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CONO SUR: J. R. Elizondo

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8votos

Finalizados los alegatos en La Haya, los abogados de Chile y Bolivia se sienten satisfechos y los periodistas tratan de decodificar lo sucedido en términos de derrota-victoria. Es una misión imposible, pues los jueces de la Corte Internacional de Justicia cultivan la ambigüedad deliberada, en nombre de la "creatividad". Además, saben que lo suyo no es "el estricto derecho", sino el derecho flexible de la ONU. Mucho de esto -y algo más- queda claro en la siguiente entrevista (1.4.2018) que me hizo el periodista chileno Matías Jullian, de la cadena de diarios regionales de El Mercurio.


Considerando que la estrategia boliviana de apelar al sentimentalismo y la empatía parece estar ganando la batalla comunicacional, ¿cree que Chile debería incluir elementos políticos emocionales en su estrategia?
 
No lo creo. En los torneos de sentimentalismo siempre gana el relato de David sobre el de Goliat. Más eficaz es desmontar el relato del supuesto David. Explicar, por ejemplo, que cuando Evo Morales habla de “la invasión de Chile”, lo hace para escamotear la guerra del Pacífico, la responsabilidad en ella del gobierno de Bolivia, la participación del Perú y el tratado secreto de 1873. Quiere hacer creer, a los jueces, que la acción militar chilena fue lo que Sartre llamaba “un acto gratuito” y no una acción inscrita en la lógica terrible de la guerra. En suma, quiere monopolizar la emoción de un proceso histórico que comprometió profundamente a tres naciones. Así pasa colado su desconocimiento unilateral y constitucionalizado de un tratado de límites.
 
¿Podrían aceptar los jueces ese desconocimiento del tratado de 1904?
 
Teóricamente no. Iría contra la Carta de la ONU y ellos son jueces de la ONU. Pero sí podrían ayudar a relativizarlo, a quitarle peso. Es la vía indirecta seguida por los abogados de Bolivia. Para ellos, al negociar temas que suponían la modificación eventual del tratado, nosotros mismos redujimos su trascendencia.
 
¿Y eso es cierto?
 
La verdad es que somos culpables de inocencia. No captamos el talento de Morales para tergiversar los hechos y la misma Historia. Por ejemplo, cuando lanzó su Constitución de 2009, con dos artículos convocando a desconocer el tratado de 1904, no dijimos ni pío de manera pública. Chile emitió una protesta diplomática que hasta hoy no se conoce, porque  fue y sigue siendo secreta. Con toda certeza los jueces de la CIJ ni se enteraron de que Bolivia había decidido desconocer un tratado de límites. O, si algunos se enteraron, pensaron que para Chile no era un evento de importancia nacional.
 
 
Tomando en cuenta que la Corte ya se declaró competente, dando cierto esperanza a la causa boliviana, y que también es una Corte política y no netamente jurídica, ¿no se corre el riesgo de tener un resultado negativo?
 
En términos reales -no sólo de derecho-, no hay resultado favorable posible para nadie. Para Bolivia, porque la agresividad judicializada de Morales alejó por mucho tiempo la posibilidad de una buena relación, base de una buena negociación. Para Chile tampoco hay buen pronóstico. Si los jueces nos obligan a negociar, Morales lo apuntará como una victoria épica y envolverá a su país en una bandera. Y si desestiman la demanda, como procede, ya habrá aumentado en otros países la conocida percepción simplista: “qué bueno sería que Chile, con tanto mar que tiene, le diera una parte a Bolivia”. Así lo dio a entender el Papa e incluso lo plantean chilenos importantes, con proposiciones “imaginativas”.
 
¿Sería un fracaso de nuestra política de Estado?
 
Yo creo que en vez de Política de Estado, con su correspondiente Docencia de Estado, hemos tenido una Doctrina Jurídica de Estado. Los conflictos de poder se reducen a conflictos jurídicos y basta con que los abogados sepan de qué se trata. Por eso, casi todos los chilenos, políticos comprendidos, ignoran la complejidad trilateral del caso. No asumen que en esa guerra fuimos tres, que el tratado de límites con el Perú de 1929 está amarrado con el tratado de 1904 y que una primera devolución o canje de territorios podría arrastrar otras. Es decir, se está ignorando que donde hubo guerra, incluso la bondad debe subordinarse al realismo. Es que, como dijo Lord Wellington, “una victoria es la mayor tragedia del mundo, con excepción de una derrota”.  
 
