FILOSOFÍA SOCIAL

Bitácora

En un encuentro Ibérico  


Este fin de semana tuve la oportunidad de asistir a un Encuentro Ibérico de trabajadores de “La Carta de la Tierra para el Desarrollo Sostenible”. Estos eran, a la vez, trabajadores de la educación y la enseñanza, de la empresa, del medioambiente, etc.

Mi asistencia fue un tanto irregular pues no estuve ni todo el tiempo, ni en todos los foros de trabajo, pero en las apenas ocho o nueve horas que pasé con ellos pude contemplar, una vez más, la experiencia de cómo se construyen las redes humanas que permiten atravesar las estructuras institucionales que modelan y condicionan las interacciones de nuestra sociedad.

Siempre cuando reflexiono sobre la validez o no de las actuales instituciones sociales, surgidas a lo largo de la historia humana para responder a las necesidades de organización de la actividad social, constato sus dificultades para adecuarse a las nuevas necesidades que demanda el aumento de complejidad en el sistema social, consecuencia de los propios procesos humanos y del conocimiento adquirido sobre ellos.

Nuestras instituciones, por la propia naturaleza de sus estructuras, están imposibilitadas para revisar su sentido de ser en las distintas circunstancias históricas, adaptando con flexibilidad su funcionamiento a las necesidades reales que van surgiendo en cada momento. Por el contrario, se mantienen ajenas a los cambios de perspectivas que se van asentando en las sociedades, en la medida en que sus individuos o colectivos aumentan el ratio de conciencia sobre de sí mismos. De esta manera, aquellas estructuras que se crearon para servir de cauce a la acción humana, demandan que las sociedades trabajen para su sostenimiento.

Pero la vida atraviesa, a pesar de todo, dicha rigidez, y los individuos menos dormidos por la inercia del movimiento centrípeto de las instituciones, no siempre sin sufrimiento, tratan de buscar nuevos caminos que les lleven a resolver los enigmas y las paradojas que sus propios procesos de despertar les plantean, en un mundo que ya no se percibe lineal, sino sistémico; que se construye a partir de relaciones, de acuerdos, de consensos entre sus elementos y con el entorno en donde se desenvuelven

Las redes de las que hablo se van tejiendo solas, a partir de nodos construidos con las vidas y las circunstancias de cada vida, de cada individuo, y de cada colectivo que se constituye, comenzando por “en-red-arse” a partir de las mismas vivencias, de los mismos retos, de las mismas búsquedas, de experimentaciones múltiples, para abrirse a nuevas probabilidades que deshagan los nudos de los caminos diseñados en los múltiples procesos anteriores. Todo ello para escribir, tan sólo, un instante de historia humana.

De esta manera se construye una red multidimensional armonizada por el ritmo de un único corazón que le da la voluntad de actuar en una dirección y con un sentido. En el caso de este fin de semana, la red construida está marcada por los principios y las intenciones de la “Carta de la Tierra” y estos, a su vez, generan sentido vital para los que se ven envueltos en esa aventura colectiva.

Volviendo a mis reflexiones sobre las instituciones sociales y sus posibilidades de cambio, las experiencias vividas este fin de semana me propiciaron nuevas preguntas y me abrieron a nuevas reflexiones ¿Son las redes las que van a permitir la activación y la flexibilización de las estructuras de nuestras instituciones sociales?

Las tecnologías de las comunicación ponen hoy la infraestructura necesaria para que las comunicaciones en la red sean casi en tiempo real, pero esa red tecnológica no dará la suficiente flexibilidad a las estructuras sociales si no están dirigidas por las redes humanas, motivadas en sus acciones, en su dirección y sentido por la intención de que la vida siga existiendo en esta Tierra multidiversa.

Alicia Montesdeoca

Redactado por Alicia Montesdeoca el miércoles 21 Noviembre 2007 a las 18:33 | Permalien | Comentarios


Bitácora

La provocación de lo diferente  


…Y la mamá cabra le dijo a sus cabritillos (baifitos, dirían en mi tierra): no les abráis la puerta a nadie, porque puede ser el lobo.

Según narra el cuento infantil, tal como estaba previsto, el lobo se presentó. La estrategia que montaron los pequeños, para confirmar que quien tocaba a la puerta era o no su madre, la basaron en dos datos relevantes: la voz de quien decía ser la mamá y el color de la piel del personaje.

Este cuento infantil, estimulador de la imaginación de los niños de mi generación, sigue hoy teniendo vigencia cultural. Nos sigue hablando de nosotros, de nuestra sociedad humana. La identidad de los desconocidos sigue viéndose como una amenaza. Buscamos la seguridad que nos da lo que se nos asemeja, aunque sea superficial el parecido. Lo diferente, lo extraño, lo anónimo, es sinónimo de peligro, de riesgo seguro. La diferencia nos pone en alerta y la reacción es la de parapetarnos.

