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“Libro de los otros”, de Jordi Doce, un diario de lector de la mejor poesía anglosajona

La editorial Trea reúne en un solo tomo poemas de casi 100 autores, cuidadosamente traducidos y comentados


“Libro de los otros” (Trea, 2018) es más que una antología de poesía anglosajona en su mayor parte del siglo XX: es el diario de un gran lector, el poeta y traductor Jordi Doce (Gijón, 1967). En él se describe una intensa relación entre vida y poesía, la que han escrito casi 100 autores a los que Doce ha ido traduciendo a lo largo del tiempo. Por el camino vamos descubriendo grandes secretos, y al final sentimos que existe un hilo que nos ha ayudado a transitar. Por Carmen Anisa.




“Libro de los otros”, de Jordi Doce, un diario de lector de la mejor poesía anglosajona
Se puede leer Libro de los otros (Ediciones Trea, 2018) de diversas maneras. Según su autor, Jordi Doce (Gijón, 1967), el posible valor de este libro se halla en los poemas que reúne. Y es cierto que volvemos sus páginas esperando una sorpresa, una revelación, un poema que quizás no hubiéramos descubierto en otro sitio, o unos versos que nos siguen asombrando y sugiriendo nuevos sentidos. Pero esto es solo parte del mérito de Libro de los otros, porque lo que vamos a encontrar –además de una antología de poesía anglosajona, en su mayoría del siglo XX– es el diario de un gran lector.
 
Y en un diario o cuaderno de lectura no pueden faltar las citas. El lector quiere fijar el instante, dejar constancia de ese momento único en el que en su vida se ha cruzado un poema, y un “no sé qué” sucede. En el siguiente paso el lector necesita escribir una anotación, aunque solo sean algunas palabras al margen. Se trata de que no quede en el olvido esa conversación interior que establecemos con el texto. Por último, un lector excepcional, como lo es Jordi Doce, dialogará hasta el fondo, hasta la esencia. Su propia lectura quedará reflejada en la traducción.
 
De este modo, Libro de los otros puede leerse como la historia de un lector, un traductor, para quien “la necesidad –la exigencia– de crear poemas de pleno derecho en nuestro idioma no hace sino devolvernos con más intensidad al llamado texto original, cuya fuerza crece en relación proporcional con su capacidad para generar nuevas versiones”.
 
Los comentarios no explican los poemas, dialogan con ellos. Como en los Ensayos de Montaigne, se funden la experiencia vital y la intelectual. Probablemente Montaigne hubiera tenido un blog en estos días. El origen de El libro de los otros está en el blog de Jordi Doce, Perros en la playa, del que he sido lectora durante varios años. Cada entrada me traía un nuevo regalo. Confiaba en que la sabiduría y rigurosidad de su autor no iban a defraudarme. Y siempre fue así.
 
Internet tiene muchas ventajas, pero la poesía nos gusta tocarla, leerla en formato libro, que podamos acudir a él como consulta y como fuente de satisfacción; que subrayemos, que recordemos a amigos y momentos vividos, y que el libro nos acompañe.
 
Lecturas y experiencia vital
 
En el Libro de los otros aparecen casi cien poetas, ordenados alfabéticamente, desde Simon Armitage –inolvidable su trágico y divertido poema “El chiste de la nevada”– hasta Yeats y su “Navegando hacia Bizancio”.
 
El orden de Libro de los otros podría haber sido cronológico. De ese modo hubiera comenzado con los hermosos poemas de Robert Graves, de cuya poesía Jordi Doce supo a través de la colección Cuadernos del Norte, que atesoraba la biblioteca familiar.
 
Después habría seguido, con Tom Waits, cuya canción “La 9 con Hennepin” se convierte en “una de esas razones que a los diecisiete años, nos hacen pensar que la poesía puede ser otra cosa, más cercana y también más insólita”.
 
Quizás continuaría con los poemas de Sylvia Plath y Seamus Heaney. De ellos fueron los primeros libros que Doce compró en inglés, allá por 1988: “Aquellos dos gruesos volúmenes se pasearon en mi mochila por toda Irlanda, no hay albergue ni pub que no esté ligado a su lectura”.
 
De Seamus Heaney Jordi Doce nos deja “San Kevin y el mirlo”: “Una metáfora espléndida del trance poético y el don para ser uno con aquello que se concibe desde la imaginación”. Un poema que después escuchará recitar a Heaney: “Quien se complacía en el guiño travieso que subrayaba el vaivén de sus manos al dibujar en el aire la celda y el vuelo del mirlo…”.
 