MORALES Y LAS ELECCIONES
 
Con respecto al rol de Evo Morales, ¿apoya la teoría de que su motivación ulterior es sumar apoyo para perpetuarse en el poder?
 
Eso no es una teoría. Los bolivianos informados saben que él no está actuando por la sola pulsión patriótica. Morales ligó, de manera indisoluble, la agresividad contra Chile, la demanda en trámite y el afán de atornillarse al sillón presidencial. Y, como las cosas tienen su dinámica propia, hoy aparece como el campeón de los “recuperacionistas” bolivianos, que son los revanchistas históricos. Es el líder que promete recuperar Antofagasta. Esto es gravísimo. Ha sacado del closet el fantasma innombrable, sin medir el riesgo de convertirse en aprendiz de brujo.
 
En ese sentido, ¿cómo cree que ven los bolivianos a Morales?
 
Creo que lo ven como un caudillo popular, aunque despótico y, según referendum reciente, más de la mitad no lo quiere como presidente vitalicio. La gente ilustrada lo considera agresivo e insolente. Nótese la diferencia que hacen los expresidentes bolivianos entre su apoyo a la causa marítima y su apoyo a Morales. Jaime Paz Zamora ni siquiera quiso viajar a La Haya para evitarse la manipulación.
 
LA VECINDAD
 
Producto de varios elementos de orden político, económico, cultural, e incluso deportivo, existe la noción de que Chile se está convirtiendo un poco en el vecino poco querido del barrio. ¿Comparte esta apreciación? De ser así, ¿en qué elementos lo ve? Si no, ¿en qué se fundamenta?
 
Lamentablemente, algo de eso hay. Afuera caemos pesaditos. Para mí todo comenzó con la cultura de “los jaguares”, en la época de Pinochet. Esos chilenos arrogantes, recién enriquecidos, que vivían dando ejemplos al mundo y que desplazaron a los “chilenitos” apocados pero buena gente. En un libro de 2002 consigné un montón de testimonios sobre esa nueva percepción, tan perjudicial para cualquier causa propia. Rescato un titular en el gravitante Frankfurter Allgemeine Zeitung: “chilenen machen sich umbeliebt” (“los chilenos se ponen antipáticos”).  Desgraciadamente, no hemos cicatrizado del todo. Bastaron dos copas América para que “el jaguarismo” renaciera en el supermasivo contexto del fútbol.
 
Tomando en cuenta lo anterior, ¿cuáles deberían ser los lineamientos del Gobierno de Piñera con respecto a las relaciones con los países vecinos?
 
Nunca he dado consejos ni lineamientos a la autoridad. Pero asumo que el Presidente sabe lo riesgoso que es asumir un conflicto en al terreno elegido por los contrincantes. También debe saber, como buen estratego político y empresarial, que si se hace siempre lo mismo, con los mismos actores, lo más seguro es que se obtengan los mismos resultados.
 
¿Cree que las actuales iniciativas de integración comercial y económica, como el reciente TPP, aportan en ese sentido?
 
Toda buena política de integración aporta al desarrollo de las potencias pequeñas o medianas. Además, por sus proyecciones, quita el filo a los nacionalismos soberanistas y facilita las negociaciones realistas. Demostrativa, a nivel subregional, es la Alianza del Pacífico, donde estamos con Perú, Colombia y México. La TPP debiera proyectarse en el mismo sentido, pero con más ambición. Las élites bolivianas debieran pensar que la cultura del irredentismo, que cultiva el Presidente Morales, los aleja de los beneficios de este tipo de integración y los enclaustra en la integración sin futuro del chavismo-madurismo venezolano.
 
¿Se le puede sacar buen partido a la buena afinidad que se tiene con Macri y con Temer?
 
Con Argentina y Brasil es obligatorio tener la mejor relación posible. Si los presidentes tienen, además, una buena relación personal, miel sobre hojuelas.
 
EL CASO PERUANO
 
Con respecto a Perú, ¿cuáles son los principales desafíos que debe abordar Vizcarra?
 