Al diferente no nos acercamos. De lejos lo detectamos por sus maneras de comunicarse y por su peculiar color de piel. Así, el diferente será siempre un ser anónimo del que sólo tendremos referencias a partir de los tópicos que circulan de boca en boca y que como “fantasmas” ponen en guardia a las mentes infantiles. Esto nos lleva a no abrir la puerta a lo desconocido por miedo a los riesgos. De esta manera nos mantenemos obedientes al mandato de “la mamá”.

Cambiar la mirada

El desconocido se asemeja al arquetipo del lobo, del cual el cuento no define por sus cualidades. Al lobo lo anuncian los prejuicios. Sólo se sabe de él que no se parece a la mamá. Pero no se conoce su origen, ni su historia. Es una figura amenazante que no se sabe cómo surge. De pronto está ahí y se describe como peligroso. Es una figura que alimenta los miedos, las inseguridades, la inmadurez de nuestra especie.

Del diferente no sabemos su procedencia (marroquíes, sudamericanos, chinos, asiáticos…), cuál es su nombre, cuál es su origen, quiénes son sus padres, cuál es su pueblo, cuál es su historia, qué le trae por aquí. Manteniéndolo fuera de nuestro entorno, no nos cuestiona ninguno de los “seguros pilares” que sostienen “nuestra casa”.

La propia cultura nos dota de argumentos para justificar nuestras reservas. El desconocido es el salvaje y hay que marginarlo en las reservas: no guarda las formas de conducta establecidas, no conoce los códigos para relacionarse, no sabe las normas de funcionamiento de nuestra sociedad, no utiliza los mismos patrones, no acepta el orden jerárquico vigente. Irrumpe en nuestra cotidianidad y conmueve los cimientos que soportan nuestra vida previsible.

No es un cambio de cultura lo que se persigue en esta reflexión, es un cambio de mirada sobre el valor de lo que tenemos y el valor de lo que tienen los supuestamente diferentes. Porque:

- Fijamos patrones de identidad y hacemos fronteras
- Consensuamos normas y olvidamos que fueron negociadas para un determinado contexto
- Optamos por la bipolaridad y no reconocemos los matices que existen en medio de dos extremos
- Elegimos lo lineal y renunciamos a la capacidad de sentirnos envueltos por lo multidimensional
- Acatamos las formas y éstas se adueñan de nuestro movimiento, paralizándonos ante lo nuevo o lo desconocido
- Construimos fortalezas y creamos y renovamos las fuerzas de los supuestos enemigos
- Tomamos como referencia las experiencias del pasado y cerramos las puertas a las nuevas oportunidades del presente
- Planeamos el futuro a partir de lo que conocemos y perdemos de vista nuestra temporalidad

Alicia Montesdeoca

Redactado por Alicia Montesdeoca el lunes 05 Febrero 2007 a las 21:30 | Permalien | Comentarios


Bitácora

Babel: nada es intrascendente en la acción humana  

Babel: nada es intrascendente en la acción humana
Duras han sido las imágenes del comienzo del año, las imágenes que muestran la realidad que ya se ha “cotidianizado”, y las que nos sobrecogen por lo inesperadas. El año empieza con una constatación: ninguna acción humana queda circunscrita a los límites del entorno en que se realiza. Cualquier acción, o intención de acción, crea un campo de influencia, más allá de las fronteras previstas, que pone en marcha el surgimiento de una nueva realidad, o cambios en la ya existente. Para apoyar esta impresión, el cine, una vez más, nos convoca a que reconozcamos este principio, en una historia de ficción que se desarrolla en medio del mundo de hoy.

Nos referimos a la película Babel, del director Alejandro González Iñárritu. Aunque sobre esta película se pueden hacer diferentes lecturas, yo voy a exponer aquella que está en línea con el momento de mis reflexiones, sin pretender que mi perspectiva sea, también, la de otros espectadores.

La película desarrolla tres historias bien definidas cuyas circunstancias están entrelazadas por cordones invisibles para sus protagonistas, por lo que resulta, en realidad, una única historia. Vivida la proyección desde la butaca, la evidencia de esos vínculos invisibles me llevó a calibrar la importancia real de la reflexión sobre los sucesos (“fantásticos”) que se narran. A través de ella aprecio el nivel de inconsciencia con el que vivimos nuestra propia cotidianidad.

El guión cinematográfico me provocó dos preguntas: ¿será necesaria esa inconsciencia para mantener las cosas tal como están? pero ¿acaso no hemos llegado al nivel crítico para que cambie las conciencias?

El centro de las historias es el de la pérdida ocasional que provoca un giro copernicano en las vidas de los protagonistas: la pérdida del hijo, que marca el momento de la pareja americana; la pérdida de la madre que define el comportamiento de la adolescente japonesa, o las pérdidas de los que viven en los límites de la subsistencia y que dan el cierre a la gran historia.

Tal como le sucede al pastor adolescente, cuyas circunstancias le llevan a perder prematuramente su vida, y lo que le acontece a la mujer mexicana: al final tiene que renunciar a todo lo que logró asegurar para su economía, gracias al trabajo clandestino de 16 años, el cual pierde a raíz de ser descubierta su estancia ilegal en un país extranjero.

