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CONO SUR

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El crítico balance de la política vecinal-norte de Chile, durante el sexenio de Ricardo Lagos, demostró que ninguna “agenda de futuro” puede funcionar con olvido del pasado, pues también en las relaciones exteriores rige aquello de “no hay mañana sin ayer”.

Esto significa que Michelle Bachelet tendrá que aplicar a las relaciones con Perú y Bolivia un tratamiento político que no puede quedarse en la simple administración del statu quo ni limitarse al incremento de las relaciones económico-comerciales. Para diseñar una estrategia que mantenga ese difícil equilibrio, la Presidenta tendrá que liberar energías especializadas en los ámbitos de la seguridad nacional y de la diplomacia. Como ex Ministra de Defensa, tiene parte del camino recorrido.

Para los militares chilenos, la pos Guerra del Pacífico fortaleció la estrategia de la disuasión. Esa que Raymond Aron definió como “alternancia de amenazas encargadas de transmitir un mensaje y de mensajes preñados de amenazas”. Obviamente, el mensaje consistía en hacer clara la voluntad de ejercer la fuerza para conservar lo conquistado.

La misión de los diplomáticos también fue ortodoxa: consolidar jurídicamente la soberanía sobre los nuevos territorios, asegurar a los vecinos que no habría “expansionismo” posterior y restablecer las redes políticas, económicas y culturales, que garantizan la coexistencia pacífica. A mayor éxito de la diplomacia —se suponía— menos necesidad habría de disuasión.

Como siempre, la realidad fue más compleja. Dado que los objetivos de Chile pasaban por “chilenizar” los territorios conquistados, mientras neutralizaba al Perú y Bolivia ante un eventual conflicto con Argentina, el proceso diplomático fue áspero, largo y sinuoso. Los compromisos de paz y reconocimiento de los nuevos límites recién se cerraron en 1929 con el Tratado de Lima, medio siglo después del inicio de la guerra. Durante ese período —superior al de toda la guerra fría— las heridas se mantuvieron abiertas y hasta hubo síntomas de gangrena en Tacna y Bolivia.

Ese cuadro potenció el rol de los militares y rutinizó el de los diplomáticos. Aquellos tuvieron buenos argumentos contra el “pacifismo ingenuo” de los civiles, en la batalla ritual por el presupuesto. Los diplomáticos, por su lado, sólo podían ayudar a mantener el statu quo mediante tareas que lucían adjetivas ante los ejercicios castrenses. Diríase que mientras la fuerza tutelaba, la relación con el Perú se administraba y las rupturas con Bolivia eran “simples” decisiones unilaterales de ese país.

Pocos formularon públicamente y de frentón, la pregunta necesaria: ¿cuán apacible, duradero y económico podía ser un statu quo edificado sobre bases tan precarias?

Pinochet al pizarrón

El test decisivo recayó sobre Augusto Pinochet. Con un poder político-militar que superaba el de cualquier gobernante anterior, el general debió aceptar que el tratado de 1904 con Bolivia era revisable, pues la alternativa era una guerra contra nuestros tres vecinos coaligados. Su “abrazo de Charaña” mostró, así, tres grietas estratégicas: seguridad nacional debilitada por la carencia de relaciones normales con Bolivia, falta de creatividad para estructurar relaciones de confianza con el Perú y reversibilidad de la estrategia de la disuasión debido al conflicto del Beagle con Argentina. Entre 1973 y 1978, fuimos nosotros los disuadidos.

Cuando la pesadilla de ese ciclo terminó, vino el fin de la guerra fría. Los gobiernos democráticos y las economías de mercado parecieron consolidarse en la región y la sensación de muchos chilenos fue que el statu quo ya podía sostenerse solo. Recompuestas las relaciones con Argentina y Perú, había que conformarse con la enemistad de Bolivia. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Las hipótesis de conflicto se extinguirían, el gasto militar se reduciría y la diplomacia debía volcarse a las relaciones económicas internacionales.

