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COMPLEJIDAD Y MODELO PEDAGÓGICO
COMPLEJIDAD Y MODELO PEDAGÓGICO

"Necesitamos escuelas de complejidad porque el rechazo de la complejidad es el principio de toda tiranía". José García Calvo


Intervención de Juan Miguel Batalloso Navas en la sexta sesión del ciclo



« La cuestión está en como transformar las dificultades en posibilidades. Por esto, en la lucha por cambiar, no podemos ser ni sólo pacientes ni sólo impacientes, sino pacientemente impacientes. La paciencia ilimitada que jamás se inquieta, termina por inmovilizar la práctica transformadora. Lo mismo ocurre con la impaciencia voluntarista, que exige el resultado inmediato de la acción, incluso cuando todavía la plantea. »
Paulo Freire

Actualidad de la Experiencia de Reforma Educativa de la Escuela SAFA

Cuando el paisaje educativo dominante en nuestro país se nos presenta cada vez más selectivo y antidemocrático y cuando la educación corre el riesgo de convertirse definitivamente, si es que no lo ha hecho ya, en un mero apéndice del sistema productivo dirigido a estimular el consumo y a promover abundantes dosis de conformidad y entretenimiento a una juventud destinada en su mayoría a engrosar las filas del desempleo o de la precariedad laboral, es cuando se hace más patente que nunca la necesidad de analizar a fondo lo que está sucediendo en nuestras instituciones educativas.

Al día de hoy no existen dudas de que las medidas de política educativa adoptadas en lo últimos años, bajo la apariencia de incrementar la calidad de la educación, en realidad han estado dirigidas a controlar y desproteger el sistema educativo público haciéndolo más selectivo y vaciándolo de contenido democrático, al mismo tiempo que se apoyaba la concepción de que la educación como derecho humano y social debe estar sometida, como cualquier otro producto más, a la libertad de mercado.

Desde esta perspectiva las supuestas medidas de eficacia administrativa y organizativa, no solo han conducido a una burocratización y desprofesionalización creciente de nuestras instituciones educativas, sino también a una pérdida progresiva de contenido específicamente formativo y de desarrollo humano, en el sentido de que los contenidos que nuestros alumnos trabajan en las aulas están cada vez más alejados de las necesidades educativa que la sociedad de la información exige.

Sin embargo las necesidades educativas que han ido surgiendo y a las que nuestras escuelas e institutos deberían haber hecho frente, arrancan de lejos. Las expectativas que la LOGSE abrió a partir de la década de los noventa pronto se diluyeron, debido entre otras causas a las insuficientes condiciones de financiación; a la ineficacia y conflictividad de los procesos de implantación; así como a las numerosas resistencias al cambio procedentes tanto de factores políticos e ideológicos, como de índole profesional, causas que terminarían poniendo una vez más de manifiesto que para el cambio educativo no bastan las leyes.

Las leyes, las normas, los reglamentos, la financiación deben y realmente son, condiciones necesarias para poner en marcha un proyecto educativo, pero en ningún caso pueden constituirse en condiciones suficientes, porque tal y como nos muestra la Historia de la Educación, aun en las condiciones materiales más precarias y con las leyes y reglamentos más reaccionarios y autoritarios, pueden obtenerse los frutos más genuinamente educativos, sobre todo cuando la convicción y el compromiso pedagógico se funden en situar por encima de cualquier otra circunstancia, como ejes centrales de toda actividad educativa, el valor de la persona y el valor de la libertad.

Y esto fue dicho de manera sencilla lo que sucedió en la Escuela SAFA Riotinto con la Experiencia de Reforma Educativa comenzada en septiembre de 1970 y desafortunada e injustamente finalizada en 1973. Cuando en un centro educativo existe la convicción y el compromiso de crear las condiciones para que todas las personas sin excepción puedan desplegar libremente todas sus posibilidades de desarrollo, la educación deja de ser una actividad burocrática dirigida a obtener títulos, pasando a convertirse en un riquísimo proceso de crecimiento personal orientado a la realización de lo que cada uno tiene como singular, proceso que es al mismo tiempo individual y social, y que se construye a través de la reflexión, la acción, el diálogo, la responsabilidad y la creación y recreación de valores democráticos.

El panorama de nuestro sistema educativo

A cualquier observador no le pasa inadvertido que en los últimos cuarenta años la sociedad española ha cambiado en todos lo órdenes, ya sean estos económicos, culturales, sociales y políticos, sin embargo nuestro sistema educativo sigue padeciendo entre otros, el mismo problema: el de llenar las cabezas de nuestros estudiantes de conocimientos inútiles, desconectados de la realidad social en la que viven y cuya función no es otra que la de seleccionar a los más capaces de adaptarse y obedecer a las necesidades que el sistema socioeconómico demanda.

Mientras que en las declaraciones de principios de todas las leyes educativas de nuestro país se habla de la necesidad de educar en valores democráticos de convivencia, paz, libertad, solidaridad, responsabilidad, etc., y en la urgencia de desarrollar un pensamiento crítico, ético y global capaz de hacer frente a los cada vez más complejos problemas de esta sociedad que nos ha tocado vivir, en nuestras escuelas parece como si el tiempo no hubiese pasado.

Aunque hoy gozamos de muchísimos más recursos materiales y técnicamente existen más posibilidades de aprender con eficacia, lo cierto es que en el terreno de la educación de la persona, en el ámbito de la formación humana y social hemos realmente avanzado muy poco.

