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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Las primeras respuestas a la demoledora “Historia de las formas” (6-3-2020. 1112)
Foto Josef Klausner
  
Escribe Antonio Piñero
 
 
Decíamos en la postal anterior que veríamos cómo responde Dunn y otros a la demoledora historia de la formas que afirmaba A) que la investigación certera sobre Jesús era imposible; y además B. ilegítima porque investigar sobre el Jesús de la historia es caminar contra la fe; indagar y dar pruebas sobre la historicidad de Jesús es proporcionar pruebas objetivas para la fe…, con la cual esta deja de ser fe.
 
 
Llegados aquí hay dos tipos de respuesta. La primera la de los investigadores independientes: 1. No solo no es imposible la investigación histórica sobre Jesús, sino que se ha realizado ya y con notable éxito. Mientras los estudiosos alemanes contemplaban un tanto abobados esa imposibilidad bultmanntiana, fuera de Alemania y su área de influencia en Gran Bretaña, y Estados Unidos sobre todo, se hacía en la primera mitad del siglo XX una investigación sobre Jesús brillantísima. Sencillamente estupenda. Lo que se publicó desde 1905 hasta mediados del siglo en Francia fue verdaderamente sensacional. Mil veces he dicho que hasta hoy día somos deudores de Alfred Loisy, Maurice Goguel y Charles Guignebert… ¡hasta hoy día, más de cien años después!
 
 
No solo respondieron a las dificultades de Bultmann (estudiándolo seriamente) sino que escribieron libros sobre Jesús  en los que mostraban que se llegaba a resultados notables: se apuntaba ya, sin extremismo alguno, la idea de que Jesús era un judíoa a carta cabal, que era perfectamente entendible en el marco del Israel del siglo I y en más amplio del Mediterráneo oriental; que jamás había intentado fundar religión alguna y que su figura respondía muy bien, excelentemente bien, a la de esos agentes mesiánicos que había descrito Flavio Josefo en la “Guerra”, libro II, y en las Antigüedades, libro XVIII, que “incendiaban” al pueblo, o l menos hacían que subiera tanto la temperatura mesiánica que se atrevieron a enfrentarse a Roma y lo pagaron carísimo. Por tanto, aparte de sus ideas apocalíptico-escatológicas, Jesús fue un sedicioso –sin ejército– contra Roma, porque no admitía lo de pagar impuestos y porque en su concepto del reino de Dios Roma no cabía ni por asomo.
 
 
 Y esto fijándonos solo en Francia, con gentes estudiosas que, al menos a mí, han influido mucho. Y podemos hablar también de Josef Klausner, el judío lituano, si no me equivoco, que escribió en 1922 –en hebreo (luego hubo muchas traducciones a lenguas más accesibles, entre ella el español en 1992, en Barcelona, Editorial Paidós)– una obra importante que recondujo de modo definitivo (aunque para Klausner Jesús era un judía tan exagerado que casi dejaba de ser judío) a la figura del Nazoreo al redil del judaísmo. Se titulaba  “Jesús el Nazareno. Su época, su vida y su enseñanza”.
 
 
Para Klausner Jesús fue una suerte de profeta, de mentalidad farisea, cuyas ideas y moral eran moralísimamente judías. Lo único malo de Jesús –según Klausner– es que se concentró tanto en el individuo que debía de entrar en el inminente reino de Dios, que se olvidó de las necesidades nacionales del pueblo judío, como “pueblo elegido”. Jesús habría sido un judío perfecto si hubiera sido un “sionista” (permítaseme el anacronismo un tanto burdo) y no un hombre desinteresado por la política y por la repercusión de ella en la vida del pueblo.
 
 
Aunque hoy día ni opinamos así, tanto Klausner como los eruditos franceses citados, y más gentes en otros países, estaban haciendo auténtica investigación histórica sobre Jesús, con resultados válidos o semi válidos. Así que no era imposible. Y segundo: para un investigador independiente esos pruritos de que la fe es ante todo fe, y que no necesita de apoyo histórico, le suena un poco a chino, algo fuera de lugar. En  todo caso la fe es un asunto personalísimo, y no afecta para nada a  la historia.
 
 
Otro crítica a la posición de Bultmann –sí recogida por Dunn en la p. 112– había nacido del seno de la propia escuela bultmanntiana: la opinión rompedora (para los alemanes y otros estudiosos muy pegados al esquema de “las tres búsquedas” como si no hubieras otra perspectiva en el mundo) de Ernst Kësemann que hizo dos importantes observaciones:
 
 
1. Que no era de recibo postular una discontinuidad absoluta entre le Jesús de la historia y el Cristo de la fe, ya que los primeros cristianos los identificaron de modo que aun sin querer a veces realzaban el aspecto humano de Jesús… aspecto investigable.
 
 
2. Que los mismos evangelistas sinópticos daban gran importancia al pasado: hasta el formato de los evangelios (y más la redacción final de Mateo y Lucas con el añadido –no sabemos por quién ni cuándo– de los evangelios de la infancia) indica que daban gran importancia a la historia de Jesús.
 
 
Y por nuestra parte añadimos: que al igual que es cansino y agobiante tener que dar razones de lo evidente, del mismo modo parece casi estúpido disociar de tal manera la historia humana de Jesús del Cristo de la fe, que hay que gastar tiempo en defender que ese Cristo sin historia es como si estuviéramos creyendo en un fantasma sin cuerpo. Es como si postulamos que unos misioneros que están dando su vida, por ejemplo, en África, por propagar la fe en Jesús están hablando –y repito dando quizás también su vida–  de un personaje que nada tiene que ver con la vida humana. Sencillamente no tiene decir que “Me importa un comino lo que la historia pueda decir de Jesús, porque yo solo pienso en el Cristo celestial”. Personalmente no puedo entender esta postura.
 
 
Y finalmente Dunn mismo  tiene que comentar cómo el mismo Bultmann no fue inmune a las críticas y tuvo que aceptar que en el ministerio histórico de Jesús hubo dichos y hechos que adelantaban de algún modo, o que contenían implícitamente lo que después se predicaría de él como el Cristo. Aquí Bultmann estaba dando carta de naturaleza a la “cristología implícita”, un excelente artilugio para nadar y guardar la ropa. Pongo un ejemplo: Jesús nunca dijo que él fuera Dios; pero en su vida hubo gestos, signos e indicios, gracias a los cuales y con un poco de estudio, se podría deducir que Jesús estaría de acuerdo con el mensaje cristiano posterior: Jesús fue un ente divino “de algún modo”. Ya estaba todo resuelto así: No hay ningún salto insalvable entre el Jesús de la historia y el Cristo  de la fe.
 
