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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Martín Lutero. Perspectivas desde el siglo XXI (16-06-2019. 1070).
Escribe Antonio Piñero
 
 
El libro que comento hoy recoge las Actas de un congreso, “Martín Lutero. 500 años de la Reforma Protestante”, que celebró sus sesiones del 16 al 18 de octubre en el 2017 en el Palacio de Congresos Conde Ansúrez de la Universidad de Valladolid, y en el Aula Magna del Estudio Teológico Augustiniano de la misma ciudad. Está editado por “Ediciones Universidad de Valladolid” en 2018. 476 pp. ISBN: 978-84-8448-977-1. El libro está indexado bajo las rúbricas: “Pensamiento político y social” / Protestantismo / Reforma / Pensamiento religioso/ Europa”. Los editores y coordinadores del congreso y responsables de la publicación de las Actas son José Luis Alonso Ponga – Fernando Joven Álvarez – Luis A. Fajardo Vaquero – Mª Pilar Panero García.
 
 
El libro tiene dos grandes apartados. El primero afecta a cuestiones teológicas. El segundo, a temas histórico- culturales. Escriben los coordinadores que el propósito del Congreso fue 1. Estudiar diferentes aspectos del pensamiento teológico de Lutero. 2. Considerar algunas de las contribuciones que hizo Lutero a la lengua y cultura alemanas, así como algunas repercusiones de la Reforma en la historia y cultura europeas. 3. Analizar la importancia de la persecución del luteranismo en España, sobre todo y precisamente en Valladolid. 4. Reflexionar sobre el pensamiento de Lutero que se realizan en la actualidad desde diferentes perspectivas.
 
 
Dentro del primer campo, el teológico, me han interesado personalmente los capítulos siguientes: “El nuevo concepto de fe de Lutero”, y el “Protestantes y católicos ante la Biblia: motivo de ruptura, ocasión de unidad”.
 
El primero señala cuán importante es conocer algunos detalles biográficos del personaje para entender su experiencia religiosa y el proceso que le llevó a sus nuevas tesis acerca de cómo debe entenderse la fe. El concepto de fe /justificación por la fe en M. Lutero sigue casi en línea recta la interpretación de Pablo de sus discípulos tardíos (que me parece errónea), quienes no habían conocido al maestro y solo tenían sus cartas, editadas y algunas mutiladas. Ciertamente Lutero pone de relieve el evangelio de la gracia y de la misericordia, pero a pesar de “sola gratia” y la “sola fide”, cae como dice el autor del artículo, Javier Antolín Sánchez –y estoy de acuerdo–, que en último término hay una cierta contradicción en el pensamiento luterano ya que, a pesar de que la salvación , la justificación, etc., es obra solamente de Dios, Lutero acentúa de tal modo la función del sujeto humano salvado que “para tener seguridad y certeza de tal salvación, necesitamos apoyarnos y volvernos al sujeto humano, con lo que el elemento divino que se pretendía resaltar queda un tanto devaluado, y por ello se podrá criticar la experiencia religiosa argumentando que todo es mera invención o construcción humana” (p. 31).
 
 
El segundo artículo, de J. M. Sánchez Caro, viejo conocido y a quien estimo mucho, aborda los temas siguientes: 1. Significado de la Biblia para Lutero. 2. La discusión entre Biblia y tradición en el protestantismo de la Era Moderna (ss. XVI-XVII). 3. El luteranismo en la España de esa época: Sevilla, Salamanca, Valladolid. 4. El Concilio de Trento y su toma de postura: el índice de libros prohibidos. 5. Las controversias contrarreformistas. 6. La Biblia en la Ilustración: protestantes y católicos. 7. El nuevo espíritu ecuménico: la Comisión “Fe y Constitución” del Consejo Mundial de las Iglesias y el Concilio Vaticano II. 8. Los grandes temas de diálogo protestante-católico en la actualidad: naturaleza de la Escritura; Escritura y Tradición; Canon bíblico; Interpretación de la Escritura; versiones bíblicas. El artículo de Sánchez Caro es muy ilustrativo y muy claro. Me ha interesado la constatación de lo que yo he experimentado en largas estancias en Alemania y con la lectura de muchísimo bibliografía protestante sobre los siglos II-I antes y I-II de nuestra era, que son mi campo de atención: Los exegetas protestantes y católicos han acercado mucho sus posturas; la posición, por ejemplo, que defendió Martin Hengel, de Tubinga, a lo largo de su vida era muy parecida a la de muchos exegetas católicos. Los estudiosos protestantes y católicos han aprendido a convivir, escucharse y respetarse y a trabajar juntos para lograr lo que dice –poniéndolo en boca de Jesús– el redactor del capítulo 17 del IV Evangelio: “Que ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21).
 
 
La interesante contribución de Gerd Theissen (muy conocido en España, sobre todo por su Manual sobre el Jesús histórico, en colaboración con Annete Merz, traducido por Sígueme, Salamanca, 1999) titulada “Templeöffnung und dialogische Kirche. Wie kann man die unvollendete Reformation vollenden?” (“Apertura del Templo e Iglesia dialógica. ¿Cómo se puede completar una Reforma incompleta?“) no está traducido. Habría merecido la pena hacerlo, porque al estar en una lengua críptica para la inmensa mayoría de los españoles, incluso para los estudiosos que tienen muchas dificultades para manejarla con soltura, su interesante contribución queda totalmente en la sombra. Traduzco a vuela pluma solo el último párrafo: “Digamos una vez más: el primer paso para la superación de la división de la Iglesia es un pensar en común la cuestión de la Reforma. No puede decirse ya hoy que los protestantes irrumpieron en el mundo moderno y que los católicos se quedaron atrás. Tanto los protestantes como los católicos irrumpieron igualmente en el mundo moderno. A menudo los católicos fueron por delante. Esta afirmación es válida sobre todo en dos temas importantes: la mística y la ética acerca de la dignidad del ser humano. Los impulsos definitivos en este ámbito procedieron de España”.
 
Tampoco está traducida, esta vez del inglés, lo que es más accesible, el trabajo de M. Tervaportti, “Consequences of the Reformation in Modern Finnish Society” (“Consecuencias de la Reforma en la moderna sociedad finlandesa”), pp. 441-454.
 
 
Vuelvo al campo de la teología, comentando brevemente el artículo, muy interesante también, de Pedro García González, “Una traducción intertextual ecuménica iniciada por Lutero” (pp. 131-165), un trabajo eruditísimo con una bibliografía amplia, de enorme actualidad y muy provechosa. Transcribo solo el inicio del artículo y algunas consecuencias:
 
“Lutero comenzaba su traducción vernácula de las primeras palabras griegas que el autor del evangelio atribuido a Marcos pone en boca de Jesús: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca, convertíos y creed en la buena noticia» (Mc. 1, 15). Con absoluto entusiasmo se lo contaba así, en una carta, a su antiguo formador, ya su Vicario general, Johann von Staupitz: «Por la gracia de los sabios que nos enseñan el griego... aprendí que esta palabra, Metánoia, se deriva de meta y noun, es decir, en latín, post y mentem, y vi que Metánoia puede derivarse, no sólo de post y mentem, sino también de trans y mentem, de modo que Metánoia es un «comprender lo que ha pasado», y es un reconocimiento del propio error, adquirido después de aceptada la consecuencia y el error reconocido»”.
 
 
La alusión explícita de Lutero a «los sabios que nos enseñan —a leer y a escribir— el griego», nos emplaza en la heurística renacentista que consideraba evidente que quien escribió en griego las primeras palabras atribuidas a Jesús, las había leído antes en textos griegos clásicos con los que había aprendido a escribir, pues, para los humanistas, la escritura griega era imposible sin su inteligente lectura y sabían que sólo fue creada para ser leída y comprendida en su propia cultura, la griega, en la que aquellas palabras aludían sin duda al dios Kairós, el hijo menor de Zeus, y a Metánoia, la diosa del arrepentimiento o reconocimiento, a su vez contraparte de la diosa Pronoia, la diosa providente, los cuales perduran en esculturas e imágenes, en epigramas, fábulas y adagios, objeto de estudios interdisciplinares en la actualidad”.
 