Les seguirían luego los poetas que el autor fue descubriendo durante su etapa en Sheffield, entre ellos Peter Redgrove –sobre el que escribió su tesina–, y  su “compañera vital y literaria”, Penelope Shuttle.
 
Sin embargo, el orden alfabético se convierte en un puzle que ordena la vida de un lector, a partir de unas piezas que recomponemos conforme avanzamos en la lectura. La propia maquetación refleja el sentido de la vida y la literatura como fragmentos que forman parte de un todo indisoluble.

Hacer poesía escribiendo sobre ella
 
De Heaney se recoge también “De una pluma que recibí como regalo”. Ha pasado el tiempo y ahora el poeta lo recita en 2013 en Avilés. Sobre el poema escribe Doce:
 
Para Heaney la poesía era un don, una visita de la que hay que hacerse digno, y algo de eso hay en estos versos, que son también un conjuro, una plegaria preliminar para facilitar la escritura: déjate llevar, disfruta, no dejes que un exceso de rigor o de consciencia te abrume…
 
A partir de los comentarios va fluyendo la propia poética de Jordi Doce. Acerca del poema “Desconocer la ley no es eximente”, leemos: “De ahí la vaguedad, la fluidez de las transiciones, esa forma que tiene Ashbery de mover la tierra bajo nuestros pies y marear nuestras expectativas”.  Y sobre “Dónde debemos buscar ayuda”, de Robert Bly, escribe:
 
Más allá de su circunstancia personal, me gusta pensar, en efecto, que es una invitación a asumir que somos luz y sombra, día y noche, un saco andante de contradicciones que no conviene reprimir en exceso: aceptar el barro puede ser, extrañamente, una forma superior de limpieza.
 
“Distanciamiento”, un poema visual de Václav Hável, sugiere esta reflexión, en la que los lectores nos sentimos reflejados como en un espejo:
 
Se ajusta como un guante –un guante irónico, desde luego– a este ”vivir sin vivir en mí” en el que muchos andamos sumidos, esa sensación de no estar del todo con uno mismo que discurre como un rumor de fondo detrás de nuestra vida adulta.
 
Pero en la literatura, al igual que en la vida, el humor debe hacer acto de presencia. Y Jordi Doce lo consigue a través de algunos comentarios o del breve relato de alguna divertida anécdota, como la de una lectura de James Tate, que actuaba de telonero de Ashbery. El poema “Una velada literaria” de Nabokov suscita este jocoso apunte:
 
Quien se haya visto obligado a compartir cena con el concejal de turno y compañía después de una lectura de poemas –es un decir– en alguna remota localidad que ha vivido felizmente sin saber de uno y de su poesía, sin duda entenderá el sesgo satírico de estos versos.
 
“Quejas elevadas a la encargada musa de la poesía lírica, por el sindicato internacional de los poetas líricos”, un poema de la centenaria Naomi Replansky, es un ejemplo más de ese humor tan serio. Entre las numerosas quejas de la poeta a la musa encontramos esta: “4. Nos encierras en nuestro idioma/ hasta cuando sentimos el frío de la patria”.
 
Y acerca del poema: “La verdad sobre mi charla con el Sol en Fire Island”, de Frank O’hara, Jordi Doce anota:
 
El resultado responde perfectamente al deseo tácito de su autor de que en esta vida se puede ser cualquier cosa menos aburrido; ya bastante pesada es la rutina diaria como para que nos convirtamos, encima, en oficinistas de nosotros mismos.
 

El difícil arte de la traducción
 
Jordi Doce ha traducido, entre otros autores, la poesía de Auden, Paul Auster, Charles Simic o Charles Tomlinson. Acerca de Hombres en sus horas libres de Anne Carson, escribe: “La traducción de este libro fue un desafío precisamente porque no había donde agarrarse. El único principio vigente era el de economía, de síntesis, y a veces ni siquiera eso”.
 
Ted Hughes fue el primer poeta que intentó traducir: “Y quizá por ello es el poeta que menos he traducido, o que más me hace dudar al hacerlo”. Acerca del poema “El grito” escribe Jordi Doce:
 
Uno paga con creces sus propios errores, entre los cuales la ignorancia, lejos de ser un atenuante, es de los más graves. Uno cruza la vida tambaleándose, haciendo las cosas a tientas y provocando todo tipo de daños en los demás. Y la excusa infantil de  “lo hice sin querer” no sirve de nada. Quien lo probó lo sabe, y Hughes tuvo el dudoso privilegio de adquirir esa sabiduría muy pronto.
 