En ese contexto, el regionalismo abierto de la Concertación fue una demostración de inteligencia y realismo. Hasta el gobierno de Frei, funcionó como una estrategia geopolíticamente previsora, que nos anclaba en la región, sin ceder a la ilusión de que la historia había terminado. Desgraciadamente, su propio éxito comenzó a erosionarla. La participación exitosa en las ligas mayores trajo la pretensión, legítima, de convertirnos en puente para grandes negocios intercontinentales y transoceánicos. Pero —ahí estuvo el demonio de los detalles—, hizo olvidar que, simultáneamente, debíamos consolidar las bases vecinales de ese puente.

Formulariamente dicho, la apertura debilitó al regionalismo. Chile comenzó a apreciar mejor los indicadores Apec inmediatos, que la seguridad a plazo mediano y largo, hasta que despertamos con el fiasco del gasoducto. La crisis boliviana, con su crispación antichilena y su link peruano, vino a recordarnos que la racionalidad no es el factor dominante en las relaciones internacionales. Los gobiernos de La Paz —de mejor o peor grado—, subordinaron sus estrategias de desarrollo al objetivo oceanopolítico y catalizaron una simpatía vecinal y regional que afectó nuestra imagen global.

La llegada de George W. Bush a la Casa Blanca, sumada al impacto del 11-S, fue otra señal adversa de la realidad. Contrariando las buenas intenciones de la Iniciativa para las Américas y el Consenso de Washington, el Presidente norteamericano repuso a América Latina en su viejo lugar subalterno, sin perjuicio de algunas discriminaciones positivas.

La alegría regional no vino

A partir de entonces, la región desde la cual debía hacerse nuestra política exterior, según el planteo original de Lagos, comenzó una dramática regresión. De eventual socio estratégico de los Estados Unidos, pasó a reconvertirse en zona de vigilancia y eventual confrontación. Agentes secretos y militares de la suporpotencia, que ya estaban operando en otros países, comenzaron a desplegarse alrededor de Bolivia y Venezuela.

Paralelamente, apoyado en el petróleo, el presidente venezolano Hugo Chávez emergió como el líder contestatario más poderoso. Hoy ejerce una importante influencia sobre líderes emergentes bolivianos, ecuatorianos y peruanos y trata de proyectarse hacia el Mercosur, donde está la gran masa geopolítica de la sub-región. Es muy posible, incluso, que llegue a ser miembro pleno de este grupo antes que Chile.

Como reacción lógica, en Washington vuelve a hablarse de ejes izquierdistas o revolucionarios, metiendo en un mismo saco a Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales, Tabaré Vásquez, Alan García, Ollanta Humala y Daniel Ortega. Lula, es decir, Brasil, ante las dificultades para que se le reconozca liderazgo en la integración regional, mantiene abierta su ventana hacia el grupo de los 20, que colidera con la India. A Itamaraty no se le escapa que los Estados Unidos enfrentan graves dificultades económicas y que el futuro puede estar con los “gigantes del subdesarrollo”, liderados por China.

Este nuevo marco es singularmente problemático para Chile, porque, primero, es marginal a los principales organismos de integración regional y, segundo, le ha sido imposible amarrar una alianza estratégica con Brasil, que no resintiera sus vínculos con Argentina. A mayor abundamiento, la fuerza demostrada en Bolivia y el Perú por los líderes antisistema y eventualmente antichilenos, anuncia que la tregua vigente podría ser breve. Bastaría que el presidente Evo Morales cediera a la presión de la intransigencia condicionante —relaciones diplomáticas con Bolivia por cesión de soberanía territorial y marítima—, para que volviera la amenaza recurrente del aislamiento vecinal. En tal caso, la metáfora de nuestro país como el Israel de la región coexistiría con la incómoda posición del jamón en el sandwich: Chile entre los Estados Unidos y distintos “ejes izquierdistas”, que pueden comprender La Habana, Caracas, Buenos Aires, Lima y La Paz.

