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Anagrama publica “El Condotiero”, obra póstuma del genial Georges Perec

La primera novela del autor francés revela el sentido del arte y de la condición humana, con un estilo torrencial, penetrante, intenso y obsesivo


Veinte años después de la muerte del autor de “La vida, instrucciones de uso”, se recupera el texto inédito que la legendaria editorial Gallimard no quiso publicar en 1961. Tras medio siglo de olvido, la primera novela de Georges Perec ve la luz que le fue negada. Por gärt.




Anagrama publica “El Condotiero”, obra póstuma del genial Georges Perec
(sic) La verdad. Nada más que la verdad. He matado a Madera. He matado a Anatole Madera. Yo he asesinado. Asesinado a Anatole Madera. Todo el mundo ha asesinado a Madera. Madera es un hombre. Un hombre es mortal. Madera es mortal. Madera está muerto. Madera debía morir. Madera iba a morir. Lo único que he hecho ha sido acelerar un poquito el transcurrir del tiempo. Estaba condenado. Estaba enfermo. Su médico sólo le daba unos años más de vida. Si podemos llamar a eso vida. Sufría muchísimo, había que verlo. No se sentía muy bien aquella tarde. Tenía una gran congoja. Tal vez si no hubiera hecho nada se habría muerto de todas maneras. Se habría apagado solo soplándose encima. Se habrá suicidado... (El Condotiero, cap. II)

Si había alguna posibilidad de hacer que El Condotiero (Anagrama, 2013) tuviera algo parecido a una intriga, Georges Perec‎ resuelve la mayor parte de los interrogantes en primera instancia, empezando precisamente por el final. El asesinato de Anatole Madera a manos de Gaspard Winckler no tiene mayor misterio. O tal vez sí. Tal vez quiera el lector indagar en las razones que llevan a un reputado falsificador de obras de arte a rebanarle el gaznate al traficante de piezas apócrifas para el que trabaja. Puede que, por encima de los hechos, el aliciente para afrontar una larga digestión lectora esté en los motivos.

Haber invertido tres años de su prometedora carrera en la elaboración de “El Condotiero” y recibir la negativa de la mítica editorial Gallimard‎ fue, sin duda alguna, un duro contratiempo para el inquieto espíritu de Georges Perec. El escritor francés llegó incluso a hacer evolucionar la novela por medio de versiones sucesivas sobre el tema de la impostura.

Por lo que sabemos, las versiones redactadas por Perec orbitaban alrededor de la pretensión de falsificar un retrato que pudiera atribuirse al pintor siciliano Antonello da Messina. El resultado final es una densa metáfora sobre la utopía de la originalidad que la mayor parte de la crítica contemporánea ha pasado por alto.

La recuperación, casi épica, de uno de los últimos originales extraviados de El Condotiero debería darnos la oportunidad de penetrar en los entresijos de aquel joven Perec que se afanaba en dar forma a su pensamiento.

Frente a los que sólo ven las raíces de un futuro gran escritor, empiezan a alzarse tímidas voces que señalan esta primera novela como un logro absolutamente sólido y uno de los textos más interesantes de la segunda mitad del siglo XX. El Condotiero de Perec es algo más que una muestra de potencialidad narrativa.

Así pues, bajo el envoltorio de un crimen –resuelto en el mismo inicio de la novela- y una trama relacionada con la elaboración de un retrato renacentista, Perec nos lleva a su campo, el campo literario en su más alto sentido de la plasticidad estilística, sin necesidad de hacer referencia directa a la literatura.

La herencia artística

La literatura es un sistema de vasos comunicantes sometidos a la imposibilidad de colmarse por sí mismos. Cada gran obra literaria es un tanque que rebosa su propia capacidad, vaciándose en los depósitos que lo rodean. De esa manera, la obra de cada autor es un crisol donde se precipitan y seleccionan los signos de identidad que precedieron y determinaron ese estilo que definirá todo un temperamento.

Una creación artística, y esto es de Perogrullo, no surge por generación espontánea. El arte es producto de una constante evolución y, en cierto modo –como bien apuntaba Vila Matas‎ -, de una forma de vampirismo intelectual. El creador es, antes que nada, una esponja que absorbe de forma selectiva las influencias que han de dejar huella en su obra. Una gran obra literaria es resultado -entre otras cosas- de una larga lista de lúcidas y apasionadas lecturas.

El poliédrico concepto de la falsificación artística adquiere en la obra de Perec una dimensión metafórica, donde no queda descartada la declaración directa de intenciones. En su última novela "El gabinete de un aficionado" se permite descender de lo abstracto a lo concreto: Toda obra es el espejo de otras -afirma Perec por boca de Lester K. Nowak-. Un número considerable de cuadros, si no todos, sólo adquieren su verdadero significado en función de obras anteriores que se encuentran en él.