Son demasiados, comenzando por la recuperación de su sistema político, Perú es una sociedad entrañable, de una cultura histórica prodigiosa, con talentos señeros a nivel global, en el arte, la literatura, la diplomacia y el periodismo. Me entristece que ese país, donde viví una década, esté entrampado en un círculo vicioso, entre la desaparición de sus partidos históricos, la sistemática emergencia de “outsiders” y el asedio de los corruptos.
 
 
A raíz de lo sucedido con PPK y con varios otros ex presidentes de Perú, ¿cree que la corrupción es un problema que se pueda decir estructural en la política del Perú?
 
Eso me suena casi a racismo. No creo que haya países estructuralmente corruptos, pues significaría que los hay estructuralmente inmunes. Países inferiores y superiores. Lo que sí creo es que la corrupción, como las liebres, salta donde menos se piensa. Hace cinco años nadie habría pensado que la corrupción iba a azotar a nuestros prestigiados carabineros.
 
 
¿Qué opina de la calidad institucional en Perú y en la región en general? ¿Cree que es esa la verdadera razón del subdesarrollo y de la crisis política? ¿Es un problema superable?
 
Vivimos un momento horrible para la democracia, como región. Hoy está fracasando hasta el escepticismo radical de Karl Popper, para quien el gran mérito de la democracia consiste en que permite cambiar los malos gobiernos sin derramar sangre. No es lo que están viviendo los venezolanos, donde antes hubo una democracia bastante potable. En estos momentos estoy escribiendo una ponencia sobre el tema, que da para mucho más que una respuesta rápida.

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 2 de Abril 2018



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11votos
HAY MÉTODO EN LA LOCURA DE EVO José Rodríguez Elizondo

En el pleito boliviano-chileno ante la Corte Internacional de Justicia, Evo Morales y sus acompañantes no esperan que un fallo les entregue una salida soberana al mar por territorio de Chile. No son tan ilusos. Lo que esperan es avanzar en una estrategia de mediano y largo plazo, bajo cobertura jurídica, para crear las condiciones que les permitan desentenderse del tratado de límites de 1904, sin el costo de un encontronazo. Es una variable de lo que los teóricos de la Defensa llaman "aproximación indirecta".


Publicado en El Mercurio, 21 de marzo de 2018

Siguiendo una estrategia de aproximación indirecta, los tuits de Evo Morales desde La Haya, su presencia en la sala del tribunal, la reingeniería de la historia a cargo de abogados extranjeros y el reivindicativo himno naval cantado a coro ante los medios, fueron un emplazamiento en bloque. Los jueces, en cuanto funcionarios de la ONU, deben privilegiar la justicia inmanente de su causa, por sobre el "derecho formal", para garantizar la paz y seguridad internacionales. Para ese efecto, basta con que obliguen a Chile a negociar y soslayen la vigencia del Tratado de 1904 

Ha sido el punto más alto de la ofensiva política de Morales, desde que constitucionalizara la necesidad de poner fin, unilateralmente, a dicho tratado de límites. Además, con sus alusiones a Antofagasta "siempre nuestra" dejó en claro que, en jerga política boliviana, hoy es un "recuperacionista" (revanchista), con cuatro objetivos cardinales: a) inducir una gran unidad nacional contra Chile, b) potenciar la agresividad de los agentes de su "poder duro", c) debilitar internacionalmente el "poder blando" de Chile, y d) acaparar fuerzas políticas para seguir gobernando. Obviamente, el último objetivo es el que ha generado los tres primeros. 

Por parte chilena, tras una década de política exterior concentrada en La Haya, sin éxitos reales, se sigue jugando lealmente el juego de la razón jurídica ante la CIJ. Se quiere creer que allí la legalidad internacional domina la realidad política y se olvida que la Carta de la ONU -mandatoria para sus jueces- homologa "los principios de la justicia y del derecho internacional". Desde esa fe conmovedora, un ex canciller insistió, hace poco, en que Chile había ganado claramente el juicio contra el Perú. Esto, porque la CIJ acogió la "sólida tesis jurídica" sobre el paralelo del hito 1. Los 21.000 kilómetros cuadrados de mar que, creatividad mediante, adjudicó al Perú y los 30.000 que convirtió en aguas internacionales eran harina de otro costal. 