Nuestras escuelas son incapaces de aprender de su propia experiencia como organización y como comunidad y aunque hoy existen numerosos mecanismos para concretar y hacer visibles los proyectos educativos, todo se queda en papeles que duermen en los cajones de las direcciones y las jefaturas de estudios: el diálogo, la reflexión compartida y el compromiso colectivo en la mejora del centro educativo como comunidad social educadora son prácticamente inexistentes.

Nuestro profesorado, con un perfil profesional mayoritario de funcionarios y desbordado ante la magnitud de los problemas a los que tienen que hacer frente diariamente en sus aulas, se ve cada vez más tentado a desvincularse del compromiso ético y social que todo acto educativo lleva implícito y así nuestros centros más que lugares en lo que se desarrollan y educan personas se parecen más bien a oficinas en las que nadie se conoce y únicamente se trata aquello que pertenece a lo de su especialidad, como si la educación fuese un problema de especialización: si la profesión de enseñar no está indisolublemente unida a la necesidad de aprender, difícilmente nuestros alumnos podrán educarse a través de personas que ya lo tienen todo aprendido y no quieren comprometerse con las personas.

Ante estas realidades y dado que hoy estamos atravesando una de las más profundas crisis sociales, que afecta a las más diversas instituciones, desde la familia hasta otros colectivos sociales, y dado también que nuestra sociedad se parece más bien a un gran hipermercado en el que la libertad ha perdido todo sentido de autodeterminación, creación y esperanza para quedar exclusivamente reducida a una mera y mínima posibilidad de elegir mercancías, necesariamente tenemos la responsabilidad de indagar y traer a la luz aquellas experiencias históricas, que aun habiendo surgido en contextos sociales y culturales muy determinados, tienen hoy plena vigencia educativa, sobre todo si tenemos en cuenta los problemas a los que nos enfrentamos y la absoluta inoperancia de las medidas competitivas y selectivas puestas en marcha para solucionarlos.

Mientras escribo estas líneas, se agolpan en mi memoria numerosas escenas y biografías de lucha y compromiso social en las que el pueblo de la Cuenca Minera de Riotinto ha ido acumulando poco a poco, a lo largo de más de un siglo, todo un caudal de coraje y esperanza, que a pesar de todas los problemas de este tiempo presente, sigue siendo un testimonio de cómo las dificultades pueden siempre transformarse en posibilidades. Pero lo que tal vez mucha gente no valore o sencillamente ignore, es que en la historia social, política, cultural y humana de la comarca en sus últimos cuarenta años, y en el mantenimiento de esa heroica tradición reivindicativa y democrática, la Escuela Profesional SAFA de Riotinto jugó un papel muy importante. Una Escuela que en sus últimos tres años de funcionamiento dejó marcado para siempre en el corazón de aquellos jóvenes, el valor de la libertad, la amistad y el coraje de pelear por una sociedad y un mundo mejores.

CUANDO LAS DIFICULTADES SE TRANSFORMAN EN POSIBILIDADES

Fue a principios de los años sesenta, concretamente en 1959, al amparo de una ligera recuperación económica que generó un cierto clima de optimismo y expectativas en toda la comarca, cuando la Compañía Española de Minas Riotinto S.A. construye, pone en marcha y mantiene la Escuela Profesional de Riotinto y de cuyo funcionamiento educativo se hace cargo la Compañía de Jesús, a través de la Institución Sagrada Familia (SAFA).

Los primeros años de funcionamiento de la Escuela coinciden también con la llegada a la cuenca minera de un grupo de sacerdotes, decididos a impulsar en la comarca un nuevo modelo de religiosidad cristiana más evangélica y encarnada en el mundo obrero y en la sociedad, y mediante la que se va gestando una enriquecedora síntesis entre la tradición marxista y combativa que estaba resurgiendo en la cuenca y el mundo de los valores cristianos, síntesis que por otra parte ya había fructificado en América Latina con el nacimiento de la Teología de la Liberación y la Educación Liberadora de Paulo Freire.

Es en este contexto, marcado por la represión y las duras condiciones de vida, pero también animado y esperanzado por el surgimiento de una dinámica religiosa, social y cultural nueva que sintetiza la identidad y el sentir minero, con los valores de solidaridad, esperanza y compromiso, en el que se abre paso una Experiencia de innovación educativa promovida por un sacerdote jesuita, el padre Miguel Ángel Ibáñez Narváez, que tiene el acierto de desencadenar sin pretenderlo, tal y como nos ponen de manifiesto sus protagonistas, uno de los más enriquecedores procesos educativos, de maduración personal y compromiso social que se hayan dado en la Andalucía del siglo XX.

La Escuela Profesional SAFA de Riotinto tuvo desde su fundación en 1959 un impacto en la comarca sin precedentes. Era esperada, deseada y admirada por todos los sectores sociales, se la consideraba y así fue realmente, como un factor de bienestar y progreso de primer orden. Las expectativas que se levantaron fueron extraordinariamente positivas y lo más importante: este clima de aceptación fue aumentando a lo largo de los años, lo que queda probado por el incesante aumento del número de alumnos.

A su vez, la Escuela Profesional era también una escuela ejemplar en muchísimos aspectos. La modernidad de instalaciones; la originalidad de sus construcciones; los servicios que prestaba de comedor; de club social para los jóvenes; sus actividades culturales; sus cursos de Formación Profesional de adultos; sus excursiones y colonias de verano, etc.

No hay dudas de que la creación y el funcionamiento de la Escuela suministró profesionales de un alto nivel de capacitación y personas de una sólida formación, sin embargo aquella Escuela, al igual que todas las escuelas e institutos de España de aquella época, estaba marcada y atravesada por el estilo pedagógico del franquismo, un estilo caracterizado por prácticas pedagógicas autoritarias y disciplinarias y sobre todo por el carácter extraordinariamente selectivo y meritocráctico de sus planes de estudio.

