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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Hoy escribe Antonio Piñero

Los pasajes del “Fuente Q” que recoge J. Schlosser, en su estudio sobre el Dios de Jesús que estamos comentando (pp. 144-154) recoge siete textos de este Evangelio perdido que afectan a la designación por parte de Jesús a Dios como “Padre”. Son los siguientes:

1. Lc 6,35: “Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo (Mt, 5-44: “Vuestro Padre que está en los cielos”) porque él es bueno con los ingratos y los perversos”

2. Lc 6,36: “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo”

3. Lc 10,21: “En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito”.

4. Lc 10,22: “Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.”

5. Lc 11,2: “El les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino”

6. Lc 11,11-13: “¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; 12 o, si pide un huevo, le da un escorpión? 13 Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”.

7. Lc 12,29-30: “29 Así pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. 30 Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso”

Recordemos que –aunque la “Fuente Q” se basa en la concordancia muy literal entre los evangelistas Mt y Lc allí donde no copian de Marcos- se suele citar el texto según el Evangelio de Lucas porque hay buenas razones para considerar que este evangelista es el que conserva el orden de “Q” más cercano al original.

Del primer pasaje hay que decir que aquí es la parte de Mateo (5,44-45) la que contiene la expresión “Padre”, pero que los especialistas consideran el texto en su conjunto como original, atribuible al Jesús de la historia.

Del segundo texto comentamos que los especialistas están más o meno de acuerdo en que el tenor original debía de ser: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” y que existe algún que otro paralelo lejano en el mundo judío. El más estrecho y probado es el del comentario judío a Éxodo 15,2 (“Mi fortaleza y mi canción es Yahvé. El es mi salvación.”)del Abba (“maestro espiritual”) Saúl, de hacia el 150 que decía: “Yo me pareceré a Dios; lo mismo que Él es misericordioso y compasivo, así seré yo misericordioso y compasivo”. No hay por tanto nada llamativo en esta sentencia de Jesús, que en principio no pueda adscribírsele.

El tercer pasaje es adscrito también comúnmente a Jesús, aunque vaya en contra de la tendencia judía a pensar que la sabiduría de Dios (= el entendimiento de la Ley) se otorga a los que la estudian (= los sabios). Pero la sentencia de Jesús está de acuerdo con su parecer respecto a la irrupción del reino de Dios (aceptar que este Reino viene y prepararse para él es para Jesús la verdadera sabiduría) que exige ser tan sencillo y de corazón abierto como lo son los niños. La sentencia de Jesús, estrictamente entendida, no expresa de ningún modo claramente ninguna creencia en Jesús de una filiación divina real, sino tan sólo un contacto especial con ese Padre, soberano y benévolo, que le ha enviado a predicar el Reino.

El cuarto pasaje –que va en el Evangelio de Lucas a continuación del anterior- tiene un sabor que parece totalmente del Evangelio de Juan (cuando Jesús habla así en él están de acuerdo los comentaristas en que tales palabras son más de la teología del evangelista acerca del Jesús espiritual y místico que del Jesús histórico) y además un tinte más propio de la gnosis que de la teología de Jesús.

Schlosser opina que este dicho es un comentario “creado por la comunidad cristiana –cuyo representante es Lucas- a fin de comentar y valorar desde un punto de vista cristológico un dicho auténtico de Jesús (el anterior: Lv 11,20)”. Y luego añade:


« “Este himno de júbilo (Lc 10,21: nuestro texto anterior) refleja directamente un comportamiento existencial de Jesús frente a su Dios: aun subrayando la soberanía divina, Jesús se sitúa en un plano de igualdad con Dios, en una proximidad inmediata, en un trato familiar con Él.
Pero Lc 10,22, la “palabra del Revelador (celeste)”, es una reflexión teológica sobre este punto fundamental. Lo que en el himno de júbilo se presenta como reflejo directo de una actitud existencial es expresado por la comunidad postpascual bajo la forma de verdad de fe. Por decirlo de alguna manera: a partir del comportamiento filial de Jesús, la comunidad pospascual llegó a deducir legítimamente una “relación filial”… esta sentencia (no es atribuible al Jesús histórico), sino que es un producto de la fe cristiana…” »


Dicho de una manera más directa: el católico Schlosser afirma que esta sentencia (Lc 10,22) no es atribuible al Jesús histórico. De un modo indirecto y como sin atreverse sigue afirmando que el evangelista dedujo legítimamente de la actitud de Jesús, expresada en el texto anterior, Lc 10,21, que Jesús tenía un sentimiento de filiación especial…

Aunque aceptemos esta interpretación benévola, no puede deducirse estrictamente que el pasaje demuestre que Jesús se creía exactamente igual a Dios.

De los textos 5. 6. 7. sólo hay que decir que quizá haya suficientes razones para atribuirlos al Jesús de la historia, sobre todo porque o bien expresan una petición de la plegaria del Padrenuestro que suele atribuirse al Jesús histórico, o están muy relacionado con ella (sobre todo el núm. 7, Lc 12,30).

En este pasaje -y de todos modos- la designación divina como “Padre vuestro” está perfectamente justificada por el contexto. No veo razón alguna, como hacen algunos intérpretes confesionales, para ver una distinción nítida entre “mi Padre” (de Jesús) y “vuestro Padre” (de los discípulos) como si eso fuese una indicación velada de Jesús de que él se consideraba hijo de Dios de una manera superior y más perfecta que sus seguidores y discípulos… ¡y por ende divino! La exageración interpretativa me parece evidente y sesgada.

Saludos cordiales de Antonio Piñero.

Sábado, 17 de Enero 2009


Hoy escribe Antonio Piñero

El contexto de este importante dicho de Jesús es el siguiente (Mc 14,32-38):

« “32Van a una propiedad, cuyo nombre es Getsemaní, y dice a sus discípulos: «Sentaos aquí, mientras yo hago oración.»33 Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia.34 Y les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad.»35 Y adelantándose un poco, caía en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora.36 Y decía: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú.»37 Viene entonces y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: «Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar?38 Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil.»” »

La lectura atenta, detenida y crítica, del contexto más amplio (Mc 14,32-42) hace ver que el texto está lleno de dificultades de todo tipo, de estructura literaria y de verosimilitud. Da la impresión de que el evangelista Marcos ha recogido una tradición heterogénea y la ha ido zurciendo a retazos.

