La creciente práctica del teletrabajo por parte de las empresas está poniendo de relieve cada vez con más claridad la influencia positiva de su implantación en las mismas.
En primer lugar, queda demostrado que la implantación del teletrabajo obliga a la empresa a plantear un esquema organizativo previo, basado en la innovación de las estructuras y prácticas, de acuerdo a los últimos avances en el management, y en la introducción de las nuevas tecnologías como centro sobre el que ha de girar toda la actividad. Esto origina una auténtica revolución de la cultura tecnológica de la empresa por cuento se incrementa la inversión en tecnologías, la formación de los empleados y la adaptación de sistemas y procesos.
En segundo lugar, se constata que la introducción del teletrabajo incrementa la flexibilidad, tanto interna como externa, incentiva una mayor participación de los empleados en el diseño y la planificación de las tareas y acarrea un mayor control por parte de estos del proceso y de las repercusiones de su actividad en la organización, lo que origina mayores ventajas en resultados y procedimientos, en el funcionamiento interno, en las relaciones con clientes y proveedores.
Todo ello tiene como consecuencia los ya constatados incrementos de la productividad que se anunciaban en todos los estudios primeros sobre el teletrabajo y una mejora de la posición competitiva.
Pero lo más importante es que estas prácticas en las grandes empresas y esta cultura han dado lugar a una actividad de externalización, creciente con la globalización, de la que se benefician cadenas de empresas pequeñas y medianas, cada vez más estructuradas en redes con el fin de alcanzar las dimensiones mínimas que les permitan atender al mercado de trabajo externalizado.
Y de nuevo hemos de insistir sobre la necesidad de adoptar esta cultura de actividad en red. Una red flexible, a su vez, que permite colaboraciones puntuales y temporales, pero que va tejiendo un tejido más perdurable día a día.
He de confesar que me han asaltado las dudas al escribir el título de este comentario. La cuestión reside en la palabra nuevo, hasta el punto de que quizás debiera de haberla escrito entre comillas. Porque cuando se consultan ciertos observatorios laborales y se leen determinados estudios que se ocupan de estas tendencias, reparamos en que la mayor parte de las que se refieren a las TICs (Tecnologías de la Información y la Comunicación) y sus consecuencias –entre ellas, el teletrabajo- se repara en que se remontan a hace al menos un par de decenas de años y que las hemos venido anunciando.
¿O es quizás nuevo señalar que “Los trabajadores del conocimiento representan ya 8 de cada 10 nuevos empleos”, según OCDE, o que “La navegación por el ciberespacio no sólo será una materia obligatoria en las escuelas, sino también una de las fuentes de trabajo más expansivas de las próximas décadas”, o que ”Los telecomunicólogos dominarán la telemática, entendida como la interconexión masiva de ordenadores y sistemas electrónicos a través de redes de telecomunicaciones”, o que…? Las afirmaciones anteriores, con las que estamos en completo acuerdo, pertenecen al por otra parte excelente Observatorio laboral mexicano.
¿Qué queremos decir con ello? Que las tendencias se confirman, pero que estos hechos sólo constituyen la base sobre la que edificar una actividad productiva en el campo de las aplicaciones (la principal de las cuales es para nosotros, de nuevo, el teletrabajo). Esa edificación ha de basarse en el estudio detenido de la actividad a emprender, la realización de un mínimo plan de negocio, la búsqueda de la productividad, que no se consigue sólo con capacitación, sino con una sólida mentalización, disciplina y una seria organización. Hay que estar atentos a los yacimientos de ocupación, tanto a nivel nacional como internacional. Y hay que tener capacidad para la colaboración en red.
Abundando más en las mencionadas tendencias, ciertos estudios airean que no se confirma en los Estados Unidos el crecimiento pronosticado de que los trabajadores autónomos superen al de los contratados en empresas. Pero es precisamente porque más que trabajadores autónomos, lo que surgen son creadores de empresas, que ocupan después a otros trabajadores. Lo que viene a confirmar la importancia del emprendimiento, sobre lo que venimos insistiendo en comentarios anteriores.
En definitiva, la lucha por los mercados no se aborda tanto desde el punto de vista del trabajador (teletrabajador, en nuestro caso) aislado, sino desde el de la agrupación de esfuerzos, la colaboración y el trabajo en red.
Editado por
Francisco Ortiz Chaparro
Licenciado en Ciencias Políticas y Económicas, ex profesor de Política Económica en el ITEP, de Madrid, Francisco Ortiz está especializado en el estudio y promoción social de las Tecnologías de la Información y Comunicación, campo en el que ha sido pionero en España, desde la Fundación Fundesco. Autor de numerosas publicaciones, ha impartido cursos de teletrabajo en más de 12 universidades de España y América Latina. Ha sido Presidente de la Asociación Española de Telecentros y es Vicepresidente del Foro Europeo de Teletrabajo y de la Asociación Iberoamericana de Teletrabajo.
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