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Carmen Camacho: "La poesía es generadora de una realidad en sí, hecha en el lenguaje"

La poeta jienense, que recientemente ha publicado “Campo de fuerza” con la editorial Delirio, desvela las claves de su escritura


La poesía, para Carmen Camacho (Jaén, 1976), ha de hablar el lenguaje nativo, primero, criatural; “para que de una salga lo más libre y profundo, lo más riesgoso también, y lo más arcano”. La autora concibe, por otra parte, la escritura como consuelo y como medio de liberación y de generación de la realidad: una manera de “arraigar una armonía distinta de las cosas a partir del caos”; de hacer que suene una canción distinta. Por Yaiza Martínez.


Yaiza Martínez
Escritora, periodista, y Directora de Tendencias21. Saber más del autor


Carmen Camacho.
Carmen Camacho.
En todos tus poemarios están muy presentes la tradición popular y la tradición oral, que combinas con aspectos y elementos de la modernidad, de nuestro entorno contemporáneo. ¿Cómo confluyen el ritmo de esa tradición y el de la realidad actual, y qué crees que aporta esa confluencia al pasado y al presente?

La cosa tiene su razón de ser. La poesía o al menos la mía habla el lenguaje nativo, primero, criatural; y yo eché los dientes y la lengua en un pueblo de la Andalucía postfranquista tierradentro. Uf. Este dato biográfico trae debajo sus dolores y el desgarro, pero también una herencia recibida en vena: la del lenguaje popular y la tradición oral.

Me crié entre tías y abuelas que continúan creyendo que no saben explicarse, y que sin embargo se cuentan mejor que nadie y sienten el placer común de decirse con su gracia y horma; me crié —fundamentalmente por la rama paterna— en una familia que domina sin pretenderlo el arte de contar bien las historias, y lo hacen sin darle empaque, como forma de acompañarse y de revivir (y de hasta mitificar) a sus muertos.

Podría haberme desprendido de esa voz, desinstalarla y hablar sólo la del Imperio, que como todo dios yo también la hablo a menudo. Podría incluso escribir como si sólo me fueran a leer los señoricos de la Cultura. Lejos de eso, en mi habla y escritura han ido cayendo a su amor las hablas de los lugares y gentes donde y con quienes voy haciendo vida, y de todo lo pop-ular en el sentido más martinbarberiano del término.

Eso no quiere decir que mi trabajo brote de un compost cafre, costumbrista y antigüito de lugares comunes ni que ésta sea la única forma expresiva mía, sencillamente sé de ese aire, lo respiro y, después, en el giro del lápiz, a veces se trasmina.

Y digo que no descreo ni reniego, sino que dejo venir a mi escritura esa habla popular porque es, esa voz, además de bella y efectiva, insubordinada; no obedece a consignas más o menos establecidas por el Estado y el Capital (que, por cierto, se dedica todos los días a acochinar esa habla y hacer pensar inferiores a quienes la dicen y cantan).

Tiene que ver, el hablar como habla de veras la gente, con un deslenguarse —que por cierto suele ser a su vez bien elegante— y, como está claro que lenguaje y pensamiento son parte giratoria de lo mismo, me parece una voz buena, la popular, para que de una salga lo más libre y profundo, lo más riesgoso también, y lo más arcano.

En todo ello yo no hablaría de pasado vs presente, tradición vs realidad actual, ni de aplicaciones de una cosa en la otra. La voz popular, la oralidad, su narratividad es tan de hoy como de siempre, pues por milenios el bicho humano se dijo así todo el rato, y así nos seguimos diciendo muchas veces, con ritmo y eficacia, cuando a nosotras mismas nos dejamos libres para decir.

Sucede que, desde la irrupción a saco de los medios de formación de masas, parece que nos están acostumbrando a degüello a que el otro lenguaje, el Oficial, que nos proveen la realpolitik, las academias, los medios y los mercados (¿de dónde, si no, salen los palabros tuitear, metrosexual, poner en valor, prima de riesgo o desestreñir, que esta última es ya pa ir a mear y no echar gota?) parezca el correcto y que el del común de las gentes se antoje como de otro tiempo, además de soez.