En el clímax del pleito que Morales nos ha propinado a los chilenos, eso habría que tenerlo muy presente. Él intuye que, según aprecien la envergadura del conflicto, los jueces pueden dar rienda suelta a su "creatividad". Por ello, no ha vacilado en enriquecer su repertorio de provocaciones, en la misma sede de la CIJ, importándole un comino que eso pueda disgustar a los litigantes ortodoxos. 

Puede que algunos de nuestros expertos arrisquen la nariz. Quieren creer que los jueces se fastidian ante ese tipo de audacias, o que antes se sentían halagados porque nuestros gobernantes no intervenían para nada. Sin embargo, los hechos les están diciendo que, manipulando el Derecho, el Presidente boliviano ha ilusionado a los suyos, desconcertado a una minoría de chilenos y alzado el umbral de un conflicto mayor. 

Parafraseando a Shakespeare, Morales está demostrando que "hay método en su locura", porque su afán de poder sigue siendo más fuerte. 

 

José Rodríguez Elizondo
Jueves, 22 de Marzo 2018



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7votos

Como si fuera una teleserie de Netflix, los escenarios y protagonistas principales de la transmisión del mando presidencial, en Chile, fueron los mismos de las tres temporadas anteriores. Cuando Sebastián Piñera termine su período, Chile habrá completado 16 años de alternancia bipersonal y los viudos (as) de Michelle Bachelet estarán intentando una temporada quinta. Esto no habla bien de la renovación de liderazgos democráticos, pero permite conocer hasta el tuétano a ambos jefes de Estado y decodificar mejor sus circunstancias.



 
Publicado en Caretas y El Mostrador 15.3.2018
 
 GENIO Y FIGURA DE BACHELET

Bajo la lupa de sus ocho años de gobierno, Bachelet se confirmó como una política ideologizada, superdesconfiada y bastante terca. Su decisión de enviar al Congreso un proyecto de Constitución Política, a tres días del final, lo ratificó con creces. Creyó más en la simbología que en la realidad, no dijo quién o quienes le redactaron el texto, no hay actas de supuestos debates y ningún partido de su coalición fue consultado. En suma, un íntimo “saludo a la bandera”, pues Piñera no va a priorizar en su agenda ese endoso intempestivo.

Bachelet también se ratificó, hasta el último minuto, como irresoluta y misteriosa en las materias vinculadas con los uniformados. Abandonó palacio sin hacer efectiva la responsabilidad del jefe de Carabineros, institución ayer prestigiosa a nivel global y hoy inmersa en una crisis grave por actos de corrupción. Además, mientras entregaba la banda presidencial, los periodistas seguían preguntando si había firmado el decreto por el cual cerraba el polémico penal militar de Punta Peuco. Fue una promesa sin testigos, que ella hizo a una víctima de la dictadura de Pinochet. Nunca la ratificó de manera asertiva, pero calzaba con ese “distanciamiento afectivo brutal” que, según propia confesión, experimentó hacia los uniformados tras el golpe del 73.

Como contrapartida, la ex Presidenta demostró que su aversión al riesgo limitaba con la gratificación generosa y tácita a sus leales. La cantidad de nombramientos, destinaciones y sinecuras concedidas durante su última semana dio pábulo, a propios y extraños, para evocar las “leyes de amarre”. Esas con que Pinochet quiso lastrar el inicio del gobierno de Patricio Aylwin.

LA REINGENIERÍA DE UN JEFE


La performance de Bachelet sirvió para destacar la reingeniería que se aplicó Piñera, su reverso pragmático. Este comenzó borrando su imagen previa de Presidente chacotero, con trajes de mala confección, que jugaba futbolito en un patio de la Moneda. Gracias a su experiencia procesada, sus canas compactas y su esposa Cecilia, hoy se ajusta a la majestad del cargo, usa ropa a la medida y comienza a lucir la serenidad de los senior statesmen.

Desde ese nuevo talante, sus irreprimibles chascarros (“piñericosas”) le son perdonados y su asertividad luce tan necesaria como refrescante Durante los días previos a la toma de posesión supo decir, sin circunloquios, que en Venezuela existe una dictadura, que hay terrorismo real en la Araucanía, que el Papa no es infalible en materias de este reino (“erró” en el caso de un obispo bajo sospecha) y que en lugar de cerrar Punta Peuco mejorará el nivel de dignidad de los otros recintos carcelarios.