 
Lutero inició con entusiasmo este viaje de traducción intertextual e intercultural, «abordando la traducción entre lenguas en el contexto de la traducción entre culturas», como indica Peter Burke (2010:11), a través de palabras, textos e imágenes de la cultura griega, latina y cristiana. Quinientos años después, jóvenes investigadores actuales, en su mayoría protestantes, se han sentido impelidos a continuarlo. Ellos me han guiado en esta búsqueda secuenciada de Kairós y Metánoia hasta su consecuente reconocimiento o anagnórisis y, con sumo gusto y respeto, comparto lo que han descubierto, para que disfrutemos y reemprendamos con ellos este hermoso viaje” (pp. 131-132)
 
 
Y concluye así Pedro García González:
 
 
“Lo que inició Lutero, es posible continuarlo. Esto es lo que hemos intentado hacer, identificando su inicio, su itinerario y sus continuadores, para comprender la Escritura como literatura religiosa que integra y traduce las religiones antiguas y al mismo tiempo permanece abierta a nuevas lecturas y reescrituras a través de la historia”.
 
 
Me confirmo en lo que dije al principio. Un libro muy interesante, informa mucho y ofrece estupendas perspectivas.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
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Domingo, 16 de Junio 2019
Del antiguo Oriente al Occidente moderno: texturas bíblicas (10-06-2019; 1069)
Escribe Antonio Piñero
 
 
Deseo presentar hoy un libro de Julio Trebolle, colega mío de la Universidad Complutense, autor asiduo de la editorial Trotta, que acaba de publicar un libro científico-literario que me ha gustado mucho. Ya lo adelanto. Es sin duda muy interesante este volumen por la sabia mezcla de ciencia-ensayo-literatura-investigación  + divulgación de altura sobre algo que interesa a muchísimos: el fascinante mundo de la Biblia, sobre todo de lo que llamamos el Antiguo Testamento, y que comienza en Mesopotamia en tiempos tan remotos como los de la antigua Sumeria.
 
 
 
La ficha del libro es la siguiente: “Texturas bíblicas del antiguo Oriente al Occidente moderno”, Trotta, Madrid, 521 pp. Precio: en torno a 40 euros. ISBN: 978-84-9879-872-4.
 
 
El libro comienza con una sección que se titula “Del Oriente antiguo a la Biblia” y que va desde los mitos y leyendas de Mesopotamia hasta su plasmación en la Biblia hebrea. La sección segunda “La Biblia: literatura, historia religión” tiene al inicio una pregunta/respuesta que a mí mismo me han hecho muchas veces: “¿Cuándo se escribieron los libros de la Biblia?” El recorrido de esta sección va desde principio hasta el final de la Biblia hebrea, que es mucho más tardío de lo que gente cree, ya que el Libro de Daniel, –que se “coló” en el canon de libros sagrados del Antiguo Testamento porque los rabinos no podían ni pensar, allá por el final del siglo I de nuestra era y durante todo el siglo II, que ese libro era un “falso”… se lo atribuye a Daniel, personaje de la corte de Nabucodonosor (siglo VI a. C.) y en realidad está escrito en el tiempo de los Macabeos (hacia el 160 a. C.).
 
 
Esta segunda sección aborda otros temas interesantes como la poesía bíblica (por ejemplo, “La mujer el Cantar de los Cantares”), la concepción de Dios en el Antiguo Testamento; el influjo del mundo helénico (desde el siglo III a. C.) en la Biblia hebrea y la identidad judía en el cambio de era.
 
 
 
La sección tercera lleva por título algo también muy sugestivo para el lector: “De la Biblia a la literatura moderna”, donde el autor aborda temas como “Géneros literarios de la Biblia en la literatura contemporánea”; o bien “De la Jezabel bíblica hasta la Salomé de Oscar Wilde; “Biblia y teatro”; “Judas”; “Jesús de Nazaret”.
 
 
Por último la sección IV y última, “La Biblia de Oriente a Occidente” tiene también capítulos jugosos como los dedicados a “Atenas versus Jerusalén. La idea de Europa”. La Biblia como un libro también profano y fuente de cultura; las traducciones de la Bilblia y un apartado fascinante sobre “Jerusalén, ciudad santa o capital política”.
 
 
 
En un momento en el que el “ensayo” no está demasiado floreciente en el ámbito de libresco, este volumen me parece de lo más sugestivo que puede ofrecerse. Como el autor está rodeado por una poeta, Susana Pottecher, el influjo de este ámbito es considerable en la redacción de esta obra.
 
 
Siento solo que el volumen de Trebolle refleje prácticamente solo la tradición anglosajona en la bibliografía realmente utilizada… se acabó –al parecer– el influjo de lo que se escribe en alemán, italiano y francés. Y no digamos en castellano. También respecto a nuestro autor podría decirse (exagero naturalmente y no me refiero al terreno de la poesía española o el teatro, que se abordan en el libro) que hispanicum est non legitur: “Está escrito en español…., pues no se lee”). Lo malo es que ni se cita. Ni tampoco aunque haya o sean libros interesantes sobre el tema publicados en la misma editorial Trotta, que el autor omite olímpicamente. Me fastidia además, por ejemplo, que el autor –olvidando nuestra tradición hispánica, escriba Enoc (como los ingleses) y no Henoc (por ejemplo, Libro I de Henoc) que es nuestra tradición desde por lo menos el siglo XVI, que transcribe estos nombres a partir del latín y no del inglés. Algo parecido cuando la gente –por influencia de las películas norteamericanas sobre todo– recibe el nombre de Esther o Rut (con hache).  Y dicho en plan de broma, en mi pueblo natal, Chipiona, conocí indirectamente a un sujeto q  se llamaba “Kevin Costner del niño Jesús”.
 
 
Seguiré comentando este interesante libro de Trebolle.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
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Lunes, 10 de Junio 2019
¿Sabemos algo de cierto de la teología del judeocristianismo antes de Pablo? (5-6-2019. 1068)
Foto: Lucas el médico, el presunto autor de Hechos de apóstoles canónicos
 
 
Escribe Antonio Piñero
 
A propósito de la enorme influencia de Pedro en la iglesia primitiva deseo hacer algunas precisiones, de acuerdo con algunas preguntas que me han llegado y que no puedo responder de un modo personal por angustias de tiempo. Tengo que confesar que si respondiera a todo lo que se pregunta no tendría tiempo de trabajar en lo que estoy ocupado actualmente, la edición española, junto con Gonzalo del Cerro, de la literatura Pseudoclementina (vol. IV de los Hechos apócrifos de los Apóstoles); creo ya dije que la editora B.A.C. de Madrid permite la impresión de textos griegos y latinos, para que los lectores que tengan posibilidades puedan acceder a los “originales”. Esta edición es cara, pero la B.A.C. tiene ante todo propósitos culturales y religiosos, y en menor grado la subsistencia económica.
 
 
Sostengo que no se puede probar técnicamente por falta de fuentes (aunque sí sospechar o hipotetizar por medio de técnicas de análisis crítico de fuentes o de métodos de crítica literaria) que el apóstol Pablo  dependa de una tradición especial judeocristiana, helenística de lengua griega, que como dicen los Hechos de los apóstoles canónicos, en carnada en una comunidad física que residiera desde los primeros años tras la muerte de Jesús en la capital de Judea, Jerusalén. Eso es lo que dicen los Hechos canónicos de apóstoles, pero es dudoso históricamente.
 
 
Y desde luego tampoco hubo nunca en Jerusalén en los primeros años tras la muerte de Jesús una comunidad “cristiana” formada por ex paganos. Esa iglesia es un constructum de cierta teología alemana anterior a la Segunda Guerra Mundial que quiso afirmar que ya desde los inicios del cristianismo no hubo solo “judíos” en lo que luego sería el cristianismo, sino también arios (es decir, paganos griegos y romanos: véase el libro de F. Bermejo, “La invención de Jesús de Nazaret, Madrid 2018, “El Jesús ario. Exégesis bíblica y nazismo”, pp. 677ss).
 