Oportunidad de la trama

La trama es una oportunidad que pone de manifiesto muchas facetas humanas, al enfrentar a un grupo de ciudadanos del mundo desarrollado a hechos no previstos y que escapan a su control. Este grupo, aparentemente homogéneo por sus orígenes culturales y económicos, se ve envuelto en circunstancias extremas cuando lo que pretendían era hacer un viaje por placer en busca de lo exótico y lo desconocido de un “lugar lejano”. Una experiencia que cada uno pretende vivir desde detrás de los cristales de un autobús para turistas, protegido por los iguales y por las comodidades contratadas que incluyen, por supuesto, el aire acondicionado.

El desarrollo de los acontecimientos pronto pone de manifiesto lo que las formas educadas no dejaban emerger. Primero, la incomunicación entre los mundos humanos (los internos y los externos): la incomunicación con el mundo de los sentimientos y de las emociones (reflejados en la pareja americana); la incomunicación generacional entre padres e hijos (de la familia japonesa); la incomunicación entre las diferentes culturas que se entrecruzan sin apenas penetrarse (representados por los americanos, los musulmanes, los mexicanos y, los japoneses).

En segundo lugar, la desconfianza hacia el otro y el desinterés por el otro: ambos puestos en evidencia en las manifestaciones de los prejuicios y los miedos; en no ver más allá de las “circunstancias personales” que son prioritarias en cualquiera de las condiciones.

El film pone dramáticamente en evidencia la pérdida de capacidad de adaptación instintiva del ciudadano “civilizado” para afrontar los problemas, cuando estos se disparan en un medio desconocido, extraño u hostil. Nos referimos a aquella capacidad que tiene toda especie para encontrar salidas y sobrevivir.

En el caso humano, es el instinto de supervivencia de una especie inteligente, cuya actuación, ante los retos, comienza por saber aceptar lo que es, valorar la fuerza y el respaldo que recibe del grupo, tratando de superar con dignidad las dificultades del existir en un medio imprevisible.

A pesar de nuestro intento por olvidar que pertenecemos a una comunidad y que dependemos de los otros, a los seres humanos nos unifican nuestros dramas y nos acerca el dolor compartido, renovando con nuestras fuerzas. Por el contrario, la debilidad nos viene al establecer distancias en el afán por defender el tener sin pensar si a otros ese afán le supone el carecer. También nos debilita el hacer nuestro aquellos conflictos de intereses (económicos, políticos, etc.), extraños al discurrir de la convivencia vital, cuando artificialmente se manipulan y se anteponen a lo esencial.

Porque una cultura del individualismo extremo, lleva a la desaparición de una sociedad y de la propia cultura. Porque una cultura así muestra la pérdida de sentido de lo real. Una pérdida de sentido que se pone de manifiesto cuando desaparece el sentimiento de pertenecer a un grupo, a una sociedad y a una especie. Cuando se entiende el sobrevivir como algo individual (al grito de sálvese el que pueda), porque se ha despreciado el valor trascendente que tiene la capacidad de empatía y de solidaridad hacia los demás.

El individualismo, estado extremo de nuestros miedos, nos incapacita para vivir. Para vivir, si es preciso, al raso (entre el cielo y la tierra) y sin los medios artificiales que el desarrollo nos ha propiciado. Con el individualismo terminamos por sólo echar de menos el “aire acondicionado”.

Alicia Montesdeoca

Redactado por Alicia Montesdeoca el Viernes 02 Febrero 2007 a las 11:20 | Permalien | Comentarios


Bitácora

El respeto a la diferencia y la necesidad de ser incluido  


Hoy, la sociedad humana se enfrenta a procesos crecientes de complejidad que requieren el reforzamiento de su identidad, para seguir manteniendo su razón de ser. Asimismo, toda sociedad que persiga su enriquecimiento espiritual y material está abocada al desarrollo de una mayor capacidad de comprensión de la diversidad, representada en cada uno de sus miembros y que se potencia, precisamente, en el ejercicio de respetar e integrar a las minorías.

Cualquier individuo al nacer requiere para su desarrollo vital la aceptación de la familia, del grupo, del clan o de la sociedad en donde ve la luz: el reconocimiento explícito de su pertenencia a una comunidad. Pero además, todo individuo trae a la vida la imperiosa necesidad de definirse como un ser con características genuinas propias.

Si bien el ser humano nace en un medio complementario (sus padres biológicos son una pareja), su primera conciencia de ser se expresa con un “yo soy” y con un “esto es mío”. También, aunque nazcan en un grupo humano, niños y niñas, en el mismo instante de su aparición en el teatro del mundo, ya manifiestan rasgos definitorios de su personalidad que sorprenden porque les diferencian del resto de los miembros de su entorno. De ahí el empeño que muestran los adultos en buscarles parecido entre sus más allegados.

