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CONO SUR: J. R. Elizondo

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¿UNA CANCILLERÍA DE OPOSICIÓN? José Rodríguez Elizondo

Chile ha sostenido por muchos años una política regional de carácter reactivo o pasivo. Para unos es aversión al riesgo, para otros es falta de profesionalidad diplomática. También hay quienes hablan de secuelas de la guerra (victoriosa) del Pacífico. Sin embargo, el actual gobierno de Sebastián Piñera se está saliendo de ese molde "tradicional", con fuertes iniciativas para expectorar la dictadura venezolana y configurar un foro sudamericano de jefes de Estado en reemplazo de Unasur. Ante esto, se está configurando una organización de excancilleres partidarios de la antigua política exterior y actoras de la confianza de la expresidenta Michelle Bachelet, que impugnan esas novedades. Esto obliga a preguntarse qué está sucediendo con el concepto clásico de la política exterior de Estado.



En Chile, por definición constitucional, el Jefe de Estado conduce la política exterior y, por silogismo elemental, ésta se convierte en política de Estado. Por una parte, es una ficción jurídica del tipo “la ley se presume conocida”. Por otra parte, la realidad dice que es complicado cargar tan alta responsabilidad en una sola persona.

Pero es lo que hay y el buen sentido político de los jefes de Estado y sus cancilleres ha matizado esa soledad del mando, mediante información previa a las comisiones del Congreso y consultas a excancilleres variopintos. Así fue incluso en el tormentoso gobierno de Salvador Allende, en plena guerra fría, cuando los prestigiados excancilleres Carlos Martínez Sotomayor (radical alessandrista) y Gabriel Valdés (demócratacristiano), mantuvieron una relación colaborativa con el canciller Clodomiro Almeyda (socialista).

En ese contexto histórico, los informados y consultados se atenían a las reglas del juego. Asumían que la política exterior tenía una dimensión especial y no estimaban que sus opiniones fueran o debieran ser vinculantes. Tampoco incurrían en manifestaciones públicas que interfirieran, de facto, con la política exterior vigente. Más bien se encuadraban en esa “extrema cautela” que ha sido divisa de nuestra Cancillería.

Sin embargo, hoy eso estaría cambiando. La primera señal potente fue un mensaje de solidaridad con el procesado -y luego condenado- expresidente Lula, de Brasil, firmado por varios excancilleres.   La última es la creación, en trámite, de un Foro Permanente de Política Exterior, con base en excancilleres y personeros políticos no especializados de la actual oposición. Su propósito sería promover opciones alternativas a las del Presidente incumbente y su canciller.  
    
Es una iniciativa delicada y original que iría más allá, incluso, del “shadow cabinet” o “gabinete en la sombra”, propio del parlamentarismo británico. Dicho Foro sería, más bien, una Cancillería alternativa a plena luz del sol.

Un tema para meditar

José Rodríguez Elizondo
Jueves, 11 de Abril 2019



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La dictadura venezolana dejó de ser un tema político sólo regional. Hoy es un tema global que concierne a la región y a las grandes potencias y que exige un tratamiento político y diplomático de la mayor complejidad. En cuanto a Chile, esto impide aplicar los padrones tradicionales que distinguen entre políticas de Estado y de gobierno. Más bien, obliga a analizar si el activismo en la materia desplegado por el Presidente Sebastián Piñera es un fenómeno de coyuntura o un cambio en la reactividad tradicional de la política exterior de Chile



Tras la guerra del Pacífico, nuestros gobiernos se atrincheraron en una política vecinal reactiva. Según el historiador Mario Góngora, se autoconvencieron de que lo conquistado siempre había sido nuestro -Arica equivalente a San Antonio-  y delegaron la política vecinal en los militares y en los funcionarios de la Cancillería.