Nada más lejos. Eso, unido a algunos quistes y ortopedias de la poesía de retaguardia que nos quieren seguir vendiendo, puede hacer pensar que lo popular en la poesía sea el antes y lo nosequé el ahora.

Todo lo contrario: jugar en primera línea con los elementos del habla al día y en plena libertad de lenguaje es la única manera de poder decir en poesía algo que realmente duela, avive y me importe.

A lo largo de tu obra llama la atención la profusión de cambios formales –pienso por ejemplo en la diferencia entre los microtextos de “Minimás” y algunos de los largos poemas de “Arrojada” o de los poemas en prosa de la serie “Carne de Espejo”, del libro “Campo de fuerza”-; ¿cómo suceden estas diversas formas de expresión en tu escritura?

La libertad expresiva —y, atención, el llevarla con salud, que aquí todo el mundo tiene boli, pero cualquiera no es Rafael Pérez Estrada o José Viñals‎ — es imprescindible para poder escribir poesía con cierto atino.

Como ellos, y como otras poetas que tengo por maestras, creo en la poesía como generadora de una realidad en sí, hecha en el lenguaje, que diga —en palabras de Gamonedacosas que de otro modo no serían dichas. Fondo y forma vienen a ser inseparables en el poema, esencia y cosa junta donde no hay manera de hacer distingos.

Así, lo que se va diciendo en poesía con suerte va encontrando casi por sí mismo la urdimbre con que se expresa. Ahí lo más que una puede hacer —casi la única misión, y es bastante— es lo que vaya pudiendo para que salga un poema y no un pegote o, peor, un artilugio mecánico de serie, premeditadamente diseñado para su consumo y aplauso.

Me gusta escuchar la respuesta de mi abuela cuando le pregunto cuánta sal he de poner en una receta. “La que pida el guiso”, dice. Eso es. De ahí que las formas en las que salen los poemas sean muchas, desde el poema de un solo verso al de largo aliento, sonoro y juguetón, o a los en prosa —la prosa, que tanto me ha dado, escribir en prosa es para mí la cosa más parecida a pintar un cuadro, yo, que no sé dibujar la O con un canuto—.

Tengo, claro, poemas más atinados que otros, pero no descreo ni de mi poesía de corte más directo y sencillo, ni del apunte biográfico que escribo como si me pegara a mí misma un pellizco en la boca del estómago, ni de aquellos que acaban siendo incluso para mí misma un puñetero misterio. “La rueda es irónica”, digo en una minimás. “El agua sabe a viruta de lápiz”, digo en otra. “Yo he visto una campana sin badajo./ La tañen por fuera.”, cuenta otro poema.

Yo qué sé qué quiere decir todo eso. Pero me importa. Campando abiertamente, pues, transito en poesía. Y el hambre de forma va encontrando su maná fresco o su pan duro conforme me voy diciendo.

A todo esto hay que sumarle la cosa de la voz, de las voces. No deja de sorprenderme quien dedica su tiempo a buscar su voz. Yo, como toda hija de vecina, soy multitud, coral, confederada. Y me cuento también así. Que una no es la misma todo el rato, normal que tenga más de una voz y un deje, y que sean distintos los kilometrajes de mis poemas.

En tu libro “La mujer del tiempo” aparecen imágenes de tejidos (“tocas”, “mantones”) y en diversas ocasiones también el verbo tejer (“comienza el juego. tejemos clandestinas”), todo ello vinculado a un linaje femenino. Uno de los inquietantes versos de este poemario reza: “en la geometría y en la gramática: que a la par que teje se deslengua”. ¿Cuál es el punto de encuentro entre tu poesía y ese linaje?