 
Pues bien, la crítica independiente no acepta esta solución y afirma: es lícito investigar sobre el Jesús histórico y ofrece resultados razonablemente seguros; y también es lícito postular que algunas características del Cristo de la fe no casan con el Jesús de la historia y son el producto de una mera especulación teológica…. Es decir, con clara precisión, son inventadas por la mente humana al elaborar cristología o teología.
 
 
Seguiremos.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html
 
 
Jueves, 12 de Marzo 2020

Notas

Para continuar con las ideas expuestas en el anterior post, ejemplificaré la importancia territorial de los santuarios clásicos con dos ejemplos: Nemea y el Ática.


007.Santuarios extramuros (2).
Hoy escribe Eugenio Gómez Segura


El santuario de Zeus en Nemea se halla en un enclave geográfico que perfectamente podría ser denominado como estratégico: una pequeña llanura situada sobre las estribaciones orientales del macizo montañoso de Arcadia, que separan las regiones de Corintia al norte y la Argólide al sur. Por el oeste esta pequeña cadena montañosa arranca de las cercanías de la laguna Estinfalia, prolongándose hacia el este hasta llegar prácticamente al antiguo puerto de Epidauro, en el golfo Sarónico. Su principal accidente orográfico es el monte Arácneo, con 1199 m. de altura, a cuya falda oriental se encuentra la planicie donde está situado el santuario de Asclepio de Epidauro.

El santuario se encuentra en la vertiente norte de la sierra, en la cabecera del valle del río Nemea, que discurre a lo largo de 19 Km hacia el Golfo de Corinto. Situada a unos 15 Km de Micenas y unos 30 de Argos, Nemea vigila el mejor camino entre las regiones de Corintia y la Argólide, además de encontrarse en el límite de ambas provincias. De hecho, la privilegiada posición de este enclave y el gran valor como punto fronterizo que atesoró Nemea durante la época de formación de las dos ciudades-estado rivales determinó en gran medida su futuro. Como en otros muchos casos, el dominio sobre el santuario simbolizaba la autoridad fronteriza, que en este caso acabó en manos de Argos. Si en el 580 Corinto logró incluir los juegos del santuario de Istmia en el circuito panhelénico, Argos, que para esas fechas ya era dueña de Nemea, añadió como respuesta en el 573 sus juegos nemeos, dando así a entender que no era menos que su gran rival del norte.

Aunque no existen datos precisos, parece probable que en Nemea ocurriera lo mismo que en otros centros religiosos, es decir, que las futuras poleis y asociaciones étnicas (al estilo de los focios o locrios), cuando intentaban afianzarse e incluso adquirir nuevos territorios, consideraran los santuarios limítrofes como señas de identidad territoriales. Nemea, pues, en principio unido a la cercana población de Cleonas y localizado en el límite entre dos ciudades-estado, debió ganar importancia como centro fronterizo.  De hecho, Cleonas fue una ciudad que acabó muy pronto bajo la influencia de Argos, y con ella, por supuesto, el santuario.
El segundo ejemplo que voy a tratar es toda una región, el Ática, con mucho la comarca mejor estudiada de Grecia. Un repaso a sus fronteras, sean éstas marítimas o terrestres, muestra la estratégica situación de los cultos que estructuraban buena parte de la vida religiosa de la ciudad.

Señalaré en primer lugar que tres santuarios de los indicados en el mapa fueron trascendentales para establecer una polis independiente y poderosa: se trata del santuario de Afaya en Egina, clave para observar el tráfico marítimo en la parte del Golfo Sarónico que da a Atenas; el santuario de Anfiarao, el Anfiareo de Oropos, duramente disputado en varias ocasiones entre Beocia, Eubea y Atenas; Eleusis, que, pese a su fama, no siempre fue ático.

La de Egina fue una polis independiente hasta que Atenas conquistó la isla el año 460, después varios periodos de guerra que se remontan hasta mediados del siglo VII. La conquista suponía una gran seguridad para Atenas, que, desde el santuario de Afaya, podía observar sin problema el tráfico marítimo de su costa oeste.

El santuario oracular y médico de Anfiareo estaba dedicado al mortal Anfiarao, de interesante mitología. Localizado en la costa este de Beocia, desde él se vigilaba confiadamente el tráfico marino por barco entre Beocia y la isla de Eubea y su principal ciudad, Eretria. No era menos importante que el brazo de agua entre ambas regiones desembocara en la costa este del Ática a la altura de Tórico. Esto convenció a los atenienses de que poseer el santuario era muy importante para certificar sus dominios. Finalmente, en el año 506 éste cayó en manos áticas.

Tan interesante, aunque de más relumbrón pese a lo poco famoso del hecho, es la fuerte disputa que hubo entre Atenas y Mégara por el santuario de Eleusis, que controla el paso entre la costa griega y la isla de Salamina, también de dominio ateniense. Eleusis fue motivo de varias guerras entre las dos ciudades, si bien parece que en un principio fue dominio megarense. Lo extraordinario del lugar es que fue sede de los cultos de Deméter y Kore, que enseñaban a comprender la muerte y prepararse para ella. Su localización al oeste y su significado psicológico acercan a Eleusis con la Compostela de la Edad Media.

Además de estos santuarios, tres localidades áticas destacadan por su significado religioso y porque vigilaban las costas del Ática: Muniquia, junto al Pireo y con un templo dedicado a Ártemis Muniquia, señora de los límites y asociada a las costas por ese motivo. Igualmente, al este del Ática se encontraba Brauron, también dedicado a Ártemis y que ya comenté en un post anterior. Por último, cabo Sunion albergaba un templo de Posidón y otro de Atenea. Su valor estratégico queda reflejado en la dársena que, a los pies del acantilado y el templo principal acogía dos trirremes de mástil desmontable preparadas para interceptar con rapidez cualquier amenaza de poca importancia. Es de destacar que el mito recuerda cómo Egeo oteaba desde Sunion la llegada de los barcos del sur a la espera de su hijo Teseo, que debía volver de Creta tras derrotar al Minotauro.

