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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Ariadna y el alma cristiana. Intercambios entre mitos paganos y dogma cristiano (10-04-18) (III) (993)
Escribe Antonio Piñero
 
Foto: Ariadna, la esposa de Dioniso, símbolo del alma dormida en la materia y despertada por el dios
 
Hasta aquí he ido exponiendo, con breves apostillas, el pensamiento de nuestro autor en su libro El despertar del alma. Dioniso y Ariadna: mito y misterio.
 
Tengo al respecto,  sin embargo, alguna dificultad no en cuanto a la exposición general en sí, sino en algunas pequeñas particularidades. Por ejemplo, en mi opinión, es correcta la afirmación de nuestro autor cuando sostiene que la influencia del neoplatonismo en la formación de la cristología (la ciencia de Jesús como mesías o “cristo”, es decir el “ungido”, que explica cuál es su naturaleza y su misión) es un hecho absolutamente indudable. Admitido, y lo vemos en Orígenes sobre todo y en  la escuela teológica cristiana de Alejandría. Pero no creo que sea acertada la  opinión de que “La idea del Cristo–Logos como salvador heredaba directamente ese puesto del Dioniso neoplatónico”.
 
Esta afirmación no me parece correcta porque el pasaje sobre el Cristo-Logos de Juan no es sino un midrás (una explicación) del texto del Génesis 1,1-2 (“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz”) en el que el Logos– Cristo no es más que la Sabiduría divina, que funciona como un modo de Dios hacia fuera (meramente su acción hacia el exterior), o bien una hipóstasis real y concreta divina que se proyecta firmemente hacia fuera. Al proyectarse, crea la Sabiduría divina el universo y en primer lugar la luz (“ Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” Jn 1,3-5). Cualquiera de las dos hipótesis (la Sabiduría es un mero modo de Dios; la Sabiduría es una entidad real, personificada) se une sin solución de continuidad a las especulaciones de fondo, de raigambre platónica ciertamente, que se habían incoado en el judaísmo desde hacía unos seiscientos años antes = siglo IV a. C. Léase sin más la descripción, o elogio, de la figura y obra de la Sabiduría en Proverbios 8, en especial los versículos 22-31.
 
Volvamos a la pugna / confrontación Dioniso – Cristo, según Hernández de la Fuente, donde encuentro observaciones estupendas. Ya desde mediados del siglo II el apologeta Justino Mártir había notado y señalado los tremendos parecidos entre los cultos de misterio paganos y el bautismo y –sobre todo– la eucaristía cristiana. Justino atacaba los mitos dionisíacos considerándolos una mera imitación pagana de las profecías bíblicas sobre Jesús como mesías. Estas profecías judías habían sido interpretadas por los paganos como una alusión al mito de Dioniso, enviado por su padre Zeus a la tierra, y luego ascendido al cielo después de morir por sus semejantes (I Apología 54). Los parecidos eran subrayados igualmente por el mismo Justino en su Diálogo con Trifón 69,2. Todo ello era un artero ardid de los demonios para que los paganos no creyeran en los misterios verdaderos que eran los de Cristo, no los de Dioniso Zagreo (se le denomina así porque se asimila a otra divinidad mítica, Zagreo, hijo de Perséfone, que tuvo una muerte parecida), despedazado por los Titanes y luego resucitado por Zeus. Otros Padres de la Iglesia, señala Hernández de la Fuente, propalaron igualmente la idea de que los demonios habían creado la figura de Dioniso para confusión de los fieles (Orígenes en su Contra Celso VIII 42,1 y Eusebio de Cesarea, Preparación evangélica IV 16-17). Todo ello es correcto.
 
Del mismo modo, es acertada la observación de que la idea platónica de la caída de alma a la materia como una suerte de culpa primigenia y la reversión como un ascenso o retorno al cielo es una idea que recoge el dionisismo y en la que los cristianos vieron también una copia de la culpa del paraíso y la redención subsiguiente por Cristo. Ahora bien, al comentar en este ámbito nuestro autor (p. 223) la pervivencia del dionisismo en los escritos gnósticos cristianos, afirma que un tema predilecto de la gnosis, la caída o lapso de Sabiduría, la lleva “a nuestro mundo” (nuestro autor cita I 29 del Contra los herejes de Ireneo de Lyon). Y luego sostiene que “en el Apócrifo de Juan esta caída sucede de una manera paralela a la caída neoplatónica del alma en el mito de Dioniso Zagreo identificado con ‘el alma del mundo’ (el universo tiene alma en cuanto que, como globalidad, participa de la Mente Divina, el Pensamiento divino hacia fuera, el Logos, el Hijo; y eso se observa por el orden racional que gobierna el universo) engañado por medio de un espejo, cuando dice que Sofía miró hacia abajo, a las partes inferiores de nuestro mundo’”.  Opino que los lectores de su libro no van a entender correctamente el pensamiento del autor, por lo que deseo apostillarlo.
 
