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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
La teología en la literatura apócrifa (II)
Hoy escribe Gonzalo del Cerro

La Asunción de María al cielo en cuerpo y alma (y 2)


Un tercer apócrifo asuncionista, falsamente atribuido a José de Arimatea, ofrece una versión de la Asunción que denomina Transitus beatae Mariae uirginis. Los sucesos que en los textos griegos llevan el epígrafe de koímesis (Dormición), en los latinos van preferentemente etiquetados como Transitus. La narración describe la llegada del apóstol Juan transportado en una nube. Llegaron después los demás con el mismo medio de transporte. A la cita no llegó “Tomás, el llamado Dídimo”. Durante el traslado del cadáver hasta el sepulcro, situado en el valle de Josafat, según el texto de este apócrifo, tuvo lugar el conocido episodio del judío, aquí llamado Rubén, que quiso derribar el féretro de la Virgen y perdió los brazos hasta que fue curado por Pedro (Tránsito de la bienaventurada Virgen María, XIV).

El Apócrifo termina con el caso de Tomás. Lo mismo que en los días, que siguieron a la Resurrección de Jesús, también ahora estuvo apartado de la compañía de sus condiscípulos en un momento importante. Pero desde el capítulo XVII hasta el final es el protagonista de los hechos. Transportado al monte Olivete, tuvo la oportunidad de contemplar cómo el cuerpo de la Virgen María era llevado al cielo. Pidió a gritos a la Virgen que le diera su bendición. Ella cumplió su deseo y le arrojó desde lo alto el cinturón con que los Apóstoles habían ceñido su cuerpo.

Cuando Tomás se reunió con los demás apóstoles, Pedro le echó en cara su incredulidad, por la que Dios le había privado de la gracia de asistir al entierro de la Señora. Tomás aceptó humildemente la reprimenda y quiso saber dónde habían depositado el cuerpo. Ellos señalaron el sepulcro. Cuando Tomás les replicó que allí no estaba, Pedro volvió a reprocharle su terca incredulidad, puesta ya de manifiesto en los episodios de la Resurrección de Cristo Pero cuando comprobaron que el sepulcro estaba vacío, escucharon el relato de Tomás y vieron el ceñidor de María, le pidieron perdón por su actitud.

En la vieja catedral del Salamanca se conserva una tabla del siglo XV, en la que aparece la Virgen cuando arroja desde las nubes su ceñidor a Tomás, que está postrado junto al sepulcro. La anécdota figura en cierta manera en el Misterio de Elche, dedicado precisamente a la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma al cielo. El Misterio toma diversos detalles del referido Tránsito de la bienaventurada Virgen María. Uno de ellos es el tema de la palma milagrosa que debía presidir el entierro. Otro, la ausencia de Tomás, cuya tardanza explica el texto del Misterio como provocada por sus obligaciones en la India. En el segundo día de la celebración del “Misteri”, ocupa Tomás un especial protagonismo, como ocurre también en el Apócrifo. Tampoco olvida la fiesta de Elche el caso de la hostilidad de los judíos y el detalle de las manos osadas y castigadas. Refiere igualmente la conversión y el bautismo de los judíos en conformidad con los textos apócrifos del Pseudo José de Arimatea.

El autor del apócrifo mencionado acaba su obra autopresentándose como José de Arimatea, el que depositó el cuerpo del Señor en su sepulcro personal y cuidó luego de la “bienaventurada siempre virgen María”. Escribió las palabras que salieron de la boca de Dios y el modo como se realizaron los acontecimientos consignados.

Un dato registrado cuidadosamente en los Apócrifos da la noticia de que la partida de María hacia el cielo tuvo su momento en domingo. Porque ése era el día en que habían acontecido los más grandes misterios de la Historia de la Salvación. Así lo explica el Libro de San Juan Evangelista con palabras del Espíritu Santo: “Ya sabéis que en domingo recibió la virgen María el anuncio del arcángel Gabriel, que en domingo nació en Belén el Salvador, que en domingo salieron los hijos de Jerusalén con palmas a su encuentro diciendo: «¡Hosanna en las alturas! Bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21, 9; Mc 11, 10), que en domingo resucitó de entre los muertos, que en domingo ha de venir a juzgar a vivos y muertos, que en domingo tiene que venir desde los cielos para gloria y honor de la salida de la santa y gloriosa virgen que le dio a luz” (Libro de San Juan Evangelista sobre la Dormición de la Madre de Dios, XXXVII).

Una Carta, La carta del domingo, escrita presuntamente por “Jesucristo, señor Dios y Salvador nuestro” y enviada al sepulcro de San Pedro en Roma, habla del domingo como de un gran regalo hecho por Dios a la humanidad. La observancia del domingo es motivo de múltiples ventajas y venturas. La carta, escrita en griego, surgió en los contextos propios de la patrística española hacia el siglo VI. Abunda en la importancia del domingo, día en que Abraham recibió la visita de Dios trino en su tienda; en domingo se apareció Dios a Moisés en el Sinaí y le entregó las tablas de la Ley; en domingo bautizó Juan el Bautista a Jesús. Y termina la carta con una solemne recomendación: “Guardad y respetad el día santo del domingo y de la resurrección para que encontréis misericordia en el día del juicio en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

Como en otros sucesos salvíficos, la tradición busca siempre un “aquí” y un “ahora” para dar al misterio dosis nuevas de emoción y estremecimiento. De las dos tradiciones sobre el lugar de la dormición de María, Éfeso o Jerusalén, los Apócrifos se decantan claramente por Jerusalén. El Libro de San Juan Evangelista refiere también la noticia de que Juan se encontraba en Éfeso cuando fue arrebatado por la nube que lo transportó hasta Belén (Ibid. VI y XVII). A continuación se produjo el traslado de la Virgen a Jerusalén donde tuvo lugar su muerte y su asunción. No lejos del jardín de Getsemaní, en el valle del Cedrón, la piedad cristiana ha venerado un edificio medieval como el lugar donde fuera depositado el cuerpo de María, que desde allí fue llevado por los ángeles al paraíso.

Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro


Jueves, 8 de Enero 2009
Hoy escribe Antonio Piñero


Hemos visto ya en esta serie cómo los evangelistas presentan como evidente que el Dios de Jesús es el mismo que el Dios del Antiguo Testamento (esto implica poroblemas teológicos que no abordamos por el momento, ya que ese Dios es demasiadas veces una divinidad violente, guerrera y partidista en favor de Israel .

La discusión de Jesús con los saduceos a propósito de la resurrección de los muertos Mc 12, 18-27 demuestra con palmaria claridad que el Dios de Jesús es el mismo que el del Antiguo Testamento.

He aquí este texto:

« Se le acercan unos saduceos, esos que niegan que haya resurrección, y le preguntaban: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno y deja mujer y no deja hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: el primero tomó mujer, pero murió sin dejar descendencia; también el segundo la tomó y murió sin dejar descendencia; y el tercero lo mismo. Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos, murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer.
Jesús les contestó: “¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? (Éxodo 3,6) No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis en un gran error.  »


Parece evidente que Jesús razona del siguiente modo contra los saduceos: “Si todos los judíos tienen que aceptar, según lo que leen en las Escrituras que el Dios de Israel es el Dios de los antepasados, los patriarcas, y como un Dios no pude ser Dios de muertos (sería un Dios de nada), sino de vivos, es claro entonces que Abrahán, Isaac y Jacob están vivos”.

Ello supone que Jesús pone el acento no en la fidelidad de los patriarcas en Dios, sino al revés, en el compromiso de fidelidad de Dios para con los patriarcas. Jesús presenta a Dios como un escudo y como un protector de los justos a los que otorga el vivir siempre delante de Él.

La muerte significa la ruptura de todas las relaciones, en especial la del hombre con su creador. Por ello la teología del Antiguo Testamento suponía que el que murieran definitivamente los justos supondría una declaración de implícita de que Dios no es totalmente soberano. Según el evangelista Marcos, en esta perícopa, lo que argumenta Jesús es: la muerte pierde su valor ante el poder de Dios y ante el compromiso que este Dios ha tomado al declararse a favor de alguien. Dios es soberano total.

El rechazo de la resurrección por parte de los saduceos tiene que ver con la imagen de Dios por parte de los miembros de este grupo religioso. Según el historiador judío Flavio Josefo –que es una de nuestras fuentes principales para saber algo de los saduceos-, estos personajes no poseían mucho sentido de la proximidad de Dios al ser humano. Los saduceos negaban completamente la providencia divina, y hasta cierto punto eran como los filósofos epicúreos entre los griegos: Dios es en el fondo una divinidad extraña al mundo (Guerra de los judíos II 164).

Por tanto, lo que Jesús discute en el fondo en la perícopa citada, al hablar de la muerte y de la resurrección de los justos –para el Reino de Dios aquí en la tierra, confirme pensaban todos los judíos, o para el paraíso futuro, como piensan ahora en general los cristianos- es una concepción de Dios: éste tiene un poder absoluto y una fidelidad también absoluta para los justos, los que le son fieles.

Jesús afirma que “La muerte es ciertamente el límite de la vida humana; pero la fe sabe que al morir, el ser humano justo desemboca en las manos de Dios. Éste no abandona a lo que ha escogido. Tal es el contenido de la esperanza: Dios mismo es el bien esperado”.

Como puede observar el lector toda esta perícopa presenta a Jesús como piadoso judío, que adopta las posiciones de los fariseos, y que de ningún modo se considera a sí mismo tan cercano a la divinidad como para ponerse a sí mismo como causante, o cooperante, de algún modo de la resurrección de los justos.

Contrástese esta actitud del Jesús del Evangelio de Marcos, en el Jesús del Evangelio de Juan (cap. 11) en la historia de la resurrección de Lázaro:

« Había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo.» Al oírlo Jesús, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn 11,1-4) »

Y un poco más adelante dice Jesús a Marta, la desconsolada hermana del difunto:

Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Le dice Jesús: «Tu hermano resucitará.» Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.» Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo». (Jn 11,21-27).

Todos los comentaristas serios de los Evangelios, incluidos los católicos, están de acuerdo en que estas palabras no pertenecen al Jesús de la historia, sino a la teología del Cuarto Evangelio. El evangelista pone en boca de Jesús palabras que corresponden a un estadio muy avanzado de la teología cristiana –finales ya del siglo I-, estadio creado después de la muerte de Jesús, en el que la figura de éste está ya totalmente divinizada. Por ello se iguala a la del Dios de Israel y se le pone como causa o cooperante con el Padre en la resurrección del justo Lázaro.


Pero el Jesús que más se acerca al de la historia es sin duda el del Evangelio de Marcos cuando se sabe leer, a veces entre líneas, a partir de las tradiciones que fielemente recoge sobre el Nazareno aunque no sean favorables para su teología sobre ese mismo Jesús.

Seguiremos. Saludos cordiales de Antonio Piñero.

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Miércoles, 7 de Enero 2009
Hoy escribe Antonio Piñero

Dijimos en la nota anterior que seguiríamos con el tema de la salvación, en donde se ve que también ésta procede sólo de Dios (Éste la “da” u “otorga”; así en Mc 4,25: “Al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará»”. Jesús es el mero heraldo de estas acciones divinas. De cualquier modo, y puesto que se da también por supuesta, la acción de Dios como salvador no precisa en el pensamiento de Jesús de una descripción detallada.

Las imágenes que emplea Jesús para explicar la salvación que proviene de Dios son, entre otras que veremos a continuación, la “medida”: Dios retribuye según la medida de las obras de cada uno para con sus semejantes: “Les decía también: «Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces” (Mc 4,24), o el “poner en lugar seguro” (en el Reino o finalmente en el paraíso: “Yo os lo digo: aquella noche estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado; habrá dos mujeres moliendo juntas: una será tomada y la otra dejada» (Lc 17,34-35)”.