Saludos cordiales de Eugenio Gómez Segura
Domingo, 8 de Marzo 2020
James D. G. Dunn corrige los puntos de partida del escepticismo de R. Bultmann (06-03-2020. 1111)
Escribe Antonio Piñero
 
 
En la postal anterior habíamos concluido con una sentencia rotunda de James Dunn acerca de la posibilidad de que la “Historia de la formas” lograra de verdad un acercamiento al Jesús histórico  y se respondía que no era así: “Pero si el nuevo sistema hubiera albergado esa esperanza, pronto la habría frustrado el propio Bultmann”. ¿Cuál era entonces el problema? Hay que precisarlo un poco más.
 
 
Pues… la concepción misma de la indagación histórica conforme al método  de Dibelius-Bultmann. Por de pronto este dúo de investigadores había ya sostenido que los textos en sí no ofrecían ninguna posibilidad seria de adentrarse en la personalidad y la vida interior de Jesús y que el historiador sólo debía contentarse en asegura la historicidad, o no, de los dichos de Jesús y de alguna de sus acciones. Se restringía así el ámbito de investigación.
 
 
En segundo lugar, Bultmann concebía que la tradición oral sobre Jesús estaba compuesta de una serie de estratos. El primero era la tradición de la cristiandad helenística que había transmitido los dichos y hechos de Jesús en griego… no en su lengua original… Por tanto, siempre habría alguna duda sobre si la traducción estaba bien hecha. ¿Acaso no es verdad que –como dicen los italianos– “Traductore – Tradittore” = Traductor = traidor? Por tanto, lo que tenemos en el texto griego de los Evangelios es el pensamiento sobre Jesús de los “tradentes” (no de Jesús), por tanto ¡de la comunidad primitiva!
 
 
El segundo estrato de la tradición sobre Jesús era la tradición oral en arameo… pero la tradición oral en sí ¡nunca es totalmente fidedigna…!, y a lo largo de los 40 años, más o menos, transcurridos entre la muerte de Jesús y el primer Evangelio datable, el de Marcos… ¡habían ocurrido muchas cosas! Y 40 años son muchísimos para una tradición oral. Por tanto, había que perder la esperanza de obtener algo absoluto respecto a Jesús… solo resultados relativos. Y a esta inseguridad puede añadirse la primera observación: también en la tradición oral solo tenemos el pensamiento  sobre Jesús de la comunidad primitiva… no el de Jesús mismo.
 
 
Bultmann enunció dos principios respecto a la tarea de recuerdo / tradición de la comunidad primitiva:
 
 
A. La enseñanza de Jesús no se conservó tanto por sí misma (es decir, como una venerable reliquia histórica a preservar de la corrupción), como por el valor que tenía respecto a la situación en la que vivían las comunidades primitivas.
 
 
B. Numerosos “dichos de Jesús” fueron originados por la Iglesia misma, es decir, por la tarea de los profetas cristianos primitivo a la hora de acomodar un dicho de Jesús, durante el culto litúrgico, a la situación de la comunidad. Así se introdujeron en la tradición de Jesús –sin marca alguna– dichos de Jesús que no eran de este, sino de un profeta que hablaba en su nombre. He explicado esta expresión en otras ocasiones: “sin marca alguna” quiere decir que un “dicho de Jesús” no se transmitía diciendo “Y un profeta dice que Jesús dijo”, sino simplemente “Jesús dijo”, omitiendo que ese dicho lo había formulado un profeta que estaba convencido de poseer el espíritu de Jesús (como Eliseo tenía el de Elías) y que, por tanto, era como si Jesús hablara, no él. ¡Pero no es lo mismo! Al fina y al cabo lo dijo un profeta, no Jesús mismo.
 
Resultado: todo lo que “oliera” a teología cristiana en los dichos de Jesús debía rechazarse como espurio, como producto secundario de la Iglesia primitiva.
 
¡Escepticismo casi absoluto!
 
 
Y a la verdad, Bultmann era tan estricto  en su investigación que estimaba que solo unos 25 dichos de Jesús podían pasar la criba de la autenticidad… Y de los hechos del Nazoreo, también muy pocos… De los milagros, por ejemplo, prácticamente ninguno. Así que Bultmann dedicó sus esfuerzos a la enseñanza de Jesús y del resto… casi solo tuvo como segura su muerte en cruz.
 
 
Pero tampoco importaba mucho… Bultmann, como buen luterano, pensaba que –respecto a Jesús– lo único importante era la fe. Una fe ciega, sin pruebas. Si se exigía un fundamento histórico a la fe, ya no sería fe, sino historia. Por tanto, lo que interesa ante todo es el Cristo, no el Jesús de Nazaret histórico.
 
 
Y así era. El escéptico Bultmann –y lo recuerdan sus discípulos cuando le tocaba pronunciar el sermón en el oficio litúrgico de los domingos en la iglesia universitaria de Marburgo– se emocionaba hablando de Jesús y de sus sentimientos hacia él; y a veces no podía contener las lágrimas al evocarlo y expresar su piedad interior hacia la persona de aquel. Lo que importaba para Bultmann era el encuentro existencial con Jesús… responder a las exigencias que el evento de la cruz le planteaba como hombre ante Dios; su respuesta a éste.  Y… ante todo la respuesta consistía en  creer…, en creer firmemente que en ese evento de la cruz se había producido, aunque no se entendiera racionalmente, la redención de toda la humanidad de las garras de la situación de pecado en la que está inmersa sin remedio… ¡hasta que llegó el mesías! (Romanos 7).
 
 
Esta posición vital de Bultmann entronca no solo con Pablo, sino con san Agustín… y más modernamente incluso con alguna rama filosofía a partir de Descartes… y con la que más con el existencialismo defendido por Martin Heidegger.
 
Por ejemplo y volviendo a Descartes: un pensador tan racionalista como este, uno de los fundadores de la matemática moderna, el fautor de la comprensión del mundo solo por la razón, cedía ante la imagen del Dios bíblico, cristiano. Su duda metódica y universal parece que se quebraba ante las verdades de la fe y la existencia del Dios cristiano, pues Descartes consideraba que las “ideas claras y precisas” que exigía la ciencia se daban también en la fe, pues esta ofrecía la misma “claridad y precisión” tanto en la idea de Dios como en otras verdades respecto a Jesús y la redención.
 