Los estudiosos opinan que todo este relato aparece mal organizado, repetitivo y confuso: Jesús toma consigo a tres discípulos predilectos, Pedro, Santiago y Juan, pero luego el relato los presenta dormidos por tres veces a pesar de que el momento es trágico, solemne y de gran tensión. Tampoco se dice si vuelven o no los tres al grupo general de discípulos, aunque el final del episodio parece suponerlo.

Obsérvese también la contradicción interna del v. 41 “Viene por tercera vez y les dice: «Ahora ya podéis dormir y descansar. Basta ya. Llegó la hora. Mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.”. Podéis dormir/Basta ya y la reproducción en el relato de palabras de Jesús, que no pudo oír nadie salvo él, ya que por la hipótesis del relato los discípulos estaban dormidos…

Se ha discutido también mucho si los vv. 35-36 son un duplicado redaccional de una misma y más simple oración de Jesús. Pare ello se ha analizado hasta la minuciosidad el estilo, los vocablos empleados, los temas (abbá, copa que se ha de beber, voluntad de Dios contraria momentáneamente a la de Jesús, y a la éste se somete, etc.), concluyéndose que lo más antiguo de la doble oración es probablemente el v. 36 “«¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú»”, aunque su antigüedad no resuelva el problema de la historicidad.

Para dilucidar este punto se ha analizado la estructura y contenido de la oración, comparándola con el tipo de plegarias similares que puede encontrarse en la tradición judía o griega. Este punto es importante, porque si fuera posible probar el segundo término (oración de tipo netamente griego) tendríamos una dificultad casi insuperable para adscribírsela al Jesús histórico.

En general se está de acuerdo en que la oración es de tipo judío, por lo que no hay problema por esta parte. Igualmente son muy judíos ciertos vocablos y motivos: la expresión aramea “abbá” para dirigirse a Dios (que comentaremos más ampliamente en una nota posterior), el motivo de la “copa que debe beberse” –aunque la metáfora de la copa no se encuentra entre los símiles empleados frecuentemente por Jesús- y sobre todo el tema teológico de la sumisión a la voluntad de Dios.

Una vez afirmado como probable que la oración de Jesús se corresponde con su pensamiento y con el del judaísmo de la época (su historicidad es, por tanto, plausible al menos), se ha utilizado para probar de algún modo tal historicidad el criterio –que ya conocemos- de dificultad: es muy improbable que la comunidad cristiana, convencida de que Jesús es el hijo único y real de Dios se invente ese momento de un Jesús tan humano, tan angustiado, que debe hacer un esfuerzo de sometimiento notable a la voluntad de Dios que tendría que conocer de antemano, puesto que su pasión, por hipótesis es una parte de un plan divino de redención.

Este argumento es fuerte, aunque se pueda contraargumentar que a lo mejor lo inventó la comunidad para presentar un contraste heroico entre un Jesús que acepta la voluntad divina y unos discípulos cobardes, que en el fondo no la aceptan y huyen.

Esta dificultad me parece poco fundada, por mucho que se piense que en época del Evangelista Marcos aún estaba poco desarrollada la cristología/teología y no se caía bien en la cuenta de las dificultades… Más bien me convence la idea de que se trata de una tradición sobre Jesús que se imponía aunque no se quisiera. Además que Jesús lo pasó mal ante su muerte está recogido también al menos indirectamente en dos pasajes del Nuevo Testamento: en la Carta a los hebreos 5,7-8 (“El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia;”) y en Jn 12, 27 (“Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!”).

Por consiguiente, aunque no sepamos exactamente incluso si Jesús pronunció estas desoladas palabras en Getsemaní o en otro lugar antes de su muerte, nos parece que el criterio de dificultad se impone a favor de la historicidad, y también porque el tema de la sumisión (de Jesús) a la voluntad divina no aparece con frecuencia dentro de la estricta tradición comunitaria.

Así pues, tenemos aquí un nuevo caso, dramático y tremendo, de un Jesús humano, que se distingue de Dios netamente, que se somete a su voluntad, que acepta la autoridad divina sobre los acontecimientos que le llevan a una muerte que –por lo que se ve- no entraba en absoluto en sus planes y que proclama que a Dios se le debe absoluta obediencia.

Parece, pues, que este texto –a pesar del cúmulo de dificultades literarias- encaja también con la pintura del Jesús meramente humano que laboriosamente estamos dibujando con los trazos que nos proporcional los evangelistas mismos.

Saludos cordiales de Antonio Piñero.

www.antoniopiñero.es
Viernes, 16 de Enero 2009
Los Hechos Apócrifos y la Biblia
Hoy esc ribe Gonzalo del Cerro

Nueva visión de los Apóstoles

Una tendencia muy profesada entre los estudiosos de los apócrifos se esforzaba en demostrar que esta literatura cristiana se derivaba en cierta medida de la novela griega. La obra de Rosa Söder Die Apokryphen Apostelgeschichten und die romanhafte Literatur der Antike ( "Los Hechos apócrifos de los apóstoles y la literatura novelesca de la Antigüedad"; 1932) se convirtió en una especie de dogma incontrovertible e indudable. Sin embargo, una lectura atenta de esta literatura deja de manifiesto que sus autores se mueven en un ambiente distinto en ideas y sentimientos. El mismo estilo, deudor del lenguaje de la época, debe más al griego cristiano, inspirado en el griego de la versión bíblica de los LXX, versión meritoria tan importante que nos ha llegado rodeada de mitos y leyendas.

El Nuevo Testamento, salpicado de citas bíblicas tomadas en general de la versión de los LXX, ha sufrido un influjo masivo que lo ha convertirlo en una lengua llena de novedades. La literatura de los Hechos apócrifos es obra de cristianos cultos, cuya cultura está imbuida de una mentalidad inevitablemente ligada al contexto hebreo y su proyección en la presentación de los hechos cristianos. Jesús era judío, como judíos eran los apóstoles que continuaron y desarrollaron sus enseñanzas. El mismo Pablo de Tarso, con su golpe de renovador frente a las exigencias de la ley de Moisés, era judío. Lo confesaba abiertamente en su carta a los romanos: “Yo soy israelita, del linaje de Abrahán, de la tribu de Benjamín” (Rom 11,1). Y con más amplios detalles escribe a los filipenses diciendo que había sido “circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos, según la Ley fariseo” (Flp 3, 5).