También –aparte del vocabulario usual de “salvar y salvación”, que no es casi ni necesario mencionar (por ejemplo, Mc 13,13.19, etc.) se emplean las expresiones “Dios consuela”, o “Dios exalta”, también en el Reino divino o en el paraíso. Así, Mt 5,5: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” o Lc 18,14: “Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado»”.

Espero que no sea necesario insistir en que -según el Jesús mismo de los Evangelios- el sujeto de todas estas acciones de salvación es Dios y sólo él, mientras que Jesús queda en una posición absolutamente secundaria… No parece, pues, que pueda deducirse de ninguna de las sentencias, y otras similares, que hemos transcrito, que Jesús tuviera conciencia alguna de ser, por naturaleza, semejante a Dios.

Quisiera concluir este tema con las palabras conclusivas del libro de Jacques Schlosser, al que estamos tomando como guía de nuestras observaciones, que ponen muy claramente de relieve la distancia insalvable entre Dios y Jesús en cuanto a su naturaleza:

« En continuidad con la tradición veterotestamentaria y judía, Jesús presenta a Dios en su alteridad (es decir, como el absolutamente “otro”), y ésta se manifiesta a través de los atributos del poder, de la omnisciencia y de la bondad… PaRA Jesús, como para la tradición judía, la acción de Dios abarca toda la historia. Pero los acentos se distribuyen de diversa manera… La mirada de Jesús se dirige –más que al pasado al presente. Atestigua que Dios está a punto de tomar la iniciativa para realizar algo nuevo y para manifestarse ante todo como el Dios que ofrece la salvación…” (p. 78) »

Seguiremos con otros temas relacionados. Saludos cordiales de Antonio Piñero.

Martes, 6 de Enero 2009
Hoy escribe Antonio Piñero

Decíamos en la nota anterior que el modo de obrar de Dios muestra la diferencia radical entre la divinidad y Jesús, que no se considera a sí mismo igual a Dios, ni mucho menos.

La obra de Dios en el presente se relaciona íntimamente con la acción de Jesús, pero no porque éste se considere igual a Dios sino porque en Jesús, como lugarteniente de la divinidad, se están realizando los preludios de la llegada del Reino: Satán comienza a ser derrotado. Las curaciones, exorcismos y la acogida a los pecadores, incitándolos a la penitencia para que sean dignos del Reino divino caracteriza la acción de Jesús que representa la acción divina, pero sin confundirse.

Por ello, sus enemigos son capaces de afirmar que Jesús no obra como lugarteniente de Dios, sino del Diablo o Beelzebub:

« Estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios» (Lc 11,14-15). »

Y la continuación del texto muestra la diferencia entre Dios y Jesús:

« Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios (Lc 11,20). »

La acción de Dios en el futuro expresa aún con mayor claridad si cabe la distancia que media entre Jesús y Dios. Es éste en exclusiva, el que -como el Altísimo- establecerá su reino sin fin, en el cual el papel de Jesús queda absolutamente difuminado. No hay sentencias claras del Nazareno en los Evangelios que nos ilustren cuál es su función en el Reino que viene, salvo las palabras sobre el Hijo del Hombre y su actuación de juez final en el Gran Juicio del fin de los tiempos…

Pero según la inmensa mayoría de los intérpretes independientes tal atribución al Nazareno de la juez final y supremos, supone ya el proceso de divinización de Jesús, por lo que deben atribuirse a la teología de la Iglesia primitiva que las forma después de la muerte de Jesús. No pertenecen, por tanto al Jesús histórico.

La naturaleza de la acción divina y la función de Jesús

En los Evangelios, los dos polos del actuar divino respecto al ser humano son, para Jesús, el polo de la salvación y el del juicio (Schlosser, pp. 75ss). Muchas veces se olvida que el mensaje del Nazareno respecto al juicio divino incluye también la condenación del réprobo. Se insiste en la predicación de la misericordia divina por parte de Jesús y se obscurece a menudo el aspecto de condenación ineludible para aquellos que no escuchan y ponen en práctica su anuncio de la venida del Reino divino.

El polo del juicio

Dios, no Jesús (repetimos que exceptuamos los problemáticos dichos del Hijo del Hombre, sobre todo en Mt 25,31-46, como producto de la teología cristiana sobre Jesús, no procedentes del Jesús histórico), es el que “juzga” (“No juaguéis y no seréis juzgados”: Lc 6,37, y el que “arroja” al condenado al infierno (gehenna) = Mc 9,47: “Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado (pasivo divino = el sujeto que arroja es Dios, al que no se nombra por respeto ) a la gehenna”.

Según Lc 12,5, Dios –no Jesús- es el único que tiene poder para matrar y arrojar al infierno: “Os mostraré a quién debéis temer: temed a Aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar a la gehenna; sí, os repito: temed a ése”. Textos semejantes son los que hablan de “ser echado” (Lc 13,28, “ser cortado y arrojado al fuego (eterno): Mt,7-19, o “ser humillado” en la condenación definitiva por parte de Dios. Así hay que entender frases del estilo de Lc 14,11: “Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado»”.

En la próxima nota seguiremos con el tema/polo de la salvación, en donde se verá que también ésta procede sólo de Dios. Jesús es el mero heraldo.

Saludos cordiales de Antonio Piñero.

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Lunes, 5 de Enero 2009
Hoy escribe Antonio Piñero

Decíamos en la nota anterior que La imagen de Dios más peculiar en Jesús es la que muestra la enseñanza de Jesús acerca de las actitudes que Aquél exige del hombre ante Dios.