Único referente

Sus necesidades y su incapacidad para resolverlas le hacen vivir en dependencia de los otros durante más tiempo que ninguna otra especie animal. Sin embargo, el ser humano, mientras es dependiente, absorbe la atención total de los padres, los cuales olvidan sus propias necesidades y hacen de su criatura el único sentido de su vivir, durante un importante espacio de tiempo.

También la sociedad, en mayor o menor medida, según sea su desarrollo, está presta para acoger a su nuevo miembro. La socialización del niño y de la niña se realiza de forma escalonada. El nuevo miembro encuentra las instituciones necesarias para ello. Aprenderá a pertenecer al grupo no familiar, pero su manera de pertenecer vendrá definida por su propia individualidad.

El ser humano necesita de los otros, pero esa necesidad no supone la desaparición de su individualidad. Una individualidad que viene definida por su configuración físico-biológica, mental, psíquica, espiritual, anímica; por su origen (espacial, temporal, histórico, cultural, etc.), por la consciencia de sí mismo que tenga y por la perspectiva que adopte para vivir.

En resumen, podemos decir:

- El ser humano tiende a la cooperación, pero necesita un espacio de soledad para conocerse y aceptarse en su diferencia
- El ser humano necesita producir colectivamente para sostenerse, pero su creatividad no se agota en una sola dirección
- El ser humano se nutre con el patrimonio cultural, económico y social que ha heredado, pero necesita dejar su impronta en ese patrimonio a partir del desarrollo de sus cualidades individuales
- El ser humano se siente estimulado por las creaciones de sus antecesores, pero siente una poderosa inclinación a formular nuevas propuestas que al materializarse le hacen reconocerse y sentirse parte de un proceso creador. Un proceso en marcha sobre el cual no sabe cuando ni como se inició ni cuando acabará.

Navegante de la vida

Necesita de todos, pero requiere mantener su individualidad para sentirse vivo. Necesita referencias y modelos para construirse, pero también libertad para descubrir cual es el sendero por el que discurre su destino y por el cual ha de desarrollar su obra. Necesita del amor de los otros, pero ha de sentir respeto por sí mismo, para gozar plenamente de ese amor y para saber entregar amor.

El ser humano es un navegante que pertenece al medio marino y a la embarcación que lo sostiene y lo conduce y que necesita a los otros miembros del grupo con el que navega y con los que coopera para llegar a buen puerto. Sin embargo, toda la experiencia de navegar la vive de forma particular, desde su identidad individual, de marino situado en el lugar del barco que la vida le ha proporcionado y con los recursos que ha recibido.

Nuestro marino o marinera, en la inmensa soledad del océano que surca, reconocerá quién es y qué cualidades porta para llegar sano y salvo al puerto que ha fijado como meta. Esa es su responsabilidad y en esa ruta es de donde obtendrá las únicas vivencias que puede transmitir, de las cuales extraerá su sabiduría y por las cuales ella o él serán reconocidos y respetados.

Alicia Montesdeoca

Redactado por Alicia Montesdeoca el Domingo 14 Enero 2007 a las 11:17 | Permalien | Comentarios


Bitácora

Hoja de ruta  

Vivimos una época de grandes procesos que se entrecruzan, formando una inmensa red que nos atrapa y nos confunde ¿cómo dar con la mirada que nos permita comprender lo que se cuece?

Parece que la confusión, la desesperanza, el conformismo, la desconfianza… se adueña de nosotros. Es como si todo estuviera a punto de caer y nuestra realidad fuese un panorama de polvo y escombros que apenas recuerdan el paisaje seguro de nuestra infancia. Pero yo digo que eso es una apariencia que nos está obligando a reaccionar: si queremos otro paisaje hay que creer en que existe, imaginarlo, diseñarlo y construirlo materialmente.

¿Qué me frena para cambiar la perspectiva?: las resistencias a entrar de nuevo en la inseguridad, en la incertidumbre; el miedo a los riesgos que esa decisión implica; el dolor que puedo causar a los otros al yo creer que mis opciones pueden ser consideradas como una traición a la herencia recibida. Pero la única salida al estado de cosas que antes enumeraba es tomar la decisión de ser una misma, a pesar del dolor, los miedos y el riesgo a correr.

Para empezar hay que llenarse de humildad, reconocer las propias limitaciones, saber que se porta un patrimonio recibido de aquellos que nos antecedieron y confiar en que mi experiencia enriquecerá ese patrimonio.

Reflexión sobre la experiencia

Ahora bien, ese enriquecimiento requiere de mi la aceptación del riesgo: a quedarme sola ante mi misma, a no saber, al comienzo, qué recursos tengo para la búsqueda; a no soportar que de nuevo hay que aprender a dar los primeros pasos y que eso supone equivocaciones, golpes, etc.

Luego vienen las reflexiones sobre la experiencia de esos primeros pasos, la discriminación entre los movimientos que me llevan a reafirmame y aquellos otros que me confunden. Ese aprender a andar por mí misma me despierta los sentidos y potencian la intuición como brújula para seguir andando.

