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CONO SUR: J. R. Elizondo

Bitácora

4votos

El resultado de la segunda vuelta presidencial, en Chile, demostró que "el legado de Bachelet" no calificaba. En una sociedad compleja, por tanto interconectada, no es tan fácil desmentir la realidad.


Publicado en El Mostrador, 22.12.2017
 
Esa tarde de domingo, ya asegurada la victoria de Sebastián Piñera, los telespectadores se asomaron a un raro momento de “imagen-verdad”. Michelle Bachelet -por error o desincronización de los operadores- se vio expuesta por largos segundos ante una cámara de videoconferencia, esperando la conexión para cumplir con el rito de saludar al vencedor. Los chilenos la vieron con su mirada perdida y más desencajada que en los peores momentos de su gobierno. Era el rostro vivo de la amargura, en contraste con las palabras de buena crianza que pronunciaría después.

Poco antes, en un hotel céntrico, el derrotado Alejandro Guillier, se había mostrado sereno, elocuente y empático, ante las cámaras, para reconocer su derrota con gallardía. Junto a su esposa saludó “el impecable y macizo triunfo” de Piñera, en su mejor estilo de comunicador fogueado. De paso, invalidó, su campaña previa de amenazas y temores catastróficos, llamando a una “colaboración eficaz” con Piñera. “Este es tiempo de renovación, no de retroceso”, sentenció.

Ese juego de imágenes confirmó que la pugna personalizada no se dio entre Guillier y Piñera, sino entre éste y la Presidenta.  Los análisis electorales que siguieron toda la noche poco agregaron a esa realidad.

UNA SINOPSIS NECESARIA

Los enemigos de Bachelet le aplicarían, gustosos, el epígrafe lapidario que se inventara para Richelieu: “todo el mal que hizo lo hizo bien y todo el bien que hizo lo hizo mal”. Por su parte, los historiadores tendrán serios problemas para decodificarla. Baste señalar que su itinerario la muestra como una Presidenta de izquierdas dos veces victoriosa, dos veces derrotada por el centroderechista Piñera, más impermeable que consistente y más autoritaria que conductora.

Su biografía podría explicarla… al menos en parte. Ella no llegó a La Moneda como Salvador Allende, tras una larga carrera política mechada con teoría, ni con la sólida preparación académica de Ricardo Lagos. La suya fue una plataforma de simpatía personal,  condición de género y dramática experiencia con la dictadura. Según sus camaradas socialistas era una “abnegada militante” que, bajo el embrujo de Fidel Castro, no temía relacionarse con los resistentes de la vía armada.

Con ese background, nunca se resignó a la prosa “reformista” de la Concertación. Tal vez por percibirlo, el patriarcal Patricio Aylwin desconfiaba de su “preparación política”. Pero -y tal vez por lo mismo-, Lagos la proyectó como su sucesora. Luego, instalada en La Moneda, algunos quisieron imaginarla como una réplica de Nelson Mandela. Con sus heridas cicatrizadas, sería la mejor líder para una reconciliación. Otros, proyectándose a sí mismos, apostaron a que seguiría la línea moderada y negociadora de sus predecesores. Pero, cuando quedó claro que no iba por ahí su ruta, los decepcionados acuñaron un lema de apariencia machista, para proteger su propia seguridad: “hay que cuidar a la Presidenta”. Léase, no debemos criticarla.

Es que la Bachelet Presidenta  se identificaba más bien con el conde de Montecristo. Enarbolando el lema “realismo sin renuncia”, subestimó el legado económico de Andrés Velasco, toleró la imagen de la retroexcavadora, soslayó la reconciliación, buscó apoyo en las izquierdas duras, retrocedió en la política militar de sus predecesores, incorporó a los no renovados comunistas, alentó a los  líderes de las izquierdas universitarias y siguió acusando a los dirigentes tradicionales por no funcionar “en clave ciudadana”.

La Concertación mutó, entonces, en Nueva Mayoría, con  los dirigentes centristas en posición marginal, pero respetando la ley de hierro de los cargos asignados. En octubre pasado, enfrentando una funa de mujeres víctimas de la dictadura, la mandataria se arriesgó a mostrar la raíz profunda de esa performance: “Yo tampoco perdono ni olvido, soy hija de un ejecutado político y expresa política”.

A esa altura, ya estaba levantando y promocionando su legado propio.

GUILLIER COMO LEGATARIO

Como senador oficialista e independiente, con formación de sociólogo, periodista y masón, Guillier no lucía como el mejor legatario de Bachelet. Su cultura humanista lo endilgaba hacia una socialdemocracia revitalizada, en la huella de Lagos. Una proyección póstuma de la exitosa Concertación.

Sin embargo, su escuálido 22,7%  de la primera vuelta lo descompensó. El oficialismo que representaba era socialmente minoritario. Además,  a su izquierda había emergido un sorprendente y juvenil Frente Amplio, que casi lo igualaba en votación. En paralelo y como en el poema de César Vallejo la DC siguió muriendo.