El cristianismo introdujo numerosas novedades, pero el problema de los judaizantes indicaba que las raíces profundas de la mentalidad corriente en Israel estaban ahí en abierta competencia con las nuevas tendencias. Una competencia que llegó a situaciones de enfrentamiento entre distintos apóstoles. El denominado incidente de Antioquía fue la prueba evidente de que las posturas de Pedro y Pablo eran difícilmente conciliables. Pablo echó en cara a Pedro su actitud que consideraba reprensible (Gál 2,11). No necesitamos recordar que las ideas de Pablo acabaron imponiéndose en un conjunto convertido en postura oficial.

Los Apócrifos como complemento de los textos bíblicos

De la misma manera que junto a los evangelios canónicos proliferaron otros que no fueron aceptados por la gran Iglesia, al lado de los Hechos de los Apóstoles canónicos, aparecieron otros relatos que pretendían completar los bíblicos y llenar sus silencios. Orígenes reconocía que había evangelios distintos de los cuatro canónicos, pero carecían de la gracia del Espíritu Santo. Los primeros cristianos estaban convencidos de que los evangelios tenían muchos huecos que rellenar. Lo mismo sucedió con los Hechos. Unos cuantos sucesos sembraron esperanzas más que cumplimientos. Algunas anécdotas de Pedro hasta que la entrada de Pablo redujo los hechos a su apostolado personal.

Pero es una realidad que muchos apóstoles apenas dejan en la Biblia ligeros toques de su personalidad. Los cristianos deseaban conocer también otros aspectos de los que habían sido los discípulos cercanos del Maestro. Y surgieron poco a poco relatos variados, algunas veces prolijos, sobre la personalidad y el ministerio de los apóstoles de Jesús. Los Hechos Apócrifos de los Apóstoles (HchAp) ofrecen datos para una nueva biografía, más supuesta que real. Los que en la Biblia son poco más que unos nombres se convierten en protagonistas de tradiciones y leyendas que dejan honda huella en diversos aspectos de nuestra cultura. El año litúrgico está jalonado por las fiestas de los apóstoles, así como la geografía del mundo cristiano está rotulada por santuarios, templos y monasterios dedicados a su memoria.

Edición de los Hechos Apócrifos de los Apóstoles

Las bases de estos influjos están en los HchAp, unas obras injustamente olvidadas en España hasta que el Profesor Antonio Piñero y yo mismo abordamos su publicación. Los dos primeros volúmenes han aparecido en los años 2004 y 2005 en la BAC. Comprendían los Hechos considerados como primitivos, compuestos entre los años 150 y 250. Eran los Hechos de Andrés, Juan, Pedro, Pablo y Tomás. Tras una larga Introducción general, ofrecemos los textos originales con aparato crítico, traducciones, notas e índices. En estos momentos estamos corrigiendo el tercer volumen que comprende los Hechos de varios apóstoles, considerados como un círculo de obras más amplio, posterior y derivado de los primitivos.

Los Hechos ofrecen perfiles desconocidos de los apóstoles protagonistas, que de meros nombres se convierten en leyendas y tradiciones ricas en contenido y en doctrina. La presunta predicación sobre la castidad es la razón de la insistencia de Rosa Söder en lo que ella denomina tema erótico. Los Hechos abundan en el tema, pero al revés. Presentan mujeres que eligen la vida de castidad como la predicada y preferida por los apóstoles epónimos de los HchAp. La actitud de continencia de mujeres importantes era la causa que provocaba el martirio de los autores responsables de la situación. Los relatos de los martirios serán luego los textos preferidos por la liturgia de sus fiestas.

Pretendo en estas reflexiones orientar las miradas de los eventuales lectores hacia estas obras, perjudicadas por su calificación de apócrifas. Pero debemos reconocer que este epígrafe solamente quiere decir que no han sido admitidas tales obras en el canon o lista de libros inspirados. Pero esta calificación nada tiene que ver ni con sus valores literarios ni con su transcendencia en la historia de la teología y la piedad cristiana. Esto es tan verdad que hay autores que opinan que los Apócrifos debían formar parte en cierto sentido de la Sagrada Escritura, puesto que tratan de unos hechos paralelos y de las mismas personas. Por lo que a los Apóstoles se refiere, el que desee conocer detalles sobre sus vidas, su ministerio y su muerte, debe recurrir a los HchAp. Allí se encuentra lo que la comunidad cristiana pensaba de sus maestros. Siempre en un contexto de leyenda más que de historia.

Saludos cordiales de Gonzalo del Cerro

Jueves, 15 de Enero 2009
Hoy escribe Antonio Piñero

Este pasaje, transcrito en el título de esta nota, es interesante por dos motivos:

· Uno por el tema de la consignación aparente de una “filiación especial”, divina, de Jesús.

· Segundo: porque declara explícitamente –en contra de toda la teología posterior del cristianismo primitivo de que Jesús es Dios plenamente- que el Hijo ignora el momento preciso del fin del mundo. Tal ignorancia es incompatible con una figura divina.

Por tanto –por el criterio de dificultad- parecería lógico aceptar como histórico, como un dicho que proviene de una tradición firme, imposible de negar por cualquier postulado teológico, esta sentencia de Jesús.

Queda claro, pues, que esta sentencia proclama a un Jesús que no se considera en absoluto divino. El evangelista Marcos, que al parecer y como buen paulino, creía en la divinidad del Maestro no extrajo las consecuencias teológicas del dicho tradicional que él recogía en su Evangelio.

No obstante, hay comentaristas que piensan que –a pesar de este argumento de la dificultad- hay algunas razones para opinar que la referencia al Hijo (“ni el Hijo”) es un añadido secundario de la tradición postpascual, o al menos sospechoso de serlo, ya que la tradición sinóptica (la que recogen Mt, Mc y Lc) es muy cautelosa a la hora de poner esta expresión en boca de Jesús.

En efecto, sólo en tres ocasiones:

· Lc 10,22 [“Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”];

· Mc 12,6 [parábola de los viñadores homicidas:“ Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: “A mi hijo le respetarán”] y

· Mt 28,19 [“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”], pone esta palabra “Hijo” en labios de Jesús. De ellas, la primera y la tercera no pertenecen al Jesús histórico, por razones que sería largo exponer aquí…, pero evidentes para muchos exegetas, y la segunda –dentro de una parábola- es muy difícil de explicar su sentido exacto. Por tanto, ya esta sola reflexión nos deja en la duda de la autenticidad o no del dicho.

