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CONO SUR: J. R. Elizondo

Bitácora

2votos
EL CINE DE NETFLIX José Rodríguez Elizondo

Este texto, con plataforma en antiguas andanzas como crítico de cine, muestra cómo la trashumancia de los cineastas, las nuevas tecnologías, la internacionalización de las sociedades y el morbo del crimen organizado, cambiaron los contenidos y la ritualidad del espectáculo cinematográfico. En esta línea asoman nuevas tendencias en la industria, un nuevo tipo de filmes y un espectador que oscila entre la desconfianza y la fascinación. Agrego que fue escrito para sacudir, en parte, ese estado de frustración con la realidad real, que nos abruma a los chilenos desde el 18-O.


PUBLICADO EN aNALES DEL iNSTITUTO DE cHILE, 2019
 
 El cine negro norteamericano de los años 30, en su versión gangsters, fue el pilar estético de la cosa nostra made in Hollywood. Sus historias, que tenían como protagonistas a los descendientes de inmigrantes que inauguraron el crimen organizado, fueron narradas y embellecidas gracias al “punto de vista”. El espectador las apreciaba más desde la perspectiva de quienes vivían peligrosamente, como Al Capone, Frank Costello o Lucky Luciano, que desde la mirada de sus víctimas y de la policía, con la relativa excepción de Elliot Ness y sus “intocables”.
Con los años, ese cine llegó a versiones tan sofisticadas como El Padrino, de Francis Ford Coppola (1972), con su gang de inmigrantes italianos arribistas y Érase una vez en America, de Sergio Leone (1984), con sus mafiosos hijos de la diáspora judía. En ambos casos, la ambición autoral desbordó en tan larguísimos metrajes (más de seis horas), que fueron improyectables en versión unitaria. Si una sola película duraba el equivalente a las tres sesiones canónicas, los exhibidores tendrían que haber triplicado el precio de los tickets (obviamente, nadie insinuó reducir sus ganancias).
Previendo el dilema, Ford Coppola se resignó a presentar su obra en tres partes, para no sacrificar metraje. Confió en la memoria adictiva de los espectadores. Leone, por el contrario, siguió el consejo de Federico Fellini según el cual “una emoción no se interrumpe”. Aceptó podar metraje, reduciendo su película de seis a cuatro horas para Europa y a dos horas y media para los Estados Unidos. Por lo mismo, el resultado fue diferenciado. Mientras la versión europea permite apreciar su filme como una obra maestra, la versión norteamericana la reduce al nivel de cualquier película de pistoleros, aunque con música de Ennio Morricone.
SISTEMA PARA UN CINE RENOVADO
Sucede que hoy ni siquiera existe esa mala opción entre dividir y mutilar, impuesta por los exhibidores. En las multisalas con sede en los grandes malls, se proyecta cine de consumo más popcorn y el cine de autor es una rareza casi absoluta. Además, de caerles en suerte un larguísimometraje de calidad, nadie controlaría si son recortados para ajustarlos al formato estándar.  Películas y horarios son tan interadaptables como las piezas de un lego.
¿Significa esto que ya no hay plataforma idónea para los creadores audaces y de largo aliento?
Afortunadamente, siempre hay un chapulín a mano para salir de apuros y, en este caso, el primero fue Netflix y su oferta. Mediante la conjunción de los “culebrones” (teleseries latinoamericanas) con el streaming, abrió un forado en los sistemas de exhibición, independizando los filmes de los horarios y, por añadidura, de las multisalas. Se descubrió, así, un nicho gigante que tolera desde cortos de animación y documentales, hasta filmes y series de cualquier duración y de cualquier procedencia. Como aquí es el abonado quien decide cuanto tiempo dedicar al visionado, el menú del sistema incluye, por ejemplo, las tres partes de El Padrino, para que sean vistas en diferido o en una sola maratón. También estuvo disponible el filme de Leone en su versión europea.
Por cierto, Netflix y sus competidores actuales exhiben más cine-chatarra que de calidad. Pero lo importante es que, por razones de prestigio o lo que sea, indujeron una segmentación benigna en el mercado del entertainment. En su sistema hay nicho tanto para “los clásicos”, que tanto apreciaron los nobles chiflados del cine de autor, como para filmes de buena factura, producidos en abierta competencia con los estudios tradicionales.
 Sobre esa base, el nuevo sistema está realizando el sueño de Gabriel García Márquez: producir “culebrones” de alta calidad técnica, con base en cualquier sociedad nacional. Al efecto, abrió una trocha para productos cinematográficos que, más que horas, requieren días, semanas y hasta meses de visionado. Es lo que se llama “temporadas”, novísimo equivalente audiovisual de lo que, en la viejísima literatura, se conocía como folletines.
Y, como la necesidad crea el órgano, la larga duración de las teleseries del streaming ha llevado a una sorprendente pluralidad directoral. Las “temporadas”, incluso los episodios independientes, hoy pueden tener distintos directores, con lo cual está naciendo el cine de autor colectivo. Para ejemplificar, ahí están Homeland y House of cards, ya incorporadas a la cultura global del plasma.
DEL MUNDO DE VITO CORLEONE…
Por otra parte y de refilón, el nuevo sistema ha redescubierto el alto rating que tenían los filmes de la contrasociedad delictual, con su dotación de hijos mafiosos de inmigrantes. 