En ese contexto, Piñera, con su 36,6%, representaba la minoría mayor, “el legado” bacheletista distaba mucho de convocar a la mayoría nacional y los electores del Frente Amplio no estaban dispuestos a cortarse las venas para impedir que ganara Piñera. Fue el análisis que Guillier debió hacer… pero no hizo. Optó por plegarse al de sus analistas y propagandistas más comprometidos con el gobierno. Según éstos, siendo Piñera “derecha pura”, Chile había producido el fenómeno más insólito de su historia política: el centro había desaparecido del sistema y el país estaba más izquierdista que en la mejor época de Allende.

Bachelet olvidando su rol de “pato cojo”, amadrinó con fervor esa tesis polarizante. Con aritmética simplista, sumó los votos de Guillier, del Frente Amplio, de la DC moribunda y de los candidatos testimoniales, obteniendo como resultado un 55%. Si esa masa no estaba totalmente con ella, sí estaría totalmente contra Piñera, a esa altura ya convertido en su Némesis personal.

A partir de ahí, Presidenta, vocera y equipo de gobierno se zambulleron en la campaña electoral. Guillier, desbordado, debió asumir los clichés de las izquierdas duras, con amenazas de “meterle la mano al bolsillo a los poderosos” y  el eslogan guerrillero del Che Guevara “hasta la victoria siempre”. Su campaña de segunda vuelta proyectó, entonces, un cuadro ”posverdadero”, que retrotraía a los chilenos a los años del golpe y la dictadura.

PIÑERA RENOVADO

Piñera, por su lado, percibió que los chilenos de a pie y hasta el Guillier real estaban más cerca del centro “inexistente” que de los extremos ideológicos. Como ello ensamblaba con su propia personalidad política, pudo mostrarse más transaccional, más intuitivo, más templado, más presidencial, cero rencoroso y con trajes mejor cortados.

Aunque no dejó de proporcionar algunas “piñericosas”, ello le permitió enfrentar a propios y a extraños. Así logró controlar desde la egoagresividad del “Cote” Ossandón, hasta la agresividad publicitaria de los candidatos testimoniales, pasando por la descalificación subliminal de muchos periodistas, que jugaron a demonizarlo como “el candidato de los ricos”.

En paralelo, mostró una mirada escéptica sobre la vieja díada derechas contra izquierdas y aplicó un principio esencial de la física y química: lo que existe no desaparece, sino que se transforma. Si los centristas ya no tenían expresión orgánica en el Partido Radical y en la DC, es porque estaban a la derecha, a la izquierda y en todo lugar.  Rumbo a ellos dirigió sus redes, tras encomendarse a Aylwin, el gobernante transversal, a despecho de la tibia e inútil protesta de los democratacristianos.

Sobre esa base, asumió que si bien podía valorar parte de la ejecutoria reformista de Bachelet, los chilenos no  se cortarían las venas por una “refundación”, nombre sustituto de la vieja revolución. Ninguna aritmética electoral los haría olvidar a los operadores desprolijos, los empresarios coludidos, la judicialización rampante, la inseguridad ciudadana, los focos violentistas en germen, el “empate” como razón de Estado, el clientelismo sin disfraces y una corrupción que había permeado incluso al Cuerpo de Carabineros.

Esto significaba que, en la situación límite de una segunda vuelta, los electores expresarían ese malestar, optando por una mejor administración del Estado, que incrementara los indicadores de bienestar, sepultando la soberbia pretensión del realismo sin renuncia. Como contrapunto, aceptarían que Piñera conocía mejor las palancas de la economía y garantizaba esa mejor gestión. Lo que para el “legado” era un vicio, para la mayoría pragmática sería virtud.

Quizás por eso, Piñera no denunció con estrépito la intervención del gobierno en la campaña de Guillier. Tal vez entendió que su evidencia lo beneficiaba. De ahí que, en vez de poner a Bachelet en la picota de la denuncia internacional, optó por la denuncia sólo doméstica, personalizándola en Paula Narváez, la vocera presidencial. El resultado justificó esa presunta contención. Su victorioso 54,57% fue la cifra a que aspiraba Guillier y el 45,43 de éste,  fue la que el oficialismo adjudicaba a Piñera.

Digamos que, por el momento, las fuerzas derrotadas no dan señales de reconocer su responsabilidad. Absurdamente algunos hasta quieren culpar a Lagos, por no haber apoyado “con entusiasmo” a los capitanes del fracaso. Por otro lado, otros quisieron  negar la politicidad de lo sucedido: “no fue una derrota política, sino electoral”, dijo Narváez. Aunque a medias, salvó ese bache el reconocimiento noble del candidato derrotado y el gesto presidencial de saludar y luego visitar al vencedor, para “sana envidia” de un político argentino.