Hasta los supremacistas económicos entenderán que esto supone un alza del riesgo-país, puntos menos de crecimiento y la problematización del objetivo “Chile plataforma de inversiones”. Si a esto se suma el decaimiento de la economía global, que pronostican algunos expertos, sufriremos un impacto fuerte, correlativo a nuestra gran apertura: crecimiento bajo mínimos, presiones inflacionarias, aumento del desempleo y renacimiento de la lucha entre neokeynesianos y neoliberales. Este síndrome induciría una fuerte inquietud social y un realineamiento mucho más confrontacional de las fuerzas políticas internas.

Para enfrentar ese futuro, que está llegando, los chilenos tendremos que aferrarnos al siguiente silogismo:
- Dada nuestra realidad geopolítica, nunca podremos decir “adiós América Latina”.
- Por lo mismo, es temerario equilibrar la relación regional-vecinal con la relación con los grandes mercados extrarregionales.
- En definitiva, es un crimen de lesa seguridad nacional reconocer primacía a las relaciones económicas internacionales sobre las relaciones políticas internacionales.

Reingeniería diplomática

La presidenta Bachelet tendría que disponer una profunda reingeniería en el área de confluencia de las políticas exterior y de defensa. Para comenzar, habría que enriquecer las bases teóricas y empíricas de las mallas curriculares de la Academia Diplomática, para que contemplen:
- Conocimientos geopolíticos, generales y especiales.
- La reivindicación de las relaciones políticas como marco de las relaciones económicas.
- La reformulación de las bases políticas y económicas del regionalismo abierto.
- Los métodos conjuntos para enfrentar las contradicciones que promueven los Estados Unidos entre la integración y las distintas tesis sobre la materia que se bocetan desde América Latina
- Los criterios y métodos para reconocer el o los liderazgos en una estrategia integracionista sudamericana.
- La reconsideración del dogma de la bilateralidad en el conflicto con Bolivia
- La exploración de una política común chileno-peruana, sobre la aspiración marítima de Bolivia.
- La posibilidad de reconducir la pretensión de redelimitación marítima del Perú hacia una política integracionista sobre recursos del mar.
- Las eventuales contrapartidas para una estrategia integracionista de la triple frontera, que comprenda los recursos del mar y el gas natural.
- Las pautas de comportamiento diplomático y económico, relacionadas con el apoyo a la reivindicación argentina de las islas Malvinas.
- Una estrategia de análisis y debate sobre los factores culturales que nos unen y separan.
- Una estrategia de docencia presidencial sobre todos los factores señalados.

Esta ampliación de horizontes permitirá, por una parte, reconocer a la Cancillería como el principal actor orgánico-civil de la seguridad nacional. Por otra parte, permitirá focalizar el poder presidencial en políticas públicas orientadas a democratizar la política exterior, coordinar la diplomacia con la estrategia, relativizar los dogmas tecnocráticos, rectificar comportamientos arrogantes y xenofóbicos en la sociedad, privilegiar los componentes culturales de la integración, identificar puntos de docencia a nivel nacional y reconocer que la razón jurídica siempre es imprescindible... pero no siempre es suficiente.

Reingeniería militar

Las Fuerzas Armadas, tras la gestión de Bachelet y bajo el mando de jefes renovados e ilustrados, demostraron estar aptas para asumir ese “profesionalismo militar participativo” consagrado en la reciente Ordenanza General del Ejército.

Ese talante participativo permite reconocerlas como un sólido y disciplinado instrumento de nuestra política internacional. El general Cheyre lo tenía claro, previamente, cuando sostuvo que su arma “es uno de los medios de la política exterior de Chile”. A mayor abundamiento, él ya aceptaba que, en un mundo globalizado, la soberanía no es un valor absoluto y valoraba la integración y la colaboración en lo regional.