 
Es cierto que yo mismo, en publicaciones anteriores (sobre todo en la obra colectiva editada por mí “Fuentes del Cristianismo”, reeditada por Herder, Barcelona 2017) he intentado reconstruir esta posible teología… de esa posible comunidad helenística jerusalemita. Pero a la vez debo sostener que el carácter de esa reconstrucción es meramente hipotético. Más bien se debe sostener, a partir de lo que afirma el autor de Hechos en 11,19-21 que tal comunidad helenística con una cierta teología propia solo se produjo en la ciudad siria de Antioquía… y que la teología del discurso de Esteban en Hch 7 (que el autor sitúa en Jerusalén) es muy probable que sea la teología de los judíos de Antioquía, no del protomártir.
 
 
No tenemos más textos que las cartas auténticas de Pablo, al que podemos considerar en su etapa de Antioquía el portador de un judeocristianismo no jerusalemita, para reconstruir hipotéticamente, nunca con afirmaciones seguras, esa teología helenística. Antes de la intervención de Pablo en la historia nada sabemos de cierto de la formación de grupos judeocristianos en la capital de Judea, por mucho que si se lee la teología protestante alemana de casi todo el siglo XX se afirme con rotundidad la existencia de esa teología.
 
 
Efectivamente, por 1 Corintios, desde el inicio de la carta, sabemos que fue la predicación de Pablo la que ocasionó la existencia de “partidos” o fracciones dentro del judeocristianismo del momento. Y esto no es extraño, porque si tiene algo el judaísmo del siglo I fue la enorme variedad de pensamiento (que sigue hasta hoy; no había ni hay de verdad “ortodoxia”, sino “ortopraxia” = “Dos judíos, tres opiniones”).
 
 
Y, de nuevo, insisto en que estudiemos a fondo al Pablo auténtico y leamos siempre con atención crítica Hechos de apóstoles, pues su autor, un discípulo íntimo de Lucas que imita el estilo de su maestro, como he señalado, es un escritor de una teología muy propia, muy sesgada según muchos exegetas, que intenta igualar y limar las ideas teológicas contrapuestas del primer judeocristianismo y borrar en lo posible cualquier diferencia. “No hay más que una doctrina cristiana y esa la inspiró el Espíritu Santo desde siempre” podría ser la bandera teológica del autor de Hechos…. Y ese es el fundamento de la Gran Iglesia (petrino-paulina) que nunca cambió. Todo esto es pura especulación.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
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Miércoles, 5 de Junio 2019

Notas

Feria del Libro de Madrid
Repito el aviso para los que puedan y les interese:


Juan Eslava Galán y yo, en diálogo, vamos a presentar mi libro “Aproximación al Jesús histórico”, Trotta, 2ª edición de diciembre 2018, en una especie de conferencia-presentación-charla en el Pabellón Central de la Feria del Libro, Paseo del Retiro, a las 13.00 horas, el sábado 1 de junio de 2019 en Madrid. 

Saludos cordiales


Antonipo Piñero
Viernes, 31 de Mayo 2019
El paulinismo de la Primera Carta de Pedro (30-05-19. 1067). Y sobre la Feria del Libro de Madrid
Escribe Antonio Piñero
 
 
Antes de que se me olvide –y llevo días queriendo hacerlo, pero sin pasarlo a hecho– aviso para los que puedan y les interese que  Juan Eslava Galán y yo, en diálogo, vamos a presentar mi libro “Aproximación al Jesús histórico”, Trotta, 2ª edición de diciembre 2018, en una especie de conferencia-presentación-charla en el Pabellón Central de la Feria del Libro, Paseo del Retiro, a las 13.00 horas, el sábado 1 de junio de 2019 en Madrid.
 
 
Como prometí, tomo algunas notas de James Dunn, vol. III de “El cristianismo n su comienzos (Verbo divino, 2012), pp. 1312-1314.1323, donde habla “del sabor intensamente paulino de esta carta” (p. 1312), de que “la situación de Asia Menor refleja un tiempo posterior al estimado para la vida de Pedro”, es decir, después del año 64, persecución de Nerón a cristianos de Roma, y de toda ausencia en la carta de cualquier concepción que pudiéramos calificar como peculiarmente petrina” (p. 1312).
 
 
Es más Dunn acaba reconociendo que no se puede documentar en el Nuevo Testamento “elementos petrinos identificables” salvo que los hubiera en 1 Pedro (crítica al comentario de Paul Achtemeier a 1 Pedro en la p. 43 de la obra de éste, en nota 189, p. 1312 de Dunn). Respecto a la total ausencia de tensión en la carta 1 Pedro entre las posibles facciones judeocristianas y paganocristianas en las regiones del Ponto, Bitinia y Capadocia nos lleva a un momento en el que la doctrina paulina (procedente por ejemplo, de la vecina Galacia) había triunfado plenamente. Los judeocristianos (que según Pablo podían seguir siendo judíos, y cumplir toda la ley de Moisés, se habrían acomodado totalmente a convivir con paganocristianos, quienes se supone a la vez (de lo contrario habría tensiones) que respetaban las costumbres judías.
 
 
Los temas señalados expresamente por Dunn son:
 
·La expresión “en Cristo”, típica de Pablo aparece en 1 Pedro en 3,16; 5,10.14.
 
· El entendimiento de los carismas comunitarios, que son ya de servicio como de discursos al grupo es igual al de Pablo (1 Pedro 4,10-11: “Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios. Si alguno habla, sean palabras de Dios; si alguno presta un servicio, hágalo en virtud del poder recibido de Dios, para que Dios sea glorificado en todo por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.
 
· Lo mismo que Pablo, el autor de 1 Pedro defiende el atrevido concepto de la necesidad de “compartir los sufrimientos de Cristo” ().
 
· Lo mismo que Pablo, entiende nuestro autor los conceptos de apokálypsis, “revelación” (1,7.13; 4,13) y diakonéo, “servir” ( 1,12; 4,10).
 
· Fórmulas de carácter litúrgico o catequético (recogidas y resaltadas en el Nuevo Testamento solo por Pablo se hallan en diversos pasajes de 1 Pedro. Por ejemplo, 1 Pe 18,21:
 
Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros; los que por medio de él creéis en Dios, que le ha resucitado de entre los muertos y le ha dado la gloria, de modo que vuestra fe y vuestra esperanza estén en Dios”.
 
muestra notables contactos con 1 Cor 6,20; Rm 4,24 y 16,25 ; Del mismo modo 1 Pedro 2,21 es paralelo a Rm 4,12 y 1 Pedro 3,18 = a Gal 1,4.
 
 
Dunn señala también el uso de “elegidos” para designar a los cristianos (Rm 8,33; 11,7).
 
“Es muy paulina la imagen de los destinatarios como ‘piedras vivas’ que entran en la construcción de un edificio espiritual, y ‘como un sacerdocio santo oferente de sacrificios espirituales’ en 1 Pedro 2,5”.
 
 
Y, de nuevo,  no termino de entender –como sea por un pre-juicio ya firmemente asentado– el que la 1 Pedro muestre alguna diferencia con Pablo, por ejemplo, su concepto de los “gentiles”, los paganos, a los que “en ningún momento de la carta parece verlos como creyentes, sino como la población entre la que viven los creyentes con carácter de extranjeros” (p. 1332) que este hecho sea ya una posible prueba de que la carta procede realmente de Pedro.
 