Así, poco a poco crezco, me reafirmo, me ilusiono con la aventura y soy capaz de ponerle nombre a la experiencia. A partir de aquí, cada día con el amanecer encuentro una propuesta para continuar entusiasmada con lo que busco, encuentro nuevas oportunidades, que me surgen o se me sugieren a través de lo cotidiano y de los otros que me acompañan.

Ahora ya no me asusta traicionar el legado cultural que he recibido, porque en ese esfuerzo por ser yo misma honro el esfuerzo de los que han sido mis educadores: mis padres, mis maestros (aquellos que tuvieron relación directa conmigo y aquellos otros que me inspiraron con sus libros, sus obras y sus empresas).

Todos ellos también estuvieron en la tesitura de seguir la inercia o de renovar con sus vidas el andar de la especie humana. Por eso ellos son los que ponen ideas, pensamientos y explicación al saber que siento: ellos soy yo y en mi se confirman. Su caminar ha dado explicaciones al mío y en el lenguaje hemos encontrado el espacio para la unión permanente.

Ahora sé que estoy haciendo lo que debo y que yo también soy, para mis hijos y mis nietos, una luz que les acompaña al comienzo de su camino, allí donde se encuentra la flecha que les indica el sendero hacia sí mismos.

Alicia Montesdeoca

Redactado por Alicia Montesdeoca el Viernes 01 Diciembre 2006 a las 17:31 | Permalien | Comentarios


Bitácora

Descubrir el juego  


La descolonización mental es un proceso que tiene su paralelismo en la descolonización de cualquier territorio. De su complejo desenvolvimiento podemos tomar tres instantáneas que nos explican, gráficamente, la encerrona a la que nos sometemos, sin ser conscientes de la trampa.

Primero llegan nuevas interpretaciones sobre la realidad, las cuales chocan contra las paredes creadas por la costumbre, por la creencia en que la vida es así; que fuera de esta realidad ya no hay más mundo; que lo malo conocido es más seguro que lo bueno por conocer; que nadie ha vuelto de “el otro mundo” para confirmarnos que ese otro mundo existe y que son los cinco sentidos los únicos idóneos y fiables para conocer, pues nada que no se pueda percibir con ellos tiene la categoría suficiente para ser real.

En el segundo momento el proceso continúa, las paradojas se hacen cada vez más evidentes, la coraza de algunos empieza a ablandarse y se resquebrajan en aquellos que “aparentemente” son más débiles. Los más osados, de éstos últimos, son capaces de cuestionar la colonización. Comienzan por darse cuenta que se había caído en una trampa y de que hay algunas salidas para conocer, de otra manera, el mundo exterior.

Así se llega al tercer momento. Lo primero que ven estos osados les deslumbra, no saben como interpretarlo. El recurso por el que optan es aquel heredado de la etapa de colonización anterior: necesitan explicar lo que ven, pero sólo tienen palabras del viejo lenguaje, comparan realidades, usan metáforas y se asientan en la nueva realidad como los niños hacen con el juguete nuevo: ¡Ahora sí que va a ser divertido!

Un nuevo paso se inicia, pero, al final, ¿recordarán nuestros personajes que un día abandonaron una colonia para situarse en otro territorio y sentirse libres para crear?

¿Tendrán el coraje suficiente para renunciar a lo que ya han experimentado, tomar sus alforjas, llenarlas con las vivencias y emprender otro camino nuevo que les ha de conducir hacia otros mundos de conocimientos? Si lo hacen es que han comprendido el verdadero juego.

Alicia Montesdeoca

Redactado por Alicia Montesdeoca el martes 28 Noviembre 2006 a las 13:31 | Permalien | Comentarios


Bitácora

La mirada enriquecida  


Vivimos una época de grandes procesos que se entrecruzan, formando una inmensa red multidimensional que nos atrapa y nos confunde. ¿Cómo dar con la mirada que nos permita comprender lo que se cuece en un momento determinado de estos procesos?

Para llegar a la comprensión que demandan los hechos se requiere de una mirada predispuesta a la sorpresa, libre de prejuicios, abierta a las sensaciones nuevas, dispuesta a reconocer lo que es.

Comprender es abarcar la realidad sin poner límites conceptuales. Es mirarla con ojos de niño que se asombra ante todas las formas, los colores, las emanaciones, las sugerencias, los movimientos que producen los vientos de la conciencia. Comprender es ver la realidad primera que no puede ser analizada, criticada o evaluada, sólo percibida.

Comprender es aceptar la impresión que se recibe al abrir una ventana al amanecer. Junto al rayo de luz que te deslumbra, entran por la retina las sombras que abandonan la noche, las siluetas de la naturaleza que emergen con la luz; los sonidos primeros que despiertan los sentidos; el olor de la tierra humedecida por el rocío. Todo de golpe, todo por sorpresa, y, a pesar de ser una experiencia repetida, el espíritu se inunda de sensaciones y emociones renovadas. De nuevo una se siente confundida con el entorno y de nuevo la esperanza de poder crear se impone.

