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"Solenoide" o la formación de un clásico

La prosa de Mircea Cartarescu en esta novela, publicada por Impedimenta, se tensa a lo largo de todo el arco de las experiencias humanas


En pocas ocasiones nos es dado descubrir con asombro un clásico en formación, una obra nueva que sin duda pasará a formar parte de esas constelaciones literarias que iluminan nuestro devenir. La novela “Solenoide”, de Mircea Cartarescu, podría pertenecer a esta categoría, pues su prosa se tensa a lo largo de todo el arco de las experiencias humanas. Por Marcos Eymar.




En su célebre texto ¿Por qué leer a los clásicos?, Italo Calvino escribió que “toda lectura de un clásico es en realidad una relectura”. Es sin duda cierto en el caso de las obras del pasado que componen la galaxia de nuestro canon literario, las cuales, en palabras del escritor italiano, están rodeadas de “un incesante polvillo de discursos críticos” que explica que, incluso antes de abrirlas por primera vez, las conozcamos o creamos conocerlas.

En algunas pocas ocasiones, sin embargo, nos es dado descubrir con asombro otro tipo de clásicos: el clásico en formación, una obra nueva que, a la manera de las estrellas recién creadas, brilla con tan deslumbrante incandescencia que no nos queda duda de que, en el futuro, pasará a formar parte de esas constelaciones literarias que iluminan el incierto devenir de los hombres en nuestro minúsculo planeta.

Solenoide (Impedimenta, 2015) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956) pertenece a esta última categoría. En una reseña publicada en Revista de libros, Andrés Ibañez calificaba a su autor de “genio” y ese adjetivo, siempre sospechoso de parcialidad o ditirambo, resulta aquí de una perfecta objetividad.

Más allá de los gustos literarios de cada cual, de su nacionalidad, de sus orientaciones sexuales o de sus preferencias políticas, no creo que haya ningún buen lector capaz de negar el virtuosismo estilístico de Cartarescu, su prodigiosa imaginación, su asombroso sentido de la observación, la vastedad de sus referencias literarias, la profundidad de sus intuiciones metafísicas. Se trata para algunos, entre los que me incluyo, de la mejor novela publicada en lo que llevamos de siglo XXI.

Una vez escrita la periodística frase anterior surge la duda: ¿es Solenoide una novela del siglo XXI? La pregunta, absurda si nos atenemos a la evidencia de la cronología, se justifica porque la novela, al tiempo que está escrita en el siglo XXI, parece también escrita contra el siglo XXI.

El narrador, nacido en 1956, al igual que su autor, redacta el alucinado diario que forma el cuerpo de la novela en el Bucarest comunista de los años 80 del pasado siglo. Ningún objeto en la novela (el más moderno es la minúscula televisión en blanco y negro que ve el padre del narrador a la vuelta del trabajo), ninguna referencia literaria (Kafka, Borges, Rilke o el matemático Hinton), ningún voluntario anacronismo remiten al siglo en que vivimos.

No hay ninguna mención, directa o indirecta, a Internet, los smartphones, los big data, los populismos, los algoritmos, los terrorismos, el neoliberalismo, el cambio climático, las migraciones de masa. ¿Cómo es posible que la novela más poderosa, más original, más novedosa que he leído en la última década sea una que parece ignorar completamente los últimos treinta años de Historia? ¿Se trata de un simple azar? ¿O bien hay razones más profundas detrás de esa aparente paradoja?  