Procesando al toque la experiencia con Odebrecht de otros mandatarios, puso sus muchos millones en un fideicomiso ciego, incluyendo algunos milloncitos adicionales de su familia. En paralelo, designó un equipo de ministros que da confianza a su sector político y no luce fácilmente acribillable para la oposición. Como novedad llamativa, designó como canciller al escritor Roberto Ampuero, ex comunista y actual liberal de la escuela vargasllosiana. Será el encargado de conducir la conflictiva relación con Bolivia, en el marco del proceso que esta semana se reactiva en La Haya.

COLOFÓN TRILATERAL


Incidentalmente, la presencia de Evo Morales en la ceremonia del domingo coincidió con la exhibición, en su país, de una “bandera” de 197 kilómetros alusiva a su demanda contra Chile. Habrá que ponderar si dicho banderazo vale más que sus buenas palabras y el abrazo que le propinó a su hermano Presidente Piñera. En todo caso, no se quedó a almorzar con el recién ungido y los otros mandatarios asistentes, quizás porque entre estos ya no estaban sus patas bolivarianos.

Pedro Pablo Kuczynski, el Presidente peruano, sí estuvo ahí y devoró sus centollas. Dada su afinidad con Piñera, podría pensarse que, si no estuviera acosado por el fujimorismo de la tendencia Keiko, estaríamos en un momento bilateral inmejorable. Se daría la triple razón que expuso en su obra el otrora influyente intelectual y diplomático Juan Miguel Bákula: voluntad política (el genio), capacidad para impulsarla (el poder) y la convergencia de circunstancias para concretarla (la oportunidad).


Por cierto, intentar esa proeza sería un golpe muy duro para Evo y una gran tarea para chilenos y peruanos con imaginación.

José Rodríguez Elizondo
Jueves, 15 de Marzo 2018



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6votos
EL MURO POR MADURO: LA OFERTA DE TRUMP José Rodríguez Elizondo
El objetivo real o principal del Secretario de Estado Rex Tillerson, en su reciente gira latinoamericana, fue parchar los puentes rotos. Esto es, reducir el daño geopolítico que está significando la gestión de Donald Trump, para los Estados Unidos,

Seguramente, Tillerson no volvió diciendo “misión cumplida”, porque era una “misión Imposible”. Aunque se hubiera disfrazado de Metternich, las señales de Trump sobre nuestra región eran y siguen siendo disfuncionales al cariño. Para ese improbable líder de Occidente somos, más bien, “países de mierda”, que llenamos a su gran país de drogas, crímenes y malhechores de razas inferiores. De ahí que su gran issue, simbólico y de concreto armado, sea un Gran Muro, de reminiscencias honeckerianas, para mantenernos lejos, desde México hasta el Polo Sur.

Y un muro, como cualquiera sabe, es todo lo contrario de un puente:

MADURO POR EL MURO

Por eso, avispándose, el Secretario de Estado quiso disimular, consonantemente, el Muro con Maduro. Según él, lo que nosotros necesitábamos era llamar dictadura a la dictadura venezolana y unirnos para derribarla. Este bombón diversionista suponía ambientar una "intervención" hemisférica, con militares en la vanguardia -venezolanos o no-, con el fin de iniciar una transición democrática en ese arruinado país petrolero. 

No le fue bien. Pero no porque en los gobiernos visitados -México, Argentina, Perú, Colombia y Jamaica- se crea que Maduro es un dictador ilustrado, convertible a regañadientes a la democracia, sino porque nunca ha sido creíble un diablo vendiendo cruces. Trump está demasiado lejos de Jefferson, Lincoln y Obama y demasiado cerca del Gran Dragón del Ku Klux Klan, para impresionar como apóstol de la Carta Democrática Interamericana. De hecho, la consigna tácita de la gira de Tillerson fue poner atajo a la creciente influencia regional de China y Rusia. Un objetivo estratégico y geopolítico que Trump fraseó a su modo: “América Latina no necesita de nuevos poderes imperiales que solo miran por su interés".

Bastaría con el poder imperial retrógrado, representado por él mismo.

NO SOMOS MENSOS

Desde esa perspectiva, impulsar la caída violenta de Maduro, vía intervención foránea, sería una maniobra antihistórica transparente. Un engañamuchachos.