Son señales de que, sin desaparecer, la disuasión puede disminuir su ponderación en la seguridad nacional, en beneficio del integracionismo. Es explicable que sea así pues, en materia de relaciones vecinales, nuestras Fuerzas Armadas experimentaron el escarmiento insuperable de la vida.. Bajo el mando político y militar de Pinochet, Chile sufrió no sólo el mayor aislamiento político de su historia. También experimentó las mayores amenazas del siglo XX: por dos veces, durante los años 70, hubo peligro de guerra.

Sobre la profesionalización de los actuales militares, baste decir que entre las metas institucionales del Ejército está el bilingüismo total. Ya cuenta con casi 10 mil efectivos que acreditan más de un 50 por ciento de dominio del inglés. Entre otros avances, esto le permite presentarse, en su folletería institucional, como una fuerza “exportadora de paz”, en relación con sus misiones en Haití, India-Pakistán, Medio Oriente, Kosovo, Afganistán, Bosnia y Chipre.

A mayor abundamiento, según cifras de 2004, su planta de oficiales cuenta con 7 Ph D (doctores), 547 magister y 893 diplomados en diferentes disciplinas. Cheyre es doctor en Ciencias Políticas de la Universidad Complutense. Su sucesor, el general Oscar Izurieta Ferrer, es magister en Ciencia Política de la Universidad Católica y coautor —con el general Juan Carlos Salgado— de una tesis académica sobre las relaciones chileno-peruanas.

En lo fundamental, este nuevo panorama está favoreciendo la valoración castrense de los métodos, prácticas y costumbres que emplea la diplomacia profesional para prevenir y solucionar conflictos. Los generales hoy comprenden que la relación de los militares con los diplomáticos no es de competencia, sino de complementariedad. Correlativamente, los diplomáticos están aprendiendo que los militares no sólo deben ejercitarse en las técnicas y artes de la guerra.

Conclusión: Michelle Bachelet puede sonreír con un optimismo moderado. Es cierto que los años que vienen serán más escarpados, pero también es cierto que su gobierno podrá enfrentarlos con una mejor base de apoyo profesional.

Artículo publicado en la revista Mensaje, marzo-abril 2006.

José Rodríguez Elizondo
Miércoles, 19 de Abril 2006



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La dupla Hugo-Fidel José Rodríguez Elizondo
La dupla Hugo-Fidel
Los fabricantes de mitos, los analistas apresurados y la prensa liviana suelen crear verdades que el tiempo no sostiene.

Fue el caso, paradigmático, del “monolítico bloque chino-soviético”. Debieron llegar los nixingers a la Casa Blanca, en los años 60, para que el mundo asumiera la verdad verdadera: los líderes de ambos colosos siempre vivieron a los navajazos. No se creyeron el cuento de “la fraternidad de clase”..

Hoy estamos viviendo bajo otra de esas verdades vacías: la del castrismo beato de Hugo Chávez. Siempre juntos, siempre de acuerdo, pero… el Presidente venezolano sólo sería el pupilo rico -y no demasiado inteligente- del genial e incombustible dictador cubano.

Sin embargo, Chávez -que aunque no es intelectual es muy inteligente-, fue y sigue siendo una gran excepción entre los líderes cercanos a Castro. Primero, porque sus íconos originales venían de los ejércitos regulares y no de las guerrillas. Fueron el panameño Omar Torrijos y el peruano Juan Velasco Alvarado, con su novedosa carga ideológica de militarismo “progre” y antinorteamericano. Segundo, porque cuando emergió a la notoriedad, en 1992, como coronel golpista, Castro viajaba rumbo al otoño y sus fascinados seguidores estaban bajo tierra, en el retiro o en la socialdemocracia.

Por eso, “el comandante máximo” no apareció en la vida de Chávez para darle su seductor abrazo del oso, como hiciera con Salvador Allende y los jefes guerrilleros de los años 60, incluído el Che Guevara. Por el contrario, fue Chávez quien apareció en la vida de Castro, para seducirlo con un plan regional propio. El primer paso lo dió en 1995 cuando, recién salido de la prisión, fue a La Habana para ser recibido con honores de jefe de Estado. Entonces ya conocía el sueño aletargado del patriarca: “Con el petróleo venezolano la revolución continental sería cuestión de meses”, había dicho al instrumental Régis Debray, 33 años atrás.