Aquella Escuela era también una Escuela profundamente selectiva que dejó en la cuneta y marginó a numerosos alumnos por el simple hecho de no haber superado los criterios que la institución SAFA y la dirección aplicaron, criterios que formaban parte de lo que se consideraba como normal y legítimo en un país en el que la educación no era considerada como un derecho social público. Se trataba de una típica escuela nacionalcatólica y por tanto sujeta a las rutinas, costumbres, tradiciones y prácticas peculiares de la educación bajo el franquismo, pero con la notable diferencia de que existía una comprometida vinculación y dedicación del profesorado con el proyecto educativo SAFA, un proyecto cuyas raíces más emblemáticas hay que situarlas en la educación y la promoción de los sectores sociales más desfavorecidos de Andalucía.

Lo cierto fue que la situación educativa de la Escuela fue poco a poco deteriorándose como consecuencia de diversos factores entre los que destacaba el escaso papel que la Escuela ejercía en la promoción social, puesto que cada vez había menores garantías de colocación para sus alumnos, así como la insuficiente atención presupuestaria y material que la Empresa minera comenzó a practicar a partir de 1968 y que definitivamente daría lugar al desentendimiento total por parte de la UERT de Leopoldo Calvo Sotelo. personaje que terminaría por entregar la Escuela al Estado acabando definitivamente con la reforma educativa emprendida. Sin olvidar tampoco que a partir de aquellos años comienza a manifestarse más agudamente la tendencia social dominante de minusvalorar la Formación Profesional frente a un Bachillerato emergente, como consecuencia entre otras cosas del empuje de las nuevas clases medias y del desarrollo urbano.

Los pasos previos de una reforma educativa

De este modo se llega a una circunstancias en las que los propios profesores no tuvieron más remedio que comprometerse radicalmente en la reflexión y la acción para satisfacer unas necesidades educativas que al analizarlas desde la distancia que dan los más de treinta años transcurridos, no solamente vemos como siguen siendo las mismas, sino que incluso se presentan de forma más grave, aunque en todo este tiempo se hayan hecho tantas leyes educativas y hayan cambiado tan profundamente las condiciones materiales y sociales para una educación mejor en nuestro país.

La Experiencia de reforma educativa partió en realidad de una situación que se consideraba insatisfactoria y en cuyo análisis se implicó la totalidad del Claustro de Profesores y especialmente la propia Dirección de la Escuela, a cuyo cargo estaba Miguel Ángel Ibáñez, que fue en todo momento el más comprometido responsable en impulsar la reflexión y el análisis crítico sobre los problemas educativos del alumnado a los que había que dar solución.

Allí se comprobó que existía un rechazo general de los alumnos hacia la Escuela, rechazo que se expresaba en individualismo, competitividad, falta de participación, ausencia convivencia y relaciones humanas auténticas, pero también en una pasividad, falta de colaboración, conformismo y apatía que hacían que la totalidad de los alumnos estuvieran desvinculados de su Escuela, que no se identificaran con ella ni con sus objetivos. La Escuela era considerada como algo que no les pertenecía, pero a la que había que asistir porque sus padres así lo habían ordenado, aunque tenían muchas dudas de que su asistencia pudiera ya servirles para la mejora de su presente y de su futuro.

Aquellos alumnos manifestaban también un escaso interés por las tareas escolares y el aprendizaje en general y una ausencia total de espíritu crítico. Todo lo que hacían formaba parte de una ceremonia carente de entusiasmo y motivación, a la que se sumaban de mala gana siendo sabedores de que o se adaptaban y pasaban por los criterios establecidos, o corrían el riesgo de ser excluidos de la misma.

Transcurrido el curso escolar 1969/1970, aquella Escuela ya no gustaba casi a nadie, aunque su situación no era diferente de la mayor parte de las Escuelas e Institutos de España en aquellas fechas. Ya no era aquella Escuela que en los primeros años de la década de los sesenta había levantado tanto interés y expectativas. Urgía realizar un diagnóstico serio y capaz de poner al Claustro de Profesores sobre la pista para encontrar explicaciones y soluciones satisfactorias capaces de hacer frente a la situación, por lo que emprendieron en septiembre de 1970 una de las iniciativas más originales para resolver problemas educativos: constituirse en un grupo de autoformación y de investigación de su propia práctica educativa.

De esta manera identificaron varios problemas y necesidades educativas y entre los que destacaron los siguientes:

1. Concepción del aprendizaje, del saber, de los conocimientos o de la cultura en general como algo que pertenece a un mundo diferente al de los alumnos, al mundo de los libros, de la escuela y de los maestros, lo cual lleva a la mayoría de ellos a hacer las tareas escolares por puro imperativo del profesor, por aceptación incondicional de lo que dice el libro o simplemente por obtener una recompensa en forma de calificación.

2. Evaluaciones puramente memorísticas, selectivas y de un fuerte impacto negativo en la autoestima de los alumnos. Uso y abuso de exámenes como procedimiento privilegiado y exclusivo de calificación.

3. Carácter autoritario y dogmático del sistema escolar, así como creencia de que las opiniones propias de los alumnos no son valiosas y que su papel se reduce bien a obedecer o adaptarse a lo establecido.

4. Clima escolar y pedagógico dominado por la dependencia, el paternalismo, el autoritarismo y en el que los alumnos no tenían nada que hacer ni que decir, puesto que siempre se encontraban con todo hecho y preparado de antemano, con todas las decisiones tomadas y sin ninguna posibilidad de participar.

