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COMPLEJIDAD Y MODELO PEDAGÓGICO
COMPLEJIDAD Y MODELO PEDAGÓGICO

"Necesitamos escuelas de complejidad porque el rechazo de la complejidad es el principio de toda tiranía". José García Calvo

Quinta sesión del ciclo

Texto de la presentación realizada por Alicia Montesdeoca en la V Sesión del Ciclo



Penetremos hoy en el aula, en un aula participada, un aula sistémica, donde todo y todos se interrelacionan, concretando posibilidades multidimensionales, generando nuevas experiencias y posibilitando nuevos conocimientos sobre lo que somos, cuáles son nuestros orígenes y cuál puede ser nuestro destino. Paso a paso, a lo largo de este ciclo, vamos entrando en ella para intuirla, imaginarla y crearla. Pretendemos hacerlo con el apoyo de los que fueron y de los que hoy son. Esta aula que hoy se anuncia ha sido soñada por filósofos, pedagogos, científicos, humanistas y tecnólogos, mujeres y hombres, todos ellos maestros y maestras de esta humanidad.


Para empezar, el aula nos surge como un recinto que se crea en base a los recursos que se tienen. Su forma física ha sido siempre expresión de una concepción condicionada por la cultura y las creencias de cada momento. También, la morfología del aula y el funcionamiento de la misma nos hablan de las formas que va a adquirir esa sociedad en el futuro. Ella puede ser, bien expresión de un orden artificial, bien reflejo de una realidad que se mueve, que se transforma, que da vida, que es creada y recreada cada día. Por eso se puede afirmar aquello de: “Dime que aula te acoge y te diré qué sociedad diseñas”.

A lo largo y ancho de la historia y de la geografía de nuestro planeta el aula, las aulas, han estado constituidas por las condiciones y los recursos de cada momento: ha podido ser un cuarto calentado por una desvencijada estufa, como la escuela de Yasnaia Poliana de Tolstoi; un huerto o taller con Pestalozzi, la sombra proyectada por el árbol de la Champaca de Tagore, o una Haima en el desierto saharahui. También un recinto protegido, en un cómodo edificio de una moderna ciudad. Todas esas condiciones no las determinan como lugares sagrados, sino el hecho de ser lugares que convocan a las nuevas generaciones para recibir el legado patrimonial de unas sociedades humanas que acumulan experiencias y conocimientos, con el impulso de crear sociedades mejores.

La vivencia de que el aula es eso se concreta en ciertos sucesos que recordamos de manera selectiva. Yo diría que todos los que aquí estamos hemos percibido, alguna vez, y por unos instantes, que una indescriptible emoción nos ha embargado gracias a un momento de armonía inexplicable, fruto de unas condiciones puntuales en esos recintos que eran nuestras aulas. Condiciones que no fueron intencionalmente producidas, pero que permitieron abrir una grieta en las paredes de la llamada realidad objetiva. Por esa grieta se coló el sentimiento de que algo trascendente se había materializado.

Esa vivencia única que permanece en nuestro recuerdo nos estimula a buscar las fórmulas para que sea una posibilidad cotidiana, abriéndonos a la vida del aula sin adoctrinamientos. Si lo logramos sabremos que lo sagrado se ha materializado para seguir engendrando vida.

Para empezar a imaginar así nuestras aulas, hemos de comenzar cuestionando las que actualmente pueblan la inmensa mayoría de nuestras escuelas. Tanto nos hemos acostumbrado a su morfología que no nos damos cuenta de que cada detalle corresponde al modelo que arrastramos como una pesada carga.

Nuestros alumnos se alinean unos junto a los otros, sin mirarse. Del otro, lo primero que conocen es su nuca y su espalda. De esta forma, pocas veces le verán la expresión de sus ojos, las muecas de su cara, los gestos de sus manos mientras tratan de comprender y aceptar ese conocimiento que impartimos, que abunda en respuestas de preguntas que nunca fueron formuladas. Que son sordas a la verdad que se busca y que enmudecen las voces de los que tanto tienen que preguntar.

Para terminar con el condicionamiento espacial, el horizonte de esa aula ordenada es un encerado enorme, de fondo negro, la pizarra. Su presencia es dominante. Allí está esperando inmóvil para ser rellenada por individuos que no interactúan, que reproducen, que no elaboran, cuya memoria se fabrica con conocimientos que otros han elaborado, y que, por su forma de impartirlos, parecen estar alejados, también, de la realidad de los que los transmiten.

¿Queremos que nuestras aulas sean otra cosa? Pues pongamos empeño.

Para ello es necesario prepararse para percibir las posibilidades que se generan en el aula si dejamos manifestarse la vida y aceptamos sin miedo los cambios que se originarán en nosotros y en nuestro entorno, como consecuencia de esa decisión.

Nuestra mirada cambiará si buscamos con libertad nuevos manantiales de conocimientos, que ya fluyen desde las ciencias, y que nos inducen a adoptar nuevas formas de conocer, donde la razón sensible predomina sobre la racionalidad lineal. La condición es que nosotros nos abramos a nuestro propio aprendizaje. Un aprendizaje que se basa en un permanente escuchar, comprender y crecer.

El aula es un ente vivo, acogido por un espacio acotado. En este ente vivo la vida se manifiesta a través de sus transformaciones, de las imágenes recreadas, del conocimiento logrado, los cuales reflejan el estado de consciencia de los humanos (alumnos, padres y maestros) que la habitan con sus acciones, con sus aportaciones.