El segundo aspecto, el del “Hijo/filiación” es más peliagudo. Presentemos el contexto completo de esta frase dentro de Marcos 13 (vv. 28-37):

« 28 «De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca.29 Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que El está cerca, a las puertas. 30 Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda.31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 32 Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.
33 «Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento.34 Al igual que un hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele; 35 velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada. 36 No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. 37 Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!» »

De esta tradición suelen sostener los intérpretes que el v. 30 es secundario: es un añadido de Mc al discurso apocalíptico de su capítulo 13 para complementar lo dicho antes, en Mc 9,1 (“Les decía también: «Yo os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios”.)

De Mc 13,31 y 32 se afirma que son tradiciones susceptibles de ser muy primitivas y que pudieron circular por su cuenta antes de ser ensambladas por Marcos en su capítulo 13.

Sin embargo, de Mc 13,32 en concreto se puede sospechar que también es secundario, porque el pasaje paralelo de Lc 21 omite todo. este versículo (tendría que aparecer entre Lc 21,33 y 34). Pero este argumento es reversible: quizá Lucas lo eliminó del texto de Mc que tenía ante sus ojos porque vio cuán peligroso era para la teología/cristología de Jesús como Dios auténtico. En verdad, Lc omite la mención del Hijo también en el pasaje semiparalelo de Hechos de los apóstoles 1,7: “El les contestó: «A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad”.

También se puede sospechar que Mc 13,32 es secundario porque puede pertenecer a la teología del Evangelista, es decir, lo remodeló él mismo de acuerdo su interés en recalcar que sólo Dios Padre sabía el momento del fin del mundo. Recogerlo en su Evangelio servía para frenar –con un supuesto dicho de Jesús-las especulaciones de los cristianos impacientes y un tanto fanáticos sobre ese final.

A este propósito los mismos intérpretes barajan la posibilidad de que la sentencia de Jesús fuera algo así como:
· “A propósito de aquel día nadie sabe, ni siquiera los ángeles, sino sólo Dios(Padre), o bien

· “Nadie sabe sino Dios (Padre) y el Hijo del Hombre”, entendido como una personalidad distinta a Jesús.

Ahora bien, por más que sean interesantes, estas propuestas no pasan de ser meras especulaciones, aunque de buena voluntad, a saber la tradición sinóptica no inventa nada en vacío, sin basándose siempre en algún dicho previo, más o menos parecido, más o menos con otro sentido del Jesús histórico.

Respecto a la espera de este final del mundo y la venida del Reino de Dios se puede decir que era un sentimiento que compartían muchas gentes en el Israel tanto de tiempos de Jesús como de los cristianos posteriores… Por tanto de la expresión de esa espera no puede deducirse que el dicho de Mc 134,32 sea auténtico o inauténtico.

En síntesis: es muy difícil afirmar si el dicho de Mc 13,32 es auténtico, si pertenece en verdad al estrato de las sentencias atribuibles al Jesús histórico, o no, es decir, fue remodelado por la tradición que recoge el Evangelista Marcos después de la muerte de Aquél.

Pero, sea de ello como fuere, sea producto de Jesús o del Evangelista, para nuestra finalidad es muy interesante la mención del “Hijo”: la filiación no debe entenderse como real, óntica, divina, plena, pues es incompatible con la ignorancia del fin del mundo. De nuevo Jesús mismo, o la tradición posterior, nos presentan al Nazareno como un ser humano, no divino.

Saludos cordiales de Antonio Piñero.

www.antoniopiñero.es


Miércoles, 14 de Enero 2009


Hoy escribe Antonio Piñero

Vamos a analizar en esta nota y en algunas posteriores el empleo por parte de Jesús de la invocación a Dios como “Padre”. Ello nos valdrá para esclarecer un poco el sentido de la filiación divina que respecto a sí mismo tenía Jesús. Y, como es usual, el trasfondo de todas estas notas se halla en investigar si los Evangelios dejan traslucir la imagen de un Jesús humano que luego fue sublimada.

Un texto importante es Mc 8,38:

« Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles. »

El sentido del pasaje es que Jesús, o el evangelista si se trata de un pasaje redaccional, establece una conexión entre la actitud que el ser humano adopta ante el Enviado divino que proclama la venida del Reino de Dios y la sanción futura en el Juicio final. Y, segundo, se afirma que Dios es el Padre (eterno) del Hijo del Hombre.

En una lectura rápida, y de acuerdo con otros pasajes evangélicos, el lector identifica a Jesús con el “Hijo del Hombre” y piensa respecta a la sanción futura lo que dice el capítulo 25 del Evangelio de Mateo respecto al Juicio final: él separará a las ovejas (buenas) de los cabritos (malos), que son condenados al fuego eterno (Mt 25,33.41).

Pero si se lee más despacio esta perícopa surge la primera duda: no es en absoluto clara la identificación de Jesús con el Hijo del Hombre. No se desprende en absoluto de sus palabras tal igualación. Más bien parece que una figura es Jesús, que proclama el Reino en la tierra y que recibe de sus oyentes diversas respuestas (creencia o increencia), y otra la figura del Hijo del Hombre que de acuerdo con esta actitud premia o castiga.

Es cierto que en el texto del Evangelio de Mateo, la identificación es total. Pero Mateo es posterior a Marcos y puede haber cambiado la tradición y la teología.

Tampoco es clara la identificación Jesús-Hijo del Hombre en el siguiente pasaje también del Evangelio de Marcos:

« “Pero él seguía callado y no respondía nada. El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?» Y dijo Jesús: «Sí, yo soy; y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo» (Mc 14,61-62)”. »

El Evangelista presenta la escena sin duda para que el lector haga la identificación. Pero la tradición primera que se trasluce por debajo del texto tal como está, parece también distinguir dos personas o figuras distintas: una es Jesús, el heraldo del Reino; otra el Hijo del Hombre sentado a la diestra de Dios.