CINCO CONCLUSIONES AL PASO

Primera: las izquierdas han olvidado una gran lección pragmática de Lenin: “a la derrota hay que mirarla cara a cara”. Hasta el momento esa señal no se ha dado.

Segunda: aunque es cierto que el clivaje derechas-izquierdas ya no es el que era, la victoria de Piñera es correlativa a una crisis grave de las izquierdas renovadas y de las izquierdas a la antigua. Sus dirigentes, que ya habían confesado su impotencia al no presentar candidato militante, agravaron su fracaso dando a Guillier “el abrazo del oso”.

Tercera: en ese déficit manifiesto está la verdadera oportunidad de las nuevas izquierdas del Frente Amplio. Desde su posición y privilegiando la subestimada probidad, podrían generar liderazgos actualizados y contribuir a la instalación de un nuevo sistema político para Chile.

Cuarta: la brecha de la victoria indica que el tigre de la polarización tenía dientes de papel (por el momento) y da a Piñera una buena libertad para desplegarse, mejorar la calidad de la política  y liberarnos de los oprobios del Estado clientelista o capturado.

Quinta: dado que una democracia eficiente necesita un centro sobre el cual pivotear, tanto las derechas como las izquierdas realmente existentes deben privilegiar sus centros respectivos. Sólo así, con Venezuela como advertencia, el sistema podrá impedir o amortiguar eventuales nuevas tendencias a la polarización.

José Rodríguez Elizondo
Viernes, 22 de Diciembre 2017



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Bitácora

6votos

Las elecciones recientes, en Chile, dejaron a a la vista una realidad complicada y una segunda vuelta impredecible. La mala opinión sobre los partidos políticos del sistema se reflejó en una abstención sostenida y una votación fuerte para quienes emergieron, precisamente, criticando al sistema de partidos. Es lo que me permite sospechar que lo decisivo no fue el enfrentamiento entre el candidato centroderechista, Sebastián Piñera y el independiente oficialista. Alejandro Guillier. Es lo que trato de explicar a continuación.


ELECCIONES EN CHILE: LA PELEA ES ENTRE MICHELLE Y SEBASTIÁN
Publicado en Caretas y en El Mostrador, 23.11.2017

Una foto rápida de las elecciones muestra al centroderechista ex Presidente Sebastián Piñera como ganador en la primera vuelta. Pero, visto su ajustado 36.6 % , lo tiene difícil en la vuelta que viene. No le bastará con sumar el 7.9 % de José Antonio Kast, testimonial candidato de la derecha “dura”.

La explicación de todo está en el laberinto de las izquierdas gobernantes. Esas que iniciaron la transición, envejecieron en el poder y hoy están desgastadas. Como las penas con cargos son menos, sus dirigentes se resignaron al “ninguneo” que Michelle Bachelet les propinó en su primer gobierno. Para sobrevivir, en el segundo, aceptaron un cambio de alto riesgo: dar pocos minutos de juego a la Democracia Cristiana, centrocampista tradicional; incorporar al siempre disciplinado Partido Comunista y coquetear  con los jóvenes jacobinos del Frente Amplio (FA).

Los gastados dirigentes quisieron creer que el objetivo único de ese cambio era derrotar a Piñera. Es decir, se hicieron los zonzos o no asumieron que el PC chocaría con la DC. Peor, aún, no entendieron que los jóvenes del FA llegaban para “sanear la política”, tras auscultar la mala opinión sobre los incumbentes y mirarse en el espejo español del Podemos. De hecho, sus fundadores habían llegado a la Cámara de Diputados pidiendo reducir las altísimas remuneraciones que se hacen pagar  todos los honorables.

El objetivo de parar a Piñera está funcionando en la aritmética. Al 22.7 % del ex periodista Alejandro Guillier –candidato oficialista- podría sumarse la notable votación de la  candidata del FA y ex periodista Beatriz Sánchez (20.2%), y también la escuálida votación (5,8%), de Carolina Goic, la candidata de la DC. Este otrora poderoso partido superó, apenas, a las candidaturas izquierdistas juguetonas de Marco Enriquez-Ominami (5.7%), Eduardo Artés (0.5%) y Alejandro Navarro (0.3%), quedando al borde de un colapso italiano.

Pero,  políticamente hablando, la suerte no está echada. Gracias a su sorprendente musculatura, el FA tiene  hoy una llave maestra, que lo habilita para dar la victoria a Guillier o a Piñera, en la segunda vuelta. Es una encrucijada estratégica, en la cual sus diversos componentes deben definir si les conviene asumir la responsabilidad de un gobierno continuista de Guillier o resignarse a un gobierno débil de Piñera, para dar el salto directo a La Moneda, en cuatro años más.

