Tendencias 21. Ciencia, tecnología, sociedad y cultura



Tendencias 21. Ciencia, tecnología, sociedad y cultura





“La campana de cristal”, de Sylvia Plath, cumplió 50 años

Un libro escrito para intentar hacer rentable la literatura, y que acabó convertido en un icono


En 1963 ve la luz “La campana de cristal”, la única novela que escribió la poeta norteamericana Sylvia Plath. Un texto escrito para intentar hacer rentable la literatura, del que finalmente se vendieron millones de copias. El feminismo americano de los años 70 convirtió esta obra en icono, al igual que a su autora. Cincuenta años después, “La campana de cristal” sigue teniendo valor, aunque quizá no tanto como la poesía de Plath. Por Carmen Anisa.




Durante los meses de primavera y verano de 1961, Sylvia Plath‎ (Boston, 27 de octubre de 1932 - Londres, 11 de febrero de 1963) escribió su única novela, La campana de cristal‎ (The Bell Jar, en español editada por Edhasa, con traducción de Elena Rius).

Casada desde 1956 con el poeta Ted Hughes‎, con el que tenía una hija de un año, Sylvia Plath había terminado su primer libro de poemas, The Colossus and Other Poems, que se publicaría en octubre del 61.

Pero la poesía no daba dinero para vivir. Por aquellos años todavía era éxito de ventas una novela de Mary Jane Ward ––Nido de víboras (The Snake Pit)–, en la que la autora narraba sus experiencias en un hospital psiquiátrico.

Basándose en este libro, el cineasta ucraniano Anatole Litvak realizó una película que consiguió el Óscar en 1948. Sylvia Plath necesitaba una seguridad económica que le permitiera dedicarse plenamente a la literatura; de modo que decidió aprovechar su propio material autobiográfico para escribir esa novela en la que siempre había pensado.

Publicación en Estados Unidos

Bajo el seudónimo de Victoria Lucas, Silvia Plath publicó La campana de cristal en la editorial Heinemann (Londres), el 14 de enero de 1963. Después de una reimpresión, la novela fue reeditada en Inglaterra (Faber) en 1966, ya con el nombre de la autora.

En 1970, Ted Hughes escribió a Aurelia Plath, madre de Sylvia, pidiéndole su aprobación para que la novela se editara en Estados Unidos donde, por esas fechas, podría tener bastante mercado. La edición de Ariel (1965), a cargo de Hughes, que recoge los últimos poemas de la escritora, había sido un enorme éxito de ventas para un poemario, y había elevado a Sylvia Plath a la categoría de mito.

Aurelia Plath no estaba muy conforme con que se reeditara la novela; no le gustaba cómo su hija había caricaturizado a algunos personajes, incluyendo a su propia madre, que no salía muy bien parada. Hughes no le hizo caso a Aurelia Plath, y La Campana de cristal se publicó en Estados Unidos en 1971.

Enseguida fue un éxito de ventas y desde entonces se han vendido millones de copias. El feminismo americano de los años 70 convirtió la novela y a su autora en iconos. Se realizaron análisis desde el punto de vista psiquiátrico acerca de la verdadera enfermedad de la protagonista, y sobre los erróneos tratamientos; y muchos centros de enseñanza incluyeron The bell jar como lectura en los programas de estudio.

En los últimos meses de su vida, Sylvia Plath escribió lo mejor de su obra, una poesía única, renovadora en el lenguaje y los temas, que le abrió las puertas del estrecho camino del canon literario.

La Campana de cristal no alcanza la altura de los poemas de Ariel, pero es una novela muy especial, divertida en algunas escenas, inquietante y estremecedora en otras, con un tono que recuerda a El guardián entre el centeno (1951), de Salinger. El periodo de gestación de esta mítica novela fue muy largo; y después Salinger dedicó un año a la composición definitiva. La Campana de cristal se redactó de un tirón, en poco tiempo, y apenas sería revisada.

Las circunstancias vitales de la autora, embarazada y madre de una niña pequeña, con ineludibles tareas domésticas y problemas con su marido, no eran situaciones propicias para un trabajo inmenso y disciplinado. Sin embargo, Sylvia Plath consiguió terminar su novela.

Después, tras el nacimiento de su hijo, y en el año que le quedaba de vida, se dedicó a su poesía; fue un estallido de creatividad que nos dejó unos poemas poderosos y deslumbrantes.

