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COMPLEJIDAD Y MODELO PEDAGÓGICO
COMPLEJIDAD Y MODELO PEDAGÓGICO

"Necesitamos escuelas de complejidad porque el rechazo de la complejidad es el principio de toda tiranía". José García Calvo

El autor de este texto es un vocacional maestro que anduvo por las aulas de algunas escuelas andaluzas durante 30 años. Hoy sigue en la escuela de la vida, y en otras aulas del mundo, compartiendo lo aprendido y su amor por la educación. Esta historia que nos narra es un acontecimiento que vivió a principios de la primera década de este siglo. De un brochazo Juan Miguel nos describe, con su acostumbrada sensibilidad, la historia de Paquito y la fuerza de la vida que en él anidaba. Una fuerza que sobrepasando los más negros augurios, permitió poner de manifiesto la dignidad con la que el personaje supo construir una sabiduría vital para sostenerse mientras le quedó aliento.


Carne de Cañón con Alas
Por entorno, la pobreza

Todo era negro. Negra era la noche. Negras eran las casas. Negro era el vestido. Negro era el dolor. Negra fue la espera y rojo el corazón.

Fue en una noche loca, de esas en las que movidos por la búsqueda y la huidabbf, los pobres se abrazan sin temor a la vida y al amor. Y después de nueve meses y cuatro horas de dolorosa espera, las puertas de la vida se abrieron para echar al mundo al más risueño y moreno de los bebés de las chabolas.

Aun no había cumplido los doce años cuando abandonó la escuela. Su pobre existencia era únicamente el producto de una familia pobre, que habitaba en una ciudad pobre, de esas en las que como siempre, grandes mayorías de harapientos o de esclavos de cuello blanco y negro, se mueven frenéticamente por un centro urbano rodeado de gigantescos espacios de pobreza. Pero su futuro empezaba.

Creció como todos, a base de malnutrición y trampeando la suerte de vivir a cada instante, hasta que un día, llegada la edad, le ofrecieron la posibilidad de "ser alguien en la vida". Sin dudarlo un instante se alistó voluntario al ejército en un cuerpo militar que cantaba sin rubor el "¡Viva la muerte!". Al menos confiaba en comer caliente todos los días.

- ¡Por favor! ¡Háganme el favor! ¡Por caridad! ¡Por caridad!...

Pasé de largo sin notar su presencia, porque en aquella calle a esas horas de la mañana, es habitual encontrar a una multitud de variopintos personajes que se buscan el sustento mediante un sinfín de espectaculares e inverosímiles actividades. Sin embargo y después de haber recorrido más de la mitad del largo de aquella famosa y bulliciosa calle, su voz retumbaba cada vez con más fuerza en las paredes de mi corazón.

-¡Por caridad! ¡Por caridad!...

Aquella voz provocó en mí el más tumultuoso y desconsolado de los sollozos. En aquel instante no supe entender por qué aquella reacción tan histéricamente sentimental, pero movido como por un resorte, me di inmediatamente la vuelta dirigiéndome presuroso a dar una limosna a aquella voz que hacía temblar los cimientos de una peregrina existencia como la mía.

Mi sorpresa fue mayúscula, porque allí estaba él, aquel risueño niño moreno que había nacido en las chabolas de la margen izquierda del río, allí donde se amontonaban las basuras y la nueva clase obrera depositaba los escombros de interminables obras de reforma, que servían paradójicamente para la construcción de horribles y mortecinos habitáculos a los que nada tenían.


Paquito se alista en la legión a los 18 años

- ¡Don Juan, don Juan! ¿Cómo está usted? ¿No se acuerda de mí? Soy Paquito, aquel niño al que usted compró unas zapatillas de deportes. ¿Me recuerda? Usted siempre estaba a mi lado y varias veces fue a mi casa a hablar con mi madre.

- No lo veo desde que abandoné la escuela. ¡Ojalá me hubiese quedado allí! Pero en mi casa hacia mucha falta el dinero y me tuve que buscar la vida. ¿Sigue usted de maestro?

No podía dar crédito a aquella escena. Se trataba de Paquito, aquel escuálido niño que casi todas las mañanas llegaba tarde a la escuela sin haber desayunado y al que me resultó imposible enseñar a dividir, pero que ahora, cuando acababa de cumplir cuarenta años me estaba regalando una de las lecciones más trascendentales de mi vida.