Tengo legada una caja de vínculos apretados, un bosque inverso de raíces. Tengo también y por tanto la consiguiente vivencia (y tantas veces la voluntad) de desenraizarme, de desarrancarme, de desapretarme mucho. Que estas cosas son a ratos herencia y a ratos secuela.

En ese juego de tensiones está la hilazón de vida y lenguaje de la que me hablas, esa costura. En el texto al que te refieres hablo de la relación con las mujeres de mi familia. Mujer, linaje, pueblo, ley, lenguaje: he aquí varios puntos importantes de un mapa afectivo no exento de guerra. Y como la escritura tantas veces ha sido para mí conciencia y consciencia, en este asunto lo está siendo al máximo.

Por la escritura poética he sabido que algunos hombres de mi familia fueron legendariamente libres porque, para empezar, tenían concedida socialmente esa posibilidad. Las mujeres no. El poblado jamás hubiera permitido que la borracha de la casa fuese mi abuela. Las disensiones de mis mujeres, sus desobediencias —tantas veces no reconocidas, negadas como tales por ellas mismas a la luz del día—,han transcurrido por las costuras de lo íntimo, casi de lo no dicho, de puertas adentro o bajo el luto, el mantón, la toca, bajo todo lo que emboza. A esos espacios de libertad me atengo. Son mínimos, pero existen y me salvan. Así la Ley, la doma y la transmisión de la Realidad aplastante se presentara en mi vida en la advocación de mujer.

Con el método contrario, que viene siendo el mío, este de decir con la boca o el papel y entonces desembozarme, desnudarme —menos meritorio y valiente, por cierto, que el de ellas en sus circunstancias— rindo homenaje a lo infinitesimalmente subversivo, a lo íntimamente libertador. Me interesa susurrar el gesto mínimo de mi abuela chiquita. Que la oda a Bolívar la escriba otra.

Me parece que, en general, en todos tus poemarios late un esfuerzo de la identidad por aparecer y materializarse a través de la palabra. En este sentido, ¿funciona el ejercicio poético como consuelo?

Escribo desde el fondo de mí misma, que creo que es sustrato común, pero muchas veces atravesada por el accidente, el registro de la vivencia personal, que por supuesto también me forja. Y lo hago así porque me sale y porque así la palabra me cuaja fuerte a la vez que me trae un tantito de consciencia, arroja luz.

Me persono en los poemas, es verdad, comparezco. De ese andarme por los textos me interesa sobre todo lo que de vida o de emoción, de confusión o de claridad, pueda infectar. Lo que de común tengamos en tanto que gente, o animales, o muchachas, u occidentales, o torpes o tristes o salerosas o lo que sea.

Aparte de esto: sí. La respuesta a tu pregunta es sí. En esos poemarios encuentro consuelo, el abrazo propio, que me es muy necesario. Y cuando no, encuentro el bálsamo de la ironía, el sarcasmo, el reírme de mi sombra. Impecable terapia. Para qué decir lo contrario: a mí me gusta hacerme la puñeta restregándome contra las palabras que tienen más filo. La primera —y tantas veces la única— a la que permito estas cosas es a mí misma.

Lo cierto es que humor y amargura me parecen dos elementos profundamente interrelacionados en tu poesía. Ambos se presentan, además, en tus palabras, con una fluidez semejante. ¿Dirías que “proceden” de un mismo lugar?

Podría decirse que el humor, mi humor, cierto tipo del mi humor, es la cómoda dosis en la que en ocasiones se presenta la amargura. Digo más. La alegría es a veces mi forma favorita de estar triste. La que mejor me sale (son muchos años de entrenamiento). Le contaba esto mismo no hace mucho a un amigo que conoce bien mi poesía, y al escucharme dio otra vuelta de tuerca. Dijo que yo camino por la alegría hacia la tristeza y por el ruido hacia el silencio. No me pareció ninguna tontería.