Dado que los jefes de Estado no pueden estar en el detalle de todo y deben confiar más de la cuenta en sus expertos cercanos, ese talante terminó  configurando una política con superávit de abogados, déficit de imaginación y aversión al riesgo. Pivoteaba sobre la hegemonía de las relaciones económicas internacionales, un buenismo jurídico concebido como “la santidad de los tratados” y la curiosa declaración de que Chile estaba satisfecho con su patrimonio territorial.

Así se consolidó  la subutilización de los diplomáticos de negociación, se instaló la semiconvicción  de que los derrotados estaban resignados a sus nuevas fronteras y que, si no era así, había organismos jurídicos internacionales que nos darían la razón. Con esto Chile renunciaba a tres factores esenciales de cualquier política exterior: la iniciativa política, la negociación de los conflictos territoriales y la disuasión defensiva.

Con los años, ese talante se conceptualizó como política de Estado permanente, sin atención a  los cambios en la estatura estratégica de nuestros vecinos y a los contextos siempre fluidos de la política exterior. Fue inevitable, por tanto, que la realidad comenzara a sacudirnos. A mediano plazo se comprobó que  la iniciativa vacante era asumida por los gobiernos de los países vecinos. El primer aldabonazo lo dio Bolivia, en 1949, al inducirnos a negociar una salida soberana al mar por Arica. En los años 70 estuvimos dos veces y fracción en peligro de guerra. Desde 2002 hasta hoy, el meollo de nuestra política vecinal (por extensión, regional), ha dependido de los jueces de la Haya.

Con mezcla de intuición y audacia, Sebastián Piñera dio una señal de cambio en su primer gobierno. Tomó la iniciativa para detener el curso de colisión que habían coproducido Alan García, siguiendo una estrategia de larguísimo plazo y Michelle Bachelet con su falta de vocación por la política exterior. Para ese efecto, soslayó las provocaciones de Ollanta Humala y nos sacó de la trinchera reactiva, al cofundar con éste y sus colegas de Colombia y México, la Alianza del Pacífico, instrumento que desestibó a la chavista UNASUR.

Aunque ese impulso quedó aparcado en el segundo gobierno de Bachelet, hoy Piñera está retomando su espíritu. Gracias a su gestión de la crisis venezolana y sin cometer el error de actuar en solitario, Chile dejó de mirar hacia el lado o de plegarse a lo que otros países decidan. Está asumiendo, desde el grupo de Lima, un activismo inédito para restaurar una democracia geopolíticamente decisiva en la región. Es un cambio cualitativo, que puede inaugurar una activa política exterior de Estado.

Parte de los dirigentes de la oposición de izquierdas, inluyendo excancilleres y exembajadores, está criticando duramente este cambio. Ponen el énfasis en  aspectos tácticos -si Piñera debió o no ir a Cúcuta, por ejemplo- y no en el meollo estratégico de solidarizar, de manera efectiva, con los castigados venezolanos. Su discurso político, en cambio, luce conservadoramente aferrado a la anquilosada política exterior reactiva,  en cuanto reduce un tema de interés global a la díada derechas-izquierdas. Para unos Piñera estaría haciendo el juego de Donald Trump o actuando sólo en el interés electoral de su sector. Para otros, el tosco  Nicolás Maduro sería una especie de replicante de Salvador Allende. Los  más sofisticados asumen una interpretación rigorista del principio onusiano de no intervención. Soslayan que se contradicen a sí mismos respecto a lo que planteaban durante la dictadura de Pinochet e ignoran que en  la doctrina onusiana, existe el deber de injerencia por razones humanitarias.

Con ello, junto con reconocer (por fin) que Maduro es un dictador,  hacen el juego que más conviene a la dictadura y creen que eso pasa inadvertido. Desconocen, por cierto, la lección ecuménica de política de Estado que diera Winston Churchill, uno de los íconos conservadores de la democracia occidental, cuando explicó por qué se aliaba con los comunistas durante la Segunda Guerra Mundial. Si se trata de derrotar a Hitler, dijo,  “yo me aliaría hasta con Satanás”.