La primera, la fe, no es para Jesús simplemente creer que Dios existe -eso se da por supuesto y no se discute jamás en la época de Jesús-, sino en contar absoluta­mente con Él, poner radicalmente en Él toda la confianza. Como en gran variedad de pasajes del Antiguo Testamento,

Creer no consiste en admitir que Dios existe, sino en contar absolutamente con Él, poner radicalmente en Él toda su confianza. Creer es fiarse de Dios, reconociendo al mismo tiempo que está dispuesto a ayudar y que es capaz de hacerlo eficazmente. A través de la llamada de la fe se percibe a Dios tal como lo presentan por ejemplo los Salmos en muchas ocasiones: una roca, una ciudadela, un abrigo seguro (Schlosser, 61).

Esta postura supone una actitud de oración continua (segunda actitud), sin palabras, privada y secreta. Es una oración de alabanza, pero también de petición silenciosa: Dios sabe lo que necesitan sus hijos, sin decírselo.

“Las peticiones iniciales del Padrenuestro (Lc 11,2: “El les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino”)demuestran claramente hasta qué punto Jesús estaba impregnado del sentido de la santidad de Dios y de la pasión por su gloria, un sentido y una pasión que pretende precisamente comunicar a sus discípulos” (Schlosser, 61).

Obsérvese cómo el espíritu de la petición en la plegaria señala a un Jesús convencido de que Dios, totalmente distinto y superior a sí mismo está muy favorablemente dispuesto a conceder bienes a sus hijos. Jesús compara favorablemente la actitud divina con la de los progenitores humanos: si un padre humano, por malvado que sea, está dispuesto a conceder a su hijo lo que pide, mucho más Dios que es padre de un modo supremo. De nuevo notamos la diferencia entre Dios, él mismo y sus discípulos que Jesús intenta inculcar a los que le siguen y que conduce a una actitud de sencillez y humildad ante Aquél.

La tercera actitud ante la divinidad es la obediencia absoluta. Jesús da por supuesto este extremo. Por ello no debe extrañar que los Evangelios no recojan apenas sentencias de Jesús que hablen de la obediencia debida de la criatura al Creador. Sí afirma Jesús expresamente que “cumplir la voluntad de Dios” es aquello que caracteriza a los que buscan el Reino, por lo que forman parte de la familia espiritual de Jesús. Así, por ejemplo, en Mc 3,31-35:

Llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan.» El les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?» Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

Es evidente que Jesús distingue entre su voluntad y la de Dios, con el que no pretende asemejarse. Algo parecido ocurre con la sentencia siguiente: en Lc 16,13 Jesús afirma que el aspirante al Reino debe escoger entre servir a Dios o a la Riqueza/Dinero (Mammón):

«Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.»


El obrar de Dios

Como dijimos, para Jesús, creer es fiarse de Dios y tener confianza en el obrar divino, en el pasado, en el presente y en el futuro. En el pasado porque Dios obró la salvación de Israel. Jesús interpreta como cumplimiento –en relación con su persona y su obra- lo que en el pasado era no más que una promesa de salvación: él es simplemente el instrumento de Dios para salvar a Israel.

De nuevo me parece interesante lo que Jacques Schlosser, sacerdote católico, expresa acerca de la actitud general de Jesús y, en particular ante el obrar de Dios. El texto que sigue confirma el “leitmotiv” (motivo guía) que orienta toda esta introducción a nuestro tema la “divinización de Jesús”, mostrar cómo los evangelistas pintan a un Jesús judío, profundamente humano, consciente de su distancia para con la divinidad que no rompe los moldes del judaísmo. Escribe Schlosser:

« Antes de recoger los datos (acerca de la figura de Dios según Jesús en el ámbito de los verbos que tienen a la divinidad como sujeto implícito o explícito de una acción salvadora) y para evitar que la discusión de este tema se meta de antemano en callejones sin salida, importa recordar algunos puntos fundamentales en los que están ordinariamente de acuerdo los exegetas (se sobreentiende que también los católicos): 1. Jesús no vino a fundar una religión nueva. Su misión histórica se dirige a Israel y hasta se limita a Israel. En este sentido van la constitución del grupo de los Doce –que no tiene sentido más que en referencia al pueblo de la doce tribus-, la vida pública de Jesús tal como nos la relatan los Evangelios, así como muchas declaraciones conservadas en la tradición (Mt 10,5-6: “A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel”; Mt 15,24: “Respondió él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel»”. 2. Evidentemente Jesús no anuncia un Dios desconocido y radicalmente nuevo. Habla del Único (Mc 12,29) y del Dios de Abrahán. De Isaac y de Jacob (Mc 12,26)” (Schlosser, p. 66). »

Seguiremos con estas interesantes perspectivas. Saludos cordiales de Antonio Piñero.

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Sábado, 3 de Enero 2009
Hoy escribe Antonio Piñero

Seguimos con el tema cómo la imagen de Dios según Jesús nos indica la distancia óntica, de esencia, que existe entre él y la divinidad. De acuerdo con Oseas 11,9,

"Yo soy Dios y no un hombre; dentro de ti yo soy santo",

la predicación de Jesús destaca la profunda alteridad de Dios: Dios es otra cosa totalmente distinta del mundo y del hombre.

La diferencia entre "Mi padre que está en los cielos" y la "carne y la sangre" es clara en los evange­lios. Así lo expresa claramente Jesús en la denominada confesión de Pedro de Mt 16,17:

“Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.

Los paralelos de textos judíos anteriores a Jesús como Eclesiástico, o Ben Sira 14,18 y el Libro de las antigüedades bíblicas, de un autor desconocido judío, quizá del siglo I d.C., en 62,2, confirman que “carne y sangre” sirven para distinguir al ser humano en su finitud esencial y Dios, que es radicalmente diferente. En el texto presente Jesús afirma que la confesión mesiánica de Pedro (“Tú eres el mesías, el hijo de Dios vivo”) no se la revelado ni siquiera Jesús, sino alguien totalmente diferente, el Dios de los cielos

Dios tiene un poder especial. En la controversia sobre la resurrección de los muertos de Mc 12,18-27, Jesús contrapone el poder de Dios al de los hombres incluido el mismo:

“Jesús contestó (a los saduceos que le tendían una trampa afirmando que no existe la resurrección): «¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis en un gran error»”.