Llevado al terreno de la voz poética, incluso literaria, efectivamente practico de forma naturalizada esa presentación ora irónica, ora cínica, ora salerosa de la pena. Sale sola. Es una manera de despegarse de lo que mucho duele, es la manera de tomar perspectiva y es la manera de no parecerme a mí misma una lastimera. Supongo que también lo hago por reacción hacia tanta tristura en verso que no es verdadera ni llevadera, a tanta polladica lacia de la poesía burguesa (y hablo tanto de la antigüita como de la moderna).

Frente a ello, defiendo lo tremendo: decía Pessoa ‎ que una bofetada dada en medio de la calle tiene un nosequé de Apocalipsis. Eso sí me interesa. Hasta ahora lo llevé más por la vía del humor amargo. Pero eso para mí es lo fácil.

Últimamente, en mi escritura poética, y sin descreer de la sorna, me concedo gravedades. De unos años a esta parte me hago el favor de agravarme. Y ese humor cede paso a algo que no sé explicarte bien, y que es indicio de una apertura en lo poético. Y en lo vital. Porque eso sí: escribo como vivo.

En “Campo de fuerza” (Delirio, 2012) aparecen numerosos conceptos científicos que contrastan con el intenso lirismo de todo el poemario (“todo el cuerpo… cruje y resiste… se imanta, se polinuclea”). ¿A qué se debe la reunión de estos dos mundos? ¿Crees que realmente puede existir una “armónica entropía”, como propone el título de una de las partes del libro?

El acercamiento a conceptos que proceden de la Ciencia, sobre todo de la Física, responde a mis ganas de escribir con decimales, de decir de la forma más aproximada posible ciertas vivencias o intuiciones de bastante intensidad, a un intento de lo preciso, lo preciso en toda su acepción.

Es así mismo un ejercicio de contención, una implosión, el reto de decir con las menos palabras posibles, sin palabras a veces —dejando que sea el silencio el que apostille—cosas sentidas como inmensas. Porque esa es la horma que sentía cierta o válida para algunos textos de Campo de Fuerza. Pero es que, además, en algunos de esos poemas hablo, estrictamente, de conceptos físicos. Y lo hago desde una perspectiva ajena —ojalá que no del todo— al científico, consistente en sentir en carne el campo energético, el juego de interrelaciones que nos
imantan, repelen, deforman, agrupan, despiden.

La voz poética de Campo de Fuerza no es la del sujeto observador, la del científico que mira y anota cosas sobre un cuerpo sometido a las fuerzas de, por ejemplo, un campo magnético. Aquí habla el elemento mismo expuesto a las tensiones en un Sistema, aquí habla una misma sabiéndose parte activa en ese campo de fuerza y de batalla. Habla una misma sintiendo de lleno “la desmesura y el equilibro, la gracia y el miedo, la voz no vectorial de los azares”.

Toda esa tremenda exposición al mundo y la resistencia, la maleabilidad, la reactividad o la fatiga de nuestros propios materiales ante este juego de tensiones es, en gran medida, lo que nos deshace y nos compone. Fascinante esto de estar hecha de mundo.

En cuanto a la entropía como generadora de un nuevo orden, creo en ella con fervor. Invoco al “Cristo de la Entropía” en un poema, rezo a Heráclito en otro. En todos los niveles —el molecular, el social, el personal— un desorden puede provocar un nuevo orden. Qué es si no la deriva génica, la revolución o una relación amorosa que se va a la mierda. Un caos donde, si una sabe que el campo [de fuerza] es abierto y con suerte florido, puede arraigar una armonía distinta de las cosas, puede sonar otra canción. Y esta fe está fundada en mis dedos metidos hasta el fondillo de las llagas.

¿Cómo describirías este último poemario, con respecto al resto de tus libros publicados?

Se distingue en mucho de los anteriores, aunque debajo le late una voz y una preocupación primera por asuntos constantes en mi escritura. Campo de fuerza salió puñetero. Es sin duda, el libro más duro y desgarrado, el menos feliz y complaciente, el árido, el de los versos en punta. Es, en mi opinión, el más fuerte. La sorna a la que antes nos referíamos ha cedido paso a la contundencia.