José Rodríguez Elizondo
Miércoles, 27 de Febrero 2019



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8votos

Es un poco majadero que, a estas alturas de la crisis venezolana, algunos sigan discutiendo qué artículo aplicar de la Constitución o cómo formar una mesa de diálogo entre el dictador sin luces y los abusados ciudadanos sin armas. La salida ya está configurada por la Asamblea Legislativa legítima y el Presidente encargado Juan Guaidó tiene la iniciativa.


Publicado en El Mercurio 29.1.19

La catastrófica inepcia de Nicolás Maduro ha puesto en tabla dos grandes temas generales de la política exterior de los Estados: los límites fácticos del Derecho y la acción de las Cancillerías.

Sobre lo primero, está claro que la majestad de la ley nunca fue razón de ser del chavismo. Hugo Chávez juró sobre una “moribunda Constitución”, antes de liquidarla. Para su sucesor, designado a dedo, la Constitución sustituta es sólo una miniatura que usó y sigue usando para expropiar el poder del soberano.

Lo que no está tan claro es por qué personas informadas siguen el juego jurídico-táctico de Maduro. Fingiendo que éste defiende un contrato social genuino, repiten la propuesta -a esta altura escapista- de un diálogo que conduzca a una buena relación entre el dictador y sus abusados. Otros invocan el principio onusiano de no intervención, queriendo ignorar que es una coartada burda y que choca con el principio complementario de la libre determinación de los pueblos. También están quienes, homologando al dictador venezolano con Salvador Allende, olvidan que éste optó por la muerte, para impedir una guerra civil y mantenerse leal a su biografía de líder democrático.

Es en este punto donde ensambla la acción de las cancillerías y, específicamente de la chilena. Tan categórica ha sido la violación de todos los valores democráticos y humanitarios por parte de Maduro, que ha sacado a nuestro país de su reactivismo histórico en materias de política internacional. 

Por primera vez, en muchos años, un Presidente chileno y su canciller no se han limitado a “la extrema cautela” o a seguir el rumbo que otros definen. Superando la aversión al riesgo y coordinando con los responsables de otros Estados, se han manifestado proactivos, solidarios y oportunos en un tema de la más alta complejidad.

Es un buen punto a favor de los derechos humanos del pueblo venezolano y de nuestro propio perfil internacional

José Rodríguez Elizondo
Martes, 29 de Enero 2019



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A 40 años de otra guerra que no fue José Rodríguez Elizondo

Hace 40 años y fracción, estalló en el Perú la noticia de un singular espionaje chileno en el estratégico puerto de Talara. Simultáneamente, fuentes militares peruanas filtraron el caso del espía Julio Vargas Garayar, suboficial de la Fuerza Aérea del Perú, procesado como informante de la embajada chilena. Es un capítulo de mis memorias (en preparación). A continuación, un extracto.


Para el general y geopolítico  Edgardo Mercado Jarrín, el resultado de las elecciones para la Asamblea Constituyente peruana mostró una “tremenda potencialidad conflictiva”, altamente “peligrosa para nuestra integración nacional y para nuestra seguridad” (V. CARETAS N° 541).

En la opacidad de los movimientos políticos castrenses, aquello reflejaba una dura pugna entre el Presidente, general Francisco Morales Bermúdez y su ministro del Interior, general Luis “el Gaucho” Cisneros, quien tenía sólidos vínculos con los generales de la terrorífica dictadura argentina.  Cisneros postulaba una especie de “democracia parametrada”, idónea para proyectar “las conquistas” del poder militar y apoyar a Argentina (y Bolivia, por añadidura) en una casi segura guerra contra Chile.

Como suele suceder en las pugnas intracastrenses, el gobernante no se atrevía a despedir a un contrincante respondón y éste, a sabiendas de lo que se jugaba, se hizo entrevistar por El Comercio. Ahí dijo, desafiante, que su cargo no era de la sola confianza del Presidente. También dependía del comando del Ejército.