Aunque el dictador venezolano sea un violador conspicuo de los derechos humanos, los demócratas de la región no pueden -no podemos- aceptar una “intervención militar” de los Estados Unidos, tradicional o a la panameña, como en el caso de Manuel Noriega. Una transición democrática para Venezuela es asunto de los civiles y militares venezolanos, quienes -dicho sea de paso-  debieran repasar el legado de Bolívar en sus textos originales.

En definitiva, está bastante claro que una democracia para Venezuela, invocada por Trump, es más falsa que un billete de 113 dólares. La doctrina del “destino manifiesto” de la gran potencia del norte requiere un mínimo de estilo para ser reinvocada.

Todo lo cual indica que América Latina debe seguir abriéndose al mundo y que, como correlato, Vladimir Putin y Xi Jinping no tienen por qué preocuparse del viejo Monroe. 

Gracias a Trump, tienen el plato servido en la región.

José Rodríguez Elizondo
Domingo, 11 de Febrero 2018



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9votos

El resultado de la segunda vuelta presidencial, en Chile, demostró que "el legado de Bachelet" no calificaba. En una sociedad compleja, por tanto interconectada, no es tan fácil desmentir la realidad.


Publicado en El Mostrador, 22.12.2017
 
Esa tarde de domingo, ya asegurada la victoria de Sebastián Piñera, los telespectadores se asomaron a un raro momento de “imagen-verdad”. Michelle Bachelet -por error o desincronización de los operadores- se vio expuesta por largos segundos ante una cámara de videoconferencia, esperando la conexión para cumplir con el rito de saludar al vencedor. Los chilenos la vieron con su mirada perdida y más desencajada que en los peores momentos de su gobierno. Era el rostro vivo de la amargura, en contraste con las palabras de buena crianza que pronunciaría después.

Poco antes, en un hotel céntrico, el derrotado Alejandro Guillier, se había mostrado sereno, elocuente y empático, ante las cámaras, para reconocer su derrota con gallardía. Junto a su esposa saludó “el impecable y macizo triunfo” de Piñera, en su mejor estilo de comunicador fogueado. De paso, invalidó, su campaña previa de amenazas y temores catastróficos, llamando a una “colaboración eficaz” con Piñera. “Este es tiempo de renovación, no de retroceso”, sentenció.

Ese juego de imágenes confirmó que la pugna personalizada no se dio entre Guillier y Piñera, sino entre éste y la Presidenta.  Los análisis electorales que siguieron toda la noche poco agregaron a esa realidad.

UNA SINOPSIS NECESARIA

Los enemigos de Bachelet le aplicarían, gustosos, el epígrafe lapidario que se inventara para Richelieu: “todo el mal que hizo lo hizo bien y todo el bien que hizo lo hizo mal”. Por su parte, los historiadores tendrán serios problemas para decodificarla. Baste señalar que su itinerario la muestra como una Presidenta de izquierdas dos veces victoriosa, dos veces derrotada por el centroderechista Piñera, más impermeable que consistente y más autoritaria que conductora.

Su biografía podría explicarla… al menos en parte. Ella no llegó a La Moneda como Salvador Allende, tras una larga carrera política mechada con teoría, ni con la sólida preparación académica de Ricardo Lagos. La suya fue una plataforma de simpatía personal,  condición de género y dramática experiencia con la dictadura. Según sus camaradas socialistas era una “abnegada militante” que, bajo el embrujo de Fidel Castro, no temía relacionarse con los resistentes de la vía armada.

Con ese background, nunca se resignó a la prosa “reformista” de la Concertación. Tal vez por percibirlo, el patriarcal Patricio Aylwin desconfiaba de su “preparación política”. Pero -y tal vez por lo mismo-, Lagos la proyectó como su sucesora. Luego, instalada en La Moneda, algunos quisieron imaginarla como una réplica de Nelson Mandela. Con sus heridas cicatrizadas, sería la mejor líder para una reconciliación. Otros, proyectándose a sí mismos, apostaron a que seguiría la línea moderada y negociadora de sus predecesores. Pero, cuando quedó claro que no iba por ahí su ruta, los decepcionados acuñaron un lema de apariencia machista, para proteger su propia seguridad: “hay que cuidar a la Presidenta”. Léase, no debemos criticarla.

