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Cuentoscopia 1. El primer cuento de hombres lobo

Con una estructura de relato perfecto, esta narración, que aparece en el "Satiricón" de Petronio, ha perdurado veinte siglos


El primer relato escrito sobre el hombre lobo aparece recogido en el "Satiricón" de Petronio, del siglo I. Pero el valor de este cuento no radica solo en eso, sino también en su estructura narrativa, que es perfecta. Por suerte, ha sobrevivido al paso de los siglos y en el presente aún nos deja pasmados. Por Jesús Ortega.




La más antigua manifestación literaria conocida en Europa sobre el arquetipo del licántropo, del hombre lobo, del ser humano transformado en bestia (oso, perro, pantera, hiena: un mito repetido en todos los folclores, en todas las culturas), pertenece al Satiricón de Petronio (siglo I).

Se trata de una de las historias que felizmente han sobrevivido entre los fragmentos de esta obra. Una traducción que me gusta de este relato es la de Manuel C. Díaz y Díaz.

Publicada por primera vez en la colección Alma Máter de Barcelona en 1968, desde entonces lleva rodando por ahí, en ediciones de kiosco: Orbis, Grupo Libro 88, etcétera.

Cierto es que más antiguo que este relato del hombre lobo es el fragmento de las Metamorfosis de Ovidio dedicado a Licaón, el primer hombre-lobo de la mitología griega, pero Ovidio cuenta la historia en labios de Zeus, es una alusión incidental en medio de otra historia, se cuenta como de pasada y su estructura no llega siquiera a cuento, aunque la descripción de la transformación es magnífica. 

Pero regresemos al primer cuento escrito sobre los hombres lobo, que encontramos en el Satiricón. Lo más interesante de él es que tiene estructura de cuento perfecto. 

Dos mil años dando miedo
 
Trimalción se volvió a Nicerote y le dijo:
 
—Solías ser más animado en la mesa; no entiendo por qué estás ahora tan callado y no sueltas prenda. Por que me veas contento, por favor, cuéntanos lo que te sucedió.
 
Nicerote […] contestó:
 
—En los tiempos en que todavía era esclavo […] me enamoré de la señora de Terencio, el cantinero: teníais que conocer a Melisa la de Tarento, un precioso conjunto de curvas. […] Su marido falleció en su casa de campo. Por eso […] me moví y me removí buscando cómo llegar hasta ella: que en las ocasiones se dejan ver los amigos.
 
»Casualmente mi amo había ido a Capua para terminar de despachar unos depósitos […] Encontrando así una ocasión, persuado yo a un huésped que teníamos para que vaya conmigo […]. Era un soldado fuerte como el infierno. Nos largamos más o menos al canto del gallo: la luna lucía como si fuera mediodía. Llegamos en medio de los sepulcros: mi hombre se puso a hacer sus necesidades junto a unas tumbas; seguí yo canturreando y fui contando las lápidas. Después miré hacia mi compañero; se estaba desvistiendo y poniendo todos sus vestidos junto al camino. Yo tenía el resuello en la punta de la nariz; me quedé clavado como un muerto. Él meó alrededor de sus vestidos, y de repente se convirtió en lobo. No creáis que estoy bromeando; nadie tiene suficientes riquezas para hacerme decir una cosa por otra. Pero lo que os estaba contando, después que se convirtió en lobo, comenzó a otilar y huyó al bosque. Yo al principio no sabía dónde me encontraba; después me acerqué a recoger sus vestidos; pero se habían hecho de piedra. ¡Quién moriría de miedo con más motivo que yo! Sin embargo, tiré de espada, y llamando a todos los diablos, atravesé las sombras hasta llegar a la casa de campo de mi amiga. Entré como una oruga, perdía el alma a borbotones, el sudor me chorreaba por el espinazo, mis ojos estaban apagados; apenas pude rehacerme. Mi Melisa se asombró de que anduviera de camino a tales horas, y me dijo:
 
—Si hubieras venido antes nos habrías podido ayudar: un lobo entró en la finca y a todos los animales les sacó la sangre […]. Sin embargo no se rio de nosotros, aunque logró escapar, pues un criado nuestro con una lanza le atravesó el cuello.
 
«Al oír esto, no conseguí pegar ojo, sino que al amanecer eché a correr hacia casa como el cantinero desplumado. Y cuando llegué al sitio en que los vestidos se habían hecho de piedra, no encontré más que manchas de sangre. Pues bien, cuando llegué a casa, mi soldado estaba tumbado en la cama como un buey, y un médico le curaba el cuello. Caí en la cuenta de que era un hombre-lobo, con lo que ya no pude pasar bocado a su lado, ni así me matase. Allá lo que otros opinen de esto: yo, si miento, así se vuelvan contra mí vuestros genios».

 
Nos quedamos todos pasmados.


Viernes, 26 de Octubre 2018
Jesús Ortega
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