A decir verdad no encuentro nada claro sobre esto en el Apócrifo de Juan (obra perteneciente al corpus de obras gnósticas recogidas en lo que se denomina “Biblioteca copto-gnóstica de Nag Hammadi”).  Ni tampoco me parece que se corresponda bien la cita de Ireneo, Libro I, con lo que dice nuestro autor, ya que la Sabiduría en sí jamás cae a “nuestro mundo”, sino que al cometer una especie de error (a saber pretende llegar antes de su justo momento al pleno conocimiento de la Divinidad, es decir, una vez que ha surgido por emanación de la divinidad, el Padre, el Uno, siendo así formada en cuanto a la sustancia” quiere ser “formada en cuanto al conocimiento” no en su debido momento, sino como con prisas y sin el permiso divino), y además sola, sin su consorte (rompe la ley gnóstica de que todo ser debe actuar con su pareja) hace lo que el Uno aún no ha autorizado. Al tener este lapso, error  o “pecado”, Sabiduría queda fuera, en un lugar intermedio, como expulsada automáticamente, del Pleroma divino.
 
Ahora bien, este lapso, aunque imperfecto, es divino: afecta a una entidad divina, por lo que no puede quedar sin efecto y tendrá sus consecuencias. En efecto, de la pasión, pecado o lapso de la Sabiduría caída fuera del Pleroma surgirá una especie de sustancia informe y espesa. Ésta es la materia primordial, sin formas, puramente inteligible, y de ella irá brotando, escalona­damente, todo el universo material en un proceso por partes actuado por un agente que es el Demiurgo, un engendro también de Sabiduría, pero que es una entidad radicalmente diferente. Ahora bien, Sofía no participa jamás directamente –según la gnosis– en la creación del mundo. Por tanto “no puede caer a nuestro mundo”
 
Me explico: la “caída” de Sabiduría en el mito gnóstico tiene dos resultados. El primero es que Sabiduría resulta expulsada del Pleroma: queda fuera de él, como he dicho. El segundo es la creación de una sustancia espesa e informe, la materia primordial, que no tiene formas aún. La primera materia sin forma alguna es mera materia, por así decirlo simple “materia simplemente inteligible”. Una vez fuera del Pleroma, Sabiduría cae en la cuenta de lo que ha hecho y se arrepiente. Entonces el Pleroma decide salvarla. Sabiduría es redimida por el Pleroma al enviar éste en comandita una de sus entidades divinas a rescatarla de su pecado. Este eón se llama Salvador.
 
El mito gnóstico precisa que de la pena y llanto de Sabiduría por haber pecado surge la materia primordial que acabo de mencionar; y que del arrepentimiento y conversión de Sabiduría surge una entidad superior a la materia: el Demiurgo. Este Demiurgo manipulará la materia primordial, inteligible,  y copiando las formas del Uno (en la gnosis el Padre), contemplándolas como en un espejo, hará surgir el universo visible. Y así es porque la materia aún informe creada por Sabiduría, no es todavía el universo, pues le faltan las formas. Y es el Demiurgo el encargado de imprimirle esas formas. De aquí se deduce lo antes sostenido, que Sabiduría no crea directamente el universo, sino de un modo doblemente indirecto, por medio de una entidad, divina ciertamente, pero inferior, generada por ella.
 
Como henos afirmado este personaje, el Demiurgo, es descrito de diversas maneras por los gnósticos. Pero en todos los sistemas es un ser divino, un dios inferior, que ignora que por encima de él se halla el verdadero y trascendente Dios, el Uno, el Padre. A partir, pues, de la materia generada por su madre Sabiduría, y tomando como modelo las formas de las cosas que existen en la divinidad (¡las ideas platónicas!), este Demiurgo crea el universo. A pesar de ser el Creador, en unos grupos gnósticos el Demiurgo es un ser malo y perverso; en otros, es simplemente necio por no saber que hay un Dios superior a él, el Uno o Padre trascendente; en todos los grupos gnósticos, este Demiurgo es Yahvé, el dios del Antiguo Testamento, a quien los judíos creen equivocadamente dios supremo, por haber creado el universo. En todos también, el Demiurgo es un producto de Sabiduría, y es un ser divino inferior pero que tiene dentro de sí una “chispa” o centella divina que procede de la sustancia de su madre y que perderá cuando la insufle en el ser humano (en realidad solo en los elegidos).
 
Concluiremos el próximo día.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://adaliz-ediciones.com/home/36-el-jesus-que-yo-conozco.html

Martes, 10 de Abril 2018


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.





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