Hoy por hoy, algunos de los mejores culebrones netflixianos tienen que ver con la contracultura supranacional del crimen organizado y del terrorismo. Si entre los años 20 y 40 mostraban a los gangsters de ala ancha y acento italiano, que creaban imperios barriales y hasta nacionales, burlando  “la prohibición”, hoy los exhibidos son los  talibanes, los agentes secretos y los políticos  coludidos con los narcotraficantes transnacionales. Por añadidura, el espectador-target es, ahora, de carácter global, por la masificación del turismo y porque los grandes desplazamientos humanos, que se sintetizan en las migraciones, han aportado una mayor receptividad hacia los mundos transfronterizos.
Impresiona la cantidad de teleseries que exploran esa veta. La notable Fauda, producción israelí, es de un realismo brutal respecto a la guerra subterránea entre los agentes secretos del Mossad y de Hamas. Otras tienen como referente la vida, pasión y muerte del capo colombiano Pablo Escobar. Entre estas destaca La Reina del Sur –primera temporada- por su perfecto ensamblaje del culebrón caribeño con la calidad técnico-actoral que demanda el streaming.  En sus 63 episodios muestra la contrasociedad del narcotráfico organizado, con escenarios en altos y bajos fondos de México, Marruecos, España y Colombia. Como en el caso de El Padrino, la raíz de la proeza es literaria. Está en la novela homónima del español Arturo Pérez-Reverte, quien suele aplicar lo aprendido en los grandes folletines del pasado.
La puesta en cine de la novela, producida por Telemundo, muestra a “buenos” que son malos y a “malos” que son pésimos. En ese reparto amoral, la reina metafórica es Teresa Mendoza (a) “la mexicana”, niña abusada en su infancia, cambista callejera en su juventud y pareja de un traficante que resultó ser agente de la DEA. Tras el asesinato de éste, dispuesto por el capo del cartel de Sinaloa, ella inicia una carrera delictual hacia la venganza. Un coro de “guaruras” o guardaespaldas -la fuerza de represión de esa sociedad subterránea- completa el frondoso reparto.
… AL MUNDO DE LA NO FICCIÓN
Inevitablemente, aquello induce identificaciones confusas. Con certeza, el abonado de Netflix solidarizará en más de una secuencia con los narcotraficantes “buenos” de la Reina del Sur. No quiere que la policía descubra los cargamentos que transportan. Agréguese que la confusión tiene un fuerte anclaje en la realidad misma. Por ejemplo, cuando el narcotraficante de ficción -capo del cartel de Sinaloa- postula a la Presidencia de México, comienza por asesinar a su rival. Es un episodio que reproduce, fielmente, el asesinato de Luis Donaldo Colossio, el “destapado” del PRI en 1994. Además, la actriz Kate del Castillo -“la reina” de la ficción- terminó proyectando su personaje a la realidad, cuando entró en cariñosa relación con “el mero mero”, como dicen los mexicanos. Es decir, con Joaquín “el Chapo” Guzmán, capo de carne y hueso del cartel de Sinaloa.
Es que, como en el blanco y negro del viejo cine, la fórmula sigue siendo la de homologar, subliminalmente, los códigos de la sociedad establecida con los de la contrasociedad transnacional. Y, como en el teatro de Bertolt Brecht, tanto homologar termina produciendo efectos sociales y políticos confusos.
Habría que investigar, por tanto, si la homologación confusa seguirá siendo lo que era, o si producirá impactos de nuevo tipo, con base en la globalización y las nuevas tecnologías. La interrogante ya está planteada respecto a los inmigrantes y a los conflictos valóricos, ideológicos, económicos  y políticos que ha traído su masividad. Pero, además, está llegando al meollo mismo de los sistemas políticos con plataforma democrática. 
Es lo que está sucediendo en Brasil, tras las dos temporadas de El mecanismo. Una teleserie de audacia sorprendente, en cuanto muestra una “versión libre” de la colusión de gobernantes, parlamentarios, empresarios y tecnólogos de la delincuencia organizada, en el marco de la operación Lava Jato. El hecho de que se estrenara poco antes del juicio que llevó a la cárcel al ex presidente Lula da Silva, fue denunciada por algunos como una estrategia de marketing. De hecho, hubo partidarios de Lula que llegaron a pedir a los suscriptores de Netflix que cancelaran su cuenta, como protesta.
CONCLUYENDO
Por lo visto, hay un nuevo cine, de buena factura, que muestra la fraternidad subterránea que une a Don Corleone con el Presidente norteamericano Frank Underwood, de House of Cards. Esto, con el añadido de que algunos gobernantes de la vida real se esmeran en actualizar las semejanzas.
Es cierto que no cabe exigir corrección política o ideológica a obras que califican como cine legítimo. Es una vieja discusión que hoy luce superada. Pero ello no impide sospechar que, éticamente hablando, están al margen del objetivo onusiano de “fomentar entre las naciones relaciones de amistad”.
De ahí que, si los inmigrantes italianos del siglo pasado no lo pasaban bien cuando se los identificaba con los gangsters de Al Capone, algo similar está sucediendo con los inmigrantes árabes o “hispanos”, vistos al trasluz de los filmes sobre narcos y terroristas islámicos. En muchos espectadores éstos dejan un sedimento de desconfianza hacia todo extranjero “geográficamente incorrecto”.
Por todo lo señalado, el cine vía streaming es una ventana de oportunidad para los viejos cineaficionados. Bienvenido sea. Pero, en paralelo y aunque se asimile en solitario, parte de él tiene un impacto social y político discriminatorio, al margen de la voluntad de sus autores actores, técnicos y distribuidores.
Es un fenómeno que requiere atención pues, por lo que vemos en la vida real, hay políticos dispuestos a interpretar, chauvinista y xenofóbicamente, las malandanzas que los personajes extranjeros escenifican desde las pantallas.