Tras su éxito electoral de 1998, Chávez comenzó a dar señales de que esa revolución la lideraría él mismo. Al efecto, bajo el talante de un discípulo cariñoso, llegó a un acuerdo tácito con Castro: él lo sacaría de los apuros financieros de su “período especial” y, como contrapartida, el cubano superaría sus clásicos celos tutoriales, dejándolo levantar carpa de jefe revolucionario.

Cubanos bolivaristas

Para Chávez, eso implicó acceder a las técnicas cubanas de exaltación del líder y conservación del poder, prestigiadas por medio siglo de funcionamiento. Sobre esa base, pudo reagrupar a los castristas supérstites de la región, reconvertirlos al “bolivarianismo” y emplear sus petro-recursos para iniciar el encuadramiento de los pueblos originarios. En su proyecto, éstos serían las nuevas masas emergentes.

En definitiva, así como Lenin actuó creativamente respecto a Marx, Chávez sólo usó de Castro lo que le pareció útil. En esa línea “revisionista”, perfeccionó una nueva estrategia de toma del poder, que arranca con un golpe mediático (inspirado en el asalto castrista al cuartel Moncada) y cuya base social está en los militares profesionales y no en un artesanal “puñado de hombres decididos”. Luego viene la conquista del gobierno, en lid democrática y el proyecto culmina con el control hegemónico de las palancas del Estado. En este contexto, a la inversa de lo que predicara Castro a sus seguidores chilenos durante el gobierno de Allende, el imperativo es no abandonar, jamás, la legalidad.

Las experiencias en Ecuador, con el coronel Lucio Gutiérrez; en el Perú, con el coronel Ollanta Humala, y en Bolivia, con los dos coroneles que salieron a la televisión el año pasado, indican que la estrategia chavista está en pleno rodaje. Tal vez mañana aparezca algún coronel colombiano, convocando a las guerrillas y poniendo en jaque al gobierno de Alvaro Uribe. Precisamente por eso, el posicionamiento definitivo del Presidente boliviano Evo Morales, tan apadrinado por Chávez, tiene hoy una importancia extraordinaria.

Por último, dado que el mango de la sartén revolucionaria está firme en poder de Chávez, muchos cubanos temen que, tras la inminente desaparición de Castro, les venga una nueva dependencia foránea. La sede del poder dominante, que antes estuvo en Madrid, Washington y Moscú, ahora se instalaría en Caracas.



Artículo publicado originalmente en Peru21.


José Rodríguez Elizondo
Martes, 18 de Abril 2006



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Bitácora

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Las dos integraciones José Rodríguez Elizondo
En este 2006 ya no bastará la simple retórica integracionista en Iberoamérica. Tras el escarmiento de los últimos años, los países de la región deben comenzar a hacerla. Y no porque esté más cerca, sino porque es más urgente.

Obviamente, la Unión Europea es el ejemplo que nos golpea en la cabeza. Tras su paradigma hay una historia pletórica de guerras bilaterales, multilaterales y mundiales, con todo el recelo que ello implica respecto a los otros. Sin embargo, tres años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, europeos ilustres, que no se guiaban por fatalismos del tarot, abrieron la ruta a la integración.

Realistamente, no convocaron a aprobar la Constitución Política de Europa Unida (CPEU), sino a construir la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA). Como lo pequeño puede ser hermoso, medio siglo después estuvieron en condiciones de proponer una Constitución. Para muchos chilenos, bolivianos y peruanos, hipotecados por la guerra del Pacífico, esto parece una fantasía de Tolkien y Lewis asociados. En los años 2004 y 2005, nunca faltaron motivos para revivir ese conflicto del milenio anterior. Éste coartó cualquier posibilidad de desarrollo asociativo y sirvió para que otros gobiernos de la región intervinieran con iniciativas propias, según sus afinidades políticas. Ejemplo: si algunos planteaban que la energía gasífera de Bolivia y Perú podría ser parte de una matriz integradora para el Cono Sur, equivalente a la CECA, otros la invocaban para cambiar los mapas de Chile y Bolivia. ¿Es que estamos en la edad de piedra, comparados con Europa?