 
Llegados a este punto,  tendremos que considerar en una postal posterior cómo responde James Dunn a estas posiciones tan escépticas de Bultmann respecto al valor de la traición oral. Seguiremos, pues.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html
Viernes, 6 de Marzo 2020

Notas

Saber por qué los puntos religiosos jalonan el paisaje abre muchos caminos a la comprensión de las prácticas religiosas.

Hoy escribe Eugenio Gómez Segura


Vista de la comarca de Argos desde el santuario de Hera. Tomado de https://live.staticflickr.com/8583/28788720465_11e86147ae_b.jpg
Vista de la comarca de Argos desde el santuario de Hera. Tomado de https://live.staticflickr.com/8583/28788720465_11e86147ae_b.jpg
Domingo, 1 de Marzo 2020
Segunda parte del libro “Aproximación al Jesús histórico” (20-2-2020. 1110)
 Escribe Antonio Piñero
 
 
Creo que recordarán los lectores de este medio que en 2018 publiqué un libro en la Editorial Trotta, cuyo título es el de esta postal, que tuvo bastante éxito. En año y pico se hicieron tres ediciones, cosa que para un ensayo no es tan normal. La editorial, según creo, está preparando la edición electrónica (e-book), lo cual sería en verdad la cuarta edición.
 
 
En realidad, el libro impreso era solo algo más de la mitad de cómo se había concebido, porque después de explicar al lector el camino que sigue hoy día la investigación académica independiente del Nuevo Testamento y de su fundamento, Jesús de Nazaret, seguían algo así como 150 páginas o más en las que yo había puesto al día las más importantes reseñas críticas de libros sobre Jesús que había ido componiendo, y publicando, en años recientes.
 
 
Pero el editor consideró que el libro “Aproximación al Jesús histórico” debía ser una suerte de Introducción al “Comentario al Nuevo Testamento” (todavía sin editar, debido al tamaño de la obra), ya que este era una obra nueva, muy rara, o en verdad inexistente en otros países. El comentario pretende ser aconfesional e histórico crítico, independiente de toda adscripción a escuela, iglesia o teología alguna, laico si se desea denominar así, pero sin ningún sesgo, sino respetuoso y neutro. Y el editor pensó que, como obra de introducción, “Aproximación al Jesús histórico” había de ser breve. Me dijo más o menos: “No podemos ofrecer al lector un volumen introductorio de unas 550 páginas, porque se asustará. Además, la primera parte tiene entidad por sí misma y esta segunda parte –afirmó a continuación– pertenece a un género literario distinto, el de la crítica literaria, que no es materia introductoria, como el libro Aproximación”.
 
 
Dicho y hecho. De común acuerdo decidimos autor y editorial publicar la segunda parte de “Aproximación” en e-book. Y esta es la que aparece ahora. Así pues, la recopilación de textos de este Apéndice tiene la intención de que mis críticas –donde fueren necesarias– aparecieran como orientaciones para futuras aproximaciones en el buen sentido al Jesús de la historia; y que mis alabanzas señalaran el camino al lector el camino de lo que me parece una investigación correcta, según las normas que la investigación independiente ha ido desarrollando durante un par de centenas de años.
 
 
La primera parte de este Apéndice en e-book trata aquellas aproximaciones que mezclan la historia con teología, razón por la que pienso que son caminos que no deben transitarse, caminos fallidos de acercamiento al Jesús histórico, si lo que se pretende de verdad llegar en lo posible a su figura y misión. La segunda aborda otras obras que intentan no estar sujetas a confesión alguna, sino presentar al personaje, Jesús, desde la mera perspectiva histórica. Tanto las críticas como las alabanzas pueden ser una guía para que el lector comprenda lo que estimo modo correcto de entender a la esquiva figura de Jesús de Nazaret, dada la orientación claramente apologética y hagiográfica –es decir, sesgada– de nuestras fuentes principales, los Evangelios.
 
 
Autores tratados en la primera parte son:
 
 
1 El Jesús de Senén Vidal: Los tres proyectos de Jesús y el cristianismo naciente. Un ensayo de reconstrucción histórica, Editorial Sígueme (Colección “Biblioteca de estudios bíblicos” 110), Salamanca 2003, 377 pp.  Jesús el galileo (Colección “Presencia teológica” 148). Editorial Sal Terrae, Santander, 2006, 255 pp. (2003-2006).
 
2. El Jesús de Sean Freyne (2004) Jesús, un galileo judío. Una lectura nueva de la historia de Jesús (colección Ágora 22). Trad. de José P. Tosaus. Editorial Verbo Divino, Estella, 2007.
 
 
3. El Jesús de José Antonio Pagola (2007): Jesús. Aproximación histórica. Editorial PPC/ SM, Madrid 2007.
 
 
4. El Jesús de James D. G. Dunn. Judeocristianismo y paulinismo (2009). Jesús recordado, primer volumen de “El cristianismo en sus comienzos”. Traducción de Serafín Fernández Martínez. Editorial Verbo Divino, Estella (Navarra, España), 2009.
 
5. El Jesús de Rafael Aguirre – Carmen Bernabé – Carlos Gil Albiol (2009). Qué se sabe… de Jesús de Nazaret, Editorial Verbo Divino, Estella (España).
 
6. El Jesús de Gerhard Lohfink (2013). Jesús de Nazaret. Qué quiso. Qué fue, Herder, Barcelona 2013. Traducción de Marciano Villanueva Salas.
 
 
7. El Jesús de Javier Gomá (2013) Necesario pero imposible. O ¿Qué podemos esperar? Taurus, Pensamiento (Santillana, Madrid).
 
 
Autores tratados en la segunda parte son:
 
 
1. El Jesús de Paul Henry Dieterich, Barón D’Holbach (1770 / 2013) El Jesús de Paul Heinrich Dietrich, barón (Freiherr von) de Holbach. Historia crítica de Jesucristo. Análisis razonado de los evangelios. Laetoli, Pamplona.
 