En ese contexto, el 13 de diciembre de 1978 estalló la noticia de un singular espionaje chileno, en el estratégico puerto de Talara. Según la información, filtrada por militares del sector crítico, el petrolero Beagle (notable nombre), al mando del capitán de navío Sergio Jarpa Gerhard, fletado por la Armada de Chile para cargar combustible, tenía un objetivo sospechoso. Su dotación de 91 marinos militares no correspondía a una misión comercial. De hecho, Jarpa, su segundo y el ayudante del agregado naval de la embajada de Chile fueron capturados en un vehículo diplomático, mientras fotografiaban las instalaciones portuarias. Al parecer, la inteligencia militar peruana estaba alerta.

Se dijo, entonces, que la misión real de los marinos chilenos oscilaba entre el espionaje y el sabotaje, en función del estallido de la guerra con Argentina, la cual ya contaría con el apoyo del Perú. De ser así, esa misión pudo transformarse en una profecía autocumplida. Quizás es lo que entendieron quienes filtraron la información pues, sobre la marcha, añadieron un caso previo, que se estaba tratando en el secreto diplomático. A su tenor, en el mes de octubre, el suboficial Julio Vargas Garáyar de la Fuerza Aérea del Perú, había sido sobornado por personal de la embajada de Chile, para que proporcionara información detallada sobre la base aérea La Joya.

La difusión de ambas noticias puso los pelos de punta a quienes, en el Perú, queríamos una transición pacífica a la democracia, comenzando por Morales Bermúdez. Entonces, la relación con Chile llegaba al borde de lo innombrable, con nerviosas visitas de militares argentinos, inflamados discursos de algunos constituyentes y duras críticas de la prensa parametrada contra el canciller José de la Puente. Lo acusaban de actuar con debilidad, por no haber informado sobre el caso Vargas y pedían la cabeza del embajador de Chile Francisco Bulnes. Todos ignorábamos que, en paralelo –el 22 de diciembre-, la escuadra chilena salía de sus fondeaderos en los canales magallánicos, para enfrentar a la escuadra argentina. La guerra estaba a la vuelta de la esquina.

EL LEGENDARIO ZILERI ACTUA

Fiel a su coraje humanista, el director de Caretas, Enrique Zileri, trató de poner paños pacíficos en la coyuntura. En un completo “informe especial” para la edición del 15 de enero de 1979, proporcionó a sus lectores todos los antecedentes disponibles. También adivinó que Bulnes, “cultor de la política tradicional del compromiso y la negociación”, había sido sobrepasado por los agentes secretos de Pinochet. En esa línea, llamó a “no exacerbar un sentimiento antichileno” y elucubró, con calculada ambigüedad, sobre “la excepcional cortesía de nuestro canciller de tratar la cuestión en absoluto secreto con el de Chile”.

Con lo último, Zileri aludía a la acusación contra De la Puente por haber sostenido conversaciones con su homólogo chileno Hernán Cubillos, en vez de primero aplicar medidas de retorsión. Al mismo tiempo, le daba la oportunidad de explicarse a fondo, en una entrevista notable. En ella, el canciller dio una respuesta que equivalía a una declaración de principios:

(…) establezcamos los niveles en que actúan los gobiernos. En la Cancillería se ventilan los más altos intereses de la Nación, mientras que es imposible negar que todo país, de una forma u otra, lleva a cabo actos de espionaje (…) desde tiempos inmemoriales, los actos de espionaje son llevados a cabo por agentes y ellos saben los riesgos que corren”.
Es de imaginar el escozor que causó en los militares cisneristas y velasquistas la templanza del informe de Caretas. Por ello, repusieron a la revista en su mira y, como no podían desmentir su investigación, apuntaron contra una información tomada de publicaciones extranjeras especializadas, que aludía a 12 interceptores MIG-21 “que nos ha prestado Cuba” y que podrían ser adquiridos por el Perú “en caso de un conflicto”. Publicarla se calificó como un atentado contra la seguridad nacional.