Una novela de culto

La campana de cristal puede parecer una novela apresurada, que va dando brincos como su protagonista, Esther; pero el conjunto, la impresión final de ese rompecabezas, unido a su carácter autobiográfico y a la utilización un lenguaje que alterna las frescura de lo coloquial –sin retórica trasnochada, ni sentimentalismo–, con imágenes y metáforas tan sugerentes como la poesía de su autora, la han convertido en una novela de culto.

El tono narrativo de Salinger había influido en muchos escritores; por primera vez aparecía el lenguaje de un adolescente de diecisiete años, que se sentía desorientado, y debía aceptar el dolor de las pérdidas: la muerte de su hermano, el adiós a la infancia para entrar en el hipócrita mundo de los adultos. Holden deambula por Nueva York, su hábitat natural, durante tres días de diciembre.

Esther Greenwood, una chica de diecinueve años (uno menos que Sylvia Plath por aquellas fechas), que “no había salido jamás de Nueva Inglaterra, excepto para este viaje”, narra también su historia en primera persona. Para Esther, en aquel verano “extraño y sofocante”, Nueva York era “bastante desagradable”, con “sus desfiladeros de granito”, y “las calles calientes reverberaban al sol”; y Central Park se había convertido en “un yermo estéril, lleno de estanques para patos”. Holden no tiene ningún objetivo en aquel vagabundeo por su ciudad. Esther se pregunta “qué estaba haciendo en Nueva York”.

El 31 de mayo de 1953, Sylvia Plath viajó en tren a Nueva York. Allí pasaría el mes de junio en el Barbizon (“Amazona” en la novela), un hotel exclusivo para mujeres, donde se alojaban las chicas de la alta sociedad americana. Plath había ganado un premio literario que consistía en trabajar en la revista Mademoiselle‎ como “redactora invitada”, lo que constituía un privilegio y un honor, ya que en esa revista escribían autores como Truman Capote o Dylan Thomas.

Recientemente se ha publicado en Estados Unidos una nueva biografía, Pain, Parties, Work, Sylvia Plath in the Summer of 1953, de Elizabeth Winder, centrada en la experiencia de Sylvia Plath durante ese mes de junio. El título está basado en las palabras con las que, en una carta a su hermano, Sylvia Plath describía su estancia en Nueva York como una mezcla mortal de “dolor, fiesta y trabajo”.

Plath regresó con su madre a Wellesley, cerca de Boston, convertida en una persona distinta. Una campana de cristal estaba descendiendo sobre ella como una pesadilla, que siempre formaría parte “de su paisaje” y que narraría a través de su álter ego, Esther Greenwood.

Sylvia Plath estructuró La campana de cristal en veinte capítulos. Los nueve primeros relatan la experiencia de la protagonista en Nueva York. En el capítulo diez, Esther regresa a Wellesley con su madre; a partir de ahí la novela se centrará en el derrumbe psíquico de la joven y en los tratamientos a los que debe someterse.

El centro de un verdadero torbellino

Esther Greenwood está pasando un mes en Nueva York, junto con otras once premiadas. La joven se ve inmersa en el mundo ficticio que ha creado una revista de modas en torno a esas chicas que viven su sueño americano: alojadas en el Amazonas, con todos los gastos pagados, trabajan como “redactoras invitadas”, asisten a fiestas, a estrenos de espectáculos, y reciben regalos de maquillajes y complementos.

Los primeros éxitos de Esther, obtenidos en sus diecinueve años de vida, “se apagaban hasta quedar reducidos a nada ante las fachadas de mármol pulido y grandes ventanales de Madison Avenue”. Se había comprado ropa cara y zapatos negros de charol. Debía de ser “la envidia de millares de otras universitarias”. Sin embargo, Esther se ha obsesionado con el matrimonio Rosenberg y los titulares de los periódicos “que como ojos saltones la miraban fijamente en cada esquina y en cada entrada al Metro”. Ethel y Julius Rosenberg serán ejecutados el 19 de junio de 1953, en la silla eléctrica, acusados de espionaje. Los dos formaban parte de las juventudes del Partido Comunista de los Estados Unidos.

Esther sabe que le está pasando algo raro:

Todo el mundo debió de pensar que yo estaba en el centro de un verdadero torbellino. Miren lo que puede ocurrir en este país, dirían. Una chica vive durante diecinueve años en un pueblo ignorado, tan pobre que no puede siquiera comprar una revista, y entonces gana una beca para la universidad, un premio aquí, otro allá, y termina conduciendo Nueva York como si fuera su propio coche. Sólo que yo no conducía nada, ni siquiera a mí misma. No hacía más que saltar de mi hotel al trabajo y a fiestas y de las fiestas al hotel y de nuevo al trabajo, como si fuera un tranvía entumecido.