 
2. El Jesús de Gerd Theissen y Annete Merz (2006). El Jesús histórico. Un manual (Sígueme, Salamanca). Original de 1999.
 
3. El Jesús de José Montserrat Torrents (2007), El galileo armado. Historia laica de Jesús, Edaf, Madrid.
 
4. El Jesús de Gonzalo Puente Ojea (1974-2015). Imperium Crucis. Consideraciones sobre la vocación de poder de la Iglesia Católica, de 1989; Fe cristiana, Iglesia y poder, de 1991; El evangelio de Marcos. Del Cristo de la fe al Jesús de las historia, de 1992: El mito de Cristo, de 2000; Vivir en la realidad. Sobre mitos, dogmas e ideologías, en su segunda parte “El mito cristiano: el evangelio de Marcos, un relato apocalíptico”, de 2007, y finalmente en La existencia histórica de Jesús. Las fuentes cristianas y su contenido judío, de 2008.
 
5. El Jesús de Fernando Bermejo (2006-2018). “Historiografía, exégesis e ideología. La ficción contemporánea de las ‘Tres búsquedas’ del Jesús histórico”, II Parte: Revista Catalana de Teología 31 (2006) 53-114. La invención de Jesús de Nazaret. Historia, ficción, historiografía. Editorial Siglo XXI, Madrid 2018.
 
 
6. El Jesús de John P. Meier (1994-2017) Jesús. Un judío marginal. Nueva visión del Jesús histórico (I-IV), Verbo Divino, Estella. Traducción de Serafín Fernández Martínez.
 
7. El Jesús de Antonio Piñero (2016-2018): Ciudadano Jesús, Editorial Adaliz, Sevilla. El Jesús que yo conozco (Adaliz, Sevilla; Deméter Ediciones, México 2019. Aproximación al Jesús histórico, Trotta Madrid.
 
 
Algunos lectores que han leído ya estas críticas, me han comunicado que de ningún modo les ha perecido menos interesante que el libro, digamos “matriz”. Y yo les creo, porque de la crítica de libros surgen también ideas interesantes. Y no se trata solo de criticar, sino en todos los casos ofrecer alternativas a las hipótesis alternativas propuestas, si son criticadas.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html
 
Jueves, 20 de Febrero 2020

No sólo los accidentes geográficos determinan el espacio sagrado, también lo hacen los usos para los que el hombre dispone el terreno.


Estatuillas de fieles a Deméter y Kore presentando ofrendas. Museo de Siracusa. Fotografía, Eugenio Gómez.
Estatuillas de fieles a Deméter y Kore presentando ofrendas. Museo de Siracusa. Fotografía, Eugenio Gómez.
Domingo, 16 de Febrero 2020
Rudolf Bultmann  / Martin Dibelius y la investigación sobre el  Jesús histórico (13-02-2020.-1109)
Escribe Antonio Piñero
 
 
En mi última comunicación sobre el tema “historia de la investigación de Jesús” tal como aparece en las páginas introductorias de James D. G Dunn en su libro “Jesús recordado” –publicado por Verbo Divino–  afirmaba yo que eran de las más lúcidas que había leído en todo el trabajo de Dunn. Y lo confirmo. Seguimos, pues, con las opiniones de Bultmann sobre la posibilidad de acercarse a Jesús tal como lo ve nuestro autor.
 
Estoy de acuerdo con Dunn –y lo sentí como experiencia persona hace muchísimos años– en que la principal contribución de Bultmann fue denominada “crítica de las formas evangélicas más antiguas”. “Formas” se refiere a los dichos, o hechos de Jesús, por ejemplo, un milagro, tal como se transmitieron por escrito brevemente en el momento más cercano posible a la muerte de aquel. Es decir, lo más atrás posible, lo más cercano cronológicamente a la vida del personaje, e investigarlo desde el punto de vista de la crítica literaria e histórica.
 
 
Este intento no fue una invención de Bultmann, porque ya se había plasmado en la investigación del Antiguo Testamento, y más en concreto en sus primeros libros, el Génesis, Número, Éxodo y Levítico, que son una amalgama tremenda de leyendas y normas antiguas. Fue Julius Wellhausen el que a base de estudiar patrones lingüísticos (por ejemplo, si el autor usaba “Elohim” o “Yahvé” al hablar de Dios) intentó descubrir qué “manos” distintas (autores) había detrás de cada grupo de leyendas. Y no solo eso, sino además ordenar la tarea de esas “manos” cronológicamente. Descubrió Wellhausen por lo menos tres o cuatro manos distintas entre sí habían operado en siglos distintos (Elohista, Yahvista, Sacerdotal, Deuteronomista…) sobre tales leyendas moldeándolas.
 
Ni tampoco fue Bultmann el primero que aplicó este método de historia de las formas a la investigación del material sobre Jesús, sino Karl Ludwig Schmidt. Él fue el primero que estudió cómo se enlazaban las sentencias y los hechos de Jesús en el Evangelio de Marcos. Y el hallazgo fue que el evangelista se había encontrado con material totalmente “suelto”, que iba cada uno por su cuenta, que no contenía ninguna indicación geográfica –el lugar dónde Jesús había hablado o actuado– y menos cronológica (en qué tiempo y en qué orden), y que había sido el propio Marcos el que las ordenó espacial y temporalmente como bien le pareció, basándose en su intuición, o imaginación, o datos que no poseemos nosotros ahora. La consecuencia de este hallazgo fue enorme: quienes nos habían transmitido las noticias sobre Jesús no tenían el menor interés por la historia en sí, o por la geografía, sino solo por el contenido, y cada uno lo transmitía a su manera. Schmidt insistió también en lo que acabo de insinuar: las unidades de tradición eran casi siempre muy breves.
 
 
Y otra observación: Bultmann no trabajó solo, sino que al mismo tiempo y en principio sin contacto entre sí, otro estudioso muy ilustre, Martin Dibelius, investigaba por su cuenta en la misma línea, es decir, en las consecuencias de los resultados aportados por Schmidt (y Wellhausen). Es más: el que inventó el sintagma “historia de las formas” no fue Bultmann, sino Dibelius, ya que publicó su libro “La historia de las formas del Evangelio” en 1919, dos años antes, 1921, que Bultmann sacara a la luz su “Historia de la tradición sinóptica”, de impacto mundial y duradero. Obra esta que todo el mundo critica y que todo el mundo cita y utiliza. Dibelius se utiliza también, pero muchísimo menos
 
 
Comenta Dunn:
 
“Fue un gran paso adelante. La búsqueda liberal del Jesús histórico se había contentado con descubrir las dos fuentes primitivas de la tradición de Jesús (el evangelio de Marcos y la “Fuente Q”. Pero la insistencia de Wilhem Wrede en el carácter teológico de Marcos (es decir, despreocupado de la historia) había minado la confianza hasta el momento del evangelio marcano como fuente de información histórica. Entonces Dibelius y Bultmann pretendían conocer lo que subyacía (históricamente) a las fuentes primarias (las “formas evangélicas”) para saber algo  cierto de Jesús.
 
