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Miércoles, 13 de Septiembre 2017
Fuente: losandes.com.ar
Fuente: losandes.com.ar
 
El despertar del sueño humano -cargado éste de ilusorias previsiones, deseos, intenciones, proyectos- se produce sin que se espere. Es como una avalancha de agua y tierra enloquecida que busca un cauce para desahogar su furia y que, a su paso, arrasa con todo lo que se creía previsible, en orden y seguro.
 
En el primer momento sorprende por lo inesperado. El cuerpo y la mente tratan de recuperar el equilibrio cotidiano, pero el violento movimiento sigue su curso llevándonos a una oscuridad desconocida.  Hasta que el uno y la otra no se logran adaptar  a las condiciones que el caos impone, no empezamos a sentir que existe la paz a pesar de la incomprensión a la que estamos sometidos, a causa de los hechos que nos acontecen.
 
El llanto se asoma a la garganta, hay desconsuelo. Pero también surge el recuerdo de otros momentos en los que parece que todo se derrumba. Así es, todo el orden y la seguridad de que el proceso vital nos lleva a un lugar previsto está girando en otra dirección y sentido. De nuevo estamos siendo obligados a mirar aquello que se estaba anquilosando y que resultaba una carga para seguir.
 
Ahora empezamos a ver el sentido de lo que acontece, ahora reconocemos que los cambios que creíamos se iban a producir de forma escalonada requieren soltar amarres, limpiar apegos, recuperar la visión de conjunto. Descubrimos así los nuevos horizontes que se abren, y la razón de ser de las circunstancias transitorias en las que vivimos.
 
No queda más que esperar confiados a que se despeje la tormenta para descubrir lo que se destapa en la nueva realidad manifestada. A través de la calma que deviene tras las experiencias vividas, todo y todos los afectados se recolocan en un nuevo orden de cosas. Encontrar los tesoros escondidos por el sufrimiento es reconocer, también, que éste nos preparó para alcanzar un nuevo enclave donde echar el ancla para la nueva etapa.
 
De esta forma, la naturaleza humana asiste, sin preverlo, al despertar a una mayor conciencia de su valía. ¡¡Cuánto le cuesta!! Pero está destinada a ello, desde el mismo instante en que abrió los ojos y se encontró con la inmensidad en la que le había colocado la vida.
 

Alicia Montesdeoca