Se siente deprimida, sobre todo después de la conversación que mantiene con la editora Jota Ce:

¿Qué piensas hacer después de graduarte? Yo siempre había creído que pensaba conseguir una buena beca universitaria o una subvención para poder estudiar en Europa, y después pensaba ser profesora y escribir libros de poemas, o escribir libros de poemas y ser una especie de redactora. Solía hablar mucho de esos planes. —Realmente no lo sé —me sorprendí a mí misma diciendo. Me sentí profundamente golpeada al oírme decir eso porque, en el momento en que lo dije, supe que era cierto.

El padre de Esther había muerto sin dejar dinero y la madre, que trabajaba de profesora de mecanografía y taquigrafía, estaba empeñada en que su hija aprendiera taquigrafía cuando saliera de la universidad. Esther se rebela ante esa obsesión de la madre: “El problema era que yo detestaba la idea de trabajar para los hombres de cualquier forma que fuera. Quería dictar mis propias emocionantes cartas”.

Como una piedra de molino alrededor del cuello

La historia de aquellos días en Nueva York se alterna con el relato en flash-back de la relación de Esther con su novio, Buddy Willard, estudiante de medicina y futuro excelente marido. Esther toma todo lo que Buddy dice “como si fuera palabra de Dios”, pero se da cuenta de que es un “terrible hipócrita”.

Estaba siempre diciendo que su madre decía: «Lo que un hombre quiere es una compañera y lo que una mujer desea es seguridad infinita», y «El hombre es una flecha lanzada hacia el futuro, y la mujer es el lugar donde ésta es lanzada».

Buddy Willard es la caricatura del chico ideal americano; engreído y seguro de sí mismo, organiza los fines de semana para que no se pierda ni un segundo de tiempo: “Dijo que suponía que en la poesía debía de haber algo, si una chica como yo pasaba el día pendiente de ella, pues cada vez que nos reuníamos yo le leía algo de poesía y le explicaba lo que encontraba en ella”.

En uno de las escenas más divertidas de la novela, Buddy le pregunta a su novia si le gustaría verle desnudo. Esther recuerda que su madre y su abuela insistían “en la cuestión de cuán fino, limpio muchacho era Buddy Willard, proveniente de una tan fina, limpia familia”:

Contemplé a Buddy mientras bajaba la cremallera de sus pantalones vaqueros y se los quitaba y los ponía sobre una silla y luego se quitaba los calzoncillos, que estaban hechos de algo parecido a una malla de nailon. —Son muy frescos —explicó— y mi madre dice que se lavan fácilmente. Luego, simplemente se quedó parado frente a mí y yo seguí mirándolo. No pude pensar más que en el pescuezo y la molleja de un pavo y me sentí muy deprimida.

Buddy le confiesa a Esther que se había acostado varias veces con una camarera. De modo que todo había sido una farsa; había estado fingiendo que era muy puro y que consideraba provocativa a Esther. Después de esto ella se obsesiona con perder la virginidad: “Me pesaba como una piedra de molino alrededor del cuello”. Para la primera experiencia sexual Buddy ya no cuenta. Varios personajes aparecen como posibles candidatos. En una fiesta conoce a Marco, un rico peruano “aborrecedor de mujeres”, con el que vive una dura escena, un intento de violación. En otros momentos de la novela, el sexo presentará también el carácter de una lucha.

Un estado totalitario privado

Esther había llegado a la edad de tomar decisiones. El matrimonio era la opción que la sociedad esperaba de ella, pero sabía que, a pesar de todas las atenciones que un hombre tenía con una mujer durante el noviazgo, “lo que secretamente deseaba para cuando la ceremonia de boda terminase era aplastarla bajo sus pies”:

Recordé a Buddy Wollard diciendo en un tono siniestro y malicioso que después de que yo tuviera niños sentiría de una manera diferente, no querría escribir más poemas. Así que empecé a pensar que tal vez fuera cierto que casarse y tener niños equivalía a someterse a un lavado de cerebro, y después una iba por ahí idiotizada como una esclava en un estado totalitario privado.