 
“El objetivo doble de la historia de las formas fue definido por Dibelius del siguiente modo: «Intenta explicar el origen de la tradición sobre Jesús, penetrar así en un momento anterior al de la composición de los evangelios y de sus fuentes escritas… y aclarar la intención y el verdadero interés de la tradición primitiva. Y Bultmann definió de un modo similar la  historia (otras veces llamada “crítica”) de las formas: «Redescubrir el origen y desarrollo de las distintas unidades evangélicas y arrojar con ello alguna luz sobre la historia de la tradición antes de que tomase forma literaria».
 
 
“Al principio este sistema podría haber brindado renovada esperanza a los que indagaban sobre la vida de Jesús: llegar hasta las primeras etapas de la  tradición sobre este los llevaría más cerca de su figura histórica”… era estupendo.
 
 
Pero luego comenta, muy acertadamente:
 
 
“Pero si el nuevo sistema hubiera albergado esa esperanza, pronto la habría frustrado el propio Bultmann”.
 
 
Y así fue. Seguiremos.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html
 
Jueves, 13 de Febrero 2020

Los escenarios religiosos son muy interesantes. Algunos elementos del paisaje religioso son en realidad elementos de la naturaleza que la humanidad ha dotado de simbolismo sacro.
Hoy escribe Eugenio Gómez Segura


Columbario de la villa romana de Dora Pamphilii. fotografía, Eugenio Gómez
Columbario de la villa romana de Dora Pamphilii. fotografía, Eugenio Gómez

La estructuración del espacio es otra característica de las religiones. En este sentido, la presencia de las divinidades es una muestra de orden y concierto para la comunidad que vive y saca provecho de una región o comarca. Dado, además, el carácter agrario de las religiones mediterráneas, es normal que el espacio determinado por la economía comporte santuarios y símbolos religiosos, bien sean de carácter general, bien sean particulares.
La ciencia denominada Historia de las religiones ha realizado un enorme esfuerzo por determinar y analizar los usos comunes de todas ellas, una especie de diccionario simbólico general. El rumano Mircea Eliade incorporó en su Tratado de Historia de las Religiones (1949) unos capítulos a este tema.
Resumiendo mucho la obra de Eliade, con lo que comporta de simplificación, podemos decir que, desde tiempos difíciles de precisar, para la conciencia humana ciertos puntos geográficos han resaltado tanto que nuestra especie ha acabado por asignarles carácter sacro. Algunos de estos lugares son los manantiales, los ríos y las aguas estancadas (lagunas, lagos, etc.); las rocas prominentes, los riscos, los meteoritos; las cuevas; las cimas de montaña.
Por supuesto, no todos los elementos que entran en estas categorías, pero sí muchos. De ríos y fuentes, por ejemplo, el número es elevado; de cuevas, bastantes menos; de alturas y rocas, en general despertaron el sentimiento religioso las muy destacadas tanto por su esbeltez como por su aislamiento pese a ser bajas.
Por otra parte, es de reseñar la importancia que el elemento vegetal ha adquirido a lo largo de los tiempos, ya desde las religiones propias de los cazadores-recolectores previos a la agricultura: grandes árboles, algunos por su altura, otros por sus copas o el porte en general que ofrecen, siempre han sido lugar de reunión asociados a las divinidades. Las flores, los frutos, son ofrendas todavía hoy; los bosques, alejados del dominio humano y a menudo considerados intimidadores, son frecuente morada de los espíritus.
Traducido al español hace años, el libro El imaginario griego: los contextos de la mitología, de Richard Buxton, ed. Akal, ofrece un magnífico panorama de estos lugares sagrados como escenario de la mitología clásica, no sólo la asociada a los héroes, también la íntimamente ligada a las divinidades.
Cimas de montaña asociadas a Zeus se cuentan unas cien, entre ellas algunas muy famosas como Ida, Olimpo, Himeto. Pueden ser altas o bajas, como ya he indicado, y son puntos de atención porque se destacan sobre los alrededores y no están dentro de la población. Zeus, dios de la lluvia, encuentra un asiento perfecto allí donde ésta se almacenará y desde donde poder acercarse más hacia su dominio, el límpido éter.
Pero la montaña también es sede del trabajo pastoril y en la mitología clásica lugar de aventuras peligrosas: Acteón fue convertido en ciervo cuando cazaba por los montes del montañoso territorio de Orcómenos, en Beocia; varias hazañas de Heracles tienen lugar en las montañas asociadas a fuentes; los centauros, mitad hombre mitad caballo, poblaban las alturas griegas. Como las mismas montañas, el valor de los centauros era doble: por un lado eran medio bestias, pero por otro conocían los usos medicinales de las plantas de las alturas.
Tan interesantes como ellas son las cuevas y las fuentes. Las primeras fueron sede de cultos prehistóricos que se asociaron a la Tierra, Gea, como madre de dioses y hombres. Lo femenino convertido en realidad: la cueva y el útero, el origen de todo. Pilares constituidos por estalactitas y estalagmitas, como en la cueva Psicro de Creta, equivalían a estructuras ordenadas del cosmos que permitían ganar seguridad al fiel, que veía en ellos la representación de la divinidad.
Las fuentes, siempre necesarias porque representan el agua fresca no estancada y ponzoñosa, fueron dominio de las Ninfas, divinidades menores, cierto es, pero benéficas para la humanidad, pues protegían el manantial de espíritus malignos.
Basta comparar estos elementos de la mitología clásica, de la religión clásica, con muchos de los santuarios que podemos visitar en España para comprender que hay un uso similar, que el imaginario religioso, como diría Buxton, es sorprendentemente parecido: cueva de Covadonga con su fuente, como Lourdes; santuario de Montserrat con sus riscos; Virgen del Pilar o incluso las apariciones de la Virgen en Prado Nuevo, El Escorial, la primera asociada a la columna y la segunda al árbol.
Y el judaísmo tampoco careció de estas referencias.
 
