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CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Creer en Dios o creer en Jesús. Aldo Conti y las memorias secretas del cardenal Martinetti  (y III) (925)
Escribe Antonio Piñero
 
 
Voy a centrar mi comentario final al libro de Roger Armengol, “Creer en Dios o creer en Jesús”, precisamente en el título del libro, un tema muy bien escogido porque es la idea central de la obra. Si no entiendo mal la tesis, y si Jesús no es Dios, pero a la vez es más importante que Dios para nosotros, Jesús solo puede ser la salvación para el mundo (como dice literalmente uno de los dialogantes, si se trata de una salvación relativa, intrahumana, etc.)  si él es de algún modo una figura ejemplar y ejemplarizante, alguien de una dignidad personal formidable, quizás incomparable, un personaje como Sócrates, o más, alguien con un proyecto moral igualmente perfecto y digno de ser imitado. Porque la ejemplaridad lleva a la imitación. Se afirma en el libro de Armengol que Jesús predicó una moral de ese estilo y que fue un hombre casi ideal.
 
 
Y aquí es donde no estoy tan seguro. Me cuestiono radicalmente –transformado en pregunta lo que el libro afirma positivamente– si Jesús “¿era de verdad paciente y bondadoso? ¿Fue Jesús amable, sencillo, respetuoso, aun con aquellos que no creían en él? ¿Puede atraer como maestro incluso hoy día por que no condenó nunca para toda la eternidad, y porque proclamó que es siempre posible arrepentirse?” El mensaje ético de Jesús completo ¿es de verdad transportable al mundo de hoy?
 
 
Yo lo dudo. Y voy a dar algunas de mis razones a pesar de que no podremos nunca reconstruir con exactitud la personalidad del Nazareno (una biografía antigua de época helenístico-romana, como es un evangelio, no nos ofrece medios para ello) y de que no sabemos cuál fue en verdad el mensaje total de Jesús, o si es posible reconstruirlo con toda justeza. Me temo que hay suficientes detalles en los Evangelios como para decir que Jesús tenía una personalidad no especialmente singular en el Israel del siglo I, ni especialmente ejemplarizante para hoy, a saber, una personalidad fanática, de una religiosidad extrema, no equilibrada; era demasiado judío, “nacionalista judío al máximo”, como lo describía el historiador judío Josef Klausner, tan celebrado. Me parece que Jesús era un hombre muy religioso de mentalidad apocalíptica condicionada por su época, cuyas ideas al completo son inaplicables al mundo de hoy. Hay, sin embargo, elementos en la ética de Jesús que, debidamente podados, han generado de hecho a lo largo de los siglos–y con la conveniente evolución– un humanismo cristiano bastante aceptable, el cual puede ser la base, también algo limada, de un humanismo universal.
 
 
Que Jesús era un nacionalista extremo podría probarse con el episodio de la sirofenicia donde Jesús, al modo muy judío, llama “perrillos” a los paganos (Mc 7,27) y por Mt 10,5-6: “A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel»” (complétese con Mt 15, 24; 18, 17). El mero hecho de haber dejado su trabajo (algo que molestó a su familia en extremo hasta llamarlo loco: Mc 3,20), hacerse bautizar por Juan  Bautista, ser su discípulo probablemente durante meses, tener la seguridad visionaria de que el reino de Dios iba a instaurarse de inmediato, apuntan hacia una personalidad de una religiosidad tan extrema que no es imitable, aunque solo sea porque es visionaria.
 
 
Que Jesús fuera de verdad “paciente y bondadoso”, “amable y respetuoso…” casa mal con los insultos que dirigía a sus adversarios –entre otros “raza de víboras” (Mt 12,34)– al igual que su maestro Juan y con la tesitura de inmoderación que muestran las diatribas contra los fariseos (exageradas por Mateo, sin duda, pero con un trasfondo real) en Mt 23; con el enfado que mostraba con algunos enfermos que pedían en momentos inoportunos su actuación como sanador (Mc 1,41, si aceptamos la lectura difícil, y por tanto probablemente auténtica que lee “airado” y no “compadecido”). Jesús tuvo una personalidad fuerte y dura… Basta pensar en el encontronazo con Pedro en Mc 8,27-31 (“Apártate de mí Satanás…si es de verdad histórico).
 