LA DUDA DE AYLWIN

Es un lindo pasatiempo para historiadores el definir si en el origen de este proceso hubo o no una decisión estratégica de Bachelet. Los políticos del establishment -derechas e izquierdas unidas-, tienden a creer que no. Que los estropicios sistémicos y el auge del FA se deben sólo a su falta de oficio político. En esto los acompaña el patriarcal Patricio Aylwin, desde el más allá.  En 2005 dijo que “Michelle es una mujer enormemente simpática, pero tengo dudas de su formación para un cargo como la Presidencia”.

Los opinólogos, tienden a confirmar esa dulce condena. Al efecto , mencionan un largo prontuario presidencial: desinformación sobre problemas importantes, opción por los leales sobre los inteligentes, equipos técnicos de bajo nivel, corrupción en la administración pública, reformas desprolijas, ausencia en los temas estratégicos de la política exterior, decisiones que se postergan sine die y, como remache, los  “gustitos” que Bachelet se ha dado. Aquí mencionan su controvertida visita de homenaje a Fidel Castro y su política disimuladamente punitiva hacia las Fuerzas Armadas.
 
En síntesis, los expertos no  conciben que exista método en la chapuza. Es decir, que desde el fondo de su alma ideológica, a Bachelet le importe un bledo dañar el sistema “neoliberal” que recibió. Sin embargo, es muy posible que, en este mundo de mercados invasivos, corrupción ecuménica e ideologías fracasadas, ella asumiera un modelo desafiante: de estirpe castro-bochevique, tal vez rústico, pero por cuenta propia. Manejándolo con terquedad y guiada por su intuición –o “mi sentido”, como dice ella-, ha  desplazado a los políticos más cuajados y ha prescindido de los tecnócratas más conspicuos.

Sabe que sus reformas, aunque desprolijas, amarrarán el desempeño de cualquier futuro gobernante. En paralelo, si bien toleró la captura del Estado por los operadores de sus partidos, tal vez previó que así se  debilitarían ante la opinión ciudadana. Por algo, su primer gobierno marcó el fin de la Concertación y el segundo está siendo el del fin de la Nueva Mayoría, sucesora de la anterior. En esa línea,  quizás piensa que los jóvenes del FA vienen al rescate de su modelo ideológico, como la caballería de las viejas películas norteamericanas.

EL DILEMA DE PIÑERA

La clave estaba en la lealtad bacheletiana con las ideas, héroes y memorabilia de las izquierdas sesentistas. Castro, Guevara y Ho Chi Minh, junto al tema del género –con el “todos y todas” como gancho semántico- configuran la base de su legado en trámite. Ese legado será interesante, pero a su manera. Más por default que por tesis  o por destino manifiesto. Y, si se agregan los datos dramáticos de su biografía personal, lo seguro es que  su entrada en las enciclopedias tendrá más caracteres y espacios que la de Ricardo Lagos, su ex jefe y creador.

Por lo señalado, hoy suena francamente ridículo ese mantra indulgente de los veteranos de la Concertación, cuando trataban de enterrar sus errores: “Hay que cuidar a la Presidenta”, decían. Era un proteccionismo machista y desubicado, para sugerir que ahí estaban ellos, los políticos de verdad, para guiarla y rectificarla. Nunca captaron que Bachelet se cuidaba sola ni que, como Presidenta, era ella quien debía cuidarnos a los chilenos.

Piñera, cuya inteligencia y rapidez mental se reconocen, hoy debe saberlo mejor que nadie: el adversario que siempre tuvo al frente no fue Guillier ni Sánchez, sino Bachelet. Quizás resienta que no se considere la asimetría obvia, en cuanto a “formación para el cargo”. Pero así es la vida y su rivalidad mutua pasará a la historia como la clásica de Arturo Alessandri y Carlos Ibáñez.

Concluyendo: la segunda vuelta electoral sólo aparentemente será un duelo entre un ex destacado periodista y un ex Presidente de la República. El duelo real y al mismo tiempo simbólico, será entre Piñera, un político pragmático y sistémico y Bachelet, una romántica de la revolución.

José Rodríguez Elizondo
Viernes, 24 de Noviembre 2017



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Bitácora

7votos

La coyuntura a veces trae temas de la estructura profunda. Está sucediendo, en Chile, con el supuesto compromiso de la presidenta Bachelet de cerrar un penal exclusivo para militares que violaron los derechos humanos. Se discute si el compromiso existe y si es sólo un compromiso bipersonal. La Jefe de Estado, entretanto, se mantiene en medio de la ambigüedad



Publicado en El Mostrador de 13.11.2017

En ciertas materias y aunque luzca paradójico, la ambigüedad debiera tener límites claros. Si un tema como Punta Peuco es importante para la relación civil-militar –es decir, para el país-, es demasiado especioso estar discutiendo si el gobierno se comprometió o no a cerrar ese penal.