Domingo, 9 de Febrero 2020
La iniciación masónica. Reseña del libro de Javier Alvarado (1108.- 2020-02-07)
Escribe Antonio Piñero
 
 
Este es mi segundo comentario a libros que tratan de la masonería, libros muy claros y didácticamente elaborados por Javier Alvarado Planas, actualmente catedrático en la UNED.  Javier Alvarado es doctor en derecho y doctor en ciencias documentales. Sus dos ámbitos de trabajo le califican positivamente para ostentar la cátedra de “Historia de las instituciones” en Madrid. Realmente para los que siempre hemos sentido curiosidad por los masones y la masonería, y hemos barruntado que hay muchísimos bulos y torcidas interpretaciones sobre ellos, son muy bienvenidos los contenidos breves y tan informativos sobre este tema. Además, el libro es el producto condensado de trabajos anteriores del autor: una decena larga de artículos previos desde el 2012 al 2018: unos años suficientes de sedimentación de ideas; creo que el lector agradece al autor la ponderación que supone tal tiempo de elaboración.
 
 
Su ficha completa es la siguiente: “Apercepciones sobre la iniciación masónica”, coeditado por Ignitus, Masónica y Sanz y Torres, Madrid 2019. ISBN 978-94-17765-92-7 (Sanz y Torres). La editorial Masónica tiene otro ISBN (978-84-17732-58-5), pero el libro es igual. 21x13 cms, 279 pp.
 
 
El resumen que hago a continuación es propio del autor, aunque lo expando un poco: Este libro explica los orígenes de la masonería, sus principales características como hermandad iniciática específicamente occidental; aclara qué influencias han configurado el simbolismo que emplea la masonería. El libro aborda también y de modo especial el carácter iniciático de la masonería explicándolo a partir de un concepto tradicional y antropológico de lo que es una “iniciación”. Esta transmite en primer lugar una enseñanza interna y esotérica (es decir, solo para los que pertenecen al grupo): 2. Un rito de recepción del nuevo miembro en el grupo que el autor describe paso a paso, y en concreto –3.– cómo se configura esta iniciación con símbolos verbales, gestuales y visuales, es decir se aclara el contenido profundo de esos símbolos. El grado de exaltación a «maestro masón» recibe una atención particular explicando sus orígenes y también su simbolismo propio.
 
 
“Como el simbolismo de la masonería puede ser complicado para los ajenos, y ha ocasionado críticas, censuras, e incluso maledicencias, de todo tipo,  el autor exponen y sopesa  las acusaciones fundadas e infundadas vertidas contra la masonería”.
 
 
Como se ve, materia muy interesante para salir de dudas y no hablar por hablar en un tema que la genta comenta la mayoría de las veces de oídas. Y ciertamente he salido de dudas al leerlo. Entre lo que más me ha atraído y gustado señalo lo siguiente: El capítulo I  sobre los orígenes de la masonería (la antigua, medieval, y la moderna, fundada por las “Constituciones de la masonería”, elaboradas por James Anderson en 1723), que contiene una cuestión más que sugestiva: “¿Qué NO es la masonería?”. Al igual que la teología negativa ayuda a precisar cuál es la idea de Dios, del mismo modo este método negativo es válido para saber que SÍ es la masonería.
 
 
Este tema se aborda en el capítulo II, también muy interesante: explicación de por qué la masonería es una fraternidad creyente y en qué cree. Sigue luego la aclaración del influjo de la Biblia en las ideas  de los masones, pero no solo sino también de la Cábala, el hermetismo, la alquimia, la mitología simbólica de la religión egipcia. Alvarado explica también qué es la iniciación: su período de preparación; las enseñanzas que transmite, y –con todo detalle– los ritos que deben ejecutarse,  más las indicaciones para la vida diaria subsiguiente que, naturalmente no puede ser la misma que antes de la iniciación.
 
 
El capítulo III, que describe la ceremonia de exaltación al grado de maestro masón, es lógicamente sin duda la continuación del anterior, pero estimo que el lector apresurado puede dejarlo para el final del capítulo siguiente y pasar al capítulo IV para tener una idea más clara de lo básico. En efecto, el capítulo IV  describe una “tenida  masónica” con buen detalle. Gracias a esta descripción el lector menos iniciado en el conocimiento masónico puede completar su idea general de lo que es la masonería. Así, describe Alvarado la disposición del recinto de la tenida; quiénes deben asistir; cuáles son los días de la reunión, cómo se dispuso el orden del día en una sesión anterior y cómo debe disponerse la siguiente y la clausura de los trabajos. Hay aquí, en estecapítulo, una suerte de apéndice en la que el autor muestra cómo ilustres masones, como Mozart, Goethe, Sibelius, Alberto Lista, Rubén Darío, Joseph Rudyard Kipling. Finalmente concluye este capítulo con algunas notas sobre el ágape fraterno final.
 
 
No se pierde de ningún modo el interés con el capítulo V (y último)  que describe lo que para el autor son “luces y sombras” de la masonería. Aparte de un breve repaso sobre cómo la masonería moderna contribuyó al fenómeno de la Ilustración, se trata con detención suficiente
 
 
A. Las acusaciones infundadas contra la masonería: a) La consideración como una asociación ultrasecreta, y  por tanto con fines perniciosos; b) la adoración del Gran Arquitecto como si este fuera el dios (exclusivo) de los masones; c) Conspiraciones inexistentes contra la Iglesia católica;  d) Alentar el contubernio judío-comunista-masónico con fines satánicos; e) Fomentar el relativismo, indiferentismo y ante todo el sincretismo religioso.
 