Respecto a Mc 8,38, comenta así Schlosser, pp. 128-129 (recordemos que es un sacerdote católico):

« La precisión de que Dios es el padre del Hijo del Hombre es curiosa en sí misma e insólita en las tradiciones del Nuevo Testamento y en las judías; tal precisión parece tener la función de preparar la declaración divina de Mc 9,7 (la voz que se oye desde la nube en el episodio de la Transfiguración: “Éste es mi Hijo muy amado”), que da la impresión del proceder del redactor (= el evangelista). Sea de ello lo que fuere, Mc 8,38 supone la identificación clara y limpia de Jesús con el Hijo del Hombre y con el Hijo de Dios, lo cual implica que (tal declaración e identificación) proviene de la comunidad postpascual. »

Estas frases suponen, pues, que

• La declaración de que Dios es el Padre del Hijo del Hombre es extraña al conjunto de los Evangelios Sinópticos

• Que procede del redactor (Marcos) y que no pertenece a la primera tradición (= a nivel del Jesús histórico). Por tanto que no se puede probar que sea históricamente atribuible a Jesús.

• Que la voz divina de la Transfiguración (Mc 9,1ss) procede también del redactor; por tanto da a entender que esa escena no es situable en el ámbito de la vida del Jesús de la historia, sino que se encuadra en las ideas de redactor sobre Jesús. Con otras palabras que es el producto de una teología posterior.

• Que la identificación de Jesús con el Hijo del Hombre y con el Hijo de Dios (óntico, real, no metafórico), no procede de Jesús, sino de la comunidad primitiva (después de la Pascua en la que murió Jesús = “postpascual”) , que es la responsable de esta teología.

• Que el pasaje no vale para probar –al menos en este caso que Jesús llamó a Dios como Padre. Eso lo dice la teología posterior.

• Que Jesús no se identificó a sí mismo con el Hijo del Hombre, ni tampoco con Hijo de Dios en el sentido de la teología de sus seguidores.

Y todo ello afirmado por un intérprete católico en un libro editado por una editorial católica en España. Espero que los lectores obtengan la impresión de que los intérpretes no confesionales, independientes, cuando hacemos afirmaciones semejantes y con métodos analíticos semejantes, no piensen que estamos exagerando, que somos sesgados y que torcemos la inteligencia natural y de los textos evangélicos.

Seguiremos. Saludos cordiales de Antonio Piñero.

www.antoniopiñero.es
Martes, 13 de Enero 2009
Hoy escribe Antonio Piñero


Antes de examinar los pasajes cruciales que afectan a nuestro tema sobre el uso de Jesús de la palabra Dios como Padre, creo que conviene presentar un cuadro de conjunto de las estadísticas. Se sobreentiende que hablamos de los casos en los que la mano redactora del evangelista no aparece clara en un primer momento y puede parecer que tal uso se retrotrae el Jesús histórico

En el Evangelio de Marcos sólo hay cuatro casos más o menos seguros: 8,38; 11,25; 13,32; 14,36

En la tradición de la “Fuente Q”: cinco casos seguros: Lc 6,36 (en el caso de la “Fuente Q” se cita siempre por el orden de Lucas); Lc 10,21-22; Lc 11,2; Lc 11,13; Lc 12,30

En el material evangélico que sólo encontramos en Lucas aparecen 6 casos de este uso: Lc 2,49; 12,32; 22,29; 23,34. 46; 24,49. De estos 6 casos hay algunos que dudosos en cuanto a su historicidad

En Mateo aparecen más de 20 casos, de los cuales unos 15 son propios sólo de este evangelista. Los que pueden considerarse más seguros –es decir, atribuibles al Jesús histórico- son sólo 8: Mt 5,16; 6,2-6; 6,7-8; 6,16-18; 16,17; 18,10; 18,19; 23,9.

Estas estadísticas hay que enmarcarlas dentro del uso general de “Dios” por parte de Jesús, que son numerosas:

• 25 veces en Marcos;

• 11 en la “Fuente Q”;

• 4 veces en el material específicamente propio de Mateo (es decir, no copiado de Marcos o de la “Fuente Q”, y

• 7 veces en el material específicamente propio de Lucas (es decir, no copiado de Marcos o de la “Fuente Q”.

Como comentario general hay que decir que Jesús usa la palabra con más frecuencia de lo que se podría esperar, ya que estamos acostumbrados a pensar que los judíos evitar designar a Dios directamente.

Sin embargo, es posible que para el siglo I no hubiera tantas reticencias a este uso como sí ocurre sobre todo con los rabinos posteriores a Jesús, sobre todo a partir del siglo II. En este uso sin demasiados problemas del vocablo genérico “Dios” Jesús se parece a los autores de los manuscritos del Mar Muerto que utilizan el término hebreo genérico para “Dios” = ‘El (arameo Ellahá; árabe Alláh) sin dificultad alguna, al igual que Filón de Alejandría o el anónimo autor del Libro de las antigüedades bíblicas (del siglo I de nuestra era) que también lo emplea sin dificultad. Otros, como el autor de 1 Macabeos prefieren sinónimos –sobre todo “cielo”- para designar a Dios. De hecho en este libro el vocablo “Dios” aparece sólo dos veces (1 Mac 3,18 y 5,68).

En conclusión: aunque como hemos visto en alguna nota anterior, Jesús emplea metáforas para designar a Dios( por ejemplo, “Poder”, “Cielo”, Altísimo”, “El que se sienta en el trono…”, etc., Jesús no tiene demasiados problemas –en contra de la tendencia de rabinos posteriores a utilizar el vocablo genérico “Dios” parea designar a la divinidad. Y la razón era porque él estaba convencido de que no lo empleaba en vano y porque le era más cómodo para su predicación. En esto se parece Jesús a los autores de los manuscritos de Qumrán.

Seguiremos. Saludos cordiales de Antonio Piñero.

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Lunes, 12 de Enero 2009
Hoy escribe Antonio Piñero


Se oye decir, y se repite con frecuencia, que Jesús es muy original en su tratamiento de Dios como Padre, que este apelativo es casi inusitado en el judaísmo antes de Jesús y que el sentimiento de su filiación especial respecto a Dios es lo que hizo que Jesús tratara e invocara a Dios como Padre, con lo que se distinguía netamente del judaísmo. Pero… estas afirmaciones son sólo en parte verdad, como veremos.

No dudamos que el rasgo que caracteriza con más fuerza al Dios de Jesús es su aspecto de padre. Pero también es verdad que la invocación y la consideración de Dios como padre no era en absoluto extraña en el Antiguo Testamento y en el judaísmo intertestamentario, ni mucho menos. Y tenemos textos que lo prueban sin lugar a dudas.