El pasaje vuelve a destacar la diferencia entre el poder de Jesús, y el de los demás hombres, y el de Dios que otorga la resurrección

Dios posee conocimientos especiales que no tiene, por ejemplo, ni siquiera Jesús. El pasaje más importante es el muy citado Mc 13,32, en el que el Nazareno afirma ante sus discípulos que él mismo no sabe cuándo llegará el fin del mundo:

“Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”.

Otro pasaje interesante es Lc 16,140-15:

“Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de él. Y les dijo: «Vosotros sois los que os la dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios.”

Obsérvese de nuevo la distinción entre Dios y Jesús establecida por él mismo.

Otra cualidad que Jesús atribuye constantemente a Dios es la bondad especial, que contrapone la figura divina a la de él mismo. El pasaje de Mc 10,17 nos parece especialmente interesante:

Se ponía ya Jesús en camino cuando uno corrió a su encuentro y arodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿ qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios.

En un momento en el que la teología de los evangelistas destaca con cierta claridad su idea de que Jesús es de algún modo divino, tiene especial valor esta distinción –sin duda conservada por la fuerza misma de una tradición que se impone- entre Dios y Jesús hecha por él mismo.

Obsérvese cómo el evangelista Mateo, que copia de Marcos, observa cómo lo que transmite su predecesor es lesivo para la imagen de un Jesús divino y corrige el texto marcano en 19,16-17:

“En esto se le acercó uno y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?». El le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos»”.

Pero todo esto es más o menos normal dentro del judaís­mo que vivió Jesús. La imagen de Dios más peculiar, la que se impone en la enseñanza de Jesús puede percibirse indirectamente a través de las actitudes que Aquél exige del hombre ante Dios. Estas son, principalmente tres y están relacionadas entre sí: la fe, la obediencia y la exigencia de una oración continua.

Seguiremos. Saludos cordiales de Antonio Piñero.

Viernes, 2 de Enero 2009
La teología y la literatura apócrifa
Hoy escribe Gonzalo del Cerro

La Asunción de María al cielo en cuerpo y alma

Un grupo importante y amplio en el campo de los Apócrifos es el que está constituido por los libros que narran con profusión de detalles la Asunción de la Virgen María al cielo en cuerpo y alma. Una creencia profesada por el mundo cristiano a lo largo de los siglos y que fue solemnemente proclamada como dogma por el papa Pío XII el año 1950. La fe en la Asunción había dado origen a un culto de carácter planetario. Prueba de ello son las catedrales y templos de todas las categorías que adornan los países cristianos. Por la misma razón, la festividad de la Asunción o de la Virgen de agosto es motivo de celebraciones religiosas y sociales, con ferias y fiestas en numerosas localidades de España.

Sobre el tema de la Asunción de la Virgen existe una obra atribuida a San Melitón, obispo de Sardes. Figura en la Patrología Griega de Migne entre las obras espurias de San Melitón. Lleva como título De transitu uirginis Mariae o “Tránsito de la virgen María” (PG 5, 1231-1240) La obra puede ser del siglo IV o V, pero recoge tradiciones de mayor antigüedad, posiblemente de los siglos II-III. Empieza recordando la labor de Leucio, quien presuntamente convivió con los Apóstoles y es considerado como autor de varios de sus Hechos. Dice que va a contar las cosas que oyó de labios de Juan Evangelista. Los datos de sus relatos forman el núcleo de los apócrifos asuncionistas.

Cuenta, por ejemplo, que vino un ángel para anunciar a María que después de tres días le llegaría la hora de su tránsito. La Virgen pidió que vinieran los Apóstoles para acompañarla en el trance. Llegó primero Juan, luego los demás, todos transportados por sendas nubes. Habla de la palma que habría de presidir los funerales y refiere detalles tan nimios como el debate sobre el primero que iniciaría los ritos. Los Apóstoles narran las peripecias de su viaje a petición de María. Siguen luego los detalles de su muerte y de su entierro con la anécdota de la hostilidad de los judíos y el episodio de las manos del príncipe de los sacerdotes que pretendió derribar el féretro. Sus manos se desgajaron de su cuerpo y quedaron colgadas y luego sanadas por los Apóstoles. El mismo Jesús indicó a los Apóstoles el lugar para la sepultura de María en el valle de Josafat. Todos estos detalles vuelven a aparecer en alguno de los apócrifos asuncionistas. Por eso, en opinión de muchos, el Tránsito del Pseudo Melitón puede ser la fuente originaria de muchos de sus datos.

Uno de estos apócrifos más antiguos es el que lleva como título Tratado (logos) de Juan el Teólogo sobre la Dormición (koímēsis) de la santa Madre de Dios. Cuando María recibió el anuncio de su partida inminente, pidió y alcanzó de su Hijo Jesús la gracia de que viniera el apóstol Juan para acompañarla en el trance. Pero fueron congregados también todos los Apóstoles, que llegaron desde los lugares donde ejercían sus ministerios. Los que ya habían muerto, como Andrés, Felipe, Lucas, Simón Cananeo y Tadeo, fueron “despertados de sus sepulcros por el Espíritu Santo” (Libro de San Juan Evangelista sobre la Dormición de la Madre de Dios, XIII). Todos llegaron, incluido Juan, en sendas nubes, que los transportaron hasta la puerta de la habitación donde la Virgen esperaba su tránsito. Como no era para menos, se multiplicaban los milagros de todas clases. Los que estaban aquejados de cualquier dolencia quedaban sanos en cuanto tocaban con sus manos los muros de la casa donde estaba la Virgen María con los apóstoles (Ibid., XVII).