Comprender es percibir que la realidad no tiene fronteras, que los bordes no existen, que todo es un continuo espacio-temporal, y que hay que negociar, con la realidad y con los otros, las explicaciones de lo que se ha percibido, para mañana volver a renovar el acuerdo, porque ese mecanismo puesto en marcha nos alumbra al día siguiente una percepción de la realidad distinta. Comprender es saber que es imposible encorsetar la realidad, que conocimiento es consenso para vivir, que sabiduría es amor a ese vivir, a pesar de nuestra incapacidad y de nuestra ignorancia.

Nueva teoría social

Hoy entendemos que sólo hay una realidad, sujeta a leyes de caos y armonía; en un eterno movimiento de expansión y de ajuste: una eterna inquietud complementada por una eterna quietud; un caos que es potencia creadora; una armonía que es un instante de recreación en lo logrado. La conciencia de esto nos dará la posibilidad de una nueva comprensión. Comprender es ajustar nuestra acción a las leyes, es respetar los momentos cósmicos reflejados en los instantes temporales y espaciales.

Para llevar esta compresión a la vida cotidiana es preciso generar una teoría social que integre a las anteriores e incorporen las nuevas visiones que el conocimiento científico y filosófico aportan, como visiones también del mundo que enriquecen la perspectiva y permiten que la mirada se pose desde una “montaña más alta”. Si lo hacemos así, no restamos sino añadimos, enriqueciendo lo logrado hasta ahora. Pensar de otra forma es mantenernos en el espejismo ya superado.

El camino de un conocimiento nuevo está en observar, desde el ángulo señalado, cómo se ponen de manifiesto las dinámicas sociales, para saber dónde están las interrelaciones, dónde se están produciendo los desequilibrios, dónde se construyen nuevas realidades, dónde se producen nuevos conflictos, dónde están las diferencias, dónde están los ajustes, etc. Así sí se puede percibir dónde se acierta y dónde no, por ahora, claro.

Si los nuevos avances de la ciencia nos llevan al encuentro de unas herramientas y de un conocimiento de la realidad más complejos, estos logros nos impulsan a una relectura del conocimiento histórico ayudados por una mayor capacidad para comprender y respetar lo que aportaron aquellos que nos precedieron permitiéndonos dar un paso más en el conocimiento.

Este pendular entre el pasado y el presente aporta un beneficio mayor de lo que podamos imaginar y medir, tanto en relación a lo que sabemos como en cuanto a la actitud de humildad que demanda lo que hoy no podemos alcanzar a entender: nuestra capacidad de percepción se amplía, nuestra comprensión aumenta, la realidad adquiere nuevos matices, y de nuevo nos sorprendemos ante la conmoción que nos producen los límites de nuestra conciencia, y lo ilimitado de la realidad por aprehender.

Alicia Montesdeoca

Redactado por Alicia Montesdeoca el lunes 20 Noviembre 2006 a las 13:11 | Permalien | Comentarios


Bitácora

El fin de un tiempo, el comienzo de un nuevo ciclo  

El agotamiento de los recursos, la agonía en la que se desenvuelven ciertas instituciones; el cansancio, el aburrimiento, la rutina que parecen acompañar muchas vidas, todos son síntomas de un modelo que se agota y al que se exprime cuando se pretende hacerlo perdurar más allá de su tiempo. Al modelo social moderno se le siente estrangulado porque ya no fluye y no responde a las nuevas necesidades de la conciencia humana.

Los hijos de la modernidad, absortos en el día a día, no se percatan de que se está al final de un ciclo: el síntoma de esto que afirmamos es ese deterioro progresivo de los principios que cimentaron el pensamiento modernista, las formas de producción en que se concretó, las instituciones que lo defendieron. En definitiva, el modelo económico, político y cultural que lo nutrió agoniza en sus contradicciones, por el afán que se tiene en conservarlo, a pesar de que la experiencia y las vivencias que se construyeron a partir de él ya han originado realidades nuevas.

Ese conservadurismo hoy se llama egoísmo, deseos de control, ansias de poder, acaparamiento de las riquezas, concentración de las fuentes de producción: la otra cara de la modernidad.

Todo eso genera, en buena parte de la población, sentimientos de desesperanza y de falta de fe en la bondad humana, al ponerse en evidencia el lado más tenebroso de la capacidad creadora de la sociedad de hoy:

- Se maltrata y hasta se mata en nombre y en defensa de la civilización

- Se impide la diversidad de opiniones, en defensa de la democracia

- Se usa el desarrollo científico y tecnológico para ejercer presión política y no para acabar con el hambre, la enfermedad y la pobreza que debieran ser los objetivos fundamentales de tanto esfuerzo

- Se intensifica la producción de recursos naturales, en la hipertrofia de acumularlos en los “silos” de los mercados especulativos, mientras hay escasez en las miserables despensas de las tres cuartas parte de la humanidad

- Se prevé, con exactitud científica, las reacciones de los mercados internacionales y de sus bolsas, a corto, medio y largo alcance, y no se asegura en el presente la producción de recursos suficientes para cubrir las necesidades de todos los habitantes de este planeta

- Se estimula el ahorro de energía, el ahorro monetario, las pensiones para la vejez, las pólizas de seguro, todo en nombre de un supuesto futuro sin problemas.