José Rodríguez Elizondo
Miércoles, 8 de Enero 2020



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Bitácora

4votos
EUFEMISMOS CHILENOS SELECCIONADOS José Rodríguez Elizondo

En medio del "estallido" chileno, un amigo me advirtió, amargo, que vivir dos veces en una vida una crisis de alta intensidad "es un abuso de confianza". Es lo que nos está sucediendo a los chilenos mayores y tiene mucho parangón con lo que nos sucedió en 1973. Supersticiosamente no nos atrevemos a confesarlo y recurrimos a la vieja institución del eufemismo chilensis.



Publicado en El Mercurio, 19.12.2019

No es casual que hoy evoquemos a George Orwell, su distopía “1984” y esa “neohabla” que afirmaba la tiranía en la ignorancia del idioma. Lo hacía eliminando vocablos inconvenientes e inventando términos sustitutos, para “hacer impracticable cualquier otro modo de dar forma al pensamiento”.

¿Les suena esto?

Lo pregunto pues mi hipótesis de trabajo es que la neohabla es una variable del eufemismo chilensis.  Se le ocurrió a Orwell en una visita ignorada, que le permitió estudiar nuestra capacidad para soslayar, verbalmente, cualquier realidad ingrata.

Para muestra actualizada los siguientes ocho botones:

1.- A más de 50 días de destrucción empírica de Chile, muchos –sobre todo en la tele- siguen hablando de “manifestaciones pacíficas”. Calza perfecto con el primer lema orwelliano: “La Guerra es Paz”.
2.- En vez de “subversión” –voz lexicológicamente más certera- hemos escuchado, sucesivamente, “protesta social”, “resistencia” y “estallido”. Sólo una fuerza política se acercó a la franqueza, planteando que el Presidente debía renunciar.
3.- El adjetivo “complejo”, es el gran comodín del evento. Hoy todo es complejo: Reemplazar al supermercado incendiado. Saber dónde se detiene el metro. Atravesar calles sin semáforos. Retener a los delincuentes. Llamar a la policía en casos de apuro privado. Combinar una agenda social con una de seguridad. Sesionar en un Congreso rodeado por “manifestantes pacíficos”. Un político dio la nota máxima al decir que “sería complejo” destituir al Jefe de Estado.
4.- Algunos manifestantes no se caracterizan por el patriotismo. Arrastran la bandera nacional por el suelo, la pintan de negro, asaltan la embajada argentina, destruyen bustos y monumentos de héroes epónimos (palabra que tal vez ignoran). El paradigma es el monumento al general Baquedano que lo tienen hecho un asco. Tal vez por eso, en un alarde de eufemismo total, quieren que el lugar pase a llamarse Plaza Dignidad.
5.- Quienes promueven (de soslayo) la amalgama manifestantes-saqueadores, rechazan una tipificación penal que separe la paja del trigo. Equivaldría a “criminalizar la protesta social” y “el derecho a la desobediencia civil”.  En esa línea, las barricadas serían expresiones legítimas de “resistencia”. Ignoran que la palabra “resistencia” tiene una acepción beligerante, por lo cual también merece un eufemismo.
6.- La inepcia de quienes se ocuparon (despreocuparon) del tema “inteligencia política”, está ampliamente asumida. Dejaron pasar, colados, la bomba en una estación del metro, las bombas molotov de “los mamelucos blancos”, el colapso del Instituto Nacional, la disciplina militar de “los capuchas” y los funerales estruendosos de los narcos. Por lo mismo, tal déficit parecía imposible de esquivar semánticamente… ¡pero se pudo! Según una descripción del fenómeno, “Chile carece de un sistema institucionalizado de análisis prospectivo”.
7.- El eufemismo anterior se relaciona con la subestimación de quienes han diseñado, en modo dinámico, la estrategia y tácticas del “estallido”, incluso con métodos terroristas. Según eufemismo subordinado, serían pequeños grupos anarquistas que saben usar las redes sociales. Algo así decían el zar y sus agentes respecto a Lenin y Trotsky, quienes ni siquiera disponían de internet.
8.- Aunque la crisis macro de 1970-73 fue muy diferente en lo político, sería tonto ignorar que devino en ingobernabilidad, liquidó el Estado de Derecho Democrático y la crisis actual podría apuntar a lo mismo. Es una semejanza que se trata de ocultar con tres eufemismos funcionales: entonces estaba la guerra fría, los partidos políticos representaban corrientes de opinión y la economía socializada era una opción real.  

DIAGNÓSTICO: asumiendo que la democracia no está asegurada y que las demandas sociales en curso son justas, masivas y acumuladas, la solución de la crisis exige un sacrificio supremo, aplicable incluso a Su Excelencia: hay que sincerar el lenguaje. Haciéndolo, será más fácil reconocer que la sociedad de mercado es incompatible con el humanismo, que cuidar la fuerza legítima del Estado es un deber político-patriótico y que debemos afirmar la institucionalidad vigente para no arriesgar una nueva dictadura.

Por último, como en Chile hay que hacer alguna cita para ser tomado en serio, termino con la siguiente de mi maestro Jorge Millas: “La enajenación del hombre, en la sociedad de masas, implica la destrucción de la sociedad misma”.

José Rodríguez Elizondo
Jueves, 19 de Diciembre 2019



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Bitácora

5votos
VISTAZO AL REPARTO Y TRES CITAS DEL PASADO José Rodríguez Elizondo

A cuarenta días del reventón, la violencia no amaina y los partidos políticos chilenos de talante democrático no asumen que la situación es gravísima. Esa democracia que tantos costó recuperar, otra vez se está equilibrando al borde la cornisa. Es lo que percibimos, con mayor agudeza, los veteranos del golpe de Estado de 1973


Publicado en El Mercurio, 28.11.19
Para opinantes extranjeros, a partir del 18 de octubre Chile mutó de “oasis” a “espejismo”. Nosotros, buenos cultores del eufemismo, preferimos hablar de “malestar social” (los minimalistas) o de “estallido social” (los maximalistas).

Profundizando en la veta propia y ante la ausencia de alternativa socialista, los actores económicos heterodoxos reconocen la justicia de algunas demandas y vuelven a descubrir la economía mixta de Paul Samuelson. Los ortodoxos optan por una autocrítica acotada y asumen que los brillantes indicadores ocultaban la opacidad oligopólica de los mercados, con el abuso o colusión de los malos empresarios. También se asoman a realidades como el estrés del endeudamiento fácil, el crecimiento de las desigualdades y la arrastrada crisis cultural con epicentro en la enseñanza. Los más audaces aceptan que Lord Keynes no estaba del todo equivocado. Algo tendría que hacer el Estado en temporada de crisis.