No voy a cansar al lector con una enumeración de pasajes, sino que le ofreceré sólo los resúmenes conclusivos tanto de los extensos artículos sobre la voz o lema “Padre”, de los grandes diccionarios bíblicos, como del resumen del libro “El Dios de Jesús”, de Jacques Schlosser que nos sirve de guía para nuestro recorrido sobre el Dios de Jesús.

En el Antiguo Testamento la “paternidad divina implica ante todo bondad, solicitud, y amor: el padre lleva a su hijo (Dt 1,21), es indulgente (Mal 3,17), está lleno de compasión (Sal 102,13). La reprimenda misma es expresión de amor (Pr 3,12). Aplicado a Dios el título de padre está en la misma línea que las metáforas del esposo, pastor y liberador. Este aspecto de la paternidad divina ha encontrado una expresión literaria de gran belleza en varios textos veterotestamentarios como Is 1,2-3; 63,7-64; Os 11,1-4”. (Schlosser, p. 112).

El texto más bello de los citados es quizá Oseas 11,1-4, el único que vamos a reproducir aquí:

“Cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí: a los Baales sacrificaban, y a los ídolos ofrecían incienso. Yo enseñé a Efraín a caminar, tomándole por los brazos, pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer”.

Respecto al judaísmo posterior al Antiguo Testamento y que va desde los libros deuterocanónicos del mismo Antiguo Testamento (como Tobías, Eclesiástico), a los apócrifos veterotestamentarios, textos de Qumrán, paráfrasis en arameo de pasajes de la Biblia hebrea (los “targumes”), la Misná, la Tosefta y los midrasim (comentarios) más antiguos, rabínicos, de la Biblia que tratan de cuestiones legales, y por último a las plegarias sinagogales, se han hecho repetidas listas ý ponderaciones del número de veces que aparece la invocación “Padre” referida a Dios.

En líneas generales debe confirmarse que no es abundante el uso de "Padre" en comparación con el número de veces que se emplea el vocablo Dios. En el total de la Misná, Tosefta y midrasim –incluidos un par de casos en los textos de Qumrán, si no me equivoco- hay unos escasos cuarenta casos de designación de Dios como “Padre” o “Padre en los cielos”, pero prácticamente nunca como invocación expresa a Dios en vocativo, es decir, dirigiéndose a él.

Algo distinto es el panorama de las antiguas oraciones sinagogales que pueden proceder más o menos de la época de Jesús, como las llamadas “Qaddish” y las “Dieciocho Bendiciones”. En ellas sí aparece alguna que otra “Padre” como invocación a Dios, pero los expertos dudan de si esta invocación es del siglo I o fue añadida posteriormente.

Sí es cierto que en la oración denominada “Nuestro Padre, nuestro Rey” (en hebreo “Abinu, Malkenu”, que está testimoniada para los años 130 del siglo II –por tanto unos cien años después de Jesús-) la invocación “Padre nuestro” aparece unas 44 veces, según las versiones.

Es de sospechar que tal invocación no apareció de repente en el siglo II, sino que tenía antecedentes en los años en los que vivió Jesús.

Como conclusión de este breve panorama podemos afirmar que Jesús es ciertamente un caso único por la cantidad, el número de veces testimoniados en los Evangelios Sinópticos (Mt –Mc – Lc) de su invocación a Dios como “padre”, pero que no lo es porque fuera él sólo, ni mucho menos, el que introdujo tal costumbre dentro del judaísmo.

Por otro lado, habrá que investigar si Jesús –al tratar a Dios como “padre” tenía una conciencia tan especialísima de su filiación que de algún modo se pudiera sospechar que -a través del modo cómo invocaba a Dios- dejaba traslucir ciertos indicios por los que cupiera pensar que se sentía “hijo de Dios” de un modo óntico y real, aunque nunca lo dijera.

Seguiremos. Saludos cordiales de Antonio Piñero.

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Sábado, 10 de Enero 2009
Hoy escribe Antonio Piñero


Hay en el Evangelio de Marcos (4,26-29) una breve parábola que sirve también para nuestro propósito de presentar a un Jesús con gran consciencia de la enorme diferencia entre su persona y actividad y las del Dios de Israel, no según nuestra idea, sino según el Evangelista mismo: la parábola de la “semilla que crece sola”. El texto dice así:

También decía: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega.»

La interpretación teológica de esta parábola, o mejor “comparación”, de Jesús -que creo auténtica en su núcleo esencial- ayuda también a nuestro propósito de dibujar la imagen de Dios en Jesús, y la diferencia que éste sentía respecto a la divinidad. La comparación propone considerar un hecho de la vida cotidiana: la siembra y sus efectos: el labrador siembra, ciertamente, pero la semilla germina y crece por sí sola; el ser humano no sabe cómo; la tierra produce el fruto por sí misma y él, el labrador, en cierto modo permanece inactivo.

El mensaje parece claro: Jesús, como labrador, ha sembrado la semilla del anuncio de la venida del Reino de Dios, pero una vez sembrada, la potencia de la tierra (que él, como el labrador, no controla en absoluto) hace el resto. La potencia de la tierra representa el poder de Dios que otorga casi como un regalo el fruto, la mies, que simboliza los bienes del Reino futuro.

Evidentemente, tanto Jesús en su vida de predicación como el labrador, no permanecen en realidad inactivos hasta la siega. Jesús no lo ignora porque conoce la realidad del campo de su Galilea natal. Pero recalcar la imagen de cierta inactividad no tiene otro fin que el de resaltar la misteriosa potencia divina que lleva al Reino. La cosecha era en la Biblia una metáfora para designar el “día del Señor”, el futuro Reino.

La no intervención del labrador/Jesús da a entender que en el pensamiento de éste había una convicción profunda: por mucho que él predicara la penitencia y la preparación para su venida, el Reino y su realidad no es cosa suya; es competencia absoluta de Dios. Jesús por el contrario –la comparación exagera un poco para potenciar la finalidad del mensaje-, conforma la imagen del labrador (casi) inactivo e impotente ante el crecimiento de la semilla.

Desde otra perspectiva: dado que el futuro Reino de Dios significa el “fin” del mundo, es decir, un transformación radical de lo que se veía en Israel, la modesta actividad de Jesús en el presente era como un inicio insignificante de la grandeza de la realidad futura. Aunque Jesús realice curaciones y exorcismos…, todo ello es poco para lo que va a venir.