El aula es un organismo vivo que genera permanentemente posibilidades de vida y de conocimiento. Pero, sólo si hay voluntad de mirar de otra manera, hay posibilidades de creación en el aula. Para ello es preciso el reconocimiento de la diversidad (no sólo de raza, religión o clase social). Significa aceptar que cada individuo es único, con una aportación única, con un valor único y con una manera única de emprender el camino de la madurez personal.

También hemos de comprender que el aula es un espacio abierto, que su vida interior depende del intercambio que haga con su entorno. Se trata de que en ellas se procese lo que viven nuestros alumnos fuera, por sus condiciones familiares, por las influencias de los medios de comunicación, por las transformaciones que permiten las nuevas tecnologías, etc.

Estas realidades nos obligan a colocarnos en la incertidumbre para predisponernos a abordar las posibilidades emergentes en un contexto complejo. Estar dispuestos a aceptar la incertidumbre es poner en marcha todas las posibilidades del aula, no segarlas porque llegamos a ella con nuestros prejuicios.

No es un ejercicio de control lo que se requiere, sino de apertura a lo que puede surgir y contra lo que no se debe luchar. La vida se manifiesta si dejamos que surja: hay tantas posibilidades de vida como posiciones que adopta la mirada del educador y de los educandos.

Si permitimos que en el aula se procesen todas las experiencias de nuestros alumnos, si integramos con inteligencia sus vidas al proceso de educación que se abre en el aula, habremos conseguido generar un conocimiento a partir de sus experiencias y vinculado a la historia, a la realidad social que viven.

El aula como corazón que acoge, como estancia en las que se escenifican las posibilidades, como taller en el que se elabora un modelo de sociedad para convivir las nuevas generaciones: un lugar de encuentro, de acogimiento, de elaboración de experiencias, de construcción de conocimiento. También un lugar para el silencio para encontrar la mística de la educación. El silencio como contrapunto a la ruidosa cascada de tanta información no pertinente.

Pintemos el aula con Amor, Respeto, Esperanza y Fe en nosotros y en las nuevas generaciones. Con apertura a los espíritus de los que llegan a ellas, con comprensión de lo que son, con conciencia de que estamos cooperando en la creación del conocimiento de hoy y de mañana. Un conocimiento elaborado entre todos: los de ayer, los de hoy y los de mañana, con las preguntas de los de hoy. Permitiendo que se produzca la interacción entre el que viene (el niño y la niña) y el que ya está (el adulto, la adulta que le acompaña)

Ese conocimiento que se ha de elaborar no está presente en los libros. Los libros son los acompañantes del gran libro vivo que es cada persona. Para aprender es necesario partir de qué somos, quiénes somos, de dónde venimos, a dónde llegaremos. Pues el qué y el para qué es una verdad única para cada individuo. Un individuo que ha de descubrir que no puede ser para los demás sin antes no es para sí mismo. Un sí mismo multidimensional que se descubre formando parte de un sí mismo cósmico y libre y, a la vez, dependiente de todo lo que es, de todo lo que está, de todo lo que actúa.

Resumiendo

El aula la constituye un grupo de seres humanos recién llegados al mundo, que son acompañados por un maestro o una maestra.

Un recinto elegido para comunicar y experimentar con conocimientos antiguos y elaborar conocimientos nuevos.

Un ágora donde se celebra la vida y que cada día permite que ésta se manifieste de manera nueva.

Un espacio de silencio, en medio del ruido, que propicia el aislamiento de todo aquello que no es importante para el desarrollo del espíritu.

Un lugar sagrado al que hemos de acceder cada día con la consciencia clara de que lo que allí va a suceder, a celebrarse, es un misterio de gran trascendencia para todos sus participantes, educadores y educandos.

Construyamos ese espacio para construir otro mundo. El aula es un buen lugar porque están ellos, los nuevos y porque estamos nosotros los que debemos irnos antes, después de haberlos acompañados en el madurar.

… Y de esta manera ya llegamos al aula. Y el aula, ahora real, es un aula compleja, plena de interacciones, abierta al mundo a través de las vivencias de sus miembros. Un aula que elabora conocimientos por cooperación. Donde la aventura diaria está asegurada por la expectativa de lo nuevo que va a producirse. En donde la experiencia está soportada por la flexibilidad. Y donde el sentimiento predominante es el de la esperanza.

Un lugar cargado de energía esperanzada que da aliento a las nuevas y viejas generaciones, para enfrentar los retos que se han de encarar al salir fuera de su protector abrazo.

Y para trascender este rito diario, convoquemos a aquellos que sintieron y pensaron ayer la educación como oportunidad para avanzar mejorando la vida humana y a los que hoy la interpretan, a la luz de los conocimientos alcanzados, para que cada individuo desarrolle sus dimensiones física, mental y espiritual sintiéndose responsable de sí mismo y de su papel social.


Comité de Educación para una Sociedad Compleja


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Viernes, 17 de Octubre 2008


Editado por
PORTIA Asociación para la Transdisciplinariedad
Portia, Asociación para la Transdisciplinariedad” es una institución heredera de un conocimiento que quiere transmitir: la cultura transdisciplinaria. La perspectiva transdisciplinaria es la que organiza y da sentido y finalidad a nuestra Asociación, a su estructura, a sus objetivos, a sus acciones, a sus metas y a sus valores. Como consecuencia de esa perspectiva, la Asociación se constituye como una estructura flexible, abierta, sabiéndose enriquecida y enriquecedora del contexto en el que nace y en el que se desarrolla, con capacidad pendular para transformar y transformarse en el juego entre sus creaciones, sus vivencias y sus reflexiones.

Con la colaboración del Comité de Educación para una Sociedad Compleja





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