Los actores políticos oficialistas, no se meten en esas honduras. Asumen la penuria de la inteligencia civil y el carácter acumulativo de los procesos. Esto significa que el reventón se incubó hace 30 años y, por tanto, todos son responsables. Los díscolos añaden el autoritarismo presidencial.

Desde la oposición todos exploran la consabida “oportunidad de la crisis”. Para la derecha extrema, ayudaría a llegar al poder sin concesiones demagógicas. Las izquierdas, por su lado, apuestan a sacar las castañas de su malestar sectorial con la pata de un gobierno debilitado. En esa línea impulsan “un nuevo pacto social”, con base en la Constitución que soñaron a inicios de la transición. De paso, dan un coscorrón al expresidente Ricardo Lagos, por haberse limitado a modificar la Constitución de Pinochet.

Los políticos antisistémicos están en otra. Para ellos la oportunidad apunta a la defenestración de Sebastián Piñera, quien hoy sería nadie y a quien nadie defendería. Ergo, pese a sus vándalos, saqueadores, profanadores, incendiarios y terroristas, el clima del estallido y de su espectáculo televisivo debiera mantenerse. Para ese efecto, la violación de derechos humanos en democracia, por parte de policías -formalizados o formalizables-, equivaldría a la violación sistemática e impune producida en dictadura.

¿Y después de Piñera qué?

En ese futurible, los émulos de Bakunin visualizan la libertad absoluta del anarquismo, los sostenedores locales de Nicolás Maduro saborean su venganza y los doctrinarios trotskistas, stalinistas y leninistas sueñan con una réplica del asalto al Palacio de Invierno. Sólo una tesis los une: buscar la unidad nacional sería “incorrecto”, pues afirmaría el sistema.

En resumidas cuentas, los chilenos mayoritarios estamos pagando la factura de quienes subestimaron los equilibrios macropolíticos y, en paralelo, descuidaron la relación con la fuerza legítima del sistema. Fue fatal –lo estamos viendo- haber ignorado la corrupción de los altos mandos del Cuerpo de Carabineros y fue imprudente haber discontinuado la buena relación civil-militar, simbolizada en el “nunca más” del hoy procesado general Juan Emilio Cheyre.

 Por eso, el “estallido” es un escapismo para ocultar la amenaza de una ruptura institucional o –algunos lo han dicho- de una guerra civil. En rigor semántico, hoy estamos ante una crisis del sentimiento patrio, la política, el derecho, la democracia y, por ende, del Estado de Derecho Democrático de Chile. Y si esto no se frasea así, es porque no hay memoria que dure cien años o porque nuestros ciudadanos jóvenes no tienen la vivencia de 1973.

Esto último ya lo han apuntado contemporáneos, entre los que me incluyo, que vivieron y sufrieron esa experiencia traumática. Por eso, hoy prefiero remitirme a dos líderes demócratacristianos de entonces que, desde distintas posiciones, describieron la precuela y lamentaron la secuela de nuestro 11-S. El primero fue Radomiro Tomic, cuando advirtió, en agosto de 1973, que “todos estamos empujando a la democracia chilena al matadero (lo cual) amenaza sumergir al país tal vez por muchos años”. El otro fue el ex Presidente Eduardo Frei Montalva, nueve años después, cuando convirtió la profecía de Tomic en un triste augurio: “el país no volverá a ser nunca más lo que fue”.

Ante esas palabras escalofriantes, me tienta poner en forma interrogativa y paritaria una de las últimas frases de Salvador Allende:

¿Superarán otros hombres y mujeres este momento gris y amargo?

José Rodríguez Elizondo
Viernes, 29 de Noviembre 2019



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6votos
CHILE: SIGUE EL ESTALLIDO José Rodríguez Elizondo

El "estallido social", como se abrevia en Chile, sigue vigente. Se ha convertido en un evento serial y, popr tanto, las entrevistas siguen siendo más rápidas y actualizadas que un texto escrito ad-hoc. A mi juicio, ésta que me hizo la periodista peruana Mariella Sausa, del diario Perú21 cumple esos requisitos. Da cuenta de lo que, desgraciadamente, sigue sucediendo en mi país


Después de un mes de protestas ¿cómo está Chile?
Está muy averiado y en algunos lugares luce como una imagen de Siria. Fue como si, de repente en la primavera, un enemigo hubiera destruido nuestros sistemas de transporte, cortado nuestras líneas de abastecimiento e inducido el pánico social. Para ese efecto fue muy eficiente el salvajismo de los delincuentes, “encapuchados” o no, con su incendio de iglesias, saqueo de supermercados y vandalización de símbolos históricos y patrióticos