 
¿Fue Jesús alguien que no condenó nunca para toda la eternidad…? Se dice que el proyecto de Jesús le llevó a recorrer Galilea anunciando no un juicio airado de Dios, sino la cercanía de un Padre perdonador”. Sin embargo, no me parece verdadera históricamente la insistencia usual de que Jesús predicaba casi exclusivamente la misericordia de Dios. Este cliché omite todo lo que de juicio negativo de Dios en contra del pecador que no se arrepiente hay en la predicación de Jesús. Y diría más, creo que este juicio airado de Dios contra el malvado pertenece esencialmente a la predicación del Nazareno sobre el reino divino, que conlleva necesariamente la idea de un juicio, positivo para los que entran en él, y totalmente negativo para los que no escuchan el mensaje. Jesús amenaza un notable número de veces con el fuego eterno, el gusano que devora las entrañas sin cesar, y el perenne llanto y crujir de dientes a los que no prestan obediencia a su mensaje.
 
 
Fuego eterno: Mt 5,22; 7,19; 13,40.42.50; 18,8.9; 25,41; Mc 9,43
Gusano devorador: Mc 9,48
            Llanto y crujir de dientes: Mt 8,12; 22,13; 25,30; Lc 13,28
            Gehenna: Mt 10,29; 23,33; Lc 12,5
 
 
F. Bermejo ha escrito que “Si considera el evangelio de Mateo, resulta que de las 148 perícopas en que cabe dividir este evangelio, no menos de 60 (¡es decir, un 40 por ciento de la obra!) tratan del juicio escatológico o se refieren a él… Una de las pruebas más claras de la importancia de la idea del juicio escatológico en la predicación de Jesús es la multitud y viveza de las imágenes utilizadas: a) juicio forense (v. gr. Mt 12, 41s; Mt 5, 25s; prisión por deudas: Mt 18, 23ss); b) cosecha (Mt 9, 37ss; 13, 30.41ss); rendición de cuentas: Mt 25, 19-28); tortura (Mt 18, 34-35); ser arrojado al sheol/infierno (Mt 11, 23); exclusión del banquete (Mt 8, 11-12; 25, 1-13); catástrofes inesperadas (diluvio: Mt 24, 37-39; riada: Mt 7, 24-27), caída en una fosa (Mt 15, 14)”.
 
 
El pasaje “¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida…!... hasta el infierno te hundirás…, etc.” (Lc 10,12-15) me parece auténtico por el “criterio de dificultad. En el fondo el pasaje, dejando de lado las amenazas a los habitantes de esas ciudades, es una confesión paladina de que Jesús había fracasado totalmente en su proyecto de evangelizar Galilea sobre la venida del reino de Dios. Ese fracaso no puede ser un invento de la iglesia posterior: tiene un núcleo de una verdad que se impone aunque sea molesta.
 
 
¿Fue Jesús un modelo digno de ser imitado en todo? En España se ha escrito que “Tras la aplicación del método exegético y su trabajo de desmitificación de los componentes maravillosos y legendarios, de los evangelios depurados por la exhaustiva erudición filológica emerge la potente ejemplaridad del galileo nimbada de una limpieza, actualidad y universalidad no predecibles, resaltando con mayor realismo que antes los perfiles de una individualidad viviente rigurosamente única, sin comparación con otras biografías, religiosas o no, de la Historia Universal” (Javier Gomá Lanzón, “Necesario pero imposible”, Madrid 2013). El libro de Armengol no llega a estos extremos, ni mucho menos, pero sí postula que la personalidad y ética de Jesús es algo imitable y que es la base de una ética universal (si he entendido bien).
 
 
Lo dudo mucho, sin embargo.  Si de la figura histórica de Jesús se trata –¿y de qué se trata si no?–, no hay razón alguna para considerarlo un personaje ejemplar, desde luego no en su totalidad. La tradición dibuja a Jesús como un sujeto sensible ante el sufrimiento de sus semejantes, en el proclamador de un cambio en defensa de los pobres y marginados, pero justos, y en el defensor de una ética que debe abrazarse sin fisuras. Ahora bien, tal sensibilidad y la ética general y completa (tal como podemos captarla a través de los Evangelios) no convierte a Jesús en alguien totalmente excepcional.
 