Podemos preguntarnos por qué Carmen Gloria Quintana, con toda la credibilidad que merece, contó lo que le habría dicho la Presidenta. Pero, mientras ésta no lo refrende, la realidad pública sólo tiene dos patas. Una de ellas corresponde a lo que dijo el ministro de Justicia Jaime Campos: el país no ha escuchado una declaración de la Presidenta Bachelet diciendo “me comprometo a cerrar Punta Peuco”. La otra pata consta a todo el mundo, ha sido escuchada de boca presidencial y de boca de vocera presidencial y dice que  la Jefa de Estado “cumple sus compromisos”.

La ecuación final, entonces, es que estamos ante una ambigüedad deliberada respecto a un tema de Estado que, a mayor abundamiento, ha motivado una expresión pública y directa de las Fuerzas Armadas. Por lo mismo, si del presunto compromiso presidencial  se pasa a una ejecución abrupta, sin una explicación a la ciudadanía, el legado militar de la Presidenta quedará irremisiblemente dañado.

Obviamente, dado que el derecho suele ser el primer refugio del eufemismo, puede adivinarse la reacción de los chilenos que se sienten entrampados por la ambigüedad. Los militares –dirán-, no tienen derecho a opinar y si lo hacen deliberan y si deliberan se ponen fuera de la ley.

VIEJOS, DIABLOS Y SABIOS

La pregunta irresistible, vista nuestra historia, es si los escapismo solucionan, postergan o agravan el problema. La respuesta posible está en nuestra historia contemporánea. Específicamente, en lo que hicieron los padres fundadores de nuestra transición, cuando comenzaron a levantar la democracia en medio de un vendaval de opiniones antipolíticas de las Fuerzas Armadas.

Contados fueron los políticos que entendieron, entonces, la relación directa entre el profesionalismo militar y la libertad de expresión. O, dicho de otra manera, entre la deliberación y la conspiración. Entre ellos estuvieron el Presidente Patricio Aylwin y su canciller Enrique Silva Cimma.

Por viejos, por diablos y por sabios, ambos sabían que los militares tienden a hacer “ruidos”, cuando creen que los gobiernos ponen en peligro el statu quo y no tienen canales abiertos para confirmarlo o desmentirlo. Mucho de eso lo aprendieron durante el gobierno de Salvador Allende, con la ventaja de haber estado en distintos lados de la barrera. Aylwin, como presidente de la Democracia Cristiana y líder político resignado al golpe de Pinochet. Silva Cimma, como personalidad del co-gobernante Partido Radical, hermano masón de Allende, Presidente del Tribunal Constitucional y exiliado después del 11-S.

Quizás esas circunstancias los llevaron a una moraleja en tres puntos. El primero les decía que la represión de la deliberación castrense era una escopeta de dos cañones y podía dispararse en reversa. El segundo les aconsejaba enterarse in actum del pensamiento político de los militares,  para no llegar a conocerlo desde el receso político o el exilio. El tercero era una moraleja táctica y estratégica con base en la Constitución de 1980: los organismos en que los militares están en mayoría sobre los agentes del gobierno, no emiten opiniones sino diversas especies de ultimátum.

Fue el planteamiento que, con Pinochet respirándole en la nuca, Aylwin hacía a sus cercanos y que, en 1992, estimó del caso comunicar a la opinión pública. Entrevistado por Héctor Olave, director de La Tercera, contó que había invitado a almorzar a los comandantes en jefe, para informarlos sobre las reformas políticas en proyecto o en ejecución. Su explicación textual fue la siguiente: “Ellos tienen derecho a tener opinión. Son ciudadanos, y como instituciones la pueden hacer valer ante la autoridad, pero no son poder colegislador”. Agregó, precavido, que “sus opiniones son muy dignas de tenerse en cuenta, pero no son la última palabra”.

MILITARES CON DERECHO A OPINIÓN

Silva Cimma recogió y procesó la semilla. Lo hizo, primero, en debates de endogrupo, como desarrollo de las tesis  de su libro Una democracia eficiente para Chile, de 1989. Luego, visto el progreso en la relación civil-militar, publicó en El Mercurio, como Presidente del Partido Radical,  una primera aproximación a lo que ya denominaba, desafiante, “derecho a la deliberación”.

En ese texto reconoció el mérito del “nunca más” de Cheyre, en cuanto factor para la reinserción social de las Fuerzas Armadas. Éstas, conscientes, ya, de los errores y horrores del pasado dictatorial, habían mostrado “un grado muy fuerte de sensatez y objetividad (y) poseen hoy un vínculo más estrecho con la sociedad civil”. A partir de ahí anunciaba “un entendimiento mucho más fuerte, que derivará en un grado amplio de entendimiento y de trabajo en conjunto”.

Así llegó al tema de la libertad de expresión castrense. La base de su razonamiento fue que “las  Fuerzas Armadas y las organizaciones civiles son estamentos de una misma sociedad dentro de la organización del Estado, con el Presidente de la República a la cabeza”.   De esto colegía que, como los civiles y en un contexto de gobernabilidad y respeto, los militares “deben tener derecho a opinión”.