Uno de los momentos clave de la novela es el día que Esther pasa en el hospital con Buddy. Ve cómo los estudiantes practican con cadáveres y asiste a un parto. A Esther le impresiona la “horrible mesa de torturas” en la que suben a la mujer que durante el parto hace “un ruido aullante e inhumano”. Buddy le cuenta que la mujer está bajo los efectos de una droga que le haría olvidar que había sentido algún dolor:

Pensé que éste sería precisamente el tipo de droga que un hombre inventaría. Había allí una mujer con terribles dolores, sintiéndolos evidentemente, segundo a segundo, o no gritaría así, y se iría directamente a su casa y empezaría otro bebé, porque la droga le haría olvidar cuan horrible había sido el dolor, mientras constantemente, en alguna parte secreta de su ser, aquel corredor de dolor, largo, ciego, sin puertas, sin ventanas, esperaba para abrirse y volver a cerrarse tras ella nuevamente.

Jabón y tolerancia cristiana

Esther debe hacerse la última foto para la revista. Es el día en que matan a los Rosenberg y todavía resuenan en sus oídos las duras palabras de otra compañera: “Estoy tan contenta de que vayan a morir”. “Es terrible que gente así esté viva”. Todas las premiadas debían fotografiarse con algo que mostrara lo que querían ser:

Cuando me preguntaron qué quería ser, dije que no lo sabía.(…) —Ella quiere —sentenció Jota Ce con gracia— ser de todo. Dije que quería ser poetisa. Entonces exploraron buscando algo que pudiera sostener. Jota Ce sugirió un libro de poemas, pero el fotógrafo dijo que no, que eso era demasiado obvio. Debía ser algo que mostrara lo que inspiraba los poemas. Finalmente, Jota Ce desenganchó la única rosa de papel de largo tallo de su sombrero más nuevo. El fotógrafo jugueteó un rato con sus calientes luces blancas. —Muéstranos cuán feliz te hace haber escrito un poema.

Después de la foto, Esther se derrumba y llora. Cuando se mira en el espejo contempla su rostro "magullado e hinchado": “Era un rostro que necesitaba agua y jabón y tolerancia cristiana”. Por la noche, tras la dura experiencia con Marco, vuelve al hotel y, de madrugada, sube a la terraza con un fardo de ropa, todo lo que se había comprado, como si quisiera romper con ese mundo ficticio en el que había vivido:

Pieza por pieza, alimenté con mi vestuario al viento de la noche, y revoloteando, como las cenizas de un ser querido, los grises harapos fueron llevados, para posarse aquí, allá, exactamente donde yo nunca lo sabría, en el oscuro corazón de Nueva York.

La campana de cristal

En el capítulo diez la novela da un giro. Dejamos atrás la vorágine de Nueva York y las revistas de moda para adentrarnos en los oscuros vericuetos de la enfermedad psíquica, los hospitales y sus tratamientos.

Esther regresa a Wellesley, Boston, donde reside con su madre. No la habían admitido en un curso de escritura y decide no ir a Cambridge a hacer cualquier otro curso de verano, a pesar de que “había resuelto no vivir nunca con su madre durante más de una semana”.

Piensa en escribir una novela, o en dedicar el verano a leer Finnegans Wake y elaborar su tesis: “un plan tras otro comenzaron a brincar por mi cabeza como una familia de conejos dispersa”. Lleva varios días con insomnio, ha descuidado su aseo personal y su doctora le recomienda que acuda a un psiquiatra, el doctor Gordon, que la somete a un terrible tratamiento de electroshock en su hospital privado. Tras más de veinte noches sin dormir Esther comienza a pensar en la forma de suicidarse, todo antes que volver con “el doctor Gordon y su máquina privada para electroshocks”.

Una vez estuviera encerrada podría emplearla en mí todo el tiempo. Y pensé en cómo mi madre, mi hermano y mis amigos me visitarían, día tras día, con la esperanza de que estuviese mejor. Después sus visitas se harían cada vez más espaciadas y abandonarían toda esperanza. Envejecerían. Me olvidarían. Serían pobres, además. Querrían que yo tuviera los mejores cuidados al principio, así que no tardarían en tirar todo su dinero en un hospital privado como el del doctor Gordon. Finalmente, cuando el dinero se hubiera acabado, me trasladarían a un hospital del Estado, con cientos de personas como yo en una gran jaula en el sótano. Cuanto más incurable se vuelve, más lejos lo esconden a uno.

