Bitácora
02/04/2008
De las reflexiones anteriores que constituyen esta serie, el lector habrá podido ya sacar la conclusión de que la cuestión clave de los telecentros es ser útiles para la comunidad a la que pretenden servir. Adaptarse a ella antes incluso de constituirse, no adoptar, sin más, modelos y políticas que hayan tenido éxito en otros lugares. Con ello no queremos decir que cada telecentro pretenda reinventar la rueda, sino que se mire en las mejores prácticas puestas en marcha y les insufle el valor añadido de su adaptación a la situación concreta en que ha de efectuar su actividad.
Por eso señala el estudio que glosamos: “La utilización de los telecentros para promover modos de ganarse la vida requiere asimilar la forma en que pueden apoyar las capacidades y activos, cómo pueden abordar sus vulnerabilidades y cómo pueden trabajar e influir en el específico contexto social e institucional que conforman sus medios de subsistencia”.
Desde esta perspectiva, hay ejemplos de telecentros que, en ciertas regiones de Africa, se ocupan en la labor más primaria de enseñar a leer y escribir a las poblaciones de su entorno. Cabe preguntar si entonces el telecentro no es más bien una escuela, pero queda claro que sus promotores se adaptaron a la situación real de su entorno (y que verdaderamente han llegado a las comunidades más necesitadas). No se puede enseñar el manejo de los ordenadores a quien ni siquiera conoce el significado de sus teclas.
En esta adaptación es fundamental, como ya señalamos, contar con el personal adecuado para la labor que se pretende realizar. Porque el personal generalista del telecentro puede proporcionar determinadas enseñanzas, pero “no es realista esperar que pueda proporcionar apoyo en profundidad en todas las áreas”. Por eso es muy importante que los promotores del telecentro se planteen la colaboración con su entorno institucional y empresarial a fin de solventar la dificultad que surge en muchos de ellos, debida a la carencia de recursos y de socios que soporten los proyectos.
Los tipos de actividades más complejos, en el campo del emprendimiento, “particularmente cuando se trata de materias de una cierta complejidad (labores de importación y exportación, por ejemplo) se deben proporcionar en colaboración con organizaciones especializadas, como las que se dedican al comercio, a la promoción de empresas, bancos, etc.”
Es así como funciona, por ejemplo, una iniciativa desarrollada para las comunidades aborígenes del Norte de Canadá, el Community Access Programme of Navacut, que ayuda a los artistas de la naciente industrial artesana local a crear sitios web para la venta de sus productos a través de ellos o incluso de eBay. También ayuda a la industria turística de la zona. Incluso algunos telecentros se han especializado, con éxito, en labores de edición y producción cinematográfica. Para ello invitan a promotores de proyectos específicos que pueden aportar sus conocimientos a la comunidad.
A estos efectos es fundamental, también, la colaboración entre los telecentros. Naturalmente, esta colaboración es más fácil cuando varios telecentros pertenecen a una misma red, pero la colaboración no tiene por qué limitarse a ella. La creación y el intercambio de contenidos es una forma primera de colaboración. También lo es la compartición de las prácticas que han obtenido mejores resultados. A estos efectos, es importante la iniciativa que se está tratando de poner en práctica dentro de un convenio entre la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) y la Asociación Iberoamericana de centros de investigación y empresas de telecomunicaciones (AHCIET), que han seleccionado varias áreas en las que estudiar las mejores prácticas y tratar de que sus autores las pongan a disposición de otras comunidades, bajo el paraguas financiero del proyecto.
Pero no toda colaboración tiene por qué centrarse en replicar en un lugar lo realizado en otro u otros. Pensamos que las actividades de los telecentros no alcanzarán su máxima potencialidad hasta que no se constituyan redes en las que cada telecentro se ocupe en una actividad que pueda complementarse con las de otros. Y, todas juntas, puedan constituir una verdadera industria a través del espacio e incluso de las fronteras. Se trata de aprovechar los beneficios de la especialización y la colaboración. Para ello –ya lo señalamos en un comentario anterior- son fundamentales la calidad profesional, el espíritu de colaboración y la confianza. Y los beneficiarios de esta colaboración ya no serían comunidades aisladas, sino colectivos más amplios de regiones y países.
Editado por
Francisco Ortiz Chaparro
Licenciado en Ciencias Políticas y Económicas, ex profesor de Política Económica en el ITEP, de Madrid, Francisco Ortiz está especializado en el estudio y promoción social de las Tecnologías de la Información y Comunicación, campo en el que ha sido pionero en España, desde la Fundación Fundesco. Autor de numerosas publicaciones, ha impartido cursos de teletrabajo en más de 12 universidades de España y América Latina. Ha sido Presidente de la Asociación Española de Telecentros y es Vicepresidente del Foro Europeo de Teletrabajo y de la Asociación Iberoamericana de Teletrabajo.
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