Es que la Bachelet Presidenta  se identificaba más bien con el conde de Montecristo. Enarbolando el lema “realismo sin renuncia”, subestimó el legado económico de Andrés Velasco, toleró la imagen de la retroexcavadora, soslayó la reconciliación, buscó apoyo en las izquierdas duras, retrocedió en la política militar de sus predecesores, incorporó a los no renovados comunistas, alentó a los  líderes de las izquierdas universitarias y siguió acusando a los dirigentes tradicionales por no funcionar “en clave ciudadana”.

La Concertación mutó, entonces, en Nueva Mayoría, con  los dirigentes centristas en posición marginal, pero respetando la ley de hierro de los cargos asignados. En octubre pasado, enfrentando una funa de mujeres víctimas de la dictadura, la mandataria se arriesgó a mostrar la raíz profunda de esa performance: “Yo tampoco perdono ni olvido, soy hija de un ejecutado político y expresa política”.

A esa altura, ya estaba levantando y promocionando su legado propio.

GUILLIER COMO LEGATARIO

Como senador oficialista e independiente, con formación de sociólogo, periodista y masón, Guillier no lucía como el mejor legatario de Bachelet. Su cultura humanista lo endilgaba hacia una socialdemocracia revitalizada, en la huella de Lagos. Una proyección póstuma de la exitosa Concertación.

Sin embargo, su escuálido 22,7%  de la primera vuelta lo descompensó. El oficialismo que representaba era socialmente minoritario. Además,  a su izquierda había emergido un sorprendente y juvenil Frente Amplio, que casi lo igualaba en votación. En paralelo y como en el poema de César Vallejo la DC siguió muriendo.

En ese contexto, Piñera, con su 36,6%, representaba la minoría mayor, “el legado” bacheletista distaba mucho de convocar a la mayoría nacional y los electores del Frente Amplio no estaban dispuestos a cortarse las venas para impedir que ganara Piñera. Fue el análisis que Guillier debió hacer… pero no hizo. Optó por plegarse al de sus analistas y propagandistas más comprometidos con el gobierno. Según éstos, siendo Piñera “derecha pura”, Chile había producido el fenómeno más insólito de su historia política: el centro había desaparecido del sistema y el país estaba más izquierdista que en la mejor época de Allende.

Bachelet olvidando su rol de “pato cojo”, amadrinó con fervor esa tesis polarizante. Con aritmética simplista, sumó los votos de Guillier, del Frente Amplio, de la DC moribunda y de los candidatos testimoniales, obteniendo como resultado un 55%. Si esa masa no estaba totalmente con ella, sí estaría totalmente contra Piñera, a esa altura ya convertido en su Némesis personal.

A partir de ahí, Presidenta, vocera y equipo de gobierno se zambulleron en la campaña electoral. Guillier, desbordado, debió asumir los clichés de las izquierdas duras, con amenazas de “meterle la mano al bolsillo a los poderosos” y  el eslogan guerrillero del Che Guevara “hasta la victoria siempre”. Su campaña de segunda vuelta proyectó, entonces, un cuadro ”posverdadero”, que retrotraía a los chilenos a los años del golpe y la dictadura.

PIÑERA RENOVADO

Piñera, por su lado, percibió que los chilenos de a pie y hasta el Guillier real estaban más cerca del centro “inexistente” que de los extremos ideológicos. Como ello ensamblaba con su propia personalidad política, pudo mostrarse más transaccional, más intuitivo, más templado, más presidencial, cero rencoroso y con trajes mejor cortados.

Aunque no dejó de proporcionar algunas “piñericosas”, ello le permitió enfrentar a propios y a extraños. Así logró controlar desde la egoagresividad del “Cote” Ossandón, hasta la agresividad publicitaria de los candidatos testimoniales, pasando por la descalificación subliminal de muchos periodistas, que jugaron a demonizarlo como “el candidato de los ricos”.

En paralelo, mostró una mirada escéptica sobre la vieja díada derechas contra izquierdas y aplicó un principio esencial de la física y química: lo que existe no desaparece, sino que se transforma. Si los centristas ya no tenían expresión orgánica en el Partido Radical y en la DC, es porque estaban a la derecha, a la izquierda y en todo lugar.  Rumbo a ellos dirigió sus redes, tras encomendarse a Aylwin, el gobernante transversal, a despecho de la tibia e inútil protesta de los democratacristianos.