COMPROMETIDOS CON EL CAMBIO

Aquellos profesores eran muy conscientes de sus limitaciones e intuían con nitidez las dificultades de la tarea a la que se enfrentaban. Estaban muy inseguros e incluso manifestaron miedo ante las incertidumbres de unas expectativas que no estaban garantizadas y sin embargo tenían el convencimiento de que había que cambiar y que por muy mal que les saliesen las cosas, las insuficiencias educativas no iban a ser mayores que en años anteriores.

Fue en este clima social de incertidumbre e inseguridad, en el que Miguel Ángel Ibáñez, Director de la Escuela e impulsor de la Experiencia, asume el riesgo de plantear la opción de si reformar la Escuela en su totalidad o si reformarla sólo parcialmente, dilema que los profesores resuelven aceptando el reto, o más bien la aventura de hacer frente a una reforma educativa para la que no había recetas ni proyectos elaborados de antemano.

Proponían medidas que podían cambiarse o mejorarse en el transcurso de la práctica, pero lo que realmente les interesaba, más que partir de recetas o fórmulas ya conocidas, era sobre todo conseguir que los alumnos se interesasen por la educación y las tareas escolares, pero sin basarse en criterios y objetivos previamente establecidos por los profesores, sino partiendo de los propios alumnos, basándose en ellos y fundándose en las necesidades y demandas formuladas por ellos mismos ya fuesen directas o expresadas y manifestadas implícitamente. De lo que se trataba en suma era de hacer una pedagogía “con” todo el alumnado y con el único fin de poder ayudarles al máximo.

A partir de este postulado, se comenzó a trabajar en lo que se conoce como “Aulas-Taller”, una estrategia organizativa y metodológica que consiste en que el aprendizaje en el aula ha de producirse bajo las mismas condiciones y criterios con que se produce el aprendizaje en el taller, es decir, respetando el ritmo individual de trabajo, la tutela y cercanía humana del maestro de taller con sus alumnos y la disposición en el espacio físico del aula de aquellos materiales y herramientas de trabajo más adecuados a las tareas a desarrollar.

Aquel Equipo de Profesores no tuvo el propósito de copiar explícitamente de experiencias particulares, ni tampoco aplicó una metodología en exclusiva, de hecho no se adhirieron férreamente a ninguna fórmula, sino que más bien trataron de investigar los problemas prácticos, auxiliándose de las ilustraciones pedagógicas de las que disponían y buscando sobre todo los principios y fundamentos, más que las recetas, buscando más que nada aquello que pudiera servir mejor a los alumnos y si la práctica ponía después de manifiesto que lo que se hacía no servía a ese fin, pues se modificaba.

Trabajo personal y fichas de trabajo

El trabajo diario consistía básicamente en el trabajo personal mediante fichas de trabajo que contenían unas determinadas tareas de aprendizaje. De este modo cada alumno iba a su aula de trabajo y cuando terminaba un trabajo o una ficha, empezaba otra, siendo el propio alumno el que pedía ayuda al profesor, que permanecía atento observando si el alumno necesitaba ayuda.
A diferencia de lo que tradicional y habitualmente todo el alumnado había venido haciendo en las clases, a partir de aquel momento ya no se trataba de permanecer todo el tiempo en las aulas escuchando estáticamente los discursos o explicaciones del profesor de turno, sino de todo lo contrario. Ahora el alumno pasaba a ser el sujeto activo de su aprendizaje en coherencia con su tendencia natural a la actividad y mediante el trabajo personal e individual, se convertía en protagonista de su propio y peculiar proceso de adquisiciones.

Se trataba de que cada alumno construyera su personal proceso de aprendizaje avanzando a su propio ritmo y partiendo siempre de una tarea mínima que pudiese fácilmente realizar, con lo que se atendían al mismo tiempo dos principios esenciales: el de individualización y el de actividad. De esta forma se subsanaba aquella tradicional marginación de los alumnos que se estancaban o quedaban rezagados cuando el profesor explicaba para ese supuesto y virtual nivel medio mayoritario del grupo que por lo general únicamente existe en la cabeza del profesor.

Para esta nueva modalidad activa e individualizada de aprendizaje, para cada una de las materias o asignaturas, los profesores elaboraron unas fichas orientadoras del trabajo del alumno, fichas que incluían las actividades más diversas que los alumnos tenían que ir haciendo en sus respectivos cuadernos de trabajo, no solamente a su propio ritmo sino también con el estilo y la forma peculiar que cada uno tenía de hacerlo. De esta manera y guiándose para ello de las instrucciones que le ofrecía la ficha; auxiliándose de los materiales que estaban a su disposición en el aula y que la propia ficha de trabajo le señalaba y orientándose por las pistas y consejos que el profesor permanentemente le ofrecía siempre que fuese requerido para ello, cada alumno iba completando un proceso de aprendizaje individualizado centrado en el trabajo personal por medio de fichas.

Trabajo en equipo

Además del trabajo individual basado en la realización de las tareas propuestas en las fichas de trabajo, aunque con menor frecuencia, también se consideró el trabajo en equipo con objeto de abordar aquellos temas que de forma individual no hubiesen sido posibles o bien porque mediante el trabajo en equipo podía extraérsele a la actividad mucho más valor formativo y educativo. En este sentido se planteaban objetivos tales como aprender a trabajar con los demás compañeros en un objetivo común; aprender a organizarse autónoma y colectivamente para la consecución de una meta; aprender a formular propuestas a los demás; aprender a decidir por consenso y democráticamente mediante mayorías; aprender a escuchar, a ofrecer y recibir críticas y mensajes positivos o simplemente aprender a comunicarse, a dialogar, a tomar y hacer uso de la palabra, etc.