En cuanto jurista realista, también se ocupó de las interpretaciones con base en la Constitución de 1925, para denunciar el “profundo error” de vincular el deber castrense de obediencia con la prohibición de “emitir opiniones de interés público”. A su entender, las Fuerzas Armadas “no tienen por qué carecer de deliberación, ya que tienen en principio los mismos derechos que las autoridades civiles”. Esto le permitió precisar el concepto de deliberación como “el legítimo derecho a dialogar respecto de determinados puntos de interés público”.

En ese punto, el viejo maestro puso el colofón necesario, para vincular el derecho constitucional con la política: “es francamente incomprensible que, en el contexto de una democracia, aún existan estamentos que se vean coartados en su capacidad deliberativa, a pretexto de estar sometidos a la disciplina militar y de su porte de armas”.

TÉNGASE PRESENTE

Comentario: el liderazgo y sabiduría combinados de Aylwin y Silva Cimma, permitió que la Concertación enfrentara sin amurramientos, el problema de unas Fuerzas Armadas en estado de efervescencia antipolítica. La estrategia fue hacer de la necesidad virtud, enfrentando el estado de opinión sediciosa, inducido por Pinochet, para reconvertirlo en un estado de diálogo orientado a la normalización.  Es decir, al estatus de subordinación al poder legítimo, propio de la democracia.

La buena noticia fue    que eso se consiguió y se expresó en una relación que consagraba el profesionalismo militar subordinado, pero participativo. La mala noticia es que duró lo que duró la Concertación. Luego, Chile volvió al viejo síndrome del subdesarrollo exitoso y nos contentamos con tener militares bien equipados en sus bases y cuarteles y políticos instalados en sus instituciones, sin reflexionar si queríamos volver a los “compartimentos estancos” o seguir avanzando en el profesionalismo participativo. 

Los tácticos del “realismo sin renuncia” -ese curioso lema de la Nueva Mayoría- posiblemente no se plantearon el problema, por tener como prioridad el reposicionamiento de la justicia absoluta. Por lo mismo, dado que ésta sigue elusiva, como suelen serlo las utopías,  lo más seguro es que excluyan el tema militar del legado de Bachelet. El diferendo con las Fuerzas Armadas, dirán, sucedió en el último tercio de su segundo gobierno, fue un globo sonda que se desinfló solo y aquí no ha pasado nada.

Pero otros matizarán, diciendo que la opinión política de las Fuerzas Armadas de 2017, catalizada por Punta Peuco, fue un importante “téngase presente”. Como tal, debiera ser un tema prioritario en la agenda de Estado del próximo Presidente de la República. 

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 13 de Noviembre 2017



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Bitácora

8votos
LA TEORÍA DEL LOCO José Rodríguez Elizondo

En el caso de la polémica a nivel nuclear, entre Donald Trump y Kim Il-un, Erasmo no habría encontrada nada que elogiar



 
El conflicto personalizado y marginal a la diplomacia que se está dando entre Kim Il-un y Donald Trump ha puesto de relieve la complejidad y sutileza de la estrategia de la disuasión.

Aquí estamos viendo, con toda claridad, sus dos posibilidades básicas: cómo amenazar con disparar, para que al enemigo se rinda sin guerra y cómo responder con la amenaza de que cualquier disparo llevará a una guerra. Lo novedoso y espantable es que, en este caso, como en la crisis de los misiles de 1962, en Cuba, estamos hablando de disparos nucleares.

La teoría dice que el éxito de la disuasión -y con mayor razón la que opera con armas nucleares-, se funda en la credibilidad de los antagonistas. Específicamente, en los niveles de firmeza que se reconocen, entre sí, respecto a la voluntad de ejecutar sus amenazas. La victoria sin guerra y la guerra nuclear, en la que todos pierden, cuelga de esa delgada línea sicológica.

En 1962 la disuasión nuclear funcionó desde ambos lados –la Unión Soviética y los Estados Unidos- porque sus gobernantes se inspiraban la credibilidad de la sensatez. En otras palabras, John F. Kennedy y Nikita Jruschov no se percibían, entre sí, en la condición sicológica necesaria para desatar una guerra nuclear, por una potencia menor como Cuba, Así, tras estirar casi al máximo la cuerda de la amenaza, ambos supieron “pestañear” a tiempo, para iniciar una negociación.

En este 2017, lo que está funcionando es parecido, en cuanto al nivel de  la amenaza, porque su naturaleza nuclear subordina la enorme asimetría de poderes entre Corea del Norte y los Estados Unidos. Pero, ahora existe una diferencia sustancial en cuanto a la calidad de los gobernantes. A la inversa de Kennedy y Jruschov,  los jefes de Estado  Kim y Trump están apelando a la credibilidad de su insensatez. Ninguno se reconoce como gobernante responsable y se lo dicen cada a cara. Literalmente, ambos se definen como locos (“mad men”).