Según los exegetas, esta comparación de la semilla que crece por sí sola es un “llamamiento a la fe y a disipar las dudas”. “A pesar de sus comienzos oscuros y modestos, es posible esperar para la soberanía de Dios un triunfo seguro –su Reino- de una amplitud sorprendente”. Con otras palabras, Jesús destaca con su comparación el carácter insignificante de su obra, en contraste con lo que Dios va a hacer.

Concluye Schlosser su interpretación de esta parábola del modo siguiente:

“Si Jesús quiere suscitar fe y confianza en Dios es porque él mismo está animado por estas mismas disposiciones respecto a Dios. A través de la parábola, Jesús refleja su propia experiencia de Dios y expresa su fe, aunque la parábola sea demasiado esquemática para autorizar –sólo por sí misma- más precisiones en cuanto esta imagen de Dios. Por lo menos esboza una silueta a través de la cual reconocemos al Dios (de Jesús), al Dios de la Biblia: un Dios que actúa soberanamente para llevar a término su plan; un Dios cuya fidelidad es indefectible y ante el cual, por consiguiente, la fe y la confianza radicales son las única actitudes adecuadas” (p. 103).

Nos parece, una vez, más que la pintura de Jesús del evangelista Marcos apunta una vez en la misma dirección: recalcar los rasgos de un Jesús intensamente humano, en cuya figura un lector sencillo de los Evangelios no puede percibir aún ningún rasgo de una consciencia divina. Esto vendrá después con la teología propiamente cristiana.

Saludos cordiales de Antonio Piñero.

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Viernes, 9 de Enero 2009
La teología en la literatura apócrifa (II)
Hoy escribe Gonzalo del Cerro

La Asunción de María al cielo en cuerpo y alma (y 2)


Un tercer apócrifo asuncionista, falsamente atribuido a José de Arimatea, ofrece una versión de la Asunción que denomina Transitus beatae Mariae uirginis. Los sucesos que en los textos griegos llevan el epígrafe de koímesis (Dormición), en los latinos van preferentemente etiquetados como Transitus. La narración describe la llegada del apóstol Juan transportado en una nube. Llegaron después los demás con el mismo medio de transporte. A la cita no llegó “Tomás, el llamado Dídimo”. Durante el traslado del cadáver hasta el sepulcro, situado en el valle de Josafat, según el texto de este apócrifo, tuvo lugar el conocido episodio del judío, aquí llamado Rubén, que quiso derribar el féretro de la Virgen y perdió los brazos hasta que fue curado por Pedro (Tránsito de la bienaventurada Virgen María, XIV).

El Apócrifo termina con el caso de Tomás. Lo mismo que en los días, que siguieron a la Resurrección de Jesús, también ahora estuvo apartado de la compañía de sus condiscípulos en un momento importante. Pero desde el capítulo XVII hasta el final es el protagonista de los hechos. Transportado al monte Olivete, tuvo la oportunidad de contemplar cómo el cuerpo de la Virgen María era llevado al cielo. Pidió a gritos a la Virgen que le diera su bendición. Ella cumplió su deseo y le arrojó desde lo alto el cinturón con que los Apóstoles habían ceñido su cuerpo.

Cuando Tomás se reunió con los demás apóstoles, Pedro le echó en cara su incredulidad, por la que Dios le había privado de la gracia de asistir al entierro de la Señora. Tomás aceptó humildemente la reprimenda y quiso saber dónde habían depositado el cuerpo. Ellos señalaron el sepulcro. Cuando Tomás les replicó que allí no estaba, Pedro volvió a reprocharle su terca incredulidad, puesta ya de manifiesto en los episodios de la Resurrección de Cristo Pero cuando comprobaron que el sepulcro estaba vacío, escucharon el relato de Tomás y vieron el ceñidor de María, le pidieron perdón por su actitud.

En la vieja catedral del Salamanca se conserva una tabla del siglo XV, en la que aparece la Virgen cuando arroja desde las nubes su ceñidor a Tomás, que está postrado junto al sepulcro. La anécdota figura en cierta manera en el Misterio de Elche, dedicado precisamente a la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma al cielo. El Misterio toma diversos detalles del referido Tránsito de la bienaventurada Virgen María. Uno de ellos es el tema de la palma milagrosa que debía presidir el entierro. Otro, la ausencia de Tomás, cuya tardanza explica el texto del Misterio como provocada por sus obligaciones en la India. En el segundo día de la celebración del “Misteri”, ocupa Tomás un especial protagonismo, como ocurre también en el Apócrifo. Tampoco olvida la fiesta de Elche el caso de la hostilidad de los judíos y el detalle de las manos osadas y castigadas. Refiere igualmente la conversión y el bautismo de los judíos en conformidad con los textos apócrifos del Pseudo José de Arimatea.

El autor del apócrifo mencionado acaba su obra autopresentándose como José de Arimatea, el que depositó el cuerpo del Señor en su sepulcro personal y cuidó luego de la “bienaventurada siempre virgen María”. Escribió las palabras que salieron de la boca de Dios y el modo como se realizaron los acontecimientos consignados.

Un dato registrado cuidadosamente en los Apócrifos da la noticia de que la partida de María hacia el cielo tuvo su momento en domingo. Porque ése era el día en que habían acontecido los más grandes misterios de la Historia de la Salvación. Así lo explica el Libro de San Juan Evangelista con palabras del Espíritu Santo: “Ya sabéis que en domingo recibió la virgen María el anuncio del arcángel Gabriel, que en domingo nació en Belén el Salvador, que en domingo salieron los hijos de Jerusalén con palmas a su encuentro diciendo: «¡Hosanna en las alturas! Bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21, 9; Mc 11, 10), que en domingo resucitó de entre los muertos, que en domingo ha de venir a juzgar a vivos y muertos, que en domingo tiene que venir desde los cielos para gloria y honor de la salida de la santa y gloriosa virgen que le dio a luz” (Libro de San Juan Evangelista sobre la Dormición de la Madre de Dios, XXXVII).