Puesta en común

Con el declarado fin de crear un clima de confianza y convivencia que permitiese a todos los alumnos sin excepción desarrollarse como personas, se adopta la iniciativa de realizar lo que se denominaron “reuniones de asignatura” o también conocidas como “Puestas en Común” con las cuales se específicamente se pretendían

1. Estimular la participación y el aprendizaje de la comunicación: saber escuchar, saber hablar y expresarse con corrección en público, respetar el uso de la palabra y aprender en suma a dialogar.

2. Hacer posible que los aprendizajes y descubrimientos que cada uno de los alumnos iba realizando en el trabajo personal, pudiesen ser compartidos con los demás compañeros, de tal modo que a su vez se fuesen fijando las ideas fundamentales y se pudiese concretar la estructura de cada unidad o tema trabajado individualmente centrándose en los contenidos o ideas fundamentales.

3. Contribuir a que el profesorado pudiera tener un conocimiento más profundo del alumno y del proceso de aprendizaje por él seguido, tanto en relación a las adquisiciones de conceptos y procedimientos o nuevas técnicas y formas de trabajo, como también en cuanto a la presencia y desarrollo de nuevas actitudes y de otras dimensiones formativas que no cabían en el estrecho margen de la tradicional explicación del profesor y la conducta siempre pasiva y receptiva de los alumnos.

Lecciones magistrales

Si el trabajo en equipo estaba pensado para el pequeño grupo de cuatro o seis alumnos y las Puestas en Común se realizaban en el grupo mediano de treinta o cuarenta alumnos que habitualmente constituían el grupo-clase, todavía les quedaba por establecer algún procedimiento para el trabajo con el grupo grande o “Gran grupo”, con lo cual se completaba una cierta coordinación y trabajo en común entre el grupo-clase, o grupo mediano del aula que se correspondía con la “Sección” y el “Gran grupo” que se correspondía con el “Curso” o conjunto de alumnos que pertenecían al mismo nivel y tipo de estudios. Y este procedimiento fue el que denominaron como “Lecciones magistrales” que no eran otra cosa que lo que comúnmente entendemos por ello, es decir, la explicación de un tema general por el profesor o especialista, pero con la salvedad de que allí se hacía en contadas ocasiones y únicamente cuando se trataba de iniciar un nuevo proceso de aprendizaje, o una nueva unidad temática, o bien cuando se recapitulaba, repasaba o sintetizaba un determinado tema o periodo de aprendizaje.

Horarios y tiempos

En correspondencia con el tipo de trabajo que se pretendía poner en marcha y dada la importancia que se le daba a la creación de un clima de confianza y comunicación, los profesores pensaron que el trabajo personal y en equipo debería ser distribuido por cada alumno con autonomía pero siempre concretado en lo que se denominó el “Plan de Trabajo”, plan que el propio alumno realizaba bajo la supervisión del tutor.

Por tanto y desde el respeto a la autonomía de los alumnos, no se podían elaborar horarios rígidos y programados por criterios puramente aritméticos, lógicos o fijados por la administración educativa, por lo que necesariamente la distribución del tiempo siempre era flexible e individualizada, siendo impensable un horario igual para todos, puesto que el principio del que se partía era que el horario estaba al servicio de la persona del alumno y no el alumno al servicio del horario, como había ocurrido hasta entonces y habitualmente sucede en la gran mayoría de las escuelas. No obstante esta flexibilidad individualizada de la distribución del tiempo de permanencia en la Escuela, no impedía que pudieran de alguna manera programarse regularidades por semanas o quincenas, porque en cualquier caso siempre era posible introducir las actividades colectivas que se considerasen más oportunas.

Otro aspecto importante en la consideración de los horarios fue el tratamiento que se propuso para el llamado “Recreo”, un tiempo que se dedicaba al descanso o al juego y cuya razón de ser estribaba en el cansancio que los alumnos experimentaban tras largas horas de permanecer sentados escuchando en silencio las explicaciones del profesor. Sin embargo, si ahora los alumnos podían gozar de flexibilidad horaria y libertad de movimientos este tiempo asignado al “Recreo” no tenía sentido alguno, en cuanto que si un alumno cualquiera podía entrar o salir del aula con entera libertad, la necesidad de descanso en un tiempo especial e idéntico para todos no estaba justificada. Paralelamente si la jornada escolar se reducía como consecuencia de prestar una mayor atención horaria a las actividades deportivas y lúdico-formativas, el “Recreo” como tiempo muerto dentro de la jornada escolar carecía de utilidad e incluso podía resultar negativo para el desarrollo de los nuevos objetivos educativos que se perseguían con la Reforma Educativa.

Espacios

La Escuela Profesional SAFA de Riotinto constituía en su conjunto, tanto por su enclave paisajístico como por su diseño y construcción arquitectónica, un espacio especialmente adaptado para la actividad educativa y cultural, sin embargo todavía quedaba organizar las aulas de un modo diferente y así se hizo.

Del aula en la que permanecían generalmente un mismo grupo de alumnos a excepción de cuando iban al taller, se pasó a la denominada “Aula de materia o asignatura”, a la que todos los alumnos asistían de acuerdo con lo que cada uno de ellos tenía establecido en su “Plan de Trabajo” individual, pudiéndose dar la circunstancia de que por las características especiales de cada aula, unas se destinasen a trabajo personal y otras a trabajo en equipo, a reuniones o a Puestas en Común. Es decir, eran los espacios y su disposición los que estaban al servicio y en función de las necesidades de la educación del alumnado, y no en base a criterios apriorísticos, de rutina o sencillamente unilaterales de la dirección como habitualmente sucede en nuestras escuelas e institutos.