 
Prosigue Dunn: “Un notable contraste (con Pablo) es el diferente uso hecho de Oseas 2,25 (“Tendré compasión de ‘No Compasión’ y diré a mi ‘No pueblo’ ‘Tú eres mi pueblo’”). En Rm 9,24-25 Pablo utiliza este versículo para señalar que la llamada de Dios a los gentiles, así como a los judíos, está de acuerdo con su modelo de elección; pero en 1 Pedro 2,9-10 el versículo es simplemente una ulterior declaración del plan salvífico de Dios…. Este podría ser el legado de Pedro, quien nunca se consideró a sí mismo como un adversario o rival en su relación con Pablo, ni dependiente de él en sus mejores ideas…” (p. 1323).
 
 
Me pregunto: ¿Cómo es posible decir esto cuando se ha manifestado anteriormente que no es posible obtener de 1 Pedro ningún provecho para delinear las ideas propias de Pedro? Insisto en que no es posible, si antes no tiene el partido previo ya bien definido.
 
Seguiremos… pero creo que se va definiendo claramente que la idea de una Gran Iglesia Petrina no es más que un constructum moderno…, pero favorecido intensamente por el deseo de las iglesias paulinas, ya desde finales del siglo I, de unir su destino voluntariamente con la primera comunidad de Jerusalén y darse a sí mismos, y al pensamiento paulino subyacente, un marchamo de continuidad con el Jesús histórico, no con el Jesús visto en visión por Pablo. Como hipótesis explicativa podría aclarar la situación de la literatura cristiana primitiva que se ha conservado hasta hoy, la cual no muestra rastro alguno de un pensamiento peculiar de Pedro, y menos que fura como un imán que atrayera hacía su grupo, perfectamente constituido a unas iglesias paulinas, cuya teología “era exagerada”.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
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Jueves, 30 de Mayo 2019
Las cartas de “Pedro” en el Nuevo Testamento: ningún sustento para la “Gran Iglesia Petrina” (27-05-19. 1066)

 
 
Escribe Antonio Piñero
 
 
Continúo hoy exponiendo mis argumentos sobre la inexistencia de una Gran Iglesia Petrina con un método quizás curioso para algunos, a saber, tomar argumentos de las palabras de un investigador que aboga por la existencia de tal Gran Iglesia, fundada más bien en hipótesis sobre el apóstol Pedro. Se trata de James D. G. Dunn en su capítulo sobre “Pedro” (48.1) de su obra “Ni judío ni griego”, publicada por Verbo Divino en 2018 (analizo las pp. 773ss), que llevo un cierto tiempo comentando.
 
 
En ninguna parte se dice expresamente en este capítulo que 1 Pedro es una carta espuria. Hay, sin embargo, un cierto consenso: no fue compuesta por Pedro, sino por un discípulo de Pablo. Ni tampoco lo dice nunca claramente Dunn en el capítulo 37.3 (vol. II del tomo 2, pp. 1308-1331) en donde la había tratado con mayor profundidad.
 
 
De este último volumen entresaco algunas expresiones interesantes:
 
 
“El consenso de los investigadores es que 1 Pedro no pudo haber sido escrita por Pedro, y que seguramente su composición se debe a un miembro de la segunda generación cristiana”. Y luego cita el “Comentario” de Paul Achtemeier, I Peter (colección Hermenia; Fortres Press, Minneapolis, de 1996): “La calidad del griego de esta epístola hace muy dudoso que esta epístola fuera escrita por un pescador galileo…; desde el unto de visto estilística es la mejor prosa del Nuevo Testamento”… Cuesta imaginar que alguien como el Pedro descrito en los Evangelios poseyera ese conocimiento y esa capacidad” (p. 118, n. 35 de Achtemeier).
 
 
Ahora bien: hay una puerta abierta para la presunta autoría de Pedro: 1 Pedro en 5,12-13 afirma que “Por medio de Silvano, a quien tengo por hermano fiel, os he escrito brevemente, exhortándoos y atestiguándoos que esta es la verdadera gracia de Dios; perseverad en ella. Os saluda la que está en Babilonia, elegida como vosotros, así como mi hijo Marcos”. Es decir, que la redacción se debe a ese personaje, pero el pensamiento teológico puede ser de Pedro. Sin embargo, no conozco ningún crítico independiente, e incluso muchísimos, la mayoría, de los confesionales, que no sostenga que esas frases son el producto del falsario para autentificar su propia producción con el nombre de Pedro.
 
 
Lo curioso de la carta, 1 Pedro, “es la falta de recuerdos personales de la vida de Jesús, algo que uno seguramente no esperaría de alguien que le había acompañado desde el ministerio en Galilea hasta la resurrección”. Y añade Dunn (p. 1312): “El sabor intensamente paulino de la carta, tanto en el lenguaje como en el contenido, y el uso evidente de otras tradiciones primitivas cristianas parecen inesperados en alguien que seguramente tendría su propia manera de entender y expresar la fe cristiana”.
 
 
Entiéndase, pues claramente: en 1 Pedro no hay nada específicamente petrino, y sí mucho específicamente paulino. Por eso, no entiendo cómo J. Dunn formula la siguiente afirmación: “Difícilmente podemos evitar preguntarnos si en los puntos de acuerdo no había tanta o más influencia de Pedro en Pablo que viceversa y si parte de la enseñanza de Pablo no es tan petrina como 1 Pedro paulina”.  Me pregunto cómo puede afirmarse esto último si se ha confesado antes que de Pedro tenemos muchas anécdotas en el Nuevo Testamento (en los Evangelios especialmente y en Hechos), pero muy poca teología específica que no pueda presuponerse con toda razón que el la común judeocristiana…; eso sí afirmando a la vez que “Pedro era probablemente más conciliador que Pablo o que Santiago”… La prueba de esto último procede Pablo mismo en Gálatas 2,11-14, donde se relata a la vez que Pedro se arrepintió de ser conciliador con los paganocristianos y que dejó de comer con ellos siguiendo las ideas de Santiago, no las de Pablo.
 
 
Tampoco entiendo –si no hay documentación alguna, sino solo la misma carta de 1 Pedro, cuya autoría se pone en duda– que se pueda afirmar con tanta desenvoltura que Pedro viajó intensamente por zonas de Asia Menor (Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia) predicando el evangelio de que Jesús era el mesías solo a judíos, circuncisos (Gálatas 2,8-9)…, pero ¡enseñándoles ideas propias de Pablo en un terreno que era también el propio de la actividad misionera de Pablo!  Y tampoco se entiende cómo Pedro viajaría entre judíos para misionarlos utilizando una Biblia alejandrina en griego (los LXX: p. 1311 de J. Dunn) y no una Biblia hebrea o targumes arameos, que eran los propios de su lengua materna, y que é podría traducir. ¡No me imagino al Pedro de Gálatas utilizando una Biblia en griego!
 
 
Volvamos ahora al volumen IV con el que iniciábamos el comentario de esta postal. Escribe nuestro autor, Dunn: “Las carta atribuidas a Pedro, 1 Pe y 2 Pe no proporcionan un punto de partida (para entender la teología y la figura de Pedro) tanto como podríamos haber esperado… La frustración con 1 Pedro es intensa… 1 Pedro parece poco convincente como representante de la enseñanza característica de aquel a la fue atribuida…. Sabemos tan poco sobre lo que fue distintivo en la predicación y enseñanza de Pedro por las otras fuentes del Nuevo Testamento, que andamos casi a ciegas respecto si debemos considerar que 1 Pedro representa la distintividad de Pedro”.
 
Precisamente este es mi argumento: ¿Cómo puede decirse que existía una Gran Iglesia petrina unificadora y unificante ya a finales del siglo I…, si su base, Pedro, no ha dejado casi rastro alguno?
 
 
Además:
 
“Un punto muy interesante de 1 Pedro es el carácter muy paulino de la carta… lo que va a contrapelo de lo que podría deducirse de pasajes de Gal 2,12 (riña de Pablo a Pedro) y 1 Corintios 1,12 (“Me refiero a que cada uno de vosotros dice: «Yo soy de Pablo», «Yo de Apolo», «Yo de Cefas», «Yo de Cristo»”), que Pedro y Pablo eran opuestos en cuanto a aquello que resaltaban en su predicación y enseñanza” (así Dunn en la p. 776 del vol. IV).
 