 
B. Las acusaciones que Alvarado cree fundamentadas contra la masonería, y su debida aclaración. Con ello se cierra el libro. Así,
 
a) El inhumano juramento masónico, porque postulaba atroces castigos, verdaderamente inhumanos, a los que  incumplieran el precepto del silencio / mantenimiento de los secretos;
 
b) la venganza “hiramita” y templaria. La primera se refiere al asesinato del (legendario) maestro de obra del templo de Salomón (también legendario), 1 Reyes, 7,13.40 (la cita correcta es esta), denominado H/Jiram Abí (citado también  en 2 Crónicas 2,13, que fue asesinado), pero resucitó después. El juramento según la leyenda masónica era la peripecia de buscar a los asesinos y degollarlos. Analógicamente, el cuarto grado de maestro masón moderno (el noveno del antiguo rito) si fallaba en el cometido propio de su grado, o traicionaba el secreto, se exponía voluntariamente a la venganza más cruel, que podría incluir el cortarle la lengua. Por otra parte, la “venganza templaria” consistía en jurar odio eterno a los caballeros de la Orden de san Juan, o de Malta, lo cual podría llegar hasta el asesinato, o inducirlo al menos.
 
 
c) La aceptación de la leyenda masónica de que los masones participaron en las cruzadas medievales contra el islam, lo que podría derivar para seguir una tradición de defensa delo propio en actos malévolos y personales contra los musulmanes contemporáneos.
 
 
d) El deísmo de los altos grados dentro de la masonería. Aquí disiento del autor, porque la tradición de rendir adoración al Gran Arquitecto del universo –propia de la fraternidad– es más una tendencia deísta racional que otra cosa, y convencida de que la razón puede llegar a afirmar, por lo menos, la existencia en el universo una Razón Universal, no personal, que explique el orden del mundo. Por tanto, no creo que sea un error defenderlo, y si se ataca a los masones por eso, creo equivocado el ataque,  porque todas las religiones reveladas tienen mil y un problemas de historicidad, empezando por el concepto de la revelación misma.
 
 
e) Tampoco entro a valorar la acusación de gnosticismo contra los masones, o defensa de una gnosis o religión perenne (no una filosofía, que solo se ocupa de asuntos de “de tejas abajo”), universal basada en una revelación inmanente al ser humano, la cual le ayuda a encontrar una suerte de verdadero yo, que no tiene su patria en este mundo, sino en el ámbito del más allá. No me meto en esto. Solo aceptaría, con Alvarado, que la acusación podría ser justa en cuanto que “no se puede discutir de religión” porque va contra la neutralidad religiosa” de l fraternidad.
 
 
f) Y, por último, el justo ataque –según nuestro autor a la politización de los que ostentaban los más  altos grados dentro de la masonería. Alvarado concluye su crítica en este apartado final del modo siguiente: “La enseñanza ocultista, rosacruz, hermetista, moral o religiosa del conspicuo rito masónico escocés, antiguo y aceptado, desaparecía con la politización para hacer paso a una visión juridicial de la política, en virtud de la cual las enseñanza iniciáticas se convertían en un manual mediocre de derecho político, que por eso mismo incumplía estrepitosamente la directriz de no debatir cuestiones políticas en la logia”.
 
La conclusiones del libro son muy razonables, pero ni quiero destriparlas. En conjunto, ya puede ver el lector que el libro que presento es sumamente instructivo, breve, fácil de leer. Tenemos ya en nuestras manos –como indicaba más arriba– la herramienta para no hablar a tontas y locas sobre la masonería, sino con conocimiento de causa. Enhorabuena al autor, muy sincera, y naturalmente también a las editoriales.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html
Viernes, 7 de Febrero 2020

Notas

Hoy ecribe Eugenio Gómez Segura


003. Religiones agrícolas (2)
Las características comentadas sobre las religiones agrarias en el último post son el armazón ideológico que permite explicar la mayor parte de los fenómenos religiosos que conocemos en la denominada Historia, que técnicamente es el periodo de tiempo que la humanidad ha podido detallar por escrito (desde que mesopotámicos y egipcios desarrollaron la escritura).
                Estas sociedades agrícolas eran politeístas, lo cual implica que las peculiaridades descritas no pertenecían a una única divinidad. Es decir, los distintos valores señalados aparecerán en estos pueblos repartidos entre todas las divinidades, y difícilmente se dará el caso de que una sola divinidad (y su culto o mitología) acaparen todos los valores. Las diversas funciones serán atribuidas a diversas divinidades. (El judaísmo monoteísta no es excepción: el abandono del politeísmo judío inicial llevó a que las fiestas se asociaran al culto a Yahvé pero se desligaran de la mitología de éste).
La estructura social queda así compartimentada de acuerdo con el politeísmo vigente en cada pueblo. Ese politeísmo estructuraba tanto la vida económica como la social, pues, en la práctica, las civilizaciones antiguas obligaron a una vida en común inmensamente más intensa que la que ahora vivimos (habrá entre los lectores quien recuerde las frecuentes llamadas a la puerta de la vecindad para pedir algún ingrediente culinario o solicitar que durante unos minutos se atendiera a la prole). La vida exigía más colaboración que en la actualidad, pues era difícil tener de todo o casi de todo.
Este último dato puede servir para entender la implicación que el individuo sentía en su religión y su sociedad. Las fases económicas de las diversas zonas, dictadas por las estaciones, eran una fuerza contra la que no había (ni hay) respuesta humana; la evolución personal es otra corriente a la que es difícil oponerse; de ahí que estas religiones asociaran estos hechos de maneras diversas, cierto es, pero constantes. Vida particular y vida social, economía individual y economía común, eran cercanísimas.
Una diosa de lo salvaje como Ártemis era al mismo tiempo la señora de los límites de la polis y la vigilante del parto y la infancia. Este papel doble se puede interpretar como un único campo. Por un lado, la parte exterior de una comunidad agrícola es la correspondiente a los bosques y descampados, donde reinan animales no domesticados (la caza provee de proteínas necesarias pero en cierta medida fortuitas); la población recoge la madera indispensable para la civilización (cocina, herrería, construcción, calefacción, armamento); el terreno es especialmente difícil en general, y ha de quedar bien señalado para aviso a enemigos, que provendrán de esos límites; esos animales indómitos representarán el poder de la divinidad.
Por otra parte, junto a ese valor territorial y económico Ártemis adquirió un carácter familiar que puede resultar extraño, pero el caso es que esta diosa era la protectora de los partos y la infancia. Desde el punto de vista social, la diosa quedó ligada al primer límite de la vida, el nacimiento. Además, era señora de la fase más indómita de nuestra existencia, la infancia. Durante los años que preceden a la menarquia femenina o la inclusión en la sociedad civil masculina Ártemis acompañaba a las criaturas que debían ser “domadas”, es decir, educadas. La consecución de ese ideal significaba la entrada en la vida adulta, lo cual conllevaba un claro papel económico.






 
Domingo, 2 de Febrero 2020
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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