Es lo que piensan muchos políticos y académicos de nuestros países. Así lo asumió el ex canciller chileno Miguel Alex Schweitzer, al reiterar que a los países de la región "les faltan muchos años de desarrollo para convertirse en un interlocutor relevante".

Sería un argumento razonable si no fuera paralizante. Ante las urgencias integracionistas de la hora - cuando Iberoamérica es ya el penúltimo continente-, el desfase en el desarrollo debiera verse como una coartada. Baste pensar que, siendo tanto más alto el nivel de desarrollo previo de los europeos, bien pudieron integrarse antes y ahorrarse los pavores de la Segunda Guerra Mundial.

Es que, quizás, el poder de convicción estuvo precisamente en esos pavores. Tras esa guerra, la Europa moderna quedó devastada y sus habitantes supieron lo que era el desempleo, el hambre y los homeless. En esa realidad, las heridas tenían que cicatrizar pronto para poder sobrevivir. Además, el duro castigo recibido por los ciudadanos de las potencias del eje y el juzgamiento formal de sus genocidas y verdugos (el juicio de Nuremberg eliminó muchas candidaturas al Bundestag) abortaron el sentimiento revanchista que anida en la impunidad. Así vista, la UE sería el fruto de la devastación total, y nuestra integración no existe porque, comparativamente, nuestras guerras externas e internas fueron poquísimas, no produjeron devastaciones totales y rara vez resultaron castigados los violadores de los derechos humanos. Algunos incluso mantuvieron, recuperaron o transfirieron poder político hasta su muerte.

En esa carencia de catástrofe total estaría anclado nuestro apego al concepto absolutista de la soberanía. Si nunca lo perdimos todo, nunca tuvimos la necesidad de aprender que la soberanía relativizada puede inducir a un mejor desarrollo, con seguridad compartida.

No debiéramos esperar una catástrofe eficiente para poder asumirlo.

Artículo publicado en La Vanguardia el 4 de abril.

José Rodríguez Elizondo
Sábado, 8 de Abril 2006



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La diplomacia y lo intangible José Rodríguez Elizondo
En la diplomacia, el manejo exacto del lenguaje es un requisito esencial. A mayor precisión, menos posibilidades de que algún interlocutor lance el temible calificativo "inaceptable", que en ese ámbito equivale casi a una mentada de madre.

Por eso, pido respetuosamente al Presidente de Bolivia, Evo Morales, que explique mejor qué quiere decir cuando habla de "diplomacia ciudadana" hacia Chile. Lo hago porque "apelar a la amistad de los pueblos", pasando por sobre sus representantes políticos y diplomáticos no es precisamente una manifestación de amistad. Cualquier relación que se quiera pacífica y cooperativa debe partir por respetar las normas y formas que se han dado las democracias para interactuar.

Cualquiera entiende que en el origen de esa "diplomacia ciudadana" está la manifestación del 10 de marzo en el Estadio Nacional, donde unos cinco mil chilenos corearon "mar para Bolivia". Obviamente, muchos bolivianos quieren entenderla como opinión mayoritaria del pueblo de Chile, pero, como planteó el editorial de La Tercera del domingo pasado, "aquello sería irresponsable". Es que, en rigor y sin menoscabar su importancia, todos sabemos que fue una opinión minoritaria. Lo novedoso está en que, a contrapelo de la tradición, la simpatía por la aspiración boliviana se expresó públicamente y no en cenáculos restringidos o en los textos doctrinarios de las izquierdas internacionalistas.