 
Y esto me va a dar pie para exponer, también con palabras de Dunn, cuán paulina es la teología de 1 Pedro en la siguiente postal.
 
 
Por ahora tenemos una propuesta bastante segura y que va tomando cuerpo: visto el testimonio el Nuevo Testamento y otros autores de la iglesia primitiva, pienso que es bastante más explicativa mi hipótesis: la “Gran Iglesia Petrina” es una invención, un hallazgo voluntario de los discípulos de Pablo (los que componen el Nuevo Testamento) para unir a Pablo con Pedro, artificialmente, para soslayar la acusación de que Pablo no era un verdadero apóstol porque “no había convivido con el Señor”, y porque su evangelio procedía de visiones, mientras que el de Pedro venía del contacto directo de Jesús.
 
 
Si se construye el teologuema, por parte de los paulinos, de que Pedro es el gran amigo de Pablo (al menos en el fondo), que están los dos de acuerdo y que la gran iglesia petrina abraza a la paulina…. está todo resuelto… Hechos de apóstoles es el gran testimonio de esta tendencia: Pedro como Pablo; Pablo como Pedro. A partir de las pistas que van dejando los seguidores de Pablo, la moderna teología edifica el constructum de la “Gran Iglesia petrina”, pero solo con meras afirmaciones –dándolo todo por supuesto– y prácticamente nunca sin aportar pruebas.
 
 
Veremos, pues, el próximo día el paulinismo de 1 Pedro con palabras no mías, sino de James D. G. Dunn.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
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Lunes, 27 de Mayo 2019
San Pedro, una figura intrigante (23-05-19. 1065)
Escribe Antonio Piñero
 
 
Como prometí en la postal anterior, voy a intentar sustentar, aunque solo indirectamente, o más bien recibir apoyo indirecto, a mi hipótesis sobre la inexistencia de una “Gran Iglesia petrina unificada y unificante” utilizando lo que sobre Pedro escribe James D. G. Dunn en el volumen IV de su magnum opus “El cristianismo en sus comienzos”, titulado “Una identidad cuestionada”, en su capítulo de síntesis sobre “Pedro”  (&48: pp. 771-802) y su “influencia continua” en los cristianismos de finales del siglo I y hasta, más menos, los dos tercios del II.
 
 
Comienza el capítulo afirmando el ilustre investigador que “Pedro es la figura que suscita más intriga. No cabe duda de la influencia de Pedro, e incluso de la Santiago en el variado panorama de los comienzos de los seguidores de Jesús, pero sobre Pedro “Las nieblas de los siglos I y II se hacen más densas”. Y esta niebla se hace más densa aún cuando nuestro autor duda de la veracidad de que Pedro consolidara la primera misión de Samaria –Hch 8, noticia que va en contra de Mt 10,5: “A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos”– y más todavía, que fuera él quien inventó o “tuvo la inesperada iniciativa de abril el evangelio a no judíos” (Hch 10-11).
 
 
Es claro que el autor de Hechos (Para Dunn es sin duda Lucas; a mí me parece más probable un discípulo de este que escribe en su nombre, lo cual explica muy bien las contradicciones y las semejanzas y cambios de estilo y vocabulario) y Pablo “refieren muy diversamente la participación de Pedro en la conferencia de Jerusalén (Hch 15; en caso de dudas o contradicción hay que dar la prioridad a Pablo y no a Hechos, creo). “Si lo referido en Hechos refleja una versión” de lo sucedido en esa conferencia, “es importante indicar que los argumentos decisivos fueron presentados por Pedro, pero la decisión conclusiva fue tomada por Santiago”. Con otras palabras, Pedro es ya una figura secundaria en la comunidad “madre”. Pedro había “desaparecido de Jerusalén y había marchado a otro lugar (Hch 12,7), cuya identidad nunca revela el autor.
 
 
La figura de Pedro, según Pablo en 1 Corintios 1,12; 3,22) fue un factor no aglutinante, sino que ayudó a provocar el “faccionalismo de la iglesia de Corinto, aunque no hay indicios sólidos de una visita de Pedro a esa ciudad ni del tiempo que él hubiera pasado en esa comunidad”. Vemos, pues que os indicios por fuentes de la primera generación (Hechos y Pablo) son irregulares en el mejor de los casos y dejan una imagen confusa”.
 
 
Ya solo esta conclusión invalida la interpretación de Senén Vidal sobre el surgimiento de la “Gran Iglesia”. A continuación y con términos que ye he utilizado el libro-homenaje a María Victoria Spottorno, investigadora del Consejo superior de Investigaciones Científicas, que se ha ocupado especialmente de la versión griega de la Biblia hebrea (Τίἡμῖν καὶ σοί; Lo que hay entre tú y nosotros. Estudios en honor de María Victoria Spottorno, «Series Digitalia Antiqua» 1 (Córdoba: UCOPress. Editorial Universidad de Córdoba, 2016), 252 pp. ISBN: 978-84-9927-254-2). Dicho entre paréntesis: jamás he logrado ver el PDF completo de esta publicación. Ni mención alguna, ni me ha llegado copia alguna como autor, salvo una breve reseña de Alba de Frutos García, de la Universidad Complutense de Madrid, publicada en Collectanea Christiana Orientalia 14 (2017), pp. 307-311.
 
 
 
Cuando, al parecer, habían muerto ya dos de los puntales más conocidos del judeocristianismo primitivo, Pedro y Pablo (en realidad nada sabemos seguro sobre la muerte de esos dos personajes, por más que dispongamos de noticias de los Hechos apócrifos de Pedro y de Pablo que apuntan a la persecución de Nerón a los cristianos de Roma, tras el incendio, en el 64 d.C.), tuvo lugar el nacimiento, desarrollo y cénit de la gran iglesia. Con palabras de Vidal: “Fue en ese tiempo cuando el movimiento cristiano sufrió una profunda evolución decisiva para su historia posterior. Durante esa época se inició el proceso de formación de lo que se ha venido a llamar la gran iglesia, es decir, la iglesia unificada e institucionalizada”.
 
 
 
En esos momentos, “las comunidades cristianas tenían una viva conciencia de misión universal, sin distinciones étnicas (entre judíos creyentes o no en el Mesías y paganocristianos) y sociales, y estaban convencidas de formar parte del pueblo mesiánico universal” (Nuevo Testamento. Edición preparada por Senén Vidal , Sal Terrae, Santander 2015, citada como ENT, p. 35).  Pero el grupo cristiano no vivía en una total paz interna, ya que aparecían también tendencias radicales, más tarde denominadas “heréticas”. “La evolución del movimiento cristiano se caracterizó ante todo como un proceso de unificación, durante el cual fue surgiendo la iglesia universal, según la formulación de Ignacio de Antioquía (A los esmirnenses 8,2: “Allí donde aparezca el obispo, allí debe estar el pueblo; tal como allí donde está Jesús, allí está la iglesia universal he katholiké ekklesía”)”.
 
 
“Eso supuso la unión de las diversas corrientes cristianas de los orígenes. Todas ellas tenían que desaparecer como tales corrientes separadas, para entrar a formar parte de la ‘gran iglesia’ una y uniformada. El final de este proceso es la integración de los escritos de esas antiguas corrientes dentro de una única colección de libros, el canon del Nuevo Testamento, que se fue configurando a lo largo del siglo II” (ENT 35-36).
 
 
Naturalmente los escritos originarios de Pablo (compuestos probablemente entre el 51 y el 58) quedan totalmente fuera de este movimiento, como indica Vidal con claridad. La causa, según Vidal, era el carácter exagerado de la teología paulina y la “Gran Iglesia” hubo de limarla y pulirla. Además, como veremos, todos los autores, cuyas obras irán a formar parte del Nuevo Testamento, sea cual sea la familia ideológica de la que provengan, por ejemplo, Pastorales, Santiago/Jacobo, Judas, 1 2 Pedro, coinciden en considerar heréticos ciertos grupos paulinos, a los que combaten ferozmente (así lo sostiene S. Vidal en su obra Evangelio y cartas de Juan. Génesis de los textos juánicos, p. 96, editada por la editorial Mensajero-Sal Terrae, Bilbao 2013 y que cito como EJC).
 