Como las autoridades judías pretendían perseguir a María, que a la sazón residía en Belén, la Señora fue trasladada a Jerusalén con su litera por el mismo medio de transporte que había traído a los Apóstoles. Jesús, según su propia promesa, llegó también para presidir el tránsito de su madre. Él mismo fue quien anunció que el cuerpo de María sería transportado al paraíso.(Ibid., XXXIX). Antes salió de su cuerpo su alma inmaculada. Los Apóstoles depositaron su cadáver en el féretro y lo llevaron al sepulcro, situado en el valle del Cedrón junto al jardín de Getsemaní. Un judío, de nombre Jefonías, se lanzó impetuosamente contra los santos despojos con intención de derribarlos a tierra. Pero un ángel cortó con su espada los dos brazos del osado, que quedaron colgados del féretro. Al ver los judíos el prodigio, alabaron a María proclamándola “Madre de Dios, siempre virgen” (theotóke aeiparthene). En el valle del Cedrón o de Josafat, al lado del huerto de Getsemaní, se levanta todavía un edificio medieval, que la piedad cristiana denomina “Sepulcro de la Virgen”. De allí salieron durante tres días “voces de ángeles invisibles”. Cuando cesaron aquellas voces, todos cayeron en la cuenta de que el cuerpo inmaculado y venerable de María había sido trasladado al Paraíso (Ibid., XLVIII).

Otro apócrifo preclaro sobre la Dormición de María es el que escribió el arzobispo Juan de Tesalónica, que lleva también como epígrafe Dormición de nuestra Señora, Madre de Dios y siempre virgen María. Es un relato pormenorizado de los sucesos que rodearon la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo. El tono y el estilo son de carácter homilético. El arzobispo informa del acontecimiento y exhorta a su pueblo a celebrar la fiesta correspondiente. Como sucede en otros apócrifos, el prelado recoge tradiciones mucho más antiguas, que posiblemente se remontan a los tiempos apostólicos. Juan escribe en el siglo VII, pero se sirve de materiales anteriores al IV. Reconoce el arzobispo que “malvados herejes” distorsionaron los escritos originales que es preciso devolver ahora a su primitiva pureza (Libro de Juan de Tesalónica, I) El arzobispo Juan se refiere con naturalidad a la “Madre de Dios, siempre virgen María” (Ibid., II. XIV). Un detalle interesante y exclusivo de este Apócrifo, al margen del Transitus del Pseudo Melitón, es el tema de la palma que debe presidir la ceremonia del entierro y que será causa de grandes y variados prodigios.

Abunda el texto de esta obra en los datos ya conocidos. Entre otros refiere la anécdota del pontífice judío que pretendió arrojar al suelo el cadáver de la Virgen María. Sus manos se desprendieron de los brazos hasta el codo. Pedro resolvió en entuerto. Comunicó al judío el modo de recuperar sus miembros perdidos. Más aún, le dio un ramito de la palma, con el que curó de la ceguera a todos los que habían pretendido profanar y quemar el cuerpo inmaculado de la Señora. Los Apóstoles depositaron el cadáver en un sepulcro excavado en la roca. Pero cuando lo abrieron para venerar a la que había sido “la morada de Cristo Dios”, comprobaron que el cuerpo de María “había sido trasladado a la eterna heredad”. En el sepulcro quedaban solamente los lienzos de la mortaja (Ibid., XIV).

Saludos cordiales y feliz año 2009. Gonzalo del Cerro


Jueves, 1 de Enero 2009

Notas

Hoy escribe Antonio Piñero


Seguimos con el tema de la “divinización de Jesús”, y como cuestión previa al meollo del tema todos aquellos asuntos que –a partir de un análisis crítico de los Evangelios- nos conducen inexorablemente a pensar que el Jesús que pintan los Evangelistas es un Jesús meramente humano que luego fue divinizado, tras su muerte, en un proceso de reinterpretación. Este proceso casi concluido es el que pintan los evangelistas, pero sin borrar las huellas, recibidas por ellos a través de la tradición, de que Jesús era un mero ser humano, aunque extraordinario.

Hasta el momento hemos tratado:

· De cuestiones previas sobre la “religión de Jesús” que apuntan hacia una imagen de Jesús como un piadoso judío que no rompió los marcos de la religión y del judaísmo de su tiempo

· Sobre si Jesús se proclamó a sí mismo, o no, hijo de Dios, auténtico y real

Nos quedan aún por tratar –antes de tratar del proceso en sí de la divinización de Jesús- los temas siguientes:

·¿Implica el mesianismo de Jesús el que éste se considerara divino?

· La denominación de Jesús como “Hijo del Hombre”, ¿implica que Jesús fuera hijo de Dios auténtico?

· La idea, o concepción que Jesús tenía del Dios de Israel, implicaba que el se considerara igual en esencia a ese Dios?

Un comentario a las obras de Jacques Schlosser, El Dios de Jesús, Sígueme, Salamanca, 1995 y el apartado sobre el mismo tema de la obra más general de G. Vermes, La religión de Jesús el judío, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1995, nos servirá de pauta para desarrollar este tema, en donde deseo insistir en la faceta de Jesús como ser humano que se dirige modestamente a su Dios, y con todas las apariencias de no sentirse en modo alguno igual a Él.

1. ¿Cómo nombraba Jesús a Dios?

Salvo un aspecto que comentaremos más tarde (el empleo de Abba, para designar al Padre) Jesús designa a Dios sin salirse de las costumbres judías usuales de su tiempo. Así lo llama

· "Poder":

El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?» Y dijo Jesús: «Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo.» (Mc 14,61-62)


O también “Gran Rey”:

Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el Cielo , porque es el trono de Dios, ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén , porque es la ciudad del gran rey (Mt 5,34-35)


O también el Altísimo siguiendo igualmente la tradición:

Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos (Lc 6,35)

Aunque en general los comentaristas piensan que esta designación no proviene de Jesús, sino que es un añadido de Lucas. Éste, en efecto, no le gusta repetir términos, y cambia el término “Padre” (que aparece en el pasaje paralelo de Mateo 5,45) por el del “Altísimo”, poco repetido.