Donde antes se escuchaba una sonrisa socarrona, ahora se oye una voz bien jodida que no se lamenta, sino que más bien las suelta como puños. Si lanzáramos al aire las palabras de mis anteriores libros, ganarían las que mueve el aire a las que caen a plomo. Si lanzas al aire las palabras de Campo de fuerza, algunas se quedan bailando en el aire, pero son mayoría las que se posan con peso.

Los textos de Campo de fuerza son también, a mi entender, más ‘velados’ que los publicados sobre todo en los primeros libros. Me explico. A pesar de que la portada entregue mi imagen al desnudo y las guardas mis latidos —la primera página del libro es el electrocardiograma como sismografía de ese campo de fuerza movedizo— lo que se aparece lo hace más lejos que en anteriores ocasiones. Se trataba de sentir con fuerza las fuerzas, el juego de tensiones, la postura propia. Todo lo demás sea evocación.

Por último, Campo de fuerza es sin duda alguna es el libro más elaborado que he compuesto. Su estructura está hecha a varios niveles. Desde el principio se presenta el terreno como materia rugosa y las grietas como elementos clave, los pájaros atraviesan en presagio ese espacio de tensiones donde los elementos están gravemente amarrados a tierra, y así, a los términos de la física se contraponen los lenguajes del augurio. En cada parte, a su vez, cambian las miradas.

Así, mientras la primera parte se fija en la tensión por vía de la física, la segunda toma el camino de la biología y de lo social; en la tercera manda la nada y en la cuarta la posibilidad. Pero no hay intención de hacer que el lector caiga en la cuenta de lo complejo. Prefiero que ni se note. Me interesa dejar el poso, no hacer de quien me lea un analista del esquema.

¿En qué proyectos poéticos estás inmersa actualmente?

Estoy finalizando un nuevo poemario acerca de varios asuntos recurrentes en mi obra: la casa como espacio inhabitado y las derrotas cotidianas ante la imposición sutil y diaria de la Realidad. Ahí estoy, y ahí casi está. Lo cerraré el día que decida ponerme a ello (me conozco y sé que puedo demorarme un rato).

Entre tanto ando inmersa en mi primer libro de relatos, que saldrá en este mismo año y, cómo no, en la escritura a salto de mata de minimás, soleares, jaicus y toda miniatura que quepa en un vistazo. Esa escritura la practico a diario, es como comer o respirar. Cómo no, tengo tardes o mañanas donde la letra se me aprieta y salen cosas otra vez fuertes e incatalogables.

Así nació Campo de Fuerza, de un empuje más fuerte que mi pereza o esta aparente urgencia que me da de cuando en cuando de convertirme en la Administración de mí misma y pasar el día como arreglando papeles, apuntando cosas, dándome de baja, apresurándome o preguntando a cuánto el kilo de brevas. Va lenta mi letra, pues, más lenta de lo que ella quisiera: ella, mi letra es inquieta y quiere todo el rato pronunciarse. En realidad soy yo la lenta. Pero ahí vamos, letra y vida, tratando en todo lo posible de ser honestas.

Carmen Camacho ha publicado los libros de poesía Campo de Fuerza (Delirio, 2012), La Mujer del Tiempo (2011), Minimás (2008 -1ª edición- y 2009 -2ª edición-), 777 (2007) y Arrojada (2007). En prosa, ha publicado Vuelo doméstico (2014), el cuaderno de cantares Letra Pequeña (2014) y Las Versiones de Eva (2014), antología personal de su obra poética. Su obra se encuentra parcialmente traducida al italiano, francés, portugués, árabe y armenio. Ha impartido charlas, lecturas y talleres de creación literaria en espacios e instituciones culturales de España y otros países de Europa, Latinoamérica, del mundo árabe y en Rusia. Toma de tierra –palabra, danza, quejío- es su último espectáculo de Spoken Word.


Martes, 16 de Julio 2013
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