Si Evo Morales persiste en apoyarse, pública y activamente, en esa minoría transparentada, quiere decir que su "diplomacia ciudadana" sería sólo un disfraz semántico. Su objetivo real sería apelar a nuestras minorías opositoras, postulando una especie de democracia directa internacionalizada. Cosa que, por cierto, induciría a la ambigüedad estratégica y favorecería la intervención foránea en la politica doméstica de nuestros países.

Como contrapartida, los chilenos deberíamos reconocer que tampoco somos muy prolijos con el lenguaje cuando canonizamos los tratados internacionales.

Por eso, en una columa en La Tercera, el pasado 23 de marzo, dije, al pasar, que estábamos usando mal el adjetivo "intangible". Si aceptamos, como la clásica Rosa Moliner, que ello alude a "lo que no puede ni debe ser alterado", debemos concluir que la intangibilidad es sólo propiedad de los dioses. Nadie cuerdo intentaría una modificación de la Biblia ni aún invocando el patrocinio de todos los monoteístas del mundo.

Aplicando una perspectiva jurídico-terrenal, cualquier chileno sabe que la Constitución Política es revisable o modificable. Su texto, incluso, indica cómo hacer para "tangibilizarla". Ergo, si puede modificarse la Grundnorm -Norma Fundamental-, también pueden modificarse los estatutos de jerarquía inferior, como los tratados. Bastaría con que las partes se pusieran de acuerdo en el marco que les fija la Constitución y eventualmente otros tratados. Tal sería el caso del Tratado de 1904 con Bolivia, que está vinculado con el de 1929 con Perú. Hablar de "intangibilidad", en estos casos, sería sólo una forma metafórica de hablar para enfatizar que ningún país puede desconocer unilateralmente los tratados que ha firmado.

Por eso tienen razón los juristas bolivianos y peruanos, al desconcertarse cuando decimos, con mística seriedad, que los tratados de 1904 y 1929 son intangibles. Al absolutizar la metáfora, soslayamos la racionalidad jurídica, subimos el pelo jerárquico de esos instrumentos y los ponemos al nivel de los libros sagrados.

Ante este fenómeno, sería bueno recordar, con Vicente Huidobro, que cuando el adjetivo no da vida, mata. Por analogía, la metáfora que no convence, perfectamente puede ridiculizar. En definitiva, sería mejor para todos si dejáramos la "diplomacia ciudadana" en el campo de los trucos políticos y la intangibilidad en el campo de los dioses. Actuando así, nuestras diferencias con los bolivianos se entenderían mejor, no se empantanarían en la retórica ni generarían expectativas peligrosas.


(Artículo publicado en La Tercera

José Rodríguez Elizondo
Miércoles, 5 de Abril 2006



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El mar pasa por Perú José Rodríguez Elizondo
Evo Morales
Evo Morales
Estamos viviendo un momento entusiasmante y delicado con Bolivia. Lo primero, porque, tras las crisis del sexenio pasado, los dioses de la polémica están cansados y la opinión pública binacional disfruta del carisma andino de Evo Morales y la calidez humana de Michelle Bachelet. Todos entienden que es mejor conversar sobre la aspiración marítima boliviana desde la amistad formalizada -con relaciones diplomáticas- que desde la enemistad informal que nos manifestara Carlos Mesa.

Pero como solía advertir el ex canciller Carlos Martínez Sotomayor, para no reincidir en el error estratégico de crear expectativas infundadas, lo delicado está en regular los entusiasmos. Así lo recordó ayer el canciller Alejandro Foxley, al apuntar que "para no frustrar a nuestros pueblos" no hay que confundir una meta con un primer paso.

Aun aceptando que el Tratado de 1904 es revisable de común acuerdo (intangible sólo es la divinidad), nadie debe olvidar los dos puntos básicos de cualquier negociación: a) una salida "soberana y útil" para Bolivia sólo podría hacerse por territorios ex peruanos y b) para ceder esos territorios no nos mandamos solos: requerimos la voluntad de Perú, en virtud de una cláusula del Tratado de 1929 propuesta, al parecer, por el ex canciller chileno Conrado Ríos Gallardo.

