Bitácora
14/04/2008
Quisiéramos poner, con esta comunicación, punto y final –al menos por ahora- a esta serie sobre los telecentros y la pobreza, no porque el tema no tenga importancia suficiente como para abundar más en el, sino por la cantidad de asuntos susceptibles de tratar en un blog dedicado a Trabajo y empleo. Por ello, vamos a tratar de resumir la situación que se expone en el estudio que hemos glosado, junto con nuestros propios puntos de vista.
Como hemos ido constatando, los telecentros existentes son, principalmente, rurales y multipropósito, que proporcionan acceso a teléfono, fax, fotocopiadoras, ordenadores, Internet, radios, formación e información. “Menos de la cuarta parte –según el estudio- tienen las actividades puramente económicas como objetivo principal”. No quiere ello decir que lo primero no sea importante, especialmente cuando los esfuerzos van dirigidos a grupos especialmente vulnerables, pero las ideas centrales de estos comentarios son dos:
1. Que el telecentro emprenda, una vez superada esa fase “de mínimos”, actividades económicas específicas, ligadas estrechamente a las posibilidades y necesidades de la comunidad a la que sirven, para que sus usuarios puedan ganarse la vida a través de las TICs. Así, dice el estudio: “raramente los desempleados utilizan el telecentro para buscar empleo… al tiempo que los auto empleados rara vez utilizan el telecentro para apalancar sus necesidades de negocio”.
2. Que, para conseguirlo, extiendan la búsqueda de recursos al sectlor privado, a las empresas. Porque los telecentros suelen nacer ligados a subvenciones de los distintos gobiernos y de organismos multilaterales, pero son pocos los que implican a las empresas que pueden aportar tanto recursos financieros como profesionales especializados. ¿Cuál es la causa de esta falta de colaboración entre los telecentros y la empresa privada? La falta de valor añadido que la empresa encuentra en las actividades de los propios telecentros.
Círculo vicioso
Nos encontramos, pues, dentro de un círculo vicioso difícil de romper. El telecentro no dispone de recursos financieros ni profesionales para formar personas que puedan ser útiles a las empresas. Y estas no se ocupan de financiar ni de utilizar los servicios de los telecentros, sencillamente porque no se los proporcionan.
La salida del círculo no puede venir más que de la colaboración público/privada. El telecentro (generalmente creado con fondos públicos) debe plantearse, para susbsistir más allá de las subvenciones, formar en actividades útiles para los negocios y, para ello, debe acudir a las empresas en solicitud de:
a) Ayuda financiera.
b) Información sobre las necesidades específicas de las empresas en cuestión y que el telecentro pudiera satisfacer. Es decir: ¿Qué tipo de capacitaciones serían útiles para su empresa, de manera que la misma estuviera dispuesta a financiar su impartición a las personas que pretendo formar?
c) Personal especializado que pueda impartir esos conocimientos, ya sea personal de la propia empresa o profesionales independientes, subvencionados por las empresas en cualquier modalidad.
Un paso más es el estudio del mercado, en general, de acuerdo con las posibilidades de oferta que pueda tener la propia comunidad a la que pretende servir el telecentro, y emprender actividades que satisfagan las necesidades de ese mercado: hacer un plan de negocios, partiendo desde la formación de los propios trabajadores que vayan a sostener la actividad.
En este caso es evidentemente más problemático obtener la colaboración de una empresa privada, la cual, por definición, busca más el beneficio inmediato (el servicio directo que le pueda dar el telecentro, según la consideración anterior). Pero los responsables del telecentro deben saber “vender” su proyecto a la empresa, buscando la forma de ofrecer a la misma un servicio indirecto, en forma de imagen, publicidad, beneficios fiscales, etc.
Sea como sea, la conclusión debería haber quedado clara: los telecentros tienen que ser sostenibles a largo plazo. Y, para ser sostenibles, tienen que emprender actividades de tipo económico, rentables, y, en consecuencia, proporcionar a sus beneficiarios los conocimientos suficientes para integrarse en esas actividades del propio telecentro o aprovechar esos conocimientos para emprender sus propias actividades que le permitan ganarse la vida.
Editado por
Francisco Ortiz Chaparro
Licenciado en Ciencias Políticas y Económicas, ex profesor de Política Económica en el ITEP, de Madrid, Francisco Ortiz está especializado en el estudio y promoción social de las Tecnologías de la Información y Comunicación, campo en el que ha sido pionero en España, desde la Fundación Fundesco. Autor de numerosas publicaciones, ha impartido cursos de teletrabajo en más de 12 universidades de España y América Latina. Ha sido Presidente de la Asociación Española de Telecentros y es Vicepresidente del Foro Europeo de Teletrabajo y de la Asociación Iberoamericana de Teletrabajo.
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