Esther deambula sin rumbo por Boston y pueblos cercanos y visita por primera vez la tumba de su padre: “No podía entender por qué lloraba tanto. Entonces recordé que yo nunca había llorado la muerte de mi padre”. El resto de la historia es también conocido. Al igual que Sylvia Plath, Esther deja una nota a su madre: “Voy a dar una larga caminata”. Se esconde en el sótano de la casa con un vaso de agua y un frasco de somníferos.

La encuentran a los tres días; había vomitado y eso la salvó. Después se inicia el peregrinaje por hospitales públicos, hasta que su benefactora –Philomena Guinea (personaje basado en la escritora Oliva Higgins Prouty) , una rica novelista que había creado la beca de la que Esther disfrutaba en la universidad– ayuda a la familia, y la joven es trasladada a un hospital privado: “Mi madre me dijo que debía estar muy agradecida. Dijo que yo le había gastado casi todo su dinero y que si no fuera por la señora Guinea, no sabía dónde estaría yo”.

Si la señora Guinea me hubiera dado un pasaje a Europa, o un viaje alrededor del mundo, no hubiera habido la menor diferencia para mí, porque donde quiera que estuviera sentada —en la cubierta de un barco o en la terraza de un café en París o en Bangkok— estaría sentada bajo la misma campana de cristal, agitándome en mi propio aire viciado. El cielo azul abría su cúpula sobre el río, y el río estaba punteado de veleros. (…) El aire de la campana de cristal se acolchaba a mi alrededor y yo no podía moverlo.

Con la ayuda de su psicoterapeuta, la doctora Nolan, Esther irá recuperándose hasta que la trasladan al edificio donde se encuentran las pacientes más leves. En un salón, se reúnen mujeres “vestidas a la moda y cuidadosamente arregladas”; tocan el piano, conversan, bromean sobre sexo... No parece que nada estuviera sucediendo. Pero Esther deberá enfrentarse de nuevo con los tratamientos de electroshock, aunque ahora se los aplicarán de manera adecuada.

En el hospital aparece la antigua novia de Buddy, Joan, que también ha intentado suicidarse. Este personaje le permitirá a Sylvia Plath reflexionar sobre el lesbianismo. Cuando le confiesa a Esther que le gusta, esta la rechaza. “¿Qué ve una mujer en otra mujer que no puede ver en un hombre?”, le pregunta Esther a su psicoterapeuta: “La doctora Nolan hizo una pausa. Después dijo: –La ternura. Eso me hizo callar”.

Cuando Esther está a punto de salir del hospital, la doctora Nolan la previene de que “mucha gente” va a tratarla “con cautela”, y hasta la evitarán “como a un leproso con una campana de advertencia”. “Me pregunto con quién te casarás ahora, Esther”, le había dicho el siempre inoportuno Buddy Willard, cuando había ido a verla. Esther sabía que nadie podía asegurarle que la campana de cristal, con sus “asfixiantes distorsiones” no volviese a caer:

Para la persona encerrada en la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla. Una pesadilla. Yo lo recordaba todo. (…) Quizás el olvido, como una bondadosa nieve, los entumeciera y los cubriera. Pero eran parte de mí. Eran mi paisaje.


Texto publicado originalmente en el blog De nada puedo ver el todo. Se reproduce con autorización.


Martes, 3 de Diciembre 2013
Carmen Anisa
Artículo leído 7054 veces



Nota

Comente este artículo

1.Publicado por Liz el 17/12/2015 20:43
Hola.. ¿Me podrían a yudar a conseguir el libro de "La campana de cristal" de Silvia Plath?.. claro en papel..Gracias.

2.Publicado por Lily el 17/09/2016 23:38
¿qué tal si vas a una librería o a una biblioteca?

Nuevo comentario:
Twitter

Los comentarios tienen la finalidad de difundir las opiniones que le merecen a nuestros lectores los contenidos que publicamos. Sin embargo, no está permitido verter comentarios contrarios a las leyes españolas o internacionales, así como tampoco insultos y descalificaciones de otras opiniones. Tendencias21 se reserva el derecho a eliminar los comentarios que considere no se ajustan al tema de cada artículo o que no respeten las normas de uso. Los comentarios a los artículos publicados son responsabilidad exclusiva de sus autores. Tendencias21 no asume ninguna responsabilidad sobre ellos. Los comentarios no se publican inmediatamente, sino que son editados por nuestra Redacción. Tendencias21 podrá hacer uso de los comentarios vertidos por sus lectores para ampliar debates en otros foros de discusión y otras publicaciones.

Otros artículos de esta misma sección
< >