Una Carta, La carta del domingo, escrita presuntamente por “Jesucristo, señor Dios y Salvador nuestro” y enviada al sepulcro de San Pedro en Roma, habla del domingo como de un gran regalo hecho por Dios a la humanidad. La observancia del domingo es motivo de múltiples ventajas y venturas. La carta, escrita en griego, surgió en los contextos propios de la patrística española hacia el siglo VI. Abunda en la importancia del domingo, día en que Abraham recibió la visita de Dios trino en su tienda; en domingo se apareció Dios a Moisés en el Sinaí y le entregó las tablas de la Ley; en domingo bautizó Juan el Bautista a Jesús. Y termina la carta con una solemne recomendación: “Guardad y respetad el día santo del domingo y de la resurrección para que encontréis misericordia en el día del juicio en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

Como en otros sucesos salvíficos, la tradición busca siempre un “aquí” y un “ahora” para dar al misterio dosis nuevas de emoción y estremecimiento. De las dos tradiciones sobre el lugar de la dormición de María, Éfeso o Jerusalén, los Apócrifos se decantan claramente por Jerusalén. El Libro de San Juan Evangelista refiere también la noticia de que Juan se encontraba en Éfeso cuando fue arrebatado por la nube que lo transportó hasta Belén (Ibid. VI y XVII). A continuación se produjo el traslado de la Virgen a Jerusalén donde tuvo lugar su muerte y su asunción. No lejos del jardín de Getsemaní, en el valle del Cedrón, la piedad cristiana ha venerado un edificio medieval como el lugar donde fuera depositado el cuerpo de María, que desde allí fue llevado por los ángeles al paraíso.

Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro


Jueves, 8 de Enero 2009
Hoy escribe Antonio Piñero


Hemos visto ya en esta serie cómo los evangelistas presentan como evidente que el Dios de Jesús es el mismo que el Dios del Antiguo Testamento (esto implica poroblemas teológicos que no abordamos por el momento, ya que ese Dios es demasiadas veces una divinidad violente, guerrera y partidista en favor de Israel .

La discusión de Jesús con los saduceos a propósito de la resurrección de los muertos Mc 12, 18-27 demuestra con palmaria claridad que el Dios de Jesús es el mismo que el del Antiguo Testamento.

He aquí este texto:

« Se le acercan unos saduceos, esos que niegan que haya resurrección, y le preguntaban: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno y deja mujer y no deja hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: el primero tomó mujer, pero murió sin dejar descendencia; también el segundo la tomó y murió sin dejar descendencia; y el tercero lo mismo. Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos, murió también la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer.
Jesús les contestó: “¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? (Éxodo 3,6) No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis en un gran error.  »


Parece evidente que Jesús razona del siguiente modo contra los saduceos: “Si todos los judíos tienen que aceptar, según lo que leen en las Escrituras que el Dios de Israel es el Dios de los antepasados, los patriarcas, y como un Dios no pude ser Dios de muertos (sería un Dios de nada), sino de vivos, es claro entonces que Abrahán, Isaac y Jacob están vivos”.

Ello supone que Jesús pone el acento no en la fidelidad de los patriarcas en Dios, sino al revés, en el compromiso de fidelidad de Dios para con los patriarcas. Jesús presenta a Dios como un escudo y como un protector de los justos a los que otorga el vivir siempre delante de Él.

La muerte significa la ruptura de todas las relaciones, en especial la del hombre con su creador. Por ello la teología del Antiguo Testamento suponía que el que murieran definitivamente los justos supondría una declaración de implícita de que Dios no es totalmente soberano. Según el evangelista Marcos, en esta perícopa, lo que argumenta Jesús es: la muerte pierde su valor ante el poder de Dios y ante el compromiso que este Dios ha tomado al declararse a favor de alguien. Dios es soberano total.

El rechazo de la resurrección por parte de los saduceos tiene que ver con la imagen de Dios por parte de los miembros de este grupo religioso. Según el historiador judío Flavio Josefo –que es una de nuestras fuentes principales para saber algo de los saduceos-, estos personajes no poseían mucho sentido de la proximidad de Dios al ser humano. Los saduceos negaban completamente la providencia divina, y hasta cierto punto eran como los filósofos epicúreos entre los griegos: Dios es en el fondo una divinidad extraña al mundo (Guerra de los judíos II 164).

Por tanto, lo que Jesús discute en el fondo en la perícopa citada, al hablar de la muerte y de la resurrección de los justos –para el Reino de Dios aquí en la tierra, confirme pensaban todos los judíos, o para el paraíso futuro, como piensan ahora en general los cristianos- es una concepción de Dios: éste tiene un poder absoluto y una fidelidad también absoluta para los justos, los que le son fieles.

Jesús afirma que “La muerte es ciertamente el límite de la vida humana; pero la fe sabe que al morir, el ser humano justo desemboca en las manos de Dios. Éste no abandona a lo que ha escogido. Tal es el contenido de la esperanza: Dios mismo es el bien esperado”.

Como puede observar el lector toda esta perícopa presenta a Jesús como piadoso judío, que adopta las posiciones de los fariseos, y que de ningún modo se considera a sí mismo tan cercano a la divinidad como para ponerse a sí mismo como causante, o cooperante, de algún modo de la resurrección de los justos.

Contrástese esta actitud del Jesús del Evangelio de Marcos, en el Jesús del Evangelio de Juan (cap. 11) en la historia de la resurrección de Lázaro:

« Había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo.» Al oírlo Jesús, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn 11,1-4) »

Y un poco más adelante dice Jesús a Marta, la desconsolada hermana del difunto:

Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Le dice Jesús: «Tu hermano resucitará.» Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.» Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo». (Jn 11,21-27).

Todos los comentaristas serios de los Evangelios, incluidos los católicos, están de acuerdo en que estas palabras no pertenecen al Jesús de la historia, sino a la teología del Cuarto Evangelio. El evangelista pone en boca de Jesús palabras que corresponden a un estadio muy avanzado de la teología cristiana –finales ya del siglo I-, estadio creado después de la muerte de Jesús, en el que la figura de éste está ya totalmente divinizada. Por ello se iguala a la del Dios de Israel y se le pone como causa o cooperante con el Padre en la resurrección del justo Lázaro.


Pero el Jesús que más se acerca al de la historia es sin duda el del Evangelio de Marcos cuando se sabe leer, a veces entre líneas, a partir de las tradiciones que fielemente recoge sobre el Nazareno aunque no sean favorables para su teología sobre ese mismo Jesús.

Seguiremos. Saludos cordiales de Antonio Piñero.

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Miércoles, 7 de Enero 2009
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.





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