- No se persigue que el suelo que cultivamos siga teniendo sus nutrientes, las aguas que bebemos sean suficientes y potables, los mares que surcamos mantengan la vida animal y vegetal de la que dependemos, la atmósfera que nos envuelve siga siendo una capa protectora con un oxígeno respirable para llenar de vida nuestros pulmones. ¡Eso sí sería prever ese futuro.

El resultado es la apropiación de las instituciones económicas, políticas, científicas, culturales, religiosas por parte de lo que se empeña en sobrevivir, aunque ya no tenga razón que lo justifique. Así se lucha por la propiedad de los recursos naturales y se hace la guerra por aquellos estratégicos para el viejo modelo.

Porque este interés por acaparar no encierra ninguna razón sublime, aunque se argumente con palabras llenas de justificaciones. No se pretende una mejor administración, un más justo reparto de oportunidades, lo que se persigue es acaparar privilegios, sin cuestionarse si se merecen, si se está a la altura de tal dignidad, o, si por el contrario, ese acaparamiento es el factor que lo esquilma todo.

¡Fuerte contradicción!

Cuando ahogamos algo, no es porque le necesitemos, es que queremos vivir a sus expensas, sin asunción alguna de responsabilidad. Esto agota la vitalidad del objeto, del recurso natural o de los seres humanos así tratados.

Todo eso porque se quiere poseer en el afuera lo que no buscamos en el adentro. Las supuestas carencias son fruto de la creencia de que poder es sinónimo de posesión. Pero no, poder es comprensión de lo que somos, libertad para reconocernos en nuestras posibilidades, capacidad para aceptar el devenir de la vida que se manifiesta en procesos de nacimiento, muerte, nacimiento y que se organiza en ciclos, estaciones, proyectos y realizaciones. Poder es capacidad para crear y capacidad para que lo creado crezca independiente, se manifieste, se socialice, fluya y sea patrimonio de todos.

Porque no somos propietarios de nada, ni apropiarse de los recursos nos hace eternos. La vida no se manifiesta en todo su esplendor cuando a las criaturas se las somete según los criterios de los que se erigen en sus propietarios.

Y todo eso a causa de no enfrentarnos a nuestro devenir, a nuestra temporalidad. Pasar de una estación a otra, pasar de una edad a otra, pasar de un proyecto que ya está maduro para cuidar por sí mismo, a otro que está gestándose dentro de nosotros y que ya quiere salir. Saber que hoy somos semillas, mañana árbol; hoy crisálida y mañana mariposa; hoy niño y mañana anciano, es participar y gozar de la esencia de la vida.

Vivir con dignidad el proyecto que somos supone no aferrarnos a ninguna etapa, saber que cada una de ellas está llena de aventuras por vivir, pero que esas ocasiones de aventuras tampoco somos nosotros.

El ser humano es sólo el viento que hace pasar las hojas del libro de la historia. Por eso no puede pararse en ningún momento, porque ello paraliza su apertura de conciencia hacia lo que es, conformándose con la ilusión de que puede controlar los procesos que le atraviesan y que no esperan por su decisión.

Procesos que le llaman al despertar consciente y si, a pesar de esta llamada que a veces es un grito desgarrado, se persiste en el sueño esos mismos procesos se transforman en dolor. El dolor no es otra cosa que la resistencia que ejerce el ser humano para no aceptar lo que es: una chispa más en un haz de luz, en un universo sin fronteras ni propietarios.

Alicia Montesdeoca

Redactado por Alicia Montesdeoca el Domingo 12 Noviembre 2006 a las 09:39 | Permalien | Comentarios


Bitácora

Ahora, hablemos algo del Amor  

El amor como pulsión que surge en cualquier punto y lo convierte en centro, eje, corazón de vida. Pulsión que nace impulsada desde una consciencia de creador que piensa en lo que aún no ha creado. Pulsión que es dinamismo orientado hacia su objetivo, del que no será desviado por fuerza alguna, porque su resolución de ser es un poder indestructible. Pulsión como fuente permanente que genera, desarrolla, nutre, sostiene y libera lo que crea para que su criatura se constituya en creador. Pulsión que es patrón y ley interna de todo lo que cohesiona, mueve, relaciona y coopera en el latido de la existencia.

El corazón de la madre es uno de los lugares en que se sitúa el amor. Al lado de ese corazón, las fuentes de la nutrición de su criatura. Ese espacio está sostenido por un pecho que protege, un regazo que sostiene, unos brazos que circundan. En ese cuenco humano, metáfora del cuenco del Universo, se desarrolla la interacción entre el origen y el destino de todo ser. Cada acción proveniente de uno de sus elementos se acopla a la receptividad de los otros; cada estímulo original encuentra una respuesta.