Sobre esa base, asumió que si bien podía valorar parte de la ejecutoria reformista de Bachelet, los chilenos no  se cortarían las venas por una “refundación”, nombre sustituto de la vieja revolución. Ninguna aritmética electoral los haría olvidar a los operadores desprolijos, los empresarios coludidos, la judicialización rampante, la inseguridad ciudadana, los focos violentistas en germen, el “empate” como razón de Estado, el clientelismo sin disfraces y una corrupción que había permeado incluso al Cuerpo de Carabineros.

Esto significaba que, en la situación límite de una segunda vuelta, los electores expresarían ese malestar, optando por una mejor administración del Estado, que incrementara los indicadores de bienestar, sepultando la soberbia pretensión del realismo sin renuncia. Como contrapunto, aceptarían que Piñera conocía mejor las palancas de la economía y garantizaba esa mejor gestión. Lo que para el “legado” era un vicio, para la mayoría pragmática sería virtud.

Quizás por eso, Piñera no denunció con estrépito la intervención del gobierno en la campaña de Guillier. Tal vez entendió que su evidencia lo beneficiaba. De ahí que, en vez de poner a Bachelet en la picota de la denuncia internacional, optó por la denuncia sólo doméstica, personalizándola en Paula Narváez, la vocera presidencial. El resultado justificó esa presunta contención. Su victorioso 54,57% fue la cifra a que aspiraba Guillier y el 45,43 de éste,  fue la que el oficialismo adjudicaba a Piñera.

Digamos que, por el momento, las fuerzas derrotadas no dan señales de reconocer su responsabilidad. Absurdamente algunos hasta quieren culpar a Lagos, por no haber apoyado “con entusiasmo” a los capitanes del fracaso. Por otro lado, otros quisieron  negar la politicidad de lo sucedido: “no fue una derrota política, sino electoral”, dijo Narváez. Aunque a medias, salvó ese bache el reconocimiento noble del candidato derrotado y el gesto presidencial de saludar y luego visitar al vencedor, para “sana envidia” de un político argentino.

CINCO CONCLUSIONES AL PASO

Primera: las izquierdas han olvidado una gran lección pragmática de Lenin: “a la derrota hay que mirarla cara a cara”. Hasta el momento esa señal no se ha dado.

Segunda: aunque es cierto que el clivaje derechas-izquierdas ya no es el que era, la victoria de Piñera es correlativa a una crisis grave de las izquierdas renovadas y de las izquierdas a la antigua. Sus dirigentes, que ya habían confesado su impotencia al no presentar candidato militante, agravaron su fracaso dando a Guillier “el abrazo del oso”.

Tercera: en ese déficit manifiesto está la verdadera oportunidad de las nuevas izquierdas del Frente Amplio. Desde su posición y privilegiando la subestimada probidad, podrían generar liderazgos actualizados y contribuir a la instalación de un nuevo sistema político para Chile.

Cuarta: la brecha de la victoria indica que el tigre de la polarización tenía dientes de papel (por el momento) y da a Piñera una buena libertad para desplegarse, mejorar la calidad de la política  y liberarnos de los oprobios del Estado clientelista o capturado.

Quinta: dado que una democracia eficiente necesita un centro sobre el cual pivotear, tanto las derechas como las izquierdas realmente existentes deben privilegiar sus centros respectivos. Sólo así, con Venezuela como advertencia, el sistema podrá impedir o amortiguar eventuales nuevas tendencias a la polarización.

José Rodríguez Elizondo
Viernes, 22 de Diciembre 2017



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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático, caricaturista y miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Su obra escrita consta de 30 títulos, entre narrativa, ensayos y reportajes. Entre esos títulos están "Todo sobre Bolivia y la compleja disputa por el mar", “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, "De Charaña a La Haya” , “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", Las crisis vecinales del gobierno de Lagos", "Crisis y renovación de las izquierdas" y "El Papa y sus hermanos judíos". Como Director del Programa de Relaciones Internacionales de su Facultad, ha vuelto a publicar la revista Realidad y Perspectivas (RyP), que fuera inexplicablemente suprimida por un Decano que no supo prestigiar su cargo. Ha sido distinguido con el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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