Parece que quizás Jesús designaba indirectamente a Dios con el término "Cielo", sobre todo cuando en vez de hablar del “Reino de Dios”, es posible que lo cambiara por “reino de los cielos” por respeto a la divinidad, para evitar usar su nombre no sólo en vano, sino en cualquier circunstancia. Sin embargo, también aquí ve la mayoría de los exegetas la mano de los evangelistas que buscan variar entre “reino de Dios/ reino de los cielos”.

Quedan dos pasajes sin embargo, que suelen considerarse auténticos de Jesús. El primero de Mc 11,29-30 en la disputa sobre los poderes de Jesús. Éste no responde directamente sino que formula una contrapregunta :

Jesús les dijo: «Os voy a preguntar una cosa. Respondedme y os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme.»

Aquí se puede suponer con razón que “cielo” es una manera de designar humildemente a Dios . Lo mismo ocurre en la parábola del hijo pródigo ce Lc 15: el hijo menor, arrepentido, le dice a su padre: “He pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15,18.21).

Al igual que otros personajes de su época, también Jesús utiliza la perífrasis para nombrar a Dios, denominándole "el Creador", "el que habita en el Templo/ está sobre el altar"/ el que se sienta en el trono". Los pasajes pertinentes son los siguientes:

Mt 19,4:

“¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?”. Jesús les respondió: “¿No habéis leído que el Creador, desde el principio los hizo varón y hembra y que dijo: Por eso dejará el hombre…”

Mt 23,21-22:

“Quien jura por el Santuario, jura por él y por Aquel que lo habita. Y quien jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por Aquel que está sentado en él.

Conclusión provisional a partir de los textos presentados

De estos pasajes obtenemos la impresión de que Jesús actúa como un ser humano, respetuoso, deferente con Dios y de ningún modo alcanzamos la impresión de que se considerara igual al Dios al que invocaba de ese modo.

Continuaremos con el tema “Cuáles son las líneas generales del dibujo de la figura de Dios por parte de Jesús”.

Saludos cordiales de Antonio Piñero.
Miércoles, 31 de Diciembre 2008
Hoy escribe Antonio Piñero

Se ha discutido si Pablo siguió la enseñanza superior griega recibiendo una formación en los autores clásicos. Esto no parece verosímil en el seno de una familia de estricta observancia judía, pues suponía cultivar en exceso una literatura que proclamaba la existencia y alabanza de unos dioses falsos y amorales, contrarios al Dios único, como los representados en Homero y en los mitos de la tragedia.

A decir verdad, no se encuentran en las cartas del Apóstol especiales alusiones a poetas u otros literatos, como ocurre con cristianos posteriores. La lengua de Homero y de los trágicos le es tan desconocida como la imitación expresa de los rétores antiguos y del purismo ático clasicista.

Tampoco parece que los versos clásicos imitados por los judíos (por ejemplo los falsos “Oráculos Sibilinos”) no parecen haber influido en él” (M. Hengel, 185). En sus cartas sólo se hallan máximas o lugares comunes de la sabiduría popular y de los filósofos y dramaturgos popularizados.

Incluso cuando parece citar a Menandro (Tais, 218 = 1 Cor 15,33: “ No os engañéis: «Las malas compañías corrompen las buenas costumbres.»”), probablemente no hace otra cosa que repetir un tópico literario convertido ya en refrán (se puede citar el dicho “La religión es el opio del pueblo”, sin haber leído nada de Karl Marx).

De cualquier modo, Pablo da la impresión en sus cartas de ser poco receptivo a los modelo generales de la cultura griega. Si lo comparamos con Filón de Alejandría se notará la diferencia: Pablo es el polo opuesto, porque no tratar de acentuar las semejanzas entre el helenismo y Cristo, sino la superación por parte de éste de toda la sabiduría griega.

Parece que el modo de expresarse de Pablo estuvo sujeto a crítica en algún momento, como parece indicar 2 Cor 10,10:

« Porque se dice que las cartas son severas y fuertes, mientras que la presencia del cuerpo es pobre y la palabra despreciable. »

Sí es cierto que Pablo conoce y emplea los tipos y modos corrientes de la composición de cartas en época helenística, denominada técnica de la “epistolografía”, y que domina los recursos usuales de la retórica griega básica. En sus cartas se nota el influjo de esquemas propios de la retórica exhortativa, de la forense o judicial, de la epidíctica o demostrativa y de la “diatriba” o discusión filosófica estoico-cínica.

Quizá todo ello fuera producto de una escuela esmerada. Los estudiosos han formulado atinadas observaciones para la comprensión de Pablo a partir de un conocimiento de sus modos retóricos. También es cierto que Pablo debía de conocer los fundamentos de la religión pagana en general, en especial de las religiones de misterios, y tener alguna idea de las escuelas filosóficas en boga en sus días, estoicos, cínicos y epicúreos, porque parece enfrentar conscientemente su mensaje sobre Jesús al de las religiones paganas y a algunas ideas de estos filósofos.

Pero el corpus literario que Pablo conoce y utiliza con pasión y técnica es la traducción judía de la Biblia al griego (llamada de los LXX). Así lo prueba no sólo el abundante uso de ella en sus citas, sino también el propio vocabulario paulino. No es una exageración afirmar que el trasfondo cultural más importante en Pablo es la versión griega de la Biblia. El Apóstol supone en general que sus lectores paganos o judíos están familiarizados con esta versión. Y no es de extrañar, ya que la mayoría de sus conversos desde la gentilidad eran “temerosos de Dios”, amigos y simpatizantes del judaísmo que conocían bien la Biblia.

Lucas por su parte (Hch 22,3) nos dice que Pablo había recibido educación judía superior –aprender las Escrituras de memoria y avezarse en las discusiones de los maestros sobre ella y la tradición— en Jerusalén en el grupo de discípulos del famoso rabino Gamaliel.