- ¡Ay Paquito! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué te ha pasado? ¿Qué ha sido de tu vida?

Con esa voz quebrada de bebedor y fumador impenitente, me contó que cuando abandonó la escuela, estuvo trabajando y trapicheando con el último de los amantes de su madre y que harto ya de palizas y reformatorios, decidió alistarse en la Legión nada más cumplir los dieciocho.

Emocionado por mi presencia y expresando un para mí auténtico convencimiento, me dijo que después de haber pasado tanto, daría la vida por la patria si fuese necesario. Haciendo esfuerzos inútiles por levantarse de una desvencijada silla de ruedas, comenzó a detallarme emocionadamente lo que consideraba más valioso.


Fuente: PRPV Blog
Fuente: PRPV Blog
La dignidad del niño de la calle que llegó a "ser alguien"

No tenía piernas, la derecha cortada por encima de la rodilla como consecuencia de un accidente con una mina de carro y la izquierda amputada quirúrgicamente debido a problemas circulatorios. Pero para su desgracia, también carecía del brazo derecho y de un dedo de la mano izquierda, ya que sus extremidades habían ido poco a poco necrosándose a causa de una diabetes y un alcoholismo endémicos.

- ¡Gracias maestro! ¡Gracias maestro! ¡Dios te bendiga!...

Conteniendo a duras penas la emoción de aquella triste escena, me acerqué a él y sin haberle preguntado nada, siguió contándome mil y una aventuras de cómo un niño se gana la vida en la calle y de cómo ahora, a pesar de estar postrado en la silla de ruedas, se sentía bien, porque había llegado a "ser alguien". Y así, sin darle importancia, me relató como había conseguido andar con una pierna y como se había adaptado después a la silla de ruedas, una silla que había aprendido a manejar él sólo, sin necesidad de ayuda y esto a pesar de que únicamente contaba con un brazo.

Orgulloso me contó como consiguió aprender a hacerlo todo con la mano izquierda, así como sus avances en la escritura y el dibujo con la boca, porque según me decía, los médicos ya le habían vaticinado que su mano izquierda no le iba a durar mucho tiempo y por eso se estaba preparando para cuando ocurriera, ya que si había algo que realmente le gustaba en la vida, era pintar.

Con su boca dibujaba torpemente pintorescos paisajes en los que siempre destacaban en primer plano flores amarillas y rojas. Decía que el amarillo era el color del sol que es la estrella que da vida a todo lo que hay en el mundo y que el rojo es el color de la sangre, que es la que le da la vida a las personas y a los animales. Emocionado aseveró que la sangre era necesaria para todo y que no había nada en la vida que se pudiera hacer sin sangre. Incluso llegó a decirme que una vida sin sangre y sin heridas no era una vida humana que valiese la pena ser vivida.

Su atracción por las flores la explicaba diciendo que las cosas más bonitas se encuentran en la naturaleza cuando nace la primavera, porque lo que se creía muerto vuelve a nacer siempre otra vez y además porque de las cosas bellas siempre sale algo bueno, por eso todas las flores dan frutos en forma de alimento para el estómago o en forma de placer para la vista y el olfato. Sin pretenderlo, Paquito, aquel esquelético niño al que no hubo forma de enseñarle matemáticas, se había transformado en el mejor de los profesores de ética y estética que jamás tuve.

Me contó que tenía un hijo y un hogar que mantenía gracias a una pequeña pensión de invalidez que le había quedado, pero que él se ponía a pedir limosna porque con el importe de su pensión no tenía suficiente y lo que sacaba era para él una ayuda muy importante para los gastos de pintura y alguna que otra botellita de vino. No obstante me dijo también que los médicos le daban muy poco tiempo de vida, pero que él se había empeñado en pintar con la boca y que así le gustaría morirse, en su silla de ruedas con el pincel entre los dientes.

Con lágrimas en los ojos, nos despedimos y hoy, cuando han pasado ya tres años de su fallecimiento no puedo evitar emocionarme cuando compruebo, que aun en las peores condiciones, siempre hay un lugar concreto para la esperanza.

Juan Miguel Batalloso Navas
Lunes 19 de julio de 2004



PORTIA Asociación para la Transdisciplinariedad


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Viernes, 13 de Enero 2012


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