¿Nadie lo previó? ¿Fue un reventón espontáneo?
No lo previeron quienes debieron preverlo. Ningún político sospechó que el malestar económicosocial acumulado tendría un reventón. Y menos, que tenía que ver con el repudio a los políticos mismos, por vivir en una burbuja. Sin embargo, ya había síntomas ominosos, incluso durante el gobierno anterior. Presuntos o genuinos estudiantes incendiaban buses, lanzaban bombas molotov, colocaban explosivos en accesos al metro y vandalizaban locales escolares emblemáticos. Además, estaba el complicado tema de la Araucanía, con la tendencia autonomista de la etnia mapuche y el mal manejo de la policía. Por eso sostuve, desde el inicio, que de espontaneísmo nada. El upgrade subversivo era perfectamente previsible para una inteligencia técnica entrenada y con manejo de las redes sociales.
 
3.- ¿Cómo explica la ineficiencia de los aparatos de inteligencia?
No hay causa única. Indirectamente está el contraste entre el climático bienestar de los indicadores económicos y la angustia anticlimática de las víctimas de la desigualdad. También está el mal manejo del tema militar, secuela de la larga dictadura y la corrupción de oficiales de la policía uniformada, que minó el bien ganado prestigio de los carabineros. Pero, más importante fue lo ya dicho: el ensimismamiento de los políticos, poco representativos de la sociedad y excesivamente bien remunerados. Desde sus reyertas de endogrupo y sus trincheras clientelares, se preocupaban más del poder propio que de la eficiencia en la Administración. Además, desconfiando de la inteligencia castrense y policial, desde distintas perspectivas, descuidaron la necesidad de potenciar la inteligencia civil. Para expertos en fábulas, fueron como los conejos que discutían si sus enemigos eran galgos o podencos.

¿Hubo una organización política tras el reventón?
Hasta hoy no existe organización identificada. Esto me hizo recordar, con un escalofrío, el Perú de Sendero Luminoso, sus años de incubación y el tiempo que pasó antes de que Abimael y los suyos fueran identificados como algo más que delincuentes serranos. Con todo, ya se acepta que hubo un centro organizativo, que usó las protestass pacíficas como cobertura, empleó los métodos terroristas que están en todos los manuales y supo crear espacios de impunidad para los delincuentes. Incluso existen videos que muestran individuos llamando a derribar al gobierno. Sólo faltaría ponerles el cascabel.

¿La propuesta de una nueva Constitución podrá solucionar la crisis política y social? ¿Por qué es importante que Chile se libere de la Constitución de 1980?
Ha sido un buen motivo para que la clase política recapacite, trate de recuperar su rol y, por añadidura, amaine la violencia. Esto ya es ganancia pura. En cuanto a lo segundo, aunque parezca raro en este mundo tan materialista, el factor espiritual existe. Quiero decir que, al margen de sus normas, la Constitución de 1980 es un reducto simbólico de la dictadura. En 2005 el Presidente Ricardo Lagos subestimó ese simbolismo, tras extirparle los artículos que garantizaban la hegemonía del pinochetismo político. Puso su firma al texto reformado, borró la del dictador y proclamó que Chile pasaba a tener una Constitución totalmente democrática. El tiempo demostró que el símbolo sobrevivía como un zombi. Desde esa perspectiva, es bueno que la clase política acepte que puede haber una nueva Constitución, más allá de si se mantiene o no un modelo de “Estado subsidiario”, que es el punto clave para los constitucionalistas.

Una de las características de la actual Constitución es que para modificarla se necesitaba una mayoría importante en el Congreso. ¿Eso se debería modificar?
Toda Constitución debe aprobarse mediante una mayoría calificada, que la haga representativa del país, por sobre partidos o ideologías. De no ser así, sólo representaría a un sector de la sociedad, a tenor de mayorías políticas de ocasión o abriría paso a las dictaduras constitucionalizadas en la línea chavista.

¿Como quedó el gobierno de Piñera tras lo sucedido?
Creo que el Presidente supo reaccionar con el pragmatismo que exigía el momento, Convocó y escuchó a los dirigentes de la oposición, hizo cambios drásticos en su gabinete y llamó a preservar la paz y la democracia con la razón y no con la fuerza. Paradójicamente, quienes antes lo criticaban por estar avasalladoramente en todo, ahora lo critican por haber privilegiado el consenso, relativizando su protagonismo personal.  