Para no volver a los exasperantes juegos del pasado, debemos recordar que el "abrazo de Charaña" de 1975, con militares gobernando en los tres países concernidos, marcó un momento de máximo sinceramiento. En lo principal, mostró que Chile podía negociar una salida soberana al mar para Bolivia. Pero también mostró, de manera simultánea, que el Perú rechazaba la alternativa simple de decir "sí o no". Su gobernante, el general Francisco Morales Bermúdez, aprovechó la coyuntura para manifestar aspiraciones propias sobre Arica, bajo la forma de un polo de desarrollo trinacional.

Por cierto, la creación de expectativas infundadas se vincula con la carencia de una doctrina nacional en forma respecto de la pretensión de Bolivia. A fines del sexenio pasado, tal déficit se manifestó en la invocación de la bilateralidad como una suerte de dogma diplomático y en la relativa pasividad de los partidos de la Concertación ante las visitas de Ricardo Lagos a Bolivia y de Evo Morales a Chile.

Por ese vacío se coló la manifestación con que nuestra minoritaria izquierda extrasistémica recibió al Presidente boliviano. Ese 10 de marzo, con el terreno político a su disposición, cinco mil personas lo ovacionaron y su eslogan "mar para Bolivia" recorrió el mundo. Muchos chilenos se sorprendieron ante tan estupendo regalo internacionalista. La sorpresa aumentó cuando el ex jefe naval y senador UDI, Jorge Arancibia, se manifestó dispuesto a negociar una salida soberana al mar.

En rigor, la izquierda extrasistémica sólo demostró que no tenemos una posición monolítica sobre un tema "duro" de conquista y soberanía. Sin embargo, el canciller boliviano, David Choquehuanca, entendió su gesto como una posición global del "pueblo chileno", concordante con "el apoyo total" que recibieron de los otros invitados a la transmisión del mando. El Presidente Morales, por su lado, ya comunicó a sus diplomáticos que las relaciones con Chile deben vincularse a la solución del problema marítimo.

Por lo señalado, y aunque la emergencia de Ollanta Humala parezca una mala señal, Chile debiera explorar la posibilidad previa de una política común con el Perú. Al respecto, es sabio el reconocimiento anterior del ex canciller Gabriel Valdés sobre la "trilateralidad" del problema. También es preciso estudiar la conveniencia de someter cualquier eventual acuerdo a la ratificación ciudadana, como dijo el diputado y ex diplomático Jorge Tarud.

En definitiva, nuestra Presidenta tendrá que persuadir a su colega Morales de que el restablecimiento de relaciones diplomáticas es un must para Chile, pero no nos permite ir más allá de lo que es legal y políticamente posible. El espacio decisorio es estrecho para expectativas demasiado anchas.

Artículo publicado en el diario chileno La Tercera el 23-03-2006.

José Rodríguez Elizondo
Viernes, 24 de Marzo 2006



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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático y caricaturista, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad Director del Programa de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile y Director de la carta mensual Realidad y Perspectivas (RyP). Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, su obra escrita consta de 29 títulos, entre narrativa, ensayos y reportajes. Entre esos títulos están “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", Las crisis vecinales del gobierno de Lagos", "Crisis y renovación de las izquierdas", "El Papa y sus hermanos judíos", "La pasión de Iñaki", “Chile: un caso de subdesarrollo exitoso”, "Chile-Perú, el siglo que vivimos en peligro”, "De Charaña a La Haya” y “Temas para después de La Haya”, publicados por la Editorial Andrés Bello, Random House Mondadori, Planeta y RIL. También ha publicado, más recientemente, "Todo sobre Bolivia y la compleja disputa por el mar" en Ediciones El Mercurio. Ha sido distinguido con el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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