivel individual, el espíritu habla y se muestra -en la medida que le escuchamos- en relación a los retos que cada cual ha de enfrentar en su vida; a nivel colectivo, si se ha alcanzado un estadio de consciencia parecido, el espíritu se manifiesta como alma que inspira las relaciones entre, dentro de y hacia afuera del sistema social del que se trate.
 
Si esto se consigue, diremos que la emergencia, la expresión de la totalidad, no es la suma de las partes, es la cristalización de algo nuevo de nivel y complejidad mayor que afecta a cada uno de los integrantes del teórico colectivo, y que le impulsa a dar un salto de consciencia, favorecido por ese nuevo contexto.
 
Para alcanzar este nivel, y seguir avanzando, es preciso que seamos conscientes de lo que nos negamos a ver o de lo que aceptamos como comportamiento natural. Todos no somos iguales, todos somos diferentes y por ello nuestras circunstancias también lo son. Nuestras decisiones han de proceder de la consciencia alcanzada, no de la inercia marcada por unos patrones que ni se evalúan ni se cuestionan. Patrones impuestos por los que han acaparado poder  y atesoran privilegios sin medida, expresiones ambos de una escasa conciencia que se mueve al ritmo de deseos individualistas.
 
Alicia Montesdeoca

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Lunes, 21 de Julio 2014
¿Qué bulle en ti que tus luces no refleja?                   Fuente: pixabay.com
¿Qué bulle en ti que tus luces no refleja? Fuente: pixabay.com

Deslumbrar no es el objetivo; las luces lejanas de la ciudad nada nos cuentan de lo que se cuece en el interior de ella, que es lo importante del conocer.

Tener conciencia no es tener poder, es crear las condiciones para que se ponga de manifiesto el tesoro escondido que nutre e impulsa nuestra capacidad de creación. Es cuidar, en el silencio de su gestación, la obra que nos llama a ser concebida con esmero, dedicación amorosa y respeto hacia el significado que trae para este instante creador.

Dar tiempo a lo que se quiere materializar es respetar el proceso que la hace concebir, nacer, crecer y madurar hasta que ponga de manifiesto su identidad.

Todo edificio construido en función de una fachada está destinado a terminar siendo una ruina. La edificación que permanece es aquella que permite el desarrollo de una vida en su interior. El tamaño y los adornos externos no hablan de sus posibilidades de cobijar, que es su verdadera función.

Los edificios más altos, los que aspiran a tocar el cielo, son los menos habitables y, aunque se vean desde todos los puntos cardinales, no producen deseos de imitación; son elementos solitarios que se alejan sin sombra alguna.

Cuidar lo que somos, descubrir nuestras cualidades, construir la identidad a partir de ellas, buscar el lugar idóneo donde podamos potenciarlas y madurarlas es lo que nos permite definir el lugar que ocupamos en el proyecto colectivo y, dentro de él, reconocer las posibilidades de los otros, también su lugar, junto al enriquecimiento que supone para todos las aportaciones de todas y de todos.

La esencia de lo que somos y la potencia de las cualidades de ese mundo interno que portamos es lo que toca, ya, poner de manifiesto sin condicionantes externos, individual y colectivamente, si queremos seguir evolucionando como individuos plenos, y también como especie y como sociedad.

Es imprescindible, por lo tanto, que la presencia de lo espiritual sea evidenciada como la verdadera fuerza creadora, que salga del anonimato a la que la racionalidad la ha postergado, que seamos rutinariamente conscientes de la trascendencia creadora de todos nuestros actos, que esa rutina diaria se transforme en cultura, llevada a la vida de las aulas, a los talleres, a las industrias y a los servicios; a la política y a la economía y a todo tipo de relaciones. Sólo así, lo invisible se manifiesta y transforma lo visible.
Alicia Montesdeoca

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Martes, 8 de Julio 2014
Fuente: Norman Rock Well. "Girl at Mirror" (1954)
Fuente: Norman Rock Well. "Girl at Mirror" (1954)
La confusión, si se adueña de nosotros, de nuestra mente, de nuestros sentimientos, de nuestra voluntad, nos impide ver el verdadero sentido de todo lo que nos acontece.

La confusión tiene su origen en los intentos del ego por predominar sobre la realidad, saltando las leyes que la construyen. Los yoes, confundidos con las creencias, quieren eternizarse y no comprenden que son los hijos de lo que caduca, de lo que está sometido al tiempo. Las pasiones individuales y colectivas son impulsos creativos para el mientras tanto: mientras la consciencia no se constituye en fuerza y motor de toda creación. Cuando esto suceda, el yo temporal será trasmutado por la conciencia de lo que es.

La dificultad para delimitar su terreno va disminuyendo en la medida que Aquella se convierte en sustancia sólida que da criterios para interpretar los acontecimientos que vivimos, para dirigir nuestra voluntad, para transformar nuestras acciones. Será entonces cuando, en nuestras creaciones, se pondrá de manifiesto nuestra consciencia, aquella que ha ido iluminando nuestra vida y poniendo sentido donde no parecía haberlo.
Alicia Montesdeoca


Editado por
Alicia Montesdeoca
Montesdeoca Alicia
Licenciada en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, Alicia Montesdeoca es consultora e investigadora, así como periodista científico. Coeditora de Tendencias21, es responsable asimismo de la sección "La Razón Sensible" de Tendencias21.




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