Hubo políticos que se restaron a esa convocatoria…
Sí,  los comunistas, que han optado por acusar al Presidente con base en la actual Constitución.

José Rodríguez Elizondo
Sábado, 23 de Noviembre 2019



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5votos
CHILE: EL DESBORDE DE LOS POLÍTICOS José Rodríguez Elizondo

El 17.11.2019 el diario peruano La República, del cual fui columnista, me hizo la entrevista que reproduzco justo cuando, con excepción de los comunistas, los políticos chilenos del sistema comenzaban a rectificar comportamientos. Tras casi un mes de caos, el susto sirvió para que dejaran de ser comparsas de "la calle" y asumieran sus deberes de representación. Mis entrevistadores fueron Carlos Páucar y Ernesto Carrasco


No se ven salidas claras al estallido social en Chile. Se requieren respuestas democráticas urgentes e integrales. El internacionalista y exdiplomático chileno José Rodríguez Elizondo ensaya reflexiones sobre el suceso que sorprendió a la región.

¿Por qué la ciudadanía en Chile esperó tanto tiempo para hacer conocer sus demandas en las calles ante la desigualdad social y un modelo económico que encarece los servicios, y con muchas insuficiencias en las políticas de salud y jubilación?

La razón de fondo es que los procesos económicos y sociopolíticos no son instantáneos sino acumulativos, aunque muchos políticos no lo adviertan. Hasta hace poco, nuestros actores económicos disfrutaban mucho porque los indicadores eran los mejores de la región y andaban cerca de los de algunos países desarrollados. Repetían, como un mantra, que la pobreza  había disminuido, los negocios  atraían negocios y los sectores medios accedían a su mejor consumo histórico. Soslayaban la imperfección oligopólica de los mercados −léase la colusión de los empresarios poderosos−, el estrés del endeudamiento fácil, el crecimiento de las desigualdades y el impacto del bajón cultural en la enseñanza.

Chile se distinguía en la región por su estabilidad, crecimiento y disciplina fiscal, por ser un modelo de país, en la región y el mundo. En realidad, ¿se escondían cifras de una realidad insostenible?

Las cifras estaban al alcance de quien quisiera asumir la diferencia entre el bienestar de la economía abstracta y el malestar de las personas concretas. Los crecidos indicadores habían ocultado el tema de las desigualdades comparativas. Además, llegado el momento del retiro, los ingresos de la edad productiva ya no cubrían los gastos de salud  y mutaban en tristes pensiones de jubilación. La explosión multitudinaria de octubre correspondió, entonces, a la llegada en diferido de una factura global. Lo grave es que también abrió un forado para que violentistas, terroristas  en forja y delincuentes comunes destruyeran nuestro metro, vandalizaran calles, parques y sedes políticas, incendiaran iglesias y supermercados  e incurrieran en el pillaje sistemático.

¿Conocían las autoridades que había un descontento? ¿Cuáles son las clases sociales más insatisfechas y de qué cifras de la población estamos hablando?

No dispongo de cifras que desglosen el fenómeno por clases sociales, pero tengo un dato muy notable. Según una encuesta sobre el carácter de las protestas, un 50,3 % las definió como mayoritariamente pacíficas y un 46,2% como mayoritariamente vandálicas y violentas. Es decir, casi la mitad de los encuestados homologó como “protestas” a los actos delictuales o vandálicos. Y no solo eso. Lo más sorprendente fue que ¡un 27 % estuvo de acuerdo con las seudo protestas  violentas y vandálicas o no las condenó!… Es decir, aceptaban o se resignaban a la destrucción de nuestro país.

¿Se inclina usted a pensar que la crisis se carga a favor de las izquierdas políticas?

Es lo que dicen los anarcos y, en general, los políticos antisistema. Quieren administrar la protesta, aprovechando que las muchedumbres ambulantes no tienen un comunicador que exprese preferencias políticas. Yo creo, por lo mismo, que la protesta debe interpretarse restrictivamente o por default. Me explico: esos millones de chilenos en las calles ratifican, de manera presencial, que la pureza teórica del mercado es antagónica con la impureza concreta de la sociedad. Cualquier sociedad. También recuerdan lo advertido, precozmente, por Patricio Aylwin, el primer mandatario de la transición: “el mercado es cruel”. Por lo dicho, esta rebelión de las masas es una crítica a este gobierno por acumulación. Porque tampoco atinó a fijar un punto de equilibrio entre la economía de mercado pura o “salvaje” y la economía libre, pero regulada por el Estado en función de las necesidades sociales.