Recursos materiales

En aquella Escuela no existía un mobiliario moderno adaptado a las nuevas exigencias que ya estaban poniéndose de manifiesto con la nueva Ley General de Educación, sino que por el contrario se contaba con los mismos muebles que existían desde la fundación de la Escuela y sus primeros años de funcionamiento, lo cual no supuso ningún obstáculo para utilizarlos de un modo más educativo y acorde con la experiencia de reforma educativa emprendida.

El mobiliario, como cualquier otro recurso se dispuso de manera flexible y en función del tipo de trabajo que los alumnos desarrollaban o del tipo de exigencia educativa que la actividad requería, así por ejemplo, desaparecieron esas hileras individuales de la escuela pasiva y silenciosa, siendo sustituidas por mesas bipersonales o dispuestas para el trabajo en equipo, la asamblea o la Puesta en Común, completando el espacio con estanterías en las que se colocaban numerosos libros y materiales que los alumnos debían consultar para la realización de su trabajo personal mediante las fichas.

Si cada aula era en realidad una biblioteca especializada, carecía también de sentido que cada alumno tuviese un mismo libro de texto igual para todos, puesto que siempre resultaría más interesante y educativo la diversidad de recursos como libros de consulta, revistas, periódicos, transparencias, diapositivas, etc, que al estar a disposición de cada alumno, les permitiría tener una visión más integradora y personalizada de cada unidad o tema de estudio.

Recursos humanos

El meollo de las transformaciones organizativas iniciadas por la Experiencia consistió fundamentalmente en el fortalecimiento y la especial consideración de dos figuras profesionales, la representada por el Tutor del grupo-clase o sección y la del Profesor Encargado de Curso.
Si se trataba de una enseñanza individualizada y personalizada, el Tutor resultaba indispensable porque era el profesional encargado de concretar y articular todos los estímulos y actividades educativas en la persona del alumno, era en definitiva el responsable de establecer las mediaciones necesarias para “personalizar” el particular proceso educativo y de aprendizaje de cada alumno. El Tutor fue el encargado de ganarse su confianza, de establecer un diálogo sincero y fluido con él, de escucharle, conocerle, orientarle, seguirle y ayudarle en el continuo de todo su proceso educativo, por lo que se consideró que su figura y responsabilidad no podían ser impuestas a los alumnos, no podía ser nombrada o elegida al margen de la voluntad o el deseo de cada alumno, sino que por el contrario, necesariamente tendría que contar con su concurso, para que así se pudiesen obtener cotas más altas de convivencia, afecto y confianza, por lo cual finalmente se decidió que dicha figura educativa fuese elegida y nombrada enteramente por los propios alumnos, facilitándose así de entrada, las necesarias expectativas positivas para una relación educativa amistosa, de confianza y de mutuo entendimiento.

Con el mismo objetivo de conocer a los alumnos y sus necesidades educativas se propuso la figura del “Profesor Encargado de Curso”, o profesor responsable del conocimiento y la orientación del curso o conjunto de grupos o secciones de un mismo nivel y tipo de estudios, estando sus funciones básicamente dirigidas a estimular la participación y el autogobierno del “Curso”, para lo cual intervenía cuando lo creía necesario y siempre que los alumnos lo solicitasen bien para aclarar dudas, o bien para serenar tensiones y animar la convivencia o para aportar nuevos enfoques y perspectivas y sobre todo para impulsar a lo largo de todo el año académico actividades formativas y complementarias. Se trataba en definitiva de conseguir que cada “Curso” fuese una comunidad de trabajo viva, dentro de la comunidad amplia de la Escuela.

Enfoques disciplinares

Desde un principio, aquel equipo de profesores comenzó a considerar los contenidos a aprender mas como medios formativos que como fines en sí mismos. Ya no se trataba de atiborrar a los alumnos de informaciones que había que memorizar y repetir mecánicamente, ahora el objetivo consistía en utilizar las materias como instrumentos para el desarrollo y la formación integral de la persona del alumno, que era en última y primera instancia la finalidad más importante.

Con este planteamiento se comenzaron a analizar cada una de las asignaturas, tanto desde el punto de vista de la relevancia y significación de sus contenidos, como desde la organización y sistematización más adecuada a los fines formativos perseguidos, a los que estaban obviamente subordinadas. Así por ejemplo, centraron su atención en aquellas materias que tradicionalmente habían tenido un trato preferente en el horario y en aquellas otras que habían sido menos importantes, tratando de descubrir las razones explícitas e implícitas que fundamentaban esas diferencias de tratamiento temporal, descubriendo que en realidad tales razones no existían y si las había eran el fruto de convenciones y decisiones insuficientemente justificadas desde la perspectiva de la educación integral del alumno. De aquí que optaran por prestar una mayor atención a aquellas materias que aportaban mayor riqueza a la formación humana y social, a la coherencia del compromiso ético y religioso personal y a la convivencia, es decir que decididamente se volcaron en asignaturas formativas y de carácter educativo, aunque buscando el necesario equilibrio con aquellas de carácter más instructivo, de conocimiento o más técnico y profesionalizador.