.Aludiendo a la “destrucción mutua asegurada”, propia de una eventual guerra nuclear, el pensador francés Raymond Aron escribió, en 1966, que era difícil soslayar la idea de que sólo un loco podía desatarla. Por lo mismo -vaya paradoja-, en un intercambio de amenazas disuasivas con carga nuclear, lo mejor sería hacerse el loco, para ser creíble.

Sobre esa base, la posibilidad de que se imponga la disuasión entre Corea del Norte y los Estados, estaría en una percepción de empate entre sus gobernantes. Esto es, en que ambos pestañeen, por creerse lo bastante locos como para activar la panoplia nuclear. En tal caso abrirían un espacio para que sus élites domésticas y los gobernantes más sensatos del planeta los obliguen a negociar en el interés del planeta. 

Sin embargo, también cabe la siniestra posibilidad de que las amenazas que Trump y Kim han intercambiado no tengan a la disuasión como estrategia. Es decir, que no persigan evitar la guerra. En tal caso, la locura no sería un recurso sicológico, para inducir un pestañeo, sino un pavoroso dato de la realidad.

José Rodríguez Elizondo
Domingo, 15 de Octubre 2017



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Bitácora

6votos
PUNTA PEUCO NO ES EL PUNTO José Rodríguez Elizondo

Tras la larga dictadura del general Pinochet hubo acuerdo político, en el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, para construir una cárcel especial para los militares condenados por violación de derechos humanos. No fue un acuerdo fácil, pues ese penal, llamado Punta Peuco, necesariamente, tendría mejores condiciones que las hacinadas cárceles del país. Décadas después el tema volvió al escenario del debate y la Presidenta optó por anunciar el cierre del penal, lo que catalizó una delicada situación con las Fuerzas Armadas. Los comandantes en jefe en retiro emitieron un pronunciamiento público, criticando esa disposición presidencial. A eso me reiero, a continuación.


Publicado en El Mostrador, 21.9.2017
Imagino que entre los ex comandantes en jefe hubo un debate muy fino, para componer su  texto colectivo. Quizás sobre cómo evitar que luciera amenazante  o a quienes excluir para que no pareciera provocativo. Tal vez sobre la necesidad de no gastar todas las municiones en un gobierno que termina o de qué manera equilibrarse entre la judicialización aceptada en la Mesa de Diálogo y la judicialización criticada de hoy.

Lo más importante, en todo caso, debió ser lo medular: cómo dejar en claro que el tema de fondo no era el muy puntual de Punta Peuco, sino el muy estructural de la relación civil-militar (RCM) en regresión.

Precisamente por eso, es inquietante que ese debate lo gatillara una promesa presidencial a una víctima emblemática de la dictadura y una respuesta eufemística a la periodista Matilde Burgos, ante las cámaras de televisión.  Antes de esa coyuntura, ya estaba claro que la normalización de la relación civil-militar (RCM), iniciada con la Mesa de Diálogo del gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, se había convertido en una relación complicada.  Los militares del “profesionalismo participativo”, de 2006,  ahora deben justificar su polivalencia con las catástrofes naturales. Las contribuciones castrenses en materias de política exterior suenan a intromisión. El general Cheyre, del “nunca más”, está bajo proceso judicial.

Comunicacionalmente, el tiempo ya no juega a favor de la justicia sin venganza. La imagen pretérita de un furibundo general Contreras, conducido forzadamente a la cárcel, es reemplazada por la imagen de un condenado nonagenario que ignora lo que le está sucediendo.

SICOLOGÍA PRESIDENCIAL

Visto que no ha existido coraje político –algunos dirán, el patriotismo necesario- en las centroderechas y en las centroizquierdas, para detener la regresión de la RCM, llegamos a lo que sucedió: la Presidenta no estuvo en condiciones de ejercer el carisma del mando ante quienes están entrenados para obedecer y quedó con su supremacía civil encasquillada. Se indignó sin tomar medidas, convalidó tácitamente lo obrado y complejizó la posibilidad de un futuro diálogo con los militares, desde posiciones de autoridad.