Fuertemente presionado, Morales Bermúdez, adoptó cuatro medidas de ejecución sucesiva: aceptó su renuncia a De la Puente, sometió a Consejo de Gabinete la pena de muerte para el suboficial Vargas, declaró “persona non grata” al embajador de Chile y… dispuso la clausura de Caretas.

Como De la Puente fue reemplazado por el civil Carlos García Bedoya, también diplomático de carrera, los “duros” quedaron frustrados. En un dramático consejo de gabinete se aprobó el fusilamiento de Vargas por mayoría de votos. La decisión fue ejecutada en la mañana del 19 de enero. Al día siguiente, la Cancillería informó sobre la medida contra Bulnes, pidiendo su “retiro inmediato del territorio nacional”. En esto hubo una sutileza que pasó inadvertida: la fecha coincidía con aquella en la cual el general Manuel Bulnes, antepasado del embajador, recibió en tierra peruana el título de mariscal de Ancash, por su victoria en la batalla de Yungay. En cuanto a la clausura de Caretas, quienes la impulsaron no dimensionaron el peso propio y conjunto de Doris Gibson e hijo ni la calidad de sus contactos internacionales. Pero eso merece párrafo aparte.

La historia oficial dice que esas medidas habilitaron a Morales Bermúdez para afirmarse en el poder, mantener su objetivo estratégico de transferirlo a la civilidad y resistir la presión de quienes querían incorporar al Perú a una alianza bélica contra Chile. Queda para la especulación ponderar cuánto y cómo influyó esa neutralidad peruana, para que los generales argentinos optaran por una guerra previa contra el Reino Unido.

HUESO DURO

Doris denunció urbi et orbi la clausura de Caretas y creó una revista sustituta sobre la marcha. Zileri, aprovechando que esa vez no lo deportaron, lideró una huelga de hambre, primero en la Catedral y luego en los pasillos del Congreso donde sesionaba la Constituyente. Lo acompañaron destacados periodistas de otros medios, incluidos los de Marka, una revista de izquierda con talante castrista.

Su lucha por la libertad de prensa fue noticia internacional y se convirtió en un incordio grave para los uniformados. La gestión de Mercado Jarrín como canciller de Velasco había posicionado al Perú entre los países líderes del Tercer Mundo y eso enorgullecía a todos. Se percibían internacionalmente aceptados y disfrutaban del contraste con el rechazo ecuménico que inspiraba el régimen de Pinochet.

En esa coyuntura, los pétreos militares de Cisneros y los velasquistas supérstites debieron bajar la guardia. Asumieron que ni siquiera la incautación de los diarios tradicionales había provocado tanto revuelo y que la vuelta a la democracia no tenía marcha atrás. Cuatro meses después, el astuto Morales Bermúdez pudo disponer el fin de la clausura de Caretas.
La revista reapareció el 28 de mayo de 1979, con otra de sus carátulas burlonas e históricas. Un esqueleto sonriente, sentado ante una máquina de escribir Olivetti, advertía a peruanos y extranjeros que la prensa seguía siendo UN HUESO DURO DE ROER. 

José Rodríguez Elizondo
Jueves, 27 de Diciembre 2018



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FIN DEL SUSPENSO José Rodríguez Elizondo

El fallo de la Corte Internacional de Justicia, del 1° de octubre, puso punto final a cinco años de dedicación casi exclusiva de las cancillerías boliviana y chilena. Todo un lustro que revela conflictividad suma, incapacidad de asumir la historia y, también, mala evaluación de la realidad. En el caso de Bolivia, porque recién hoy parece obvio que Evo Morales manipuló a su sociedad y también a la propia Corte. En el caso de Chile porque, tras el rotundo fallo a su favor, se celebra la razón del Derecho internacional, pero tiende a olvidarse que esa razón estuvo en suspenso durante cinco años, dado que la Corte intervino donde no debía intervenir, con clara desviación de poder. Queda por determinar si este punto final para un pleito que nunca debió ser, puede ser el punto inicial para una relación normalizada entre Bolivia y Chile. A eso aludo en la entrevista del periodista Gabriel Pardo que comparto a continuación.