Las grandes novelas de las primeras décadas del siglo XX se ambientan en el presente de sus autores. El punto de partida de En busca del tiempo perdido (1913-1927) es la madurez del narrador, y sus últimos tomos reflejan acontecimientos contemporáneos como la Primera Guerra Mundial, esa misma que pone fin a la estancia en el sanatorio de Hans Castorp en La montaña mágica de Thomas Mann (1924); las peregrinaciones de Leopold Bloom en el Ulises (1918-1920) tienen lugar el 16 de junio de 1904, unos quince años antes que la Mrs. Dalloway de Virgina Woolf (1925) saliera a comprar unas flores; la pesadilla burocrática de K. en El proceso (1925), aunque no aparezca fechada, no pudo ser muy anterior a la época de Kafka, aunque solo fuera porque sus protagonistas se desplazan en coche y llaman por teléfono… Solenoide aparece así como una excepción: sin ser una novela histórica ni alegórica se sitúa en un espacio-tiempo muy alejado, en principio, de nuestra contemporaneidad.

Del costumbrismo al misticismo

Una posible explicación es que Cartarescu, aunque haya publicado su obra cumbre en el siglo XXI, es, por su fecha de nacimiento, un hombre del siglo XX. Pero un autor como Proust (1871-1922) también vivió los años clave de su formación estética y sentimental en el siglo XIX, y ello no le impidió crear una de las obras más influyentes de la siguiente centuria.

Del mismo modo, tampoco cabe aducir que los lectores de mi generación (la de los años 70 y 80) que ahora admiramos Solenoide somos “emigrantes digitales” con horizonte de expectativas propios del siglo XX. ¿Acaso no fue Valéry Larbaud, nacido en 1881, uno de los que primero y mejor comprendió el valor de una obra tan rompedora como el Ulises de Joyce? ¿Acaso no hemos vivido también nosotros en un momento biográfico clave los profundos cambios provocados, en los albores del siglo XXI, por la revolución digital?

La respuesta, sospecho, va más allá del fácil juego de las periodizaciones. El auténtico leit-motif metafísico de Solenoide es la huida: “Un libro tiene que ser una señal, tiene que decirte “adéntrate aquí” o “detente” o “vuela” o “ábrete en canal”. Un libro tiene que pedirte una respuesta. Si no lo hace, si detienes tu mirada en su superficie ingeniosa, inventiva, tierna, sabia, divertida en lugar de clavarla donde ese libro indica, entonces has leído un libro literario y has dejado escapar una vez más el sentido de cualquier esfuerzo humano: salir de este mundo” (p. 264).

Esa tentativa desesperada de escapar “a la burocracia psíquica de lo real” exige, paradójicamente, una atención sin concesiones a la realidad: “No siento respeto por el arte que procura comodidad y alivio, por las novelas y la música y la pintura que te hacen más soportable la estancia en la celda. No quiero pintar en la pared descascarillada los jardines de las Tullerías y tampoco quiero pintar la letrina del rincón en tonos rosas. Quiero ver a la amazona del circo tal y como es, tuberculosa y llena de piojos, acostándose con todos por una copa de absenta.” (p. 672). El condenado a muerte observa con minuciosidad obsesiva cada rincón de su calabozo, en busca de la imposible grieta que le devuelva un poco de esperanza.

Esta actitud literaria y vital explica en gran parte la fuerza estética de Solenoide. Por un lado, Cartarescu nos ofrece descripciones inolvidables de Bucarest, “la ciudad de la ruina, de la decadencia, de las enfermedades, del óxido.” (p. 124). Con la precisión de un escritor costumbrista, transfigurada por un lirismo desesperado, el narrador nos detalla la escuela donde imparte clases de rumano y los barrios periféricos por donde arrastra su existencia:

“Calles rectas, infinitamente largas, nostálgicas como todas las de los arrabales, con cometas enredadas en los cables eléctricos, con algún coche oxidado apoyado sobre unos troncos en medio de un patio, con críos buscando lombrices y gente canosa comiendo al fresco, bajo el guindo o el nogal, a la luz de una bombilla rodeada de polillas y mosquitas transparentes” (p.121).

En la trama grisácea de la miserable vida cotidiana bajo el comunismo, irrumpen a lo largo de todo el libro visiones, sueños y alucinaciones delirantes reproducidos con la misma precisión de las estampas diurnas: “En las pupas abiertas pugnaban por salir al exterior unas polillas lívidas de caras y manos humanas, de estatura humana, de rostros femeninos, bocas de niño somnoliento y miradas azules y firmes, de inteligencias conectadas por el ombligo al espacio lógico” (p. 666).

