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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
 
Escribe Antonio Piñero
 
Sostiene F. Bermejo, en el artículo tantas veces citado (véase la postal de ayer) que la simplificación / eliminación de detalles importantes para la determinación del alcance político-social de los dichos y acciones de Jesús afectan en la redacción de los Evangelios no solo en temas mínimos, sino a veces en secciones enteras. Un asunto importante en nuestra cuestión actual, la pregunta sobre la posición de Jesús respecto al Imperio Romano, es si Jesús mismo se declaró, o no, al menos al final de su vida “rey de Israel”. Ahora bien, no lo tenemos fácil, porque allá donde parece afirmarse claramente que sí lo hizo, los evangelistas añaden elementos que hacen que esa realeza sea entendida de un modo espiritual, aséptico, no político, inmaterial o metafóricamente.
 
Sí pues, no encontramos en los Evangelios la serie de informaciones complementarias que nos pudieran llevar a pensar que Jesús pretendió ser el rey de Israel. Por ejemplo,  es inútil buscar: no hallamos un anuncio formal de Jesús de cómo iba a disponer los asuntos del Reino, cuál sería, por ejemplo, la función de cargos importantes en él, salvo el anuncio –muy interesante en verdad– de que sus discípulos se sentarían al modo antiguo sobre doce tronos (asientos relevantes), para actuar de “jueces de las doce tribus de Israel” (Mt 19,28 Y Lc 22,30). Pero ya es bastante, porque se observa cómo esta manifestación de la existencia  de “jueces”, como altos cargos, traslada al lector a tiempos antiguos y gloriosos del Israel de las doce tribus. Estamos, pues, en plena teología de la restauración futura de Israel en el siglo I a pesar del dominio de los romanos.
 
Los testimonios de que Jesús aspiró, al menos al final de su vida y quizás impulsado por sus discípulos, a ser el rey de Israel me parece abrumadora:
 
1. La entrada mesiánica en Israel en donde acepta el título de hijo de David (Mt 21,9; anteriormente las mismas gentes se habían preguntado si Jesús no sería el mesías que estaban esperando, a saber aquel que le liberaría del yugo romano: “Entonces le fue presentado un endemoniado ciego y mudo. Y le curó, de suerte que el mudo hablaba y veía. Y toda la gente atónita decía: «¿No será éste el Hijo de David?»”: Mt 12,23)
 
2. El título de la cruz: Mc 15,26 y paralelos (en Marcos simplemente el “Rey de Israel”)
 
3. La acusación (no contradicha específicamente por Lucas) de que se había proclamado rey de Israel  (Lc 23,2: “Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo Rey”) 
 
4. La referencia de Jesús a  “mi reino" (Lc 22,29-30: “Yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.”) 
 
5. La aparición del título de rey (de los judíos) en el interrogatorio de Pilato tanto en el Evangelio de Juan como en el de Marcos (15,2.9.12.18.26; JN 18,3.37-39.; 19,3.1; confirmado por Mt 27,11 y Lc 23,3)
 
La respuesta ambivalente a Pilato: " Tú lo has dicho " (Mc 15,2) parece un arreglo de Marcos
 
6. La burla de Jesús de los soldados en la que visten a Jesús con emblemas e insignias de rey (Mc 15,16-20; Jn 19,1-5 + Mc 15,32). 
 
7. La petición de Santiago y Juan a Jesús (Mc 10,35-40), presuponiendo que Jesús será entronizado como rey de la nueva era: “«Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda»; la “gloria es igual al reino futuro de Israel.
 
8. Jn 19,12 (“Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César»”) y Hechos 17, 7 (Pablo está en Tesalónica y los judíos lo acusan ante las autoridades: “Pero los judíos, llenos de envidia, reunieron a gente maleante de la calle, armaron tumultos y alborotaron la ciudad. Se presentaron en casa de Jasón buscándolos para llevarlos ante el pueblo. Al no encontrarlos, arrastraron a Jasón y a algunos hermanos ante los magistrados de la ciudad gritando: «Esos que han revolucionado todo el mundo se han presentado también aquí, y Jasón les ha hospedado. Además todos ellos van contra los decretos del César y afirman que hay otro rey, Jesús.»  Al oír esto, el pueblo y los magistrados de la ciudad se alborotaron. que también hacen alusión a la naturaleza intrínsecamente sediciosa a los ojos de los romanos de que Jesús era el rey de Israel”.
 
9. La precisión de las autoridades judías es iluminadora, según el Evangelio de Juan: “Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: “El Rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Yo soy Rey de los judíos”»; véase de nuevo Lc 22,29-30: “Yo dispongo un reino para vosotros…”
 
La conclusión de que Jesús hizo afirmaciones regias es, pues,  inevitable... , al menos al final de su vida. ¿Vale como contraposición la afirmación de que Jesús, según el Evangelio de Juan rechazara ser rey (Jn 6,15) y que luego afirmara que “Su reino no es de ese mundo? (Jn 18,36)? No parece esto probable a los ojos de un historiador independiente. Las afirmaciones evangélicas en contrario parecen más bien arreglos de la teología posterior.
 
Por parte de Lucas, cuya tendencia prorromana es bien clara sobre todo en los Hechos de apóstoles (si es que se trata del mismo autor, como sostiene la mayoría de los investigadores) debido a que el evangelista veía muy claro que pretender ser el rey de Israel era un acto de rebelión contra el poder del Imperio romano.
 
Y por parte del Cuarto Evangelio porque su autor (o más bien autores) tienen una teología espiritualista que rechaza cualquier implicación de Jesús en este mundo. Un notable número de investigadores independientes opina que en los Evangelios estos datos arriba reunidos se presentan, sí, pero entendiéndolos metafóricamente o afirmando implícita o claramente que son un malentendido, o bien que eran un deseo calumnioso expreso de las autoridades judías, una calumnia carente de toda veracidad  destinada a lograr que los romanos –no ellos– mataran a Jesús injustamente.
 
A partir de que la teología de los evangelistas no puede aceptar que Jesús fue condenado a la cruz por sedición, y que este es un hecho embarazosísimo, encuentran los autores evangélicos subterfugios teológicos para evitar que el lector perciba la realidad. Nadie puede negar que analizando bien los Evangelios se ve que en este tema son estos unos escritos ambiguos que presentan una serie de testimonios, pero que luego no los interpretan convenientemente. Los evangelios son sin duda confusos y, creo, que a propósito puesto que están enfocando los hechos desde una teología paulina, posterior.
 
Seguiremos.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com

Domingo, 22 de Enero 2017

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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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