Del norteamericano Reginal Gibbons traduce “Oda: en una estación de servicio de 24 horas”. El este caso la dificultad estriba en dar “un tono de voz verosímil, al anciano que conversa con el narrador”:
 
No sé si lo he conseguido. Pero sé que con este y otros poemas Gibbons nos demuestra que es posible hacer una poesía culta, trabajada, nada complaciente en términos de lenguaje y dicción, y al mismo tiempo asomarse con nobleza a los pliegues y hondones de nuestra mal llamada sociedad de la abundancia.
 
En alguna ocasión Jordi Doce no ha traducido del original, sino de la versión inglesa. Sucede con el poeta chino Bei Dao. Impactado por su poesía, solo quiere “dar cuenta de su entusiasmo”. Del húngaro George Gömöri se recoge el interesante poema “Lorca, camino del alba”, “por su manera de llorar la muerte de Federico García Lorca rehaciendo con la imaginación el camino que tomó antes de ser ejecutado”.
 
Releyendo a los clásicos, descubriendo lo nuevo
 
No faltan autores clásicos en Libro de los otros: Shakespeare con el soliloquio de Lady Ana, al comienzo de Ricardo III. La “La salida del sol”, de John Donne, poeta cuya lectura por parte del modernismo anglosajón corre paralela a la lectura de Góngora por la Generación del 27.
 
También Emily Dickinson tiene su rincón en este libro, así como los grandes clásicos de principios del siglo XX: Ezra Pound o Eliot y su famoso “Entierro de los muertos” de  La tierra baldía:
 
Con ese verso inaugural (“Abril es el mes más cruel”) del que ya parece imposible escapar; quiero decir que cuando el traductor colectivo que son varias generaciones de lectores han convertido un verso (o un título) en cita famosa, parece un poco pueril querer enmendarle la plana.
 
Sin embargo, junto a una extensa nómina de reconocidos poetas, como por ejemplo Mark Strand, –del que Jordi Doce ha seleccionado, unos poemas excepcionales– aparece una jovencísima Kiran Millwood Hargrave (1990), con el poema “Huésped”, “una miniatura tan precisa como delicada”.
 
Esos secretos  tan bien guardados
 
Se desvelan en Libro de los otros muchos “secretos bien guardados”, como la canadiense P.K. Page; o Dorotea Tanning –fallecida en 2012, a los 101 años–, que publicó su primer poemario cuando tenía 94 años, después de haber dedicado su vida a la pintura. Me ha conquistado esa “Mujer saludando a los árboles”.
 
El poema “La concha” de Molly Drake, madre de Nick Drake, quizás no se hubiera recogido “de no ser la madre de un músico famoso”. Pero hay algo especial en ese poema, “una alegoría veraz de la existencia”.
 
De algunos novelistas ignorábamos que escribiesen poesía, como es el caso de Sebald. Sus dos poemas “ingleses” “ofrecen otra versión de la perspectiva de observador, de testigo en segundo plano, que suele adoptar en su prosa”.
 
Y desconocíamos la poesía de D.H. Lawrence, y su influencia en poetas como Ted Hughes o Sylvia Plath. A pesar de que algunos poemas están “malogrados”, Jordi Doce confiesa su debilidad por este autor. Nos conmueve el poema “Somos los transmisores”, al que Doce le dedica un jugoso comentario. “Da y te será dado, / esta es aún la verdad de la vida” escribe Lawrence, lo que le recuerda a Doce una frase de una entrevista de Alberto García-Alix: “Artista es el que da”:
 
Según este lema tenemos el deber de ser un poco artistas en nuestra vida, cuidar de los detalles y volcarnos en cada mínima cosa que hacemos. Todo un señor programa, en efecto, aunque rara vez podamos o sepamos cumplirlo. Entiendo, al menos, que basta con tenerlo en cuenta o no perderlo de vista mientras avanzamos por el laberinto de los días.
 
Al terminar Libro de los otros tengo la impresión de que todo él forma parte de ese “señor programa”, gracias al cual encontramos un hilo que nos ayuda a transitar por los laberintos de la vida. 
 


Miércoles, 18 de Julio 2018
Carmen Anisa
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