 
Pero a partir del 70 los dos grupos nucleares cristianos, que hemos mencionado arriba, por distintas que fueran sus convicciones, sufren el mismo proceso de atracción hacia una fecunda unidad gracias a la cual podrán enfrentarse a las subcorrientes disgregadoras, las herejías, que amenazaban precisamente tal deseable unidad. Así pues, Vidal imagina que existió una línea evolutiva en estos años que, a falta de mayor concreción, debe imaginarse como una fuerza potente y un tanto misteriosa e inconcreta, que toma como icono principal a Pedro (no a Pablo, ni tampoco a su teología). En torno a él se constituye el germen de una iglesia “cristiana universal”, o gran iglesia, cuyo impulso tendía a formar una unidad de todos los grupos cristianos dispersos, uniformándolos e institucionalizándolos.
 
 
Esta gran iglesia resultó ser tan poderosa (se supone que por la potencia congregadora de su representante, Pedro) que
 
 
1. Asimiló el judeocristianismo que sobrevivió a las revueltas antirromanas de los judíos del 66-70 (Palestina), 118-119 (Cirenaica y Chipre sobre todo) y 132-135 (Palestina de nuevo), y
 
 
2. Obligó a que otros grupos judeocristianos y helenísticos/paulinos fueran desapareciendo como tales y sus restos se fueran integrando en esa gran iglesia, cuyo representante o icono aglutinante es, debe insistirse, Pedro.
 
 
 
En este sentido afirma Vidal:
 
 
“Lo mismo que le sucedió a otros grupos cristianos de los tiempos antiguos, como por ejemplo a los paulinos, también los grupos joánicos desaparecieron como tales en la primera parte del siglo II. Ese era precisamente el sentido de la formación de la gran iglesia, iniciado a finales del siglo I que intentaba integrar dentro de una iglesia unida e institucionalizada las diversas corrientes del cristianismo antiguo”. La obra de los autores joánicos que están detrás de la tercera fase de composición del Evangelio de Juan (denominada por Vidal E3: EJ, pp. 40-41) –el evangelio tal como estaba en esta fase avanzada de su composición–, “se puede caracterizar como un intento de institucionalización de la tradición joánica en una dirección muy semejante a la que seguía la gran iglesia, que estaba en proceso de convertirse en una auténtica religión institucionalizada frente al judaísmo y paganismo. De hecho bastantes textos de E3 delatan un claro influjo de la tradición de la gran iglesia y concretamente de la tradición sinóptica” (ENT 494).
 
 
La última frase de esta cita indica que entre la “Gran Iglesia petrina” y la tradición sinóptica había fuertes lazos. Se sobrentiende que la tradición sinóptica se contrapone de algún modo al paulinismo estricto de las siete cartas auténticas de Pablo.  Esta última idea me parece igualmente imposible para quien haya leído cualquier comentario, incluso de los publicados en castellano, sobre los evangelios de Marcos y de Lucas, y en menor grado, pero también en el de Mateo. Todos los comentaristas están de acuerdo en la idea de que la interpretación básica de la figura y misión de Jesús como mesías y salvador dependen la concepción paulina de la muerte y resurrección e Jesús manifestada por Pablo en sus cartas: muerte del Mesías, entidad celeste después de su resurrección, aceptada por este voluntariamente y que se acomoda a un designio eterno del Padre en el sacrificio de la cruz, cuyo efectos suponen la remisión de los pecados de toda la humanidad, no solo de los judíos.
 
 
Seguiremos con este tema –importantísimo para los inicios del cristianismo como fenómeno ideológico– en el que, como digo, utilizaré los puntos de vista de James D. G. Dunn sobre Pedro. Porque tenemos muchas anécdotas de Pedro en los Evangelios y Hechos, pero muy poco, o casi nada de su presunta teología propia, salvo su judeocristianismo básico.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
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Enlaces a programas de radio recientes en los que he intervenido como entrevistado:
 
 iVoox Entrevista a Antonio Piñero- La Parusía, La Segunda venida de Cristo http://www.ivoox.com/36252560
 
 
https://www.ivoox.com/antonio-pinero-llogari-pujol-dos-visiones-opuestas-audios-mp3_rf_35669894_1.html
 
 
https://www.ivoox.com/jesus-historico-su-vinculo-la-audios-mp3_rf_35035457_1.html
Viernes, 24 de Mayo 2019
Sobre Pedro como presunto fundamento de la “Gran Iglesia”. “Ni judío ni griego. El cristianismo en sus comienzos” (vol. IV) (1064 / 20-05-2019)
Escribe Antonio Piñero
 
 
Esta es la última postal –aunque dividida en varias partes / días– con la que quiero dar cuenta de la aparición en castellano del último volumen de la gran obra de James D. G. Dunn, “El cristianismo en sus comienzos” editada en nuestra lengua por Verbo Divino (2018 en traducción de Serafín Fernández Martínez. La parte decimotercera lleva por título “La influencia continua de Pablo y Pedro”, y tiene un capítulo dedicado a cada uno de estos dos personajes básicos del cristianismo. Como muestra, me voy a detener solo en el capítulo 48, dedicado a Pedro. La tesis básica que defiende Dunn, es que Pedro… “desempeñó un papel determinante en cuanto a mantener unido el cristianismo a pesar de sus disparidades surgidas en el siglo II, y en cuanto a ayudar a sus sucesores a permanecer fieles a la herencia central de la tradición de Jesús y el evangelio tal como fue expuesto especialmente por Pablo”.
 
 
Según Dunn, esto se debió al papel que este apóstol desempeñó en las controversias de la primera generación y a la “construcción de puentes” (aquí Dunn juega con el vocablo latino “pontifex”, “pontífice”, que significa literalmente “hacedor de puentes”, que en el cristianismo –sobre todo si se le añada el adjetivo “sumo”– recuerda a la “cátedra de Pedro”, a este como primer obispo de Roma, según la tradición y a su función como cabeza de la iglesia universal. Dunn sostiene que la influencia de Pedro en la formación de la Gran Iglesia “es claramente discernible en un análisis histórico. En teología, en influencia teológica, es probable que Pedro tenga que ceder la palma a Pablo. Pero en eclesiología, en influencia eclesiástica, Pedro no tiene par” (p. 802).
 
 
Estoy solo parcialmente de acuerdo con esta visión, pues creo que hace concebir al lector una perspectiva de la creación de cristianismo –en cuanto fenómeno ideológico (sociológicamente es distinto)– muy distante de lo que ocurrió en la historia real. Si lo que afirma James Dunn supone que (en la perspectiva de la ideología teológica, insisto) al final del siglo I y hasta la mitad del siglo II existió una “Gran Iglesia” petrina, no es correcta. Y menos que la teología de esa Gran Iglesia, derivada de Pedro naturalmente sirviera de catalizador a los diversas facciones, o diversos “cristianismos” que existían en esos años una Gran Iglesia, petrina, que actuó como unificadora y unificante  de las diversas teologías de aquellos tiempos, sostengo que esta perspectiva no es correcta. Lo de “unificada y unificante” es expresión del ya fallecido Senén Vidal. Sencillamente esa idea es errónea. Los lectores ya saben que defiendo denodadamente que tal “Gran Iglesia” petrina no existió nunca y que es un mero constructo de la historia teológica confesional al dibujar los dos primeros siglos del cristianismo como fenómeno ideológico.
 