De manera que, toda creación artística es siempre un trasunto, una síntesis del bagaje personal de su propio autor. En otros términos, la búsqueda de una voz propia es el producto de una dialéctica entre la herencia artística y la necesidad de afirmación.

Otra cosa bien diferente es la obstinada pretensión en reproducir formas y temas tradicionales de modo recalcitrante que parece haber arraigado entre los escritores de éxito comercial. Decía Roberto Bolaño‎ que las narraciones basadas únicamente en la preponderancia del argumento sobre el resto de los factores literarios están muertas desde el siglo XIX. Siguen ahí y se venderán por toneladas durante muchos años, pero no dejan de ser cadáveres en lo que a literatura se refiere.

El periodista Christopher Booker demostraba que sólo existían siete esquemas argumentales, fuera de los cuales no había acceso alguno a la originalidad. Por supuesto que la teoría de Booker no es infalible. Como todo lo aquel que se lanza a la arena del circo armado con afirmaciones categóricas, las teorías de Booker tendrán sus limitaciones, pero no dejan de ser un desafío para los dogmáticos.

Lo que diferencia las grandes obras literarias de aquellas otras que prefieren aferrarse a la superficialidad de lo evidente es el estilo, la forma de plasmar una reflexión; un cúmulo de factores que conforma esa manera insondable de exponer por medio de la acción.

Cuando un relato trasciende más allá de la trama, cuando lo sugerido contiene la capacidad de multiplicar lo dicho, no habrá dos lecturas idénticas. Cada lector vivirá una experiencia diferente, original e incluso opuesta a la de los demás. No se trata tan solo de valorar la calidad de la obra literaria, sino de llegar en las inferencias individuales a terrenos que ni el propio autor hubiera previsto.

Ciertamente, la intención del autor parte siempre de un presupuesto –a veces diáfano y otras tantas, como en este caso, perfectamente discutible-, pero, como toda idea expuesta de forma oblicua, está sujeta a la interpretación subjetiva de cada lector. Ahí reside la gran virtud de la literatura: lo que está escrito es el punto de partida de un número incalculable de vericuetos mentales.

Perec no se detiene en los pormenores del asesinato que abre la puerta a las consiguientes preguntas que todo lector debería hacerse. No se limita a centrarse únicamente en la exposición de motivos y desvaríos del asesino. Digamos que el material antedicho es importante, pero de ninguna manera concluyente. Todo ello constituye el denso soporte donde se contiene de forma indirecta una idea esencial, y esta es, ni más ni menos que existe la posibilidad de rozar la excelencia en el arte de imitar los temas y el estilo de los genios precedentes, pero la aspiración a la originalidad es poco menos que una quimera.

Incluso las formas más transgresoras de innovación artística vienen precedidas de una larga tradición de creaciones –a su vez influidas por otras tantas precedentes- que determinan y condicionan la voz, la estética y el pensamiento del autor.

En el arte de la impostura se han afanado las mentes más preclaras del pastel editorial. Hay quien, no hace mucho, se solazó en publicar alguna obra suya al más rancio estilo decimonónico, emulando así al “maestro” Dumas, y sus celebérrimos folletines de capa y espada.

Digamos que una obra literaria carente de significación, más allá del vacuo entretenimiento y los ornamentos estéticos, es una obra insignificante. A título personal, dudo mucho que un relato sustentado en irrelevantes tramas sea literatura en el estricto sentido del término. Una cosa es escribir un libro y otra muy diferente crear una obra literaria. No sé si me explico.

Las obras literarias de Georges Perec se caracterizaron desde el principio por el obstinado empeño del autor en estirar las posibilidades plásticas y sugestivas del lenguaje. Oculta tras el disfraz de la agilidad humorística, la inclasificable sátira “¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado al fondo del patio?” esconde una durísima tragedia personal: la de aquellos que son enviados a morir en guerras que otros –los mismos de siempre- han concebido bajo endebles subterfugios, con la tácita intención de satisfacer intereses espurios.

El Condotiero es una muestra de prematura lucidez a la hora de plantear y exponer el tema. Lo que años más tarde se constituye en uno de los pilares básicos de la literatura de Georges Perec, toma aquí, en esta inquietante novela, un cuerpo perfectamente definido. Las revelaciones sobre el sentido del arte y la condición humana, se encuentran ligadas a un estilo torrencial, penetrante, intenso y obsesivo.

La obra literaria de Perec puede ser muchas cosas, dependiendo del punto de vista de quien la juzgue, pero ninguna de ellas tiene nada que ver con la indiferencia.


Miércoles, 5 de Junio 2013
gärt
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