 
La ejemplaridad de Jesús solo es posible si –con la historiografía más respetada– se admite que en los Evangelios se completa un proceso de desjudaización de la figura de Jesús, absolutamente necesario para que el Nazareno pueda convertirse en un modelo universal. La tradición de la ejemplaridad de Jesús está modelada sobre expresiones del Evangelio de Juan en donde el Jesús johánico se proclama verdadero “camino, verdad y vida” de modo que nadie puede ir al Padre sino por Él (14,6), se manifiesta el interés de Jesús por inculcar a sus discípulos la necesidad de imitarle en sus acciones respecto a su despego de este mundo (15,19) y la unión con el Padre (14,20). Estas indicaciones permiten que Jesús, aun como persona divina, no sea distante, sino que sirva como ejemplo y dechado en el que deben contemplarse los cristianos. Pero todo esto es mera teología del evangelista y creo que no se corresponde con la realidad, sino con una idealización reinterpretativa de Jesús que no es histórica.
 
 
Comparado con Sócrates, acostumbrado a discutir las ideas comunes, tópicas, erróneas y a buscar una verdad sólida en lo posible para la razón humana, es muy posible que Jesús no fuera un modelo de lucidez y claridad de ideas, pues su radicalidad religiosa le impidió cuestionarse sobre los mitos que comportaba la implantación de un reino de Dios sobre la tierra de Israel que necesariamente expulsaría al poderosísimo Imperio romano de su tierra. Parece que Jesús jamás dudó de esa posibilidad, puesto que estaba absolutamente seguro y corroborado por las ideas de su religión, según la cual Dios acabaría con el poder de los paganos y encumbraría al minúsculo Israel, como pueblo elegido, al centro del poder en todo el mundo habitado. No creo de ningún modo que a Sócrates podría ocurrírsele postular la conveniencia de un gobierno humano que se rigiera por leyes dictadas por los dioses y no por otras establecidas por los hombres. Ni tampoco que Atenas pudiera imponer sin más sus leyes a Grecia entera. Y sin embargo, algo muy parecido fue lo que aceptó Jesús al proclamar que en el reino de Dios futuro imperaría una ley divina a la que estarían absolutamente supeditadas las humanas todas de todos los pueblos del mundo.
 
 
En resumidas cuentas: leyendo los Evangelios cono ojos críticos, observamos que la pretendida ejemplaridad de Jesús –como modelo de vida para todas las generaciones– dista mucho de estar fundada. Existe el cliché de un Jesús ideal consiste en dibujar una parte de la obra (dichos y hechos) de Jesús y omitir otra igualmente importante.  Opino que algunas de las virtudes jesuánicas que fundamentarían el que él fuera considerado un modelo universal se basan en una imagen idealizada de su persona que comienza con los Evangelios mismos y que sigue en sus lectores y comentaristas confesionales. Y, por último, tampoco creo que algunos preceptos de la moralidad de Jesús –como el desapego de la familia, la venta absoluta de los bienes y el desinterés por la marcha económica de la sociedad y el poco aprecio del trabajo que mostraron los que dedicaron en exclusiva a proclamar la venida del reino de Dios– puedan ser aplicados, como modelo y ejemplo, a una sociedad organizada. Si se hiciera, esa sociedad sucumbiría al poco tiempo. Por tanto, pensando en el tema central del libro, me cuesta aceptar que haya que creer en Jesús “para la salvación” (es decir, para dar un cierto sentido a la vida), a no ser que se crea en un Jesús inventado, reinterpretado e idealizado, que se debe saber, en el interior de cada uno, que no es real.
 
 
Y ahora volvamos al libro de Armengol. Ruego al lector que lea el principio de mi reseña en días pasados y que considere la cantidad de temas tratados en este libro y cómo son de muchísimo interés. Son temas que no dejan indiferente a nadie con un mínimo de sensibilidad ante su propia vida, su sentido y su final. Y como su lectura me gustó mucho, del mismo modo la recomiendo a todos aquellos que no deseen pasar la vida sin darle un sentido al menos intramundano.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.ciudadanojesus.com

Viernes, 20 de Octubre 2017


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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