Hengel amplia esta noticia afirmando que toda esta formación griega la pudo recibir Pablo en Jerusalén (pp. 256ss). En efecto, la capital de Judea era el centro espiritual y la residencia de muchos judíos de la Diáspora que hablaban casi exclusivamente griego, que entendían el hebreo y el arameo naturalmente, pero sólo para “defenderse” o “salir del paso”.

Recordemos por lo ya dicho (en notas posteriores ampliaremos esta sección, de la que ahora ofrecemos sólo la “vista de pájaro”) que se duda de si este dato es verdadero, y sobre todo de la afirmación de Hch 9,27-30 (donde se afirma que poco después de “convertirse” Pablo fue conducido por Bernabé a Jerusalén para ser presentado ante los apóstoles), ya que en su Carta a los gálatas (1,22) afirma el Apóstol ya “convertido” que las iglesias de Judea no le conocían personalmente.

Este hecho es difícil de conciliar con una larga estancia en Jerusalén como estudiante, fariseo activo y participante en la lapidación de Esteban y sobre todo con una presencia en Jerusalén “yendo y viniendo por la zona y predicando con valor el nombre del Señor”. Sí parece absolutamente cierto que Pablo tuvo una buena formación farisea, sea cual hubiere sido su maestro. Esta formación se deduce entre otras razones por el modo cómo maneja la Biblia, cómo argumenta a partir de ella y cómo la interpreta. Pablo actúa más o menos –también aquí hay estudiosos que sostienen la opinión contraria, como Hyam Maccoby (también deberemos dedicarle un cierto tiempo en su momento)- como los rabinos de su tiempo.

Seguiremos. Seguro que al final el lector podrá formarse una idea personal de todo este tema del “Pablo precristiano” ayudado por la síntesis que ofreceremos por nuestra parte.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Martes, 30 de Diciembre 2008
Hoy escribe Antonio Piñero


Quisiera ampliar, en alguna que otra nota más, los argumentos de Martin Hengel citados en extracto ya –antes de criticar su posición- por mor de la objetividad científica necesaria.


1. La extracción social de Pablo


Desde los trabajos de un famoso historiador británico -W.M. Ramsay, sobre todo en su obra Paul, the Traveller and the Roman Citizen, Londres 101908, p. 34- se ha afirmado muchas veces que Pablo procedía de una familia rica, y que por eso pudo ir a estudiar a Jerusalén. La cuestión queda muy oscura, sin embargo, por falta de fuentes fiables. Aquí sólo pueden hacerse suposiciones. ÇAsí pues, no podemos saber si Pablo era de familia de clase media, baja o elevada. Desde luego, su oficio no era propio de nobles.

Poco se puede deducir del oficio de Pablo “constructor de tiendas” (skenopoiós en griego) según Hch 18,3, ya que artesanos pueden ser ricos o pobres teniendo el mismo oficio (compárese con un fontanero de hoy día). Tampoco sabemos cuando aprendió ese oficio. El constructor de tiendas hacía también toda clase de trabajos en cuero, no sólo, en saco o arpillera, por lo que se le podía denominar también “guarnicionero”. Tener ese oficio tampoco indicaba en el Imperio Romano si el que lo tenía era esclavo, libre o liberto. Si Pablo era ciudadano romano, era libre. En ese caso, un oficio de esa clase le proporcionaba una cierta libertad. Era su propio empresario.

Sabemos (lo indica claramente el investigador alemán J. Jeremias en su obra, Jerusalén en tiempos de Jesús, Cristiandad, Madrid, 1982) que en el siglo II los rabinos, que eran fundamentalmente fariseos, exigían que los hijos de los rabinos aprendieran un oficio, aunque quisieran luego dedicarse a estudiar y enseñar la Ley como sus padres. El oficio les daba con qué comer y sustentar la familia. el resto de su tiempo lo dedicaban en exclusiva al estudio de la ley de Moisés.

Aunque los fariseos eran en Judea más bien contrarios a los aristócratas y más cercanos al pueblo, por tanto de una clase social media o baja, no sabemos si los fariseos –como la familia de Pablo- eran también de clase media o baja.

2. La educación de Pablo en la escuela básica y superior

Hengel insiste en que la lengua materna de Pablo era el griego, y que la aprendió en su casa de Tarso, en donde se hablaba muy bien la lengua helénica ya que esta ciudad era especialmente conocida como “una metrópolis espiritual”, muy amante de la filosofía, de las artes y de las letras. Si hubiera querido, la familia de Pablo podría haber dado a su hijo.

Así pues, es muy probable que Pablo tuviera el griego como lengua materna, pero según Hch 21,40; 22,2; 26,14 hablaba también arameo y hebreo. Por sus cartas se ve que manejaba con notable soltura la lengua griega, y que era capaz incluso de crear neologismos o de otorgar nuevas acepciones a términos antiguos para expresar sus ideas. Su griego, aunque de notable potencia literaria y retórica, es de un sabor extraño para aquellos que conocen sobre todo, o mejor exclusivamente, el griego clásico, ya que tiene continuas reminiscencias judías. Probablemente se debe este sabor semitizante a su formación judía en la Biblia griega –la cual conocía, se supone, casi de memoria. Este lenguaje religioso tiñe el suyo propio cuando trata de temas religiosos. Tarso como tal, o bien no desempeñó ningún gran papel en la formación de Pablo o bien éste lo oculta.

Debe suponerse, sin embargo, que su ciudad natal desempeñó alguna función en su formación como niño y como joven. Allí Pablo hubo de tener la posibilidad de entrar en contacto con la educación griega de la época imperial y ver la multiplicad de creencias religiosas de sus gentes, la variedad de dioses, la mitología que se había formado en su torno. No parece posible que la atmósfera cultural de una ciudad en la que, según Estrabón y como indicamos más arriba, sus habitantes tenían tal interés por la filosofía y por la educación en general que la ciudad aventajaba en ello incluso a Alejandría, Atenas y otras villas importantes (Geografía XIV 5,13).

Saludos cordiales de Antonio Piñero


Lunes, 29 de Diciembre 2008
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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