Este movimiento circular que se desenvuelve en la esfera formada por la madre y el hijo, refleja de manera sintética el movimiento complejo de la esfera cósmica, en la que se mueve todo lo que es y lo que existe. Una esfera que late al ritmo que demanda cada uno de sus puntos de anclaje, permitiendo a cada pulsación la conexión con todas las demás pulsaciones que se transforman en destinos posibles, sólo con que haya receptividad e intención para dar y tomar.

Alicia Montesdeoca

Redactado por Alicia Montesdeoca el jueves 02 Noviembre 2006 a las 19:29 | Permalien


Bitácora

El misterio como estímulo  

El misterio es aquello que nos llama para ser descubierto; es lo que nos impulsa a perseguir entelequias, entelequias que permiten descubrir posibilidades de nuevas creaciones y que nos empujan a navegar entre el mundo por descubrir y el mundo colonizado por la racionalidad humana. El misterio es un sendero sagrado que hay que respetar y de cuya naturaleza no es posible apropiarse.

El misterio no es fuente para el afán de poder, ni para la vanidad, ni para la soberbia, ni tan siquiera para las certezas. Adentrarnos en el misterio no nos asegura ningún camino, sólo nos da la oportunidad de contar con estímulo para buscar, fuerza para emprender, aliciente para vivir. El misterio es la inspiración, la promesa, la esperanza que en el horizonte nos muestra una dirección para la búsqueda. A partir de ahí, todo queda en nuestras manos. Como única herramienta nuestra intuición que nos indica cuáles son nuestras posibilidades de acertar, sabiendo que se camina por un espacio y un tiempo a crear y modelar.

Sí, es una fuente de inspiración cuyo caudal nutre e ilumina el andar humano. En nosotros está el utilizar esa fuente o acudir a esa fuente, sabiendo que hemos de estar alerta sobre las cualidades de nuestro cántaro, para que no tenga ninguna grieta por la que se pierda o se envenene el contenido de la experiencia. El riesgo de ir en busca del misterio está en la pretensión de creer en el poder de atraparlo e interpretarlo.

También es una fuente para el conocimiento. Su aprovechamiento sólo está condicionado por la capacidad del ser humano para asumir lo que se despliega delante de él como realidad, y para discernir, a su tiempo, lo que es ganga. En el caso del ser humano, la ganga la producen los condicionantes que él mismo pone a la realidad que descubre. Entre los condicionantes más importantes están el creer que es libre y objetivo.

Manantial inagotable

El misterio se nutre, asimismo, de esa acción humana que lo persigue para desvelarlo. Cuanto más se ahonde en él, más parece crecer. Cuánto más creamos que nos acercamos a su código, más complejidad desenvuelve. El misterio es el manantial inagotable que parece crecer en la misma medida que lo hace la experiencia y el conocimiento humano.

Lo importante es tener presente que esa puerta del misterio está permanentemente abierta, y que hay que saber compaginar el contacto con todo lo que el misterio sugiere para construir el mundo de tres dimensiones, que es en el que el ser humano materializa su realidad, aceptando que esa realidad materializada no es la realidad absoluta, sino la que es posible atrapar en las actuales circunstancias.

Cuando nos tropezamos con la resolución de algún misterio, éste viene acompañado de circunstancias no esperadas y sincrónicas que nos sorprenden y nos llenan de júbilo. De pronto la nueva realidad desplegada nos envuelve y nos emborracha, generando un nuevo cambio de perspectiva. La nueva comprensión nos polariza y nos da fuerza para tomar nuevas decisiones y “tirarnos al vacío” confiados en que ahora sí que hemos llegado al conocimiento

La nueva visión puede tener preguntas sin responder, pero confiamos que el nuevo modelo de conocimiento las responda. Volvemos a recuperar la creencia de protagonismo que durará un tiempo, hasta que la nueva visión se consolide con la experiencia y el velo de la ilusión se desgarre por el peso de las nuevas preguntas que nos llevan, de nuevo, al sendero de lo misterioso.

Ese puede ser el juego de la vida y los seres humanos en ese juego pueden parecer unos niños que aspiran a ser dioses, sintiendo que sus descubrimientos son capaces de solucionar todos sus dilemas; protegerles en el futuro de la insensatez; borrar las posibilidades de riesgo; asegurarle la eternidad, etc. Cuando nos situamos en ese podium, no vislumbramos que el juego no ha acabado, y que sólo es que el misterio se toma “un respiro” mientras pasa nuestro momento de deslumbramiento y volvemos a reincorporarnos al juego eterno.

Alicia Montesdeoca

Redactado por Alicia Montesdeoca el Viernes 13 Octubre 2006 a las 19:36 | Permalien



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Alicia Montesdeoca
Licenciada en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, Alicia Montesdeoca es consultora e investigadora, así como periodista científico. Es responsable de la sección "La Razón Sensible" de Tendencias21.



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