Desde los primeros instantes, la orientación curricular fue muy clara, orientación que tampoco era nueva, puesto que entroncaba con el original estilo SAFA; con el proceso de renovación religiosa y educativa interna que se estaba viviendo en aquellos momentos; con el carácter más coherente y evangélico que se pretendía dar a la formación cristiana y que ya había sido puesto de manifiesto por el Concilio Vaticano II, pero sobre todo porque aquellos profesores estaban convencidos de que no bastaba con que la Escuela diera profesionales con perfecto dominio de su oficio, sino que lo realmente más importante era conseguir profesionales responsables de su quehacer, que se pregunten por el sentido social de su trabajo, a quiénes sirven, como organizarlo mejor, como se reparten los frutos, quien lleva el control etc. En una palabra, que estén en condiciones de realizarse con su trabajo y de sentirse felices porque se vean responsables de su actividad total y le encuentren un sentido trascendente.

Todo este enfoque integrador, humanístico y social se completaba con las llamadas «materias optativas», que más que materias o asignaturas en el sentido tradicional del término, eran en realidad actividades complementarias que de acuerdo con los medios disponibles se podían o no realizar a lo largo de todo el curso de forma organizada, como fueron por ejemplo las materias de inglés, fotografía, cine o música.

Por otra parte y en cuanto a la sistematización y secuenciación de contenidos y aunque en los comienzos la única idea que era aceptada por todos era el llamado «programa mínimo», formado por aquellos contenidos, no que todos debían adquirir como se suele habitualmente considerar a estos contenidos, sino aquellos que todos pueden “efectivamente” conseguir de acuerdo con el nivel de maduración psicológica y las características generales del grupo.

Ya en el segundo año de la Experiencia, se pasó al concepto de «Área» y a la planificación por objetivos. El Área entendida como aquel conjunto de materias o disciplinas íntimamente relacionadas entre sí de manera lógica, las cuales era necesario también unir desde la perspectiva psicológica y práctica. Y los objetivos enfocados fundamentalmente desde el ámbito psicoafectivo, sin el cual, resultaba en la práctica imposible abordar los propios del ámbito cognoscitivo, es decir, tratando siempre de unir al máximo, actitudes, motivación y disposiciones internas con la adquisición de conocimientos, habilidades, procedimientos y la realización de trabajos prácticos y concretos, unidad que se hacía posible por medio de los trabajos en equipo y multidisciplinares.

Evaluación continua y democrática

La preocupación fundamental de aquellos profesores fue siempre más educativa que instrumental. Para ellos lo realmente importante era partir de cada alumno en particular, de su consideración como una persona que podía en todo caso mejorar y avanzar en su aprendizaje y en su desarrollo personal. Por tanto, el interés por saber lo que conocía o dejaba de conocer un alumno en determinado momento era siempre secundario, puesto que lo que se consideraba imprescindible era que el alumno se encontrase en circunstancias y condiciones adecuadas para que él mismo pudiera dar de sí todo lo que pudiera, ante lo cual, el trabajo del profesor tendría necesariamente que consistir en observar a los alumnos en el aula, comprobar en vivo y continuamente el trabajo que hacen, pero siempre con objeto de ayudarles y no de controlarlos, clasificarlos o compararlos.

De una Escuela selectiva, academicista y meritocrática que era incapaz de dar respuesta a las necesidades educativas detectadas, se pasó a una escuela de actividad, autonomía y responsabilidad, en la que ya no era necesario competir sino colaborar, en la que ya no tenía sentido sobresalir, sino responsabilizarse, en la que ya carecían de valor las calificaciones, las notas y los exámenes.

Efectivamente, en aquella Escuela los exámenes desaparecieron puesto que como bien decía la Ley General de Educación, la evaluación no puede ser reducida a actos puntuales en determinados momentos del curso, puesto que su objeto es ayudar a los alumnos para que mejoren su proceso de aprendizaje, y para ayudarles no hay nada mejor que hacerlos partícipes de su propia evaluación. Por ello allí todo el mundo estaba aprobado de antemano puesto que el objetivo no era clasificar para excluir sino responsabilizar para incluir.

Bajo este enfoque integrador e inclusivo, los profesores decidieron que fueran los propios alumnos los que participaran en las evaluaciones, pero también los que sugirieran el esquema de funcionamiento de las mismas. De este modo las clásicas sesiones de evaluación trimestrales dejaron de ser sesiones de calificación en la que se pasan las notas, convirtiéndose en reuniones plenamente educativas en las que primero se realizaba una autoevaluación en la que se implicaban todos los alumnos y profesores, después dicha autoevaluación era discutida por los propios compañeros en la reunión del grupo y por último se realizaba la evaluación en la que los profesores teniendo en cuenta todos los datos recogidos de la evaluación continua en el aula y de las autoevaluaciones de los alumnos, sugerían medidas y orientaciones proponiendo en cada caso la nota más adecuada, pero siempre sabiendo que nadie suspendía y que era el propio alumno y los compañeros los que prácticamente ya la habían anticipado.

LA VICTORIA DE UNA DERROTA

Sería imposible valorar en su justa dimensión y reducir a las páginas de un artículo como éste, el abundante caudal de experiencias y transformaciones personales y sociales que la influencia de la Experiencia de reforma educativa de la Escuela Profesional SAFA de Riotinto ha ejercido en todos los alumnos que pasaron por ella, sobre todo si tenemos en cuenta dos importantes elementos.

El primero: que aquella Escuela que puso en marcha una de las experiencias de educación personalizada y liberadora más originales de todo el siglo XX español, solamente duró tres años porque fue suprimida y cercenada de raíz, nada más que la Empresa UERT con Leopoldo Calvo Sotelo a la cabeza se dio cuenta del supuesto peligro social que la Escuela podía representar.

Lo que nadie pudo imaginar en aquel 1973, último año de su funcionamiento, es que gracias a los métodos de aprendizaje y al clima educativo que la Experiencia puso en marcha, y a la decidida defensa de los alumnos de “su” Escuela, defensa que forma parte de la historia más gloriosa del movimiento reivindicativo estudiantil, se desencadenarían procesos de autoaprendizaje vitales y actitudinales que marcarían definitivamente sus vidas y los contextos sociales en los que posteriormente se desenvolvieron sus protagonistas.