Del costumbrismo al misticismo, de lo grotesco al horror, la prosa de Cartarescu se tensa a lo largo de todo el arco de las experiencias humanas. La suya es una “escritura en profundidad” que busca desgarrar la página para hacer ver territorios nunca antes explorados. La cifra de esa terra incognita es la cuarta dimensión, que el narrador de Solenoide persigue obsesivamente en los sueños, en el sexo, en la locura, en las especulaciones de Charles Howard Hinton o en el hermetismo del manuscrito Voynich.

Sin embargo, para alcanzar esa dimensión suplementaria, esa iluminación liberadora, el narrador parte de la desolada pero intensa tridimensionalidad del mundo que le rodea: las perspectivas ruinosas de Bucarest, las líneas de los tendidos eléctricos, las manchas de humedad en las fachadas.

La vívida multidimensionalidad de Solenoide nos da quizás la clave de por qué su lectura nos sacude con más fuerza que tantos textos contemporáneos que se esfuerzan por reflejar las mutaciones de nuestra época, y en concreto los cambios sociales y perceptivos provocados por la aparición disruptiva de Internet, el elemento más definitorio del siglo XXI.

El ciberespacio, a pesar de las fascinantes e inéditas posibilidades que abre en términos de conocimiento y comunicación, se manifiesta en las pantallas como un espacio bidimensional –lo mucho que nos aporta en términos de información nos lo retira en términos de experiencia. En muchas ficciones actuales la presencia de las nuevas tecnologías tiende a desdibujar la desgarrada dialéctica que se establece en Solenoide entre la presencia abrumadora de una realidad sórdida y opresiva y el impulso irreprimible de superarla. El desarrollo de lo virtual desdibuja la realidad hasta volverla incierta – de ahí, como reacción, el auge de la autoficción–, al tiempo que aplaca los impulsos místicos y espirituales que, a lo largo de la historia, han alimentado a otros mundos con el exceso de realidad que se padecía en este. Cabe conjeturar que, de haber conocido Internet, el atormentado narrador de Solenoide la hubiera considerado como una de esas falsas puertas que “están pintadas con maestría, pero no se abren”.

Por supuesto, sería absurdo y retrógrado decretar que el universo digital será incapaz de generar una obra del nivel de Solenoide. Ahora bien, dicha obra, aun por escribir, no podrá limitarse a incorporar sus aspectos más superficiales, de forma mimética, so pena de volverse literariamente bidimensional, sino que tendrá que incorporarlos como vivencia a una cosmovisión tan compleja y personal como la que desarrolla Cartarescu en su novela. Conocemos ya el siglo XXI de los sociólogos, los ingenieros, los economistas, los historiadores, los empresarios – aún ignoramos el siglo XXI de los escritores. 

Solenoide abre la posibilidad de que sea algo muy distinto de lo que habíamos imaginado. Quizás en él los ácaros y los sillones de dentista desempeñen un papel más relevante que Facebook y los smartphones. Los solenoides, gigantescas bobinas generadoras de poderosos campos electromagnéticos enterradas bajo edificios de Bucarest y que producen efectos de levitación, se convierten en una metáfora del mejor arte: algo oculto en las profundidades de la realidad y que, al mismo tiempo, permite elevarse por encima de ella:

“Así tenía que ser la literatura para que pudiera significar algo: una levitación sobre la página.” Quizás la gran literatura de nuestra época esté sobre nuestras cabezas y nosotros, absortos en las pantallas, no la hayamos visto; quizás, literariamente, nuestro siglo empiece en  Bucarest, como el siglo XX empezó en Praga o en Dublín; quizás Solenoide no sea solo la mejor, sino también la primera novela del siglo XXI.


Lunes, 10 de Diciembre 2018
Marcos Eymar
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