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CONO SUR: J. R. Elizondo

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La dictadura venezolana dejó de ser un tema político sólo regional. Hoy es un tema global que concierne a la región y a las grandes potencias y que exige un tratamiento político y diplomático de la mayor complejidad. En cuanto a Chile, esto impide aplicar los padrones tradicionales que distinguen entre políticas de Estado y de gobierno. Más bien, obliga a analizar si el activismo en la materia desplegado por el Presidente Sebastián Piñera es un fenómeno de coyuntura o un cambio en la reactividad tradicional de la política exterior de Chile



Tras la guerra del Pacífico, nuestros gobiernos se atrincheraron en una política vecinal reactiva. Según el historiador Mario Góngora, se autoconvencieron de que lo conquistado siempre había sido nuestro -Arica equivalente a San Antonio-  y delegaron la política vecinal en los militares y en los funcionarios de la Cancillería.

Dado que los jefes de Estado no pueden estar en el detalle de todo y deben confiar más de la cuenta en sus expertos cercanos, ese talante terminó  configurando una política con superávit de abogados, déficit de imaginación y aversión al riesgo. Pivoteaba sobre la hegemonía de las relaciones económicas internacionales, un buenismo jurídico concebido como “la santidad de los tratados” y la curiosa declaración de que Chile estaba satisfecho con su patrimonio territorial.

Así se consolidó  la subutilización de los diplomáticos de negociación, se instaló la semiconvicción  de que los derrotados estaban resignados a sus nuevas fronteras y que, si no era así, había organismos jurídicos internacionales que nos darían la razón. Con esto Chile renunciaba a tres factores esenciales de cualquier política exterior: la iniciativa política, la negociación de los conflictos territoriales y la disuasión defensiva.

Con los años, ese talante se conceptualizó como política de Estado permanente, sin atención a  los cambios en la estatura estratégica de nuestros vecinos y a los contextos siempre fluidos de la política exterior. Fue inevitable, por tanto, que la realidad comenzara a sacudirnos. A mediano plazo se comprobó que  la iniciativa vacante era asumida por los gobiernos de los países vecinos. El primer aldabonazo lo dio Bolivia, en 1949, al inducirnos a negociar una salida soberana al mar por Arica. En los años 70 estuvimos dos veces y fracción en peligro de guerra. Desde 2002 hasta hoy, el meollo de nuestra política vecinal (por extensión, regional), ha dependido de los jueces de la Haya.

Con mezcla de intuición y audacia, Sebastián Piñera dio una señal de cambio en su primer gobierno. Tomó la iniciativa para detener el curso de colisión que habían coproducido Alan García, siguiendo una estrategia de larguísimo plazo y Michelle Bachelet con su falta de vocación por la política exterior. Para ese efecto, soslayó las provocaciones de Ollanta Humala y nos sacó de la trinchera reactiva, al cofundar con éste y sus colegas de Colombia y México, la Alianza del Pacífico, instrumento que desestibó a la chavista UNASUR.

Aunque ese impulso quedó aparcado en el segundo gobierno de Bachelet, hoy Piñera está retomando su espíritu. Gracias a su gestión de la crisis venezolana y sin cometer el error de actuar en solitario, Chile dejó de mirar hacia el lado o de plegarse a lo que otros países decidan. Está asumiendo, desde el grupo de Lima, un activismo inédito para restaurar una democracia geopolíticamente decisiva en la región. Es un cambio cualitativo, que puede inaugurar una activa política exterior de Estado.

Parte de los dirigentes de la oposición de izquierdas, inluyendo excancilleres y exembajadores, está criticando duramente este cambio. Ponen el énfasis en  aspectos tácticos -si Piñera debió o no ir a Cúcuta, por ejemplo- y no en el meollo estratégico de solidarizar, de manera efectiva, con los castigados venezolanos. Su discurso político, en cambio, luce conservadoramente aferrado a la anquilosada política exterior reactiva,  en cuanto reduce un tema de interés global a la díada derechas-izquierdas. Para unos Piñera estaría haciendo el juego de Donald Trump o actuando sólo en el interés electoral de su sector. Para otros, el tosco  Nicolás Maduro sería una especie de replicante de Salvador Allende. Los  más sofisticados asumen una interpretación rigorista del principio onusiano de no intervención. Soslayan que se contradicen a sí mismos respecto a lo que planteaban durante la dictadura de Pinochet e ignoran que en  la doctrina onusiana, existe el deber de injerencia por razones humanitarias.

Con ello, junto con reconocer (por fin) que Maduro es un dictador,  hacen el juego que más conviene a la dictadura y creen que eso pasa inadvertido. Desconocen, por cierto, la lección ecuménica de política de Estado que diera Winston Churchill, uno de los íconos conservadores de la democracia occidental, cuando explicó por qué se aliaba con los comunistas durante la Segunda Guerra Mundial. Si se trata de derrotar a Hitler, dijo,  “yo me aliaría hasta con Satanás”.

José Rodríguez Elizondo
Miércoles, 27 de Febrero 2019



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Comentarios

1.Publicado por Patricio el 01/03/2019 02:01
Sr.Rodriguez Elizondo, ud. calladito aquí en su blog, casi desapercibido para el mundo, nos entrega comentarios realmente profundos y clarificadores para quiénes muchas veces no leemos bien la cuestión política, menos aún la internacional.
Lamento no leerlo en la prensa, dónde su palabra resuene más fuerte.
Le entrego mis cordiales y sinceras felicitaciones.
P.D. Tal vez un canal personal en Youtube, al estilo de Fernando Villegas nos haría disfrutar de sus comentarios.

2.Publicado por José Rodríguez Elizondo José Rodríguez Elizondo el 03/03/2019 18:51
Agradezco su comentario, Patricio.
Y una primicia: en vez de espacios públicos he optado por publicar mis memorias. Espero salgan este año. Sigo creyendo que el libro-papel todavía vale.

3.Publicado por Patricio el 05/03/2019 11:58
Qué buena noticia Sr.Rodríguez la de sus memorias; estaré atento a su publicación.
Seguro que en ellas habrá mucho material histórico del mayor interés para introducirnos en ese mundo medio oculto de las relaciones internacionales.
Yo le agradecería que nos alerte cuando esté listo el libro para la venta en librerías. Normalmente las primeras ediciones se acaban luego y éstas seguro tendrán una gran recogida en el público.

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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático, caricaturista y miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Su obra escrita consta de 30 títulos, entre narrativa, ensayos y reportajes. Entre esos títulos están "Todo sobre Bolivia y la compleja disputa por el mar", “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, "De Charaña a La Haya” , “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", Las crisis vecinales del gobierno de Lagos", "Crisis y renovación de las izquierdas" y "El Papa y sus hermanos judíos". Como Director del Programa de Relaciones Internacionales de su Facultad, ha vuelto a publicar la revista Realidad y Perspectivas (RyP), que fuera inexplicablemente suprimida por un Decano que no supo prestigiar su cargo. Ha sido distinguido con el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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