Publicada en El Mercurio, 7 de enero 2018
José Rodríguez Elizondo es un reconocido intelectual de las relaciones internacionales de carácter fuerte.
Pese al triunfo de la posición de Chile en la Corte Internacional de Justicia de La Haya, dice que sigue pensando "que mejor habría sido no comparecer como demandado".
Paralelamente, afirma que hubo factores clave en la actuación de Chile para lograr este resultado. Entre ellos destaca la llegada de Claudio Grossman, a quien califica como "el agente indicado en el momento preciso".
Rodríguez Elizondo es abogado, escritor y hasta el año pasado era director del Programa de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.
Ha publicado una veintena de libros, entre los que se incluyen "Temas para después de La Haya" (2010), "Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile" (2014) y "Todo sobre Bolivia, la compleja disputa por el mar" (2016).
Cuando evalúa el fallo -que planteó que el país no tiene obligación alguna de negociar un acceso soberano de Bolivia al Pacífico-, dice que "hizo justicia a Chile".
 
"Lo hizo aplicando el viejísimo aforismo diplomático 'nada está acordado hasta que todo está acordado'. Además, aunque después de cinco años, reparó dos errores graves: admitir a tramitación una demanda netamente política y haber rechazado nuestras excepciones preliminares de competencia".

-¿A qué atribuye que el resultado haya sido tan categórico en favor de Chile?

-Al efecto combinado del peso del derecho internacional y el peso de la realidad política internacional. Los jueces asumieron, en buena hora, que de seguir "creativos" terminarían contradiciendo los principios de la propia ONU: habrían sido la espada judicial de un miembro del sistema contra otro miembro del sistema; habrían interferido en la autodeterminación de Chile y habrían subestimado las amenazas de Evo Morales y su canciller prometiendo recuperar territorio chileno incluso al costo de "la sangre". En síntesis, un organismo de la ONU habría contribuido a socavar la paz y seguridad internacionales, consumando lo que en el derecho público francés se llama "desviación de poder". Algún día se sabrá cuántos nacionalistas de otros países esperaban que la CIJ nos obligara a negociar una cesión de soberanía para aplicarlo como jurisprudencia.

-¿Este resultado deja a Bolivia con nulas posibilidades de continuar exigiendo una obligación de negociar con Chile un acceso soberano al Pacífico?

-Es duro aterrizar una aspiración de ese tipo. Sobre todo cuando un político irresponsable convence, a todo un pueblo, que no es aspiración sino derecho constitucional. Esto me recuerda la admonición realista del diplomático norteamericano George Kennan, a inicios de la Guerra Fría: "debemos asumir que hay problemas que no tienen solución".

-¿Cuál diría que fue el principal acierto del equipo chileno en este caso?

-Menciono dos. Primero, entender que el factor histórico era imprescindible. En el caso con el Perú, costó muchísimo que eso se entendiera. Segundo, haber encontrado al agente indicado en el momento preciso: Claudio Grossman reunía una prolongada experiencia académica y social en una importante universidad norteamericana. Además, tuvo una formación en la Facultad de Derecho de la U. de Chile, que lo proyectó como jurista y lo alejó de los dogmatismos.

-¿Haber presentado excepciones preliminares fue un aporte para una resolución final en favor de Chile?

-En definitiva fue bueno, pues, a falta de una política comunicacional, alertó a la opinión pública ilustrada de que algo muy raro estaba pasando con los tratados de límites en un organismo de la ONU. Yo sigo pensando que mejor habría sido no comparecer como demandado, pues igual la CIJ habría conocido nuestra sólida posición jurídica y nos habríamos ahorrado cuatro años de dedicación a un tema que nos distraía de otros objetivos de la política exterior... y que nos costaba recursos importantes. En cuanto a la plausibilidad jurídica de esta opción, la desarrollé en uno de mis libros sobre conflictos vecinales.