Aquellos estudiantes de secundaria de 1973, con edades comprendidas entre los trece y los diecisiete años, pusieron en marcha numerosas acciones para salvar su Escuela y la Reforma educativa emprendida. Hicieron asambleas diarias, encierros, manifestaciones, marchas a pie desde las distintos pueblos con el fin de destinar el dinero del autobús a la salvación de la Escuela; hojas informativas y panfletos reivindicativos; encuestas; recogida de firmas; escritos a todas las autoridades de la administración pública; renunciar al viaje de fin de curso destinando el dinero recogido a la Escuela; entrevistarse con Leopoldo Calvo Sotelo en Madrid, para exigirle que la Escuela y la Experiencia educativa emprendida continuasen. Por hacer, hasta incluso montaron una obra de teatro que recorrió todos los Centros de la SAFA explicando la situación de la Escuela de Riotinto.

En definitiva: aquellos alumnos de la Escuela SAFA de Riotinto de 1973 pusieron en marcha un proceso de acción social y reflexión educativa, que a pesar de que no pudo conseguir sus objetivos, si marcaría definitivamente su formación humana en actitudes, valores y principios de desarrollo personal, dando lugar en los años siguientes al florecimiento y consolidación de todo un riquísimo movimiento político y social transformador estrechamente ligado a los planteamientos profundamente cristianos de la Teología de la Liberación.

Ese movimiento sociopolítico que surgió ligado a la Escuela SAFA, al equipo de curas que integraba a los diferentes pueblos y aldeas de la cuenca, y a las incipientes acciones reivindicativas del movimiento obrero que habían estado prácticamente desactivadas desde la IIª República, y que los estudiantes de secundaria se encargaron de animar y despertar, es el que daría lugar a todo un fuerte impulso de la lucha antifranquista y por las libertades democráticas; al nacimiento y consolidación del nuevo tipo de sindicalismo asambleario y sociopolítico que en su origen fueron las Comisiones Obreras, así como también en al crecimiento y fortalecimiento de partidos políticos de la izquierda transformadora cuya expresión más notable estuvo en el triunfo del Partido Comunista de España en las primeras elecciones municipales de 1979 en las dos localidades más emblemáticas de la cuenca, Nerva y Minas de Riotinto y que actualmente están gobernadas por el PSOE.

Sin embargo y al margen de las diferentes siglas sindicales y políticas, lo más importante es el carácter asambleario, reinvindicativo, humanista y cristiano del movimiento obrero y social de la cuenca, un movimiento que además de las heroicas luchas de la década de los ochenta, y del denodado esfuerzo por mantener la dignidad frente a las agresiones medioambientales, como es el caso de la lucha contra el vertedero de Nerva en la década de los noventa, sigue hoy combatiendo por el derecho a una vida digna, combate democrático en el que los alumnos de aquella Escuela ha tenido y siguen teniendo un lugar destacado.

El segundo elemento únicamente puede valorarse hoy, a treinta y cuatro años de distancia, cuando escuchamos atentamente lo que nos dicen aquellos alumnos que hoy rondan los cincuenta años y compruebas que su trayectoria biográfica ha estado cargada de coherencia, solidaridad, entusiasmo y entrega por la construcción de una sociedad más justa e igualitaria, y que aun teniendo las naturales discrepancias formales y organizativas, siguen conservando el estigma de una Escuela que les enseñó a amar la vida; a ilusionarse con el compromiso social transformador; a trabajar por mayores cotas de justicia y libertad y sobre todo a soñar con la necesidad de que otro mundo es posible siempre que nuestra conducta sea el producto de una ética de la coherencia que permita hacer mínima la distancia entre lo que sentimos, lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos.

Dicho en palabras de Natalio García Domínguez, alumno de la Experiencia «...La democracia es un día a día a día, un continuo, hay que trabajarla día a día, hoy, mañana, pasado, incansable, porque tienes que enriquecer, tienes que elaborar, tienes que construir la democracia y hoy los partidos políticos no están trabajando por la democracia, se han quedado ahí. Hay muchísimo más que hacer en la democracia, que no el pedirme a mí el voto, hay que ir a lo esencial, con la militancia, con los pensamientos, con las ideas... No es ese el camino, estamos luchando para estar mejor, pero no es revolucionario solamente el que hace la revolución y es capaz de conseguir, mejor salario, mejores condiciones de trabajo, hay también una revolución interna de la persona y la revolución interna de la persona tiene que ir acompañada de la otra revolución. No se puede hacer una revolución, o digamos transformar la sociedad si de verdad no está la revolución personal de uno y yo creo que esa revolución interna se transmitía en la Escuela...»



Comité de Educación para una Sociedad Compleja


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Lunes, 24 de Noviembre 2008


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PORTIA Asociación para la Transdisciplinariedad
Portia, Asociación para la Transdisciplinariedad” es una institución heredera de un conocimiento que quiere transmitir: la cultura transdisciplinaria. La perspectiva transdisciplinaria es la que organiza y da sentido y finalidad a nuestra Asociación, a su estructura, a sus objetivos, a sus acciones, a sus metas y a sus valores. Como consecuencia de esa perspectiva, la Asociación se constituye como una estructura flexible, abierta, sabiéndose enriquecida y enriquecedora del contexto en el que nace y en el que se desarrolla, con capacidad pendular para transformar y transformarse en el juego entre sus creaciones, sus vivencias y sus reflexiones.

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