Muchos se sorprendieron por lo abrupto del conflicto. Confiaban demasiado en que este país tan agitado, marchoso y delincuencial en la calle, debía mantenerse inmóvil y silencioso en los cuarteles. Quizás por eso, distintas personalidades, civiles y militares intentaron interpretaciones sicológicas. El ex comandante en jefe de la Armada, almirante Jorge Arancibia,  subrayó la relación amor-odio de la Presidenta con la Fuerza Aérea, por el caso de su padre. Para el ex comandante en jefe de la Fuerza Aérea, General Ricardo Ortega, quienes rodean a la Presidenta habían exacerbado los ánimos, “porque estamos próximos al término del gobierno (…) y pretenden apurar cosas que no van en el ánimo de pacificar a la ciudadanía”. Felipe Agüero, académico y experto en temas de la defensa, opinó que la buena relación de Bachelet con los militares “va a terminar en un pie de incertidumbre”. Añadió que ha tenido ministros de Defensa “extremadamente débiles como autoridad política”. Francisco Javier Cuadra, cientista político y ex ministro de Pinochet, aludió a una manera de zafar de su desprolijidad gobernante y del impacto desmoralizador del caso Caval, volviendo al clima cohesivo de la lucha contra la dictadura. El ex ministro de Defensa Jaime Ravinet culpó a una personalidad bifurcada: “La Michelle Bachelet que llegó en este período es otra (…) perdió los nexos con el mundo militar o con las amistades que tenía allí”. Carlos Ominami, ex ministro de Lagos e hijo, como Bachelet, de un general allendista de la Fuerza Aérea, dio una nota sicológica propia: no quiso creer que el trato había empeorado, porque “ella tiene un aprecio histórico por las Fuerzas Armadas (y)  vivió muy mal el desencuentro durante el régimen militar”.

Esa búsqueda de claves en la personalidad profunda de la mandataria, refleja lo difícil que es explicar su mal manejo del tema. Al priorizar y emblematizar el cierre de Punta Peuco, lo convirtió en el punto más alto de la regresión de la RCM, a contar de las “estupendas relaciones” (con ella como  ministra de Defensa) reconocidas por Izurieta Ferrer, en 1998. Por cierto, el mismo general que encabezó el texto crítico de los ex comandantes en jefe.

LA PUNTA DEL ICEBERG

La problemática de la personalidad y el poder, teorizada por Max Weber desde hace casi un siglo, no debe ocultarnos la gravedad de lo sucedido en este Chile de 2017. La coyuntura refleja dos procesos paralelos, en lo político y en lo social. Primero, el de las heridas en proceso de cicatrización (lenta), que se reabrieron (de sopetón) en este segundo gobierno de Bachelet.  Segundo, el tránsito desde la Mesa de Diálogo, que apuntaba a la reconciliación con desarrollo, a un emplazamiento militar sin diálogo, que podría conducirnos a una nueva polarización agria de la sociedad. Algo que nunca tiene buen pronóstico.

Eludir esta realidad buscando refugio en la ley –eventual sanción al  comandante en jefe en activo, general Humberto Oviedo, por haber opinado de manera similar el día del juramento a la bandera-, habría equivalido a colocarse en el punto ciego de dos artefactos romanos. Entre el dura lex sed lex (la norma a rajatabla) y el summum ius summa injuria (aplicar la norma ya no sirve). Por lo demás, es muy posible que tanto Oviedo como los generales ® hayan tratado de descomprimir el estado de ánimo de todos los uniformados, que puede estar más cercano a la crudeza que a la sofisticación.

Visto así el panorama, Punta Peuco es la punta del iceberg conflictivo de la transición y la pos transición. Uno cuya  masa sumergida contiene momentos escalofriantes: boinazos, ejercicios de enlace, revelación de crímenes espantosos, asesinato de Frei Montalva, jueces extranjeros procesando a Pinochet por default, el “nunca más” del general Cheyre,  el suicidio del general Odlanier Mena, las acusaciones al ex Presidente Lagos por el silencio de las víctimas del informe Valech …

Es un cúmulo de sentimientos potentes, transitoriamente reprimidos y de políticas públicas imprescindibles, que nunca se intentaron. Factores, todos, que eclosionaron en este segundo gobierno de Bachelet, para tratar de imponer la voluntad política de las minorías coherentes por sobre la voluntad de las mayorías decadentes.

Es un síndrome político de la mayor gravedad pues, en su deriva, esa masa sumergida nos está alejando del derrotero fijado por los primeros gobiernos de la Concertación. Aquel que conduce desde la simplicidad de las dicotomías ideológicas a la complejidad de una reconciliación imperfecta.

Un derrotero que obliga a rectificar rumbos hacia la normalización de la RCM, para no volver a los “compartimentos estancos”  y al antagonismo civil-militar.
 

 
 

José Rodríguez Elizondo
Viernes, 22 de Septiembre 2017



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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático y caricaturista, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad Director del Programa de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile y Director de la carta mensual Realidad y Perspectivas (RyP). Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, su obra escrita consta de 29 títulos, entre narrativa, ensayos y reportajes. Entre esos títulos están “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", Las crisis vecinales del gobierno de Lagos", "Crisis y renovación de las izquierdas", "El Papa y sus hermanos judíos", "La pasión de Iñaki", “Chile: un caso de subdesarrollo exitoso”, "Chile-Perú, el siglo que vivimos en peligro”, "De Charaña a La Haya” y “Temas para después de La Haya”, publicados por la Editorial Andrés Bello, Random House Mondadori, Planeta y RIL. También ha publicado, más recientemente, "Todo sobre Bolivia y la compleja disputa por el mar" en Ediciones El Mercurio. Ha sido distinguido con el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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