-¿En qué aspectos cree que mejoró Chile en su presentación del caso con Bolivia respecto de lo ocurrido en el caso con Perú?

-El caso con Perú nos fue muy complejo, pues hicimos un mal diagnóstico por dos veces consecutivas. Empezamos diciendo que no había controversia jurídica y terminamos diciendo que la controversia era estrictamente jurídica. Luego, quisimos ignorar factores que nos penaban y que estaban en conocimiento de los peruanos. Fue el caso del "informe Bazán", según el cual no había huellas en Chile de un "tratado específico de frontera marítima". En definitiva, como rechazamos negociar, fueron los jueces de la CIJ los que negociaron por nosotros, produciendo un fallo "creativo".

Rodríguez Elizondo agrega que "comparativamente, el caso con Bolivia era sencillo. No había por dónde creer que un organismo de la ONU pudiera obligarnos a ceder territorios y mar, solo porque Morales decía que era de justicia. Pero el fallo en las excepciones preliminares nos asustó a todos. De ahí la sorpresa que nos dio un fallo tan obvio como el del lunes".

-¿Qué implicancias cree que este resultado podría tener para la carrera presidencial de Evo Morales?

-Sería fácil decir que ya tiene olor a lápida. Pero él pertenece a la especie de los políticos incombustibles. Además, a la inversa de su colega Nicolás Maduro, no puede decirse que haya arruinado a su país. Creo que seguirá en la brecha, pero también creo que los bolivianos merecen tener un líder más normal, para poder construir la buena relación que nos merecemos. Por el bien de Bolivia y de Chile.

-¿Se reafirma con esto que Chile debe mantenerse en el Pacto de Bogotá o ese debate debe continuar?

-Mi opinión no estaba sujeta a un buen o mal fallo. Creo, además, que la retirada de Colombia y la posibilidad de retirada de Chile fueron señales políticas importantes en el espacio ONU para llamar a los jueces a la ortodoxia. Y reitero que sin Pacto de Bogotá igual seguiríamos respetando los distintos medios de solución pacífica de la Carta de la ONU y otros. El tema de fondo es que no debemos convertirnos en rehenes de un instrumento que nos hizo renunciar a la "voluntariedad de jurisdicción" inscrita en el acta de nacimiento de la CIJ.

-Pese al triunfo de la posición chilena, ¿qué lecciones cree que debe sacar Chile en materia diplomática tras este caso?

-Lo digo y lo repito: desarrollar un sistema de política exterior de alta profesionalización, donde la política de Estado se comunique, los abogados sean excelentes asesores y los diplomáticos ejerzan la mutidisciplinariedad. Esto, para que puedan operar como un "cuerpo permanente de negociadores profesionales", según descripción de Harold Nicolson.

-¿Cree que se debió presentar la demanda por el Silala en el contexto de otra demanda en curso como la que acaba de finalizar?

-Al principio tendí a aceptarla como una muestra de que salíamos de la reactividad usual. Hoy tengo algunas dudas, pues nos distrae de un problema vinculado con los acuíferos del norte. Hay un conflicto soterrado porque el aprovisionamiento de agua para las empresas chilenas está siendo obstaculizado, de facto, por actores bolivianos. Temo que, por acción u omisión, esto se relacione con el carácter y estatus de los ríos y acuíferos subterráneos. Si es así, habría que asumir el debate necesario.

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 8 de Octubre 2018



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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático, caricaturista y miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Su obra escrita consta de 30 títulos, entre narrativa, ensayos y reportajes. Entre esos títulos están "Todo sobre Bolivia y la compleja disputa por el mar", “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, "De Charaña a La Haya” , “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", Las crisis vecinales del gobierno de Lagos", "Crisis y renovación de las izquierdas" y "El Papa y sus hermanos judíos". Entre 2012-2018 dirigió el Programa de Relaciones Internacionales de su Facultad y la prestigiada revista de política internacional Realidad y Perspectivas (RyP), ambos inexplicablemente suprimidos por la autoridad. Ha sido distinguido con el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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