 
Para ser breve y directo: saben los lectores que en mi opinión es: fue la “Gran Iglesia”, ciertamente paulina, la que –siguiendo un impulso de Pablo mismo– buscó ensalzar la figura de Pedro con la idea de atribuirle muchas concomitancias con la teología paulina y de sus sucesores. Una vez que se construye –tras la muerte de los dos apóstoles, probablemente durante la persecución de Nerón a los cristianos de Roma– la figura de un Pedro más o menos de acuerdo con la mencionada teología paulina se logró que el gran constructo de la interpretación de Jesús por parte de Pablo (dependiente de visiones personales de Dios y de su Hijo y no de contacto directo con el Jesús histórico) quedara justificada por medio de un puente o unión con la iglesia primitiva, la de Jerusalén, heredera de ese Jesús de la historia.
 
 
El Pablo histórico intentó siempre que su “evangelio sobre Jesús de Nazaret” (convertido en Jesucristo) fuera refrendado por la iglesia de Jerusalén. Así lo afirma en Gálatas 2,7-9:
 
 
“Viendo los notables de la iglesia de Jerusalén que me había sido confiada la evangelización de los incircuncisos, al igual que a Pedro la de los circuncisos, pues el que actuó en Pedro para hacer de él un apóstol de los circuncisos, actuó también en mí para hacerme apóstol de los gentiles, y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos”.
 
 
Y para eso se esforzó toda su vida en cumplir el compromiso, acordado también en Jerusalén, de ayudar económicamente a esa comunidad (Gal 2,10: “Sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, de la capital de Judea, cosa que he procurado cumplir con todo esmero”).
 
 
Pablo no logró, ni mucho menos, ganarse a los judeocristianos de Jerusalén, pero lo intentó sinceramente. Ello se ve por la misma carta a los Gálatas y sobre todo por Hechos 21, capítulo en el que se perciben las reticencias de la comunidad jerusalemita y cómo, muy probablemente, ésta no aceptó el dinero de su colecta –no mencionada en absoluto y era el propósito del viaje de Pablo a la capital de Judea: silencio del autor de Hechos) por proceder de paganocristianos, creyentes en el Mesías, sí, pero no circuncidados).
 
 
Los sucesores de Pablo lo intentaron igualmente y tampoco lo lograron. Pero una vez muertos Pedro y Pablo, las comunidades paulinas, que formaron la base que construyó el Nuevo Testamento actual, idealizaron la figura de Pedro e hicieron de él el puente unión del pensamiento paulino y el judeocristiano de Jerusalén.
 
 
Espero que los lectores recuerden que ya he escrito varias veces cuál es la base de esta hipótesis:
 
1. Que la composición del Nuevo Testamento (4 evangelios de teología básica paulina en cuanto a la interpretación del significado de la muerte y resurrección de Jesús; 14 cartas atribuidas a Pablo por 7 al resto de todos los apóstoles –de entre las cuales 1 2 Pedro son paulinas; Judas se inspira en 1 Corintios; un Apocalipsis muy judío pero que diviniza paulinamente a Jesús y que interpreta su muerte como la del Cordero de Dios: 1 Cor 5,7) es totalmente paulina.
 
 
2. Que los Hechos de apóstoles, una obra nítidamente paulina, propaga artificial y ahistóricamente la fusión de Pablo y de Pedro: Pablo habla y actúa como Pedro; y Pedro como Pablo. Pedro es el fundador de la misión de los gentiles (Hch 10-11) y tiene una teología paulina (Hch 2 y 3).
 
 
3. Que no hay ningún testimonio de una teología especialmente petrina (salvo su judeocristianismo “normal”) que pudiera servir de atracción y de ligamento a unas comunidades de paganocristianos cuya teología era paulina, teología por cierto estimada como “peligrosa y exagerada” por los judeocristianos. Aquí entran de nuevo 1 2 Pedro, escritos espurios, obra de discípulos de Pablo, compuestos expresamente para presentar a un Pedro muy concorde con Pablo. El autor de 2 Pedro, obra probablemente compuesta hacia el 130-135, alaba directamente a Pablo y reconoce en 3,16 que las cartas de Pablo son ya canónicas (unos quince años antes de que Justino afirme oscuramente la canonicidad de los Evangelios o “Memorias de los apóstoles” (I Apología 67, 3), compuesta hacia el 150-160:
 
 
4. Ireneo de Lyon, que es el primer sistematizador de la teología cristiana, es un pensador paulino puro. A Pedro ni lo considera ni apenas lo nombra. La teología del “Contra los herejes” no debe prácticamente nada a un pensamiento teológico específico de Pedro. Ireneo es el primer testimonio de un canon del Nuevo Testamento casi igual al nuestro y que, como hemos dicho, es netamente paulino.
 
 
Y ahora añado: salvo “El Pastor” de un tal Hermas, quizás hermano de Pío, obispo de Roma hacia el 150, y de la “Didaché”, o doctrina de los Doce apóstoles, obras judeocristianas, las principales figuras teológicas del siglo II son todas paulinas: 1 Clemente; Ignacio de Antioquía; Bernabé es un antijudío bastante furioso; Policarpo pertenece la esfera de Ignacio de Antioquía; Justino Mártir es paulino, lo mismo que Clemente de Alejandría y Tertuliano.
 
 
El próximo día procuraré reforzar esta perspectiva de una manera indirecta con palabras del mismo James Dunn en el capítulo citado (48: Pedro; vol. IV, pp. 771-802). Intentaré mostrar cómo la/o que confiesa Dunn sobre el final del siglo I y los más menos cincuenta primeros años del siglo II encaja mejor con una Gran Iglesia paulina que con una petrina.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
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Lunes, 20 de Mayo 2019
Sobre la confusión entre Jesús de Nazaret y Jesucristo   “Compartir” (284) de 14 de mayo de 2019.
Hoy escribe Antonio Piñero
 
Foto:  Pirámide de Sáqqara
 
 
PREGUNTA /COMENTARIO
 
 
Un saludo Sr. A. Piñero.
 
Quiero hacerle un comentario entorno al debate entre Vd. y Llogari Pujol, en el programa "Luces en la Oscuridad".
 
 
https://www.ivoox.com/antonio-pinero-llogari-pujol-dos-visiones-opuestas-audios-mp3_rf_35669894_1.html
 
El verdadero científico esta lleno de curiosidad y de humildad. Está siempre vacío para llenarlo con lo nuevo. Recibe esto nuevo, lo estudia y le aplica en método científico.
 
El que está pagado de si mismo, se enroca en una torre de marfil y emplea toda su artillería dialéctica defendiendo "la verdad". ¿la verdad, o su verdad?. Porque LLogari también tiene "la verdad". Y Llogari sabe demótico...
 
Lo nuevo de LLogari, por revolucionario provoca reacción comprensible sabiendo lo que es el mundo. Pero Vd. persona que respeto, no se convierta por favor en un reaccionario.
Hace tiempo le envié el enlace a un libro, que a mi, me abrió los ojos. "Los misterios de Jesús". Amablemente me respondió diciéndome que ya lo conocía. Y conocerá cien veces mas que yo. Y conoce lo que dice Llogari. Pero Vd. se mantiene en lo que en mi opinión, es lo falso. Si, ya se. Mi opinión. Pero sigo opinando y creo que mucho saber por su parte, pero para elegir lo falso...
 
Le he oído a Vd. decir que admitir la historicidad de Jesús, "Es lo mas económico". Para Vd. creo que no es buen negocio. Porque ha elegido lo falso. Su carrera de exegeta bíblico la ha construido sobre arena...
 
Su opción por el Jesús histórico esta contaminada de la gran falsedad del cristianismo literalista y constantiniano. Que ademas de impuesto a Occidente es puramente exotérico, cuando la autentica espiritualidad que nos transforma a mejor es esotérica. El cristianismo literalista pisoteo el esoterismo de los cristianos gnosticos y se quedo con el culto huero.
 
La gran tragedia de Occidente. El materialismo, Se debe a que el cristianismo que hoy conocemos (aún) no sirve como garante de la esencia de la espiritualidad, no le llena al individuo. Al contrario, lo mete en una ratonera de culto y moral de cartón.
 