Se observa que los políticos y el propio gobierno quedaron fuera de juego respecto a las protestas violentas y los vandalismos.

Sobre nuestros políticos profesionales, creo −y esto es un poco marxista− que sus condiciones de existencia determinaron sus niveles de conciencia. Sus estipendios y beneficios anexos están entre los más altos del mundo y eso los ha anulado en cuanto a “representantes” de distintos segmentos sociales. Desde sus privilegios, estaban ensimismados en sus juegos clientelares y de poder. Por eso, las masas de octubre los desbordaron de manera ecuánime. Por la derecha y por la izquierda.
A su vez, ese vacío de políticos ayudó mucho a que delincuentes y antisistémicos indujeran el pánico social, usufructuando de la amplia exposición que tuvieron en todos los medios y, en especial, en la televisión abierta. Esta suspendió su programación normal y mostró en sus pantallas, a toda hora, la violencia que a los violentos interesaba mostrar, como lo sabe cualquier estudioso de la materia. Entrampado en esta crisis dentro de la crisis, el gobierno no contó con el talento político transversal y comunicacional que tamaño problema requería. Concentrados en la “administración económicamente correcta” del país, el presidente y sus ministros carecían del lenguaje apropiado o se limitaban a la amenaza del aplicar “todo el rigor de la ley a quienes resultaran culpables”.

Precisamente, la respuesta inicial de Piñera, con policías y militares, añadida a la frase: Esto es guerra y los toques de queda. ¿Fue un error? ¿Revivió la sombra de la dictadura de Pinochet? ¿Qué debió hacer antes que todo el mandatario?

Fue un error de arrastre y de conceptualización política. Lo primero, porque tras el gobierno de Ricardo Lagos se descuidó la política y el trato especial que exigen la mantención y perfeccionamiento de la fuerza legítima. Si se me excusan la autorreferencia, escribí un libro sobre este tema que ningún político dio señales de conocer (Historia de la relación civil-militar en Chile). Lo segundo, porque las palabras de un jefe deben ser exactas y corresponder a sus posibilidades de acción. En concreto, diagnosticar una guerra implicaba contar con lo que no se tenía: datos duros de inteligencia y plena armonía entre la política hacia la fuerza y la estrategia respectiva. En el Perú, en los años del terrorismo, aprendí que, sin una política afinada hacia los agentes de la fuerza legal, es tan riesgoso diagnosticar una guerra y sacar militares a la calle… como no hacerlo de manera oportuna.

Piñera ha tomado ya algunas decisiones políticas: cambio de gabinete, convocatoria a partidos políticos, anuncio de nueva Constitución. ¿Será suficiente para salir de la crisis toda vez que las marchas, algunas muy violentas, continúan?

Podría serlo, si existe la voluntad política de que así sea. De hecho, mientras me entrevistan, han comenzado las negociaciones sobre una nueva Constitución entre casi todos los actores del sistema. Solo se ha excluido, autoaislándose, el Partido Comunista. Esta convergencia sobre el tema constitucional, que al comienzo parecía teoricista o desfasada, puede dar frutos si se privilegia el patriotismo, si la inteligencia civil comienza a funcionar, si se entiende que negociar no es imponer, si la Policía perfecciona su capacidad de disuasión y si las Fuerzas Armadas dan una señal de apoyo disciplinado a la institucionalidad democrática, en la línea de los generales mártires René Schneider y Carlos Prats. Pero, por sobre todo, el empeño fructificará si el presidente Piñera se dirige a la nación, explicando esta urgencia de unidad nacional, con la solemnidad, austeridad y dramaticidad que la oportunidad requiere.
 

José Rodríguez Elizondo
Domingo, 17 de Noviembre 2019



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José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático, caricaturista y miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Su obra escrita consta de 30 títulos, entre narrativa, ensayos y reportajes. Entre esos títulos están "Todo sobre Bolivia y la compleja disputa por el mar", “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, "De Charaña a La Haya” , “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", Las crisis vecinales del gobierno de Lagos", "Crisis y renovación de las izquierdas" y "El Papa y sus hermanos judíos". Como Director del Programa de Relaciones Internacionales de su Facultad, ha vuelto a publicar la revista Realidad y Perspectivas (RyP), que fuera inexplicablemente suprimida por un Decano que no supo prestigiar su cargo. Ha sido distinguido con el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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