 Vd. "científicamente" está contribuyendo al rollo estomagante que atonta al pueblo en lugar de despertarlo. La espiritualidad no es "opio para el pueblo" el cristianismo literalista SI.
 
La verdad tiene fuerza por si misma. La verdad atrae. El cristianismo literalista se ha mantenido por su ensamblaje con el poder político, y porque desde ahí se ha impuesto sin reparar ante cualquier horror imaginable. No atrae por si mismo, porque no tiene fuerza, es una falsedad. Que Vd. de algún modo defiende...
 
El Vaticano se grietea. En buena hora. El mundo lo ha dejado atrás. Es cuestión de poco tiempo su completa ruina. Y Vd. que eligió lo mas "económico". O rectifica o caerá con este Vaticano. No se lo que veremos Vd. y yo. Vivir para ver...
 
No soy su enemigo. No tengo enemigos. Reciba un cordial saludo.
 
 
RESPUESTA:
 
 
Querido amigo:
 
Gracias por sus palabras y por su explicitación del verdadero carácter del científico.
 
Le ruego, por favor que:
 
· Distinga entre Jesús de Nazaret y Jesucristo (mezcla de un personaje presuntamente real y tangible y un concepto teológico, el cristo celeste). Naturalmente Jesucristo nunca ha existido, sino en la mente de los creyentes. Pero no hablamos de Jesucristo, sino de Jesús de Nazaret.
 
· Estudie a fondo todo lo que se puede saber de la construcción de los evangelios y del Nuevo Testamento. Ningún equipo en el siglo I podría falsificarlos, porque cada escrito es de su padre y de su madre y son contradictorios, en ocasiones, en sus puntos de vista sobre Jesús. Los Evangelios y el Nuevo Testamento pueden aceptarse o no, pero son infalsificables. Ningún equipo de la Antigüedad, y menos el que se imagina Llogari Pujol (sacerdotes egipcios helenizados del templo de Sáqqara).
 
· Los Evangelios se escribieron en griego, por gente que no tenía ni la menor idea de demótico ni tampoco conocían a fondo la cultura egipcia. Es prácticamente seguro por crítica literaria e interna de los textos, que la mayoría de los autores (desde luego del Nuevo Testamento completo) no se conocían entre sí. Y son profundamente judíos.
 
· El presupuesto de coincidencias al pie de la letra entre unos cuentos o narraciones egipcias y el Nuevo Testamento es sencillamente falso e indemostrable. No existen concordancias verbales, y a veces ni siquiera de ideas entre los textos aludidos por Pujol y el Nuevo Testamento. Solo hay a veces vagas reminiscencias a motivos y tipos de la forma mental humana (tenemos todos el mismo software mental) cuando se relaciona con la divinidad. Muchísimos más contactos de ideas –no de palabras– hay entre el budismo y el Nuevo Testamento…, y a nadie se le ocurre que los Evangelios y el resto del Nuevo Testamento se compuso por un equipo de sacerdotes budistas helenizados, anterior al año 200 (fecha de los primeros papiros del texto neotestamentario) que se dedicó a adaptar al mundo religioso griego las ideas del universo religiosos “pali” expresados en textos budistas. Sería un absurdo.
 
Por el contrario, tenemos coincidencias al pie de la letra, con los mismos vocablos y pensamientos entre el Nuevo Testamento, el Antiguo Testamento griego y la literatura judía de la época del Segundo Templo, a centenares. El índice de lugares coincidentes o aludidos por los autores del Nuevo Testamento a textos del Antiguo Testamento y el resto de ese tipo de literatura judía suma en la edición del Nuevo Testamento griego de Nestle -Aland 28 más de 1.600!!!
 
· Distinga además entre Jesús de Nazaret y la iglesia cristiana a lo largo de los siglos.
 
· Piense que a los judíos normativos, hacia el año 80 d. C., en sus disputas con judeocristianos les hubiera venido muy bien acabar esas peleas dialécticas diciendo: No seguimos discutiendo porque Jesús de Nazaret nunca existió". Jamás lo dijeron ni dudaron un segundo de su existencia. Lo que negaban ese que Jesús de Nazaret fuera Jesu-Cristo, el mesías.
 
· Piense que la solución "Jesús de Nazaret" nunca existió presenta infinitos más problemas, dado todo lo que ocurrió después, con el nacimiento del cristianismo y su desarrollo que si se admite que Jesús de Nazaret existió, pero fue luego idealizado, empezando por Pablo, repensado, reinterpretado y divinizado. El cristianismo no nace de Jesús de Nazaret, sino de ese personaje teológico que es Jesucristo. ^Por tanto, la solución de Llogari Pujol no explica nada; no tiene valor heurístico
 
 
Ya sabe que yo soy simplemente un filólogo, racionalista, escéptico y un tanto agnóstico. Llevo unos 50 años estudiando científicamente el NT...., pero siempre es bueno que alguien venga y me diga que he "escogido"  (se supone entonces que voluntariamente) la opción falsa. Eso que Usted afirma sobre mí para mí me obliga a la humildad y a reconocer que soy falible.
 
Saludos cordiales de
 
Antonio Piñero

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Jueves, 16 de Mayo 2019
De la estrella de Belén a Fronteras de la ciencia (12-05-2019; 1063)
Hoy escribe Antonio Piñero
 
 
José Gómez Galán hizo hace años, en 1988, una tesis doctoral, de la que yo fui director, en la  Universidad Complutense de Madrid con el título: “El nacimiento de Jesús de Nazaret. Historia y cronología” que obtuvo la calificación de sobresaliente cum laude por unanimidad. La tesis se publicó en tres volúmenes y que ha tenido dos ediciones hasta el momento (ISBN: 978-84-89493-41-4; Madrid-Córdoba: Edisofer. 1012 pp. El autor siguió una carrera académica y en la actualidad es catedrático de Teoría e Historia de la Educación en la Universidad de Extremadura.
 
 
Dentro de su trabajo universitario está también la alta divulgación. Fruto de este ámbito es la publicación de la revista “Fronteras de la Ciencia”, cuya portada aparece en la foto que acompaña esta nota.
 
 
He aquí una breve información del número 5, que acaba de ver la luz, porque –aunque no todos los artículos son directamente del ámbito común de mis publicaciones en este medio y de mis intereses más inmediatos—sí merece recibir atención. En primer lugar un artículo que  interesa a nuestro campo: “Los orígenes del cosmos según las religiones”.
 
 
Otros temas interesantes de este número son:
 
 
 
“Últimas teoría cosmológicas”: “¿Puede nuestra mente entender el universo?”; “El tiempo como enigma científico”.
 
 
El dossier central del número 5 de la revista que comento lleva por título "¿Cómo nos afectará el cambio climático?", donde se afrontan con rigor muchos de los principales interrogantes sobre el cambio climático: complejidad del fenómeno, características, balance actual... Un espléndido elenco de climatólogos, geofísicos, meteorólogos, sociólogos, historiadores, ingenieros, etc., nos ofrecen respuestas a preguntas como: ¿qué efectos produce un superhuracán? ¿Ha habido otros cambios climáticos en época histórica? ¿Qué consecuencias tiene nuestra alimentación en el medio ambiente? ¿Cuáles serán las fuentes de energía del futuro? ¿Qué está sucediendo realmente con el diésel? ¿Qué intereses intentan romper el consenso científico sobre el cambio climático? ¿En qué consiste el mito de los chemtrails...? Y un abanico de artículos de miscelánea sumamente novedosos y de gran interés: drones y geoarqueología, últimos avances sobre el autismo, la tradición del Arca de la Alianza en Etiopia, presentación los más espectaculares exoplanetas, etc.
 
 
 
 
Añado unos enlaces que creo que pueden ser de interés: 
 
Página web:

http://fronterasdelaciencia.com/
 
Redes sociales de la revista:

https://www.facebook.com/FronterasdelaCiencia/

https://twitter.com/FrontCiencia
 
https://www.instagram.com/frontciencia/  
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero

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Domingo, 12 de Mayo 2019
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Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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